Capítulo 13: Novio
NdT: Sé que no he actualizado en meses. No hay excusas, siento mucho haber fallado así. El cambio de país, conseguir trabajo, estudiar, estudiar, lidiar con problemas míos y que no son míos y entre otros no me dejaban respirar y a eso sumemosle cosas de salud física y mental... Poco a poco voy volviendo, sin dejar las cosas inconclusas, tengo tres fics comenzados que tengo CONFIRMADO terminar (Es mi lema) Así que disfruten! Porque disfruté mucho volver a traducir... Gracias y perdón! Y gracias!
Advertencia: Contenido sexual
A eso de las cuatro de la tarde del día siguiente, John ha salvado dos vidas y amenazado terminar otra.
La primera persona de la que John se encarga es una jugadora de béisbol de diez años llamada Laura. Recién llegando de almorzar de la casa de una amiga americana está cubierta de urticaria y sus párpados y labios están hinchados como pequeños plátanos. Sus ojos están vidriosos, su respiración es agitada, su consciencia titilea como una pequeña vela, y su presión sanguínea está por los suelos. John le inyecta epinefrina, y luego interroga al padre de la amiga, el hombre que la había traído, mientras se estabiliza.
Debo estar adquiriendo algunas habilidades deductivas, piensa John. Después de un par de minutos preguntando, enlaza la enfermedad a un bol de chili casero. Aparentemente, los americanos le ponen mantequilla de maní a cualquier cosa.
John escribe notas en su dispositivo. Shock anafiláctico, ocasionado por una reacción alérgica inesperada a las proteínas del maní de Tex-Mex. Se queda con la pequeña deportista hasta que recupera la consciencia, y luego le dice una broma sobre un oso perezoso de tres dedos. Aquello causa que ruede los ojos como una miniatura de Sherlock. Eventualmente, sus padres llegan. Una vez que ella está fuera del shock y de su abominable intento de humor, John la deja en observación. Se recuperará.
La segunda persona a la que John trae del borde de la muerte es un cartero de veintitrés años proveniente de Camden. No es un paciente programado. Sin embargo, se asegura un lugar en la programación al estrellar su imitación de Vespa alrededor de un poste enfrente de su consultorio mientras John miraba por la ventana y comía su almuerzo. Entonces empieza a desangrarse sobre la acera. La presión directa no es suficiente. Esperando a que la ambulancia llegue, John lo sutura allí donde yacía. Si el cartero se moría justo en frente de John mientras terminaba un sándwich, Stamford nunca dejaría de hablar de ello.
El amigable y sencillo Stamford. Un cero en la escala de Kinsey. Será mejor no decirle nada del sándwich tampoco. Nunca dejaría de escucharlo hablar sobre eso tampoco. Lo que sí escucharía es el sonido de él cayéndose de la banca del parque.
El sándwich en sí, hecho de aguacate, queso, una caprichosa pizca de nueces, y una extravagante capa de albahaca, no es el problema. Como la gran mayoría de los compañeros de John, Mike prefiere una tostada con tocino y huevos, pero no está en contra de un poco de metrosexualidad en un panecillo. No, lo que John no será capaz de discutir con Stamford es que esta mañana solamente escogió aquel sándwich del mostrador de la tienda por un pensamiento pervertido. Las palabras "aderezo con yogurt cremoso" en el empaque le habían recordado la continua eyaculación cremosa y fuerte proveniente de su cremoso y maravilloso novio, y de repente, no estaba en condiciones para revisar las etiquetas de los demás panecillos.
Lo deseo. Lo deseo, joder. Quiero hacerle una mamada a Sherlock. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué ahora que estoy intentando mantener la relación en equilibrio y evitar cualquier cosa nueva? Eso es lo que el terapeuta de Harry me dijo que hiciera cuando estuvo en recuperación: evitar cualquier cosa discordante, cualquier cosa que pudiera hacerla estallar. Misericordioso infierno. Se sintió fantástico. A veces pienso que aún puedo sentirlo. Y él tragó. Que sea difícil de mantener en cualquier cosa menos en la cama. Oh, Dios. Tengo tantas ganas de tener su pene en mi boca que apenas puedo ver.
Para cuando el motociclista es atendido, John está sonrojado, muriéndose de sed y listo para visitar la máquina expendedora de bebidas del segundo piso. Es un pobre sustituto de su amante de cabellera oscura, pero también lo es el resto del universo. John se reporta ante Sarah y luego se dirige hacia el elevador.
Bien, Watson. ¿Algo más de auto adulación? Oh, sí, como si envolver tus labios en su precioso y rosado pene fuera a volverlo loco. Maldición. Nunca antes se la has mamado a alguien. Puede que seas horrible haciéndolo. Probablemente serás horrible haciéndolo. Puede que incluso él no lo desee ahora mismo. Espera a haberlo hecho una vez o un par de veces antes de decidir que has monopolizado el mercado de: "Mamadas ruinosas del Dr. Watson, la perdición de los hombres sensibles."
En el mundo real, el mundo que contiene elevadores, máquinas expendedoras y una alfombra de color gris ratón, una bonita terapeuta ocupacional que venía por el pasillo saluda a John con un gesto de la mano.
—¡Buenas tardes, Caroline! —gorjea. En realidad, puede que haya sonado más como una gárgara; pensar en Sherlock hace que su boca salive—. No vendrán más días como este, creo.
Caroline sonríe, como si algo en la expresión facial de John tuviera su aprobación. Parece que su lengua ha estado afuera tomando un poco de aire. Rápidamente la retrae. Esperando que ahora se viera más como un doctor y menos como un hombre improvisando sexo oral, continúa su camino por el pasillo. Está andando a zancadas, a lo máximo que una persona con piernas cortas puede hacerlo.
Es mejor recordar que es con Sherlock con quien estoy lidiando. Se pone inestable en un santiamén. Sólo ver televisión basura lo saca fuera de sí. ¿Puede ser que no hubiera ido a encontrarse con Moriarty si no le hubiera dejado ver tanta televisión? Todos esos shows de pruebas de paternidad y programas de detectives lo desquician. "La aplastante mediocridad", dice. Realmente debería bloquear esas cosas.
Uno de los guardias del edificio ve a John y asiente con la cabeza.
—Dr. Watson, ¿todo bien?
—Todo bien, Dan. ¿Tú?
El guardia vuelve a asentir y se retira.
Sí, estoy bien. A excepción de que estoy pensando en prohibir la televisión. Y también, tratando de resolver la ética que hay en darle una mamada a mi emocionalmente inexperto compañero de piso, quien también es, por defecto, mi paciente, porque el molesto se rehúsa a ver a un médico de cabecera. Está todo bien; me ha prometido que ya no está suicida.
John se pregunta si es posible internarse a sí mismo. Fuera del ascensor, presiona la tecla que va hacia arriba.
Tal vez muchos hombres se la han mamado tantas veces que ni siquiera le sorprendería llegar a la conclusión de que aún no lo hayamos hecho. Genial, ahora estoy tratando de razonar y darle un excusa. No. Sé honesto. Necesito mantener ciertos límites hasta saber que está estable… estable para él, de todas formas… ¿pero quizás podríamos delimitar juntos cuáles son aquellos límites? Aunque debo lograr que vaya con otra persona para su cuidado médico. Soy demasiado cercano.
Y sí, él va a llegar a la conclusión de que nunca le he hecho una mamada antes. Haciendo a un lado las cosas que borra, es el hombre más observador del mundo. Nada se le escapa, excepto la necesidad de comer, dormir y comprar más frijoles.
Llegado a este punto, las puertas del elevador se abren. Dentro está un adulador e untuoso tipo de la ciudad con el reloj de pulsera de un pequeño magnate y la sonrisa deshonesta de un agente inmobiliario. Se veía vagamente familiar.
—Don —dice—. ¿Don… Wilson?
—John Watson. Hola, Sebastian.
John no había visto a Seb Wilkes desde el caso del banquero ciego, ni había querido hacerlo. No después de que Seb llamó a Sherlock un "fenómeno". Por supuesto que muchas personas llaman a Sherlock así, pero a oídos de John, sólo suena ligeramente más amable cuando Sally Donovan lo dice.
—¿Qué estás haciendo aquí? Sólo pasé para ver a mi abogado. Ya sabes como son las mujeres; pequeñas víboras. Siempre gritando "violación".
John no responde la pregunta, y a Sebastian no le importa. El narcisismo irradia de él a todos lados.
Sin darse cuenta de que está causando nauseas a su interlocutor, Sebastían prosigue.
—Estabas trabajando con Sherlock. ¿Aún son "compañeros", supongo?
John presiona el botón del segundo piso con un dedo. Escuchar el nombre de su amante salir de la boca de Seb, le causa impresión. Está bastante seguro de que vio el apellido "Wilkes" cuando revisó el índice del cuaderno de laboratorio de Sherlock.
—No exactamente —dice el doctor, con los labios hechos una fina línea.
—Eso es un alivio, ¿no lo crees? Alguien como él. ¿Quién lo querría?...
Yo lo querría. Yo lo desearía; y lo hago. Lo deseo todo de él.
John lucha por no agregar mentalmente: Por lo menos, dejó a todos los hijos de puta como tú.
—En realidad, sí —dice—. El cambio de nuestra relación es un alivio. Para ambos, creo. Es mi novio.
Algunas personas hacen crujir sus nudillos antes de una pelea. John hace crujir su cuello. Si Sherlock estuviese allí ahora mismo, leería "Sólo dame una razón, arrogante de mierda", flotando en letra Lucida Sans sobre la cabeza de John.
La vida suave y amortiguada por fideicomisos de Sebastian no le ha dado las herramientas que necesita para evaluar con precisión la amenaza implícita en la firme postura de John; piernas firmes, barbilla levantada, y los músculos flexionados de su mandíbula. Él ríe.
—¡No puedo creerlo! ¿Te consiguió a ti? A ti. Juraba que eras heterosexual.
Los ojos de John ahora son dos pequeñas rendijas. La única cosa que podría hacer que se estrecharan más sería una reacción alérgica a un chili casero con mantequilla de maní.
—No creo que tengas que jurar por ninguno de los dos en nada. No son tus asuntos. Y, por cierto, si alguna vez lo vuelves a llamar "fenómeno", te haré daño.
—Tranquilo ahí. No quise ofender. Sólo fue una broma. ¿No es eso lo que los buenos camaradas dicen?
—Es lo que dicen los cobardes e imbéciles. Conocí gente como tú en la universidad. Bravucones. Un malgasto de oxígeno.
—¿En serio? —el rostro de Sebastian vuelve a su mueca de desprecio que siempre lleva por defecto—. Supongo que puede que haya habido personas como tú en Cambridge, aunque no puedo decir que las conocí. Una plebe pequeña y divertida, vestida con suéteres, sin dinero ni familia. Si hubieras sido aceptado en Cambridge, de lo cual estoy bastante seguro de que no fue así, hubieras sido considerado alguien simplemente ordinario. Sin embargo, Sherlock no. Todos sabían que él era algo especial.
A John no le importa lo que un hombre cualquiera vestido en un espantoso y costoso traje diga sobre él, pero el que haya mencionado a Sherlock ha sido un grave error de parte de Seb. Toda la actitud de John cambia. Antes, estaba preparándose para nada más serio que una pelea en un bar; ahora es una guerra de guerrillas. Cuidadosa y meticulosamente, usa su espalda para tapar la cámara de seguridad, luego estira su mano por detrás para presionar el botón de parada de emergencia. El elevador se estremece antes de parar.
—¿Qué quieres decir? —pregunta amablemente.
Seb está despreocupado y petulante. Es un caniche toy que no sabe que está siendo acechado por un lobo gris.
—Oh, todos disfrutaron de Sherlock, siempre y cuando su boca estaba ocupada. Y te lo digo en serio, todos. Tu novio era como el bocado del pueblo.
Seb dirige su sonrisa satisfecha hacia la oreja de John.
—Pregúntale si recuerda su apodo. La bicicleta de Cambridge, le llamábamos. No había nadie que no lo montara.
Sin esfuerzo alguno, John estira su brazo izquierdo y sostiene a Seb de la garganta, para luego sujetarlo contra la pared del elevador. Seb se sacude y se aferra de la mano que lo está apretando, pero esto sólo resulta en más presión sobre su tráquea. Después de un par de segundos, el hombre ahogándose deja que sus manos caigan a sus costados, rindiéndose; y John suelta su agarre sólo el tiempo suficiente para permitirle que respire de nuevo. De todos los sonidos que Seb ha hecho durante su breve encuentro, el desesperado estertor es uno de los que John encuentra el más satisfactorio.
La voz de John es calmada, como si conversara.
—¿Te mencionó Sherlock que tiene amigos de alto rango en la policía metropolitana? ¿O un hermano que puede hacer que desaparezcas de la faz de la tierra? ¿O un conocimiento personal de ochenta y nueve maneras infalibles de deshacerse de un cadáver?
Los ojos de Seb se abren como platos. Niega con la cabeza.
—Bien. Porque nada de eso importa. Todo lo que importa es que el pequeño novio de Sherlock que usa suéteres pasó dos años en Afganistán y puede matarte donde estés parado.
Seb mueve sus labios, pero ningún sonido sale de ellos. Está del color de una flor de pascua.
—En serio, Seb. Eres la audiencia más gratificante. No sabías que estuve en Afganistán, ¿verdad? Por supuesto que no. No eres como Sherlock. De hecho, no te pareces en nada a él. No puedes ver a las personas y saber… bueno, en realidad, nada. No estás cualificado para besar las suelas de sus costosos zapatos. Ahora. Veamos como te disculpas.
John suelta su agarre de nuevo, pero sólo un poco. Seb prácticamente tose un pulmón.
Eso no estuvo tan bueno, piensa una lejana parte del cerebro de John. Esto es seguido inmediatamente por:
Nadie.
Se mete con.
Mi.
Maldito.
Novio.
—Lo siento, John —el discurso de Seb es salpicado por toses y jadeos—. Quiero decir, Dr. Watson. Por favor, no lo dije en serio. Lo siento mucho.
—Oh, a mí no me tienes que decir eso. Se lo tienes que decir a mi novio. Saca mi celular del bolsillo derecho de mi pantalón, y si tratas de hacer algo, mandaré tus bolas a través del elevador, como regalo personal al techo.
Seb alcanza el celular, lo retira con una impredecible delicadeza de un hombre que casi ha sido estrangulado, y se lo ofrece a John.
—Busca el número de Sherlock y llámalo. Luego sostenlo en mi boca.
Sebastian cumple.
Sherlock responde.
—John.
Proviniendo de él, la palabra suena exótica, sólida y oscura, como si hubiera sido tallada en caoba.
—¿Cuántas veces te he dicho que mandes mensajes?
—Lo siento, buñuelo de azúcar. Mis manos están ocupadas. Tengo a un amigo tuyo aquí. ¿Quisieras hablar con él?
—Un amigo —repite Sherlock, desconcertado.
—Està bien, un cobarde ruin y patán que no sirve ni para lamer la parte baja del cajón para verduras de nuestra heladera.
—Oh —responde Sherlock—. ¿Cuál?
—El cajón en el que está creciendo un hongo de pie.
—No, ¿cuál cobarde, simio, o lo que sea que dijiste?
John le hace un gesto con la cabeza a Sebastian, quien sostiene el teléfono en su propia boca.
—¿Sh—Sherlock? —tartamudea el cautivo.
—Oh, Sebastian, eres tú. ¿Mi compañero de piso te puso en esto? Su mano está alrededor de tu cuello, ¿no? Sí, sí, puedo escucharla.
Mientras Sebastian continúa con su letanía de "lo siento", John no puede evitar notar de que la respiración de Sherlock es acelerada.
—John.
Imposiblemente, la voz, siempre barítona, está una octava más baja. Si bajara más sólo los elefantes podrían ser capaces de escucharla. Sherlock se aclara la garganta.
—Estás siendo casi inimaginablemente macho —indica.
Este puede que sea un lindo día después de todo, piensa John.
Una hora más tarde, John está acostado de espaldas en su cama con Sherlock envuelto a su alrededor de una manera que es sospechosamente parecida a acurrucarse.
—¿Así que no presentará cargos?
—Nop. Demasiado asustado. Además, ¿quién le hubiera creído? Yo estaba usando un suéter.
—Lástima. Me hubiera divertido verte estrangularlo aún más durante el juicio. Usualmente eres tan… amable, John.
—Sí, bueno. Lo que pasa es que me has estado contagiando.
—Me gusta contagiarte —anuncia Sherlock, moviendo sus caderas—. En todo caso, tú me has estado contagiando. ¿Ese caso que tuve hoy? Bromuro de pancuronio.
—Relajante muscular.
—Sí. O paralítico, dependiendo de qué tan grande haya sido la dosis. Difícil de detectar, pero no imposible, no con mis métodos. Siguiente parada: paro cardíaco.
—Así que es así como McNaughton lo hizo. ¿Cómo te diste cuenta?
John entrelaza sus dedos en el cabello de su amante.
—Bueno, él es un doctor. Es cómo tú lo hubieras hecho.
Si John no supiera mejor, diría que Sherlock estaba acariciando su cuello.
—¿Qué te hace pensar que simplemente no le hubiera sacado los ojos a Silverton y luego hecho una castración complementaria con mi rodilla?
Silverton había estado viendo a la esposa de McNaughton.
Sherlock bufa con impaciencia.
—El capitán Watson hubiera hecho eso. El doctor Watson hubiera usado bromuro de pancuronio.
—Es bueno saberlo —responde John.
Se hace un silencio. Como de costumbre, el sociópata autoproclamado es quien lo rompe.
—Así que, capitán. Comprendo que defendiste los andrajosos jirones de mi virtud hoy. ¿Cómo debería pagarte?
Sherlock tiene el descaro de mirar coquetamente a John a través de sus largas y oscuras pestañas.
John pone sus brazos alrededor de su compañero de piso, y luego presiona la punta de su nariz contra la del otro hombre. El aliento de Sherlock es suave y cálido.
—Tengo un par de ideas —murmura John.
