Capítulo 14: Pagado por completo

Advertencias: Hombres yendo al grano. Aunque no creo que eso sea algo malo.

John se recuesta sobre su espalda con Sherlock envuelto a su alrededor como si fuera un kraken cubierto de Armani.

—Excelente —dice Sherlock, moviendo sus caderas—. Has decidido el método de pago. ¿Esto significa que finalmente vas a tomarme? Ya me he preparado.

—No, maldición… —John se frota su barbilla sin afeitar—. ¿A qué te refieres con que te has preparado?

Sherlock sonríe de lado.

—No puedes estar listo —dice John—. Estás completamente vestido.

—Ves, pero no…

—Créeme, Sherlock: dado el día que tuve, no vas a querer terminar esa oración.

—Entonces dime como me he preparado para tí. Adelante, dedúcelo.

John gime.

—Eres jodidamente imposible.

—Y participaste en una guerra terrestre en Asia. Imposible no es una palabra que estés capacitado para usar.

En respuesta, John coloca al otro hombre su espalda y se sienta sobre sus muslos.

Disfrutando la atención, Sherlock se estira y curva; como un gato perezoso a la luz del sol.

—¿Que éstas haciendo? —pregunta.

—Buscando evidencia.

John desabotona la camisa rojo cereza de su novio, luego la abre, descubriendo la alabastra piel debajo. Que se le permita hacer esto, revelar el cuerpo de Sherlock para su propio placer, es aún algo nuevo para él. Aspira su aliento, momentáneamente perdido en el blanco y plano pecho y abdomen de su amante.

La distracción de John no pasa desapercibida por su compañero de piso. Incluso sobre su espalda, el hombre más alto es irónico y seguro de sí mismo.

—Piensa, John, piensa —incita.

—¿Cómo se supone que lo haga cuando estás hecho de esta forma?

John recorre sus manos por encima de sus curvilíneas clavículas, luego tienta a un rosado pezón hasta que se endurece junto a su pulgar. Sherlock es pálido excepto en aquellos lugares donde la anatomía le ha otorgado un lujoso tono rosado: su boca, sus pezones, su aún no expuesto pene. Sus labios son suaves y deliciosos, y John está completamente al tanto de las acolchadas curvas sobre las que está sentado. Para un hombre cuyas emociones están custodiadas celosamente, el cuerpo de Sherlock es una cornucopia de generosidad inesperada.

Sherlock le dirige a John una mirada evaluadora.

—¿Sabes que me estás mirando lascivamente? Me estremezco al pensar como te verías ahora mismo si realmente te gustaran los hombres.

—Me gustas —replica John. Para demostrarlo, entierra su rostro en la peluda intersección donde el brazo de Sherlock se conecta con su torso.

—John. Eso hace cosquillas.

Sherlock tiembla con una risa silenciosa.

Sin inmutarse, John frota su mejilla bruscamente en una axila, luego hace lo mismo con la otra mejilla en la otra axila. Cuando alza su cabeza está llevando el sudor de Sherlock como un trofeo. Adorna su rostro en dos franjas decorativas.

—¿Qué estás haciendo?

Sherlock quiere saber.

John embadurna el sudor alrededor de sus dedos, unge su nariz y garganta con él, y luego respira profundamente, disfrutando la esencia.

—Cosechando —dice, embistiendo contra el muslo atrapado de Sherlock—. Nuestra charla por teléfono hizo que tu adrenalina fluya, ¿no es así? Debería saber que no debo agredir a cualquier marica por haberte tratado mal, pero te gusta que lo haga. ¿Te tocaste? No durante la llamada, quiero decir, pero después. Sí, sí, creo que lo hiciste.

—No voy a responder eso —dice Sherlock, tratando de sacar a John de su muslo con su rodilla—. Muevete. Por el amor de Dios, apestas.

Usando la presión de sus muslos para inmovilizar la pierna de Sherlock, John se mantiene sentado encima con firmeza. Presiona las muñecas de su novio en la cama con una mano, y Sherlock deja de forcejear.

—Huelo fantástico —corrige John—. Así es como voy a terminar oliendo, de todas formas, ¿por qué sacármelo? Cualquiera que esté a dos metros de mí va a saber exactamente que hemos hecho. Huelo como tú en calentura.

—Los machos no entran en calentura —dice Sherlock, impaciente—. Entran en celo.

Yo te enseñaré a ser paciente, piensa John, ridículo hombre sexy.

—¿Macho? —pregunta—. Déjame confirmarte aquello. Soy muy bueno chequeando sexos. No me tomará ni un minuto.

Suelta sus muñecas y agarra el miembro endurecido de Sherlock a través de sus pantalones, para luego tomar la hebilla de su cinturón.

—John —jadea—. Joooooohn. ¡John!

Cual haya sido el argumento que Sherlock haya querido hacer, ahora consiste en gemir el nombre de su amante en diferentes entonaciones, mientras el hombre en cuestión lucha para liberarlo de sus pantalones. A veces alarga una vocal; a veces la acorta. Son como gritos pervertidos de Samuel Morse.

John reduce el armamento de Sherlock… hebilla del cinturón, botón, cierre. Saca los pantalones de su amante con rapidez y dureza, como si se tratara de desenvolver un regalo de Navidad. Quiere tocar el miembro de su novio a través de la rendija de sus boxers, pero en este punto está demasiado duro como para caber cómodamente. En cambio, lentamente le baja los boxer hasta que la pretina descansa en los delgados muslos de Sherlock. Cuando la piel endurecida salta a la vista, la acaricia con una mano callosa.

—¿En mi opinión? Eres biológicamente masculino —dice John—. Oh, Dios, sí.

Escupe entre el hueco de su pulgar e índice, luego lo usa para lubricar la cresta coronal de Sherlock. La hendidura, ya brillaba con el líquido pre seminal, no necesita lubricación.

Sherlock aprieta sus dientes y se arquea hacia el toque de John.

—Sí, gracias, servicial empleado del Servicio Nacional de Salud. ¿Cómo podría…?

—Shhh, estoy deduciendo. Pensaste en mí y te tocaste, pero no te permitiste terminar. ¿A eso le dices prepararte para mí? No, eso no es. Querías mi pene dentro tuyo. Excitarte tu mismo te dejaría flexible y relajado, pero eso en sí no sería suficiente para…

John parpadea un par de veces, luego se muerde los labios.

—No lo hiciste —dice.

Sherlock alza su barbilla y mira a John, desafiándolo en silencio. Luego cruza sus brazos sobre su pecho desnudo.

—Alza tus caderas —ordena John—. Te voy a sentir.

Cuando Sherlock alza sus caderas, John coloca una mano por debajo sus pantalones y luego abre las extravagantes y redondas nalgas. Desliza un dedo por la entrada de Sherlocks hasta que encuentra lo que está buscando: la base de un juguete de silicona alojado firmemente dentro de su compañero de piso.

—Ohhhh, Dios… —dice John, con la voz apagada.

—¿Déjame vivir? —añade amablemente Sherlock.

Por favor —murmura John. No iba a ser ingrato con el premio que era su desquiciado y sensual novio. Su pene se retuerce al pensar en lo que había hecho Sherlock, y sus pantalones se sienten repentinamente demasiado ajustados al medio. Toca la base del juguete.

—Esta cosa… —empieza.

—Si —dice Sherlock. Su voz es oscura y está empapada en sexo—. Escogí el juguete que más se parecía a ti, en términos de circunferencia y anchura, luego dejé que me penetre.

—Es tan grande, John —continúa—. Es el más grande que tenía. Nunca lo probé antes. Apenas pude acomodarlo.

Buscando un punto de apoyo, John presiona inadvertidamente la base del juguete, meciéndolo. Sherlock lanza su rizada cabeza hacia atrás y gime por la intrusión.

—Oh, Dios —dice John. Retira su mano. Sherlock se hunde nuevamente en la cama en un estado de elegante medio vestir. Se ve triunfalmente extasiado, y ni siquiera se han besado aún.

John sacude su cabeza.

—Increíble. No lo puedo creer, joder…

—Cuando has eliminado todo lo imposible, lo que sea que quede, aunque sea improbable, debe ser la verdad.

—Y cuando examino lo imposible, noto que consiste enteramente de ti, glorioso lunático.

Sherlock intenta quitarse el juguete, pero John sostiene su muñeca.

—Déjalo adentro —dice.

Sherlock alza su labio superior.

—¿Es eso una orden, capitán?

—Sí. Si te lo sacas te voy a dar vuelta y follarte con fuerza, y no quiero que nuestra primera vez sea así. Ahora déjame mamartela.

—Tu boca —dice Sherlock. Dándose cuenta de que el juguete acababa de ser reclasificado como una pervertida versión de un cinturón de castidad, se aferra a él con cautela—. Tu boca totalmente sucia. ¿Diagnosticas a tus pacientes con esa boca?

—Te sorprenderías de lo que estoy dispuesto a hacer con esta boca.

John deja caer los boxers de Sherlock, tratando de deslizarlos completamente hacia abajo, pero Sherlock atrapa su mano entre sus fuertes muslos.

—No —dice Sherlock—. Déjalos donde están. La camisa también.

—¿Qué es lo que pasa contigo y dejar la ropa a medias? —pregunta John. Una imagen de Sherlock, mucho más joven, tocando a otro joven en la parte trasera de un auto aparece en su cabeza.

O quizás es tímido, piensa John, por lo de su espalda.

—No busques la respuesta simple —dice Sherlock—. No tiene nada que ver con revolcones clandestinos de adolescente. No tiene nada que ver con mis cicatrices, tampoco, así que puedes borrar eso de tu mente.

John elude la oportunidad para señalar que no puede.

—¿Qué entonces?

—Es porque no quiero que haya un desconexión en tu cabeza entre yo vestido y yo desnudo. Quiero que veas esta camisa cuando estemos en público y sepas que, debajo de ella, estoy desnudo, esperándote, tal cual he estado prácticamente desde el día que nos conocimos. ¿Y John? Seguiré practicando para tí.

—Oh, maldito infierno —dice el médico del ejército, pasando una mano por su cabello corto—. ¿Tienes que ser tanta distracción? Te follaré cuando esté listo, no antes. Ahora enseñame a hacerte una mamada.

—¿Es realmente eso lo que quieres? —pregunta Sherlock—. Esta tarea en sí era una recompensa para ti, no para mí.

—Para ser un genio de la deducción, haces demasiadas preguntas —replica John—. Sí, es lo que quiero. Honestamente, pensé en ello todo el día.

Sherlock asiente. John se arrodilla entre sus rodillas.

El primer contacto entre los labios del doctor y el pene del detective es un beso. John lo coloca suavemente sobre el delta frenular, el triángulo de piel rubí entre el glande y el prepucio. Sherlock se estremece. Alentado, John saca su lengua y lo lame tentativamente.

Sherlock deja escapar un suave gemido.

—Más —susurra.

—Dime que es lo que quieres —suplica John, entre lamidas cada vez más elaboradas.

—A ti —dice Sherlock cuando John toma la cabeza dentro de su boca.

El cortejo ha terminado, piensa John. Vayamos al grano. Empieza a saborear a su amante en serio. Lame su glande y prueba la sal y deseo allí. Luego dirige su lengua hacia toda la longitud de Sherlock, mojándolo. No tiene idea de lo que está haciendo, pero Sherlock parece disfrutar el calor húmedo y la presión.

—Bien —murmura, mientras sus manos revolotean a sus costados—. Sí, ohhh…

John toma una de las bolas de Sherlock en su boca y la succiona. El sabor es térreo. Hace que John piense en un bosque y en las guaridas de almizcle de los animales, y en huecos oscuros que esperan debajo de árboles caídos.

Mmgh —dice Sherlock cuando John vuelve su atención al otro testículo—. John. John. ¿Estás completamente seguro de que no quieres darme vuelta y colocarte dentro mío? Me han dicho que tengo el culo más espectacular.

—Calla —dice John. Regresa a lamer la brillosa cabeza, y luego se detiene para lambetear su hendidura. Ahí el sabor es salado, como el aire del mar. John alza la mirada y observa las pupilas dilatadas de su amante, el sonrojo que se expande por su pecho y mejillas, el temblor en su garganta. Ver a Sherlock de esta forma le recuerda a John viendo el cometa Halley en una playa oscura y azotada por el viento cuando era un joven adolescente. Está presenciando algo raro y hermoso al mismo tiempo que se llena de sal.

—Te deseo, joder —suplica Sherlock, clavando sus uñas en las sábanas. La boca de John se afloja al darse cuenta de que sus movimientos deben estar haciendo que el juguete dentro suyo se mueva, tocándolo en todos lados.

—Ya me tienes —dice John. Toma a Sherlock dentro de su boca lo máximo que puede, y luego se detiene, arrastrando su lengua a lo largo de la sensible parte inferior. Lo succiona hasta la cabeza y luego vuelve a tomar a su novio casi hasta la raíz.

—Sí, Dios, sí —grita Sherlock. No necesita más juegos ahora, necesita consistencia, y John está determinado a dársela. Establece un ritmo constante de chupar y lamer donde la suave peil es más sensible. Mientras Sherlock gime de placer, la cabeza de John sube y baja. Se deleita de la comunión entre su boca y el sexo de su amante, y disfruta el sabor de almizcle aterciopelado.

Después de un par de minutos, la lengua de John se desliza, y su parte inferior de seda acaricia la contundente cabeza del pene de Sherlock. Sin querer, el hombre más delgado sacude sus caderas.

—Oh —dice con los ojos más grandes que cuando John lo había visto en abstinencia de casos—. No tienes papilas gustativas… en la parte inferior. Eres tan suave allí, como si… ungh… suave donde... ohh… me estás lamiendo. Hazlo de nuevo.

Feliz de hacerlo, John obedece. Cualquier cosa que le permita continuar haciendo esto, darle placer íntimo a Sherlock. Aún lamiendo y chupando, lleva una mano exploratoria hacia el medio de las piernas de Sherlock y acuna sus bolas. Están duras y tensas, y recogidas contra su cuerpo.

—John —jadea Sherlock. Sus caderas se ondulan y su torso se levanta de la cama. Su voz suena ligeramente asustada—. John, vas a querer sacar tu boca de mí… John, voy a…

John lo mira directamente a los ojos y succiona. Fuerte.

—... tener un orgasmo —jadea Sherlock. Y entonces, gimotea, late e inunda la dispuesta boca de John con la evidencia de su disfrute. Cuando termina de venirse, cae nuevamente de espaldas en las almohadas, completamente deshecho. Una de sus manos termina descansada y boca arriba sobre la almohada. La otra se aferra al hombro bueno de John.

Antes de que Sherlock pudiera decir otra palabra, John se arrastra encima de él y traga deliberadamente. Luego, en caso de que se le hubiera perdido el mensaje a Sherlock, lentamente, y a propósito, lame sus labios.

—Oh, Dios —murmura Sherlock, divertido, agotado y enfáticamente no aburrido—. He creado a un monstruo.

John le muerde la oreja, estando de acuerdo.