Capítulo 15: De amor y cabezas fáciles de leer

—John. Háblame. Y también, muevete. No sé como alguien de tu tamaño es capaz de ocupar todo el espacio del sofá, pero eso es exactamente lo que estás haciendo.

Cuando su compañero de piso no se mueve. Sherlock se acomoda entre John y el reposabrazos, luego lo empuja a un lado con lo que, para un hombre delgado, es una cadera sorprendentemente amplia.

—No hay nada que decir —informa John—. Estoy bien.

—Estás tratando de ponerte las botas con los pies descalzos.

Que molesto. Aquí vamos.

—No hace tanto frío afuera.

—Permíteme aclararlo. Siempre usas medias, porque son fáciles de conseguir en la vida civil y de otra manera te saldrían ampollas. Hoy, estás tan apresurado por alejarte de mí que te estás saltando ponerte las medias. A pesar de estas juiciosas formas de ahorrar tiempo, no te veo progresar, porque estás intentando meter tu pie izquierdo en tu bota derecha.

John no dice nada, pero suelta la bota. La cual golpea el piso.

—¿No vas hablar, capitán? En frente tuyo hay un plato de tostadas que se enfrían con rapidez, las cuales, a pesar de años de experiencia haciendo dichosa exquisitez, has quemado. Tenías la esperanza de salvarlas con mermelada de albaricoque, pero tomaste el frasco equivocado y les esparciste una conserva agridulce de mango y cebolla de la comida que pedimos ayer. Esto a pesar del hecho de que he obedecido las estrictas reglas de etiquetar las cosas desde el desastre que hubo con la celulitis humana en la lata de tapioca. Conclusión: estás enojado.

John coloca su dedo pulgar e índice en las esquinas internas de sus ojos cerrados.

—¿Tienes que hacer esto ahora? No puedes simplemente, no sé, ¿pacíficamente hacerte el que no sabe nada por una vez?

—¿Sobre algunas cosas? Sí. Hasta que interferiste, estaba pacíficamente y sin saber nada etiquetando cosas en el refrigerador. ¿Sobre tú estando molesto? No. Especialmente porque tiene que ver conmigo.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Te fuiste de la cama sin hablarme y sin hacerme el más mínimo gesto de afecto físico, a pesar de que estuvimos en intimidad anoche. Esta mañana no he tenido el beneficio de tus habituales atenciones: besos, abrazos, pellizcos en mi trasero. En otras palabras, me estás evitando. Has evitado mantener contacto visual conmigo durante toda esta conversación. Algo inusual para un hombre que usualmente… ¿cuál es el término correcto?... me folla con la mirada. Una vez más, me evitas. Ahora estás tratando de escabullirte por la puerta dos horas antes de la que tendrías que estar en el trabajo, sin en el beneficio de medias o desayuno. Todos estos indicios demuestran que estás enfadado conmigo. ¿Me quieres decir por qué, o debería continuar?

—No quiero hablar sobre eso.

—Entonces, yo lo haré. ¿Recuerdas el programa ligeramente-menos-basura de televisión sobre la raza de perros que tenían arrugas en la frente específicamente ubicadas? Aquellos que se mencionan en los ideogramas de China.

—Pugs. Lo siento, ¿por qué me estás hablando de pugs?

Sherlock alza una significativa ceja hacia John.

—Oh, claro; ahora soy una mascota, una que tiene arrugas y con una cabeza fácil de leer. Excelente. Muchas gracias, Jim, por aclarar eso.

—Te agradecería que no me compares con alguien que te hizo daño.

Por supuesto, piensa John. No le interesa que ese hombre sea un homicida lunático. Lo único que le interesa es que Moriarty puso sus manos sobre mí. Sobre mí, específicamente. Bastardo desgarbado que apenas tiene sentido moral, pero todo lo que tiene está dirigido directamente hacia el Dr. John Watson, cuerpo médico de la armada real. Es posesivo, y piensa que le pertenezco. No está tan bueno por muchas razones, como esta; porque como un imbécil, encuentro toda la situación sexy.

No dispuesto a reconocer que el trastorno psicótico compartido es el núcleo del día a día de su vida en este instante, John mantiene su voz tajante.

—Te agradecería que no me digas que soy tu perro.

—Es obvio que no estoy diciendo eso.

John le lanza una mirada asesina.

—Obviamente.

—Simplemente estoy señalando que las arrugas que están por encima de tu nariz son extrañamente expresivas. Demuestran cualquier cosa que estés sintiendo. Ahora mismo dicen "enojo y culpa". Podrías comprarte un letrero de neón en el Piccadilly Circus. Estás enojado conmigo, pero no sientes que tu enojo esté justificado. Para sentirte más justificado estás tratando de provocarme para que te trate mal verbalmente. Vas a tener que esforzarte más.

—Sherlock…

—¿Aún no estás dispuesto a decirme que es lo que sucede? Revisemos el día de ayer. Fuiste a trabajar, maltrataste a Sebastian en un elevador por llamarme "bicicleta", y viniste a casa y me diste una mamada.

—¿Te di una "mamada"? ¿Cuánta televisión basura has estado viendo? ¿Y qué canales?

—Bien. No me importa que registro lingüístico usemos en esta conversación, John. Me hiciste una felación hasta que llegué al clímax en una sesión potenciada por la habilidad de respiración circular que adquiriste en tu antiguo papel de clarinetista.

—Me alegró que el clarinete fue bueno para algo.

John sostiene un lápiz Nro. 2 de la mesita de café y lo usa para tocar un ritmo agitado en sus incisivos inferiores.

Sherlock parece estar debatiendo si mencionar o no el parecido que hay con una fijación oral. Decide mejor no hacerlo.

—Estabas enfadado con Seb —señala—, porque fue irrespetuoso conmigo. Lo que estuviste tratando de ocultar esta mañana es que también estabas enfadado conmigo por haber sido tan ramera, y en general, por tener sexo desde aquí hasta el Whangamomona. O, si es que prefieres un dialecto más adecuado, por comportarme de una manera que puede causar que me den cargos por conducta indecorosa. Aunque tus celos son reales, reconoces que en cierta forma tu actitud es ridícula.

John siente algo firme, pequeño y de forma cilíndrica en su lengua. Se da cuenta que acaba de morder el borrador del lápiz. Lo escupe en dirección a la mesita de café.

—¿Mi actitud es ridícula? Mía. Mi actitud. Tienes que admitir que tu historia es un poco inusual para alguien que ni siquiera puede tocar la guitarra eléctrica.

—¿No puedo?

—No lo haces.

Sherlock enreda sus pálidos dedos en sus oscuros rizos.

—Está bien. Tuve sexo con 183 hombres, cuando claramente se suponía que debí haberme guardado para ti, el número 184. ¿Dónde está la lógica en eso? Nunca he conocido a alguien ni remotamente parecido a ti, John. ¿Cómo se suponía que iba a extrapolar tu existencia? Nada en mis estadísticas mencionaba que existiría un médico militar de baja estatura, habilidoso y un tanto agresivo en mi futuro, o que se demoraría exasperadamente tanto tiempo en aparecer.

John se frota su recién afeitada barbilla.

—Si hubiera aparecido antes… —empieza.

Sherlock espera. Esperar es algo que John le ha enseñado, con diversos resultados.

—¿Te hubieras detenido? —pregunta John—. ¿Hubieran habido otros? ¿O te hubieras detenido? Conmigo.

Sherlock rueda sus ojos como la plata, y luego los cierra con frustración. John siente que observó dos monedas de veinte peniques rodar por una calle y desaparecer en una rejilla.

—¿Qué sentido tiene esa pregunta? Estás planteando una línea de tiempo que no existe. Si hubieras aparecido antes, ¿hubieras estado interesado ? ¿Qué versión más temprana de mí hubiera querido el heterosexual, sumamente educado y socialmente responsable John Watson? ¿El adolescente internado? ¿El adicto veinteañero? ¿El ladrón?

John explota.

Todas tus versiones —dice, clavando su ahora deteriorado lapiz Nro. 2 de punta en la mesita de café. La mitad del lápiz se parte y sale volando hacia el set de ajedrez, donde derriba a dos peones y un alfil. La otra mitad queda atrapada en le puño de John.

Todas tus putas versiones, ¿está claro? —continúa—. Lo que seas, quien seas: eso es lo que quiero. Es sólo que… maldita sea, ¿cómo alguien como tú termina con el pene de Sebastian en su boca? Eres mejor que eso, Sherlock. Eres hermoso y brillante y muchísimo mejor que eso.

El rostro de Sherlock se vuelve extrañamente frágil, como si su delicada estructura ósea se hubiera vuelto un hilo de azúcar.

—Ah —dice, en una voz carente de entonación—. Sabías que Sebastian y yo tuvimos sexo oral, así que decidiste hacerme sexo oral por eso, creyendo que eso te igualaría. El juego ha empezado, entonces. Si eso es todo lo que buscabas lograr no tendrías que haberte tomado la molestia. El nunca lo correspondió. Eso… ¿eso te hace sentir satisfecho?

—Detente —gruñe John—. Por favor, detente. No es por eso que lo hice. No puedo evitar sentirme enfermo cada vez que te imaginó junto a él. Junto a cualquiera, en realidad. Ya sé que es irracional de mi parte. Trato sacármelo de la cabeza, y aún así… Oh, Dios, no respondas esto, pero… ¿Cómo te tocaban? Podría simplemente revisarlo en el cuaderno, pero no quiero hacerlo. ¿Usaban sus manos, sus bocas, sus penes, sus aparatos de tortura medieval? ¿O simplemente se acostaban mientras tú hacias todo el trabajo? La verdad que eso sería lo peor. No sé porqué, pero lo sería.

La expresión de Sherlock se suaviza.

—Te preocupa imaginar que en un estado de vulnerabilidad e indiferencia hacia mí mismo, haya permitido que numerosos hombres me hayan usado como su juguete sexual. Es por eso que lo consideras lo peor. Estas preocupado de que me hayan herido. No te sientas mal; me siento alagado. Tu primer pensamiento hace unos días fue que era un degenerado sin emociones que usaba a personas como fuentes de información. Como Sally dijo en pocas palabras, un fenómeno. ¿Qué pasaría si estás en lo correcto en ambas conclusiones?

—No. Simplemente… No. No eres alguien sin emociones, y no eres un fenómeno.

—¿Por qué te importa que lo sea o no?

—Porque te amo, idiota. Sé que no te lo dije antes, pero ahí lo tienes. Eres demandante, maniático y demente, pero no estoy en posición para juzgarte, porque estoy irremediablemente e impotentemente enamorado de ti. Lo he estado desde que abriste la boca en el San Barts.

Como si volviera a aquel momento, Sherlock deja que su boca sea abra muy, muy ampliamente.

—Oh, mierda —gruñe John, hundiendo su cabeza en el hombro de Sherlock—. Lo he arruinado. No te lo iba a decir aún. Por favor, no pierdas los papeles. No estás exactamente estable, y no tengo ni la más mínima idea de lo que eres capaz. No soportaría que...

—John.

—¿Qué? —murmura John. Su voz se ensordece por la camiseta de su compañero de piso.

Sherlock sostiene la barbilla del hombre más pequeño en su mano y lo observa.

—Ya me lo has dicho. Antes de esto, me lo has dicho.

A veces, cuando Sherlock lo toca, John siente que el tiempo es palpable y visiblemente ralentizado. Es como estar en una película de kung fu que gastó todo su presupuesto en efectos especiales.

—¿Cómo…?

John mira fijamente los ojos de color fantasma, de memoria. Se lame el labio superior

—Me lo dices todo el tiempo.

—¿Es tan obvio?

—Sí. Me amas. Lo sé. Nunca dejas de decírmelo.

John pasa una mano arrepentida por la parte trasera de su cuello

—Te hubieras dado cuenta, tonto. Tengo otras palabras en mi vocabulario más allá de "increíble", " extraordinario", y "fantástico", ¿sabes? Es sólo que no tengo muchas razones para usarlas alrededor tuyo.

Sherlock hace a un lado la idea con una hábil mano.

—No estoy hablando de lo que dices. Has obtenido dos nuevas líneas de sonrisa desde que estamos juntos, únicamente porque siempre me sonríes. En la noche cuando estamos en la cama, insistes hacerme tenedor, a pesar del hecho de que tendría más sentido, dado nuestras tallas tan relativas, que yo te haga tenedor a ti.

—Cucharita, Sherlock. Por el amor de dios, es cucharita.

—Como sea. Continuas abrazándome incluso después de que te duermes. Ayer, te ofrecí un favor sexual, cualquier cosa que quisieras y optaste por darme placer a mí en vez de a ti. Si alguien te ofrece dinero para espiarme, te rehusas. Si alguien intenta matarme, le disparas. Si alguien me menosprecia, lo semi estrangulas en un elevador. ¿Por qué crees que dejé de forzar el tema de que si nos amábamos o no? Ya lo sabía.

—Bueno, entonces —dice John—. Me alegro estar al tanto.

—Siempre lo estás —dice su compañero de piso. Se dirige para darle un beso a John en la cabellera, pero John lo esquiva y lo besa en la boca.

—Perfecto —dice Sherlock—. Ahora lo único que tienes que hacer es abrazarme y pellizcarme el trasero, y estaremos como en una mañana normal.

En cama, esa noche, John aun está con sentimientos encontrados.

—Cuándo pregunté cómo alguien como tú terminó haciéndole una mamada a Seb y a personas como él...

—Aún estás pensando en eso —dice Sherlock—. Te estuve escuchando hacerlo.

—Sí. Quiero saber que te llevó a esos extremos. Pero no quiero saber, ¿me entiendes?

—Está bien. Esperaré a que te duermas y luego te lo contaré.

—¿Cómo ayudará eso?

—Calculo que el 54% de ti quiere saber, y el 46% no. Hay un tono de voz que a veces uso que tiene un 52% de probabilidad de despertarte. Es lo suficientemente cercano.

—Está bien —dice John, abrazando la espalda de su amante. Por largos minutos, ambos yacen en la oscuridad, anidados tan cerca como dos individuos pueden realmente estar unidos.

Como los cubiertos, piensa Sherlock, adormilado. Como dos piezas distintas, pero altamente compatibles. Se recuesta contra el cuerpo de su amado y deja que la lenta respiración de John regule sus latidos del corazón.