Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a lovelovelove22, yo sólo me adjudico la traducción.
BPOV
A la mañana siguiente, me desperté desnuda en la cama, envuelta en las sábanas, y completamente sola. Me senté de repente, desorientada. La habitación no me resultaba para nada familiar, y la cabeza me daba vueltas. No fue hasta que Edward volvió a la habitación que recordé todo lo que había sucedido la noche anterior.
El rubor se esparció por mis mejillas, Edward se acercó y se sentó a mi lado en la cama, colocándomeautomáticamente entre sus brazos. "Buenos días." Murmuró, besando mi oreja.
"Buen día." Dije, rozando su cuello con mi nariz.
"¿Dormiste bien?" Preguntó Edward, y asentí.
"Muy bien, gracias." Reí tontamente, mis ojos recorrían el cuerpo medio desnudo de Edward por motu propio. Estaba sin remera y en bóxers, nada más.
"¿Me está examinando, señorita?" Preguntó, entrecerrando sus ojos juguetonamente.
Me encogí de hombros, sin perturbarme. "Quizás." Dije, y Edward se rió sonoramente.
"Bueno, ¿tienes hambre?" Preguntó, levantándose de la cama y ofreciéndome su mano. "Tengo el desayuno listo abajo."
"Suena fantástico." Dije, saliendo de la enorme cama y estirando mis brazos por sobre mi cabeza antes de recordar mi falta de ropa. "Oh… um…" Me sonrojé, bajando la mirada.
Sin decir palabras, Edward atravesó el cuarto y me alcanzó mi ropa interior, con una sonrisa arrogante en sus adorables labios rosados. "Puede ser que tenga algo para que te pongas." Dijo, caminando hacia su armario. Lo seguí de cerca, tropezando mientras luchaba para ponerme mi ropa interior. "Aquí, ¿qué te parece esto?" Preguntó, ofreciéndome una remera.
La tomé con amabilidad, riendo cuando vi el logo. "¿Hooters? ¿En serio?" Pregunté y Edward se encogió de hombros.
"Me la dio Emmett. ¿Quieres la remera o no?" Preguntó, sus ojos brillaban juguetonamente.
"Sí, quiero la remera. Gracias." Me burlé, pasándola por mi cabeza. "¿Pantalones?" Pregunté, mirando mis piernas desnudas y expuestas.
Edward negó con la cabeza. "Nop." Dijo, acentuando la 'p'. "Mi casa, mis reglas." Dijo, y comenzó a salir de la habitación. Lo seguí rápidamente, tirando de mi remera lo más que podía. La remera no era tan corta; me llegaba a la mitad del muslo, y no era como si Edward no hubiera visto nada antes. Pero igual, se sentía raro.
"Wow." Dije, alzando mis cejas mientras caminábamos por la extensa cocina. "De verdad tienes el desayuno preparado." Había un plato con muffinsen el medio de la mesa, junto con dos tazas de café.
Edward sonrió orgulloso y corrió mi silla, antes de tomar asiento. "Bueno, eres afortunada. La única comida que puedo hacer son muffins, huevos, y macarrones con queso." Dijo, y yo me reí.
"¿Y tostadas?" Pregunté, alzando mis cejas y tomando un sorbo de mi café. "¿Puedes hacer tostadas?"
"No sin quemarlas hasta que queden irreconocibles." Admitió, llevándose un pedazo de muffin a la boca.
"Bueno, tengo que venir y cocinar para ti alguna vez. Ya sabes, para que no te mueras de hambre." Dije, sonriendo con timidez.
Edward me sonrío con serenidad, con los ojos brillosos. "Sería agradable." Dijo, mirándome directamente a los ojos. "Oh, olvidé preguntarte algo." Dijo repentinamente, cambiando el tema de conversación. "Mis amigos, Ben y Angela, se casan en tres semanas y me preguntaba si te gustaría venir conmigo."
"Suena genial." Dije sinceramente. "Además, ya sabes lo que dicen… las bodas son excelentes sitios para conocer hombres." Edward hizo una mueca, sacando su lengua rosada.
"Yo voy a participar de la boda, así que no nos podremos sentar juntos durante la ceremonia, pero va a estar Alice, así que no estarás sola." Me aseguró. "Y luego, durante la recepción, eres toda mía."
No me molesté en contener la sonrisa cuando él dijo eso con un tono posesivo en su voz. "Ya veremos." Dije juguetona, y Edward entornó los ojos. "¿Cómo conociste a la parejita feliz?" Pregunté, y Edward vaciló de manera perceptible.
"Bueno… Fui a la secundaria con Ben… Y como que salí con Angela hace unos años." Dijo incómodo, mirándome a través de sus gruesas y largas pestañas. "Nos mantenemos en contacto."
"Oh." Dije con la voz pastosa, tomando otro largo trago de mi café. "Está bien."
Edward alzó sus cejas, todavía se veía como si estuviera pidiendo disculpas. "¿Te molesta?"
Negué con la cabeza, riéndome. "Edward, se va a casar y tu participas en la ceremonia. Obviamente, no tengo nada por lo cual preocuparme."
"Cierto." Se encogió de hombros. "Es que sé que Rosalie se hubiera vuelto…" Dejó la frase inconclusa y negué con la cabeza mientras metía otro pedacito de mi delicioso muffin en mi boca.
"Bueno, yo no soy Rosalie." Dije, y Edward sonrió.
"Gracias a Dios." Dijo con una sonrisa, inclinándose sobre la mesa para besarme en los labios. "Lamento tener que empujarte por la puerta de esta forma… Pero en una hora tengo que estar en el trabajo." Murmuró Edward, y suspiré.
"Está bien, Edward. De todos modos, tendría que tener algunos capítulos listos en el día de hoy… No he escrito nada decente desde que me mudé a Seattle." Admití, levantándome al mismo tiempo que Edward y llevando nuestros vasos y platos al lavabo.
Edward me sonrió de lado y me miró de arriba abajo. "Voy a buscarte unos pantalones para que te pongas." Dijo con ironía, torciendo el dobladillo de mi larga remera en sus manos.
"Gracias". Dije. "¿Por qué no haces eso, y yo voy a cargar el lavavajillas?" Señalé los platos sucios apilados en el lavabo y Edward asintió.
"Claro. Gracias, Bella." Me dio un dulce beso en los labios y luego desapareció, dirigiéndose al piso de arriba.
Me quedé tarareando mientras enjuagaba los platos y los colocaba en el lavavajillas, pensando en la noche anterior. Había sido increíble. Después de que Edward me había dado lo que fue sin dudas el mejor orgasmo de mi vida, nos habíamos acurrucado y hablamos durante horas, simplemente susurrando y riendo y besándonos. Había querido corresponder las acciones que Edward había llevado a cabo en mí, y lo hice. Estar con Edward me hacía sentir mucho más aventurera. No es que fuera una ñoña, sólo que no era salvaje u osada. Pero con Edward... Sentía que eso podía cambiar, si él quisiera.
Edward pronto bajó las escaleras, con unos shorts en una mano y mi vestido de la noche anterior en la otra. Mis tacos colgaban de sus dedos por sus delicadas correas. Los shorts eran un poco cortos, ya que Alice los había dejado aquí, pero la remera que tenía puesta era demasiado larga. La enrollé con cuidado y pasé una mano por mi cabello enmarañado, quejándome. Edward se rió y me besó en la nariz, atrayéndome a sus brazos para darme un abrazo.
Y en ese momento, mientras estaba en la cocina de Edward con sus brazos envueltos a mi alrededor, me di cuenta de algo que me puso muy, muy nerviosa. Me estaba enamorando de él. Me estaba enamorando demasiado.
