Capítulo 16: Pergamino


Advertencia de la Autora: Aquí aparece el pasado de Sherlock. Si te diera un resumen del material potencialmente desagradable aquí, sería tan largo como el capítulo. Espera detonantes en todo.


Espero ser lo suficientemente silencioso para ti, John. Despierta si quieres; duerme si quieres. De cualquier forma, estás aquí conmigo, y me amas, y eso es más de lo que podría haber deseado.

¿Cómo te cuento esto? La narrativa para un efecto dramático es evitable. Esta es una historia para dormir, así que empezaré con un "Había una vez".

He estado distanciado de mi propia historia durante tanto tiempo que siento que no estoy en ninguna posición para contarla. ¿Había una vez que? ¿Había una vez gente que tenía cerebros pequeños y un chico que tenía una boca grande? ¿Había una vez una escuela en la cual todos los otros estudiantes eran Anderson, y nadie, para mi eterno lamento, era tú? ¿Había una vez yo, pequeño, delgado y distinto, inmediblemente torpe, odiado y cazado; corriendo como un zorro alrededor de perros? Sí, supongo que sí.

En la jungla la isolada criatura es la más desarrollada para ser atacada. No hay desventajas para destriparla. Sus colegas no la defenderán en vida ni vengarán tras su muerte. Durante el transcurso en el que hablo contigo, yo soy esa criatura.

Mi yo más joven es mentalmente rápido y socialmente inconsciente. Al principio, soy alegre si soy autosuficiente. Práctico digitaciones de Bach en mi muslo, debajo de mi pupitre. La topología me interesa y he empezado a anudar mi corbata de distintas formas cada semana; Cavendish, Hanover, Kelvin, como dicte mi estado de ánimo. A la hora del almuerzo, guardo sorbetes de plástico y los convierto en icosaedros estrellados, los cuales guardo dentro de un closet abandonado de custodia. Mi madre es una bailarina, y atrapo ratones durante el descanso y les enseño versiones cuadrúpedas de las cinco posiciones básicas del ballet. Me los confiscan antes de que pudiésemos trabajar en el Lago de los Cisnes. Los otros estudiantes encuentran mis peculiaridades insoportables, y expresan sus sentimientos con puños y pies.

Como el amor, el odio es un catalizador. Al principio me vacía, luego me llena, y luego me rehace de adentro hacia afuera. Atrapado en el capullo de odio de mis compañeros de clase, padecí una metamorfosis. Dejé de comer, porque los estudiantes eran siempre más violentos fuera de clases, y un viaje a la cafetería provoca caos. En orden de proteger al menos un lado siempre, comienzo a caminar por los pasillos con mi cuerpo pegado a la pared. Esto se ve extraño y solicita más abuso. Me vuelvo fluido en varios idiomas, buscando el que mejor exprese veneno. Ninguno es adecuado para la tarea. Me salto las clases y me escondo en la biblioteca, e investigo sobre venenos, armas y explosivos.

El día en el que el director me acusa de cinismo, lo busco en el diccionario en casa, y luego lloro; no por sentirme insultado o avergonzado, sino porque la existencia de esta palabra en un libro de referencia significaba que habían otros en el mundo como yo. Es mi primer indicio de que no estoy completamente solo. Por un largo tiempo, esta definición queda, para mí, como un raro punto de esperanza, y vuelvo a ella tan seguido que la página termina saliéndose.

Mientras tanto, el cuerpo estudiantil está conformado de matones, y yo estoy decorado en pantalones carmesí. El abuso es constante. Años más tarde, las personas preguntarán porque no sé cosas que un niño tendría que saber: dinosaurios, la conquista normanda, el sistema solar. ¿No aprendí nada de eso en la escuela primaria? Y la respuesta, es sí, por supuesto. Pero no esas cosas.

Es fácil ser cruel. Ya sabes como son las personas, John. Noventa y ocho de cien harán cualquier cosa que sea fácil, y los otros dos son idiotas harán lo único que es difícil. Tú y yo somos esos idiotas. Tú hubieras sido mi gracia salvadora, mi fuente de compañerismo y libertad y luz, pero escuelas como a las que yo asistía existen para descartarte. Tu familia era de clase baja, y deduzco que tus padres pasaron la mayor parte del tiempo tratando de controlar a Harry mientras que tú te criabas solo. Personas como esas no tienen el tiempo ni energía ni el conocimiento para investigar sobre becas, y en mi escuela, hubieras necesitado una sólo para pedir el almuerzo. Te necesitaba desesperadamente, pero no estabas allí.

Cuando cumplí once años asesiné a mi padre, traicioné a mi madre y desconcerté medianamente a mi hermano. Como sabrás, me interesaba la horticultura, y mientras cortaba las plantas, empecé, inadvertidamente, a cortarme a mí mismo. Todo el mundo me había cortado durante años, pero de alguna forma, cuando lo hacia yo mismo, era inaceptable. Estaba despachado a una sección del depósito de errores adinerados.

Lo que la cocaína era para la escena de drogas recreacionales en los ochenta, lo eran los antipsicóticos para la farmacéutica. Tragos de Thorazine, los cuales fueron mi introducción a las mecánicas de drogarme, eran usados para tratar esquizofrenia, manía, psicosis y la "conducta explosiva", el cual era un término psiquiátrico para definir las demostraciones de emociones descontroladas. En la institución en la que ahora me encuentro sepultado, llorando, gritando, y jalandome el cabello, era rápido contrarrestarme con tratamiento. Estoy seguro de que es difícil de creer, pero yo era un niño sentimental y expresivo, y Thorazine le puso final a mis arrebatos. También me hacía insensible: incapaz de preocuparme, incapaz de quejarme, y, más que nunca, incapaz de defenderme.

Otros pacientes encontraban mi nueva adquirida docilidad… conveniente. En aquel tiempo, los institutos psiquiátricos juveniles contenían todo tipo de paciente, desde víctimas de abuso hasta abusadores sexuales. La población clínicamente distinta no siempre era separada. Las cicatrices en mi espada son reliquias imperecederas de aquel tiempo. Otras consecuencias carecen de un componente visual.

El hospital me proveyó conocimientos rigurosos sobre el comportamiento criminal, lo que ha sido el pilar de mi vida profesional. Desearía poder decir que estoy agradecido.

No soy nada sino un estudio rápido. Todo lo que me hicieron, aprendí a hacérmelo a mi mismo. Como la naturaleza del tratamiento. Y finalmente, una vez que logré perfeccionar mi habilidad de fumar, cortarme, inyectarme, y en general echarme de espaldas y pensar en cualquier país que mi torturador quisiese, me consideraron lo suficientemente bien como para ir a casa. Pero una mansión conteniendo dos miembros de familia decepcionados y un gran cantidad de sirvientes no es, hablando técnicamente, un hogar. Apenas es una casa. Así que fui a Eton.

Sherlock se da cuenta que el pecho de John se endurece contra su espalda. Sus manos, las cuales habían estado silenciosamente sujetas a la cintura de Sherlock, ahora aprietan su camiseta.

—Estás despierto —dice Sherlock—. ¿Lo has estado desde hace mucho?

Estira una mano para acariciar la mejilla de John. Sus dedos se mojan.

John no habla, sólo solloza.

Sherlock se esfuerza en encontrar palabras adecuadas para la situación. Piensa en la vez que su compañero de piso lo consoló cuando prendió fuego a los vellos de sus nudillos cuando trató de convencer a la hornilla de gas que hirviera el agua.

—Ya está —dice. Esto es algo que los aspirantes a consoladores generalmente repiten, así que aunque aborrece la repetición, lo dice de nuevo. Las personas neurotípicas encuentran esta frase tranquilizadora. Pero John no debe ser del todo neurotípico, porque llora con más fuerza.

Todo este llanto es por mí, se da cuenta Sherlock con sorpresa. No puedo llorar, excepto cuando manipulo a testigos. Él sabe que es algo que no puedo hacer por mí mismo, así que lo está haciendo por mí. Me está prestando sus lágrimas, de la misma manera que me presta su teléfono.

Temblando, John se cuelga de los hombros de Sherlock como un abrigo en un viento fuerte. Confiando en los instintos que no creía que tenía, Sherlock toma las manos de su compañero de piso y las presiona contra su pecho, como si hiciera un agarre contra el mal clima. Luego, suave e indecisamente, mueve sus caderas hacia atrás y adelante. Generando el efecto de mecer a John como un bote sobre el agua.

—Bastardo estúpido —solloza el otro hombre—. Loco de remate. ¿Estás tratando de calmarme? Mycroft, toma una fotografía. Lo estás haciendo.

—No estoy tratando —observa Sherlock—. Estoy teniendo éxito. Prueba A: has recuperado el poder del habla. Prueba B: has terminado con tu demostración de emoción descontrolada, a pesar de no haber usado antipsicóticos. Lo que me estoy preguntando ahora es si te alteraría menos o más si te confirmo nuevamente que te amo.

—Yo también te amo —dice John, limpiándose los ojos en la parte posterior de la camiseta de Sherlock—. Dios, te amo tanto. Quiero encontrar a todos los que te pusieron una mano encima y… bueno no los querrás como cadáveres en la morgue, eso seguro. ¿Cuántos años has ido por ahí llamándote sociópata, pedazo de romántico sentimental? Eres terrible como… sociópata, quise decir, no como romántico. Eres una gran decepción para todos los portadores de cuchillos del mundo. ¿Te diagnosticaste a ti mismo? Si no fue así, asegúrate de que te devuelvan el dinero.

—No, tuve ayuda. Además, difícilmente eres el adecuado para juzgarme.

—¿Cómo sabes?

Las comisuras de los labios de Sherlock se alzaron.

—¿Cuántos años has ido por ahí llamándote a ti mismo un heterosexual, persona que grita mi nombre durante un orgasmo? Eres terrible como... heterosexual, quise decir, no en el orgasmo. Eres una gran decepción para todos los perseguidores de faldas en el mundo. ¿Te diagnosticaste a ti mismo? Si es…

—No —bufa John, interrumpiendo su soliloquio—. Tuve ayuda. Ayuda desde Aldershot hasta Kandahar. Sabes, para alguien que puede simplemente borrar sus recuerdos, tienes una memoria increíble para las cosas que digo. Siempre y cuando no involucren a Tesco, las recuerdas.

—No tienes idea.

Sherlock alza una de las manos de John hacia sus labios para que John lo sintiera sonreír. La besa, y cuando John suspira en respuesta, se mueve para tomar uno de sus dedos en su boca.

—Nada de eso —dice John—. Aún estoy tratando de averiguar a quién tengo que matar en tu nombre. Dime que sucedió en Eton.

—Muy poco —dice Sherlock encogiéndose de hombros—. Por un lado, era mucho menos afectivo en ese entonces, lo cual era una ventaja en Eton. Por el otro, conocí a Julien allí, y me tomó como un proyecto especial. Su padre era el líder del Deuxième Bureau, y Julien dejó muy claro que cualquier interferencia conmigo resultaría en consecuencias desafortunadas.

—¿Su padre era líder de qué?

—De la equivalencia francesa al MI5.

John sacude su cabeza.

—Me alegro que alguien te cuidó la espalda. ¿Por qué te protegía?

—Era como tú.

—¿Leal? ¿Protector? ¿Valiente?

—Posiblemente, pero eso no era lo que quise decir. Le gustaba mi culo.

John lo golpea en la curvilínea mención, y luego se queda quieto.

—Estás pensando —dice Sherlock.

—Sí. ¿Fue… todo bien con él? Ambos eran terriblemente jóvenes. ¿No te lastimó?

—No me lastimó —confirma Sherlock.

—Te amaba —dice John, tratando de comprender.

—El amor no es una parte del repertorio de Julien. Él es como…

Cada músculo en el cuerpo de John se tensa, y Sherlock lo siente. Esto no está tan bueno, piensa.

—No es como yo —corrige Sherlock—. Es como yo era, antes de que te conociera. Exactamente como yo era. En verdad era bueno para mí. No me amaba, ni actuaba como si le perteneciera, ni actuaba melodramaticamente conmigo. Ambos éramos dos personas jóvenes sin vigilancia a las que les gustaba follar.

John se mantiene rígido, y no de la forma que Sherlock preferiría.

—John, detente. Relájate. Confía en mí. Estoy contigo ahora.

—Lo siento —dice John—. Es sólo que… a veces empiezo a pensar en tus experimentos. No quiero ser uno de ellos. Si eso es todo lo que puedo ser para tí, lo sería, pero no sería feliz. Sé que no me mentirías intencionalmente sobre esto, pero admites que no has tenido ninguna experiencia antes con el amor romántico. ¿Cómo sabes que esto es eso? ¿Cómo sabes que no te vas a despertar la próxima semana y darte cuenta que es otra cosa?

—No sé qué otra cosa puede ser. Soy íntimamente familiar con todas las otras emociones, así que por descarte… oh, demonios. Eso no ayuda, ¿verdad? Bien, te amo, John. Estoy seguro de eso.

—¿Qué tan seguro?

Sherlock estira una mano por detrás y la coloca sobre el hueso de la cadera de John. La sostiene como a una manija.

—Este… ¿ardor? ¿Esta sensación de resolución? ¿Esta determinación de escribir tu nombre en mi cuerpo, en mi corazón, en cada esquina de mi red neuronal? No te puedes imaginar la profundidad de mis sentimientos hacia ti. Te lo juro, John, si esto no es amor, entonces no hay amor en la tierra.

—Eso está bien —dice John. Se acuna con suavidad contra la espalda de Sherlock, toda la tensión desaparecida.

—¿Que tan bien?

Muy bien.

Sherlock sonríe.

—¿Eso significa que me vas a follar?

John muerde la parte posterior de su cuello.

—Otra vez. Consigue otro médico de cabecera y te follaré. Yo no follo con mis pacientes.

—¿Entonces no tendré sexo anal hasta que no me entregue al Servicio Nacional de Salud? El chantaje no te sienta bien, John.

—Tal vez no, pero te sienta bien a ti, ¿no? Sally tiene razón; el crimen te pone caliente. ¿Qué te puede dar Moriarty que yo no, eh? Yo te daré todo, en suéter o no. Me conseguiría una orden por comportamiento antisocial por ti. Cometería chantajes por ti. Dejaría los cuerpos de tus enemigos en el pavimento como un gato apilando a ratones.

Sherlock gruñe.

—Eres el peor compañero de piso que puede existir. Aprendes mis fetiches, me mantienes en un estado perpetuo de deseo sexual, y luego dejas claro que no harás nada al respecto.

—Está bien. No te consigas otro médico. Tendrás que arreglartelas sin mi resplandeciente polla quebrantando, sirviendo y llenando tu culo con semen. Mira cuanto me importa.

Sherlock considera esto.

—¿Sarah está recibiendo nuevos pacientes?

—Oh, Dios. Esto es una rivalidad, ¿verdad? Sólo quieres que ella te vea desnudo.

—Por supuesto. Puedo ser muy impresionante desnudo. Si verme en mi gloria no pone un final a sus fantasías de cortejarte de nuevo a su guarida de castidad obligatoria al sofá, nada lo hará.

—Me estás haciendo olvidar que no me has contado aún lo de la universidad. ¿Cómo pasaste de sólo Julien a…?

—¿Ser la reina de la fiesta? Crecí.

—¿Tú qué?

—Crecí. Seis pulgadas. El verano después de los dos últimos años de preparatoria. Me volví…

—¿Hermoso?

—Iba a decir alto. Había más de mí, así que era más fácil para las personas decidir si les gustaba lo que tenía que ofrecer desde más lejos.

—Así que, sí. Jodidamente hermoso. Y supongo que te volviste flexible y ligeramente musculoso en todos lados, ¿como ahora? ¿Y tu piel se volvió incluso más pálida y tu culo sobresalió?

—Posiblemente —admite Sherlock—. John, estás babeando mi nuca.

—Así que te fuiste a Cambridge —dice John—. Y de repente, en vez de desprecio en los ojos de todos, viste…

—Lujuria. Sí.

—Y nadie se ofendió por lo brillante y extravagante que eras, porque está bien ser brillante y extravagante en Cambridge. Es un símbolo de estatus allí. Adquiriste un poco de encanto, suavidad y confianza sexual de Julien, el cosmopolita mujeriego de preparatoria, y lo seguiste a la universidad. De repente, las personas querían estar contigo, en vez lejos de ti. Y se volvió…

—Un juego. Por supuesto. La pregunta se transforma en: ¿cuántos de ellos puedes meter a la cama contigo? Las tonterías, las normas. Sin ofender, John, pero incluso en Cambridge así es la mayoría que está allí. Lerdos. Simplones. Y después de que te han controlado por muchos años, te empiezas a preguntar… ¿a cuántos de ellos puedes controlar? ¿Cuántos de ellos rogaran por ti? ¿Cuántos de ellos se arrastrarán por ti? ¿Los arrogantes? ¿Los "heterosexuales? ¿Los profesores? ¿Los ganadores del Nobel? ¿Los de la realeza extranjera?

—¿Con ese cuerpo?

John roza el hombro de Sherlock con sus dientes de arriba, en un gesto de posesión.

—Todos ellos, joder, me imagino.

Casi todos ellos. Había uno en particular que no estaba interesado. Era listo. Un estudiante becado. Aquellos son los inteligentes, John. No tenía contactos por su familia, ni dinero, nada. Se vestía horriblemente y trabajaba en el salón comedor veinte horas a la semana. Era brillante.

—Así que cuando Julien dijo que era un poco duro y de tu tipo…

—Eso es lo que quiso decir. Siempre tuve mis ojos fijos en los estudiantes becados, porque eran arrogantes y duros, y solían sobrevivir por sus propios medios y por cualquier cosa. No estaban preocupados por preservar el apellido de su familia, porque no había nada que preservar. No se preocupaban, y punto. No encuentras eso entre los legados.

—Así que follaste…

—Con muchas personas.

—¿Mujeres no?

—Soy gay, John. Sólo porque ensucio el apartamento con regularidad no significa que no sea gay.

—¿Y no te preocupa la falta de información?

Con retraso, John pone una mano sobre su boca.

¿Por qué pregunté eso? La última cosa que necesito es que descubras que hay todo un género con el cual tener sexo.

—No, no me preocupa. La mayor parte de las relaciones sexuales consiste en empujar el pene dentro de alguien o dejar que alguien te lo empuje. He cubierto ambas opciones con detalle. Hay sexo entre mujeres, por supuesto, pero nunca fui candidato para eso.

—Eso es una… perspectiva interesante.

—Gracias.

—¿Puedo hacer una pregunta? ¿Cómo es que no te moriste? Hepatitis. VIH. ¿No es peligroso tener una polla distinta todos los días?

A pesar del hecho de que John no está en una posición para verlo hacerlo, Sherlock alza una ceja.

—Sólo porque estoy desesperado por tener tu pene dentro mío no signfica que son soy principalmente quien va abajo. Contrario a los que pudo haberte dicho Seb, usualmente soy quien va arriba.

John le da una lamida meditativa al lóbulo de su oreja.

—Aún así. No es muy seguro.

—La seguridad no tiene un puesto muy alto en mi lista de prioridades. Nunca lo tuvo, por lo cual también es que nunca la tuve. Mis primeras diez parejas fueron bastante caballerosos, y usaron protección para beneficio mío. Cuando me volví menos perspicaz, adquirí la reputación que Sebastian te contó en el elevador, además del sobrenombre de compañía. En ese punto, cualquier compañero de cama podía confiar en deslizar un condón en cada erección que salía a la vista, puramente por supervivencia.

—¿Y las drogas?

—Dios, sí. Las drogas. ¿Tienes alguna idea de cuantas drogas puedes conseguir cuando eres joven, dispuesto, y… palabra de ellos, no mía… "bonito"? Tantas drogas, John.

—Es un milagro que no moriste.

Sherlock se mira las uñas.

—Los milagros presuponen la existencia de una deidad benevolente con poderes sobrenaturales. ¿Has visto evidencia que apoye la existencia de un creador omnisciente, benevolente y todopoderoso? ¿No debilita esa hipótesis que la obra maestra de este creador hipotético sea un mundo demostrablemente malo, ignorante e imponente? Mi existencia no es milagrosa. Es simplemente inesperada. Sobre todo, para mí.

John no soporta su argumento.

—Tu existencia es milagrosa. Para mí, lo es. Eres completamente increíble.

Recorre una mano por el costado de Sherlock, sólo para asegurarse que realmente está allí. Cuando su palma alcanza la parte posterior del muslo de Sherlock, se detiene. La piel allí se siente diferente a la de otros lugares. Tan suave, delicada, fina. Como si ni Sherlock u otra persona hubiera pensado lastimarlo allí. Se siente… intacta, y John sabe que si tuviera que verla la encontraría blanca y libre de cicatrices. Una página en blanco. Una historia esperando ser escrita. Pergamino.