NdT: Gracias por las lindas palabras que recibí en los reviews de esta traducción como en las otras. Son muy dulces *.*


Capítulo 18: Pizarra


Un mozo con gentileza baja una bandeja conteniendo un bocadillo de foie gras, con sus acompañantes adornos de konbu y panecillos de cangrejo, en frente del hombre que llevaba un traje Lanvin hecho a la medida. Este último apaga su cigarrillo en el plato, las cenizas añadiéndose como aderezo. En teoría está prohibido fumar aquí, pero el dueño reconoció al excéntrico millonario ni bien entró y echó a sus otros clientes, incluyendo a la joven Baronesa Montagu de Kimbolton, a la calle. El letrero en la puerta, escrito en un rápido garabato, dice, "Lo sentimos, cerrado por actividad privada".

—Estás seguro de esto —dice el hombre, puliendo el bocado.

—Por supuesto —dice él que no está comiendo. Distraídamente frotando su pálido pulgar sobre el el anillo que llevaba en su mano izquierda, como si hubiera algo en él. No hay nada.

—Ah, sí —suspira el parisino—. Estás seguro, como siempre. Es uno de tus encantos de anglosajón. Aún así, es mucha cantidad de material, ¿no es así?

—Bastante —sus fosas nasales se dilataron—. Gracias por recordarmelo.

—Estoy sorprendido de encontrarte tan a la defensiva, chéri. Muchos hombres se sentirían orgullosos. En el pasado, sentiste orgullo.

Un largo dedo circula el borde del vaso de agua.

—Mi pasado se ha vuelto un estorbo.

—¿Es así en verdad? En tu trabajo, el pasado contribuye al presente. Te conozco. Te has beneficiado profesionalmente por la información provista por tus… llamemosles, amoríos. Si necesitas este conocimiento de nuevo, ¿podrás ser capaz de volver a tenerlo?

—No lo sé —dice el hombre vestido con una camisa azul cobalto. Pronuncia las palabras con cautela, como si fueran de un dialecto desconocido. Se encoge de hombros—. Lo dudo. No hay información de qué es lo que pasaría si libero tanto espacio de una sola vez.

—Pero estás dispuesto a tomar ese riesgo.

—Claramente.

El mozo trae un par de cucharadas de una ridícula sopa de tortuga, decorada con una hoja dorada. El francés la prueba en silencio.

—Has cambiado.

—Ya te dije eso.

—Sí, ¿pero esto? Una pelusa beige en tu abrigo, cuando nunca en tu vida has vestido un tono tan horrible, dieu merci. Y hueles como… odio decir esto, mon trésor, pero hueles a crema de afeitar. No es un mal olor, debo admitirlo, pero es barato. ¿Sabrías acaso donde comprar algo tan común? Por supuesto que no. Usas jabón y un peine, cuando es necesario, pero tu piel es tan perezosa que apenas produce cabello. Nunca te pondrías crema de afeitar; tu soldado dejó su olor cuando te abrazó por última vez. Si te sacaras la bufanda, ¿podría ver donde te mordió?

—Tal vez.

—Me lo imaginé. Sabía que las cosas eran serias ni bien te negaste a ir a nuestro restaurante de siempre. Así que, Angelo te mataría con la mirada si no estuvieses con tu amado. Además, te ves como si estuvieras comiendo mejor. Hay un poco más de carne y músculo. Normalmente, no podrías ser… ¿Cuál es el término? ¿Molestado?

Los grandes labios se retuercen.

—Creo que te darás cuenta de que es "Dar la gana".

—Sí. No te daría la gana alimentarte solo. Alguien te ha estado dando de comer. El hecho de que estés conforme con eso es que te importa la opinión de esa persona. No tengo que señalar que esto también reduce enormemente las opciones.

El aplauso del inglés es sarcástico.

—Tienes dones. ¿Debería darle tu número a Lestrade?

—No tengo que ser un detective para ver esto. Este hombre está completamente encima de ti, Sherlock.

Hay silencio. Sherlock vuelve a toquetear su anillo con desconsuelo.

—¿Qué? —pregunta Julien—. ¿No estás de acuerdo? Bon dieu. De esto es de lo que se trata todo. Él no está… ¿encima tuyo? No por completo. No en todos lados.

—Julien, te recomiendo con firmeza que cierres la boca.

—¿O qué? Comento todo esto por tu propio bien. Estás desesperado por follarlo; puedo ver eso. Aún no te ha tomado, y ¿qué es lo que quieres darle? ¿Una experiencia con un virgen total? Vaya, vaya. Ha elegido bien, tu soldado. Incluso la primera vez, fuiste magnífico.

Sherlock agarra la muñeca de Julien y la sujeta contra la mesa.

—Te lo advierto —dice.

—No te enojes conmigo —dice Julien con serenidad—. Seré muchas cosas, pero no soy tu enemigo. Si ignoro tu advertencia es porque lo que estás proponiendo es ridículo. Es peligroso íntimamente, y es peligroso profesionalmente. Honestamente, no sé si serás capaz de resistirlo.

—Yo…

—¿Tú? Sí. Permíteme hablar de ti. ¿Qué tipo de hombre elimina 184 amantes, sólo para satisfacer a Johnny-llegué-último?

—Sólo me desharé de 183 —dice Sherlock. Suelta la muñeca de Julien como algo necesario para cruzarse de brazos—. John es el 184.

Ma foi —exclama Julien, después de tocar su mandíbula para ver si aún estaba allí—. ¿Qué pasó con mi hermoso escéptico? Dices "John" como si se tratara del doceavo nombre de Dios.

—Sí, bueno. Cuando le pido algo a John, lo obtengo. Así que, en verdad, no son lo mismo.

—Mi príncipe helado —murmura Julien—. ¿Qué te ha pasado?

Sherlock vuelve la cabeza hacia la ventana, como si volviendo medio rostro lo haría más dificil de deducir.

—Es obvio —admite.

—Ya veo. John es lo que pasó, así que el amor ya no es más el último recurso de los tontos y de los hombres seguros de sí mismos. Sherlock, muchos hombres la pasaron contigo. 183 de ellos, dentro de un periodo largo de tiempo. ¿Se te ocurrió que al eliminarlos puede que alteres veinte años de tu vida?

Sherlock suspira.

—Veinte años, dos meses, tres días. Deberías saber cuánto tiempo llevo sexualmente activo. Como te gusta recordarmelo, tú estuviste allí.

Julien niega con la cabeza.

—Estás hablando de manipular la mayoría de tu existencia por un hombre que conociste hace menos de un año. Esperas borrar la pizarra por completo. Todos esperamos lo mismo en momentos de debilidad, pero no es posible. Lo que pasó, pasó. La pizarra quedará sucia, mon ange. Todo lo que cambiará es que cuando necesites la pizarra y la información que había en ella, no sabrás a donde mirar.

Sherlock se presiona el puente de su nariz. Es un gesto que ha adquirido del soldado. Por un momento, Julien se pregunta si el pequeño rubio ha adquirido algún gesto también; si es que junta las manos en forma de torre, o sí es que hace un lado la idiotez con una mano impaciente.

—Lo enferma —dice Sherlock.

—¿Qué cosa?

—Pensar en...mí. Con otros hombres.

El detective consultor puede tener problemas para decir las palabras, pero su acompañante no las tiene.

—¿Es por eso que no te ha follado aún?

—Puede ser. Dijo un par de cosas distintas. Creo que mi historia es parte de ello.

Julien inclina su cuello.

—No desea estar escrito en tu ópera prima, el cuaderno de laboratorio.

Sherlock le ofrece una sonrisa que no es sonrisa.

—No especialmente, no.

—Nunca comprenderé esa obsesión inglesa con la virginidad. Como tu realeza lo ha probado, es un pobre trato. Lo que importa es la experiencia.

—Lo que importa…

Sherlock se muerde un dedo, luego golpea el aire con frustración.

—No espero que lo entiendas. Yo apenas lo entiendo. Pero lo que importa es la felicidad de John. La mía, hasta cierto punto, pero, en definitiva, la suya.

—Si esto es una broma, puedes considerarla exitosa.

El detective niega su greñuda cabeza. El mozo trae pequeños cubos de salmón hervidos en regaliz, y Julien los mastica pensativamente.

—¿Harías eso por él? ¿Borrarías veinte años de tu vida?

Julien observa al hombre que considera su único y futuro amante. Sherlock le devuelve la mirada con la imperturbable certeza de un convertido, o un adicto.

—No hay nada que no haría por él —dice.

—¿Limpiarías el fregadero?

El otro hombre resopla, y por un momento, parece como el antiguo Sherlock, irónico y sin impresionarse.

—No nos adelantemos.

—Debo decir, que esto es muy conmovedor. Solías decir que el amor hace a las personas estúpidas, y ahora acabas de ofrecer una prueba más.

Esta vez, la sonrisa de Sherlock es breve, pero real.

—Estoy muy decepcionado de ti, Julien. La Sra. Hudson puede asegurarme que en la literatura popular, los franceses son extremadamente románticos.

—Es por eso que la llaman ficción, chéri. Entonces. Estás enamorado de este hombre. ¿Comparte tu misma locura?

—Ha matado por mí. Ha tratado de morir por mí. Sospecho que me tiene cariño, sí.

Julien maldice en voz baja.

—Mierda. Loco de remate y dispuesto a suministrarte escenas del crimen. No tengo duda de porqué estás enamorado.

Ante este recitado de las virtudes de su amante, Sherlock demuestra un modesto sonrojo.

—Te das cuenta —comenta Julien—, que ya no serás capaz de resolver casi la mitad de tus casos.

Sherlock deja salir un largo suspiro.

—John puede informarme de los temas sexuales siempre que conciernan a un crimen —dice, después de una pausa—. Hay mucha repetición en los actos criminales. No necesito haber tenido sexo oral con la mitad de Cambridge para reconocer los indicios de una felación en un campo de golf.

Julien se sirve de algo con pinta desastrosa y sanguinolenta, que resultan ser visceras caramelizadas.

—Solías decir que el amor hace a uno débil.

—Ese fue un caso de teorizar sin antes tener todos los hechos. El afecto me ha hecho más resiliente.

—¿Y qué hay de tus habilidades sexuales? ¿Estás dispuesto a renunciar a tu maestría, su excelencia? No eres el tipo de hombre que disfruta ser mediocre.

—Bueno, al principio estaré a su misericordia en la cama —dice Sherlock, mostrándose inmensamente cómodo con la idea—. Dime que ese no es tu mejor argumento para persuadirme.

—¿Qué pasará cuando se vaya? No eres la única persona que se aburre.

—No se irá.

—Ya te dejó una vez, ¿no? Después de haber encontrado tu cuaderno.

—Eso sólo lo hace más interesante. ¿Cómo pudo ser capaz de dejarme? Incluso temporalmente. Tengo la información de 183 personas, y no tengo ni la más mínima idea. Dejar algo siempre ha sido una de mis fortalezas, y aún así no tengo idea de cómo lo hizo. No importa cómo. No lo hará de nuevo.

—Imaginemos que se queda —dice Julien, sin darle importancia a la ignorancia de Sherlock frente al "Imaginemos"—. Dada la vida que llevas, él será un objetivo.

—Es más pequeño que el promedio. Creció rodeado de alcoholicos. Estaba lleno de balas antes de siquiera conocerlo. Dime, ¿cuándo no fue un objetivo? Puede que también se vista con un suéter en forma de diana.

—Sí, y por lo que vi de su vestuario, eso le gustaría.

El expreso llega, y Julien echa una cucharada de azúcar en el suyo.

—Sabes, chéri, estas cosas son nada comparado a los peligros que tendrá que enfrentar si se vuelve una parte fundamental de tu vida.

—Y saber eso me hará más efectivo. Tiene que ser así. No puedo permitirme ningún error ahora. Si alguien trata cualquier cosa en él, lo haré pedazos.


Los rayos del sol entran por las grandes ventanas del básico departamento.

—Esa fue la última vez que salí con alguien que tenía un cerdo barrigón —gruñe la pequeña mujer de cabello castaño, moviendo su té—. ¿Cómo está el chico genio?

John se limpia la garganta en un acto para demostrar su herida dignidad.

—Ese solía ser yo, cuando solías decir eso, te referías a mí.

—Eso fue antes de que conocieras a tu listo novio.

Al escuchar la última palabra, John rehace su rostro en una expresión que, de no haber sido un condecorado veterano del ejército, podría ser sólo descrita como soñadora.

—Excelente —dice—. Hermoso. Loco como un perro con rabia.

Clara lo golpea con una servilleta de papel.

—¿Se supone que eso debe ser algo bueno?

—Demonios, como si supiera. Me gusta lo que me gusta.

Manos pequeñas con dedos callosos se estiran para agarrar una galleta.

—Bueno.

—Sí. Bueno.

La anfitriona observa a su ex—cuñado con un ojo especulativo.

—No hay forma de decir esto delicadamente, amor, así que no lo voy a intentar. ¿Ya lo hicieron?

—Bendito Dios —balbucea John, ahogándose con la galleta Jammie Dodger—. ¿Por qué todos quieren saber eso?

Clara sonríe.

—Estoy en época de sequía… deja de poner esa cara, hombre malvado… y quiero vivir a través de otro. Diviérteme.

John está dispuesto a decir prácticamente cualquier cosa, siempre y cuando permitiera que sus orejas se pusieran de color rojo mientras contaba lo que quería.

—Hemos hecho un par de cosas. No hemos follado, si es que eso te importa.

—Sólo importa si te importa a ti.

John pasa una mano sobre sus labios.

—Entonces sí. Importa. Mierda.

—¿Ha sido examinado?

—Hm. Tiene un nuevo doctor. Bueno, tuvo un par de nuevos doctores. El Servicio Nacional de Salud lo asignó a alguien, y se despidieron entre sí al momento. Ahora está viendo a alguien que conoce a Stamford. Es brusco y rudo, y a Sherlock casi le gusta. De todas formas, está bien. No sé como, pero tiene una factura limpia en su salud. Estoy pensando que uno de los contenedores de desechos tóxicos que guarda debajo del fregadero ha eliminado cualquier especie de microorganismo.

—¿Y te ama?

John asiente.

—Es una especie de gusto adquirido para él, pero creo que está acostumbrándose a ello.

—Entonces cuando crees que puedan… ¿ya sabes?

—Está trabajando en un caso ahora. Tráfico de sexo ruso. Negocios sucios. Habrá una redada pasado mañana. Mierda. Lo siento, no es exactamente algo que deberías saber.

—Trataré de no avisarle a la mafia.

Clara le da una mordida a su galleta.

—Sí, Bueno. Intenta no hacerlo. De todos modos, ahora tiene el caso. Será el festival de castidad de Baker Street hasta que termine con eso.

—¿Incluso a punto de ser San Valentín? Qué románticos, los dos.

—Especialmente por el día de San Valentín. No le ve uso a las festividades. Cree que es una creación de los que crean tarjetas de saludos. Aún así, le quiero regalar algo. Algo que le guste.

—Tengo problemas para imaginar que es lo que a este demente tuyo le puede llegar a gustar. Exceptuandote a ti, por supuesto.

John sonríe.

—Créeme, no querrás saberlo. Podría decírtelo, pero tendrías que eliminarlo.

Su acompañante inclina la cabeza.

—Tomaré como que eso es algo que hacen en el ejército.

—No, es algo que él hace, el estúpido idiota. O algo que solía hacer, de todas formas; no lo ha hecho ya en un rato largo. Descubrió una manera de liberar espacio en su cerebro. Es un espectáculo, te digo.

—No estoy segura de estar siguiéndote.

—Piensa que su cerebro es como un disco duro. Los discos duros se… llenan, ¿no? Él es inmensamente inteligente y puede recordar prácticamente cualquier cosa que quiera recordar, pero sólo hay cierta cantidad de espacio en ese cráneo. Si algo no le interesa, lo borra.

—¿Qué es lo que borra exactamente? ¿Qué tipo de cosas?

—Cosas que son estúpidas —anuncia John con acento Sherlockiano—. Cosas que están mal. Cultura popular. Política. Solía serlo la astronomía, pero ha cambiado su opinión sobre ella. Cosas que tengan que ver con las emocio…

La voz de John desaparece.

—¿Qué?

—Mierda.

Un par de ojos marrones se suavizan con preocupación.

—Tendrás que ser más específico.

—Es por eso.

—¿Es por eso qué?

—Es por eso que tiene trece malditos años. Te he contado como es: crudo y errático, y está completamente fuera de su comprensión cualquier cosa que no esté relacionada con el crimen. No tiene filtro, ni habilidades sociales, y todo el mundo cree que es un psicópata. Es por eso, Clara. Ha eliminado más de la mitad de su vida. No le era relevante y lo eliminó.

Ambos se miran el uno al otro, las galletas olvidadas.

—Mierda —coincide Clara.