Capítulo 19: Comienza con A
Advertencia: Referencia a experiencias sexuales de alguien que aún no era legal. También menciones de incesto y uso de drogas.
Nadie ve la bala. Nadie excepto Sherlock.
En teoría, la redada ha terminado. El dueño del pequeño negocio, un tipo desaliñado cuya nariz había sido remodelada por la cocaína, está siendo arrastrado por las escaleras de su supuesta sala de masajes por los oficiales Taylor y McAfee del CO14, de la unidad de Clubs y Vicios. Varias personas de la unidad de homicidios, la Sgt. Donovan incluida, están simplemente parados en un coche de patrulla para revisar los informes del apartamento que contenía el cuerpo de uno de los trabajadores que falleció por inanición.
—Les tomó mucho tiempo —gruñe Sherlock, mirando el procedimiento a diez metros de distancia. Está apoyando una territorial cadera contra un Vauxhall Astra estacionado—. El sol ya está seis grados arriba del horizonte. Les dije que vinieran al amanecer. Es la hora ideal para atrapar a traficantes sexuales. Son activos en la noche; perezosos en el día.
—Como tú, gran vampiro —murmura John. Su aliento cuelga del aire frío de Febrero.
—Yo siempre estoy activo —declara el detective.
—No una vez que terminas un caso. Has estado despierto por tres días. Te doy media hora antes de que te estrelles contra el suelo.
—Bueno —comienza Sherlok a decir, cuando una de las ventanas del prostíbulo se abre de golpe.
—Hijos de puta —chilla una voz. Sherlock levanta la mirada para ver a una mujer en un suéter de West Ham, tambaleándose en el segundo piso en una furia avivada por las drogas. Hay algo pequeño, oscuro y malo en su mano derecha.
—¡Malditos hijos de puta! —grita—. ¡Devuélvanme a mi esposo!
Un arma, piensa Sherlock. Una pistola Baikal rusa de defensa propia. Diseñaba para dispersar gas lacrimógeno. Cañón estriado: nuevo. Modificado, ¿para qué? Para tener…
Sherlock observa, su boca abierta en un grito sordo, cuando una bala de 9 milímetros se dirige hacia la cabeza de John.
Justo antes del impacto, hay alas. Enormes y envolventes alas grises, una en cada lado del cuerpo de John, y luego algo se dispara contra él como el eurotúnel HS1 saliendo de la estación Sr. Pancras. No es algo pequeño, como cuando John fue disparado en Kandahar. Es algo grande, duro y veloz, implacable como el destino. John cae sobre el pavimento, y el peso protectivo cae sobre él como una avalancha.
Por un momento, yace allí, boca abajo, atrapado entre el duro concreto y su compañero de piso de cadera puntiaguda. Sus manos y sus rodillas lo están matando, y su cráneo repiquetea por haberse conectado con el suelo, húmedo por las recientes lluvias. Su vista está oscurecida por la lana gris de un suelto abrigo conocido.
John toma esta oportunidad para decir unas palabras que un portero de Hackney ni conocería. A menudo pensaba que sería un milagro que sus últimas palabras terminaran siendo algo que los espectadores podía contarle a su madre.
Sherlock se baja de encima de él. Por un momento, su aplanado compañero siente una oleada de alivio, hasta que largos dedos, agitándose con miedo e ira, llegan hasta la parte trasera de su pretina y retiran la Sig Sauer. Hay un chasquido cuando retira la seguridad. Por primera vez, Sherlock no está pidiéndole a nadie que le alcancen lo que necesita.
—Baja el arma —ruge. El ruido rebota en los edificios contiguos.
John con cuidado mueve su cabeza y fija sus ojos en Sherlock, quien está mirando fijamente el segundo piso del burdel. Su rostro, vaciado de sangre, hace un claro objetivo por encima del Vauxhall. Está sosteniendo su arma, pero ha olvidado apuntarla.
—Sherlock —advierte John. Trata de apoyarse en una de sus rodillas, sólo para caer nuevamente de espaldas cuando el mundo se le dio vuelta al revés.
—¡No tengo miedo de ustedes, malditos policías! —gritó la fan de West Ham.
—¡Fenómeno, agáchate! —grita la sargento Donovan, de algún lugar al otro lado del auto.
—¿Te parezco un oficial de policía? —ruge Sherlock— ¡Baja el arma o te dispararé ahora mismo, imbécil!
Coloca ambos brazos encima del Vauxhall y apunta la Sig a la inminente ventana.
—Ven aquí, mierda —ordena John. Se da vuelta de lado y tira del pantalón de Sherlock. Sherlock está tan distraído por la furia que no se toma la molestia de proteger su ropa de vestir.
—¿Por qué? —grita la mujer, ignorando a todos menos a Sherlock—. ¡Maldito lunático! ¡Acabas de admitir que ni siquiera eres un policía!
—¡Porque casi le disparas a mi novio, zorra demente!
La mujer se queda atónita. Parece estar observando el cabello de Sherlock y su costoso abrigo. Luego sus ojos se vuelven a John, sucio, mojado y delgado, en posición fetal sobre el pavimento.
—¿Un cheto ricachón como tú, mostrando tu cabeza por encima de un auto por él?
—¿Qué es lo que parece que estoy haciendo? —grita Sherlock a todo pulmón—. ¡Sí, por él! ¿Por quién mierda más podría ser?
Los vecinos aparecen en las ventanas aledañas, tratando de ver lo que tanto escuchan.
—Mierda —dice la fan de West Ham, bajando su Baikal. Le da a Sherlock una mirada de alguien que encontró a su gemelo chiflado—. Alguien sí que está mal.
—Eso fue brillante —dice John cuando el taxi se aleja del cordón. Habiendo recuperado su aliento se apoya contra la puerta del taxi. La enrulada cabellera de Sherlock descansa sobre su regazo. Aún puede escuchar a la mujer, que ahora está bajo custodia, maltratar rotundamente a todos los involucrados en la captura de su hombre. Sus apodos favoritos fueron "putos de mierda, idiotas folla canastas". John guarda estos para usarlos a futuro.
Sherlock, nunca especialmente educado, bosteza y habla al mismo tiempo. La distorsión del bostezo hace que se genere un efecto Doppler en su discurso.
—¿Cuándo logre hacer que bajara el arma? —pregunta.
—No, cuando te tiraste encima mío y empezaste a toquetearme. Donovan estaba a punto de morirse.
—Honestamente, no te estaba toqueteando; estaba verificando el grado de tus heridas.
—Hm —dice John, dando su propia valoración—. Paciente con hematomas en ambas manos. Ligera laceración en el área occipitofrontal. Múltiples abrasiones en las rótulas. Pronóstico bueno, excepto por el gran daño realizado a la dignidad del paciente, causado por las manos de su novio en su entrepierna.
Sherlock rueda los ojos.
—No las puse sólo en tu entrepierna. Estaba…
—¿Revisándome? Sí. Ciertamente lo estabas. Rostro, cuello, hombros, panza y la siguiente cosa que supe es que estabas intentando sacarme el cinturón en el pavimento para poder evaluar el contenido de mis pantalones. Por el amor de Dios. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevas considerándome tu novio?
Sherlock levanta una lánguida ceja.
—¿Dije novio? Debí haber querido decir Lestrade.
—Lestrade no estaba allí, tarado.
El dramático actor amateur coloca una solemne mano sobre su corazón.
—Nuestro amor es tal que lo llevo siempre conmigo —expresa.
—Claro. Eso explica todo.
John se lanza encima de su compañero de taxi y le hace cosquillas en sus sensibles axilas. Sherlock rápidamente abandona su pose pseudo—romántica para removerse, sacudirse y chillar de una forma que sólo un barítono natural podría hacer.
El taxista mantiene un aburrido y juicioso silencio. No es su primer día en el East End.
—Así está mejor —dice John, una vez que Sherlock se encuentra jadeando y sin aliento, en un apuesto y completo desaliño. Pasa una mano por los rulos de Sherlock—. La mujer sabía de qué hablaba. Idiota folla baldes, eso es lo que eres.
—Cestas —corrige Sherlock—. Y se refería a la policía metropolitana no a mí. Yo le gustaba. ¿Podrías dejar de moverte? Eres una terrible almohada.
—Por supuesto que me muevo. Estoy adolorido, maldición. Me hiciste dos agujeros con esas malditas caderas tuyas.
Sherlock lo mira, sus pálidos ojos brillando como luciernagas.
—Cuando te caíste encima mío —especifica John, mayormente por el beneficio del cansado taxista.
—Mm —dice Sherlock con la voz ronca, y John sabe exactamente que es lo que ese masivo cerebro está haciendo con la imagen proporcionada.
Es un largo tramo de vuelta a la calle Baker.
—Camión —murmura Sherlock, con la cabeza aún acomodada en el regazo de John, sus rodillas están dobladas contra la puerta del taxi. Sus manos forman un mudra sobre su amplio pecho—. Volcado. Llevaba gallInas. No. Gallinas de Cornualles. Justo al sur de la St. Paul.
Antes de que John pudiera preguntarle cómo es que sabe eso, le da un poco de chance para lucirse, los ojos de su compañero de piso están cerrados. Su respiración es lenta y pareja.
Tan pálido, piensa John, mirando el rostro de su amado. Es como un elaborado marfil tallado, puras curvas y mármol, más el delgado grabado de sus negras pestañas.
Nunca tuve un fetiche por lo pálido. ¿Cuándo convirtió todos mis fetiches en una representación 3D de él mismo? Todo lo que faltaría es que le creciera otra pierna, y vería con lástima a los bípedos.
Los ojos de Sherlock titilan detrás de sus párpados, demasiado frágiles para ocultar toda la luz.
John traga. Correción. Ni siquiera vería a los bípedos, en absoluto.
—Buenas noches —dice John. Pasa una mano a través del cabello enrulado y la deja allí, así Sherlock puede sentirlo mientras duerme.
Lista de eliminación, 13 de Febrero del 2012
Entrada 1
Fecha: 3 de Diciembre de 1990
Experimentador Richelieu, Julien de
Sujeto: SH
Localización: El bosque detrás del campo de cricket
Experimento: Felación
Tamaño del equipamiento: Obvio
Resultados: Mojado
Ideas para próximos estudios: Probarlo en él
Peculiaridades: Un poco demasiado joven para todo esto.
Puntuación: Imposible de juzgar, ya que no hay experiencia comparables hasta el momento.
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Entrada 14
Fecha: 16 de Marzo de 1991
Experimentador Richelieu, Julien de
Sujeto: SH
Localización: Sofá, oficina del profesor de violín
Experimento: Coito
Tamaño del equipamiento: 20 cm
Resultados: Dolor, cojera
Ideas para próximos estudios: Usar tubo de aceite vegetal hidrogenado de la cafetería para usarlo como lubricante
Peculiaridades: Demuestra falta de emociones, similar a mí
Puntuación: Imposible de juzgar, ya que el sujeto a prueba no ha participado antes en experimentos de este tipo
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Entrada 53
Fecha: 3 de Octubre de 1993
Experimentador: SH
Sujetos: Fitzpatrick, Byron; Fitzpatrick, Hugo
Localización: Sala de lectura del Asia Oriental, Biblioteca de la Universidad de Cambridge
Experimento: Multiples penetraciones por gemelos, fraternal
Tamaño del equipamiento: 15.6 cm, 16 cm
Resultados: Estimulantes
Ideas para próximos estudios: Llamar a su primo Johann para hacer un cuarteto
Peculiaridades: Recogi el esperma de Byron. Bajo el microscopio demuestra muy baja movilidad. Posiblemente infertil. Irrelevante, ya que su probabilidad de que alguno de sus acompañantes quede embarazado es cero.
Puntuación: 8 de 10
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Entrada 57
Fecha: 12 de Noviembre de 1993
Experimentador: SH
Sujeto: Wilkes, Sebastian
Localización: Su habitación. Una opción sin inspiración, por decir lo menos
Experimento: Felación para conseguir cocaína
Tamaño del equipamiento: 13.2 cm
Resultados: El sexo fue tan tedioso como el entorno. La cocaína, sin embargo, se ve prometedora
Ideas para próximos estudios: Más cocaína
Peculiaridades: Desorden de personalidad narcisista, caracterizada por la inhabilidad de reírse por nada más que sus propias bromas
Puntuación: 2 de 10
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Entrada 64
Fecha: 6 de Enero de 1994
Experimentador: SH
Sujeto: Trevor, Victor
Localización: Instituto de Astronomía de Cambridge
Experimento: Examinación de los efectos del sexo oral y anal en una mente emocional
Tamaño del equipamiento: 16.2 cm
Resultados: Sujeto declara estar enamorado de mí; me desea un feliz cumpleaños
Ideas para próximos estudios: Probar más más repeticiones de esto, luego darlo por terminado
Peculiaridades: Ver: Resultados
Puntuación: 7 de 10
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Entrada ∞
Fecha: Ahora y en curso Today and ongoing
Equipo de laboratorio: SH, John Watson
Localización: 221b de la calle Baker
Experimento: No hay experimento. Quiero que salgas de este taxi y te metas en mi cama. Fóllame, John. No puedo esperar más.
Tamaño del equipamiento: Formidable
Resultados: Pendientes
Ideas para próximos estudios: Todo. Absolutamente todo.
Peculiaridades: Es el amor de mi vida
Puntuación: No hay ningún recuerdo de relaciones sexuales en la base de datos. Por lo cual, no es posible compararlo.
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—Despierta —dice Sherlock, sacudiendo a John del hombro. El taxi se golpea contra el cordón en frente de Speedy—. Ya llegamos.
John parpadea.
—Debo haberme quedado dormido. Estaba… soñando. Algo sobre ti.
Incentivado por la reciente confiscación del arma de John, Sherlock mete su mano en uno de los bolsillos del abrigo de John y saca su billetera.
—¿Fui brillante, volátil y devastadoramente guapo?
—No, fuiste un gran hijo de puta en un abrigo. E hiciste… no sé. Algo que no quería que hicieras.
—Eso difícilmente suena a algo como yo.
Ese fue el veredicto del detective. Se acerca a la ventana del taxista y lo baña con los billetes de John.
—Quise decirte que no lo hagas, pero me olvidé, y seguiste adelante y lo hiciste. Y dijiste algo.
—Dije algo, ¿no? Eso suena como yo.
Sherlock abre la puerta de John y lo tironea para sacarlo del asiento. Rápidamente lo mueve a una posición de pie, luego cierra la puerta detrás de él.
—Gracias —dice el taxista. Se aleja, dejando a los dos en el medio de la calle.
Sherlock agarra a John del brazo y lo gira hacia la puerta del 221b. El soldado aún está confuso por el sueño.
—Dijiste…
—Muy interesante, John, pero estoy seguro de que eso puede esperar —empieza Sherlock metiendo sus manos en cada abertura de la ropa de John, buscando las llaves.
—No, no puede. Dijiste que habían dos cosas en tu vida.
John cierra los ojos con fuerza, tratando de recordar.
—Una de ellas eran los experimentos.
John pega un grito de sorpresa cuando las manos de Sherlock se acercan peligrosamente a una de sus favoritas terminaciones nerviosas.
—Las encontré —dice Sherlock, sacando el juego de llaves de John de la parte delantera de sus jeans—. ¿Cúal era la otra?
—Era algo con A. Algo que comenzaba con A.
Por alguna razón extraña para Sherlock, su mano derecha está temblando con tanta fuerza que la llave no entra en la cerradura.
—¿Agravaciones?
—No.
El detective piensa en su semana de trabajo: inanición, cuchillazos, mutilaciones.
—¿Atrocidades?
—No.
Sherlock gruñe.
—Dime que no es Anderson.
John niega con la cabeza para despejarla
—Aventuras. Eso es. Dijiste que los experimentos son cuando actúas sobre las cosas, y las aventuras son cuando actúan sobre ti. Y luego me besaste, y me dijiste cual de ellas era yo.
John sonríe al ver a Sherlock anonadado por la sorpresa.
—Soy una aventura —dice.
Sherlock levanta su cabeza con sorpresa.
—Lo eres —dice—. Nunca me di cuenta antes, pero lo eres.
—Lo sé —dice John. Coloca una mano firme sobre la de su compañero de piso que temblaba y abre la cerradura.
