Capítulo 20: Protio
Garantía de reembolso de dinero: Este capítulo está clasificado como M, por hombres desenfrenados. Y no, no lo volveré a llamar "advertencia".
El sistema solar. Nadie le explicó por qué importaba, sino Sherlock nunca lo hubiera eliminado. Podría haber provisto un modelo ilustrativo de lo que hay que anticipar entre él y John.
Hay fuerzas en el universo que no pueden ser evadidas. La tierra gira alrededor del sol. La luna gira alrededor de la tierra. Sherlock gira alrededor de John Watson, y los dos han estado girando y girando alrededor del tema de cuando combinarán sus cuerpos, ahora por meses, como dos conejos desconcertados hormonalmente.
Así que es inesperado cuando John lo mira, justo después de la redada, caminando de un lado a otro, nervioso, prácticamente rebotando sobre los muebles.
—Sabes, no tenemos que hacer esto. No si no estás listo —dice.
Sherlock no suele tener inesperados ataques de alegría, pero la idea de que es posible que los dos continúen sin follarse el uno al otro en el piso de la sala hace que se ría en voz alta. ¿Está maníaco, virado y Heisenberglicamente incierto? Sí. ¿John está firme y estable y evidentemente listo para conectarse? Sí. Bueno, entonces. La idea de que no estuvieran juntos en todos los sentidos concebibles, empezando ahora mismo, es una ofensa a Niels Bohr.
—¿Listo? —dice Sherlock, pasando una inquieta mano por su matorral de rulos—. Mírame. ¿Ves esta marca que estoy dejando en la alfombra? No podemos seguir así. No puedo seguir así. Eres positivo y yo negativo, y no puedes detener la fuerza electromagnética; está bien, sí, si puedes, pero no con ningún material que tengamos en el apartamento, no desde el último jueves, y de todas formas, John, ya sabes que estoy diciendo: es completamente desaconsejable mantener al electrón alejado del protón; es un terrible desastre y crees que se puede hacer de forma segura, pero no se puede.
Mierda, piensa Sherlock. No hay forma de que haya comprendido todo lo que dije.
—Gracias a Dios —dice John, acercándose hacia él—. Pensé que nunca me lo pedirías.
John usualmente es tan fácil de tratar y amable que manda una excitación al sistema nervioso de Sherlock cuando no lo es. Ahora, por ejemplo. Metódico, determinado, tan serio como un ataque cardiaco, el antiguo soldado avanza sobre su compañero de piso y lo aprisiona contra el mostrador de la cocina. Por primera vez, Sherlock Holmes se permite a sí mismo rendirse. Se sostiene contra la madera y se encorva para quedar a la misma altura de John, en caso de que quiera acceder a alguna parte de su rostro.
—Abre tus piernas, hermoso —dice John—. O las abriré por ti.
Ha sido un cortejo largo. Ambos saben que ahora Sherlock colocará sus manos en sus bonitas caderas y rodará sus ojos, como un hombre que tiene cosas más importantes que hacer. Ambos saben que John, con seguridad, rápidamente pateará esos pies enormes, y luego usará su pelvis para dominar el espacio entre los muslos de Sherlock. El hecho de que están al tanto de lo que va a suceder no hace que sea menos excitante para ellos cuando sucede.
Y luego, John lo besa. No importa lo muy seguido que sucede, y eso que sucede muy seguido, Sherlock se encuentra sorprendido por el método de John. Antes pensaba que besarse era un acuerdo superficial que sólo involucra a los labios, pero aparentemente así no es como le enseñan a besar a un hombre en el Cuerpo Médico del Ejército Real. John usa una de sus manos para acampar en la espalda pequeña de Sherlock, y luego deja que su otra mano vaya de patrulla en la jungla del cabello de Sherlock. Acerca a Sherlock más cerca y asalta su boca. Sherlock gime de satisfacción.
La forma en las que las caderas de John se embisten contra él, territoriales y feroces, no presagian ningún tipo de obstáculo para su intimidad.
—John —murmura Sherlock, tirando su cabeza hacia atrás—. Me estás volviendo loco. Completamente, loco de remate. Eso es un poco más loco que lo común.
No está seguro de qué es lo que lo está distrayendo exageradamente más… la sensación de la dureza de John marcando el terreno sobre su muslo interior, o saber que hay más que esto, y que John se muere por tenerlo. Todo.
—Tu empezaste —dice John, bajando la mirada a la boca de Sherlock, y Sherlock, quien a pasado toda su vida sin importarle que es lo que quiere medio mundo, deja que su mandíbula caiga, como si esa mirada fuera una orden directa de la ley de gravedad.
Sherlock tiene la extraña sensación de estar consciente de sus glándulas gustativas cuando la lengua de John vuelve a entrar.
—Mmgnh —dice, un minuto después—. ¿Cómo haces eso?
—¿Hacer qué? —pregunta John, con pura inocencia.
—Aumentar mi sistema nervioso. Expandirlo. Extenderlo.
Sherlock levanta su mano de la espalda de John para poder inspeccionar que está pasando. Como casi todo su cuerpo, está temblando como una rama de un sauce justo antes de que aterrice un rayo. ¿Y la envolvente calma, penetrante, cargada y peligrosa? Ese sería John, la única persona con la habilidad de lograr que Sherlock pierda la cabeza y tome residencia temporal en sus puntos más al sur.
La inteligencia de Sherlock es implacable, obsesiva, dirigida al exterior. John la desvia. Bajo su cuidado, Sherlock siente, bueno, todo. Sus dedos escondidos se curvan dentro de sus medias de lana. Sus sensibles pezones se endurecen contra el interior de su camisa. El escozor en la parte trasera de sus muslos, donde se golpean contra la mesa. Todo se desacelera, y se vuelve una planta en un vídeo a cámara rápida, sintiendo su cambio en una lenta meticulosidad hacia el sol. Al encontrarse con la penetrante calidez de John, todo se abre: los vasos sanguíneos de Sherlock; sus pupilas; su espaciosa boca, lista para albergar la lengua del otro hombre.
Está acostumbrado a estar consciente del cuerpo humano, pero con la atención de John sobre él, el cuerpo en cuestión, es el suyo. No podría estar más sintonizado con él si estuviera boca abajo y desnudo, en medio de una escena del crimen, cubierto con las huellas digitales de un médico del ejército, iluminado con Luminol.
—Te amo —jadea John. Tiene que obligarse a sí mismo a soltar los labios de Sherlock, para poder hablar—. Es así. ¿Entiendes eso? Siénteme. No, ahí no. Aquí.
Mueve la mano de Sherlock lejos de su erección y la sube, por debajo de su camisa, para que pueda tocar sus estruendosos latidos.
—Una hipótesis muy probable —responde Sherlock, cuando su latido se sincroniza con el que está debajo de la punta de sus dedos.
—¿Muy probable? —gime John. Muerde la mejilla de su compañero de piso con reprobación y deseo—. Eres la otra mitad de mi maldita alma. Pregúntale al público que nos ve almorzar en lo de Speedy. Pregúntale a cualquiera que pertenezca a este código postal. Pregúntale a todas las personas que me han visto de persecución por todo lo Londres, siguiéndote. Ya nadie cree que estoy tratando de atrapar criminales en este momento; todos cree que estoy mirándote el culo.
—No les preguntaré a esos idiotes. Los testigos presenciales son notoriamente falibles.
Sherlock acaricia el vello en el pecho de John
—Ya veo —dice John, escurriéndose con cariño en uno de los patrones de habla de Sherlock. Levanta su cabeza, imitando la arrogancia de su compañero—. Te mantienes a pruebas de mayor estándar.
—Por supuesto —dice Sherlock.
John se dirige hacia abajo y usa las presillas de su pantalón para controlar sus caderas. Lo tira hacia adelante.
—Te daré tu prueba —dice.
No es una oferta, realiza el detective. Una oferta es algo que puedes rechazar.
Sherlock traga.
—¿Una demostración? ¿Con práctica?
John respira en la oreja de Sherlock.
—Con todo.
Sherlock ladea su cabeza y le da al espacio entre los labios de John una pensativa lamida.
—Eso sería… esclarecedor.
Acostado sobre su espalda en la cama, en un estado a medio vestir, Sherlock es increíble. Es inteligente, eso ya es sabido, pero también sensible y enfocado, y terriblemente caliente. Es todo lo que John Watson hubiera deseado para su primer sexo penetrativo con un hombre. John simplemente no creía que su compañero fuera tan vulnerable. En todo caso, creía que Sherlock lo desvestiría con los dientes.
—¿Estás bien? —pregunta John. Está desnudo y agachado entre dos largas y ligeramente musculosas piernas. Acaricia el muslo que temblaba de su novio—. Pareces un poco nervioso.
Los ojos de Sherlock se agrandan y tiembla con indefensa lujuria. Las vibraciones son más fuertes donde John lo está tocando.
—Por supuesto que lo estoy. Por favor, John. Te estoy ofreciendo mi cuerpo y aún no lo has tomado. Por el amor de Dios, ¿por qué no estás adentro mío?
—Porque aún tienes los calzoncillos puestos —señala John—. ¿Quieres sacártelos?
Sherlock tira de sus calzoncillos de seda negro a un centímetro más cerca de los huesos de su cadera antes de darse por vencido. El contorno de su pene está extremadamente visible, debido a su dureza y adherencia al material, pero está teniendo problemas para exponerse más. Se muerde el labio.
—Hazlo tú.
Algo en la timidez de Sherlock frente a una actividad que ha realizado antes muchas veces hace que John se tome una pausa.
¿Está actuando? Definitivamente no. Cuando actúa, elige algo que lo haga menos vulnerable, no más. Emperador, un chico sin joyas en un harén, aunque el último le sentaría mejor. Estará preocupado por, ehm, ¿el tamaño? No está acostumbrado a ser el quien recibe.
Incluso en la privacidad de su propia cabeza, John Watson no se atreve a decir "la pura grandeza de mi invasora polla".
Puede ser, pero ha estado practicando. John puede permitirse pensar sobre la reciente experimentación de Sherlock con consoladores de proporciones Watsonianas. Ha pensado a menudo sobre ello, para su devastante consecuencia. Es una de las pequeñas cosas que lo hizo soportar el último par de noches de esta abstinencia inducida.
¿Estará inquieto por el posible tiroteo? Es posible. No le importa cuando las personas le disparan, pero le enfurece que me disparen a mí.
John inhala su aliento. O quizás simplemente esto significa algo más para él que las mamadas, pajas, masturbaciones cerebrales, y todo lo demás que se hacen el uno al otro a diario.
—Quiero hacerte el amor —dice John—, pero sólo si eso es lo que quieres. De otra manera, no es amor. Dime que es lo que quieres, y te lo daré, incluso si simplemente es un masaje.
Las mejillas de Sherlock están salpicadas con un sonrojo.
—Acuéstate conmigo —dice—. Eso es lo que quiero. Es todo lo que he querido ya por meses. Sólo hazlo, John. No me hagas hablar de ello.
—Está bien. Prométeme… prométeme que si hay algo que no esté bien, me lo dirás. Necesito saberlo. Si hay algo que no te gusta, me detendré.
—Por supuesto. Sólo..
—¿Sí?
—¿Nos podemos besar un poco más antes?
John sonríe. Se sienta a horcajadas encima de Sherlock y pone una firme mano sobre su cuello, luego, lenta y plenamente explora el interior de su boca con su lengua. Sherlock gime, mucho más duro.
Sherlock huele bien. Su esencia es oscura, picante, brutalmente sductiva. Cuando se conocieron por primera vez en St. Bart, Sherlock había usado perfume. Dejó de usarla una mañana caliente hace un par de meses, después de encontrar a John en la lavandería, respirando profundamente y con el rostro presionado contra una camisa empapada en el sudor del otro hombre. Sherlock justo había perseguido un asesino serial vestido en ella. Fue antes de que los dos estuvieran juntos, si es que un tiempo así alguna vez existió. Sherlock había estado tan caliente que se olvidó de sonreír con sorna.
El corolario de los besos de John es que tiene que arrastrar su erecto pene sobre el cuerpo casi desnudo y temblando de su novio. No lo puede evitar. Todo está conectado. Si la cabeza, hombros y brazos de John se mueven, nada debajo de su cintura se va a quedar quieto. Y como los propios genitales de Sherlock están al mismo nivel, tienen que lidiar con los choques de la ondulación.
Sherlock está jadeando ahora, como si estuviera guardando oxígeno para combustionar. Viendo a su compañero a través de sus pestañas, toma una de las manos de John y la coloca sobre la pretina de sus calzoncillos. La mirada de su rostro es puro deseo.
Es apropiado que lo que Sherlock está pidiendo necesita que John se ponga de rodillas nuevamente. No como esclavo, sino como suplicante.
—¿Qué? —dice Sherlock. Se apoya sobre sus codos para ver que es lo que le está tomando tanto tiempo a John.
—Estoy agradecido —dice John—. Eres… oh, Dios. Me siento afortunado de sólo estar en la misma habitación que tú. ¿Confías en mí?
—Con mi vida.
—Entonces permíteme sacarte esto. Necesito tocarte.
John baja los calzoncillos de su amante lo suficientemente para revelar el oscuro camino de vello debajo del ombligo de Sherlock, luego se detiene. Lo acaricia gentilmente con la nariz, inhalando el almizcle. La erección de Sherlock, impaciente por continuar, le toca la barbilla. Claramente avergonzado con su propia demostración de promiscuidad, el detective gime y se deja caer contra las almohadas.
—No hay nada de qué avergonzarte —dice John—. ¿Tienes alguna idea de lo magnífico que eres?
Tira de los calzoncillos de Sherlock más abajo. Su largo y delgado prepucio se libera, impaciente por la atención de John.
John coloca un beso en su base.
—Increíble. Tan hermoso.
Baja los calzoncillos incluso más, luego lame un camino hacia la cavidad de su compañero.
Sherlock se retuerce por la sensación de la lengua de John sobre la unión entre sus testículos.
—Oh, Dios, John. Es sólo un cuerpo. No es…
—Importa. A mí me importa. Todo lo que es tuyo me importa. Tu cerebro, tu pene, la forma en la que tomas tu café. No, escúchame, Sherlock. No hay nadie como tú. Eres una gran y elevada catedral Gótica, y todo el mundo no son más que un complejo de apartamentos.
Sherlock acaricia el cabello corto de su compañero de piso.
—Es un simple medio de transporte —murmura.
—Entonces úsalo —dice John, sonriendo—. Dame un aventón. Para eso es lo que sirve, ¿no?
Sherlock se queda sin aliento. Los dedos de John, recientemente resbaladizos por el lubricante, están dentro suyo.
Las manos de John tienen dos funciones… una para operar, y otra para escribir. La función quirúrgica es hábil, precisa, enfocada, claro que sí. Esa es la función que está usando sobre el cuerpo de Sherlock en este momento. El hombre que está siendo follado por unos dedos está considerando si es que ama a John lo suficiente para permitirle usar la función mecanográfica cuando una ola de placer lo golpea, y su torso se levanta de la cama.
—¿Qué estás haciendo? —exige Sherlock.
—Calentando los motores —informa John—. ¿Se siente bien?
—Sí —dice Sherlock, apretando los dientes—. Por el amor de Dios. Deja de buscar cumplidos y tómame.
John alza ambas cejas como un hombre que necesita una manta para el shock.
—Sherlock Holmes. ¿Estás rogando por mi polla?
Sherlock no dignifica esto con una respuesta. No con una verbal, de todas formas. Sus caderas, se mortifica al observarlas, se giran y mueven para sacar más placer de la mano de John.
—Bien —dice John. Sus dedos aún profundamente dentro de su novio, acariciando su perineo con un pulgar—. ¿Cómo lo quieres?
—Sobre mi espalda.
Sherlock no puede verbalizar la razón. John la sabe de todos modos.
—Y dicen que el romance está muerto —dice John. Baja su cabeza para colocar un beso en el muslo interior de Sherlock—. Está bien. Yo también te quiero mirar.
Y entonces, John se endereza y Sherlock siente la punta del miembro de John contra su entrada.
Una vez que la cadena de reacción empieza entre ellos dos, se prosigue rápidamente. En un momento, Sherlock está mirando el rostro de John, jadeando, desesperado y radiante. Al siguiente, John está dentro suyo. Sherlock respira profundamente cuando el hinchado glande entra en él, siente que se extiende y se entrega cuando es quebrantado por primera vez por el hombre que ama.
—Oh, Dios —dice John—. Te sientes fantástico. ¿Estás bien? Por favor, que estés bien.
Los brazos de John tiemblan por el esfuerzo de aguantarse y de no embestirse completamente dentro de Sherlock.
Tiene tantas ganas de follarme. Tiene miedo de lastimarme. No hay que ser un genio para deducir eso.
Pero, ¿cómo explicarle a John que su presencia nunca lastima, que es la únic cosa que John siempre ha hecho y siempre lo ha dejado desollado, destrozado y jadeando por aire cada vez que se va?
—Bien —dice Sherlock con esfuerzo—. Acércate más.
Y antes de que John lo piense demás, Sherlock envuelve sus brazos alrededor de su cintura y lo acerca.
Oh Dios, estoy follándome a Sherlock. Es brillante, asombroso, glorioso e inesperadamente estrecho, y estoy tan adentro.
—¿John?
Excepto por el sonrojo sexual que lo marca, Sherlock es pálido y opalescente, y tiene tantas sombras de un blanco cegador que es como ver al mismo sol.
—¿Dónde pongo mis piernas?
—Santa madre de…
El placer atraviesa a John como una onda en el agua, cuando la espalda de Sherlock se levanta para encontrarlo.
—Donde quieras. Una bestia sexy como tú puede ponerlas donde mierda quiera.
Ante la mirada perpleja de Sherlock, John se ablanda.
—Pon esta sobre mi hombro buenos. Tienes fémures largos; necesitamos mantenerlos fuera del camino si es que te voy a dar duro y parejo. Envuelve la otra alrededor de mi cintura.
Sherlock es rápido para poner su plan en acción. Esto cambia la geometría del sexo y John lo ataca en un ángulo ligeramente distinto. A Sherlock, al parecer, le gusta, porque tira su cabeza hacia atrás y ruge con lujuria.
La gravedad de Sherlock es inevitable. Una y otra vez, John se encuentra siendo tirado hacia él, hacia su centro caliente, su núcleo derretido.
—Bésame —ordena Sherlock—. Quiero tus labios sobre los míos. ¿Puedes hacer eso sin salirte?
—Sí —dice John—. Sólo no tires mucho tu cabeza hacia atrás. Eres puro cuello.
—Lo amas —responde Sherlock. Sostiene el rostro de John en sus manos y lo besa.
Y ahora la lengua de Sherlock está en la boca de John, y el pene de John está dentro de Sherlock, y John nunca se ha sentido más completo que nunca en su vida. Juntos, son un par de anillos de bodas, un uróboros, algo eterno, duradero y real.
El amor que haces es frenético.
—Nunca me dijiste —gruñe John
—¿Decirte qué?
—Que te ves tan bien mientras follas. Guh.
Si las embestidas de John no hubieran hecho que Sherlock se olvidara dónde están sus cejas, hubiera levantado una.
—No tengo idea de cómo me veo mientras follo.
—Entonces déjame informarte. Increíble. Caliente. Eres simplemente… un drenador de testículos, hermoso, con una dura polla dentro de tu culo.
Y es verdad. Sherlock siempre es levemente luminoso, pero con John embistiéndose dentro de él, se vuelve casi jodidamente incandescente.
—Con tu polla dentro de mi culo —jadea Sherlock, cuando John lo toca en algún lugar profundo y dulce—. Fóllame, John. Por favor, fóllame.
—Te estoy follando. Y cuando me detenga, te compraré un espejo. Deberías verte.
—Puedo verme. Tus pupilas son como dos platos gigantes. Reflejan la mitad de todo Londres.
John se sacude dentro suyo, dejando que sus embestidas se suavicen y se vuelvan superficiales.
—¿Harías algo por mí? —pregunta.
—Cualquier cosa.
—Tócate.
Sherlock se retuerce por la vergüenza. Las sensaciones son suficiente para casi mandar a su compañero al límite.
—En serio. John. No necesito…
—Ya sé que no lo necesitas. Quiero que lo hagas. Tócate para mí. Déjame ver cómo te das placer.
Sherlock estira su mano con duda entre los dos, y agarra su dureza. Le da un suave y curioso tirón.
—¿Cómo se siente?
—Mmmmm —dice Sherlock. Está tan ido que piensa que esta es una respuesta.
—Sí —dice John, embistiendo un poco más fuerte. El cuerpo de Sherlock se siente como si hubiera sido hecho a la medida para él. Sólo ha tenido una posesión a la medida en su vida, y es su novio—. Tan sexy. Muéstrame cómo quieres que te toque.
—No sé como tocarme —dice Sherlock—. Nadie lo ha hecho. El único que lo ha hecho eres tú.
No es la verdad literal, John lo sabe, pero le excita escucharle decir eso a su amado.
—Toca la piel suelta encima de la cabeza —dice John, feliz de abusar de su autoridad—. Ungh. Ahora tírala hacia atrás así puedo ver el líquido seminal. ¿Estás mojado por mí? Ohhhh, sí.
John mira con lujuria y admiración como su amado se masturba con su propio y sedoso prepucio.
Sherlock está muy consciente de que las personas lo ven como si él controlara a John. Nadie ve las formas en la cuales John controla a Sherlock, o lo mucho que a Sherlock le gusta eso. Ven a Sherlock exigirle el celular a John. No ven a John exigiendo el culo de Sherlock, o a Sherlock rindiéndose voluntariamente. Ven a Sherlock en frente, y a John corriendo tras él. Lo que no se dan cuenta es que John está en verdad al frente, y Sherlock está detrás suyo por la rugosa circunferencia de la tierra.
John está follándolo con fuertes y constantes embestidas. Se empuja dentro de Sherlock, se retira hasta la mitad, descansa un momento mientras Sherlock desliza su mano sobre su prepucio y luego se vuelve embestir por completo de nuevo.
Está a tres cuartos, piensa el violinista. El ritmo en el que me folla: es un vals.
Sherlock mira los profundos ojos azules y se da cuenta de que ahora más que nunca asociará el color con todo lo cálido, seguro y correcto.
—Estoy cerca —gime—. John, por favor. Estoy tan cerca.
—Lo sé. Vente para mí, ángel. Déjame verte.
Sherlock pierde el control. El orgasmo surge a través de él como si fuera un conductor natural, la plata para su electricidad. Su cabeza se tira hacia atrás, sus músculos se crispan, y por un momento se encuentra perdido y cayendo. Luego John lo embiste nuevamente, con fuerza, y se encuentra otra vez, prosaico, desnudo y desamparado, viniéndose encima de su propio pecho. Se presiona contra el miembro de John, su cuerpo instintivamente queriendo estar más cerca, y John grita y late profundamente dentro de él, llenando el cuerpo del científico con algo cálido, imparable e íntimo.
Más tarde, Sherlock lo llamará ADN. John lo llamará amor.
