Capítulo 21: Archivo no encontrado
Le toma a Sherlock unos quince minutos de haberse sentado el sofá con una copia de hace dos semanas de El Guardián, perezosamente viendo los resultados de una pelea entre Arsenal y Aston Villa, darse cuenta de que algo está muy, pero muy mal.
Hace un par de horas, las cosas parecían estar espectacularmente bien. Por un lado, John por fin lo había follado. Había ido mucho más fluido de lo que Sherlock había esperado. A pesar de haber sido su primera vez, no sintió dolor. Sólo había experimentado lujuria, alegría y una conexión; como si cada uno hubiera sido puesto más firme en la órbita del otro.
No tiene completamente claro cómo es que las otras personas celebran la pérdida de su virginidad… suposiciones arbitrarias: ¿por qué la primera vez tiene su propio idioma y no la segunda, tercera o cuadragésima quinta vez? Su celebración había consistido en escaparse a la sala de estar para trabajar en un par de correos del asesino serial francés Michel Richet. Un colega del Département de la Sûreté (Departamento de Seguridad) le había enviado un mensaje de texto durante los sucesos de la mañana. A pesar de que Sherlock había escuchado que llegó un mensaje, lo había clasificado temporalmente como "No importante" debido al hecho de que su compañero de piso estaba por fin embistiéndolo contra el colchón.
Después de eso, Sherlock había dicho "Te amo" y "¿Celular?" en una rápida sucesión, y luego revisó el rostro de John buscando alguna reacción. Las cosas con John o estaban "todo bien" o "no muy bien". John, completamente satisfecho, le había dado una sonrisa divertida y una palmada en el trasero, a la cual Sherlock la tomó como un "todo bien". Excelente. Sherlock estaba aliviado de tener una salida para su manía.
El mensaje de texto lo había dirigido a los confusos correos que proveían de una tal Bête de Bordeaux. El asesino había escapado de La Santé Prison hace tres días y había estado bombardeando a Le Monde con archivos codificados y acertijos malvados desde entonces. Un criptoanalista junto al Departamento habían traducido el primer archivo como una especie de burla a Jack el Destripador. Sin embargo, no habían tenido progreso alguno desde entonces, y el número de cadáveres en Aquitaine continuaba aumentando.
Traducir correos de asesinos seriales franceses no es juridiscción de Sherlock, en teoría, no tiene jurisdicción, pero espera que eso lo mantenga ocupado de realizar volteretas post coitales hasta que sus manos sangren en frente de lo de Speedy. Además, es casi seguro que resolver un enigma ocasione tener más relaciones con su ahora bisexual novio. Está bien establecido casi desde el primer momento en que se conocieron qué deducciones acertadas, en particular aquellas que preservan la vida humana, hacen que John Watson se excite.
Sherlock prende la laptop de John y revisa los correos. Los observa por unos cinco minutos. Nada sucede.
Sherlock Holmes no habla nada de Francés.
El detective se muerde el interior de su labio. ¿Hablaba Francés ayer? Sí. Estoy seguro que sí.
Cuando tamborilear sus dedos sobre la mesa de café no restaura su multilingüismo, Sherlock hace a un lado su pánico y se prepara a leer los correos a través de un plataforma online de traducción. Puede que no capte todos los detalles del asesino, piensa, peor seguramente algo captará. Es allí cuando se da cuenta de algo más.
El crimen no le interesa.
De repente, todo le parece oscuro. Demasiado oscuro.
¿Todas esas bufandas de seda, martillos y cuchillos letales debajo de la escalera? Deprimentes. No son mi problema. Que la policía haga su trabajo de una vez por todas. No es como si realmente necesitara el trabajo.
Murmurando en voz baja, Sherlock se dirige hacia la cocina para hacerse una taza de té. El proceso se complica porque los temblores intermitentes que estaba experimentando desde que volvieron al departamento se trasladaron a su mano derecha. Además, nunca había hecho té… té decente, sin agregarle toxinas o alucinógenos, en toda su vida. Aún así, con la información recibida de observar a John, logra hacer dos tazas de la sustancia, y luego lleva una al sofá para ayudarle a pensar.
Recoge el periódico y se sumerge en la duda en que si, en un partido reciente, el capitán de Arsenal, Robin van Persie, codeó intencionalmente en la cara a un defensor oponente.
El Deporte. ¿Por qué nunca me interesó? Hay algo en él. Es relajante. Distrayente. Que placentero tener un interés en común con todos los demás.
En este punto, un pensamiento horrible entró en su cabeza.
John ama el trabajo. Se puede quejar sobre un caso cuando interrumpe su oportunidad de hacer cucharita, pero, en general, está tan preparado en sus aventuras fuera de la cama como su compañero de piso. La idea de John de cortejar involucra persecusiones a la luz de la luna a través del Parque Hyde, y escalar la cerca del Jardín Botánico de Kew, y apuntar con un arma a cualquiera que hace un paso en falso en dirección a su novio. Por lo que a él respecta, una cita sensual involucra balística, callejones oscuros y sensatos usos de Luminol. Un ingenio con forma de diamante, una memoria eidética y una exhibición pirotécnica de síntesis intelectuales son, prácticamente, un anillo de compromiso.
Si, por alguna razón, ya no puedo proveerle a John esas cosas, ¿hasta qué punto le seguiré importando?
Aunque no fuera específicamente lógico en aquel momento, el disco duro del cerebro de Sherlock, el cual tiene una hemorragia de información a diestra y siniestra, tiene la suficiente lógica para decidir lo siguiente:
John no debe saberlo.
John se tambalea hasta la cocina. Sus piernas aún están flojas… posiblemente debido a una herida psicosomática, pero era más probable que fuera por mantenerse en un ángulo preciso y necesario para sumergirse todo el largo de su miembro dentro de Sherlock un par de miles de veces.
Oh, Dios. Dejó que lo follara. Lo amo más que a nadie, y me dejó follarlo. Soy el hombre más afortunado en la tierra.
No eres el primero, lo contradice una voz en su cabeza. Suena como Sally Donovan, lo cual es un consuelo, porque si sonaba como Sebastian Wilkes, John necesitaría pegarse un tiro.
No, contesta John, pero que me maldigan si no soy el último. Cualquiera que ponga una mano sobre él, se quedará sin mano.
El principio más reciente de John es que cuando la vida te da limones, la mejor práctica es lanzarlos a los enemigos de tu novio hasta que aparezcan las granadas de mano. Se toma un momento en perfeccionar su imitación de Donovan.
—Me gusta —dice, dirigiéndose a Sherlock—. Me masturbo pensando en ello. Entre más inteligente es la deducción, más me gusta. ¿Y sabes qué? Un día de estos, acompañarlo no va a ser suficiente. Un día de estos, la policía metropolitana va a estar alrededor de tu culo, y John Watson será el que lo esté follando hasta la inconsciencia.
—Me alegra escucharlo —responde Sherlock. Parece distraído, y no de una buena forma.
John marcha hasta la sala de estar y se detiene entre Sherlock y la ventana. Coloca sus manos sobre sus caderas.
—¿Qué pasa?
—Nada —dice Sherlock. Su mano derecha está temblando.
Mierda. Ha estado temblando desde que llegamos a casa. Y aquí pensé yo que era simplemente lujuria. ¿Tanto te halagas, Watson?
—Estoy de pie, obstaculizando tu luz de lectura, ¿y no pasa nada? ¿No deberías estar regañándome? ¿Qué estás leyendo, de todos modos?
Sherlock, culposamente, dobla el periódico, pero no antes de que John pudiera ver los titulares.
—Arsenal —dice John—. No pensé que eras su fan.
—Siempre y cuando no me catalogues como uno —responde Sherlock.
John lo observa, inexpresivo.
—Eso fue una broma, John. Es una forma popular de eliminar la tensión social, ¿no es así?
Sherlock le da un sorbo a su taza, y luego se la ofrece al hombre de pie.
John lo mira. Proviniendo de Sherlock, los intentos de humor y su disposición a compartir no hacen nada para aliviar el estrés. Lo aumentan.
—¿Desde cuando bromeas?
John olisquea la bebida caliente, esperando sentir el olor a mescalina o gasolina, pero nada parece extraño. Parece y huele a PG Tips.
—Es té.
Sherlock parece genuinamente intrigado.
—No te enojes. Te hice uno para ti también. Está en el mostrador.
Sin pensarlo mucho, John puede nombrar cuatro cosas que el lunático a medida con el que comparte su vida no hace. No escribe cartas de Navidad, no usa camisas que le queden normal, ni demuestra modales que lo diferencien notablemente de un oso enojado. Y sobre todo, no hace té, y aunque lo hiciera la probabilidad de que recordara hacerle una taza a John sería remota, o sino imposible.
—No es un sueño —dice Sherlock. John está inclinado a interpretar esta repentina falta de interés en instrumentos de prueba científicos como un engaño, pero Sherlock lo mira con una expresión de lobotomizada calma.
—Mierda —dice John. Agarra a Sherlock de la muñeca. Su pulso parece estar bien—. Estás… creo que estás enfermo. ¿Quieres ir al hospital?
—¿Por qué?
—Porque estás haciendo té y leyendo la sección de deportes y tratando de hacer bromas… tratando, tenlo en cuenta… y no estás revisando los correos y tu mano está temblando.
John respira profundamente.
—No eres tú, Sherlock.
Sherlock evita la mirada de John.
—Me siento perfectamente normal.
—Normal. Sí. Ese es el problema. En serio, no estás bien.
—¿Entonces me quieres llevar al hospital porque estoy normal? Eso debería ir bajo amenaza. "Personas con aneurismas, háganse a un lado: hombre normal en camino".
—Aún con sarcasmo. Bien. Eso es un poco como tú.
John se sienta al lado de su novio y pone una mano en su espalda. Sherlock titubea, y luego se apoya en él. Parece estar considerando colocar su cabeza sobre el hombro de John, pero decide no hacerlo.
—Dime que pasa —ordena John—. ¿Es por el sexo? ¿Te lastimé? ¿Es un problema que no te haya logrado hacer venir con sólo penetración? Estoy dispuesto a trabajar contigo en esto. Quiero trabajar contigo en esto.
—No —dice Sherlock—. No es por el sexo. El sexo fue brillante. Eres brillante. Es sólo que…
Sherlock baja la mirada hacia sus manos. En la experiencia del médico militar, esta es la forma en la que se ven las personas que van a romper contigo.
John intenta no entrar en pánico porque su egocéntrico compañero de piso lo llamó brillante. Falla en lograrlo.
—¿Sólo que qué?
¿Qué es esto? ¿Este repentino interés en cocina básica y en la FA Cup? ¿Es esta la forma de demostrar tu decepción por tenerme como amante? ¿Estás demostrándome que la forma en la que te tomé es tan tonta, tan obvia, tan insuficiente de finura que convirtió tu Palacio Mental en una Choza Estúpida?
Sherlock deja salir un suspiro derrotado.
—No sé. No estoy… bien, como tu dices.
—No, claro que no lo estás —dice John, negando con la cabeza—. Acabamos de tener sexo. Para algunas personas, eso sería como la hora del té, pero ¿para ti? Cuando estás de buen humor, te gusta lucirte, por lo cual que estuvieras descifrando esos correos tendría sentido. Cuando te sientes cómodo y relajado, gritas sobre la estupidez de todo el mundo que alguna vez trabajó como oficial de ley, así que eso también hubiera estado bien. Mínimamente esperaba que estuvieras haciendo deducciones sobre el estado de tu cabellera y cómo es lógico que esté así por como fuiste embestido contra las almohadas por mi pene. No estás haciendo ninguna de estas cosas. Me estás volviendo loco.
Sherlock mira a John medianamente asombrado.
—¿Qué?
—¿Cómo me conoces tan bien?
John encoge los hombros, impaciente.
—Tu ves todo. Yo veo solo una cosa. Solía ser la escuela de medicina. Luego fue la guerra. Ahora eres tú, así que no creas por un minuto que me puedes engañar con esto. Estás enfermo, incluso si la sala de emergencia pueda entenderlo o no. La enfermedad no nos hace comportarnos como solemos ser. Un ejemplo sería que cuando un ratón tiene toxoplasmosis lo que hace es buscar gatos.
Sherlock frunce el ceño.
—Y yo busco cultura popular y quehaceres de la casa.
—Aparentemente —dice John—. Mierda. Debería simplemente mandarte a Tesco con una lista de compras mientras esperamos que esto termine.
—Qué práctico de tu parte.
Por primera vez desde que comenzaron la conversación, Sherlock esboza una ligera sonrisa.
John pasa una mano por su rostro.
—Práctico: eso soy yo, está bien. Escucha. ¿Tienes alguna idea de qué está mal contigo?
—No —admite Sherlock—. Es como uno de esos sueños en los que buscas algo. La pesadilla no es que algo se haya perdido; es que no puedas pensar qué es lo que buscas.
—Eso no suena como tú —gruñe John—. ¿Eres incapaz de pensar? Mierda. Eso es. Te llevaré a tu habitación y escribirás lo que acabamos de hacer en ese maldito cuaderno de laboratorio tuyo como el cabrón arrogante que eres. Vamos. Eso te animará. Más te vale que me des al menos un 8, eh, si es que sabes que es bueno para ti.
Un atisbo de curiosidad pasa sobre el pálido rostro de Sherlock.
—¿Qué cuaderno de laboratorio? —pregunta.
