Capítulo 22: El despertar del Maldiota


Sherlock se da cuenta de que hay etapas en el colapso nervioso de John. La primera etapa involucra a John llamarlo un maldito idiota hasta que su pronunciación no se pueda entender más, y en aquel punto se empiece a escuchar como "maldiota". Sherlock se aliviaría de que ya estuvieran pasando a la siguiente etapa, sino fuera por el hecho de que John se ve devastado.

—Nombre —exige John. Sherlock está sentado en el sofá educadamente. Por primera vez, John es el que está usando el amoblado de otra forma distinta a la que se debería usar. Se ha dejado caer sobre la mesita de café y ha cruzado sus cortas piernas entre las largas de Sherlock para poder ver de frente el rostro de su paciente mientras lo diagnostica. Ya le ha tomado el pulso a Sherlock tres veces, y la última vez falló en soltarle la muñeca a Sherlock. A Sherlock no le importa.

—John Watson.

—Tu nombre, imbécil. Y no me digas "imbécil", o te…

Sherlock no espera descubrir qué es lo que el ex doctor militar hace cuando está enojado. Los resultados de eso son contundentes.

—Sherlock Holmes.

—¿Y?

—No. Buen intento, pero no vas a descubrir mi segundo nombre. Basta decir que es exactamente lo que uno esperaría de las personas a las que se les ocurre Sherlock y Mycroft. Aunque por lo menos no es Hamish.

John exhala.

—Eso fue vanidoso. Bien. Algunas partes de tu personalidad están intactas. ¿Qué día es hoy?

—Lunes trece de Febrero del 2012.

—¿Dónde estamos?

—221B de la calle Baker. En serio, John. Continúa.

—Ahora estás siendo un simple tarado. ¿Quién es el primer ministro?

—No sé cómo eso es relevante.

—Ese eres tú, muy bien. Cualquier otra persona hubiera respondido correctamente, pero viniendo de ti, eso es excelente. ¿Qué hiciste la semana pasada?

Sherlock se encoge de hombros.

—Limita las opciones. Siete días es un largo tiempo.

—Bien. El último miércoles.

—Miércoles cinco de Febrero. 11:03. Estábamos haciendo una persecución a un golpeador en el Battersea en aquel callejón detrás del restaurante. 11:04. No estabas acostumbrado a tus botas nuevas, y te golpeaste el dedo del pie y caíste encima suyo. 11:05. Lo golpeé, en la cara, por no haberte proporcionado un lugar de aterrizaje más cómodo. 11:06…

—Está bien. Probemos con otra fecha. Cinco de Enero.

—La noche antes de mi cumpleaños. 20:32. Me llevaste a lo de Angelo. Usualmente siempre ordenas espaguetis con aceite y ajo, pero estabas preocupado... la verdad que innecesariamente, debo añadir, de que no te dejaría chuparmela en el taxi después si es que tenías aliento a ajo…

—Bueno, sí, Enero está resuelto.

Sherlock está satisfecho de ver a John retorcerse en su asiento improvisado.

—Cinco de Diciembre.

—19:11 —titubea Sherlock—. Me llamaste del consultorio. Quería que me textearas, pero no podías, porque estabas ocupado estrangulando a alguien en el ascensor.

—¿A quién estaba estrangulando?

—¿Qué?

—Ya me escuchaste. ¿A quién estaba estrangulando?

—John, te recomiendo no hacer ningún tipo de admisión de culpabilidad. Mycroft a vuelto a llenar nuestro apartamento con micrófonos ocultos.

John se queda inmóvil.

—Mierda. No lo sabes, ¿verdad?

La mirada en su rostro dice más que "un poco mal". Dice, "un puto desastre". El primer impulso de Sherlock es mentir, confundir, esconder las cosas para que John cambiara esa mirada.

—¿Por qué importa? —evade.

John no dice nada, sólo intensifica el agarre en la muñeca de Sherlock hasta que su mano se vuelve color tiza. Después de un par de minutos, John decae y lo suelta.

—Ni idea —dice Sherlock, finalmente. Mueve la cabeza, pero la información no regresa—. Y tiene que ver contigo. Siempre recuerdo las cosas que te incluyen a ti. ¿Cómo es que no sé esto?

Sherlock agarra uno de sus rizos entre sus dedos y tira de él con frustración.

—Creo que ya lo entiendo —dice John, fisgoneando la curva de la mano de su compañero—. Quiero que respondas la siguiente pregunta sin ofenderte. ¿Con cuántas personas has dormido?

Sherlock responde inmediatamente.

—Contigo.

—Conmigo —repite John.

Sherlock no tiene idea a dónde quiere llegar su compañero de piso con todo esto. La incertidumbre lo irrita.

—Sí, John, bien hecho. ¿Estás esperando unas felicitaciones por haberte llevado mi virginidad? Muy bien: felicitaciones. El fenómeno por fin dejó que alguien se la metiera bien adentro. Haré que Mycroft haga un desfile en tu honor.

John no muerde el anzuelo.

—¿Yo y quien más?

Sherlock suspira.

—¿Estamos incluyendo fantasías? Bien. Tú, Enrico Fermi y Sir Isaac Newton en su juventud. Aunque estoy…

A John no le va a gustar esto. No sé por qué, pero sé que no le va a gustar.

—Estoy perdiendo el interés en los otros dos —admite Holmes.

—Mierda —dice John.

John se arrodilla en frente de la mesa de luz de Sherlock y empieza a tirar todas las cosas en ella, sin mirar donde aterrizan. La linterna de bolsillo golpea la estantería. El lubricante golpea a Sherlock, quien estaría gritando "Au" en su forma exagerada si no se hubiera distraído por el orgullo de saber que el envase de lubricante estaba casi vacío.

—Sebastian —reclama John. No deja de rebuscar el amoblado para continuar su interrogatorio—. Vamos, sabes esto. Dime quien es Sebastian.

—Un santo —arriesga Sherlock—. Lo ataron a un árbol y le dispararon una lluvia de flechas. En ese orden.

—Deja de adivinar. Nunca lo adivinarás. Victor.

Sherlock gruñe.

—Ese ni siquiera es un nombre, John

—Sí, sí lo es.

John encuentra una botella de agua destilada en el cajón, lo encuentra no apto para arrojar y lo coloca en el suelo.

—Victor.

—Ganador. Campéon. Una palabra usada en el alfabeto militar para representar la letra V. Por amor al cielo, ten cuidado con eso. Eso es lo último que queda de Luminol.

Cuando no habla, la boca de John es una línea recta.

—Como si en este momento supieras lo que es Luminol. Lo leíste en la botella, ¿no? No respondas eso. Mycroft.

—Ugh —dice Sherlock. No tiene que pensar en eso—. Un imbécil insufrible, que ama el pastel. ¿Puedes no decir su nombre en nuestra habitación? Tenía planeado seguir teniendo relaciones sexuales contigo aquí.

—Correcto. Julien.

John saca el agua oxigenada y la deja. Los cajones ahora están vacíos.

Sherlock deja caer su cabeza, desanimado.

—Un método de cortar zanahorias —ofrece.

—Maldición —dice John—. Está bien. Necesito saber dónde está el cuaderno de laboratorio. Si lo encontramos, puede que estimule tu memoria, y recuperes algo de la información. Concéntrate, Sherlock. ¿Tienes alguna idea de dónde lo pusiste?

Sherlock piensa lo que sintió al entrar al departamento en la mañana. Había estado mayormente consciente del olor a excitación sexual generado por él mismo y John cuando negociaban su camino a la cama. Pero debajo de esa esencia había sentido el olor a humo.

—Creo —dice Sherlock—, que puede que lo haya quemado.

John pincha alrededor de la chimenea con el atizador, luego se deja caer pesadamente contra el sillón.

—Bien, lo quemaste por completo. Esa es parte de cubierta, ahí.

—No sé por qué estás tan enojado por esto —dice Sherlock, inclinándose contra el respaldo del sillón, encorvando los hombros y mirando a la chimenea.

—Ya sé que tú no lo estás.

John se mueve al sillón de Sherlock y se sienta allí. Le hace un gesto a Sherlock para que se acueste en su regazo. Sherlock se sienta con cuidado encima de John, y luego se extiende sobre él como una manta. Termina con su cuello cubriendo uno de los reposabrazos y su largas piernas desbordando el otro.

—Déjame explicarte esto —dice John—. Eres el primer hombre con el que he estado, ¿sí? Mi primer novio. Pero yo no fui el primero para ti.

—De eso se trata todo esto —dice Sherlock despacio—. He estado con otras personas. No las recuerdo, pero lo he hecho. Eso es lo que está en el cuaderno. ¿Te… te fui infiel?

—No —dice John—. Para nada. No me conocías en ese entonces.

—Pero estás enojado. ¿Te di algo? Alguna enfermedad, quiero decir.

—No.

Sherlock frunce el ceño.

—¿Cuántas personas fueron?

John le dice.

—¿Ciento y cuanto? —pregunta Sherlock.

—Ochenta y tres. Ochenta y cuatro, incluyéndome.

—Claro. Bueno, creo que te puedo incluir con seguridad. Eso lo recuerdo. Entonces… estuve por allí.

—Un poco, sí.

—No tiene sentido —dice Sherlock—. ¿Quién querría acostarse conmigo? Sin ofenderte, John, pero la mayoría de personas no están tan locas.

John entrelaza sus dedos en el cabello de Sherlock.

—No me ofendo —dice—, muchas personas quisieron acostarse contigo.

—Pero, ¿por qué? ¿Por mi savoir—faire interpersonal? No es como si supiera algo sobre las relaciones humanas que no terminan con un picahielo entre los ojos.

Sherlock se asegura de hacer un gesto con la mano entre ellos para ilustrar a su amante la palabra "interpersonal". Ese tipo de gesto incómodo e inconsciente usualmente hace que John caiga de rodillas, pero hoy John no hará nada de eso.

—No tengo tiempo para acariciar tu ego ahora —dice con firmeza—. Mira al espejo durante treinta segundos y descúbrelo tú mismo.

La espalda de Sherlock se vuelve rígida. Vuelve su rostro hacia la cocina y pone sus brazos sobre su estómago.

—Es por eso que tuviste sexo conmigo —dice—. Por como me veo. Gracias, John. Es mejor que lo sepa.

—¡No! Simplemente… no. No te desvincules de mí, Sherlock; sé cuando estás dando vueltas en tu palacio mental para evitarme, y no voy a tolerarlo. Tuvimos sexo, porque… mira. Nosotros dos, pertenecemos el uno al otro. Eres un genio y yo estoy demente y completamente enamorado de ti y no me estoy volviendo más joven para gastar mi dosis diaria completa de energía en no embestir tu culo contra el colchón, eso me estaba Des. Gas. Tan. Do. Ese es el por qué.

—Y si no fuera un genio —murmura Sherlock, sosteniendo sus mangas. Su mano derecha está temblando.

—No digas eso —dice John—. Lo eres.

—Pero si no lo fuera.

Sherlock trata de recuperar sus pies para poder escaparse, para quizás encontrar una sábana lo suficientemente grande como para esconderse, pero John lo atrapa de la cintura y lo tira hacia abajo.

—Detente. Te haría hacer las compras y te amaría de todas formas.

Sherlock forcejea.

—Dijiste…

—Quédate quieto, maldición. No me importa lo que haya dicho. Tú eres lo que me importa, y si te sucediera algo te amaría con toda mi alma, cuerpo y corazón, y si eso no sirviera, encontraría alguna otra cosa para amar de ti y te amaría con mucha más intensidad, tonto, porque no sé qué otra cosa hacer. ¿No comprendes por qué estoy enojado?

—Por supuesto. Dormí con 183 personas. Mi promiscuidad me hace un pobre candidato para una relación monógama de larga duración. Lo siento, John. No sé qué puedo hacer con eso ahora.

—Equivocado. Completamente y totalmente equivocado. No estoy enojado porque follaste con 183 personas; estoy enojado porque las eliminaste. ¿Al menos sigues hablando francés?

Sherlock niega con la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no tradujiste esos correos. Justo ahora, cuando dijiste "savoir—faire", tu acento fue horrible. Uno de tus amantes… probablemente Julien… debió haberte enseñado francés. Lo eliminaste, y ahora ya no está. ¿Qué otra cosa no está más, Sherlock?

Sherlock queda en silencio.

—Lo sabía —dice John—. Ya no hay nada. Todo lo que tus amoríos te enseñaron se ha ido. Desafortunadamente, esa es una gran parte de tu personalidad, de tu conocimiento, de tu vida. Todo lo que quedó es cómo hacer té y leer los resultados del fútbol. Yo te enseñé eso.

—John, difícilmente creo que…

—Déjame terminar. ¿Sabes cuál es la peor parte de todo esto? Sé por qué lo hiciste. Eliminaste esas personas por mí. Lo hiciste porque yo fui débil y celoso y no podía soportar la idea de ti junto a otra persona.

Sherlock parpadea.

—Creí haber soñado eso —dice—. Dijiste que eso te enfermaba, pensar en mí junto a otros hombres. Pero eso no tiene sentido, porque yo no he estado con otros hombres. A excepción de que dices que sí lo he hecho, así que debo…

—Esto —dice John—. Esto es lo que está desgarrando tu cerebro. Creo que le has ordenado que guarde toda la información sobre mí… lo cual es halagador, Sherlock, en verdad, lo es… y eliminaste toda la información sobre todos los demás. Todos con los que tuviste sexo, eso es. Aún recuerdas a tu hermano, lo cual es bueno, porque si él te hubiera tocado de esa forma hubiera cortado su garganta con una navaja mariposa.

—Pero algunas cosas que sabes de mí no tiene sentido que las recuerdes a menos que también conozcas a los demás. Recuerdas que casi maté a Sebastian Wilkes, porque yo estoy en ese recuerdo, pero estás tratando de olvidarlo porque Seb también está allí. Todo este asunto es una gran bola de "eso no computa", y eso te ha dejado confundido, temblando y loco, y creo que estás empeorando. Bueno, a la mierda.

Sherlock queda boquiabierto.

—¿A la mierda? ¿Ese es tu consejo? Porque cuales hayan sido mis logros antes, no estoy seguro de cómo poner en práctica esa idea tuya.

—A la mierda —repite John—. Mierda. A la mierda eso. No dejaré que te destruyas por mí. No con la bañera, no con una bala, no eliminándote, no nada. Vas a ser mi amante, y vas a ser tú mismo, y vas a vivir, joder. No voy a dejar que te conviertas en un muñeco sexual zombi por mí, puro cuerpo y sin cerebro. Ahora levántate y ve a sentarte al sofá.

—¿Por qué?

John respira profundamente.

—Porque allí fui donde te vi por primera vez eliminar partes de tu vida, turróncito de azúcar. Y es allí que vas a recuperar tu vida de nuevo.