Capítulo 23: Aspiración
John Watson, médico, realiza otro diagnóstico diferencial antes de llegar a la misma conclusión a la que ya ha llegado seis veces: esto no tiene ni un puto sentido.
Las personas no pueden eliminarse a sí mismas y caer en el olvido. La anatomía humana no está diseñada para que las personas puedan operar sobre sí mismas y lleguen a acorralarse en un punto en el que tienen que recordar y olvidar al mismo tiempo el mismo suceso, a pesar de que aquello resulte en una paradoja que ocasione que los lóbulos frontales se derrumben uno sobre el otro. Por otro lado, habían muchas cosas que las personas no podían hacer, y en el corto tiempo que llevan juntos, John ha visto a su novio hacer muchas de esas cosas. Puede cruzar sus tobillos por detrás de su cabeza, puede ver un asesinato en un grano de arena, puede enfadar a Mycroft como nadie más, y si es que alguien se puede eliminar a sí mismo, es el residente polímata de la calle Baker, Sherlock Holmes.
El terco médico militar se sienta en su asiento improvisado, encarando al nexo de todo su amor, paciencia y, sin rodeos, desesperación.
—Intenta —insiste—. Necesito que lo intentes.
—Estoy tratando —gruñe Sherlock. Aunque su boca se está quejando, su cuerpo aún está obedientemente estirado en el sofá, tal y como John lo había acomodado después de descubrir los restos que quedaron del cuaderno de laboratorio que contenía la historia sexual de Sherlock. Su cabeza está inclinada hacia arriba y sus largos miembros cubren todo el lado que está más cerca de la ventana. Está más pálido que un parche de nicotina, y está sacudiendo el reposabrazos porque sus temblores se han extendido hasta sus piernas—. He estado intentando ya por horas. Déjame dormir, John.
—Joder, no. Te lo dije, el cansancio es un síntoma. Cuando las personas se encuentran en estados extremos… como estar mucho tiempo enterrado bajo la nieve, o mucho tiempo bajo el agua… quieren quedarse dormidos, y dejar de intentar. No es seguro. Quédate conmigo hasta que la amnesia sea revertida.
—Por el amor de Dios, déjame descansar. Lidiaré con esto después.
—No vas a lidiar con esto después. No tenemos tanto tiempo. Inténtalo de nuevo.
John se muerde la lengua para no decir la súplica de "por mí". Si el trastornado genio llegaba de alguna manera a implosionar mentalmente como un agujero negro, John estaría condenado si los últimos recuerdos coherentes del hombre son los de él suplicándole "No me dejes" sentado sobre la mesita de café.
—Dormir —repite Sherlock. Ha pasado por lo menos una hora desde que ha dicho una palabra con más de dos sílabas.
John mantiene su voz estable e impasible, como la mano con la que presiona el gatillo.
—Si te duermes, ¿habrá alguien por quien despertar? ¿Cuánto tiempo tenemos, exactamente, antes de que dejes de ser tú?
El detective se frota los ojos, y luego mira a John, como si lo sorprendiera encontrarlo aún allí.
—No sabemos si eso es lo que va a suceder.
—Sí, Sherlock, creo que sí lo sabemos.
En momentos como estos, John desea saber el segundo nombre del hombre, para poder regañarlo mejor.
—¿Qué es lo que me dijiste sobre esa película que te hice ver?
—Que el guión era malo y que la actuación era peor. Y también que las armas no pueden hacer ruido en el espacio.
Los ojos grises de Sherlock se abrieron.
—Aunque eso ahora suena… bueno. Suena genial, de hecho. ¿Por qué no...?
—Sherlock Holmes, esa es la cosa menos parecida a ti que he escuchado. No me digas que quieres desperdiciar otras dos horas de tu vida viendo Star Wars conmigo o tendré que internarte en un hospital con tanta rapidez que tu columna vertebral se dará vuelta. Aunque eso no te haría bien, no a menos que tengan a un experto xenobiólogo como personal. Honestamente, ¿quién trata la amnesia espontánea auto—inducida en la escuela médica?
John no puede atreverse a agregar "relacionado con un torrente de daño cerebral, brindado por un auto diagnosticado sociópata como un regalo adelantado de San Valentín". Eso se vería genial en la historia médica, piensa. La suya y la mía también después de que me vuelva frustrado para siempre.
—Nadie —murmura Sherlock—. Cuando todo esto termine, podrás dar un clase.
—Cuando todo esto termine, me podrás devolver los cinco años que me has sacado de mi vida con esto. No, no tomes eso tan literalmente. Quiero que vivas para siempre, idiota, y quiero estar a tu lado cuando eso pase. Bien. Dijiste que pondrías esa película en tu papelera de reciclaje cerebral de veinticuatro horas porque era jodidamente horrible. Luego la trajiste de vuelta porque eres un idiota sentimental y te recordaba a mí. Tu papelera… y sólo Dios sabe que significa eso neurológicamente hablando… puede retener cosas por veinticuatro horas. Eso significa que sólo tenemos un par de horas para recuperar tu memoria. Piensa, Sherlock. ¿Cómo accedes a tus recuerdos borrados? ¿Cómo recuperas los archivos?
—No lo sé, me estoy deshaciendo. Muchas de las cosas que debo haber sabido antes ahora se han...
Sherlock cierra sus manos vacías.
El corazón de John se hunde ante la vista de su novio representando la palabra "ido".
—Déjame adivinar —dice—. Una de las cosas que has olvidado es el método para recuperar recuerdos.
Sherlock asiente con la cabeza.
—Maldición —dice John entre dientes—. La única área tuya en la que tienes algún sentido de la privacidad, y viene a mordernos el culo. Nunca me dejaste ver recuperar algo. Eres reservado con eso, como un gato. Estás más que feliz alardeando de tus rutinas, opiniones, tu deseo de tocar el violín a las 3:00 am, pero no de tu proceso de restauración, porque nunca te entusiasmó admitir que cometiste un error. Mierda. Desearía haberte visto elminar esa película. Nos ayudaría a descubrir que hacer ahora.
—Lo siento—
Al ver a Sherlock estirar su cabeza para indicar "por todo", John tensa su mandíbula con tanta fuerza que le cuesta volver a abrirla para poder hablar.
—Mierda. No te pedí que te disculparas; te pedí que recuperes las cosas. Intenta retorcer tus dedos.
—No, eso sólo funciona para eliminar cosas. En serio, esto se siente mal. No debería estar acostado. Estar así sobre mi espalda sólo me ayuda a eliminar.
—Entonces por el amor de Dios, levántate.
Cuando Sherlock se demora en responder, John lo fuerza a acomodarse en una posición sentada.
—Escucha. Hagas lo que hagas, no elimines nada más de tu cerebro. Mantén todo exactamente como está hasta que descubramos cómo arreglarte, ¿está claro?
—No creo que eso aún esté bajo mi control. Se está derrumbando todo. Pateé una piedra, y empezó una…
Sherlock mira inquisitivamente a su compañero.
—Avalancha —dice John, en voz baja.
—Sí. No la puedo detener. Sólo déjame dormir.
La cabeza rizada se deja caer, y un par de párpados alabastrinos se cierran.
John agarra el vaso de agua que estaba cerca del escritorio y baña el rostro del irritante hombre. Un poco tarde, se pregunta si es que era, realmente, agua. Con un científico loco en la casa, uno nunca sabe.
—¿Qué demonios te pasa? —tartamudea Sherlock, ahora completamente despierto—. ¿Por qué es tan importante que recupere esos recuerdos?
John lo mira, sorprendido. Bingo. Irritación. Recuperó las palabras con más de tres sílabas.
—Ya hemos pasado por esto, y seguiremos haciéndolo hasta que lo comprendas. Eres tú. Esos recuerdos eres tú. Son lo que te hicieron.
Sherlock patea la alfombra como un niño de cinco años que tiene los zapatos demasiado apretados.
—Pero no quiero ser esas cosas que describes, esos comportamientos tontos, esas adicciones, esos errores. No puedo ayudarte. Ya no me interesa el crimen. No tengo que arrastrarte a la línea de fuego cada vez que algún idiota tenga posesión de un arma. ¿Por qué no haces lo que aprendiste hacer? Abre un pequeño consultorio, yo seré tu asistente. Dejaremos de matar gente y la mantendremos viva. Puedes tener una vida distinta, una vida mejor.
John respira profundamente.
—Detente —espeta—. Detente, mierda. ¿Acabas de ofrecerte ser mi recepcionista? No pienses ni por un minuto que eso es lo que quiero, y nunca desestimes lo que hacemos. Mantenemos viva a la gente destruyendo monstruos.
—Yo soy un monstruo —responde Sherlock—. No recuerdo mucho, pero recuerdo eso. Eso es todo lo que he sido. Déjame ir, John. Déjame ser algo distinto para ti. Todos los demás pueden ver lo que soy; ¿por qué tú no?
—Porque todos los demás están equivocados, ¿está claro? No eres una versión rota de una persona normal; no eres una versión escoria de una persona normal; no eres una versión genio de un persona normal. Eres la versión correcta, la única versión de Sherlock Holmes. Quien eres… quien realmente eres, debajo de todo este mal… es jodidamente brillante. Si alguna vez me escuchas insinuar algo distinto, golpéame, joder. Dame un fuerte gancho en la quijada.
—No voy hacer eso —dice Sherlock—. Lo verías venir, y disfruto tener dientes.
No te rías, piensa John. Esto es serio; no te rías, pero Sherlock lo está mirando con una alegría reprimida y desesperada, así que se ríe, y Sherlock ríe también, hasta que los dos se encuentran riendo como una pareja de lunáticos conmocionados atravesando la tierra de nadie en una lluvia de bombardeos en la motocicleta que robaron del Comandante Oficial.
—No vas a rendirte sin luchar, ¿no, capitán? —murmura Sherlock.
—No —dice John, serio de nuevo—. Eres la persona más importante en mi vida, y voy a recuperarte. Estamos haciendo una misión de reconocimiento ahora. No dejaremos a ningún hombre atrás. Dime que necesitas que pase entre nosotros para completar la misión.
Sherlock se muerde el labio.
—Comodidad —dice—. Si voy a recuperar las cosas, creo… que necesito estar cómodo.
—Pero no acostado.
—Exacto.
—Quédate ahí —dice John, aunque Sherlock no parece tener ganas de irse a ningún lado. Corre a la habitación de Sherlock y trae una botella. Sherlock alza una ceja.
—Pervertido —dice John—. No te voy a follar con esto. Sólo quiero frotarte la espalda. Estás todo encorvado y necesitas relajarte.
Se sienta en el medio del sofá, sus piernas estiradas encima de los cojines al frente suyo, y luego palmotea el lugar entre sus muslos, invitándolo.
—Más cerca —dice.
Con un poco de vacilación, Sherlock se acomoda en el lugar que John ha creado para él y coloca sus piernas encima de las suyas. Los dos están sentados frente a frente, más cerca que a un brazo de distancia, con los miembros entrelazados.
John cuidadosamente retira la bata de Sherlock de sus hombros, desnudándolos a la luz. Echa el contenido de la botella en su mano derecha, y luego frota sus manos juntas para calentarlo. John recuerda a los dos comprando esta cosa… mitad lubricante, mitad loción… en una excursión a Covent Garden. Sherlock había querido algo ridículamente caro que contuviera silicona, esencia de yuzu, y en lo posible, granos de mostaza, y John no entendía porque no podían simplemente tocarse con aceite para armas ahora que la anterior botella de lubricante de Sherlock se había terminado. Luego, John había encontrado esto, suave y cremoso con una base de aceite de almendra. Frotó un poco dentro de la muñeca de Sherlock, donde la sangre que circulaba cerca de la piel la calentaría y liberaría la esencia. Después de haberla probado debajo de un arbusto en el Parque Hyde, ambos habían estado de acuerdo en que volvía la anatomía masculina incluso más deliciosa que lo normal.
Cuando la esencia de almendras se eleva, Sherlock hace un sonido apreciativo.
—Te dije que esto era mejor que esa cosa pegajosa de yuzu —dice John.
—Y yo te dije que eso era mejor que frotarse con algo diseñado para las armas.
Sherlock se retuerce cuando John presiona sus hombros con la loción fría. Luego suspira y se relaja por el toque de John.
—¿Se siente bien? —dice John.
Sherlock no se toma la molestia en discutir.
—Sí.
Deja que su cabeza caiga hacia adelante, de tal forma que su frente descansa contra el ceño fruncido de John, donde las siempre presentes arrugas se ven.
—Regresa, idiota. Regresa.
Oh, piensa Sherlock. Eso es… eso es brillante.
John lo está tocando. John está presionado sus capaces manos en las olvidadas alas de los omóplatos de Sherlock, y todo se siente demasiado bien. Huele bien, también, caliente y dulce, como cuando los dos se dan placer. Sherlock siente que su compañero de piso le está dando algo más al acariciarlo… ¿electrones necesarios, quizás? Pero eso no tiene sentido, porque él es el electrón, y John el protón, el centro, el núcleo. Sherlock es una golondrina, alocadamente cayendo en picada, y John, cálido y firme, es el nido. Y ahora sus piernas están entrelazadas y sus frentes están presionadas juntas y sus cuerpos están unidos como un par de manos palma con palma. Porque haya o no haya Dios, aún hay plegarias, y aunque haya o no haya respuesta, aún hay preguntas, y eso es lo que él y John son juntos, algo cuestionable y con aspiraciones, sagrado y secular. Ama a John, y John lo ama. Hay enfados a veces, pero debajo de todo eso, hay amor, y el enfado proviene del amor; por supuesto que sí, es obvio, todo proviene de allí.
Y la forma en la que sus cuerpos están acomodados es familiar, por supuesto que lo es, porque esta es la posición en la que John por primera vez respiró dentro suyo y lo completó. Como si John no pudiera completarlo. La sombra es evidencia de que hay luz. La sola existencia de este hombre ha estado implícita durante toda su vida, si sólo se hubiera tomado la molestia de deducirlo.
Y ahora, John lo está besando, y cuando el aliento de John fluye dentro de su cuerpo, Sherlock piensa en todas las formas en las cuales John le da amor. El John que le hace té, el John que discute, el John agradecido, el John charlatán, el John peleador, el John que le da una paliza a Sebastian en un ascensor.
Espera. Sebastian. Oh Dios mío. Sebastian
Sherlock se separa de su boca.
—¿John?
—¿Qué?
—Creo —dice Sherlock—, que estoy empezando a recordar.
