Capítulo 24: Teseo y el Minotauro


Advertencias: Referencia a drogas. Obscenidades. Mitología Griega.

Promesas: Hombres yendo al grano.


Había una vez, un palacio. Su único habitante era un príncipe de naturaleza híbrida. Se decía que su cuerpo era el cuerpo de un Dios, con la piel como la luz de la luna y el cabello del color de una noche cretense, unidos a la mente de un monstruo; retorcida, cavernosa y profunda.

No siempre había sido monstruoso. Cuando era un niño, había vivido felizmente con su hermano mayor que parecía un visir y sus padres, un rey orgulloso y una encantadora reina. Un Dios del agua estaba celoso de su felicidad, y mandó a un toro, blanco como el hueso, para ganarse los favores de la reina. La reina se enamoró de su pretendiente bestial y aceptó sus avances. Al escuchar de la infidelidad de su esposa, el rey se tiró al mar de cabeza, para nunca ser visto de nuevo por nadie más que por las estrellas de mar. Se murmuraba entre los súbditos del reino que quien había informado al rey de la mortífera noticia había sido el joven príncipe, dado que tenía el ingenio de un científico, y estaba en su naturaleza ser honesto.

Las personas del reino se volvieron cautelosas y temerosas, para que sus secretos no fueran descubiertos y revelados por el regente de aguda vista.

—Aburrido —dijo el príncipe.

Poco después de la muerte del rey, la reina huyó al reino de su nuevo amante, y el príncipe mayor se puso en camino para conquistar territorio nuevo, lejos de la cama mancillada de sus padres. Lentamente, el joven príncipe creció medio salvaje en la desolada jungla de su propio hogar.

Había sido deseo del rey que el joven príncipe se casara, y por un tiempo, a los fuereños les pareció que lo haría. Un año después de la muerte de su padre, el príncipe comenzó a construir ampliaciones, lujosas y resplandecientes, en el palacio. Nadie había sido visto entrando al edificio, pero el sonido del martilleo se escuchaba bien entrada la noche, y el palacio creció incluso más. Las personas del reino susurraban que se estaban construyendo nuevas habitaciones para seducir a algún pretendiente, alguien que pudiera proveer al feroz y joven gobernante compañía y consuelo. Sólo en las viejas pescaderías se susurraba que las remodelaciones eran hechas para mantener a los pretendientes lejos.

Pero el príncipe no escucho nada de aquellos chusmerios. Encerrado en su ciudadela, le dio la espalda al dolor y construyó una biblioteca que contenía el conocimiento de Alexandría, un laboratorio destilando la vida a su esencia química, una morgue mostrando al desnudo los misterios encubiertos de la muerte, un observatorio que mostraba todos los secretos de las estrellas. A veces a Investigadores de tierras lejanas se les permitía visitar estas habitaciones, mientras el príncipe, aislado, tocaba su violín. Historias de la genialidad del príncipe viajaron a todos los reinos del mundo.

Para el príncipe, sin embargo, eso no era suficiente. Su mente era amplia e inquieta, y era atacada por un sinfín de preguntas, e incluso el palacio más grande no podía albergar toda su alquimia e imaginación.

Una noche, como por magia, el príncipe destruyó un suburbio para hacer más espacio para un nuevo tipo de acueducto que lo intrigaba. Sus súbditos había tenido suficiente. En el transcurso de una semana, construyeron una fuerte pared alrededor del palacio para evitar que el regente se apropiara de más tierra. Los aldeanos de la ciudad empezaron a buscar un campeón, uno que pudiera derrotar al príncipe de su fortificación y darle un fin a su extravaganza.

El príncipe, sin embargo, era terco y arrogante. En vez de entregarse y rendirse ante las personas, empezó a hacer túneles bajo tierra.

Durante días trabajó, sin comer, sin dormir. Construyó jardines colgantes, estanques cristalinos, habitaciones abovedadas, y corredores sin medida, pero nada de esto podía mantener su interés. La medianoche lo encontraba encorvado en su laboratorio de alquimia, realizando experimentos a la luz de plantas luminosas de caverna. Sin ser cuidados, los jardines pronto fueron tomados por la belladona, los estanques se volvieron pantanos, las habitaciones se hundieron en polvo y suciedad, y los corredores se torcieron como los dedos de alguien que consumió arsénico.

El príncipe se quedó en su mundo subterráneo por tanto tiempo que olvidó el palacio. Cuando su alrededor se volvió más peligroso, se retiró más y más adentro del afloramiento rocoso de su laberinto, un hombre con cabeza de toro, desnudo y solo, salvaje y bramante.

Hombres y mujeres jóvenes venían a buscar al príncipe salvaje. Algunos esperaban asesinarlo, mientras que otros esperaban conquistar su corazón. Por cualquiera de los dos métodos puede que ganaran dominio sobre el palacio, el cual era celebrado en todas las esquinas del mundo. Nada de eso sucedió, y sus cuerpos yacieron sin velar en el callejón sin salida construido por el dueño del laberinto.

Entonces, un día, un soldado llegó. Era pequeño, pero fuerte, y era más que parecido al minotauro en ferocidad y valentía.

—Hola —dijo el soldado.

—Pequeño tonto —dijo el minotauro de los ojos ardientes y nariz encendida. Golpeó el suelo con uno de sus enormes pies—. ¿Por qué me has seguido aquí? Esta será tu muerte.

—La muerte no me asusta —dijo el soldado—, y tampoco tú. He escuchado que eres ingenioso, y he venido a escucharte hablar. Además este sótano que has construido es extraordinario.

—¿Eso crees?

El minotauro frunció el ceño.

—Eso no es lo que las personas dicen normalmente.

—No soy como la mayoría de las personas —dijo el soldado—, y no estoy interesado en lo normal.

En aquel momento, la tierra tembló y rugió. El palacio, hace mucho olvidado por el minotauro estaba cayendo encima de los dos.

—Ah —dijo el minotauro—. Ambos moriremos.

Aunque nunca le había temido a la muerte, el momento era inconveniente. No todos los días había alguien que le prestara atención.

—No —dijo el soldado—. Con tu ingenio podrás encontrar un camino para evitar los peligros que se aproximen, y yo recuerdo dónde está el palacio. Ven conmigo de inmediato. Necesitamos recuperar la luz del sol.

Y con eso, el soldado agarró al minotauro de su mano pálida de dedos largos y corrió.


—Lock, vamos —ordena John—. Quédate conmigo.

—¿No tienes una princesa a la cual volver? —pregunta Sherlock, su mente aún en el laberinto de su sueño.

—Por todas las…

John se apreta el puente de su nariz.

—La única princesa acá eres tú. Quédate despierto. ¿Qué es lo que ves?

Claros ojos parpadean para alejar al sueño.

—Un hombre pequeño y exasperado, en una bata incluso más pequeña.

—Bueno. Comencemos de nuevo. Háblame de Sebastian.

—Sí. No lo mataste por mí, pero pensaste en ello, y viniste a casa con su sangre debajo de tus uñas. Fue como recibir…

Sherlock piensa en una noche de cine que tuvo con John y Clara en el apartamento. Había gruñido durante toda la película, pero le había prestado atención de todas manera por un estudio longitudinal sobre los pasatiempos de los médicos militares.

—...rosas de tallo largo cuando hiciste eso. Diez. Una por cada dedo.

—¿Qué otra cosa recuerdas? ¿Qué hay de la subasta hace un par de meses?

Sherlock lo mira. Hay una arruga en la frente de John, y está bastante seguro de que él la puso allí. La traza con su pulgar, como si el camino de ella lo dirigiría al recuerdo olvidado.

—Vamos —dice John—, recuerdas esto. Estaba contigo. Había un libro hecho de piel humana. Tenía miedo de que lo trajeras a casa y lo pusieras sobre la mesita de café. Dime que sucedió.

Es en vano. La única piel humana que recuerdo de esa noche pertenece a John, y estaba amontonada entre sus cejas como ahora.

—Fastidio —recuerda Sherlock—. Estabas irritado por mi falta de interés por la ciencia ficción de clase B, y frustrado de que todavía no hubiéramos tenido sexo. Resolví el caso de Victoria Robinson, y tú seguías viendo mi pecho.

—Erm, sí. No la sipnosis que yo hubiera hecho, pero sí. Ahora piensa. Alguien te tocó. ¿Quién fue?

—Tú. Pusiste tu brazo alrededor de mi cintura. Fue… lindo.

John lo presiona.

—No hasta que alguien te tocó primero. Alguien te besó. ¿Quién fue?

—Estabas celoso.

Sherlock está complacido con el recuerdo.

—Me deseabas, y no querías que nadie más me tuviera. Estaba escrito en todo tu cuerpo.

—Bien, mantén tus calzoncillos puestos; estaba celoso. Deja de pensar en nosotros y dime quién más estuvo allí.

Sherlock frunce el ceño.

—No lo sé.

—A la mierda —dice John—. A ver si sirve de algo.

Y antes de que Sherlock pudiera preguntarle a qué se refería, la boca de John está conectada con la suya, y es cálida, suave y buena. Claramente, John está buscando la información perdida con su lengua. Hay torpeza, pero también dulzura, no como con…

—Julien —jadea Sherlock. Tira su cabeza hacia atrás—. Fuiste conmigo a lo de Julien.

Entusiasmado, John lo sostiene del rostro y lo besa de nuevo. Parece estar usando los pómulos de Sherlock como un mecanismo de conducción para asegurar la máxima entrega a su boca.

—Excelente —dice, cuando Sherlock recupera su aliento—. ¿Qué me puedes decir de Julien?

—Es francés. Tuvo la estaca donde clavaron la cabeza de Oliver Cromwell.

—Bien. Muy bien. Háblame en francés, chico sotisficado.

—Embrasse—moi plus fort.

John sonríe.

—No tengo idea de qué significa eso, pero me gusta como suena.

—Bésame con más fuerza —traduce Sherlock.


Se quedan despiertos toda la noche. Cuando John lo toca, Sherlock puede sentir a las dendritas desplegarse en su cabeza, estirándose para conectarse a sus células cerebrales, formando una soga sedosa que lo guían fuera de su amnesia auto inducida.

—¿Quién fue después de Julien?

John quiere saber.

—El espadista.

Sherlock no puede recordar el nombre al principio, pero cuando John lo besa con la boca abierta, el detective ve perchas dobladas, clips, una tarjeta de crédito, los radios de una bicicleta.

—Erik.

—Bien. ¿Y después de Erik?

—Ese imbécil.

John pasa sus dedos por el interior de la piel del brazo izquierdo de Sherlock, dónde están las marcas de las agujas, y su fino vello se eriza por la atención.

—Ah. Aparentemente, aprendí muchísimo de él. ¿Sabías que la gente que cambia sexo por cocaína usualmente se la inyecta por intravenosa? La administración subcutánea hace terriblemente poco atractiva la piel, lo cual es un obstáculo para conseguir más cocaína.

—Maldito Seb —murmura John—. Es hombre muerto. Voy a manchar las paredes con él, y todo lo que quede de él va a ir directamente al fondo del agujero del ascensor. ¿Quién fue el siguiente?

—Anderson.

—¿Qué?

—Sólo quería asegurarme de que estuvieras prestando atención. No me acostaría con él incluso si es que fuera el único imbécil sobre la tierra. Después de Seb vino el catedrático de química. No, no, el profesor de violín. Lawrence.

—Bien —dice John. Tratando de traer más recuerdos, acaricia el lugar debajo de la barbilla de Sherlock, donde el violín se apoya cuando toca para él en las tardes—. Continúa.

Sherlock lo hace. Un recuerdo trae a otro, y sigue un rastro de migajas que lo guían fuera de su confusión y a los brazos de la última persona en la lista.

—John.

Ha terminado. Han recorrido los jardines colgantes de Victor y el pantano de Seb; el carrusel de los gemelos Fitzpatrick y la fosa de Pete, y ahora yacían acostados y enredados en el sofá, parpadeando por la luz matutina.

—Vamos a hablar sobre este temita de la eliminación después —advierte el médico militar—. No creas que no lo haremos.

—Entonces permíteme reformularlo como pregunta —dice Sherlock—. ¿John?

—Ya sabes mi respuesta —dice el otro hombre—. Por supuesto. Sí.

Sherlock se mueve para levantarlo del sofá, pero John se queda en su lugar.

—La cama está demasiado lejos. Te quiero aquí. Eso, si es que cabemos.

Hace un gesto hacia el formidable culo de Sherlock, el cual ha decidido llamar "el Monumento".

El dueño de dichas posaderas bufa y saca los enormes cojines rectangulares del respaldar del sofá, para luego tirarlos al suelo, creando un espacio de trabajo adecuado.

Acaricia el rostro de John.

—Puede que duela —admite.

Ahora es el turno de John para bufar.

—¿Como el caso médico desastroso de las bolas azules que me estás dando por no hacerlo? Lo dudo. Sácate esto.

Esta última orden es enfatizada por los dedos de John tirando del cinturón de la bata de Sherlock.

Quien sea que haya inventado las batas, concluye Sherlock cuando John lo desnuda casi al instante, es un genio. Empuja a su amado hacia abajo y se monta encima suyo con sus fuertes muslos, luego empieza a trazar un camino de besos desde la barbilla de John hacia abajo. Cuando se encuentra con la bata de John, se esfuerza para abrilar con su nariz y labios, y continúa.

—Argh —dice John. Sherlock sólo ha llegado a su vientre, y ya está semi duro—. No vamos a hacer tu fetiche de la ropa ahora mismo. Desnúdame y folláme, ya.

—Mandón —indica Sherlock, pero acomoda a John a una posición sentada, y de todos modos, lo despoja de su ropa.

—Así es —dice John—. Es mi primera vez, y espero ser follado como se debe, desnudo y con un almohadón debajo de mi culo. Me lo debes.

—Como quieras. No puedo no obedecer una orden de un oficial superior.

Sherlock agarra un pequeño almohadón jacquard de debajo de la mesita de café, y luego nota que está cubierto de flores de lis. Lo tira a un lado como si hubiera estado lleno de hormigas rojas.

—¿Qué pasa con ese?

—Nada —dice Sherlock—. El de pata de gallo te será más cómodo.

Agarra el almohadón inglés de la mesa de luz y lo desliza por debajo del atento pelvis de John.

Eso estuvo cerca. Si tengo sexo con él encima de algo que Julien me regaló, John nunca me lo perdonará.

—Buena salvada —dice John, sonriendo—. Tienes razón, no tengo ganas de follar encima de ese ahora mismo.

Se acerca a la oreja de Sherlock y susurra:

—Follaremos en ese después.


Sherlock nunca ha visto nada más hermoso que a John Watson ofreciéndose a sí mismo para una buena follada.

Yace encima de los almohadones que Sherlock ha acomodado para él, uno para su cabeza, otro para sus caderas… con sus labios y muslos abiertos. Sherlock no se sorprende cuando la lengua de John hace una breve aparición, eclipsando sus incisivos superiores.

—Sí —gime John—. Así.

Sherlock inserta dos largos y lubricados dedos dentro de su compañero.

—Esta es la mayor parte mía que ha estado dentro tuyo —murmura.

—Te sorprendería saber lo mucho que tengo de ti dentro mío —jadea John—. Creo que hay un lóbulo en mi cerebro que sólo se trata de ti, para serte sincero.

—Bien. Lo usaré como copia de seguridad.

—Ni te atrevas —dice John—. Ungh. ¿Qué me estás haciendo?

Ahora está completamente duro.

—Todo lo que quieras —dice Sherlock, añadiendo otro dedo más.

—Mierda —jadea John, arqueando sus caderas—. Tienes un mapa de todas mis conexiones nerviosas clavado en alguna pared, ¿no es así? Cubierto en tinta y fotografías y medio-ovillo-de-hilo-oh-Dios-Sherlock.

—221C —indica el detective—, en el armario de lino. ¿Quieres que…

—Joder, sí, ya —dice John, porque así es como las aventuras empiezan con un ¿Quieres que...? y un ferviente asentimiento—. Ponte encima mío. No me hagas esperar esto.

Sherlock hace lo que John le ordena. El tiempo se enlentece cuando John exhala, y luego se abre para él, refugiándolo con su cuerpo. Cuando Sherlock presiona su piel en el paraíso sedoso y caliente del núcleo de John, ve a su amado de cabellera castaña verlo como si fuera la última palabra con esplendor.

—Guh —gime John, llenado hasta el tope con su compañero de piso—. ¿Es ese tu pene en verdad? Es perfecto. No sé cómo he vivido sin él. Prométeme que follaremos en cada amoblado de este apartamento.

Sherlock se siente caliente en todos lados. Se inclina hacia abajo para besar al pequeño hombre en la boca, incluso cuando continúa embistiéndose en sus profundidades. El beso es dulce y ansioso, y no hecho sin un pequeño experimento.

John suelta una pequeña risa, y Sherlock siente las vibraciones en una zona muy sensitiva.

—Por el amor de Dios. ¿Acabas de voltear tu lengua?

—Media vuelta —dice Sherlock, con modestia, tocando uno de los pezones de su compañero hasta dejarlo erecto.

—Ungh —dice John—. Científico loco. Siempre me han gustado inteligentes, pero ¿quién piensa en crear una banda de Möbius mientras besa? estúpido cabrón que… oh puto infierno.

John se calla porque su compañero de piso le está dado largas y delicadas embestidas con un pequeño temblor al final. El médico militar tira su cabeza y hombros hacia atrás en un gesto de abandono. Su pene, brillante en la punta, se estremece con anticipación. Su cuerpo está transmitiendo todo lo que necesita, y Sherlock está más que feliz en entregárselo.

—Eso se siente bien —gime John. El sexo lo vuelve parlanchín—. Bebé, amor, eso se siente tan bien. Sigue follándome, lo necesito, te necesito dentro mío, completamente dentro, sí, así.

John envuelve sus piernas alrededor de la cintura de Sherlock y lo incita con sus talones, como un miembro de la caballería de Su Majestad, espoleando a su caballo.

Sherlock se apoya sobre sus codos para poder ver el éxtasis acumulándose y destellando en el rostro de John.

—Te amo —dice, suave y en voz baja—. Nunca he amado a nadie más que a ti. Te tocaría ahora, pero no quieres eso, ¿no? Quieres ver si puedo satisfacerte sin eso.

—Me tomé todo el trabajo de traer de vuelta toda tu experiencia, ¿por qué no usarla? —logra decir John—. Mmmgh. Dámelo. Follame con tu voz, tu cerebro, tu genialidad… Oh Dios, tu magnífico pene genio. Embisteme por completo; quiero sentirte. ¿Vas a venirte dentro mío? Hazlo. Por favor, quiero que lo hagas. Lléname, Lock.

Sherlock no pasa mucho tiempo pensando en cómo se ve, pero dentro de John, se siente hermoso. Separados, son dos hombres malhumorados con cicatrices en sus espaldas, pero juntos, son radiantes, un mosaico, algo como de Escher. Ahora están más allá del habla, pero no de palabras, porque John está cubierto en ellas. Sherlock puede ver la tipografía en sans-serif radiando en cada parte de él, y dicen fóllame, nunca me dejes, vente dentro mío; te conozco, te acepto, te amo. Mirándolo así como está es como ver directamente al sol.

Y ahora, están presionados de terminación nerviosa a terminación nerviosa, y se siente, fantástico. Tantas células nerviosas tocándose, tal vez juntándose a 145 km, lo suficiente para generar una larga cadena que los lleva a la oscuridad cuando John coloca sus cálidos dedos en el laberinto del cabello de Sherlock. Sabiendo que le gusta duro, Sherlock muerde el hombro sano de su compañero de piso, reclamándolo, marcándolo como suyo. Cuando John se retuerce de placer, se vuelven una doble hélice… dos cuerpos haciendo espirales con desesperación y fuera de control, atados uno al cuerpo del otro. Entonces, John captura la boca de su amado en un beso, y gime un "Sherlock" que resuena contra sus amígdalas. Sherlock se embiste una vez, dos veces, y eso es suficiente para lograr que John se venga rápido y con fuerza en sus brazos. La debilidad es buena, las contracciones son magníficas, pero más que nada, es el saber que John lo ama lo que empuja a Sherlock desnudo y temblando hacia la luz solar.