Capitulo 27: Amor y muerte en el Teatro Nacional


El bramido incoherente de Sherlock resuena en los balcones de concreto del Teatro Nacional y sobresalta a un grupo de estorninos fuera de los cercanos árboles de plátano que rodeaban el Thames. Las aves viran, luego se quedan por un momento, como notas musicales contra el cielo coloreado de vitela. Ciego a cualquier cosa que no fuera el homicidio, Sherlock se escabulle de un lado a otro en el área que no estaba acordonada, alrededor del hombre muerto de cara al suelo, sobre un charco de algo marrón y dudoso en la plaza del Teatro Nacional.

Observando el proceso desde lejos, John Watson, médico, y el Detective Inspector, Gregory Lestrade, se inclinan contra la barra de metal que disuade a los transeúntes de caer en el río.

—Gracias por esto —dice John. Él y Greg están lo suficientemente cerca como para escuchar el alocado griterío que reinaba en la calle Baker, pero no lo suficiente cerca como para entender alguna palabra.

—Hace que salga de casa, ¿no? Dios, míralo.

La superfluidad de animar a que John fijara sus ojos en su compañero de piso, quien acababa de saltar la cinta policial y está caminando en un esplendor desenfrenado, acaba de perder a Greg.

—No le gusta la pinta de ese cadáver, ¿no?

—El cadáver está bien, le gusta —dice John, quien ya a este punto está acostumbrado a proveer al público subtítulos instructivos sobre el comportamiento de Sherlock—. No le gusta Anderson. Cree que debería haber sido capaz de descubrir qué es lo que pasó sin ayuda.

—¿Y privar a Holmes de la oportunidad de pavonearse alrededor del South Bank como un rabioso pavo real? No nuestro Anderson. Ese tipo es generoso.

Ambos hombres observaron como Sherlock acechó el pavimento en una ráfaga de lana furiosa, sus manos gesticulando por sí solas al especialista forense, Anderson, y al Detective Inspector, Dimmock. Cuando su abrigo le impide realizar algunos de sus gestos más avanzados, se lo saca, lo tira encima de una mesita de café cercana, y continúa agitando sus brazos con la sutileza de un tripulante guiando a un F—35 a un portaaviones a través de una neblina densa como una sopa de arvejas. Aunque se mostraron poco impresionados por el cadáver, los desafortunados que pertenecen a Scotland Yard, se estremecen por el que está vivo.

—Lo siento —dice John—. Está un poco adolorido estos últimos días.

—Tener el mono es una mierda —simpatiza Lestrade.

—¿Te lo contó?

—Nah. Lo noté cuando salimos del departamento. No tiene ningún parche encima. ¿Con una camisa así de apretada? Tendría que ser capaz de ver los parches de nicotina desde el espacio.

—Tiene puestos los parches —dice John, distraído—. Sólo que no están en sus brazos.

Pasaron quince segundos antes de que Watson se diera cuenta de lo que dijo.

—Ehm. A pesar de mis mejores esfuerzos, aún continúa prácticamente inyectándose nicotina hasta en los ojos. Es la eliminación. Dejó de eliminar.

—¿El qué?

—Esa cosa que hace cuando limpia todas las cosas que no quiere en su mente. Todo lo que le molesta. Todo lo que considera estúpido o "irrelevante".

John se permite un pequeño movimiento Sherlockiano de sus fosas nasales para hacer énfasis.

—Ha dejado de hacerlo. Lo hará por un mes. No ha borrado nada desde la semana pasada.

—Estúpido idiota. No sabía cómo era que lo llamaba, pero lo he visto hacerlo antes. Más que nada después de las fiestas.

Lestrade se estremece.

—¿Cómo está lidiando con la prohibición?

—Hay días buenos y malos. Harry llamó al teléfono de casa el martes, y cuando no atendió dejó un largo mensaje sobre fibromas uterinos y calambres menstruales, y no sé qué más. Le tomó un tiempo aterrizar a tierra después de eso.

—Me imagino. Sangriento, sí, pero no su ámbito.

—No —confirma John—. Realmente no.

—Honestamente, supuse que estaría peor. No es algo lindo ver a un tipo privado de sus mecanismos de defensa.

—Sí. Eso ha sido su gran protector, esta cosa de la eliminación. Es también una de las razones por las cuales necesita protección en primer lugar. No tiene mucha perspectiva, así que elimina cualquier cosa que le pueda dar una. Hasta ahora. Ahora todo está fluyendo. Y no está completamente seguro de que hacer con eso.

—Espero que estés corriendo para interceptar por él.

John ladea la cabeza por la metáfora de fútbol americano.

—¿Te refieres a mantener a las personas lejos para que no lo abrumen? Lo he intentado. No he tenido mucho éxito. Es como si las personas se dieran cuenta de que no está eliminando nada, y le cuentan todo lo que nunca ha querido escuchar. Entré a la cocina el otro día, y estaba la Sra. Hudson, contándole sobre la vez que ella y su esposo Gary rompieron la cama. La hice bajar. Luego llegó Mycroft, y Sherlock empezó a pedir que la Sra. Hudson volviera.

—Caramba —dice Lestrade—. No dejes que los de Yard lo sepan. Todos querrán hablarle sobre la navidad del 2007.

—Famosa, ¿no?

—Sí. Pregúntale a cualquiera. Fue su culpa, en verdad. ¿Quién se aparece a una fiesta en una comisaría… la estación policial, no lo que sea que tienen en el este de Watchet… cocinado hasta las cejas en drogas de clase A? Él, solamente.

—Supongo que hubo algún tipo de… homicidio devastador.

—Peor —murmura Greg, su tono de voz oscuro—. Entra Sherlock, completamente drogado, y justo estaba el Sr. CSI, borracho como un mono, de pie debajo del muérdago, y le dijo: "Siempre me gustaste". Y él: "Obvio". La próxima cosa que se vio es que estuvieron embistiéndose con una música pop. Ni siquiera era Vivaldi, eh, para que sepas que realmente estaba fuera de sí. Tuve que frotar mis ojos con un cepillo de baño después de eso.

—El Sr. CSI —dice John con lentitud—. ¿Te refieres a… alguien del área forense?

—Sí. ¿Qué? No. No fue Anderson, por el amor de Dios. Abernathy. Joe Abernathy. Un pequeño tipo escocés. Transferido a Liverpool.

John deja escapar un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios. No que fuera transferido. Sólo que no fuera…

Deja la oración incompleta, implanteable, inmencionable.

—¿Por qué todos hacen suposiciones sobre él y Anderson? Es posible odiar a alguien sin haberte acostado primero con esa persona. No es como si lo supieras, pero mi ex te lo diría.

Lestrade entrecierra los ojos sobre el Thames.

—Lo siento —dice John. Niega la cabeza en condolencia.

—Está bien —dice Greg—. No todo funciona como en las películas.

—Supongo que no.

Greg apoya su espalda contra el elevado pedestal de hierro de un poste de luz Victoriano. Está adornado con dos grandes, oscuras y abiertas bocas de pez. Están enredadas una con la otra, de una manera que le hace recordar a John despertarse junto a su novio. Brevemente se pregunta cuál es el pez responsable de robarse las sábanas

El detective inspector pasa una mano tentativa por su cabello plateado.

—Entonces. Tú y Sherlock. No es que sea asunto mío, pero…

—Ohhhh, sí. Definitivamente. Así es.

El doctor militar mira a su novio ponerse cómodo en una mesa de café, y empezar a representar un tipo de disputa entre dos piezas de cubertería. Los músculos esbeltos del detective se ven a través del algodón de la ya mencionada camisa, y sus rizos oscuros son un magneto para el sol de Febrero.

—No he terminado —señala el detective.

—No tienes que hacerlo. ¿Cómo vas a terminar la pregunta de tal forma que la respuesta no sea un sí? Buena suerte con eso.

—En tal caso, ¿Tú y Sherlock? Escuché que me van a conseguir un pase de temporada para los Spurs. Gracias, amigo. Mi cumpleaños es la próxima semana.

John bufa.

—Bastardo codicioso. Tendrás suerte si es que consigues una cena en lo de Angelo, y eso lo obtiene gratis. No parece sorprenderte lo de nosotros, por cierto.

Greg asiente hacia donde está el larguirucho consultor, quien acaba de acomodar juntas dos mesas de café y extendido su abrigo sobre ellas.

—A pesar de todo lo que él diga, soy un detective. Uno bueno. Has estado lamiéndote los labios al verlo desde el primer día.

—¡No me lamo los labios al verlo!

John no puede evitar notar que Sherlock ahora yace boca abajo sobre las mesas juntas, agitándose como un pez fuera del agua. O está actuando la agonía de los que fallecieron o ilustrando sus planes diurnos con Anderson

—Claro —dice Lestrade, rodando los ojos—. Apuesta amistosa: échale un vistazo a los archivos de la CCTV del Yard. Si llegas a encontrar un video en el cual estés en la misma habitación que él por cinco minutos sin darle un beso francés al aire, seré yo quien te consiga un pase de temporada. Eres un hombre valiente, John.

—Él también lo es —protesta el hombre con la chaqueta Donkey—. No soy pura alegría y sensiblería.

—Claro. Hay un poco de ti hecho de gatitos y granadas de mano.

Greg hace una pausa.

—Eres bueno para él. No tienes idea de lo que era antes de que te conociera. Lo he visto hacer cosas. Cosas de locos.

—Sin duda. Hace seis cosas locas antes de desayunar. Sólo entonces es cuando realmente se toma la molestia de hacerlo.

A John le cae la ficha que el dolor que tiene en sus hombros significa que ha estado siguiendo el progreso de Sherlock durante toda la tarde, no sólo con sus ojos, sino con todo su cuerpo, como un hombre ensimismado en un partido de tenis. Le cae mucho más cuando se da cuenta de que lo ha estado haciendo durante meses.

—No lo cambiaría por nada. No te tomes la molestia de advertírmelo, Greg. Ya sé como es.

—No estoy advirtiendo nada. Lo estoy felicitando, al suertudo hijo de puta. Lo que sea que se le ocurra, estoy seguro que podrás lidiar con él.

—Díselo a Harry. Salimos a cenar anoche con ella.

—¿Aún después de esa llamada por teléfono, decidió salir con ustedes? Está completamente perdido.

John sonríe.

—Lo han mencionado.

—No puedo ver a tu hermana darte consejos sobre tu relación —dice Lestrade—. Teniendo en cuenta que recién salió de un divorcio conflictivo.

—Eso nunca ha detenido a un Watson. Pero cuatro pintas de Newcastle sobre ella, y se vuelve la reina de las tías agónicas. A medio camino de la velada, me siguió hacia el baño de hombres a cuestionarme por estar con él. Allí estaba yo, tratando de mear, con ella gritando encima de mi hombro: "¡Él no está bien!". Todos los otros tipos que estaban en el baño corrieron hacia la puerta.

Greg se sacude en una risa silenciosa, luego limpia sus ojos con el dorso de su mano.

—Si Harry viene, recuérdame faltar a esa cena en lo de Angelo. ¿Qué le dijiste?

—Que está bien para mí. Lo está, Greg. ¿Ese cerebro que asusta a todos? Es increíble. Él es increíble. No hay nadie como él. Literalmente, es una de las maravillas del mundo. Me despierto a la mañana y me pellizco. Es como despertarse en los jardines colgantes de Babilonia.

El doctor militar no agrega: "Si es que los jardines colgantes de Babilonia tuvieran un culo ganador de premios Nobel". Greg probablemente ha notado las posaderas en cuestión, pero si no lo ha hecho, John no iba a ser quien lo iluminase.

—¿John?

—¿Mmm?

El hombre de cabellera castaña ve a su amado bajar de las mesas de café y aterrizar de un salto. Tiene los instintos, rapidez y agudeza sensorial de una criatura acostumbrada a vivir en la oscuridad. Con su cabello loco y miembros flexibles, John piensa en algo recientemente atrapado en el silvestre Borneo. Algo que tenía toda la intención de regresar.

Salvaje, piensa John. A veces las cosas se revierten. Perros salvajes, gatos salvajes. Lo que sea que somos, el resto de nosotros, él es la versión salvaje de eso.

Greg hace un ruido con la garganta y señala su boca. Tímidamente, John guarda su lengua.


Sherlock camina en zancadas hacia los dos.

—A casa, John.

—¿Eso es todo? —reclama Anderson, corriendo detrás suyo—. ¡Como era de esperarse! No es humano, Lestrade. No tiene consideración por la víctima.

—Tengo consideración por las víctimas —dice Sherlock, asegurándose de que el plural fuera notado por la multitud congregada—. Ese no es una de las víctimas, es el asesino, imbécil.

El especialista forense señala con un dedo enfurecido hacia el hombre muerto que Dimmock deambulaba.

—¿Cómo es ese el asesino?

—Anderson, si es que te vuelves barista con la única intención de asesinar a jubilados que van al teatro con café envenenado, mi consejo es que distraídamente no lamas la cuchara con la que serviste la azucarada espuma del cappucino. En verdad, no. Hazlo, lámela.

Anderson se vuelve a ver a Lestrade con una expresión estreñida.

—¿Vas a dejar que me hable de esa forma?

—No me mires a mí —dice Greg—. Así le habla a todo el mundo.

Greg le da a John una mirada significativa.

—Estás sólo en esta —dice John, levantando las manos—. Soy su blogger, no su adiestrador.

—Eres mucho más que eso —dice Sherlock, con una de sus miradas patentadas. No es la mirada que dice "Ambos sabemos qué está pasando". Tampoco es la mirada de "Continúa". Es una que dice "Vamos a follar contra la pared cuando lleguemos a casa", e instantáneamente se vuelve una de las favoritas de John.

Dimmock queda boquiabierto. Enojado, agarra su billetera, saca un billete de veinte libras y se lo da a Anderson.

—Te pagaré el resto después —murmura.

—Ah —dice Sherlock, frunciendo el ceño. Mira a John, luego a Dimmock y luego nuevamente a John—. Salimos del closet.

Se da cuenta que su novio está citando algo que escuchó en la tele en la mañana, probablemente durante la prohibición de eliminar cosas.

—Pensé que ya habíamos salido después del registro corporal total que te ofrecí afuera de ese hotel en Barking, pero la policía metropolitana no son algo a lo que se pueda llamar astuto. ¿No te molesta estar fuera?

—Está bien —dice John con un largo encogimiento de hombros—. Vamos.

Lestrade rueda los ojos.

—Disculpenme, tortolitos, ¿alguien quiere decirme a quien se supone que mató este frío?

—Ha matado por lo menos a cuatro personas —anuncia el consultor—. Escogió a personas ancianas, con la esperanza que los síntomas que las llevó a su muerte… visión borrosa, problemas de movilidad, incontinencia… no ocasionaran sospecha. Revisa los registros de las muertes locales. El veneno era basado en un organofosfato herbicida. Atrazine, lo más posible. Ahora de contrabando, pero tiene acceso a una provisión que quedó antes de que lo prohibieran. Su familia tiene una granja de maíz en Cornwall. Fácilmente pudo…

Sherlock se detiene. Parece estar olfateando el aire.

—John. Hay un frasco de plástico en el bolsillo izquierdo de tu chaqueta.

—Sherlock —protesta el acusado. Su compañero de piso está decidido.

—Botella ondulada. De forma peculiar. Contiene cincuenta mililitros. A juzgar por el sonido que hace cuando cambias tu peso, está medio llena. ¿Desde hace cuánto paseas lubricante por el Gran Londres?

—Desde que empecé a salir con alguien que se aburre con facilidad —dice John—. Trae tu abrigo.

—Pero…

John señala a las mesas de café.

—Ve.

Sherlock trota, una imagen de la obediencia entusiasmada.

Dimmock estira la mano en frente de Anderson.

—Devuélveme mis veinte —exige—. No te voy a pagar. Watson va arriba.

—No jodas —responde Anderson. Los dos se dirigen hacia el coche policial más cercano, discutiendo sobre temas financieros.

—Bueno —dice Lestrade, cuando Sherlock lucha por sacar su abrigo de donde se atascó en el medio de las dos mesas—. Si le dices a alguien que te pedí esto, te mataré, pero ¿tendrás el número de Mycroft?

—Pensé que nunca lo pedirías —dice John. Saca una caja de fósforos del bolsillo de Lestrade, luego escribe once dígitos en la parte trasera.

Lestrade asiente y lo guarda nuevamente en su bolsillo.

—Gracias.

—No preguntaré —dice John, notablemente indiferente.

—No lo voy a decir —responde Lestrade, frotando la caja con su pulgar.

—¿Qué es eso? —dice Sherlock, uniéndose a ellos. Su abrigo fluyendo sobre él, con el cuello hacia arriba.

—Resultados de fútbol —dice John—. No te interesa.

—Nada con lo que querramos cargarte durante tu prohibición —dice Lestrade.

Sherlock les da a ambos una mirada afilada.

—Gracias —dice—. Vamos, John.

Sostiene a su compañero de la cintura, y empieza a dirigirse hacia el puente Waterloo.

—Adiós, Greg —grita John por encima de su hombro.

Suertudo hijo de puta, piensa el detective inspector, aunque ya no está claro para él a quien de ellos se refiere. John se queda retrasado y Greg puede escuchar a Sherlock decirle:

—Deja de mirar. Y no, no dan premios Nobel por eso.

—Deberían —dice John—. No creo que esté haciendo nada por la paz mundial, pero fisiología es una categoría, ¿sabes?

Sus voces son tragadas por el barullo. Greg los observa desaparecer por una esquina, entonces abre su celular, y empieza a escribir once dígitos.