Capítulo 28: Control


Notas de la Autora: La vida está llena de experimentos, y este capítulo fue uno. ¡No estoy segura de si funcionó! Cuando vi por primera vez la historia en mi cabeza en Agosto del 2011, terminaba el capítulo anterior, y ese aún parece un lugar normal para terminarla. Quizás es mejor considerar este capítulo como un extra, en vez de una parte integral de la historia.

Promesas: BDSM y un John de top!


John está incrédulo. Es desconcertante que un hombre que lo ha visto todo, desde incendios en Helmand a Mycroft batallando contra una piñata en el cumpleaños de un niño pueda aún sentirse sorprendido, pero esa es la emoción que sus cejas señalan como un semáforo.

-¿Quién hace un sesenta y nueve en un callejón? -exige, entrando escandalosamente a la sala de estar del 221b, enojado, con su compañero de piso detrás suyo-. ¿Quién exactamente?

Debido a los eventos que sucedieron hace una hora, o estás preguntas son retóricas o John está citando una edición particularmente memorable del Quiz de las Noticias en la radio 4.

-¿Aparentemente? Tú no -responde el detective, en un tono de voz que no indicaba en absoluto su malhumor. Mientras se saca el abrigo, se toma un momento en apreciar a su compañero, quién está apoyado contra el horrible tapiz de la pared, tratando de recuperar el aliento que perdió cuando corrió por el Southbank. Basado en cómo John se está sosteniendo, las únicas cosas que evitan que empiece un mayor berrinche son el agotamiento (respiración agitada) y una inclinación secreta a considerar toda la situación divertidísima (tensión en la parte posterior de su mandíbula). Esta no es la primera vez que Sherlock lo ha visto así.

El detective se tira de panza sobre el sofá. Puede sentir el malhumor que no está expresando mandar a sus rizos más allá del reino del simple decorado hacia el barroco.

-No, Sherlock, en serio -dice John, cuando puede volver a hablar-. "Sexo vertical", dije. "Uno de nosotros vigila", dije. "Tú con tu abrigo enorme", dije. No que los dos lo hiciéramos de bruces sobre el pavimento, en una ruta que es tomada por cientos de miles de vehículos diariamente, en particular, cuando es evidente que uno de ellos iba a ser un coche lleno de gente del Yard que nos conocen personalmente -gruñe John-. En realidad, después de esta tarde, "personalmente" ni siquiera lo describe.

-Aburrido -murmura Sherlock. Normalmente tendría una ceja alzada y cargada, pero en este momento, no tiene la energía para hacerlo. Es un día horrible. John está enojado con él, hay una pelusa haciéndole cosquillas en su cavidad nasal, está atestado de información sin eliminar, y es difícil hacerse entender con un pedazo de almohadón en la boca.

-No, Sherlock. Aburrido no. Demente. Dios. No tengo dudas ahora de porque Greg le encontró otros usos a su cepillo de baño.

Sherlock rueda, malhumorado, y se pone de costado. Tiene que doblar su largo cuerpo en un signo diacrítico español para mantenerlo por completo en el sofá.

-Oh, sí. Ahora nos incomoda el exhibicionismo.

Resopla una frustrada bocanada de aire; juega con su flequillo y luego continúa.

-El cráneo nos ve hacerlo todo el tiempo.

-El cráneo está muerto, Sherlock -dice John. Suena como alguien que no para de hablar del hada de los dientes-. ¿Sabes que el cráneo está muerto?

Sherlock rueda los ojos.

-Ahora quien está siendo ridículo.

La pregunta puede estar, y puede que no, dirigida hacia el cráneo en cuestión.

John inspecciona el rostro de su compañero de piso. Lo que sea que vio allí motiva a que se siente en el espacio que hay entre el pecho y rodillas de Sherlock. Un mechón rebelde ha estado invadiendo el lugar sobre sus ojos; pequeños dedos lo empujan hacia atrás, neutralizándolo. La única cosa que tiene permitido invadir a Sherlock en la presencia de John, es John.

-Muy bien, ¿qué sucede? -pregunta el médico militar-. Pareces ido.

Sherlock carraspea.

-No me carraspees. Te conozco. Estabas muy bien, y ahora estás en crisis. ¿Demasiada...?

John hace gestos con la mano en frente de su rostro para indicar movimientos en el palacio mental de Sherlock.

-Información -reclama Sherlock, completando la palabra que faltaba. Lo dice de la forma que alguien diría "chinches"-. No, ni siquiera eso. Es simple estimulación sensorial. No hay nada informativo en una marea infinita de idiotez. No hay señal, es ruido. Es constante, el universo está hecho de eso, y no he eliminado nada de ello en diez días, catorce horas, y…

Hace una pausa para ver su reloj.

-Treinta y dos minutos.

John se inclina contra el estómago de Sherlock.

-Continúa -dice.

A pesar de su creciente frustración, el detective registra la sensación sólida de John contra sus músculos abdominales como placentera.

-No hay ningún orden -dice Sherlock-. Llega a raudales, y no tengo forma de controlarla. A veces puedo conseguirlo, pero en este momento…

-Sientes que te estás volviendo loco -termina John.

Sherlock asiente con énfasis. A veces siente que cualquier memoria que le queda está siendo reemplazada, de a poco, por las pequeños y persuasivos recuerdos de otros. "¿Cómo es que ese es el asesino?", se queja el Anderson de su cerebro. Francamente…

John coloca un beso sobre la cabeza de Sherlock, luego acaricia el lugar en el que colocó sus labios, masajeándolo.

-Bienvenido a la vida en la tierra, amor. Es así. Los seres humanos son constantemente bombardeados con información, y la mayoría de nosotros no podemos controlarlo. En absoluto. Definitivamente no podemos decidir que olvidar, como haces tú. ¿Alguna vez escuchaste decir: "No pienses en un oso blanco"?

Sherlock cierra con fuerza sus ojos, probando si es que sus párpados de alguna forma pueden bloquear a los irrelevantes cuadrúpedos.

-¿Osos? Haciendo al lado el problema que tengo con "Round and round the garden", ¿qué importancia podrían tener? Espero que no esperes que me vuelva un experto en algo tan inconducente al homicidio como los osos.

-No estoy hablando de los osos como instrumentos de asesinato, estúpido, estoy hablando sobre osos como un experimento. A la mayoría de personas, si les dices que no piensen en un oso blanco, no podemos hacerlo. Los osos aparecen en nuestras cabezas ni bien escuchamos la oración, y la cosa aumenta desde ese preciso momento. Terminamos parcialmente obsesionados con las criaturas sólo porque tratamos de olvidarlos.

-Horrible.

-Nos las arreglamos bastante bien.

Sherlock presiona sus pulgares dentro de las esquinas de sus ojos, pero los colores y patrones, y la abrasadora monotonía, que es el núcleo de todo lo que no tiene que ver con John y con el crimen, permanece.

-La información -dice-. La constante avalancha de información. ¿Qué demonios haces con eso?

-Lidiamos con eso. Lo aceptamos. A veces... -admite John-, no la notamos. O la olvidamos… no intencionalmente, sólo… naturalmente, aunque usualmente son esas las cosas que queremos recordar.

El hombre de cabello castaños se inclina hacia abajo para acariciar con su nariz el cuello de su compañero de piso.

-Puede que olvide, por ejemplo, cuál de los dedos de tus pies tiene esa bonita marca encima.

Sherlock frunce el ceño.

-Es un lunar, John. El hecho de que no sea maligno no lo hace bonito.

-Es bonito, tonto. Es el dedo más bonito aca en Londres. Pregúntale a cualquiera. Es el Marilyn Monroe de los dedos.

-John. ¿Qué estás haciendo? Suelta mi pie.

Las protestas de Sherlock no sirven para nada. En un santiamén, sin embargo, su compañero de piso lo ha descalzado de su zapato izquierdo y está ocupado haciéndole cosquillas al arco de su pie por encima de su media.

Sherlock se sacude, y de casualidad no se encuentra con los dientes de John.

-Dime cual es -exige John, sosteniendo el segundo dedo más largo para sacudirlo hacia adelante y hacia atrás-. ¿Es este?

-¡Argh! ¡Sí! ¡Suéltalo!

John cede, y uno por uno, los músculos del detective se sueltan. Extrañamente, se siente mucho más relajado ahora que antes del ataque.

-Me deja pasmado-se queja Sherlock-, que las personas crean que yo soy el raro.

John está ocupado en sacar en desatar el otro zapato.

-Sí, bueno. A menudo has dicho que las personas no son muy observadoras.

-No lo son.

Sherlock golpea el reposabrazos con su pie descalzo.

-No me asombra que no necesiten técnicas de manejo de memoria. Prácticamente nada parece penetrar la neblina que tienen las personas, ¿qué demonios tendrían que eliminar? En cambio, yo veo todo, John. Todo. No tienes ni idea.

-Vivo contigo -dice John-. Tengo cierta idea.

-No estoy seguro de que la tengas. La información a la que estoy sujeto… es incesante. Cualquiera puede decir algo monumentalmente estúpido en cualquier momento, y si es que no lo olvido deambula dentro de mi cráneo como una pelota rebotando en una máquina de pinball. Sin la opción de eliminar esas cosas, no estoy a cargo de mi propia cabeza. No estoy seguro siquiera de poder terminar este mes. Quiero volver a tener el control.

John estudia a Sherlock.

-Sácate las medias -dice.

Sherlock lo hace. Es sólo cuando se encuentran ambos yaciendo apilados encima de la mesita de luz que piensa en preguntar:

-¿Qué fue eso?

-Eso fuiste tú no estando a cargo -dice el soldado-. Está bien, estás abrumado. ¿Sentías lo mismo cuando consumías cocaína?

-John -protesta el detective.

El médico militar está decidido.

-No te pregunté quién era tu oficial a cargo, te pregunté si sentías lo mismo cuando consumías cocaína.

-Sí.

-Bien, entonces. No estás perdiendo la cabeza; estás ganándola. Déjame recordartelo, tienes la opción de volver a eliminar. Simplemente estás decidiendo no hacerlo. Este es un experimento, y es uno que a ti se te ocurrió, así que aguantalo y terminalo.

Sherlock suspira.

-Difícilmente creo poder…

-Lo sé, amor, pero yo sí. Está bien, esto no parece algo bueno en este momento, pero te lo aseguro, lo es. No estás lidiando con tejido necrótico; son problemas de desarrollo. Te mereces mucho más, Sherlock. Tienes el derecho a ser una persona completa, y nunca serás capaz de serlo si es que continúas descartando cada experiencia que te disgusta. Pero sí, te va a doler. Es como ejercitar un músculo débil. Estás siendo estirado en formas a las que no estás acostumbrado.

-Siempre pensé que ese eras tú.

Sherlock se permite un irónico ladeo de labios, dos centímetros más pequeño que una sonrisa.

-Ja ja. Buena insinuación, y no, no quiero escuchar nada de "penetrar" o "tú" o "terminar". No me vas a distraer de este tema de conversación. No puedes volver a tener el control. Nunca lo tuviste. Simplemente estás acostumbrado a la ilusión de tenerlo, porque eliminas todo lo que no es consistente con esa ilusión. Nadie te ha enseñado a cómo lidiar estar a la misericordia del mundo que te rodea.

Sherlock ya no está tan cansado como para levantar una ceja.

-¿Es esa una de tus frases para enamorar, Señor… perdón, Doctor Tres Continentes? Porque necesita mejorar.

John se encoge de hombros.

-Lo digo como lo veo. Sobrellevar una falta de control es una habilidad que se aprende. ¿Crees que los jóvenes de dieciocho años de Surrey aparecen en Afganistán con una habilidad innata a funcionar con balas volando alrededor de sus cabezas? Por supuesto que no. Aprenden a lidiar con ello. Los suertudos, por lo menos.

Interesante. John es interesante. Más que los osos y los familiares, e incluso las escenas del crimen, y tiene la tendencia de hacer que la garganta de Sherlock se seque.

-¿Estás proponiendo enseñarme? -pregunta Sherlock.

-No veo a nadie más aquí, ¿tú?

-No.

¿Quién más estaría? John es el único que siempre se quedó.

John se pone de pie y señala con el hombro. Está señalando el pasillo.

-Arriba. La habitación del ático. Ve.

A veces, cuando John le habla, los oídos de Sherlock empiezan a resonar ligeramente, como si una bomba hubiera estallado. Es bastante difícil decirle que no a John cuando esto sucede. Él va.


Sherlock ha estado caminando de un lado a otro en lo que solía ser la habitación de John por quince minutos, antes de que el otro hombre entrara y cerrara la puerta tras de él. El sonido resultante no debería hacer que Sherlock se sintiera enjaulado, pero lo hace, y los vellos detrás de sus muslos se ponen de punta. También nota que la escencia de John ha cambiado en el intervalo de un cuarto de hora.

Té, registra Sherlock. El dominante hijo de puta se tomó el tiempo de hacerse una taza de té, y luego la bebió. Puede olerlo en él. Probablemente podría saborearlo también, pero John no le entregará su boca.

-Siéntate -ordena John, claramente acostumbrado a dar órdenes. Cuando Sherlock no obedece, su compañero de piso se acerca a él, acorralándolo contra la cama. De sorpresa, como todo, Sherlock cae de espaldas sobre su gran trasero.

Esto es nuevo. Sesenta y cuatro por ciento de sus anteriores órdenes consistieron en correcciones en situaciones sociales. "Sonríele a Greg por traerte un horrible suéter navideño, Sherlock". "No le sonrías al hombre que tiene el trapo lleno de cloroformo, Sherlock."

Ni una de estas experiencias han preparado al hombre sentado a este nivel de autoritarismo cuando están sobre la cama. Por supuesto, John no está sobre el colchón. Tiene ambos pies firmemente sobre el suelo.

-Pareces estar dispuesto a tenerme como prisionero por alguna razón -comenta el detective-. Como tu prisionero, ¿no debería recibir algo primero? ¿Una palabra de seguridad? ¿Un celular para llamar a mi abogado? ¿Un cigarrillo?

-Palabra de seguridad -repite John, divertido. Recorre un territorial pulgar sobre el labio inferior de su compañero, presionándolo hacia abajo, exponiendo sus encías y dientes. Sherlock encuentra el gesto perturbadoramente íntimo-. Así que eso es lo que te gusta ahora. La seguridad.

Se está haciendo tarde, y la oscuridad se asoma por las ventanas. Sherlock la ve acumularse en la grieta que hay en la barbilla de John. Niega con la cabeza.

-No.

John no dice nada. Coloca su pie izquierdo entre los de Sherlock y abre sus piernas de un puntapié, y luego se mueve hacia adelante. El pulso de Sherlock se eleva ligeramente cuando John roza sus muslos interiores. Quiere moverse hacia adelante, pero el soldado tiene una mano contra su garganta y está usándola para guiar su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos se encuentren. Cuando levanta la mirada, Sherlock se pregunta si es que John usualmente se siente así como él se siente ahora… vulnerable, transparente, abierto al escrutinio.

-Hay dos maneras de hacer esto -dice John. Sus ojos de un azul decidido, siempre el mismo color, sin complicaciones, nunca cambiando de tonalidad en tonalidad como los de Sherlock-. Está la forma complicada, y la simple. La complicada incluye herramientas. Fusta. Esposas. Soga. Son increíbles las cosas que tenemos por aquí.

Sherlock logra esbozar una tenue sonrisa.

-Estoy bastante familiarizado con esos artículos, capitán.

-Es por eso que no vas a recibir nada de eso.

John deja que esta información sea comprendida, y luego habla con suavidad contra la oreja de Sherlock. No lo hace con la suavidad de un amante; lo hace con la suavidad de un agente del MI6 rompiendo las defensas de un informante.

-Lo único que vas a recibir -dice John-, es a mí.

El aire en la habitación se siente como si hubiera bajado cinco grados, ¿por qué entonces el cuerpo de Sherlock está tan acalorado? Traga con debilidad contra la firme palma de su compañero de piso.

-Esto no es…

-¿Como yo?

John ríe gravemente. No es nada reconfortante.

-Sabes que Harry bebe, así que crees que sabes todo sobre mí. ¿Hace cuánto que me conoces?

No mucho, piensa Sherlock. No lo suficiente.

El pulgar de John acaricia el cuello de Sherlock.

-Seamos sinceros. Hay cosas sobre mí que no conoces, y partes de mí que no vas a ver todos los días. No a menos que crea que las necesitas.

Ha matado gente, piensa Sherlock. Ha matado gente como profesión, y tiene su pulgar contra mi carótida.

Sherlock piensa en decirle a John que se detenga.

Decirle a John que se detenga sería tonto.

-Está bien -dice.

-¿Está bien qué?

Sherlock se apoya sobre la cama sobre sus codos, su torso inclinado hacia arriba.

-Tú diriges.


Sherlock está consciente de que físicamente es impresionante. Sabe cómo la oscuridad se siente como en casa en sus cavidades… la pendiente bajo su arco cigomático, la hendidura de su surco nasolabial, la concavidad de su escotadura esternal. Ese efecto debería ser especialmente fuerte ahora mismo, con un lado de él bañado en una luz albaricoque de la lámpara que estaba sobre la mesita de luz y el otro lado envuelto en una sombra nublada. Su novio soldado debería estar comparándolo favorablemente a un eclipse lunar sobre el Hindú Kush, un resplandor solitario, y una belleza extraña y dividida.

Si a John le importa algo lo bonito que está Sherlock, no lo está demostrando.

-Sería muy fácil amordazarte -dice. Mira con intención una camiseta que usó ayer, que yace al lado de sus zapatos, y luego regresa su mirada a Sherlock-. Te gustaría eso. Huele a mí. Podría ponerla en tu boca, y la podrías saborear.

La lengua de Sherlock hace una breve aparición, lamiendo furtivamente una de las comisuras de sus labios. Cuando se da cuenta de lo que está haciendo, la retracta. Puede sentir que su pulso se acelera, un dato que indudablemente está siendo anunciado contra la delgada piel de su largo y blanco cuello.

-¿Pero dónde está el desafío en eso? -pregunta John-. Cualquier persona puede ser silenciada si es que está físicamente refrenada de hacer algún ruido. Lo que espero de ti esta noche es tu completa sumisión, y la espero sin ninguna coerción física.

Sherlock abre los ojos desorbitadamente al escuchar esto. Claramente no le ha dado razón alguna a John para que anticipe toda su cooperación en esto.

John levanta su mentón... de los dos, él tiene el mejor mentón; es cuadrado y fuerte, y no tolera ningún argumento… y emite su siguiente orden:

-Desabotona tu camisa.

Con razón lo hicieron capitán, piensa Sherlock. Yo lo hubiera hecho un puto general. Nerviosamente, hace lo que le ordenaron. Sus pupilas deben estar del tamaño de dos pequeñas lunas ya en este momento.

-Ábrela -dice John, como si la camisa fuera un sobre y Sherlock la carta.

Con los ojos fijos en su compañero, Sherlock abre la camisa, desnudándose a la mirada fija de John.

¿Le gusta a John lo que ve? se pregunta. A este punto del proceso, es inusual que John no insista sobre los deltas que hay por encima de las clavículas de Sherlock, la hendidura de su ombligo, las apenas visibles rayas de tigre que sombrean sus costillas de la ocho a la diez. Usualmente le gusta como me veo, ¿pero ahora le gusto?

Desviando la mirada, Sherlock nota el comienzo de un sonrojo esparcirse sobre sus pectorales. Se mueve para sacarse por completo su camisa.

La voz de John está llena de una autoritaria calma.

-¿Te pedí que te sacaras eso?

Sherlock niega con la cabeza.

-Entonces no lo hagas. Harás exactamente lo que te pida, y nada más. Sácate el cinturón.

Sherlock se siente mortificado al notar sus dedos, mientras se desviste de esa prenda de vestir, moviéndose con torpeza por la lujuria. Está desequilibrado. John mira al cinturón, a la cama, y luego a Sherlock nuevamente. El delgado hombre capta la indirecta. Cuando coloca el cinturón sobre la cama siente la ridícula sensación de presentar una apuesta en un juego de poker demasiado intenso para su sangre. Se da cuenta, un poco tarde, que lo colocó exactamente en el mismo lugar que John señaló con la mirada.

-Desabotona tus pantalones.

Sherlock lo hace. Esta vez, en vez de continuar desnudándose, coloca sus manos sobre sus muslos y espera, con sus manos revoloteando como pequeñas aves. Tiene que colocar su mano derecha significativamente cerca de su cadera para no tocar su virilidad por encima de la tela. John no le ha dado permiso para tocarse.

-Excitado, ¿no es así? -dice John. Su voz no es cruel, pero tampoco es amable-. Lame tu pulgar derecho.

Sherlock lo lame. Inclina su cabeza hacia atrás mientras lo hace, sus ojos tanteando el territorio entre la sumisión y rebelión.

-Que actitud -dice John-. Veamos cuánto te queda de ella después de que te acaricies los pezones para mí.

Sherlock trata de decir algo, lo que sea, pero no le sale nada. Con John mirándolo, recorre su pulgar mojado sobre un pezón. Se pone en punta de inmediato, una pequeña punta de flecha rosada para su amado. Luego se toca el otro. Está seguro de que se ve indecente y lascivo en este momento, pero John no hace ningún comentario sobre su apariencia, ni siquiera permitiéndole a Sherlock ese poco poder.

-Bájate la cremallera -dice-. No estoy aquí para prestarle atención a tu mente.

Largos y pálidos dedos luchan con la cremallera. A Sherlock le gustaría sacarse ya los pantalones, pero no está seguro de las consecuencias. ¿Cómo es que su compañero de piso lo tiene tan dominado que no se atreve a ponerse una mano encima?

-Llevas puestos boxers hoy -observa el soldado, cuando una parte del cuerpo de Sherlock logra mostrarse incluso más obviamente dentro de su ropa-. Estás en cierto ángulo, por lo que veo. No se ve cómodo.

Sherlock se muerde el labio. John se inclina hacia atrás en su silla y estudia un hematoma que tiene en una de las uñas de su mano. Pasa un minuto, y luego dos. El hombre de cabello castaño parece estar bajo perfecto control. Sherlock escucha una respiración irregular, y luego se da cuenta que es la suya.

John vuelve la mirada hacia Sherlock, quien está haciendo todo lo posible por no retorcerse sobre la cama. Lo observa de pies a cabeza, deteniéndose con intención en su entrepierna.

-Está atorado en el medio de tu pierna por el pantalón. ¿Te duele?

Sherlock se mueve con inquietud, y luego asiente con la cabeza.

-Es difícil para ti, ofrecerte así, ¿no? Acostúmbrate.

Sherlock se estremece. ¿Esto es algo que me va a obligar a hacer con frecuencia?

-Estás pensando demasiado. Pantalones. Abajo.

Con un pequeño gruñido, Sherlock baja la pretina hacia sus caderas, luego espera por la próxima orden.

-¿Dije que te detengas? Sácatelos. Quiero ver más de ti.

Sherlock termina de bajarse los pantalones, luego los pisa con cuidado para sacárselos, teniendo cuidado de no tropezarse. Si John lo quiere sobre sus rodillas, se lo dirá.

-Ven aquí.

Indeciso, Sherlock camina unos cuantos pasos hacia la silla de John.

-Bonito -dice John-. ¿Te diste cuenta que estás saliendote de tu ropa interior?

Hace un gesto con la cabeza, señalando la erección de Sherlock, la cual está saliendo por la hendidura de la prenda.

Sherlock no se mueve, pero puede sentir que sus mejillas arden. Urgencia carnal. Vergüenza. Ambas.

John examina a Sherlock por encima de la suave y gris tela de sus bóxers. Sherlock puede sentir el fantasma de su aliento cuando habla.

Tócame, John, te deseo tanto que me dueles, lámeme, pon tu boca encima mío, por favor.

-Estás encorvándote. ¿Por qué estás encorvado? ¿Hay algo que quieras aquí abajo? Párate derecho.

Sherlock muerde un gemido, y luego hace lo que le pidieron. Moverse hacia atrás y adelante ha forzado que su dureza salga por completo de su prisión de tela. Desnudo y necesitado, brilla sobre su punta.

-Mira como te ves -dice John-. Rosado y blanco como un pastel de cumpleaños. Tengo mi celular aquí. Debería sacarte una foto. ¿O debería esperar a que estés completamente entregado para mí? Pon tus bolas afuera.

Sherlock se acomoda.

-Afeitado -comenta John, mirando donde su novio es suave como un pétalo-. Te sueles aburrir, ¿no?

La pregunta no es retórica. Sherlock asiente con la cabeza.

-Un día de estos te voy a obligar a depilarte en todas partes. Será más fácil hacerte resbaloso, y me gustas resbaloso. Tira tu prepucio hacia atrás. Quiero ver como goteas de lo listo que estás para mí.

183 hombres. Sherlock ha estado con 183 hombres antes de estar con este, y ninguno de ellos lo ha hecho sentir en carne viva, así de desnudo, así de desesperado, así de vivo. Lentamente, mueve la piel que cubre la sensible cabeza, exponiéndola.

Para su enorme sorpresa, John saca su celular del bolsillo de sus jeans y en verdad toma un fotografía. Luego lo vuelve a guardar en su bolsillo.

-Es interesante -dice John-, la forma en la que tu miembro se alinea con mis labios cuando estamos así. Sería tan fácil que te introduzcas en mi boca. ¿Es eso en lo que estás pensando? ¿En que te de una mamada? Porque te lo aseguro, eso no va a suceder.

Los ojos de Sherlock se desvían a la izquierda en sumisión, pero el órgano en cuestión, se contrae con necesidad.

-Puedes desviar la mirada -dice John-, pero vas a pasar un rato difícil tratando de convencerme de que no estás pensando en darme de comer tu pene cuando estás latiendo así. ¿Cuánto crece de largo cuando estás así de ansioso? ¿Tres veces más que su tamaño normal? ¿Cuatro? Creo que son cuatro.

John estira su cuello para estar más cerca de Sherlock, a propósito. Incapaz de evitarlo, Sherlock se mueve para hacerlo encontrarse con sus caderas. Inmediatamente, sin que hubiera habido ningún tipo de contacto, John cruza sus brazos y se inclina hacia atrás sobre su silla.

-Ah ah -regaña-. ¿A dónde crees que vas? ¿Te pedí que follaras mi boca?

Sherlock niega miserablemente con la cabeza.

John se pone de pie.

-Acuéstate en la cama y abre tus piernas, y piensa en lo prepotente que has sido. No te toques. Volveré más tarde.

Sherlock lo mira con sorpresa cuando John se dirige a la puerta.

-Oh, y Sherlock…

El zumbido dentro de la cabeza del detective se detiene por completo.

-Tú puedes con esto -dice John. Un momento después, Sherlock escucha a su novio abrir y cerrar la puerta que da a la calle.


Sherlock gime en agonía. Han pasado cuarenta minutos. Su compañero aún no ha regresado, y ha estado cara a cara todo este tiempo con la vista en su propia dureza contrayéndose contra su estómago mientras yace sobre su espalda en una nube de excitación, pensando en su amado.

Lo deseo, piensa Sherlock. Sólo que es menos un pensamiento que un mensaje cifrado en los latidos de su corazón. Deseo a John, quiero a John, deseo a John.

Es una tortura no tocarse. Está muriéndose por tomarse en su mano y entregarse a los pensamientos de los labios de su novio, lengua, manos, sexo. Pero John lo sabría. John olería en él satisfacción en vez de urgencia, y ninguna cantidad de súplicas de "Pensé en ti, sólo en ti" lo harían entrar en razón. John lo sabría, y John no lo tocaría, y su desesperado corazón latiría el mensaje cifrado en vano.

Así que Sherlock espera, con la camisa desabotonada, con su miembro y bolas obscenamente presentadas a un hombre que no está allí.


A las 19:04, John regresa. Huele a cerveza y a cigarrillos de otros hombres.

Se queda de pie en el marco de la puerta, evaluando el cuerpo ofrecido de Sherlock.

-¿Qué es lo que dirías si es que invité a alguien más conmigo? ¿Lo aceptarías?

Sherlock se tensa, pero no discute. Que sea lo que John quiera.

John camina hacia la cama.

-Vaya, si que tienes algo de sumiso. Has progresado. En caso de que te lo estés preguntando, no te voy a compartir. Nadie más que yo te puede tocar.

Desliza una propietaria mano entre los muslos de Sherlock, y el detective tiembla de necesidad de algo más. Desear una estimulación táctil lo ha dejado medio loco.

-Aún ansioso -observa John-. Sabes, no estarías en este estado si es que me hubieras pedido que te follara. Deberías haberlo suplicado, Sherlock. Deberías haberte acercado a mí sobre tus manos y rodillas y suplicado cuando tuviste la oportunidad.

Sherlock mentalmente le da la razón.

-Te gusta esa idea, ¿no? Mi pene en tu culo. Yo montándote, usándote para mi propio placer. Terminando dentro tuyo. ¿Eso te pone caliente?

Sherlock asiente con la cabeza. Su labio inferior está ligeramente hinchado. Ha estado mordiéndolo durante la última media hora.

-Abre más tus piernas -dice John-. Es lo mínimo que puedes hacer para darme la bienvenida a casa.

Obedece rápidamente. John se sube a la cama y se arrodilla entre las piernas abiertas de Sherlock.

-Cierra los ojos. Te voy a tocar ahora. Adivina donde. No me digas si te parece bien o no. Lo sabré.

Aunque Sherlock rápidamente lo descubre, el problema no es tanto donde John va a tocarlo, sino cómo, y con qué. Siente el propietario toque de labios contra su cuello, justo donde su pulso está más cercano a su piel. Al fin y al cabo, puede ver que John está de cuclillas, pero está desprevenido para cortante rasguño sobre el arco de uno de sus pies. A pesar de que se está adaptando a eso, una lengua golpea con fuerza a lo largo del interior de su muslo. La sensación de la cabeza de John entre sus piernas es tanto íntima como también no lo suficientemente íntima, porque no le presta ninguna atención a su pene. Y luego está el cabello de John, suave, inesperado, un toque como una pluma contra su torso. Cuando unos dientes rozaron su pezón en la oscuridad impuesta, lo único que puede hacer es no gritar.

-Una entrada sensorial inesperada no es mala -observa el soldado-. Sólo tienes que aprender a cómo lidiar con ello.

Sherlock se estremece por el esfuerzo de contenerse, y John susurra dentro de su oreja.

-¿Puedes hacer eso por mí, Sherlock? ¿Puedes soportarlo?

Con los ojos aún cerrados, Sherlock asiente frenéticamente con la cabeza. SíJohnSíportiSísiempreSí.

John se acomoda por encima del cuerpo de Sherlock, de una forma que le recuerda al acto sexual que Sherlock trató de iniciar sobre el pavimento aquel día por la mañana. Las rodillas de John están en cada lado de los hombros de Sherlock, y su aliento es cálido contra el prepucio del hombre más alto.

-La mayoría de los sistemas del cuerpo están diseñados para interactuar con cosas -dice John-. El sistema respiratorio tiene ansias de oxígeno. El sistema digestivo tiene ansias de comida. Pero, ¿esto?

John sopla ligeramente la punta.

-Esto tiene ansias de mí. No tengo dudas de porque le tengo cariño. Te miro, y tu pulso se acelera. Te beso, y te estremeces dentro de tus pantalones. Te acaricio, y apareces con una erección con una mitad extra. No lo puedes controlar, y no lo puedes ocultar. Así es como tu cuerpo pide permiso para conectarse con el mío.

Sherlock late en silencio. Por favor, John.

John se mueve sobre la cama. Con sus ojos aún cerrados, Sherlock escucha el tintineo de su amado sacándose el cinturón, y luego el golpe seco que hace al caer al suelo. Puede escuchar a John maniobrar su pene fuera de sus jeans. Sherlock está consciente del olor a almizcle antes de que la punta se presione contra sus sensibles labios.

-Bésalo -dice John.

Sherlock frunce los labios. El beso es casto. Si John quiso decir, "chúpalo", lo hubiera dicho así.

-¿Sientes que quieres tener el control? -dice John-. No lo tienes. Nunca lo tendrás. Me voy a alejar ahora, y vas a darte vuelta.

Hace dos horas, si John le hubiera dicho a Sherlock, "Me voy a alejar ahora", Sherlock le hubiera exigido que dijera esas palabras nuevamente en un orden diferente. Ahora simplemente se da vuelta, sin exigir nada, ofreciéndole todo. Es una dicha.


Sherlock yace sobre la cama con su rostro presionado contra la almohada. Su peso está soportado por sus hombros delante y por sus rodillas atrás. John le ha sacado los boxers grises y está amarrando las manos del hombre prosternado detrás suyo con la antes mencionada camiseta. Su toque es duro, insistente.

-¿Alguna vez usaste una barra separadora?

Sherlock niega con la cabeza.

-Grilletes en las rodillas; una barra en el medio. Mantiene tus piernas separadas. Bueno para principiantes, pero para ti, sería redundante. Ya sé que te vas a abrir para mí.

Sherlock inclina su cabeza, asombrado de haberse perdido todo eso. Su deseo por John es abrumador… peor que la necesidad por la nicotina, peor que la necesidad por cocaína. Se pregunta si podrá sobrevivirlo.

Escucha el sonido del gel chorreando de la botella, y luego el frío dedo índice de su amado empapado en lubricante se impone contra su orificio.

-Suplica -ordena John.

La voz de Sherlock está ronca por el desuso.

-Por favor, John. He estado esperándote mucho. No tienes idea lo mucho que me duele. Te necesito. Tómame.

John empieza a abrirlo con su mano.

-Dime por qué quieres que te folle, y puede que lo haga. ¿Necesitas que esté dentro tuyo para que termines?

A pesar de la poca gracia en su lenguaje, Sherlock siente que cualquier número de cosas puede que lo hagan terminar… John diciéndole estas cosas completamente desquiciadas, John mirándolo, John estando en la misma habitación que él, John inhalando y exhalando.

-Necesito que estés dentro mío para hacerte terminar. Eso es lo que quiero; que tomes placer en mí. Seré bueno para ti, John, te lo prometo. Lléname. Déjame cuidarte.

John Watson no es nada más que una maldita molestia cuando quiere serlo. Introduce la punta, y ni bien Sherlock jadea con gratitud, la retira. Deja que su erección descanse sobre la espalda de Sherlock, deja que sienta su peso, y recorre con ella la grieta del culo de Sherlock.

-No necesito que cuides de mí -dice John-, y no necesito estar dentro tuyo para terminar. Podría terminar así. Puedo presionar tus nalgas y frotarme contra ellas, y luego terminar contra tu agujero. No serías capaz de sentir nada más que la fricción, y no donde la quieres. Si quieres que te folle, será mejor que seas más convincente.

Sherlock trata de aclararse. Puede escucharse balbucear ahora sobre cómo se siente cuando John lo toma.

El semen… era usado como… tinta invisible… en la Primera Guerra Mundial… todos los hombres tenían un bolígrafo… cuando tú estás dentro mío es como si… te escribieras a ti mismo dentro mío con una tinta que nadie puede ver… Eres profundo, John, tan profundo… Toda mi vida había una brecha en mí… un espacio… y era para ti… una matriz… un lugar para que te introdujeras cuando finalmente nos conocieramos… estás profundamente dentro mío más que nadie… por favor John… te necesito… fóllame… sé mi centro… sé mi núcleo.

Es suficiente.

-Yo también te amo -dice John, con los nudillos dentro de su novio-. Quédate quieto.


Aunque se le ocurre a John que Sherlock puede que probablemente le guste que se le ocurra otro adjetivo nuevo, la realidad que permanece es que follar a Sherlock es magnífico.

John empuja contra el dispuesto y sensual cuerpo, y es afortunado para los nervios de la Sra. Hudson que estén haciendo esto en el segundo piso, porque Sherlock está aullando como un gato muerto de sed de sexo. Parece quererlo duro, y John lo complace, embistiéndose dentro suyo con desenfreno. Sherlock se empuja contra John con cada embestida. Está tan ido ahora que está suplicando por cosas que ya tiene, como un compañero de piso apasionado.

-John, fóllame, por favor, tómame, úsame, joder.

-Ya te estoy follando -dice John-. Espera.

John sabe que Sherlock piensa que su parte trasera es un tipo de burla cósmica. Allí está él, con el cerebro del tamaño de un planeta y un culo que combina. Debido a las limitaciones de la testosterona, su ingesta calórica y su herencia anglosajona, no hay razón que justifique su comodidad y exuberancia, y hay veces en las cuales el hombre parece en verdad consciente de ello. Esa es la razón por la cual John se encuentra a sí mismo diciendo:

-Dios, tienes un culo hermoso -mientras se introduce una y otra vez en él.

Y ahora Sherlock está retorciéndose debajo suyo y hablando en lenguas desconocidas, suplicándole a John en hacerlo sensitivo, lo cual no tiene ningún sentido, porque Sherlock es la persona más sensitiva que John ha conocido en toda su vida, pero John responde.

-Está bien, lo haré, aquí vamos, sí.


Así no es como suelen hacerlo. Usualmente, Sherlock tiene una vista sin obstáculos del rostro de John.

Es un fenómeno curioso que cuando un sentido está comprometido, otro salga más a flote, con el fin de compensar. Al estar boca abajo, Sherlock no puede ver a John, pero definitivamente puede sentirlo. Y así es como se siente ser follado por la otra mitad de su alma.

Se siente amado y comprendido en todas las formas, algunas de ellas rotundamente bíblicas.

Se siente como ser una variable en una ecuación diferencial que alguien finalmente ha hecho el esfuerzo por resolver.

Se siente como si la fricción de sus cuerpos ocasionara que algunos de los electrones de John se quedaran atrapados en los protones de Sherlock, y viceversa.

Se siente como si el corazón de Sherlock tratara de salir de su cuerpo por la garganta, tanto que John tiene que atraparlo y devolverselo, boca con boca, como la yema de huevo en esa película japonesa que John le hizo ver.

Se siente como ser una de dos escurridizas y frenéticas piezas de rompecabezas.

Se siente como si cada pedazo que alguien le arrebató a Sherlock sólo fue para crear un mejor encastre para la personalidad de John, el cuerpo de John y la capacidad infinita de John para acoplarse.

Se siente como una redención.

Se siente como si su cabeza se soltara y algo moviéndose a 300,000 km por segundo saliera disparado de la punta de sus dedos.

Se siente como si John fuera la corriente, y él el conducto.

Se siente como si John acabara de morderlo en la nuca.

Y ahora la mano de John está envuelta sobre el miembro de su amado, y está murmurando:

-Siéntelo, no es demasiado, es lo que es, te dije que podías manejarlo.

Pero eso depende de la definición de manejarlo, porque como Sherlock lo ve, eso lo está manejando a él. Sus terminaciones nerviosas se están volviendo de alambre de cobre ante el relámpago del amor de John, y no tiene más opción que dejar que la electricidad entre en él y busque el camino más corto a tierra: sus dedos de sus manos, de sus pies, su lengua, y diosSíporfavorSí, sus doloridas bolas e hipersensible pene. El placer es crucificante.

-Te amo -jadea, sólo esa parte es coherente.

-¿Comprendes lo que tú eres para mí? -dice su compañero-. Todo, Sherlock. Eres todo, joder.

El lenguaje inglés se disuelve alrededor de ellos, dejando nada más en la lengua de Sherlock excepto el nombre de su amado, su amante, su amor. Cuando la sensación los une, Sherlock grita, consciente de nada más que del pulso de John dentro suyo, escribiendo su nombre tan profundamente dentro de su cuerpo que nunca podrá ser borrado.


-¿Cómo sabías que me gusta eso?

-¿Qué cosa, hermoso ángel completamente follado? ¿Tener un orgasmo?

-Eso -dice Sherlock, mirando por encima de su propio hombro a sus manos que aún están atadas.

-Te gusta, como no te gustaría -dice John. Tira de Sherlock y lo desata, y luego suavemente lo empuja de costado.

-¿Es tan obvio?

-Por supuesto que es obvio. Camisas.

Sherlock frunce el ceño.

-¿Qué? ¿Camisas?

-Tus camisas -especifica John-. La primera vez que te vi estabas paseando por ahí en algo que hacía que tus pezones estuvieran aplastados. Pensé que tal vez se te había encogido en el secarropas, pero no es sólo una camisa, es todo tu ropero. Nadie usa ropa tan ajustada a menos que les excite estar en ella.

-En serio.

John apaga la luz, luego se acuesta detrás de Sherlock y coloca las sábanas por encima de los dos. Pone un brazo alrededor de él y lo acerca hacia atrás, lejos del lado mojado. Sherlock lanza un suspiro de satisfacción y se coloca contra él.

-Sí, en serio. Dios sabe que no es práctico usar cosas que inhiben tu rango de movilidad en tu línea de trabajo. Te gusta. La restricción, la presión, la sensación de estar atrapado. Y también te gusta mostrar tu cuerpo, y las camisas apretadas lidian con ese fetiche también. Estoy sorprendido de que no vayas vestido por allí en ropa de vinilo.

-Es imposible encontrar a alguien en Savile Row que trabaje con vinilo.

Yacen presionados uno contra el otro en la oscuridad.

-Eso estuvo… bien -admite John. Esa oración se ha vuelto la pieza central de las imitaciones que hace de su compañero de piso.

-Fue increíble -responde Sherlock.

-No lo vas a eliminar -dice John, con modestia-. Lo mínimo que puedo hacer es darte algo para recordar.

Podría envejecer junto a ti, piensa Sherlock, aunque no está seguro si es que esas palabras son parte de su propio monólogo interno o si simplemente las ha deducido de John. Podría entregarme a ti, en cuerpo y alma. Podría vivir contigo por el resto de mi vida, y nunca querer olvidar ni un minuto de ella.

Sherlock mira por encima de su hombro, pero está demasiado oscuro para poder ver la expresión de su pareja.

-¿Dijiste algo?

Sherlock quiere decir "No", pero lo que sale es un:

-Aún no.

Sospecha que John ya sabe cómo se siente, incluso sin las explicativas letras en sans-serif.

-Mmmjmm -dice John, como si estuviera de acuerdo incondicionalmente a algo que su compañero de piso aún no ha dicho. Lame una línea sobre la nuca de Sherlock, acariciando el área donde lo mordió-. Duerme bien, terroncito de azúcar.

A pesar de su habitual insomnio, Sherlock sabe que en verdad lo hará.