VII Asalto: Confraternizar
El castillo y el patio esta rebosante de gente del pueblo, de los feudos cercanos, de nómades que traen y se llevan en sus intercambios un millar de cosas. Hay juglares en busca de buenas propinas, bardos y poetas, y las damas del castillo corren, gritan y se ríen, ordenan con la voz de trueno mientras un montón de hombres aseguran que todo salga a la perfección, porque es un día místico. Su señor, su gran señor se une en matrimonio y hay que celebrarlo. Se abren las despensas y los cazadores arrasan el bosque en busca de presas para aquella noche tan especial.
Witkim no pego ojo mientras enviaba cartas a sus amigos más cercanos, invitándolos a la gran fiesta. Esta impaciente, reluciente, Dios sabe que esto es lo que quería. Dios lo sabe. Ordena una limpieza profunda en el castillo quiere que todo este reluciente su corazón esta henchido de felicidad.
Camina y da órdenes, selecciona y Annex lo busca cada cinco minutos para darle de comer, de ver o de seleccionar algo para aquella noche. Jorking se esta volviendo loco con los guardias, los cazadores y manteniendo el orden en el patio interior donde llegan y llegan juglares y personajes para entretener aquella noche. Una sonrisa enorme en sus facciones imaginándose aquella noche, imaginándose a aquella bella chica… con aquel horrible vestido.
— O Dios el vestido…
— Demasiado hombros para llevar uno, ¿No?- la voz provienen de un lado y nota la presencia de Taillo pegado a la pared mirando por sobre el pasamanos lo que ocurre en el salón.- aunque podrías llevar uno amarillo para resaltar los ojos.- la voz suena lisa y algo ajena, él rueda los ojos y se acerca a ver lo que veía tan interesado.
Se queda quieto y algo como remordimiento mal sano se hincha en su pecho. El vampiro veía a su prometida, frente a un fuego inexistente mirando el carboncillo tan ausente, pálida y apagada que su felicidad se marchita en cosa de segundos. Las damas se mueven a su alrededor hablándole, instándola a participar, le llevan dulces de leche recién hechos, vasos con zumo, telas para aquella noche y ella no se mueve, mira a la nada con el rostro afligido y él siente una estaca en el pecho cuando respira hondo. Debería ser una noche como ninguna otra, pero esta ausente. Mira a su buen amigo en busca de una palabra de un consejo, pero este a desaparecido cual voluta de humo. A veces, simplemente odia que el sujeto sea un ser sobrenatural.
Baja las escaleras lentamente, buscando una palabra, una acto que pueda provocarle una sonrisa, algo pequeño que haga que esa noche sea tan especial para ella como para él. Las damas le miran con sonrisas tristes y él llegado a solo unos metros no sabe que hacer o que decir. Levanta la mirada y lo ve.
El gran tapiz de la familia, hecha por su madre y su abuela hacia tantísimos años atrás, cuando las tierras del oeste eran aun más salvajes que ahora, cuando su padre conquisto estas tierras. El tapiz con sus colores relucientes muestran una batalla aun lado y la paz y la tranquilidad en otro, el lago y las piedras brillantes. Y siente que su corazón vuelve a latir un poquito más apresurado, llega a un lado, toma la mano de esta que por un momento con aquellos ojos dorados le miran sin reconocerlo para luego volver en si y su rostro se muestre contraído por lo amargo. Él no deja que aquello le moleste.
— Ven.- le pide suavecito intentando no comportarse como el maldito bruto que era.
— Estoy muy bien aquí, gracias- replica intentando safarse. Pero él no le deja.
— Por favor- pide y la garganta le quema un poco porque él no es de los "por favor" ni "gracias", pero por ella, por ver esa sonrisa blanca y esos ojos dorados podría incluso aprenderlo en los idiomas del antiguo continente. Esta mira hacía otro lado y se reciente, pero pasado unos breves segundos se levanta y él le sonríe, lo que hace que esta se sonroje y murmura algo incluso más extraño.
Se deja llevar reticente, pero ya es algo.
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El sujeto que parecía brillar la lleva al establo y da un golpecito en la cabeza a un caballo enorme que relincha y taconea. Es macizo con una crin plateada, ojos enormes aceitunados que le miran con curiosidad mientras el hombre le ensilla. Es marrón oscuro brillante con una capa gruesa de pelo que da a entender que proviene de tierras muy frías. Ella le mira con curiosidad nunca había visto un caballo tan orgulloso, tan alto y creído.
— Ven daremos un paseo- le tiende una mano para que suba. Ella da un paso hacía atrás.
— No tengo muchas ganas- replica un tanto violenta. Los ojos aceitunados del caballo le miran como si le hubiera insultado.
— Zaich no toma muy bien las negativas- sonrió el sujeto tendiéndole una mano nuevamente.- ven.
Le hace caso a duras penas. Montada de lado mientras el sujeto le pasa una mano por la cintura y ella se queda quieta cual estatua mientras salen a un galope suave, se dirigen hacía la puerta donde Jorking les mira interesados, mas no dice nada.
Era la primera vez que veía fuera de las paredes de roca y siente que es un mundo muy verde, muy salvaje.
Hay pocos caminos, solo senderos, los bosques no han sido talados si no que el castillo se poso sobre un enorme claro. Ve a lo lejos el humo del pueblo subir y subir perdiéndose en el nublado cielo. Ve montañas al oeste, pájaros salvajes subiendo allá a lo lejos dando señales de intrusos en sus tierras, pequeños movimientos en la tierra mientras el corcel comienza a tomar impulso. La mano en su estomago le produce calor y eso le pone incomoda, aquella noche esa mano… no quiere pensar en ello y se concentra allá en el horizonte. Van sobre la marcha, Zaich sabe moverse por aquellas tierras, comienzan a subir una colina y ella entrecierra los ojos sintiendo como el bosque tranquiliza su arrítmico corazón. Intenta no pensar en el calor en su espalda, en la respiración acompasada, pero gruesa en su oído, en el movimiento del caballo. No quiere pensar en el bruto a su espalda.
El caballo se detiene unos segundos y ella abre los ojos asombrada, reteniendo el aire, reteniendo en su memoria un paisaje hermoso.
El lago allá, es enorme, enorme y es decir poco. Un lago de plata que explora más allá del horizonte. ¿El mar? No, imposible… no hay marea ni olas.
— El lago de plata- dice cerca de su oído con la voz ronca y se le pone los nervios de punta.
Bajan en un suave trote y ella nota las piedras, piedras redondas, blancas, grises y fantasmales. Rocas que parecen pulidas y resplandecen mientras Zaich llega a la orilla y bebe. El sujeto se baja de un saltó y le ayuda.
Ella nota las piedras, algunas llenas de musgo, el olor a humedad, bosque. Mira allá al horizonte y ve que esta es sola una cola del lago y que a la entrada de este se alzan grandes peñascos. Hay grandes troncos que se hunden la orilla. Pequeños muelles naturales. Allá a lo lejos se ven tres casita y un muelle. Se escuchan los ladrillos de un perro pero no se ve gente.
Se gira de repente y el sujeto que iba tres pasos detrás de ella pega un respingo.
— ¿Por qué me haz traído aquí?- pregunta mirándole intensamente.
Huele a humedad, a rocas cálidas por un sol tapado de grises nubes, huele a pastos y hojas secas. Huele a madera… él huele a madera, oscura y se le retuerce el estomago, porque ahora que lo ha visto, ahora que lo ha visto con el rostro descubierto con aquellos ojos anormales, con aquel cabello rebelde y ese rostro levemente moreno se le retuerce todo dentro y debe ser los nervios por la inminente maldita boda.
— Porque todo esto os pertenecerá pronto.
Un latigazo, se le nubla la mirada de lagrimas se gira y camina respirando lo más rápido posible para retener las lagrimas. No quiere… no quiere. No esta preparada.
— No quiero que sea esto, una jaula para ti.
Como un suspiro ahogado, algo efímero. Se le pone la piel de gallina y los ojos se le vuelven a llenar de lágrimas. Porque no puede creerlo, no quiere creerlo.
Lejos, ella podría estar lejos con Shayr viajando a tierras antiguas, con sus posesiones, con sus propias historias. Shays libre, ella libre. Podrían buscar un lugar donde descansar, donde comenzar una vida nueva lejos del poder de los hombres.
— En eso lo convertiste cuando me seguiste.- su voz le suena ronca, extraña. Camina más, alrededor del lago intentando que su mente se aclare con el suave ir y venir de las aguas. Respira profundo y se agacha para tocar el agua. Esta helada. El invierno de acerca. Él le sigue, más atrás, con el caballo siguiéndoles golpeando los cascos en las suaves piedras. Ve allá a lo lejos un par de venados salir y beber, levantar sus orejitas y salir de nuevo hacía el bosque. Escucha a lo lejos, el ladrido de los perros.
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No sabe como calmarla, como hacerle sentir que las cosas podrían ir mejor. Que él podría hacerle olvidar a su capitán, alguien que no podría darle jamás nada como él podía. Le había prometido seguridad y venganza, un hogar y tal vez, en el futuro, una familia. ¿Por qué no podía apreciar lo que hacía? Si el condenado de su hermano no le hubiera mentido, si ella no estuviera tan enojada por algo que jamás él hizo.
Comienza a oscurecer y la hora esta llegando. Deben volver, porque ella debe prepararse y él debe tener todo listo.
— Es mejor que volvamos.- la ve tensarse, por unos segundos presiente que puede que se largue a correr, pero no es eso. Y en aquel momento lo nota. Allá a lo lejos, dos sujetos aparecen de la nada, llevan ropas curtidas en cuero.
Son salvajes. Y ellos ya le han visto.
No eran solo dos.
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Ha escuchado de parte de unos hombres que Asha y el bárbaro han salido. Se remueve en la celda, con la vista pegada allá en la copa de los árboles. Aun es de día, han salido sin más protección. Siente allá a lo lejos el eco de ladridos, demasiado lejanos para entender. ¿Enemigos, lobos, gatos salvajes? No lo sabe y le esta poniendo el pelo de punta. Lo siente en el aire y no le gusta.
Ve a Janiel allá a lo lejos botando un montón de cascara en el hogar de los cerdos, se ve cansado y sudoroso pero no maltratado, algunos hombres no le quitan la vista de encima, pero no parece ser seguido por nadie. Se acerca a las puertas y silba.
Un silbido que hace que sus propios guardianes peguen un salto y le miren para luego mirar de un lado a otro como si un ataque inesperado les deparara. El chico se acerca medio tambaleante pero más seguro cuando ve que no hay nadie quien le pare. Hace una leve reverencia a varios metros, ya que los guardias le miran con censura.
— ¿Lady Asha?- pregunta con la voz un poco siseante. Este mira de un lado a otro.
— No ha llegado- responde y ella le hace un movimiento para que vuelva a hacer lo que estaba haciendo.
Comienza moverse nerviosa una vez más. Lo siente en la piel, en sus marcas del brazo. Peligro, lo huele.
El aullido de un par de perro dentro le detiene.
Peligro, enemigos. Cuidado.
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Revisa las dagas, interesado en la flexibilidad de estos, lo largo y el puñal pulcro y liso. Sin joyas, sin runas. Lisos, mortales, silenciosos. Las dagas de la licana son armas mortales. Las tiene dentro de un estuche, son diez, cada una varia en el porte de la hoja para ser llevada en un lugar determinado del cuerpo, las botas, cinturones, espalda… varían.
Un breve aletazo de aire le golpea y levanta la mirada. Lo escucha allá a lo lejos. "Peligro, salvajes" se coloca tenso y corre hacía la entrada, a poco más de un metro del umbral. El sol aun no se oculta, Witkim aun no vuelve.
— ¡Jorking!- grita. El sujeto allá abajo acarreando unos tablones le mira y conociendo sus facciones, suelta el tablón y corre escalera arriba.
— ¿Qué ocurre?- pregunta.
— ¿Dónde esta Taillo?- pregunta.
— Al lago, debe venir de vuelta. ¿Qué ocu…
No alcanza a terminar de hablar cuando se escucha un gran ajetreo, las mujeres gritan, los hombres gruñen y los comerciantes, juglares se mueven para dejar paso a quien crea tanto problema. Lo sabe y ni siquiera le asombra. La licana llega al medio del camino, una tabla en mano. Sus hombres se mueven alrededor buscando la manera de neutralizarle. Ve sombras moverse de un lado a otro, gritos y maldiciones. No ve bien, hace mucho tiempo que no ve bien de día y eso le molesta aun más para reconocer el semblante del licano.
Más aullidos. "Peligro. Barbaros. Montañas".
Suelta una maldición y da un paso más hacía la nebulosa entrada. Los ojos le arden, la piel le escuece.
— ¡Hey!- grita y su voz, como un rayo hace que gran parte de la multitud le mire. La licana hace lo mismo, lo nota, en su postura, que debe moverse rápido. Aun queda media hora de luz, no puede ir el mismo. Lanza el estuche con una fuerza que lejos jamás será superada por humanos. La licana levanta una mano y los siente. Sus dagas porque su cuerpo reacciona al mismo momento.- tráelos- ordena con un bramido.
Esta ni siquiera dice algo. Se mueve como una sombra, como un lobo en el bosque que conoce muy bien. Se marcha ante los ojos asombrado de un montón de humanos que no saben lo que ocurre. Da un paso atrás con el cuerpo aun tenso por la proximidad. Se gira hacía Jorking que no sabe lo que pasa.
— ¡Seguidle! Barbaros cerca del lago- el sujeto abre los ojos de golpe y sale corriendo dando ordenes para sacar los caballos. En cinco minutos una docena de hombres le siguen y él espera. Encerrado, esperando que Witkim aun este en pie.
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Peligro… en el aire, en la tierra, en el susurro de los árboles.
Sus sentidos se expandes, crecen, corren, saltan y pronto el suelo bajo sus pies es arenoso, hojas húmedas y pequeños maderos que crujen a su andar. Su aliento se contrae y el olor de su ama la lleva allí.
Salta a tierra firme en el momento en que escucha los jadeos, los gritos y el olor imperioso a humanos.
Una de sus dagas cruza el aire en un segundo cuando el bárbaro cae hacía atrás impulsado por la tosca arma que levantaba sobre Asha. Cinco pestilentes hombres le miran entre sus barbudas caras salvajes, ojos viejos en cuerpos jóvenes.
Cazadores de montañas.
Ve al humano sudoroso y sus ojos verdes inyectados en él mientras su espada deja escurrir la sangre de dos cuerpos muertos más allá. Ella reconoce sus auras, asesinos, cazadores, obviamente no venían con ninguna buena intención. Sus ojos detrás de las vendas se chocan contra uno de los barbaros y en el segundos dos cazadores se lanzan en su ataque, otros dos contra el hombre, y uno comienza acercarse a una muy enojada Asha que soltaba una diatribas de maldiciones que harían que un marinero se sintiera orgulloso. Ella sonríe detrás de las vendas con sus dagas en sus manos.
Sus dos barbaros caen rápidamente, demasiado brutos y sin agilidad para darle ni siquiera un suspiro de molestia. Se queda parada mientras el hombre derribaba a uno y Asha le daba una patada en toda la zona baja a su bárbaro dejándolo fuera de fuego con gimoteos ahogados.
Ella saca una de sus pequeñas dagas y la lanza a la garganta del bárbaro que cayó hacía atrás mientras Lord Freedor, se giraba obviamente enojado hacía ella.
— ¿Qué haces fuera…- comienza.
Y ella lanza una segunda daga que le pasa rozando la oreja dejando clavado en el suelo por su inesperado ataque. Tiene poco menos de cinco minutos, pero estaba sola, sin vampiro sin guardias, con aquel sujeto mirándole receloso y Asha un poco pálida. Y si ella no estuviera un poco famélica y claramente perturbada por todo lo último pasado hubiera visto un poco de pánico en su último movimiento. Esta se acerca corriendo hacía ella y ve que el bárbaro tuvo el atino de quedarse plantado cuando sus ojos siguieron peligrosamente a su ama. Molesto.
En su mano tenia su Asarche, la única daga que había venido con ella desde el momento en que había puesto un pie en el continente, su gemela, Afarche había tenido un final que ella no quería recordar.
— Puedo matarte, destriparte y dejar que tus súbditos recojan tus partes si es que las encuentran hundidas en el lago.- siseo amenazante.
El sujeto tuvo el tino de ponerse en una postura de defensa. Recordó mientras su cuerpo se tensaba como su ama había sido llevaba cual paria bajo su brazo, como si su ama no fuera una aristócrata, como si fuera una cualquiera. Se le erizo el cabello y le crujió la mandíbula mientras sentía que un poco más de su naturaleza animal quería vengarse por lo que le había hecho a su ama. La había ensuciado, la había tomado cuando ella no era su pareja. Un gruñido directo de su garganta hizo que sintiera que podía matarlo con sus propias manos.
— No te temo, licano.- gruño poniendo su espada directamente frente a él.
"Estúpido" pensó pasando la lengua por sus crecidos colmillos. Tres minutos, sentía los caballos allá a lo lejos.
Dio un paso, cuando la suave mano saltó hacía su muñeca. Se giro hacía Asha que le miraba con sus ojos dorados abiertos y llenos de cierto temor y angustia.
— Déjame matarlo- susurró.- déjame liquidar a aquel que te puso la mano encima… solo una palabra y nos iremos de aquí. Seremos libres.
"Seré libre del vampiro" pensó egoístamente mientras se gruñía mentalmente. No ella, Asha… su Asha seria libre.
— El prometió ayudarnos, él prometió entregarnos la oportunidad para sacar a Shoys del poder…
Como un ramalazo de indignación cerró los ojos recordando a sus hombres. Se relajo. Sus hombres… sus hombres merecían su venganza.
Bajo la cabeza y guardo sus dagas. Pocos segundos después llego media comitiva de hombres. Entre ellos Jorking claramente indignado y molesto.
El sol ya poniéndose en el oeste.
— Lord- saltó el hombre.
— Demasiado tarde Jorking- comentó sin sonar realmente molesto con ellos.
El bárbaro, aquel que Asha había derribado soltó un lastimero gemido tratando de escapar. Al verse rodeado gira hacía ella y se agacha haciendo una reverencia. Ella no hace nada solo lo ve, hasta que sus ojos se dirigen hacía ella.
Un chiquillo.
Ojos azules inyectados en miedo.
— Llevadlo al castillo- ordeno Witkim mientras los demás veían y reconocían cuerpos.
El sujeto se acercó hacía ellas. Inmediatamente se puso delante de Asha quien aun sostenía su mano.
— Tenemos que volver, aun tenemos que casarnos- soltó orgulloso. Ella se crispo.
— Aun tengo mis armas en mi mano- siseo para que solo él escuchara.- hazle un solo rasguño y te liquidare.
— ¡Volvamos!- ordeno y miro a Asha tendiéndole una mano y con voz más suave- monta conmigo. Volvamos.
Ella no dijo ni hizo nada.
— ¿Puedo volver con él?- pregunto suavecito- quiero que este presente en la celebración.
Ella miro hacía otro lado mientras ambos tenían una conversación vía miradas.
— Solo porque ha ayudado. Jorking, entrégales un caballo. Apúrense.
Ella le tomo una mano y Asha de un salto se montó como toda la niñez lo había hecho. Al estilo hombre sin parecer mínimamente preocupada por la mirada del hombre. Ella tomo las riendas y se pusieron en camino. Mientras los demás iban detrás de ellas. Vio por el reojo como amarraban al joven bárbaro a uno de los caballos.
— ¿Qué piensa ama?- pregunto en la antigua lengua. Lengua que ella le había enseñado desde pequeña. Lengua que solo ellas entendían.
— No sé. Pero quiero que estes allí conmigo durante todo esto. Si tenemos el poder de los hombres podremos sacar a Shoys del poder, no quiero pensar en como estarán todas los pueblerinos luego de la matanza y temo que tome represalian contra ellos.
Ella asintió. Era verdad, los pueblerinos eran decenas de familias que ella conocía muy bien, que había reído con hijos, hermanos y esposos. Todo ellos muertos, Shoys y Bakhu merecían la muerte.
— Que así sea- acepto.- pero si él os hace el más mínimo daño, me encargare que jamás en la vida vuelva a hacerlo.- Asha tomo su mano de manera reconfortante.
Hubo un gruñido y luego el caballo de Witkim salió directo hacía ella. Se giro solo un poco antes para inyectar sus ojos en los del caballo que se encabrito y saltó hacía atrás mientras Jorking y otro jinete intentaron calmarlo.
Asha estaba sorprendida.
— Creo que él no sabe que soy mujer.
La risa de su ama se abrió paso por el bosque y ella sonrió detrás de su mascara. Hombres…
¿Comentarios por favor? sé que hay vampiros y licanos leyendo ¬¬ XDDD
