XII Asalto: Realidad

Mientras los recuerdos volvían noto las lágrimas por sus mejillas.

Dioses, lo echaba tanto de menos… tanto.

Habían sido unos meses horribles. Horribles era decir poco. Wulfric estaba buscando la manera de escapar. Él no tuvo que ser un genio para saber que si Vishous sabía del embarazo podía matarla o aún peor, dejar a su hijo a la merced de un vampiro.

Pero las cosas no iban mejor.

Había estado recibiendo las visitas seguidas del vampiro. Este no había parecido enterarse de su nueva condición. Aunque ella peleaba cada vez más, cada vez se destrozaba aún más por no poder hacer algo. Wulfric estaba teniendo problemas con aquellos que le cuidaban. Lo habían golpeado hasta dejarlo casi muerto. Solo las lunas llenas eran los momentos que los mantenían vivos. Eran esos momentos en que estaban conectados de verdad.

Habían sido unos meses en que ella no dormía, no comía y esperaba… cada noche, que el vampiro no volviera de la batalla y que Wulfric le acompañara. Escapar no podían… sí ella no se encontraba en la habitación todas las mañanas el vampiro volvería en pocos días y ambos serian asesinados. Ella estaba demasiado débil para protegerse, y Wulfric no sabía de combate más allá de peleas bajo presión.

Dos meses, tenía dos meses de embarazo cuando Vishous al fin consiguió su primera gran victoria. Algo que movió masas.

Invadir los feudos del sur. Tenía hombres y el poder. Dinero y presión sobre los humanos.

Había sido una despedida terrible. Él se iría por meses… por meses, casi lloro de felicidad al saberlo. Aunque él casi la mata.

Bebió y violo de ella toda aquella noche. Bebió tanto que era incapaz de abrir los ojos al día siguiente por el mareo, su corazón bombeaba dolorosamente, tenía las dos piernas rotas y tan adolorida que gemía en vez de respirar.

Aquella mañana, cuando la humana que la cuidaba la vio, fue ese pequeño momento en que al fin tuvo un poco de misericordia por ella. La arrastro a la ventana donde durante todo ese día recibió los rayos del sol. Esos rayos del sol fueron, estaba segura, los únicos que le mantuvieron viva.

Demoro casi un mes en estar en buen estado. Y su condición fue obvia para la mujer. Tres meses y el niño en su vientre había vivido. Tres meses y ella estaba tan apegada a él que no podía pensar en otra cosa que en conocerlo. Wulfric la visitaba casi todos los días, a veces solo unos momentos, otras horas enteras que pasaba observándola. Se había informado de un monasterio en el oeste.

Ella conocía ese monasterio… era el único lugar donde ellos no podían ir. Nadie de ellos podía ir. Un lugar santo, donde los vampiros no podían poner un pie y yacimientos de plata. Tanta plata que solo unos días caminando por sus senderos eran una muerte lenta y dolorosa.

Según Wulfric ese era el lugar donde deberían ir. Al único lugar donde el vampiro no podría seguirlos. Después del monasterio venían tierras puras… puras para su raza. El lugar perfecto para vivir. Ese lugar, era… donde noche a noche pensaba como su hogar.

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Dejo caer los dos cuerpos de aquellos humanos del este sobre la fría tierra. Respiro profundo mientras nebulosas sensaciones le invadía.

Lamio sus colmillos mientras observaba el atardecer perderse.

Luna llena.

Y deseaba más sangre… sangre de un lobo, de una licana, de una mujer.

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La mujer se había llamado Alis. Una muchacha temerosa pero madre soltera y joven también. Le había ayudado a ocultar su condición, le llevaba comida a escondidas y más cobijas. Le ayudaba a mantener su cuarto más limpio y le había regalado una sonrisa más de una vez. Le mantenía informada de los pasos del vampiro. Que seguía en una inhóspita guerra con los feudos del sur.

Habían pasado seis meses casi siete y su estómago estaba enorme.

Su bebe pateaba su estómago y Wulfric cuando lo sentía se le abrían los ojos grandes cual océano y le sonreía mientras le abrazaba. Se había acostumbrado a sus pocas palabras, no hablaba ni de dónde venía ni su familia. Pero ella le había contado todo de su familia, de su pueblo, de su profesión. Cuando hacían el amor él se encargaba de besar cada runa de su cara. Luego de tanto tiempo en la oscuridad, ver a su gruñón licano era lo único que le mantenía viva, que le hacía sonreír.

Hasta que aquel día había llegado.

Era media tarde… cuando Alis había llegado corriendo. No tenía autorización para entrar por lo que le hablo desde la puerta.

Vishous volvía. Volvía y ella aún le faltaba poco menos de un mes para dar a luz.

Había estado tan asustada, tan abrumada por la realidad de que ese vampiro podría hacerle a su hijo que había entrado en parto poco antes de la medianoche.

Sola, completamente sola, había tenido que traer a su hijo al mundo. Completamente sola había tenido que tapar su boca con mantas y pujar al niño fuera de ella suplicando que Wulfric pudiera ir a ayudarla.

Llorando trajo a su bebe al mundo. Un niño hermoso. Un bebe hermoso. Lo llevó a su pecho mientras lo miraba. Rosado, mojado, una pelusita de cabello castaño y tan hermoso. Tan hermoso.

Su hijo había sido tan hermoso.

Solo había tenido una noche para estar con él. Solo una noche para cuando Wulfric al amanecer completamente asustado había llegado a su lado para verla. Ella le había sonreído mientras le mostraba a su hijo. A su pequeño hijo.

— Es un niño- había susurrado llorando. Wulfric había llegado a su lado en un suspiro abrazándola y besándola, observando al niño que dormía con tantas emociones en su cara que le había dicho todo lo que necesitaba para hacerla sentir completa.

— Se acerca, el sujeto- susurró este luego de unos segundos.- debemos irnos, como sea.

Ella había asentido. Solo había intentado ponerse en pie un momento cuando el dolor le había abrazado por completo. Había comenzado a sangrar mientras el lobo le miraba asustado. No podía irse, moriría desangrada poco más allá y los pondría en evidencia. No podría escapar con ella así… no podrían.

— Están llegando al pueblo- había informado una voz en la puerta. Luego los pasos apresurados de Alis alejándose.

— Debes irte- le había dicho observando los ojos asombrados de Wulfric.

— No- negó con firmeza. Ella estallo en llanto mientras abrazaba a su bebe. A su hijo. A su niño. Su calidez, su olor. Su todo. Era su todo.

— Debes irte.- volvió hablar con la voz rota, asustada. No quería ello, pero si el niño… él se enteraría.

— No. – y fue la primera vez que lo vio roto. La única vez que le vio asustado, aterrado.

— Llévatelo. Cuídalo.

— No- negó mirando de un lado a otro- no me iré sin ti.- se le cristalizaron los ojos y ella se sintió morir.

— Yo estaré bien. Yo lo estaré. Debes llevártelo. Él le hará daño, él puede hacerle cosas horribles.

En aquel momento su bebe había abierto sus ojos negros, negros como el carbón con un toque azuloso. Había buscado el calor de ella, y en ese momento mientras le tendía a su hijo a Wulfric se destrozó toda su alma, su cuerpo, su mente. Todo se desmorono.

— Mantenlo vivo- susurró conmocionada- vive.

— Te amo.- susurró tomando el niño- te sacare de aquí, lo prometo.

— Prométeme- susurró tomando las ropas de este - prométeme que le criaras bien. Prométeme…

— Será un buen chico- y le beso mientras se escuchaban el caos de la llegada.

— Vete y no mires atrás, no lo hagas Wulfric. No lo hagas.

Mientras yacía en su cama con el sabor de los labios de su pareja, con la última vista de su hijo en su memoria. Lloro, tan quebrada como estaba que no sintió al vampiro llegar a su lado, no sintió sus golpes o la de veces que la mordió, desgarro y la quebró. No podía sentir nada más que la pérdida de su paris y su hijo. Y lo único que le mantuvo viva todos esos meses después de que Wulfric se marchara era saber que estaban bien. Que cada noche que Vishous llegaba a quebrarla un momento más era una noche donde ellos estaban lejos de su mano, sanos, vivos.

Que habían pasado meses o años, y su vida ya no podía depender más del calor del sol y solo de una esperanza, de una ilusión.

Fue cuando el castillo de Vishous fue prendido en llamas y ella liberada… fue ese momento en que ella retomo su existencia.

Ya no había nada en ella más que un cascaron vació. Un cascaron que se convirtió en algo más cuando Sandrua le informo de un chico de unos siete años que vivía en un monasterio, que tenía los ojos azules y unas marcas parecidas en sus brazos… y que se llamaba Woulfbez. Su Woulfbez.

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Estaba apoyado contra un árbol, ardía en fiebre y su mente saltaba entre el lobo y el humano cada pocos minutos. Su lobo no era muy distinto a él, solo más gruñón y agresivo. Pero había pasado muchas transformaciones cerca de la panda de huérfanos que eran. Sabía que podía controlarse cerca de ellos o por lo menos un poco. Llevó una mano a la bota de vino, del buen vino del monasterio y sus ojos se apañaron en recuerdos.

Aquel lugar que debía haber sido su tumba se hizo su hogar. Todos esos hombres que vivían en condiciones más precarias que los más humildes pobres habían sido sus mentores, amigos, padres, hermanos… habían sido todo. Dubric había sido su padre. Cada vez que recordaba al joven monje arrastrando algún alce cazado que llegaba a sus puertas eran momentos se festejos. Y siempre en las sombras aquellos ojos azules que le miraban con tanto dolor como cariño. Su padre, su padre verdadero.

Recordarlo era un golpe en el pecho, recordarle era saber que estaba solo porque él había muerto. Solo había tenido siete años cuando él se desplomo mientras llegaba a su pequeño camastro con un regalo amarrado. Su padre se había ido por una semana completa. Había vuelto herido, pero satisfecho. Había llegado a su cama con la cría de un lobo. Brashka. Sus heridas superficiales pero su fuerte cuerpo había estado deteriorándose por años. Su padre nunca había sido de grandes conversaciones, le enseño todo lo que podía, le hablo de su pueblo, le hablo del pueblo de su madre. Le enseño a cazar, los rituales más antiguos, le obligo a ser más racional que sus antepasados.

Miro hacia el cielo, donde todo se oscurecía. La sangre comenzaba a hervir. Sus ojos se desenfocaba, su huesos crujían. La transformación era inminente. Podía escuchar a sus hermanos tensos varios metros más arriba, le miraban, pendiente de cualquier anormalidad. Lan tensó y con el arco en mano, una flecha única en sus dedos. Siempre dispuesto a atacar si se salía de control. Era una orden de todos. La flecha, la única flecha que podía matarlo dispuesta.

Cerró los ojos mientras los recuerdos volvían a invadirle. Aquellos ojos azules se acomodaron a su lado. Él con Brashka en brazos le miraba sin saber que ocurría. Fue el único momento en que lo vio llorar, fue uno de esos pocos momentos en que le abrazo. Y fue el único momento en que hablo de ella. De su madre. Se lo mucho que se parecía. De lo bella y fuerte que había sido ella. De lo mucho que le echaba de menos y de lo débil que había sido en no poder cuidarla. Había tomado un poco de sangre de sus heridas y había marcado en sus brazos varios símbolos que jamás había visto. Y le había hablado de ellos hasta que él se durmió con la cría de lobo. Con él aún lado susurrando historias de lobos y vampiro. Al día siguiente Dubric lo saco de su cama, fue el último momento en que lo vio y aquellas marcas que su padre puso en sus brazos él los grabo a fuego.

Su aullido de transformación quebró la noche… cuando un segundo aullido le respondió de la misma forma. Se erizo por completo.

Ese no era un aullido de su manada.

Ese era la respuesta de un licano.

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Ahogada mientras llegaba al lago su cuerpo ardía en llamas. El lobo peleaba con tanta fuerza mientras el poder de la luna llena le invadía. Su cuerpo ardía, se quebraba no alcanzó a llegar a la orilla mientras todo en ella cambiaba. Sus manos en garras, su boca en hocico y colmillos, lo único que la diferenciaba de un lobo normal era su postura humanoide.

La transformación siempre dependía del estado del lobo en los días anteriores. Haber estado enferma le tranquilizo suficiente para estar consiente. En su nebulosa conciencia sabía que debía alejarse, estaba demasiado cerca del pueblo y no podía tener a cazadores cerca. Además que el olor al vampiro erizaba su estado, si lo tenía cerca podía ser un real problema.

Cuando un eco de un aullido le llegó a lo lejos le alerto.

Hacía muchos años que no escuchaba un aullido como aquel. Un escalofrió le paso por la espina mientras respondía a este. Un aullido de alerta. Sea quien sea que estuviera en el perímetro era un peligro con el vampiro cerca.

Su lobo tomo posesión de ella y perdió el control del cuerpo.

Aquel aullido era diferente y ella lo sabía.

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Había un licano. Había alguien en las tierras de este chupador de almas. Brashka le gruño y pudo comprenderlo un poco mejor. Si, había un licano. Brashka lo había sentido y estaba en compañía del vampiro. ¿Del vampiro?...

El aullido era un aullido de alerta. No era de territorialidad ni de agresión. ¿Alerta? Le estaba dando una alerta para que no se acercara a los terrenos. ¿Estaría en peligro?. El solo pensamiento de que un hermano licano estuviera en las manos de un vampiro lo puso a mil.

Su madre… su madre había sufrido algo como eso. Solo pensarlo hizo que replicara el aullido, y aunque escucho a sus hermanos llamarlo a gritos no era él quien guiaba al lobo.

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Los hombres se alertaron en el momento. Los aullidos se sintieron lo suficientemente cerca para atraer la atención. Witkim envió inmediatamente comitivas hacía los pueblos por si tenían algún ataque de alguna manada. Los Dioses sabían que en la antigüedad habían tenido problema con manadas que habían destrozado pueblos completos. Sandrua apareció cerca de él y no necesitaba escuchar al humano para saber que la licana se había marchado. Al parecer había logrado enfocarse lo suficiente para alejarse del peligro. Pero esos aullidos. Cerca suyo, o mejor dicho en la Sala de Guerra podía escuchar a la pareja discutiendo.

Él se acercó a Jorking quien ordenaba nuevos contingentes para que fueran al pueblo que había sido atacado.

— Que se mantengan en los camino- le dijo a este. El hombre dio un saltó como si lo hubiera asustado.

— ¿Qué?

— Que no entren de ninguna manera a los bosques. Hay más de una manada en el bosque.

Los hombres le miraron con ojos enormes mientras él mandaba a buscar a su caballo. Él no quería a dos licanos en su terreno, y mucho menos una manada de lobos.

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— … ¡Es una licana!- grito Witkim ya frustrado.

— ¡Está débil, está herida!

— No te moverás del castillo. ¿Qué estás loca? La licana se embriaga para mantenerse menos peligrosa. Ahora ella es un peligro allá afuera.

— Necesita que la cuidemos.

— Dioses, Asha, es bastante mayor para cuidarse sola, y mucho menos no irás tú a verla. Se escuchan lobos en los terrenos. Los lobos que bajan acá no son lobos de paso, son lobos que vienen por comida. Ganado o el pueblo, no les importa.

Tomo su espada y abrigo para acercarse a la puerta.

— ¿Dónde vas?- le pregunto enojada y preocupada. Y se molestaba aún más con ella misma por preocuparse por ese tonto.

— A cuidar a mí pueblo. ¡No salgas del castillo, Asha! Es en serio.

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Mientras buscaba el rastro del licano que le respondió. Hubo un extraño olor que le puso los pelos de punta. Era el olor a hombres, el olor a mar… estaban demasiado lejos del mar como para que eso fuera normal. Tuvo una horrible sensación. Siguió el rastro, los pasos de humanos en el lodo le informo de por lo menos cinco hombres que se acercaban al castillo. Estaban demasiado dentro del bosque para ser hombres de Witkim, y estaba segura que ese olor no se había sentido en ningún otro lado.

La réplica de aullidos de lobos le puso de nuevo en alerta. Pero esas pisadas… esas pisadas le ponían el lomo de punta. Su lado racional sabía que había algo extraño, y por una buena vez obligo a su loba a moverse cautelosamente hacía esa dirección. Debía investigar, debía proteger.

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Mientras intentaban no matarse entre los grandes árboles del bosque. Lan soltó una maldición.

— Se ha perdido muy dentro y estamos demasiado cerca del castillo.- Drue se sujetó al tronco de un árbol. Había una oscuridad profunda en el bosque, los rayos de luna apenas si se filtraban por el ramaje. Habían tenido la suerte de caer solo en unos pocos profundos pozos de agua estancada. Pero eso no quitaba su suerte. Se escuchaba el susurro de corrientes por debajo de los árboles. Este lugar era demasiado peligroso.

— Un lobo le respondió. Si hay un vampiro por estas tierras con un licano más. Esto se va a ser un problema.

— Debíamos ser simplemente civilizados para ir al castillo…. ¿Quién le haría daño a un grupo de monjes?- pregunto Lan en un gruñido molesto. Al fin y al cabo había sido el que más veces había caído en los posos y estaba completamente empapada…. Sin contar el espantoso olor.

— ¿Otro grupo de monjes que supieran que no lo somos?- le pregunto Drue con un rodar de ojos.

Jarek soltó una grosería para que se callaran.

— El bosque está demasiado silencioso.

— Tenemos dos licanos y un predador de almas en un bosque en plena luna llena. Los animales no son tontos, Jak.- Drue se movió nerviosamente de un lado a otro cuando algo en el aire cambio.

— Busquemos un claro y esperemos el amanecer. No podremos buscar a Wul hasta que podamos ver donde pisamos.

Hubo un susurrar entre el ramaje. El arco de Lan silbo en la noche.

— ¿Qué…

Jak no pudo hacer nada cuando Lan saltó en el aire chocando contra él, revotando contra un tronco y cayendo dentro de uno pequeño pozo. Drue levantó su espada cuando una sombra se la quito de un golpe. Un alto hombre de profundo ojos negros parado a centímetro de él. Con ojos negros endemoniados, demasiado raro para ser mortales, pálida piel y un aura de muerte que le dijo inmediatamente quien era.

— Huelen a lobo- susurró con la voz aterciopelada.

— Vampiro.- gruño él levantando sus manos para empujarlo. El sujeto no le permitió más movimiento cuando le tomo del cuello y lo levantó. La fuerza de sus dedos alrededor de su tranquea lo dejo momentáneamente congelado, demasiado fuerte… era demasiado fuerte para no parecer si quiera hacer esfuerzo.

— Son los que han estado rondando, ¿no?- pregunto mientras lo empujaba donde Lan y Jak quietos cual estatua le miraban.- ¿Dónde está vuestra mascota?

Aunque el silencio se extendió entre ellos, no necesitaron decir más.

Un aullido más se alzó en el aire. Pero era un aullido grueso y algo desgarrado.

El vampiro desapareció cual sombra. Mientras ellos intentaron seguir el paso el bosque a oscuras era una trampa mortal.

Pero no se detuvieron, no ahora que sabían que Wul estaba en inminente peligro.

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Era media docena de hombres. Hombres del este por sus ropas y su condición física. Husmeaban alrededor del bosque y escribían en pergaminos mientras utilizaban el cielo despejado para ubicarse.

Enemigos… sangre…. Enemigos… matadlos

Su lobo estaba vuelto loco, lo único que le mantenía en si era la responsabilidad más allá de la locura de su condición, si alguno de esos hombres quedaba vivo… sería un nonpurix… un licano descontrolado y más peligroso que ninguno otro.

Mientras se ocultaba entre el ramaje prefería mantenerse cerca, esperar el amanecer y atacarlos siendo humana. Era su única posibilidad. Era lo que mantenía a su lobo en condición.

Los sujetos hablaban entre si en alguna lengua materna.

Fue un cambio en el aire cuando noto que no estaban solos y los hombres también lo notaron. Tres de ellos levantaron sus arcos cuando unos cincuenta pasos más adelante se alzaba un licano macho.

El golpe del aire fue como una ráfaga de recuerdos. Ese olor… ese tenue olor. Soltó un aullido mientras su lobo se descontrolaba. Un aullido angustiado.

Había viajado cinco días… cinco días luego de tantos años. Su pecho se contraía de dolor pero no podía dejar de caminar… la plata le estaba matando pero no podía detenerse, no ahora. Quedaba tan poco y Sandrua le había informado de su pequeña esperanza.

Solo un poco más, solo un poco más… la colina era hermosa, un hermoso lugar donde criar a un niño. Esta segura, cálido en verano y blanco por la nieve en invierno. Un lugar precioso donde estar con su familia.

Lagrimas caían de sus ojos paso a paso. Se había demorado año… años, pero ya era libre… o por lo menos un poco. Ya no había vampiro, ni un amo brutal. Era libre para tener una familia. ¿Dónde estás Wulfric? ¿Dónde estaba su pequeño?...

Tenía tantas ganas de conocer a su hijo. ¿Cómo le habría puesto Wul?

Entro ahogada por la plata en el lugar en un pequeño claro. Los vio un poco con la vista nublada. Un hombre parado al lado de un pequeño niño. Cabello indomable y una postura un tanto decaída pero el olor… ese olor le acelero el pecho. El hombre le puso una mano en el hombro al joven niño mientras este dejaba un par de flores sobre una pequeña piedra tallada.

Una tumba.

—"Vuelve a casa, Wulfbez. Ya iré yo detrás de ti"

—"¿Estás seguro, Dun?"

—"Ve, quiero contarle como te ha ido"

—"Me ha ido bien"-replico el niño-"soy un orgullo"

En aquel momento mientras el niño se aleja corriendo ella quiere llamarlo. Da un par de pasos y llama la atención de aquel humano que le mira asustado para luego acercarse sorprendido. Su vista vuelve al niño que se pierde en la espesura mientras sus ojos van a la tumba.

El corazón se le detiene mientras el humano se acerca corriendo y le sostiene antes de que ella se caiga por completo.

Tallada en la piedra está el nombre de "Wulfric"…. El pecho se le parte en dos mientras jadea horrorizada.

Quiere gritar pero es incapaz de respirar. El humano intenta detenerla, ella lo hecha a un lado y corre hacía la tumba… no puede ser verdad. No puede… no quiere creerlo. No quiere.

— Wulf…. -Se aferra a la piedra mientras el dolor lacera todo su interior, se convulsiona de dolor por la perdida. No puede ser.- no… no… Wulf, soy libre… soy libre…. ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Estoy aquí… soy libre… ya no más… no, Wulf no. No…. Por favor… solo quiero verte… solo quiero verte, por favor…. Por favor, no…. No…

Entierra las uñas en la roca y coloca la cabeza contra la tierra. Quiere morir con él… no quiere seguir así. No así. Había tenido tantas esperanzas de una vida con él y su hijo… ¿por qué? ¿Porque?

No puede llorar más de dolor, esta seca y completamente muerta por dentro. Con la cabeza aún de la tumba sus lágrimas bañan la fría piedra, espera su muerte.

El humano se acerca a su lado, sus ojos son tristes y un poco lagrimosos. Es solo un humano, pero cuando se sienta a su lado deposita una pulsera de cuentas aún lado. Ella abre los ojos al ver aquella que Wul le había regalado y ella había tenido que devolver porque no se le permitía tener nada en su fría celda.

— El me hablo de ti. Dijo que eras la mujer más fuerte que alguna vez había conocido.

Ella niega, no quiere escuchar porque el dolor se hace cada vez más ahogante. El pecho destrozado, su corazón se aprieta y no puede respirar por el dolor.

— Él quiso ir por ti… pero no podía dejar a Wulfbez solo. Es un pequeño cachorro demasiado intrépido y temerario.

Ella lo mira.

— ¿Wulfbez?- susurra con el corazón un poco más vivo.- ¿Ese es su nombre?- pregunta encantada, un suave calor se extiende por su pecho al saber que su hijo está bien, y tiene un nombre fuerte lleno de vigor.

— Creo que lo has visto. Viene uno o dos veces a verlo al día…- el hombre mira a la nada, es joven pero se ve cansado- fue un buen padre… un gran guerrero. Nos protegió de muchos ladrones y nos ayudó en los tiempos más crudos. Muchos de nosotros no estaríamos hoy aquí sin él.

— ¿Cómo? ¿Cómo… él? ¿Cómo?

— La plata de este lugar. Lo mismo que te está matando a ti en este momento…. Pero él fue fuerte y testarudo, vivió ocho años con nosotros. Fue un buen hombre.

— ¿Y él? ¿Y Woulfbez?

— El enfermo poco al llegar, pero lo supero… se hizo inmune.

— Yo solo quería tener mi familia de vuelta- susurró- yo solo quería salir de ese infierno para tener a mi familia.

— Woulbez estará encantado de conocerte…

En aquel momento la simple realidad le golpeo. ¿Conocerle? Conocerle como la madre que lo abandono aunque ella no hubiera querido. ¿Conocerle como la madre que fue brutalmente violada por un vampiro? ¿Cómo podía conocerle? La vergüenza… el odio.

— No- susurró y negó. El humano le miro sorprendido.- él no puede saber…

— Pero él…

— ¿Qué sabrá un niño sobre lo que un vampiro le hizo a su madre?¿Cómo lo va a entender él? Aun no… él debe crecer, él entenderá algún día.

El humano no dijo nada… y cuando le sonrió y le ayudo a pararse. Pudo sentir una tranquilidad que no había sentido nunca.

— Yo lo cuidaré bien… es un buen chico. Y tu una buena licana y mujer.

— Yo mandare a alguien para que los ayude…. Yo no lo dejare solo.

El monje no dijo nada más y le ayudo en silencio a bajar la colina… cuando se despidió del humano, se despidió de todas las esperanzas que le habían mantenido viva hasta el momento. Wulf, su hijo, una familia…. Ahora solo quedaba su hijo. Y una vida buena que darle… pero sin ella.

Desde ese viaje, cuando llego al feudo de los Sions. Acepto el papel de comandante que se le había otorgado, y le conto a su amigo Sandrua que había ocurrido. Sandrua fue el único que sabía lo que ocurría y cada cuarenta días viajaba al monasterio para vigilar a Woulfbez y darles a los monjes todo lo que ganaba.

Sandrua conoció a su hijo, fue un mentor y un amigo. Sandrua era su vínculo con su hijo… y era lo mejor que podía darle.

Le duele todo, esta boca abajo en el suelo. Su boca sabe a sangre y eso le espanta hasta que el dolor se expande por su cuerpo. Gira sobre si y toca la herida en su estómago. Ha dejado de salir sangre, pero por el dolor, no es una pequeña herida.

Su oído comienza a funcionar y escucha el susurrar de un río. Su vista se aclara para ver el cielo oscuro lleno de nubes… ¿Qué? La noche había estado despejada… no habían nubes. Le crujen los huesos y nota que está casi desnuda, llena de raspones, sangre y moretones. La herida en su estómago es la más grave.

¿Qué había pasado? No recordaba nada más allá de aquel licano… el dolor le atravesó la cabeza enviándola de espalda por el retumbar de sus sienes. Logro volver en si unos momentos después ya más calmada. El lobo estaba quieto y su cuerpo a una temperatura normal. Algo había ocurrido, algo le había dejado herida y por lo que suponía por lo menos un día noqueada.

Se arrastra hasta el rio. La fresca agua le aclara la mente y le desentumece el cuerpo. Se para con cuidado y se quita lo último que podría llamarse ropa. Agradece las piedras alrededor, le ayudan a sujetarse mientras entra cada vez más. Se sumerge un poco para quitarse el lodo del cuerpo. Un rastro se sangre deja salir su herida. Una herida que con el sol, se imaginaba había ayudado a curar lo suficiente para no desangrarse. Se lava cuanto puede… cuando el crujir de una rama le llama la atención.

Se gira sorprendida, logrando zambullirse un poco.

— He escuchado que los licanos son realmente pocos perceptibles a los días de la transformación. Pero lo tuyo es un chiste. E estado detrás de ti desde que despertaste. ¿Sabías que estaba aquí y me estás dando un bonito panorama de tu cuerpo, o simplemente estas censurada de tus dotes normales?

Ella rueda los ojos al ver a Taillo. Allí parado a las orillas del río. Parece interesado en lo que ve, por lo que ella simplemente deja caer las manos dejando sus pechos al aire. Este suelta un siseo.

— Cúbrete- le gruño, aunque no le quita los ojos de encima. La mira con lascivia hasta que enfoca los ojos en sus caderas… en sus destruidas caderas.

— ¿Por qué?- pregunta y siente el veneno en su boca. En todo.- ¿Por qué no haces como tu amigo y tomas lo que quieres, No? Eso es lo que hacen. Es lo mejor que hacen.

El vampiro le mira y se retuerce hacía atrás. Como si acabara de darle una bofetada.

— Apúrate. Sale de allí, debemos volver al castillo.

— ¿Qué ha ocurrido?

— Preguntaras, ¿Qué no ha ocurrido? Bueno, lo primero… es que tengo a tu hijo. Y no lo niegues… es pegadito a ti.


¿Comentario? ¿Les gusta como va?

Nyla Susset: Sep, tenía una pareja y allí anda dando vueltas su hijo, ya no es secreto de nadie XDD…. Espero que este esté gustando, intentare subir cada quince días. Espero XDD. Cuídate y saludos.