XV Asalto: Destello de lobo

— He enviado a Jorking a avisarle a las granjas- le informo mientras entraba nuevamente en la sala de reuniones.

Witkim estaba con el sello familiar en la mano, acaba de cerrar una carta. Pero estaba con la vista perdida y el rostro ceñudo.

— ¿Qué te ocurre?- pregunto hasta quedar a su lado.

— ¿Recuerdas unos años atrás cuando se perdió el sello? No lo encontramos aunque yo insistía en que lo había dejado dentro de su cofre.

El asintió sin saber de qué iba esto. El sello se había perdido como por cinco días, y aunque él había insistido en que se le había perdido por borracho perdido, Witkim había jurado por los huesos de su madre que recordaba haberlo guardado.

— Mira- le tiende el sello.

Es un anillo de oro, Witkim no lo usaba porque las manos de su padre habían sido más pequeñas que las suyas y le estrangulaban los dedos. Wit lo guardaba dentro de un cofre resguardado. Al tomar el sello noto lo que su amigo había notado extraño. La textura estaba grumosa, como si estuviera descascarándose. Llevo el anillo hacía una vela y lo noto. Estaba pelado en algunas partes y color cobrizo le daba la bienvenida a una réplica.

— Asha me dijo que yo había enviado una carta informando de que no quería casarme con ella. Que tenía sello y todo.

Alguien había robado la joya del feudo. Si bien, con esta no se podía hacer realmente nada muy dañino. A gran escala hablando. Una carta mal intencionada a un pueblo más inexperto provocaría muy mala reputación. Para los asuntos reales, se necesitaba además del sello, la firma de Witkim y obviamente su presencia.

— De seguro fue Shoys- y él no refuto. ¿Quién más podría tenerlo? ¿Quién más haría daño de otra forma que ese sujeto?

— Tendrás que escribir esas cartas informado de esto a los aliados.

Wit soltó un largo suspiro y asintió. Pero se quedó quieto a medio camino. Ahora estaba colocando una cara de arrepentimiento, algo que obviamente no tenía nada que ver con el reino. Esa cara tenía nombre propio, y era el de su esposa.

No puede dejar de rodar los ojos. Humanos…

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Estaba tan adolorida que apenas respiraba. No se había aun movido demasiado, y había quedado en un estado de sopor que recién ahora, viendo el sol entrar por un raudal su conciencia volvía a ella. Recordaba estos estados de catalepsia. Con el vampiro los había tenido muchas veces. Su cuerpo y su mente se desconectaban, y aunque estaba despierta no sentía ni recordaba demasiado. Movió sus brazos, su cuello, enderezo su columna que crujió un poco. Poco a poco podía recordar el ruido. Recordó a Sandrua al amanecer, hablándole sin recibir respuesta.

Se levantó de golpe, pero sus piernas no funcionaron bien y callo de golpe. Adolorida espero unos momentos intentando volver a darle órdenes a su cuerpo.

Respiro profundo mientras una extraña sensación le invadía. Se habían ido, ya se habían ido. Marchado. Ya…

Logro salir de la bodega notando que el sol estaba más alto de lo que debería, debería ser ya pasado medio día.

Al primero que vio era a Janiel, que movía unos cajones hacía otra bodega.

— ¡Janiel!- bramo llamando la atención de los cercanos. El chico apareció a su lado en un suspiro.

— Se ve terrible, mi señor.

— ¿Dónde está Sandrua?

— ¿Sandrua?- pregunto este extrañado y mirándole sorprendido.- se marchó a primera hora. Con los huérfanos y dos hombres de Lord Taillo.

Ella cabeceo e intento respirar normal. Le hizo una venia para que se marchara. En aquel momento vio a Lord Witkim, Jorking y su ama un poco más atrás bajar las escaleras hablando rápidamente. Observó el entorno y se dio cuenta que había mucho más movimiento de lo que esperaba. Soldados iban y venían con provisiones, se escuchaba más que nunca los martillos de las alforjas, los típicos alegatos de las batallas de entrenamiento. Respiro profundo e intento concentrarse. Se dirigió a donde sus señores se habían detenido y hablaban con una Maerys algo triste. Ropa de viaje. Se marchaban.

—… seguiremos al sur- informó la mujer mientras Lord Witkim asentía.

— Gracias por vuestros servicios- informo Witkim mirando por el reojo a su esposa que le sonreía a Maerys un poco apenada. El bárbaro tenía una extraña aura aquel día, casi lastimera.

— Esto es para vos, mi señora- Maerys le dio un atado de hierbas que ella se quedó congelada cuando noto que eran. Miro a su señora y luego a Maerys quien le sonreía muy sincera.

— Espero que no sean nada perjudicial para mí- replico el Lord mirando con suspicacia las hierbas. Su ama se tiño de rojo al momento.

— Claro que no- respondió con la voz afilada- muchas gracias, Maerys. Que tu viaje sea seguro y lleno de beneficios.

— Siempre lo son, cariño- le guiño y se giró para verla.- Lord Shayr- replico está encantada acercándose a ella más relajada, estaba tranquila, por lo que no se puso en guardia.- espero que las cosas se solucionen- la mujer se quitó algo del entre sus pechos y se lo tendió. Ella lo acepto. Si la mujer tenía algo importante que esconder, eso estaba justo allí entre sus exuberantes dotes.

Eran hierbas de Repror, para los humanos una droga alucinante tan potente que hacía volverse adictos con una leve probada, para su raza eran una droga que usaban en combate. Esta misma había sido de ayuda para detener la flecha que el vampiro le había lanzado en su primer encuentro. Alteraba tan bien sus sentidos que notaba, sentía, olía todo a su alrededor. Ella lo guardo rápidamente con una reverencia.

— Gracias- dijo detrás de la máscara.

— Sé que te servirá- la mujer sonrió de lado coquetamente y luego le dio un abrazo tan fuerte que ella se sorprendió por la fuerza.- no dejes de luchar. Eres de esas cosas en este mundo que lo hacen llevadero.

Luego de ello la mujer fue a su carromato donde algunos soldados se despedían con largas muestras de dolor y promesas de encuentros a largo plazo. Las mujeres, sonriente se marcharon en una larga caravana de distintos colores. Volvió su vista a sus señores y luego fue directo al canasto que su ama escondía en su costado.

¿Era una broma, no? Algo, para el inminente futuro.

— ¡Shayr!- le llamo el bárbaro lo que hizo que le mirara y se acercara.- no sé qué has estado haciendo, pero te necesito.- ella asintió mientras su ama miraba hacia otro lado como si no quisiera mirarla, un suave sonrojo impregnaban sus mejillas.

— ¿Señor?- preguntó.

— Acompaña a Jorking, hay una pequeña, muy pequeña aldea hacía el norte que debe trasladarse con rapidez hacía uno de los pueblos cercanos. Son granjeros y necesitan un poco de seguridad para llegar.

Ella asintió y se marchó detrás del hombre. Cuando paso cerca de Asha se detuvo unos segundos en que la mujer le miro sonrojada.

— Luego hablamos- susurro esta.

Aun sorprendida y con una extraña sensación con el nuevo estado de su ama, se marchó detrás de Jorking.

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Witkim vio partir a sus hombres con un suspiro resignado. Debía pensar en sus aldeanos, debía ponerlos a salvo dentro de pueblos donde luego enviaría a suficientes hombres donde poder cuidarlos. Su castillo era demasiado pequeño para meterlos a todos, ni siquiera tenía un poblado que les rodeara como era lo normal. No cuando tenían el bosque rodeándolos. Es por ello que estaba llevando todo las provisiones posibles a sus bodegas. Así, aunque un sitio era algo increíblemente impensable, estarían a salvo. Se giró a su silenciosa esposa, y le sujeto la cadera con cariño. Esta envió un respingo y le miro sonrojada.

— Volvamos dentro, tengo que hablar contigo.

— ¿Qué sucede?- pregunta está un poco nerviosa. Pero no le responde, y le lleva a la sala de Guerra.

Taillo al fin se ha ido a descansar. La mujer se sienta y le mira con esos ojos dorados tan hermosos que él se queda mirándolo unos segundos embobado.

— Eres mi esposa.- le dice y se siente un poco nervioso- y sé, que no he sido él que querías.- Asha abre la boca para decir algo, pero él levanta una mano para que no le interrumpa- Pero lo soy ahora. Mis hombres te protegerán, mis tierras son tuyas. No sé… - suspira, y se imagina que esto es muy raro, en especial para él, que desde hace algunos años que no tenía que hablar con ninguna mujer más allá de los que quería. Su hermana se había ido, y no la veía tan seguido…Gracias a Dios.- cuando te vi por primera vez, eras una niña, pero decidí que serias mía. Tu hermano rompió el compromiso por el cual con tu padre por mucho tiempo pase ayudando con mis hombres, mi dinero y mi poder. Mi… - se calla, respira, se le hace un nudo en el estómago- te consideraba mía, por lo que había hecho por tu familia.

Asha le mira con el cejo fruncido, es obvio que quiere hablar, pero él aún no se lo permite. Necesita decirle esto.

— Sé que ha sido difícil. No es la vida tranquila que esperaba darte. Ahora con la guerra, la muerte de tus hombres, el peligro de los que alguna vez fue tu pueblo.- cierra los ojos. Dios. Esta tan rojo y acelerado que se le va a salir el corazón por la boca. Quiere decírselo. Quiere dejar claro esto. Quiere… dios, la quiere a ella.

— Wit… - murmuro Asha mientras se levantaba cuidadosamente.

— Cuando esto acabe.- habla rápidamente antes de que sea interrumpido. Necesita escapar de allí, siente que se cocina en su propia ropa, aire, necesita aire. No sabe porque se le ha ocurrido decirle esto, esto ahora. ¿Por qué? ¡Ho Dios! ¿Por qué no se quedaba callado? Dios… pero debía… por una vez, decir esto, rápido… y escapar- Cuando vuelva. Quiero que tengas en mente lo que vas a hacer, porque te daré la libertad de volver a tu castillo. Piénsalo…- tan veloz como podía se escapó hacía la salida.

A punto estuvo de abrir la puerta, cuando escucho el sollozo. Se le partió el alma, y cuando se giró para verla. Lloraba a lágrima viva, pero sonreía. Lo que lo dejo tan congelado que no sabía qué hacer.

— ¿As… - se quedó callado cuando la mujer corrió hacía él. Lágrimas y sonrisas… ¿Qué era eso?

— Estoy embarazada- le suelta mientras él le aferra por la cintura y el impulso lo manda contra la puerta.

La aferra con fuerza mientras las palabras le invaden. Embarazada. Embarazada… Asha está embarazada. De él. De él. El mundo le dio vueltas alrededor, y sintió las piernas flojas. Soltó un leve jadeo mientras se derrumbaba.

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Gracias a Dios, avanzaban rápidamente. Era una docena de soldados, Jorking había tomado los caballos más rápidos y habían partido sin demora alguna.

Habían avanzado unos buenos kilómetros cuando comenzaron a detener la marcha. Ella observaba alrededor con sus sentidos al aire. El bosque estaba bien, nada peligrosos cerca. No había ruidos ni ráfagas de olores desconocidos.

Lamentablemente no había ido nadie de sus hombres, por lo que los soldados le miraban detenidamente cuando ella retraía un poco el nervioso caballo para oler la fría brisa de invierno.

Llovería, eso no había duda.

Avanzaron un poco más cuando llegaron al pequeño poblado. Eran casi una veintena de granjeros con sus esposas y embutidos hijos en ropaje. Había carretas y los viejos caballos esperaban impacientes la marcha.

Ayudaron a montar a las mujeres en los carros, y los granjeros bien a pie o a caballo se dispusieron a comenzar el largo trayecto.

Ella se mantenía en la retaguardia. Sería un largo, largo trayecto. Si bien llegarían entrada la noche si es que el aguacero no hacía que se detuvieran poco más allá de mitad del camino.

Sandrua y su hijo debería de ir a medio trayecto ya si iban a paso normal. Si no, mañana en la mañana seguramente Sandrua llegaría al castillo.

Eran casi un día de trayecto liviano el territorio de los Freedor. Si Sandrua hubiera marchado solo estaba seguro que los hubiera ido a dejar directamente al Monasterio. Pero iba con hombres de Taillo, y estaba segura que se había recalcado sus órdenes.

Jorking llegó a su lado. Si bien con el hombre no había hablado demasiado. Lo tenía como un buen guerrero, y noble hombre.

— Lloverá en cualquier momento- comentó. Ella miro el cielo encapotado, una ínfima ráfaga de olor le golpeo.

Se levantó un poco la máscara, solo un poco para que el aire se introdujera. Humo. Humo de aceite. Miro a Jorking un momento y adelanto su caballo hacía el principio de la caravana con Jorking a su paso.

— ¿Qué sucede?- le pregunto.

— Humo de antorchas.

Si hubieran sido sus hombres, obviamente habrían aceptado este hecho con rapidez preparándose para batalla. Pero los hombres que iban ahora con ella, no se detuvieron y siguieron delante. Jorking apenas si levanto una ceja y le dio una orden de volver a la retaguardia.

Sabía que esto iba a ser difícil. La noche ya caía, quedaba demasiado camino. Y estaban en mitad de la nada. Shoys seguramente había mandado avanzadas para cerciorarse que los aldeanos no llegaran a los pueblos por protección. Asesinar y robar a cualquier que pillaran en el camino, era una táctica de presión y simplemente forma parte de las táctica de guerra.

El olor era ahora más nítido. El olor a aceite era una clara pista de que tenían arqueros. Así, si venían en caravana se limitarían a quemar cualquier transporte de madera.

Fue hasta su posición. Y verifico con algo de tranquilidad que las mujeres y niños más jóvenes iban en esa carreta. Dos muchachas de unos quince años serian, como siempre, presas de guerra. Algo que ella no toleraba, nunca. Otros tres niños iban en la misma carreta. En silencio tomo una tela y se acercó a las dos muchachas.

— Tapaos- le ordeno. Las dos chicas le miraron con enormes ojos asustados y asombrados, tomaron la tela en silencio sin saber mucho que hacer.- recostaos, y escuchad lo que escuchéis no salgáis. Esconded a los niños debajo también.

— ¿Qué sucede?- pregunto una de ellas y comenzó a buscar, se imaginaba a su padre que iba mucho más adelante.

— Hacedme caso- le dijo de manera más suave. Esta volvió a mirar nerviosamente pero se agacho cuando uno de los pequeños le abrazo.

— ¿Qué haces?- pregunto uno de los soldados. Ella se limitó a mirarle detenidamente. Ni cinco segundos después bajaba la mirada y se adelantaba rumiando.

Los grillos ya no cantaban. Y están en la espesura del bosque. Miro alrededor y noto las botas marcadas en el fango a un costado del camino, nítidas por las hojas del bosque.

Una docena si no es que menos. Pocos para ellos, pero ocultos en la espesura eran un problema.

Estaban allí a poco menos de cincuenta metros. Amarro a su caballo a la carreta y se deslizo por la espesura siguiendo el rastro.

Sus sentidos se expandieron rápidamente. Habían dos en los árboles, y los otros esperaban entre la maleza. Tomo sus dagas y sigilosa se deslizo hacía el primer arquero. Hombres de Shoys.

Lo silencio con un corte en la yugular. Suave… limpio, deslizándose como un animal de caza.

La sangre humana se expandió por sus manos, su lobo tomo control en sus sentidos. Compartiendo la conciencia se deslizo en busca de más presas.

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No podía oler el famoso humo. Pero sabía que no podía tomar en vano las palabras de quien era un gran guerrero. Concentrado a su alrededor podía apreciar como poco a poco la oscuridad se cernía sobre ellos.

Avanzaron un trecho cuando el ruido de los grillos había disminuido. Se giró para ver a Shayr y ver que su caballo estaba amarrado a la carreta, pero él no se veía en ningún lado.

Levanto un brazo deteniendo la caravana.

Lo primero que sintió fue el grito de dolor de uno de los granjeros cuando una saeta le atravesó la pierna. Los gritos de los granjeros fue lo que más caos armo mientras se bajaban e intentaban protegerse del inminente ataque.

Los soldados se posicionaron, cuando una segunda saeta muy mal dirigida choco en una rueda.

Dos hombres de Shoys saltaron desde los árboles, uno de ellos cayo poco después de salir cuando algo plateado le golpeo en la espalda. El segundo fue reducido por uno de sus hombres.

Se quedaron quietos, esperando más guerreros. Escucharon gemidos de dolor y luego, tomándolo por sorpresa, algo cayó desde uno de los árboles. Observaron consternados, la figura agazapada allá arriba.

Fue un momento paralizante.

Sobre la rama, apenas si se veía, pero aquella mascara parecía destellar un poco dándole un aspecto de lo más demoniaco. Con dos movimientos rápido guardo sus famosas dagas, y bajo tan equilibrado sobre las ramas que parecía que caminara sobre tierra.

No tenía que ver a sus hombres para saber que estaba tan sorprendido como él consternado.

— El humo viene de unos cincuenta metros. Su guardia, me imagino. No sé si habrá más hombres, pero no escucho nada. Deje unos vivos por si te interesa hablar con ellos.

Su caballo se puso nervioso de golpe, como si hubiera estado hipnotizado por la elegancia de un depredador. Fue solo un momento en que vio los ojos de este. El azul oscuro casi negro tenía un brillo dorado. Aunque desapareció de inmediato.

— ¿Qué eres?- preguntó casi por inercia.

— Shayr, Lord Jorking.- le hizo una venia y se alejó. Él pudo apreciar en los cintos las dagas ensangrentadas. Se detuvo un segundo para quitarle la daga a aquel que había caído poco después de aparecer en el claro. La limpio con la bota y se la resguardo en el muslo.

Sus hombres le miraron tan sorprendidos como asustados. Envío algunos a verificar los enemigos vivos y otro grupo para ver el campamento. El flechazo al granjero había sido limpio, así que no demoraría mucho en curarlo.

Se acercó a Shayr caminando mientras dos jóvenes sorprendidas y se podía imaginar ilusionadas ayudaban al hombre a limpiar las dagas enrojecidas.

— Eso fue temerario de su parte- le replico.

— Cuando se huele humo de aceites en un camino que debería estar desierto, es porque hay fuego para flechas. Además las huellas se veían a un costado del camino.

— Debió de avisar inmediatamente.

— Si la caravana se hubiera detenido hubiera llamado de inmediato la atención de quienes nos acechaban.

— En ese caso avisarme solo a mí.

— ¿Y me hubiera creído?- preguntó este enderezándose y mirándole con detenimiento. Algo en su cabeza le dijo que no, no lo hubiera hecho- estos ya no son mis hombres, si lo hubieran sido, nos hubiéramos preparado para un ataque en conjunto en el primer momento en que sentí algo. Pero no lo son, y ahora saben que si siento, huelo o veo algo es cosa de preparase inmediatamente.

El no pudo refutar aquello, aunque le molestó bastante ese hecho en sí.

— No soy un caballero, Lord Jorking.- le hizo una venía a las jóvenes para que se marcharan- pero obtuve el respecto de todo un feudo porque gracias a mi los ladrones no llegaban a nuestras tierras. Los estafadores no escapaban sin represalia y mis hombres valen por media docena en planicie.- él acepto aquello con detenimiento. Shayr nunca hablaba demasiado, y aquello le asombro un poco. La curiosidad supero su mal humor.

— ¿De dónde vienes?- le pregunto directamente. El joven, se imaginaba que era bastante joven por sus movimientos más elegantes se enderezo y le miro detenidamente- conocí alguna vez al antiguo capitán de la guardia de los Sions. Un gran guerrero, pero no como usted. ¿Por qué él no le nombro caballero?

— Vengo del norte, más allá de las grandes ciudades de la costa. ¿Y porque no fui nombrado caballero?- pregunto y le vio en aquel momento con la mirada un poco perdida- porque mi casta no lo permite.

— ¿Tu cas…

— ¡Lord Jorking!- grito uno de sus hombres mientras traían a cuatro guerreros atados y ensangrentados. Uno de ellos se removía tanto que parecía que le estuvieran pinchando con muchas agujas.

Con la mente un poco confusa dejo la conversación y se acercó a los presos. Había dos jóvenes que parecían a penas un poco consientes por la pérdida de sangre. Otro de ellos, con la cabeza baja tenía tres cortes en las piernas. Cortes para impedir el escape y sumamente dolorosos.

— ¡Malditos hijo de perra!- gritaba el que quedaba aun con suficiente fuerzas.- ¡Por la sangre de mis ancestros os matare a todos y bailare sobre vuestras tripas! ¡Primero los lobos y ahora ustedes so miserables!

Fue como esa sensación de peligro al estar frente a frente a un león de montaña. Shayr le paso por un lado acercándose al hombre.

— ¿Qué lobos?- preguntó este agachándose un poco. El sujeto dio una larga risa grotesca y algo asmática.

— ¿Qué te importa lo que hicimos con esa manada de sarnosos?- pregunto- demonio.- respondió luego.

— ¿Qué manada? ¿Una que paso esta mañana?

El humano se rio encantado como si le hubiera dado donde más le dolía a Shayr. Los lobos. Taillo le habían dicho que viajaban con los huérfanos, sorprendido había quedado cuando supo que sí, de verdad, los lobos habían marchado con los huérfanos. Jóvenes que habían sido llevados a las fronteras por el amigo de Shayr, Sandrua.

Con un movimiento rápido digno de un rayo, Shayr saco una daga y la posiciono sobre el ojo del viejo.

— Habla, o te dejo ciego.

— Inténtalo. No hablare. Parece que no puedes aceptar, Lord Shoys tendrá bonitas pieles… y un par de cabezas sobre estacas esta noche.

Shayr se levantó con la daga en la mano. Cuando le miro detenidamente, a él volvió pasarle una escalofrió por la espina.

— ¿Lord Jorking?- le pregunto increíblemente tranquilo a pesar de sus ojos turbulentos- ¿Sabe cuáles son las vértebras habladoras?- le pregunto mientras se giraba a la espalda del hombre.

— No.

— ¿Quiere conocerlas?- pregunto colocando una pierna en el suelo, una daga y rompió el cuero y le tela con facilidad. Dejando una espalda embarrada.- sujétenlo- le dijo a los dos soldados que le hicieron caso de inmediato.

No sabía lo que estaba haciendo, pero se quedó observando las manos de este. Que para ser manos de hombre eran bastante delicadas, con largos y finos dedos que se movían por la columna de un bramante hombre. Se detuvo un poco más arriba de la mitad de la columna y sacando una daga, hizo un breve corte, la sangre escurrió por la espalda de este. El hombre pego un respingo, pero se silenció como si se sorprendiera de algo. Shayr le miro mientras, con uno de los dedos se introducía en la herida.

El hombre se convulsiono con fuerza como si acabara de pegarle una patada, respiro profundo, agitadamente.

Él miro sin comprender que estaba haciendo.

— Tírele levemente el pelo, Lord Shayr, y veremos cómo canta.

— Tú bastardo, demonio. Aléjate de mí. Hijo de puta, ¡Aléjate de mí!

Hizo como le había dicho Shayr, y dio un breve tirón. Solo uno breve, tan suave que ni siquiera a su yegua le había tirado la crin tan despacio.

El grito que resonó en la noche habría despertado a los muertos. El hombre se retorció en jadeos, maldiciones y llantos mientras su guardias incapaz de retenerlo lo dejaron retorcerse mientras Shayr le ponía una rodilla sobre la columna. El hombre seguía llorando, convulsionándose y ahogándose.

— ¿Qué le has hecho?- pregunto tan sorprendido por aquello.

— Estas son las vértebras del dolor. Un suave contacto e intensifica los más leves golpes. Tanto, como si ese pequeño tirón de pelo se modificara en romperle las piernas con un mazo.

Él se sorprendió demasiado. Iba a ser otras preguntas pero Shayr ahora se inclinaba sobre el gimiente hombre con un tono de voz espeluznante.

— Habla, y te soltare. En cualquier momento comenzara a llover. ¿Sabes lo que es eso?- le pregunto y se inclinó un poco más sobre el hombre- cientos de golpes como agujas hirvientes sobre cada parte de su cuerpo, golpeando… una y otra, y otra vez.- susurro tan bajito, y en un tono tan amenazador, que se le erizo todo el cuerpo.- ahora….

Las primeras gotas comenzaron a caer, y por ende… los primeros gritos.

Había estado encargado de muchas torturas en sus años anteriores. Pero jamás habían sido torturas como las que se escuchaban en el sur. Quemar, desmembramientos, laceraciones y tantos otros. Se limitaba a poner a los hombres al límite, bajo sed, o hambre… nada como lo que hacía Shayr en ese momento, sin temblarle la mano, directamente sobre las terminales nerviosas de su presa.

La suave lluvia caía sobre el hombre, quien se retorcía, gemía y lloraba… suplicaba. Hasta que el hombre, Shayr ya cansado le enterró la mano en el hombro.

— Detened esto, por favor. Hablare, hablare, por favor, por favor- él se mantuvo detrás mientras su hombres, sin moverse observaban como Shayr levantaba al hombre quitándose de su espalda.

— Habla- siseo con una voz gutural.

— No muy lejos, otro de los hombres hablaron de ver a una pequeña carabina con lobos acechando. Ellos lo dejaron pasar porque eran una gran cantidad y se necesitaban más hombres… hombres que se encuentran ya cerca. Es todo lo que sé, por favor, es todo lo que se.

Shayr lo dejo caer con fuerza sobre la tierra lodosa.

Bajo la oscuridad que se cernía sobre ellos ahora. Bajo las pequeñas luces que los granjeros ponían a disposición observo la alta figura. Allí, parada, en silencio.

Algo rudo, violento desprendía de su presencia. Él podía sentir su cabello erizándose. Sus hombres a penas si respiraban.

— Lord Jorking- susurró este con la misma voz gutural. No se giró a mirarle, y por un extraño momento espero que no lo hiciera.- debo irme.- fue un susurro cargado de sentimiento. Shayr fue por su caballo, él dio un paso para detenerlo, no podía permitir que se marchara así como así.

Ni siquiera lo toco, pero cuando Shayr se giró para verlo se paralizo de terror.

Esos ojos no eran humanos, no podían ser humanos.

El azul había desaparecido extendiéndose hacia afuera. El dorado se extendía con vetas. Eran los ojos de un animal. Los ojos de un asesino natural.

Eran los ojos de un lobo.


¿Comentario, por favor? alimenten a esta pobre escritora ;-;

Ya, creo que desde el proximo cap me pondre con el drama :D como me gusta XDD asi que por favor, yo sé que hay personas leyendo. Un minimo comentario para saber si os gusta o no :D