XVII Acto: Refugio


Entra en la habitación con rapidez.

Sus ejércitos le esperan, el amanecer es inminente y las cosas se complican minuto a minuto.

Shoys mueve a sus hombres, y él a los suyos. Sus vasallos se reúnen para la batalla, los aldeanos se ocultan en sus pueblos esperando. Sus hombres esperan… ansiosos, listos para la batalla.

Taillo no ha vuelto y no sabe si alcanzará a buscar refugio del sol como debe. Cosa que le tenía sumamente preocupado, además de su aliado era su amigo, lo último que quería era verlo estallar en llamas.

Pero al entrar en la habitación todos esos pensamientos se esfuman. Asha está allí con los ojos levemente lagrimosos y moviendo nerviosamente las manos.

— Debo partir ya- le informa sin saber exactamente como moverse.

Pero no necesita hacerlo, porque su esposa estalla en llantos y se le lanza encima con fuerza, medio tambaleándose y chocando contra la puerta.

— Cuídate.- susurra sujetándolo con fuerza.

Él respira con fuerza extrañamente conmovido, Asha nunca se había mostrado especialmente afectuosa. Sabía que le quería, de alguna extraña forma. Pero a pesar de todo y de las burlas de Taillo era él quien tenía más detalles con ella. Cosa que no le molestaba, no cuando había sido criado con una hermana realmente sobreprotectora y especialmente agobiante, a la que le había cumplido todo cual deseo quisiera –como casarse con un nómade-. Así que ser así con Asha no le molestaba, ni a sus hombres que estaban acostumbrados.

— Lo hare- susurra y la chica se retira unos centímetros. Sus ojos dorados están brillantes por las lágrimas y cuando le toma del rostro acariciando sus finas facciones, sabe que ha hecho bien, que ha decidido bien.

Es Asha quien se pone de punta y le toma el rostro para besarlo. Un beso profundo y lleno de sentimientos. Cuando se alejan con la respiración pesada se promete volver… como sea. Se pone se cuclillas y toma el aun plano estomago de su esposa. Le da un suave beso a su hijo nonato y se levanta con cuidado por la pesada armadura.

— Volveré, lo juro.

— Más te vale, bárbaro. Ho iré a buscarte.

Él sonríe y se marcha. Porque le duele dejarla pero es su promesa la que va a cumplir.

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Taillo se mueve levemente encorvado, sus manos dejan caer la sangre de los soldados asesinados y su boca sangrante mostraba sus dos pares de colmillos blancos como el marfil.

Se quedó petrificada entre el recuerdo de Vishous y el temor en si de un asesino con fuerzas restauradas.

Una puntada en el estómago y una arcada con sabor a sangre le hace caer apoyándose en una rodilla. Sus pulmones se contraían y el dolor comenzaba a atenazar todos sus órganos. Respira en cortas y pequeñas aspiraciones sin quitarle la mirada de encima al vampiro.

Sus ojos diamantinos se apagan un poco y el negro vuelve a tomar el control. Le mira por largo rato hasta que levanta la mirada hacía los chicos sobre los árboles y Jarek que está en cuclillas entre Sandrua y Woulfbez.

— Tienen que moverse.- les anuncia el vampiro mientras se encaminaba dentro del claro.

— Sandrua y Woulfbez están heridos. No pueden moverse- es el joven quien habla y se le acerca con cuidado.- ¿Esta bien?

— Solo déjame un minuto aquí- responde ahogadamente.

— Los hombres de Shoys se reagrupan. Pronto los demás soldados en el interior comenzaran a llegar por estos caminos. Tienen que moverse ahora.

— No podemos….

— Subidlos sobre caballos- ordena molesto el vampiro.

— Moverlos los mataría…

— Muertos estarán ustedes en pocas horas.

Ella respira profundo concentrándose en sus fuerzas se pone en pie de manera tambaleante. El vampiro está un poco más relajado si se le puede decir de esa manera, por lo que logra mover su mente en sus necesidades momentáneas.

— Hacedle caso- gime de pronto Sandrua.- Lan, ve a buscar los caballos.

— Pero Sandrua…- susurra Drue.

— Vayan chicos. Tenemos que movernos.

— Estás herido- le recuerda Jarek.

— Hacedle caso- ordena ella con el corazón comprimido.- Traed los caballos, Jarek ayúdame a hacer un par de camastros.- Sandrua intenta incorporarse- ¡Quédate quieto!- le gruñe, a lo que el humano le mira con el entrecerró fruncido.- hazme caso, humano o te noqueare- su amigo rueda los ojos y se estira en el suelo.

No se demoran mucho en hacer dos camastros simples. Los jóvenes terminaron de hacerlo ya que ella había comenzado el periodo de desintoxicación, y sus manos no dejaban de temblar, como su vista perderse y sus sentidos apagarse hasta solo escuchar un desagradable silbido en los oídos. Quería vomitar, pero las arcadas solo le hacían lagrimear los ojos ante su estómago vacío. No podía ver a Taillo o verlo donde se encontraba. Tal vez hasta ya se había marchado.

Fue en el momento en que vio a Jarek tomar a su hijo con cuidado en que se obligó a reaccionar un poco.

Habían hecho un buen trabajo, mejor de lo que esperaba. Habían amarrado y redirigido dos caballos uniéndolos por las sillas, así no podrían separarse, ni a las dos camillas sobre estos.

Sandrua estaba medio sentado pero se recostó de inmediato mientras lo veía tomarse el pecho y soltar adoloridos quejidos.

Intento ponerse en pie, pero sus piernas flaquearon y cayó de rodillas. Lan se apresuró hacía su lado y le ayudo a erguirse.

Jarek tomo a Woulfbez con delicadez y lo deposito sobre el caballo. Su hijo emitió un breve gemido pero siguió desmayado.

Fue mientras daba un par de pasos hacía los caballos cuando noto la claridad en el suelo, y su pecho, extrañamente, se congestiono.

No podría haber sido menos disimulada aunque hubiera querido. Se giró buscando al vampiro, y lo vio parado más allá.

Tenía una serie de pergaminos en sus manos y un par de baúles a sus pies, pero su cabeza estaba en dirección al Oeste, con el rostro contraído como si oliera algo especialmente asqueroso.

Se soltó de Lan y dio dos temblorosos pasos hacía el sujeto, quien giro sus oscurecidos ojos hacía ella.

— Amanece- su voz suena carraspeada, el vampiro le muestra brevemente los dientes ante su obviedad.- ¿Dónde vas a protegerte?

— He cabalgado tres horas a punta de vuelo de cuervo hasta aquí, licántropa. ¿Dónde crees que me voy a proteger?

Morir, ¿El vampiro iba a morir?. Imposible. Increíble. Una excusa, una burla.

Eso era imposible. No porque le importara, sino porque le había salvado, el realmente les había salvado. El vampiro le ignora, termina de enrollar los pergamino mientras se acerca hacía los jóvenes que se engrifan un poco ante la presencia que no había tenido ninguna decencia de limpiarse la sangre seca de las manos ni la barbilla.

— Estos son dos mapas de los caminos que tomaron las avanzadas. Dáselas a Witkim cuando lleguen con ellos. A medio día hacía el suroeste se encontraran con la primera guardia. De allí entrégasela a quien este al mando de mi parte.

Jarek toma los pergaminos sin hacer ninguna pregunta mientras sube a uno de los caballos.

Los primeros cantos de los pájaros la ponen extrañamente nerviosa, aunque el vampiro no parecía ni un poco preocupado. Debía tener algún lugar donde ir, ¿No? Estaban… estaban a unos veinte minutos a pie del vado de Ribeshul, donde uno de los brazos del rio grande atravesada el reino de Shoys. Y donde en su afán de soledad había encontrado la cueva detrás de la cascada. Una antigua cueva que había servido para una familia de osos.

Los jóvenes le miran unos segundos esperándola, pero les hace un movimiento con la cabeza para que marchen. El mayor asiente y toma las riendas de los caballos para comenzar a llevarse a los dos heridos. En el límite del bosque estaban los lobos que antes de perderse del bosque, se le quedaron observando con agradecimiento.

Ella se gira para ver al vampiro, este está muy sentado sobre una roca observando una cartera de cuero donde sigue sacando una gran cantidad de pergaminos. Solo puede mirarlo treinta segundos cuando la niebla del amanecer comienza a aparecer.

— ¿Tienes una cueva donde esconderte, no?- le pregunta mientras toma una rama como bastón. El vampiro le ignora.- ¿Tienes donde ocultarte, no?

— Licana, estas solo molestando. ¿Por qué no te largas?

— ¿Dónde vas a esconderte?

— Lárgate- le sisea y le muestra sus crecidos colmillos.

— ¿Dónde vas a esconderte?- pregunta otra vez. El crepúsculo. Nota el vampiro dejar los pergaminos en paz y sentarse para mirar el cielo. No había esperanzas ni temor, un acto cobarde. Era un jodido cobarde - ¿Vas a dejar a Witkim solo?

— Witkim es muy capaz de proteger su reino solo.

— ¡Pero eres su amigo!

— Lo soy, pero él lo comprenderá.

— ¿Qué comprenderá? Que te suicidaste.

— Dios, eres un chucho molesto. Déjame en paz.

Ella rabea, suelta el bastón y se dirige al caballo, el cual taconea nervioso por su presencia, pero lo tranquiliza con un movimiento rudo. Le cuesta un poco respirar. La humedad se elevaba la niebla ya cubría todo. Quedaban unos quince minutos de oscuridad antes de que los rayos del sol comenzaran a aparecer sobre la húmeda tierra.

Por un momento, solo por un momento piensa dejarlo allí para que se funda en llamas. Pero no puede, no puede y gruñe y rabea consigo misma. Podía ser libre de ese asqueroso vampiro, pero le había salvado a ella, a su hijo. Por su hijo, solo por él. Maldito sea.

Mueve su caballo tan cerca del vampiro que este le mira con odio.

— ¿No puedes dejarme morir en paz?- le pregunta con rabiosa amargura. Ella le gruñe en respuesta.

— No seas cobarde vampiro. Súbete.

— Dios, debí haberte dejado muerta cuando pude.

— Pero no lo hiciste. Así que su-be-te – le gruñe, pero el vampiro le pega una palmada al caballo haciendo que este se desbocara hacía adelante, lo arreo con fuerza y se volvió a girar.

— Eres un asqueroso cobarde, ¿No es así?- le pregunta con un deje de amargura.- eso es lo que eres, nada más que un cobarde.- el vampiro no le mira pero puede ver cómo le muestra levemente los dientes.

— Tu vida mortal es eso, una simple vida que algún día acabara. Para mí, eso no tiene sentido ni control. Witkim siempre lo ha sabido, que algún día de alguna manera desaparecería. Salve el chucho de su esposa y le entregue los caminos de los infiltrados. Con eso, y un poco de suerte tendrá todo bajo control.

— No eres más que un cobarde.- vuelve a acercar su caballo hasta el vampiro.

— Que sabe…

— Pues algo sé. Mi Paris está muerto. Mi hijo no me conoce. Y llevó sobre los hombros los cientos de recuerdos de un vampiro violando a una niña de trece años. Claro que lo sé.- le gruñe y se inclina un poco sobre este agarrándole la cota de malla con una extraña amargura- acepta tu destino vampiro. Tu raza ha estado en este mundo para convertirlo en un infierno, pero para eso estamos nosotros… para recordarlos.

Para estar tan adolorida como estaba, no puede creer que haya levantado al vampiro y que este realmente se haya montado. Pero no pierde tiempo y no se detiene a escuchar los gruñidos de este mientras deja que su caballo se interne en el bosque con la única esperanza de que el sol no salga aún.

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Había comprendido su problema mucho antes de llegar al encuentro de la licana.

Pero a pesar de todo… por alguna extraña razón, no le había importado. Había encontrado información preciada, con la cual no llegaría a mostrársela directamente a Witkim y debería ser entregada por alguno de los mocosos que partirían pronto.

Fue cuando sintió el primer canto de un ruiseñor cuando noto la desaparición de las estrellas y fue cuando comprendió lo que estaba haciendo.

No quería morir. No quería convertirse en cenizas y estallar en llamas. ¿Pero? ¿Qué más le quedaba? Su vida había sido siempre tan monótona. Witkim había sido su única fuente de entretención por muchos años. Él y la loquita de su hermana. Luego había llegado esa extraña obsesión del chico por su ahora esposa y su entretención había decaído. Luego la licana, a la cual le había encantado molestar de todas las formas posibles, por el simple hecho de encontrar la adrenalina de un combatiente natural, hasta que se había enterado de su pasado.

Aburrido. Su inmortalidad era aburrida.

Podía comprender este estado, había sido testigo y había escuchado muchas veces que los non-purix como él simplemente se aburría de su vida y dejaban que las cosas ocurrieran. ¿Qué le pasaba a él? Aburrimiento. Deceso. Cansancio. No lo sabía.

Hasta que la licana había metido su nariz. ¿Qué acaso no se estaba muriendo? A él, realmente poco le importaba. Podía reconocerle sus méritos, su poder, y sus ansias de vida. Jamás se lo diría. Pero que le dejara en paz…

¿Cobarde?

Una molestia andante.

Fue cuando esta le agarro de la cota de mallas y le hizo mirarle cuando encontró una sensación nueva en esos ojos azules. No, no una sensación, si no, ¿La licántropa estaba preocupada? ¿De verdad? ¡¿Por él?! O por todos los diablos en el infierno, ¿De verdad? Esto tenía que verlo. Tenía que ver que haría por él. Esto no se lo perdería por nada del mundo.

Así que simplemente se dejó llevar por esta.

Y su cabalgata del demonio.

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— No hay noticias de Lord Taillo, señor- le informa uno de los primeros escuderos de sus vasallos.

El sol está a punto de salir. Maldición.

— ¡Sigan el camino! No nos detendremos hasta llegar al límite de mi territorio- ordena. A lo que sus soldados sueltan un gruñido de satisfacción.- ¡Jorking!- llama a su hombre quien se acerca rápidamente con una serie de hombres detrás.

— Ya los tengo listos. Empezaran el barrido en el primer momento en que salga el sol.

— Atrapad a todo aquel que desconocido, liquidadlos si pelean mucho- Jorking asiente seriamente.

No tiene el tiempo ni a los hombres necesarios para estar tratando con prisioneros problemáticos. Por la razón o la fuerza.

— ¿Janiel y los demás?

— En la avanzada esperando instrucciones.

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Una carrera suicida eso es lo que era. Con las riendas apretadas le daba órdenes directas al caballo para que no se desviara ni detuviera su marcha. El vampiro a su espalda a penas si le emitía algún gruñido cuando hacía un movimiento realmente brusco, pero era lo mínimo.

Había reconocido los terrenos y eso preocupada, se notaba en el camino que habían creado alguna ruta de seguridad, por lo que habían de haber guardias por allí.

Sus sentidos aún estaban apagados por lo que solo su vista era la que mantenía alerta. Su cuerpo era otro caso, estaba dejando de funcionar de apoco, sus piernas habían sido las primeras en dejar de hacerle caso, subía por sus caderas, por lo que tenía que tensar la mandíbula con fuerza para no dejar escapar el dolor que aquello le estaba provocando. Estaba sudando de lo lindo y podía sentir un poco de fiebre por su cuerpo llevado al extremo. Y aun así, mientras veía por el rabillo del ojo como el aquel cielo azulado cada vez más brillante no podía creer que estuviera involucrándose en suelo enemigo para salvar a un vampiro. ¡A un maldito vampiro!.

Estaba a dos minutos del rio, podía escucharlo, podía sentirlo en la humedad, en el color de la flora y el clamor de las ranas. Debían pasar un breve claro más adelante cuando la mano del vampiro salió por un lado deteniendo el caballo con fuerza.

— ¿Qué haces?- le pregunto enojada girándose.

Se sorprendió cuando aquellos ojos negros, no eran negros, sino de un pálido gris nublado. Como los ojos de un ciego.

— ¿Vampiro? ¿Qué?

— Soldados, ¿Qué no los sientes?- le pregunta con un gruñido. Ella no puede detectar un olor, todo se le confunde.

— ¿Hacia dónde?- le pregunta y este le muestra brevemente los dientes y gira el rostro hacía adelante.

— Maldita sea.

Los puede ver. Mucho más lejos de lo esperado pero si pasaban por el claro serían obviamente visto.

El vampiro suelta un siseo y se lleva las manos a la cara. Ella observa aterrada como los primeros rayos del sol comienzan a verse claramente sobre las copas de los árboles.

Se saca la capa con un movimiento brusco y se lo lanza encima, no lo piensa más, no lo piensa exactamente. Utiliza sus muslos para apretar su caballo que con un relincho adolorido salta hacía adelante, hacía el claro.

Su corazón explota mientras escucha a los guardias gritarles en su idioma.

El sol le golpea la cara y huele y siente el olor al humo, a carne quemada.

Una flecha le roza la cabeza, y la segunda le raspa la pierna.

Puede escuchar el ruido de la cascada.

A los jinetes yendo detrás de ellos.

El olor y el ruido de los siseo del vampiro se hacen más potentes y eso le pone el corazón a mil.

Están en la parte más alta de la cascada, allá abajo por el agua turbia de los días de invierno y su única esperanza de salvar al vampiro. Otra flecha pasa demasiado cerca. En un movimiento rápido pone al caballo de costado, se gira para ver en un segundo el bulto vaporoso, no espera su confirmación, lo agarra con fuerza del pecho y lo lanza hacía abajo.

Por un momento puede ver las llamas y su cuerpo lánguido.

Por un momento se asusta de no haber llegado a tiempo.

Cuando este choca con el agua, puede verlo por un segundo mientras se hunde en las oscuras y frías aguas. Por primera vez su rostro esta calmado y por un momento realmente espero, espero que viviera.

El dolor fue como un latigazo. Su caballo se encabrito y ella se aferró a este cuando la flecha le atravesó la pierna y la dejo pegada al caballo. Una segunda y tercera flecha cayó sobre su montura.

Y antes de que pudiera hacer o decir algo, su cuerpo caía con el caballo y la fría agua la azoto, aturdida y sin fuerza fue arrastrada hasta el fondo del rio mientras los primeros rayos del sol traspasaban el agua.

¿Así terminaría todo? ¿Así lo haría? ¿Salvando a un vampiro?

Algo estaba realmente mal con ella.

Y con ese pensamiento todo se volvió negro.

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Despertó cuando alguien le puso algo frio sobre la cabeza. Sus ojos se demoraron en reaccionar cuando una cara desconocida le revisaba los ojos y le inspeccionaba la cabeza.

Todo parecía mucho mejor ahora cuando su vista no estaba nublada y su cabeza no parecía querer explotarle.

— Mantente acostado chico. Al parecer te estas mejorando especialmente bien.

Había ruido, mucho ruido de hombres y caballos. Intento levantar la cabeza, pero no pudo por la puntada.

— ¡Hey! Estás despierto- le hablo Drue mientras se sentaba a su lado.- ¿Cómo estás?

— ¿Dónde estamos?

— En el campamento de Lord Witkim. Hemos llegado hacía poco, Jarek está hablando con él ahora.

— ¿Qué ocurrió?- pregunto y sintió una punzada en la cabeza que lo dejo recostado. El chico le sonrió cansado y sus ojos se escondieron bajo su flequillo.

— Lord Shayr nos salvó.

Puede recordar unos ojos azules en la oscuridad, con ruinas alrededor de sus ojos. Una voz suave y alguien que le acaricia el pelo con cariño. Intenta difuminar el rostro pero le es imposible. ¿Quién? ¿Lord Shayr?

— ¿Lord Shayr? ¿Y Sandrua? ¡¿Qué ocurrió con Sandrua?!- pregunto exaltado.

— Está descansando. Tiene algunos huesos rotos, pero dicen que estará bien. Tú debes descansar, creíamos que no despertarías en un tiempo más.

— Ya sabes, el lobo- susurra como si nada.- ¿Brashka?- pregunto al no sentir a sus lobos cerca.

— Llegaron con nosotros, los guardias se pusieron tensos, Jarek les pidió alejarse en el bosque y vigilar. Lord Witkim ordeno no atacarlos si estos no lo hacían primero.- él cabecea más tranquilo.

Intenta recordar que había ocurrido, pero tiene imágenes perdidas, figuras difuminadas y ruidos con eco de los cuales no entendía nada.

— Descansa, Woulf. Creo que Lord Witkim nos enviara al castillo nuevamente. La guerra está a punto de comenzar.

Él se queda recostado mientras Drue se marcha. El olor a humo, humano, acero. Olor a guerra y sangre.

Cierra los ojos y puede sentir una caricia en su mejilla, en su pelo. Su cuerpo se relaja y su corazón se acompasa. ¿Qué estaba pasando?

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Despierta bruscamente mientras una tos horrenda le hizo inclinarse hacia un lado vomitando agua. Su garganta adolorida y su cuerpo tensarse ante el dolor. Lo primero que escucha es el ruido de agua, mucha agua, de una cascada. Sus ojos no ven nada más que oscuridad y el olor, olor a húmedas, agua estancada, ceniza y barro.

Tiene frio, mucho frio. Pero eso no es nada comparado con el dolor en su pierna o su cuerpo realmente aletargado. Recuerda los ultimo que había pasado, y se gira con brusquedad.

Lo ve sentado más allá, apoyado contra la pared de la cueva. Se ha quitado su armadura liviana y se encuentra solo con una túnica ligera. Esta inmóvil, con los ojos cerrados y el cuerpo flojo.

Lo observa detenidamente, en su cara una cicatriz que le cursa de lado a lado. La quemadura del sol. Alcanza a ver sus manos quemadas y unos manchones negros sobre la ropa. Como el agua mezclado con cenizas.

Respira profundo y puede sentirlo, si, ese olor a cenizas viene de él.

Se vuelve a recostar sobre la fría roca. Y cierra los ojos.

Está demasiado cansada. Demasiado.

Y por una buena vez no quiere preocuparse del vampiro en su presencia, ni nada que este a su alrededor.

Porque ella le ha salvado la vida y se puede imaginar que él le salvo a ella.

Y eso ya de por sí, es bastante perturbante como para analizarlo.


¿Hay alguien por aquí? Yo sé que si ¬¬ XDDD Weno, espero que les este gustando como va.