Trucos de Salón
Cap. 32
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Aang, Katara, Sokka, y Toph, caminaban hacia la casa de huéspedes cerca del atardecer. Después de contar todo al alcalde, habían sido casi expulsados de la alcaldía. Había trabajo por hacer y aparentemente un grupo de pandilleros, no era requerido en dicho procedimiento.
-La burocracia es molesta- dijo Toph enfadada cuando todos ellos cayeron en las sillas del comedor.
-De acuerdo- suspiraron tres voces al unísono.
Varios momentos pasaron en silencio antes de que Toph dejara escapar un suspiro irritado.
-Bueno, si todo el mundo va a ignorar al elefante de la sala- gruñó ella, luego se sentó y señalo con el dedo a Sokka y Katara -¿Qué diablos le hicieron ustedes al último alcalde de Omashu?
Las mejillas de Katara y Sokka se tornaron rosas y tiraron del cuello de sus camisas.
-No hicimos nada relevante- comenzó Katara con delicadeza.
-Oficialmente hablando, todo lo que sabemos es que el alcalde tenía una emergencia familiar que atender fuera del país y tuvo que eh... irse- murmuró Sokka.
-Oficialmente nada- resopló Toph -¿Cuál es la verdadera historia?
Katara y Sokka compartieron un vistazo. Katara finalmente se rompió, dejando escapar un suspiro cansado.
-Mira, el chico se lo merecía- dijo ella a la defensiva -Papá tenía un trato con él. Y además nació siendo Riversider… no tenía porque… él comenzó a enviar a sus oficiales demasiado cerca de casa así que...
La joven se interrumpió, incómoda. Sokka terminó por ella.
-No se traiciona a los Riversiders- dijo rotundamente -Simple y llanamente. El hombre dio la espalda a su pueblo, por lo que mi padre envió a su mejor equipo detrás de él para una... negociación.
-No lo mataron, ¿verdad?- les cuestionó Aang sin comprender.
-No- suspiró Katara -Sólo le convencimos de que su marca particular de lealtad le serviría mejor en otra parte. En algún lugar lejos, muy lejos.
-Bueno, eso lo aclara- Toph soltó otra carcajada y Aang se encogió de hombros.
-Siempre me había preguntado el por qué se fue- admitió en voz baja.
Los cuatro cayeron en otro largo silencio, hasta que Toph se estiró y se puso de pie.
-Estoy a punto de volverme loca aquí. Tengo que salir y hacer algo- ella se dirigió a la puerta y agitó una mano distraídamente -Voy a salir, nos vemos en la cena.
Todos le ofrecieron vagas despedidas mientras salía de la casa de huéspedes. Sokka hizo crujir los nudillos y también se levantó.
-Saben, creo que tiene razón- suspiró, frotándose los ojos -necesito un poco de aire fresco. Hasta luego.
Y sin más, salió, dejando a Aang y Katara solos en el comedor. Ambos se miraron con reticencia.
-¿Realmente no le hicieron daño?- le interrogó Aang.
Katara frunció el ceño.
-No- dijo en voz baja -¿Por qué me lo preguntas?
-No hay razón.
Katara inclinó la cabeza hacia un lado.
-Te das cuenta de que soy una contrabandista, ¿no es así?- dijo humildemente.
Aang la miró sin emoción.
-Todos lo somos- señaló él.
-Y de la resistencia además. Matamos gente… he matado a gente, Sokka ha matado a gente, no me sorprendería que Toph también hubiera tenido que hacerlo. El mundo ha cambiado… y ya no recuerdo cuando eso era impensable. Hoy en día debes matar o morir.
Aang miró hacia otro lado.
-¿Tienes algún tipo de problema con eso?
-No especialmente- replicó Aang -Yo soy un gánster también, lo sabes.
-Si lo sé.
La forma en que lo miraba, le hacía sudar. Demasiada curiosidad.
-Debo pasear a Appa- objetó Aang.
Katara se encogió de hombros y se puso de pie.
-Muy bien- dijo a la ligera.
Aang se levantó y la siguió hasta la puerta.
-¿A dónde vas?- preguntó en tono mucho más sospechoso de lo que pretendía. Ella lo miró fríamente.
-Sólo a dar una vuelta- dijo en voz baja.
Su tono era más bien vacilante… y un tanto a la defensiva. Él asintió con la cabeza, avergonzado.
-Nos vemos.
Aang dejó escapar un profundo suspiro y subió las escaleras para llegar con su perro.
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Toph fue directamente a la Casa Chatter, pues encontraba la atmósfera muy relajante y pasó ahí el resto de la tarde. El lugar siempre era tranquilo hasta bien entrada la noche, así que ella estaba ahí en medio del lugar, escuchando la música y bebiendo un suave vino, casi por completo sola, como prefería. Sin embargo, una niña ciega de quince años de edad, con un traje que era demasiado grande para ella y sin zapatos o calcetines, al parecer atraía una cierta atención; por lo menos la de dos caballeros corpulentos vestidos de negro y oro.
-Discúlpeme señorita, pero se parece mucho a la Bandida Ciega- dijo el primer hombre, sentándose en la mesa de Toph sin invitación.
Ella no abrió los ojos ni quitó los pies de la mesa. Sólo suspiró con fastidio.
-¿Quién lo dice?- comentó con desinterés.
-Un par de Maestros Tierra altamente calificados- respondió el otro hombre.
-Hemos visto su actuación en los Estruendos Tierra. Mueve rocas demasiado grandes como para una niña
Toph soltó otro suspiro de irritación.
-¿Y?
-Mi amigo aquí presente, piensa que te puede ganar- dijo el primer hombre, encogiéndose de hombros y señalando con el dedo pulgar en la dirección del segundo.
-Grave arrogancia. En cualquier momento, en cualquier lugar- explotó Toph.
El segundo hombre sonrió con petulancia.
-Yo tengo tiempo ahora mismo. Hay un callejón en la parte de atrás.
-Después de patearte el trasero, ¿me dejarás en paz?
-Claro que sí.
-Entonces vamos a acabar con esto.
Toph siguió a los hombres hasta el callejón antes mencionado. No había nada allí, unas pocas cajas vacías y un contenedor de basura grande de metal en un lugar inusual, pero fuera de eso...
Con un leve toque de su pie, Toph pudo notar que algo más estaba fuera de lugar. Ese contenedor era demasiado grande, pesado, olía a nuevo… y se disparó en su dirección sin previo aviso. Ella apenas tuvo tiempo de decidir que era sospechoso antes de que estuviera metida dentro y con la tapa de metal cerrándose, con extremo cuidado, detrás de ella.
-¿Cuál es la gran idea?- gritó enfurecida.
Pero un momento después los hombres volcaron el contenedor y ella fue arrojada a sus pies.
-¿Quién los envió?
-Sus padres- se oyó el gruñido de un hombre desde el exterior -Aparentemente no les complace que usted ande vagando por las calles como una delincuente cualquiera.
-Me importa un bledo- agregó el otro hombre -Pero nos están pagando mucha plata.
-En cuanto salga… - comenzó la chica con saña, pero los dos hombres se carcajearon con descuido.
-De salir nada- dijo uno -Ese contenedor está hecho de metal.
-No irás a ningún lado jovencita...
Pero eso no impidió que Toph tratara. Los sonidos de sus puños y talones contra el grueso del metal, fueron completamente ahogados mientras uno de los hombres le decía al otro que iría a llamar a sus padres por teléfono.
No es que eso importara. La Bandida Ciega no iba a ser contenida.
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Sokka se sentía deprimido. Hasta el momento, su semana no había sido tan divertida como el año anterior, y no podía dejar de reflexionar sobre lo mucho que su vida había cambiado desde que su camioneta se quedó sin gasolina a pocas cuadras del As de Espadas. Todas esas cosas de la guerra y los enredos espirituosos, no eran su área de especialización. Él era un contrabandista. Un corredor. Infierno, él era el mejor corredor en el mundo. Se trataba de una vida que se ajustaba a su mano como un guante. Y si esta tontería de la Prohibición nunca terminaba, su padre podría comenzar de nuevo en la Destilería y Sokka todavía tendría trabajo. Por supuesto que todo eso era siempre y cuando, sobreviviera al día a día. Sokka suspiró profundamente, pateando una piedra suelta en la acera delante de él.
No podía caminar ni tres pies con Aang y su magia de Espíritus, sin ser agredido o detenido. Pero aunque le costara admitirlo, nunca negaría que se había encariñado con el pequeño niño volador. Por no hablar de lo feliz que el chico hacía a su hermana menor. Katara nunca lo sabría, pero ella significaba el mundo entero para Sokka. Él iría a los extremos de la tierra para mantenerla a salvo, aunque su padre no se lo hubiera pedido… Y ahora sería mucho más sencillo. Después de todo, con un avatar de cómplice, compartiendo ese mismo deseo, su seguridad estaba garantizada.
Luego estaba Toph. Sokka frunció el ceño. Todavía no sabía qué hacer con ella. Ciertamente no era como cualquier chica que había conocido, lo confundía y lo irritaba, pero de alguna manera, se habían convertido en los mejores amigos. Sokka se encogió de hombros. A veces no hay ninguna explicación para algunas cosas.
-Vaya, mira lo que ha traído el gato.
Sokka se detuvo y se volvió confuso, hacia la esquina que acababa de dejar atrás. Un camión se había detenido en la acera junto a él, y sentado en el asiento del pasajero, había un rostro familiar.
-¿Bato?- Sokka parpadeó sorprendido -¿Qué estás haciendo aquí?
-Es bueno verte- bufó el hombre
-No nos ve durante un buen rato y lo primero que se le ocurre cuando nos ve, es preguntar que hacemos aquí.
Sokka identificó esa voz y se inclinó más hacia adelante para poder ver al asiento del conductor, pero desde antes de confirmar sus sospechas, él ya sonreía.
-Papá.
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Aang caminaba muy despacio por la calle, con las manos hundidas en los bolsillos. Appa, literalmente, daba vueltas a su alrededor.
-Ya no la entiendo- suspiró.
Appa soltó un gañido simpático y Aang lo miró.
-¿Cómo puede odiarme y todavía preocuparse por mí?, Quiero decir... solo mira lo que pasó en el Laogai… ella vino detrás de mí, siempre cuidando de mí. Pero ya no me mira a los ojos, ni puede permanecer en una habitación a solas conmigo durante más de cinco minutos y... ciertamente no ha tenido una conversación normal conmigo.
Aang suspiró de nuevo y empezó a rascarle la cabeza a Appa, mientras caminaba.
-¿No es completamente de locos extrañarla tanto, cuando yo todavía la veo todo el tiempo?
Appa ladró.
-Sí. Ya me lo imaginaba.
De repente, Appa se paró en seco y empezó a olfatear el aire. Aang se detuvo y lo miró. Su pelaje estaba erizado.
-¿Qué pasa amigo?
Appa soltó un quejido extraño y siguió olfateando. Aang esperó pacientemente. Después de otros pocos quejidos, Appa echó a correr por la acera. Aang, que ya estaba familiarizado con el procedimiento, sólo lo siguió. El impresionante sentido del olfato del can, les había costado más de una aventura, pero había pasado mucho desde que había tenido suficiente tiempo a solas con su perro.
-¡Hey, espera!
Aang se echó a reír mientras corría. Appa debía estar en verdad emocionado para correr así. Finalmente alcanzó al enorme pastor, a pocas cuadras de distancia de una calle tranquila. Había extrañas tiendas aquí y allá, pero predominaban los apartamentos. Appa se dejó caer delante de una de las tiendas y Aang enarcó una ceja.
La construcción era pequeña, un lugar de aspecto miserable entre dos edificios; las ventanas estaban cubiertas por cortinas rojas oscuras, decoradas con costuras de oro fino y cuentas de vidrio que se veían muy viejas. En el letrero por encima de la puerta sólo se leía "El Viajero".
-Eso no explica mucho- dijo Aang con el ceño fruncido.
Appa meneó la cola y lo miró con impaciencia.
-¿De verdad quieres que vayamos allí dentro?
Appa ladró una vez y Aang suspiró.
-Está bien, pero mejor quédate cerca de mí.
Una campana sonó en algún lugar profundo dentro de la tienda cuando Aang ingresó. Era un lugar bastante extraño, repleto de estanterías polvorientas, e iluminado tan solo por la luz roja que se filtraba por las cortinas. La tienda era muy estrecha, pero por lo que él podía ver, esta parecía extenderse hasta bastante más adelante. Él no podía ver la pared del fondo, que se perdía en la oscuridad, eso le dio mala espina.
-¿Hola?
Su voz no tenía gran volumen, ni eco. Parecía como si en vez de salir, fuera absorbida por el aire a su alrededor. Aang miró las estanterías con desconfianza. La mayoría de los libros eran muy antiguos y se había desvanecido o agrietado la cubierta, algunos títulos incluso eran ilegibles. Sin embargo, lo qué más le llamó la atención, fueron los montones de rollos amontonados entre los libros. Le recordaba a la colección de Wan Shi Tong. Había pocos espacios donde las paredes se veían, y parecían estar cubiertas con extraños bordados que se desvanecían y mostraban extrañas criaturas… como ese bisonte con seis patas y...
-Ah, ¡ahí estás!
Aang saltó sorprendido. Un hombre estaba de pie detrás de él… y no había sentido su llegada. Se sintió vulnerable por un breve momento antes de maldecirse a sí mismo por el descuido. Centró su atención en el recién llegado y de inmediato se relajó. La piel oscura y arrugada del hombre, contrastaba con una cabeza calva y una espesa barba blanca. Además le sonreía ampliamente, mientras sus ojos anunciaban diversión.
-He estado esperándote Aang.
El joven lo miró patidifuso. Ese hombre tenía una voz amable y un acento que no reconoció. Estaba descalzo, vestido con un par de arrugados pantalones de color naranja desteñido, una camiseta blanca y... olía a plátanos.
-Um... ¿quién es usted y cómo sabe quién soy yo?- le preguntó con suspicacia, dando un paso atrás.
-¡Ah, mis disculpas!- dijo el hombre, haciendo una reverencia -Mi nombre es Pathik. Yo soy un gurú y tú eres un Avatar.
-¿Qué has dicho?
El gurú levantó la mano, riendo amigablemente.
-Olvidé mencionar, que era un amigo íntimo de tu padre.
-Mi padre- repitió Aang con los ojos muy abiertos.
-Pero por supuesto. Gyatso era amigo mío.
La comprensión finalmente amaneció en el rostro de Aang.
-Oh... oh, Gyatso- suspiró, aliviado -¿Cómo sabías que vendría aquí?
Pathik extendió los brazos.
-Los espíritus saben mucho más que la mayoría de la gente- se rió de nuevo -Ahora ven, ven conmigo- continuó, haciendo señas hacia las profundidades oscuras de la tienda -Tienes mucho que aprender.
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Katara se sentía sola. Y era realmente molesto. Antes de conocer a Aang, ella estaba bien estando sola durante largos periodos de tiempo, pero ahora que estaba tan acostumbrada a su presencia… le parecía extraño cuando él no estaba allí. Ella no quería tener tiempo a solas para pensar. Demasiadas cosas malas. Su pelea con Aang, su incapacidad para salvar a Jet, su madre... Katara suspiró. Su mente siempre volvía a su madre.
La joven maestra agua se detuvo a mitad de la acera y miró a su alrededor. Ella no había estado prestando atención al camino y se encontró de pie ante un pequeño edificio antiguo, construido en piedra y con las amplias puertas de madera abiertas de par en par. Ella reconoció la caligrafía en el arco de la entrada.
"Templo de los Espíritus de Ba Sing Se"
Cada ciudad y pueblo tenía un templo Espiritual. Eran, por lo general, sólo lugares pequeños como el de aquí, con suelos de madera, bancos viejos y un altar en la parte delantera. No había nada espectacular. Sólo un poco de incienso y algunas ofrendas para personas que se habían ido. Los templos eran lugares comunes, abiertos a todo el público, donde todos podían rezar a los espíritus por la paz.
Mucha gente (como Sokka por ejemplo), no creía ya en los espíritus, por lo que eran lugares muy tranquilos y solitarios en esos días. Algún sabio -una especie de guía espiritual que cuidaba el templo y oraba por la gente-, probablemente vivía en el piso de arriba, pero no estaba en este momento. Katara lo supo cuando entró. No había estado en un templo en mucho tiempo… Los Gánsters no eran exactamente los primeros en la lista de invitados… Pero por alguna razón se sintió obligada a sentarse en el banquillo de la primera fila, justo delante del altar.
-¿Mamá?- susurró, mirando hacia el techo -Yo sé que no he hablado contigo en...
Ella hizo una pausa para tragar saliva y agacho la mirada, avergonzada.
-Te prometo que iré a visitarte cuando vuelva a casa. Voy a llevarte flores y todo.
Se detuvo de nuevo para tomar una respiración profunda.
-Yo solo... podría utilizar algunos de tus consejos justo ahora. Realmente te echo de menos y... las cosas están volviéndose muy difíciles. Quiero decir... ha sido duro crecer sin ti y ahora este hombre ha entrado en mi vida y cambió todo por completo y...
Ella suspiró, mirando a sus pies.
-Sólo desearía que estuvieras aquí.
Katara se quedó en silencio. Sólo se sentó allí, mirando al altar mientras pensaba en su madre, por un tiempo muy largo.
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-Quiero que sepan- gritó Toph, por lo que parecía la millonésima vez -Que cuando salga de aquí, ambos lo van a lamentar muchísimo.
-Ah, sí- suspiró uno de los hombres.
Estaba sentado en el suelo cerca del contenedor de basura, con los brazos cruzados detrás de su cabeza.
-No sucederá- dijo el otro hombre, apoyado contra la pared opuesta al basurero.
-Porque no saldrás de allí- rieron los dos.
Toph se detuvo, recargándose contra el frío metal para tomar unas cuantas respiraciones profundas.
-Si así lo quieren- escupió -¿Cuáles son sus nombres?
-¿Por qué preguntas?
-Quiero ser capaz de mencionar sus nombres cuando le diga a la gente lo mucho que los desfiguré.
-Oh, eres graciosa.
-Bueno, mala suerte.
-¿Qué pasa, tienen miedo?
El hombre en el suelo hizo una mueca.
-Soy Fu... él es Lang.
-¿Por qué le dices eso?- gruñó Lang.
-Suena como que Miss Lang tiene tanto miedo como una niña- canturreaba Toph, presionando sus palmas en el metal y cerrando los ojos con fuerza.
Ella los alentó cuando comenzaron a discutir entre sí, escuchando el eco dentro del metal. La Bandida Ciega sonrió.
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Hakoda negó con la cabeza y suspiró.
-Mis propios hijos- dijo avergonzado -Trabajando para el gobierno. Nunca pensé que vería el día.
Sokka rodó sus ojos.
-No creo que sentarte en una habitación con el alcalde y su secretaria por algunas horas cuente como trabajo para el gobierno.
-¿Te pagan?
-No- se encogió de hombros –Los otros consejeros casi nos echaron cuando le dijimos todo al alcalde.
Hakoda sonrió y puso los ojos en Bato.
-Ese es mi muchacho.
-Me alegro de que te sientas orgulloso, papá- suspiró él.
Hakoda había comprado bocadillos para los tres y ahora estaban disfrutando de su almuerzo a la orilla del río, observando los remolcadores. Sokka estaba lanzando pedazos de pan a los patos tortuga, con el ceño fruncido.
-Hijo, no creo que jamás te haya visto ceder alimentos- dijo Hakoda después de varios minutos de silencio -¿Cuál es el problema?
Sokka se encogió de hombros.
-Creo que me he metido en algo para lo que no estaba listo- murmuró.
-¿Qué quieres decir?- preguntó Bato.
Otro encogimiento de hombros.
-Todo esto con Aang y los dragones... se está convirtiendo en una guerra masiva- suspiró -No estoy hecho para una guerra. Yo sólo soy un corredor, un contrabandista.
Los tres hombres permanecieron en silencio por un corto tiempo. Hakoda suspiró largamente.
-Bueno muchacho, pasa de esta manera- dijo pensativo -Todos sabíamos que este conflicto con los Dragones se iba a venir de cabeza en algún momento. Simplemente no sabía que tú y tu hermana acabarían en el centro del mismo.
-Eso es verdad- admitió Sokka, lanzando otro pedazo de sándwich al río.
-Pero creo que somos los mejores para el trabajo- dijo Hakoda, apoyándose en sus manos -Tienes el talento, tienes la habilidad. Tienes el linaje.
Sokka rodó los ojos de nuevo, sonriendo a pesar de sí mismo.
-Y Aang realmente los necesita a los dos. No podrá hacerlo sin ustedes.
-Supongo…
Otro silencio.
-Está bien, pero en serio- exclamó el chico de repente -¿Qué hacen ustedes aquí?
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La parte trasera de la tienda Pathik no era en absoluto lo que Aang se esperaba. Las estanterías atestadas y las vigas sombrías dieron paso a un techo de vidrio, que resguardaba un invernadero lleno de toda clase de plantas. La parte trasera de la tienda era la fachada que simulaba a una pared de ladrillo, detrás de la cuál, las enredaderas cubrían el techo y una fuente de piedra se alzaba con orgullo. Lirios de agua flotaban en el agua clara.
-¿Qué es este lugar?- le preguntó el joven, destilando emoción.
-Este es mi santuario- sonrió con cariño Pathik, mirando a su alrededor -El espacio ideal para la meditación que tanto necesitas.
-¿Meditación?
-Usted ha aprendido a meditar, ¿verdad?
-Sí... Gyatso me enseñó cuando era pequeño. No lo he hecho mucho desde entonces- admitió Aang.
Pathik se encogió de hombros.
-Como ya he dicho. Es necesario meditar.
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Fue el olor que primero llamó la atención de Katara. El incienso en el altar era fuerte, pero aún podía oler el aroma a té de menta no muy lejos de ahí. Hacía siglos que había estado en una tienda de té, pues eran cada vez menos comunes en estos días, por lo que, naturalmente, estaba dispuesta a ir a echar un vistazo. La joven maestra agua finalmente se levantó de su asiento en el templo y salió a la calle, mirando al edificio de a lado. Era un lugar pequeño con un letrero de madera colgado sobre la puerta…
"El Dragón de Jazmín"
Ella miró dentro y se sorprendió de hallar el lugar repleto de clientes. Pero su atención de inmediato fue a otra parte.
-Necesitamos otra olla de té de ciruela, tío- dijo alegremente, el único camarero de la tienda.
-Muy bien, estoy preparándolo tan rápido como puedo- contestó una voz en algún lugar dentro de las cocinas.
Katara se quedó helada en la puerta. El camarero y el hombre en la cocina... O bien eran exactamente iguales a un par conocidos o... El camarero se volvió un poco al atender a un cliente, dejando a la vista una cicatriz enorme en un lado de su cara.
Zuko miró hacia la puerta, pues sintió que alguien estaba allí, pero no vio a nadie así que se encogió de hombros y regresó a trabajar.
Katara ya estaba a mitad de camino por la calle, corriendo tan rápido como podía.
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