Hola, queridos lectores.

Aquí está la continuación de esta historia. ¡Gracias por los comentarios!


Aun en la distancia

II.

Un mes había transcurrido desde entonces, estaban en otoño, a finales de octubre. Las hojas anaranjadas de los árboles se desprendían y caían al suelo, crujiendo al ser pisadas. Tras un periodo de suspensión, la preparatoria Tsukishima había regresado a sus actividades; la ausencia del profesor Nishijima había sido explicada como un traslado repentino a otra escuela.

Ninguno la desmintió.

Era mejor permanecer en silencio para no causar más revuelo en torno a los Digimon.

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Mimi había insistido en organizar una fiesta de Halloween, tal como se acostumbraba en Estados Unidos, con disfraces y dulces, pero no todos compartían su entusiasmo. Para algunos estudiantes, esas eran costumbres bastante exóticas. Sin embargo, se había obstinado en al menos compartir esa fecha con sus amigos.

—Hablé con MeiMei, pero no puede venir —dijo.

Taichi prestó atención cuando el nombre de la chica apareció en la conversación.

—Está teniendo clases de regularización para estar al corriente en su nueva escuela —comentó Sora.

—¿Hablan con ella? —preguntó curioso.

—Todos los días —Mimi respondió con simplicidad, como si fuera lo más obvio.

—Con frecuencia —secundó la pelirroja.

—¿Tú no hablas con ella, Onii-chan? —Hikari volteó a verlo.

—¿Tú también?

—Sí, de vez en cuando —asintió—, le envío fotografías.

—Yo también suelo enviarle correos —Takeru sonrió divertido.

Taichi entreabrió un poco los labios, de repente sentía algo extraño, como ganas de levantarse de golpe e irse corriendo. Un fuerte calor golpeó sus mejillas, en ese momento se calmó y solo desvió la mirada mientras zapateaba el suelo.

—Taichi-san, ¿quieres hablarle? —el rubio lo miró sonriente.

Los demás voltearon a verlo con curiosidad.

—No realmente —murmuró, pero la mirada enfurruñada de Mimi, lo hizo aclarar—, es decir, n-no es que quiera hablarle… pero tampoco he sabido nada de ella.

Su explicación claramente torpe solo provocó que Sora y Hikari comenzaran a reír por lo bajo.

—Eres patético —Yamato habló.

—Cállate.

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Taichi analizó con seriedad el papel que Takeru le había dado, con el número de teléfono y la dirección de correo de Mochizuki. Entonces gruñó, algo exasperado, ¿por qué lo estaba pensando tanto?

Tan solo era una llamada. No era el fin del mundo.

Era tarde y tenía que asistir a clases particulares. En un principio, había aceptado con desgano la opción de carrera que Nishijima le había propuesto, lenguas extranjeras, pero tras pensarlo con detenimiento, quería abogar por el Mundo Digital y proteger tanto como pudiera a sus amigos.

Fue Koushiro quien lo ayudó a aterrizar su idea en la carrera de diplomacia.

El metro se detuvo en una estación y para su sorpresa, el superior Joe se subió. Taichi levantó la mano para hacerse notar, por lo que el mayor se sentó a su lado.

—¿Clases? —Joe le sonrió.

—Sí —Tai asintió—, ¿la biblioteca? —le preguntó.

—Sí —el mayor suspiró. Después notó el papel que su amigo traía en manos—, ¿qué es eso?

—¡Ah! Eh… es el número de Mochizuki —respondió fingiendo desinterés—, no hemos sabido nada de ella.

—¿Acaso no le hablas?

Y la pregunta de Joe lo descolocó.

—¿Tú le has hablado…?

En realidad, lo dudaba. En el tiempo que había durado su aventura, ¿cuántas veces habrían hablado esos dos? ¿Una?

—Sí, una o dos veces —respondió Joe—, como el mayor del grupo, también es mi responsabilidad cuidar de ustedes. No todo es trabajo de Sora —bromeó.

El moreno ladeó la cabeza, mirándolo con asombro.

—Solo falta que Koushiro hable con ella también.

—Creo que Koushiro quiere analizar ciertas cosas, así que… creo.

—Por favor, no me hagas sentir peor —suspiró con pesar.

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Transcurría la mitad de noviembre, el clima comenzaba a enfriar y los árboles tenían pocas hojas en sus ramas.

Era la hora del almuerzo, la cafetería ese día estaba llena, por lo que había decidido salir al patio. En la pantalla de su teléfono aparecía la agenda de contactos.

—¿Qué haces? —Yamato apareció a su lado, asustándolo y provocando que casi se ahogara con su emparedado. Luego se percató de la agenda abierta—. ¿Sigues con eso? Solo marca.

—No es tan sencillo —se quejó.

—Es solo oprimir un botón.

—Tampoco te veo haciéndolo.

Yamato arrebató el teléfono a su amigo, presionando la tecla de llamada, ante la mirada atónita de Taichi.

—Solo pregunta cómo está —le dijo, devolviéndole el teléfono—. Y para que sepas, he contactado con ella al menos una vez.

—¡Oye!

Cuando el moreno quiso cancelar la llamada, alguien ya había respondido. Escuchaba una voz suave, pero también apagada del otro lado.

—Hola.

—¿Sí? —contestaron.

—Soy Yagami —respondió nervioso—, eh… Taichi.

—¿Yagami-san? —su voz sonó extrañada.

—Sí, ¿co-cómo estás? —balbuceó—. ¡Ah, Takeru me dio tu número, espero no te moleste!

—Para nada, me hace feliz hablar con todos —rió sutilmente del otro lado—. Desde que regresamos a Tottori me he sentido un poco mejor. Muchas gracias.

—Es bueno escuchar eso —sonrió aliviado—, eh… Mochizuki…

Debía decirle algo, pero antes de poder continuar, la campana sonó, anunciando el final del descanso. Taichi hizo un gesto de incredulidad, ¿es que siempre lo debían interrumpir en ese momento?

—Lo lamento —dijo—, ha sonado la campana.

—Pude oírla también —Meiko respondió con voz decaída—. Está bien, me alegró tu llamada, Yagami-san.

—Eres muy formal conmigo —se rió avergonzado.

Cuando la llamada finalizó, regresó a su salón.

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Durante la segunda semana de diciembre, cuando los árboles no tenían hojas y todos usaban abrigos pesados, Mimi tuvo la idea de enviar regalos con anticipación a sus amigos, para que estos los recibieran en las fechas festivas.

—Le enviaré regalos a Michael y a mis otros amigos en Estados Unidos —comentó entusiasmada—, y por supuesto, a MeiMei también.

—Es un lindo gesto —Sora asintió.

—¿Entonces qué tal si todos le enviamos algo? —propuso Takeru.

—¿Todos? —Koushiro repitió dudoso—, no sé nada sobre regalar cosas a una chica.

—Que aburrido —Mimi lo miró con los ojos entrecerrados.

—¡Pero investigaré!

—Joe-senpai, ¿no está preocupado? —le preguntaron.

—Por supuesto que no. Sé sobre regalar cosas a una chica —respondió con verdadero orgullo, ganándose las miradas emocionadas de las chicas, quienes pedían anécdotas.

—¿No te preocupa? —Yamato miró a Taichi.

—Es solo un regalo.

—¿Qué le piensas dar?

—Aun no sé —refunfuñó, desviando la mirada—. ¿Qué le darás tú?

—Un CD de Knife of day.

El moreno entrecerró los ojos. El rock era popular en Japón, pero Mochizuki parecía más de bandas de chicas, tal vez Puffy Ami Yumi.

—Si el paquete le debe llegar la noche de Navidad, entonces debemos enviarlo pronto, considerando el horario de la oficina de correos y los distintos recorridos que deben hacer —comentó Koushiro.

—Entonces mañana —declaró Mimi.

—¿¡Mañana!? —Taichi exclamó nervioso.

—Síp.

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Recordando su vida, Taichi nunca había comprado por sí mismo, algo para regalar a una chica. En la infancia, era su madre quien se encargaba de eso, compraba un regalo y él solamente lo entregaba. Entonces, ¿por dónde debía empezar? Mientras más lo pensaba, menos idea tenía.

Su teléfono comenzó a vibrar, cuando revisó, tenía un mensaje de Sora.

"¿Necesitas ayuda?"

"Estoy bien".

La pelirroja soltó una risita cuando vio la respuesta de su amigo, por supuesto que no estaba bien.

—¿Qué pasa? —Yamato, que estaba con ella, la observó curioso.

—Taichi está nervioso.

El rubio también empezó a reír.

"Solo piensa en Meiko-chan", le respondió.

Taichi pensó en Meiko en cuestión y se sintió más nervioso. ¿Gafas nuevas? No, no sabía la graduación que necesitaba. ¿Un suéter? Posiblemente, aunque no estaba seguro de su talla. ¿Algo para el cabello? Tal vez. ¿Qué tal un gato de la suerte?

Inmediatamente se golpeó. Cómo, siquiera, había podido pensar eso.

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Al día siguiente, cuando se reunieron de vuelta para enviar el paquete, no pudo evitar mirar a todos con recelo.

—¿Ustedes qué compraron? —Mimi curiosa observó a todos—. ¡Yo compré un traje que se le verá súper lindo!

—Solo esperemos no sea como lo que usas —Yamato entrecerró los ojos.

—Grosero.

—Yo compré estambre para tejerle unos guantes —Sora los mostró, eran de color vino.

—¡Eres genial, Sora-san!

—Yo hice una postal —Hikari mostró una hoja con fotos y decoraciones—. ¿Y tú, Onii-chan?

—Eh, yo…

Todas las miradas se clavaron en él.

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La noche antes de Navidad, los chicos decidieron reunirse en el distrito comercial, desde donde podían contemplar el mar. Los comercios estaban adornados con luces, blancas y de colores, que prendían y apagaban.

La puerta en la que Koushiro había estado trabajando aun no estaba lista, sin embargo, podía funcionar con la ayuda de los D-3 de Takeru o Hikari. Todos estuvieron de acuerdo en que los Digimon pasaran esa fecha con ellos, teniendo siempre cuidado de no ser vistos.

—Voy a llamar a MeiMei —dijo a Sora.

Los demás observaban las luces de la ciudad con calma.

—Espera —le sonrió—, que lo haga Taichi.

—¿Taichi-san? —repitió confundida—, ¿por qué?

—No encontró un regalo a tiempo —explicó—, además, puede que Meiko-chan se ponga feliz.

—Puede ser —Mimi soltó una risita.

La pelirroja se acercó un par de pasos, discretamente, a su amigo. Él volteó a verla con duda.

—¿Qué pasa, Sora? —le preguntó.

—Llama a Meiko-chan para saber si le llegó el paquete —respondió.

El moreno pegó un brinquito en su lugar.

—¿Por qué yo?

—¿De verdad lo estás preguntando? —rebatió con malos ojos.

Taichi desvió la mirada, sabía a qué se refería su amiga. Por una parte, debía admitir que quería hacerlo, sobre todo, porque se sentía responsable con ella; pero, por la otra, no quería llamarla en frente de todos. Conociéndolos, seguramente prestarían atención a todo lo que dijera.

Miró de reojo a Sora y a Mimi, que esperaban expectantes.

Finalmente, se decidió a llamarla.

—¿Hola? —escuchó al otro lado.

Involuntariamente, Tai balbuceó, captando la atención de los demás.

—¿Yagami-kun?

—Sí.

Por un instante, se preguntó cómo supo que era él, luego pensó que tal vez había reconocido su voz en ese instante. Como se imaginó, cuando volteó la mirada, todos los demás lo observaban con interés. Su corazón comenzó a ir un poco más rápido, estaba avergonzado, sus amigos no le estaban dando privacidad y, además, el sufijo que Meiko había utilizado no era el de siempre.

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Una vez que terminó la llamada, soltó un largo suspiro.

—¿Así que tú también te declaras en Navidad? —Yamato se acercó.

—Cállate —desvió la mirada—, además, fue Sora la que se te declaró.

—Oye —el rubio se sonrojó—, las cosas no fueron así… en su mayoría.

—Sí, sí.

—Fue porque no supiste escoger un regalo.

Taichi miró hacia el cielo y en silencio, agradeció al superior Joe y a sus historias de amor. Antes de enviar el paquete, mientras no lo miraban, metió a la caja un pequeño sobre.

Esperaba que a Meiko le gustara el broche para cabello que había escogido.