Doce meses antes

La entrada al Muro María seguramente nunca estuvo tan llena como aquel día. Ese día el cuerpo de exploración se embarcaría en lo que sería su misión de más importancia, y posiblemente la última. La humanidad no solo se estaban despidiendo de sus soldados más valientes, sino de su reina y de los denominados Cambiantes.

Por su parte Reiner, Bertholt e Ymir iban con la capucha de las capas puestas. Es posible que su cambio de bando les hubiese hecho recuperar la confianza de sus compañeros y amigos, pero si algo conocían seguro de la especia a la que una mitad de ellos pertenecía era que nunca olvidaba ni nunca jamás perdonaba.

El resto de los exploradores de la 104 tenían una actitud completamente. Toda la muchedumbre les vitoreaba y aclamaba. Eres hacía caso omiso a todo aquello, la frustración de los últimos días habían provocado que volviera a enfadarse como hacía antaño. Jean se hallaba en la más grande de las glorias en ese momento: los pétalos lloviendo, el ruido, la admiración, él montado sobre un caballo blanco… Sasha y Connie se limitaba a simplemente a saludar a toda la gente que tenían alrededor aunque en el fondo eso no les evitaba disfrutar de toda la gracia en la que se encontraban. Historia no hizo ninguna excepción y fue saludando a todos los súbditos que pudo. Hombres, mujeres, niños, ancianos… Todos querían desearle toda la suerte del mundo a su amada reina.

Por último, en la retaguardia se podía encontrar al joven capitán de la legión a lomos de su montura y con un muchacho parecido a él abajo caminando a su lado. Una vez que Levi se unió a sus camaradas, el capitán se bajo de su montura y miró a Joel. Su sobrino se había convertido en un joven un poco más alto que él y con una mirada que era digna de su herencia. Joel se puso firme frente a su tío exhibiendo su recién estrenado uniforme.

-Recuerda, realizarás misiones de exploración a las afueras de los muros para ayudar a los de mantenimiento en sus funciones de reparación. Ayudaras en las labores de ataque únicamente como apoyo. Solamente eso, ¿lo entiendes, chaval?-Habló el patriarca de los Ackerman a su pariente más joven de una forma directa y contundente.

-S-Sí señor, lo entiendo.-Contestó el pelinegro arrepintiéndose del tono tan débil en el que lo había dicho.-Tío Levi, ¿vais a volver, no?

-Te tengo dicho mil veces que no me llames tío…-Le regañó el capitán al joven soldado.-Sí, volveremos.-Terminó por contestar Levi mientras se subía de nuevo a su caballo, su sobrino le miraba de forma como si esperara que le dijese alguna cosa.-No… No te metas en líos. ¿De acuerdo?

Joel asintió mientras veía como su tío se alejaba en su caballo para unirse a sus camaradas. Mientras que un vacío llenaba su interior pudo sentir como una cálida y cariñosa mano se apoyaba en su hombro. Cuando se volteó el chico se encontró con los oscuros orbes de su tía que lo miraban con calma.

-Piensa que esa es su forma decirte que te quiere.-Afirmó la mestiza antes de que su sobrino se abalanzara para poder abrazarle, a lo que Mikasa le correspondió.-Parece que pensases como que no volvamos a volver.

El muchacho se retiró de Mikasa para mirarla de forma triste.

-Yo… no quería que mi madre muriese pero igualmente murió. Y ahora…

La mediana de los Ackerman adquirió una actitud seria y puso dos dedos en la barbilla de su sobrino para que le mirara a la cara.

-Eso no va a pasar, ¿me entiendes? No va a pasar.-La asiática esperó a que Joel asintiera para volver a su posición inicial y darle el regalo que tenía para él.-Mira, te he hecho esto. Pensé que tal vez te gustaría. -Mikasa sacó de su túnica una pañoleta de tela roja que dio sin reparo a Joel. La pañoleta era del mismo tono de rojo de lo que era la bufanda de Mikasa.

-Mikasa, ¡es alucinante!-Exclamó el joven con una recién formada sonrisa en su rostro.-No sé qué decir.

La mestiza sostuvo las manos del chico que sostenía la pañoleta y le miraba de una forma muy familiar y tranquilizadora.

-Esta tela simboliza mucho, Joel. Es nuestra unión, nuestra indetenible unión. Recuérdalo, no importa qué pase ni cuánto nos alejemos. Siempre nos encontraremos de nuevo. Siempre nos volveremos a ver, ya sea en esta vida o en la que venga después. No quiero que nunca lo olvides, la gente a la que quieres forma parte de ti, incluso tras haber muerto.-Ambos parientes no pudieron aguantar y volvieron a fundir en un nuevo abrazo que en esta ocasión fue más fuerte que el primero. La mestiza hizo inclinar la cabeza del pelinegro para poder darle un beso en la coronilla.-Vivirás para ver nacer nuevos días.

-Todo lo que hay de bueno en mí empezó contigo, Mikasa.-Habló Joel rompiendo la distancia que había entre ellos.

La mestiza subió a su montura y se preparó para partir junto con sus compañeros, pero no sin antes darle un último vistazo a su sobrino.

-Mikasa…-A Joel se le terminaron trabando las palabras y no pudo decirle las palabras queridas a su pariente.- Prométeme una cosa. No… No te mueras, por favor.

La muchacha de aspecto oriental asintió y se quedó observando cómo Joel se iba alejando junto con el resto de la muchedumbre para dejar la salida despejada.

-No. No moriré, Joel. Ese día aún está por llegar.

Eren se retiró a sus aposentos para tranquilizarse, aquel día (Sí es que podía llamarse de esa forma) había sido demasiado extraño. Bueno, ¡cómo si su vida entera no fuera ya suficientemente rara!

Pero esto ya era algo muy diferente. Una historia muy pero que muy distinta.

Dioses. Durante mucho tiempo el joven creyó que existiría otro tipo de explicación para lo que había sido la caída de la humanidad. Algún tipo de conflicto, creencia o falla a la que se podría dar arreglo. Pero esto… Tan solo eran peones en un juego de magnitudes épicas. Un viejo quiere darle una lección al ser humano y lo hace tan solo porque tiene el poder para hacerlo. El que tiene el poder siempre es el que pone las reglas, no parece tan diferente de lo que es la vida dentro de los muros.

Tras aquellos días en los que había vivido en esa fantasía flotante en las nubes, Eren había abandonado por completo cualquier esperanza en que había un plan elemental o un destino prefijado y glorioso para la humanidad. Nadie ni nada formaba parte de ningún plan… Tan solo eran los juguetes de un niño malcriado. No existía ningún plan.

Tras alejar esos pensamientos de su mente, el joven se propuso a retirase la camiseta para intenta dormir un poco. Cuando Eren observó su reflejo con el torso al descubierto en un espejo cercano de la sala no pudo evitar quedarse perplejo y mirándose. Su piel se encontraba menos pálida que cuando era un adolescente. Su cabello se había alargado ligeramente más y estaba separado a medida de cómo estaba su primer peinado. El color de sus ojos ya no podía ser apreciado de la forma apropiada, ya no se sabía si era un verde esmeralda claro o un azul cristalino oscuro. La pregunta era clara. ¿Adónde se habían ido todos estos años? ¿Acaso aquel joven cadete soñador había sido sustituido por un simple soldado sin esperanza y que ahora solo vivía para la batalla?

Todos aquellos pensamientos fueron callados cuando su hermana adoptiva entró en la habitación. Cuando la pelinegra observó en qué estado estaba Eren cerró la puerta lentamente y con un ligero sonrojo.

-¡No! Por favor, pasa Mikasa.-Dijo con tranquilidad el castaño mientras agarraba con sus manos otra camisa. Necesitaba poner las cosas en orden con su hermana.-¿Qué te pasa? ¿Ocurre algo?

-No, nada, es solo que… Eren, tenemos que hablar.

El joven soltó un soplido de cansancio y se tumbó en la cama. Mikasa entendió esa acción y se sentó de forma delicada en la cama también.

-Estaba cabreado, ¿vale? No tenía ganas de hablar con nadie y tú no me dejabas de insistir. No debía hablarte de ese modo, lo siento. Sí también vienes por lo de Perceo… Te vi con él y no supe qué pensar, necesitaba sacar todo esto que tenía dentro y lo hice, ya me disculpé con él.-Dijo el castaño sin dejar hablar a su hermana quien al parecer quería hablarle por sí misma y que no pudo.-¿Qué pasa? ¿Quieres decirme algo más?

-…Yo…Yo que…-Finalmente Mikasa se cansó de intentar articular y resopló.-¿Sabes qué, Eres? Yo estoy agotada, así que me voy. Te dejo solo.

Tras decir eso la mestiza se levantó y se dirigió hacia la puerta por la que había entrado. Rápidamente Eren se articuló y le siguió el paso a su hermanastra. Cuando ambos se hallaban en el pasillo del palacio el castaño trató de llamar de su hermana tirándola del brazo pero de improviso y sin que Eren se lo esperara Mikasa se volteo en cuanto notó el tirón de la tela de su ropa y empujó fuertemente a Eren con las palmas de sus manos. Una vez en el suelo Eren miró perplejo a su hermana quien le atravesaba con sus orbes oscuros.

-Tú… ¡Tú no te mereces nada de esto, Eren Jaeger!-Exclamó la mestiza justo antes de correr y desaparecer de allí mientras que su hermano continuaba en el suelo.

Los muros eran realmente silenciosos de noche. Prácticamente todos los soldados y guardias se habían retirado a sus hogares para descansar y los restantes que se habían quedado para vigilar cualquier acontecimiento no podían estar más despreocupados.

Debe de ser por esa razón por la cual la figura de aquel hombre quedó desatendida por la presencia de los vigilantes. Aunque cabe destacar que aquel hombre se desplazaba de una forma que no podía ser percibida por la gente a su alrededor. O tal vez simplemente este hombre con pelo castaño rojizo no era detectable porque simplemente su presencia no existía en aquel mundo.

Ese individuo era apreciable por las ropas y túnica negras que llevaba puestas en aquel momento y por la mirada desatendida y despreocupada que reflejaban sus ojos marrones dorados. Aquel desconocido ando por lo ancho y largo del muro hasta pararse en uno de los salientes en forma de columna que había, allí se encontraba otra figura encapuchada con el mismo tipo de ropajes que él. Se trataba de una mujer, del mismo cabello y caracteres faciales que el antes mencionada.

-Artemisa…-Dijo secamente el hombre con una sonrisa.

-Apolo…-Contestó la mujer con la misma mueca.-Han pasado siglos desde la última vez que nos vimos, hermano.

-De hecho hermana, así ha sido.

Acto seguido, ambos dioses se dieron una abrazo pero no como camaradas olímpicos sino como hermanos distanciados.

-¿Qué es lo que te inquieta tanto, hermana? Nunca solicitas que nos veamos en este tipo de lugares.-Preguntó Apolo a lo que su hermana dirigió su vista hacia el horizonte.

-¿Qué es lo que ves, Apolo? ¿Ves la oscuridad, no? Ves la noche, pero nos ves la luna. Hay demasiadas nubes como para que se pueda ver. Y mi pregunta, ¿dónde está ese corte celestial que separa nuestra hermosa luna del resto del amparo de la noche? ¿Dónde está mi espada?-Sentenció la diosa de la caza y de la noche mientras su hermano se hacía a la idea de adónde iba la conversación.-Lo han robado.-Reveló finalmente Artemisa mientras se echaba a andar por el muro.

-¿Y acaso crees que he sido yo?-Preguntó de forma irónica Apolo mientras le seguía el paso a su hermana.-No. Ya conoces nuestras reglas, hermana. Se nos está prohibido robarnos los poderes.

-Sí, es cierto. Pero a nuestros hijos no.-Afirmó la mujer a lo que ella y su hermano se quedaban enfrente mirándose cara a cara.

-¿Estás acusando a mi hija? ¿Cómo puedes saber que ha sido ella?

-No lo sé, ¿por qué no me lo dices tú?-Cuestionó la castaña a lo que Apolo estallaba en cólera.

-¿Y cómo quieres que yo lo sepa? No la veo desde que era una bebé. No desde que padre y tú conspirasteis en mi contra.

-Si es tú hija la que me lo ha robado… Pongo a nuestros padres y abuelos que la enviaré a las tinieblas del Tártaro y…

A la diosa le fue imposible continuar con su amenaza debido a que su hermano la agarró por sus ropajes y la miró con signos de auténtica ira en sus ojos.

-Atrévete a tocarla un solo pelo y te enfrentarás al combate de tu vida.

Tras eso, la mujer se deshizo de agarre y empujo ligeramente a Apolo para que se alejase de ella.

-Tendré el ojo muy puesto en tu hija y si encuentro la más mínima sospecha de que es ella quién me lo ha robado… Que se prepare.-Sentenció la diosa mientras se retiraba y dejaba que el viento borrara todo rastro suyo.

Mikasa corría por los pasillos del palacio mientras mil pensamientos pasaban por su mente. ¿Por qué Eren siempre era así? ¿Por qué siempre que hablaban él se tenía que comportar como si ella fuera su hermana mayor? ¿Siempre tendría que ser él, él y él? ¿Acaso eso iba a ser siempre así?

La mestiza se detuvo en un corredor para encaramarse a la pared y dejar salir algunas lágrimas. Nada había cambiado, absolutamente nada.

-Él nunca me amará…-Fueron los único que sus labios dejaron salir hasta que sus cejas se fruncieron y miraron con odio lo primero que tuvieron, en este caso la pared. Mikasa cerró su puño con una rapidez y fuerza y descriptibles para luego golpear la piedra mientras sus orbes negros se volvían a cerrar.

A la muchacha le pareció que debió dar un traspiés debido a que sintió su cuerpo caer contra el suelo y desplomarse. Pero no fue así, cuando Mikasa abrió los ojos contempló varios trozos de piedra en el suelo destrozados y a ella cubierta de polvo. La pared no se había roto, simplemente la había atravesado.

Nota del autor: Lo primero que quiero hacer es dedicar una disculpa a todos aquellos lectores a los que he tenido abandonados durante tanto tiempo y a los que he echado de menos. Debido a varias situaciones académicas en mi vida (y que aún sigo teniendo) se me fue imposible el poder actualizar esta historia ya que también sufrí de lo que podría llamarse un lapsus de creatividad. Sencillamente veía el papel en blanco y no me salía nada de nada. Mis más sinceras disculpas, Beta-face Avenger.