¿Qué? — Alzó las cejas con ligera sorpresa, para enseguida fruncir el ceño en confusión. — ¿Asuka y Shinji no han asistido a la primera clase? Pero, yo los vi salir juntos esta mañana… — Murmuró una consternada Misato, mientras sostenía su teléfono móvil con la mano izquierda.
Así es, pensé que usted sabía sobre ello Katsuragi-san. — Se escuchó una voz masculina y madura del otro lado de la bocina.
¿Yo? Ah, sí, si… Ahora que lo menciona, lo olvide, los chicos estarían ocupados hoy, siento no avisarle, enviare un justificante con la razón de su falta esta mañana, descuide Takahashi-san.
Al terminar la llamada, Misato frunció el ceño pero ahora con evidente molestia, mientras empuñaba un poco su teléfono celular. Había mentido para salvar a Shinji y Asuka, pues además de todo era su tutora y a veces no resultaba ser tan disciplinada como debería. Ahora tan sólo se preguntaba donde podrían estar esos dos.
¿Te duele? — Preguntó Mari, en un tono muy bajo, tan bajo que no se oía específicamente su voz al preguntar, si no su aliento liberarse para entonar aquella pregunta. — ¿Hay algo que te duela? — Preguntó de nuevo, dejando que su aliento chocase contra el cuello de la menor.
Ante la cercanía de Mari, Asuka había preferido desviar la mirada hacia el lado izquierdo, dejando expuesto su pálido cuello. Sin darse cuenta de cómo o cuando, los latidos de su corazón no eran lo único precipitado en ella. Ahora, su cuerpo tiritaba como si tuviese frío o miedo, estaba tan nerviosa que sólo podía cerrar los ojos tan fuertes como los puños, esperando que la castaña se alejara y la dejase, tan sólo eso.
Estas temblando… — Volvió a hablar la chica con gafas. Notando con facilidad aquella inquietud en Asuka, quien sólo negó ante su afirmación.
Por mero instinto, la joven Illustrious bajó su mano derecha del muro, para con esta rosar la mejilla de Asuka y comprobar su temperatura. Para su sorpresa, la pelirroja no estaba fría, si no realmente caliente, tanto que Mari se alarmó un poco.
Princesa, estas ardiendo. — Murmuró mientras dirigía ahora ambas manos hacía el listón rojo que estaba anudado en el cuello de su uniforme escolar, desanudándolo con sólo un tirón, consiguiendo que la camisa de Asuka se abriera un poco más de lo normal.
¡¿Q…Que haces?! — Pregunto la joven Shikinami, también con la voz baja pero evidentemente alterada, protegiendo su pecho en seguida con ambas manos, tratando de volver a anudar su listón con torpeza. Sintiendo como sus mejillas se coloreaban de un rojo intenso mientras que al tiempo, su temperatura corporal se elevaba.
No lo hagas. — Dijo una autoritaria Mari, sujetando las muñecas de Asuka y apartarlas de su camisa y listón.
Pe…Pero que estás diciendo… — La chica de mirada ojiazul se atrevió a alzar el rostro y observar a Mari, que no tenía más ese semblante burlón si no uno serio y casi escalofriante.
La fiebre no bajará si no dejas de comportarte como una niña. — Volvió a decir Mari con ese timbre seguro y determinado en su voz. Sin esperar respuesta de Asuka, bajó despacio los tirantes azules del uniforme, para luego deshacer el extraño amarre que Asuka le había dado de nueva cuenta al rojo listón y así dejar una vez más a medio abrir su blanca camisa.
Asuka no pudo hablar o si quiera moverse, Mari la había declarado con fiebre, y en verdad, ella se sentía muy caliente, pero ninguna de las dos sabía que eso no tenía que ver con enfermedad o algo parecido si no con la reacción del cuerpo de Asuka ante ese tipo de situaciones. Aun así, se quedó quieta como si no fuese Mari quien la estuviera desvistiendo si no un doctor, alguien que sabe lo que hace. Aunque seguía temblando y seguía con las mejillas llenas de rubor, tan sólo prefirió mirar hacia otro lado, no era capaz de ver las manos de Mari desvistiéndola. Pero estando tan cerca, no había a donde mirar, así que sólo cerró los ojos, y trato de pensar en algo diferente a lo que ocurría con ellas dos encerradas en los servicios del tren.
Haré que te sientas mejor. — Escuchó aquel susurró adornado por la voz de Mari, y sintió un vuelco familiar en su interior, pero no se atrevió a abrir los ojos.
Mientras todos los niños y niñas iban marchando y cantando una alegre canción que, guiados por los encargados del campamento se dirigían rumbo al lago del bosque. Una enferma pequeña reposaba sobre una de las cabañas que correspondía a la enfermería. Estaba sola, su única compañía era la enfermera ya con la vejez encima que yacía durmiente en una silla mecedora.
Los estornudos y tosidos de la pequeña se unían a la respiración durmiente de la anciana enfermera, mientras que los cantos alegres de sus compañeros de campamento se hacían más lejanos cada vez más.
Ton… Tontos… — Murmuró la pequeña pelirroja mientras desviaba el rostro rumbo a la ventana, levantándose un poco, dejando su cuerpo apoyado en la cama con los codos. — Yo… Yo ni si quiera quería acompañarlos. — Dijo la pequeña mientras los miraba partir por la ventana, apretando con fuerza las sabanas de la cama.
Además, tú ya conoces bien el lago. — Una voz diferente a la de Asuka sonó de pronto, obligando a la pequeña Shikinami a desviar la vista hacía la puerta, encontrándose con aquella niña de anteojos y cabellos castaños cargando una gran caja de cartón, que lucía un poco pesada.
Tú… — Fue todo lo que respondió Asuka, consternada con la presencia de la contraria.
Mari se acercó hasta dejar la caja sobre los pies de la cama en la que reposaba el cuerpo de Asuka, después de todo, el pequeño cuerpo de la mitad alemana no usaba ni la mitad del espacio en el mueble. Después, como si ahora Asuka y ella fuesen de total confianza se subió a la cama también, de rodillas, abriendo la caja de cartón y sacando de ella un montón de juguetes y juegos para niños, sin verse convencida por uno realmente.
Pensé que me atraparían, pero le pedí a Yuki-chan que los distrajera para poder venir hasta la enfermería, y camino aquí me encontré con esta cosa… ¿Ya has mirado? Está llena de cosas divertidas. — Hablaba la infantil Mari mientras seguía sacando juguetes y juegos, cuando los saco todos, volteó a ver a Asuka esperando una respuesta suya.
No… No quiero jugar. — Mintió la obstinada Asuka, mientras se daba la vuelta, envolviéndose con las sabanas, acomodándose en posición fetal, dándole la espalda a Mari.
El resfrió que había adquirido la pequeña ojiazul se debía a su incidente en el lago, aunque algo de gripe no era nada en comparación con la posibilidad de morir, Mari aún sentía deseos de estar con Asuka; tan así que no le importaba romper las reglas del campamento Wille para niños de nacionalidad euro-japonesa. Asuka sabía que Mari le había ayudado según habían explicado los adultos, aun así no sabía cómo decir 'gracias' más bien se sentía avergonzada con ella; le debía gratitud y no sabía cómo dársela. Estando acostumbrada a ser grosera con todo el mundo, a insultar e ignorar ¿Cómo alguien así podría dar las gracias?
Al ver la respuesta de Asuka ante su invitación a jugar, Mari se quitó la pequeña mochila de explorador que llevaba en la espalda y rebusco en ella a su fiel amigo Chan. Bajó de la cama y Asuka suspiró enojándose consigo misma, pensando que había hecho que la niña castaña se fuera; pues aunque no pudiera aceptarlo, no quería que se fuera, Asuka quería su compañía, pero no sabía cómo decirlo.
No te preocupes Princesa, ¡Haré que te sientas mejor! — De pronto, frente a Asuka apareció Chan, siendo manejado por Mari desde abajo, quien además había modificado su voz a una ligeramente más aguda y torpe, simulando que era la voz del muñeco.
Asuka alzó las cejas, pensaba que Mari se había marchado, era la primera persona que se quedaba con ella aún a pesar de portarse grosera.
¿Prin… Princesa? — Se animó a preguntar Asuka, como si quisiera seguir el juego.
¿No es usted una princesa? — Mari sonrió para sí misma y siguió fingiendo esa voz, dándole vida a su muñeco. — Los cuentos siempre las describen como personas que no hablan con plebeyos… ¡Así como usted!
La pequeña Asuka no pudo evitar dejar que una pequeña risita saliera de sus labios, si, ella no hablaba con nadie; pero jamás se le ocurrió que se tratase de una princesa que no quisiera relacionarse con plebeyos.
Además… — Mari fue saliendo de su escondite, dejando que su rostro tanto como el de Chan quedasen a la misma altura. — Todas las princesas son muy bonitas… — Agregó Mari con su propia voz, mientras miraba con una sonrisa tierna a Asuka, quien tan sólo pestañeo un par de veces, sintiendo sus mejillas calentarse en cuestión de nada.
Para cuando Asuka salió de su trance, uno de sus hombros ya estaba desnudo, al igual que sus finas clavículas e incluso aquel rosado sujetador con sensuales y aniñados encajes como adorno se dejaba ver apenas un poco, resguardando sus pálidos y redondos senos. Mari por su parte, se había quitado el saco y la corbata, humedeciendo la segunda y doblarla hasta que cumpliera la tarea de un pañuelo húmedo que bajase la temperatura corporal de Asuka. Acariciando las partes desnudas de su piel, su frente, su cuello, sus clavículas, su hombro y luego descubrir su otro hombro, dejando así que la blanca camisa cayera sola hasta las caderas de Asuka, dejando a medio desnudar todo su torso.
Sus finos hombros cubiertos por aquellos casi dorados cabellos, su pecho cubierto tan sólo por el sujetador rosado a media copa, aquel níveo abdomen que se contraía cuando la corbata húmeda pasaba por encima de su piel; Asuka realmente lucía como una princesa.
Mari devolvió la prenda mojada por encima de las clavículas de Asuka, partiendo de ahí, la descendió hasta dar con la exquisita curvatura de sus modestos pechos, apretó un poco la corbata como si la exprimiera y de ella un par de gotas se derramaron sobre el busto de la joven Shikinami, consiguiendo que ambas gotas se deslizaran desde la piel de entre sus senos hasta su abdomen, muriendo muy cerca de su zona pélvica, lo que hizo que la chica pelirroja dejase salir una ligera exhalación, aunque muy tenue, indudablemente aguda, tan parecida a un quejido, o en el mejor de los casos; un gemido.
Está bien, princesa… Está bien, es sólo agua. — Respondió Mari tratando de tranquilizarla.
N…no me gusta cómo se… s…siente… — Dijo Asuka, con la voz algo quebrada, pues aunque las intenciones de Mari fueran acabar con su calor, al igual que sus nervios, su temperatura parecía ir en aumento con cada toque suyo.
Entonces… Permíteme hacerme cargo, majestad. — Los ojos de Mari adquirieron un brillo especial, dejó la corbata sobre el lavamanos y lentamente se fue inclinando, hasta quedar con una rodilla sobre el suelo.
Asuka no percibió aquel movimiento, pues mantenía los ojos cerrados, no sabía que ahora tenía a Mari arrodillada frente suyo, no lo supo hasta que de pronto en su abdomen, justo donde el rastro de gotas había quedado, sintió los labios de Mari limpiar ese frío y húmedo camino.
La ojiazul no pudo evitarlo, aunque lo tratara de evitar, al sentir los labios de la castaña sobre su abdomen plano; sus piernas flaquearon, su cuerpo albergó un instantáneo escalofrío y su boca, si, su boca emitió un sonido parecido al dolor, quejumbroso, delicado y agudo, que encerraba una fusión de emociones exóticas. Nunca nadie había tocado a Asuka de ese modo ni si quiera ella misma, no estaba segura de la carga de emoción que había sentido, pero no suponía que se tratará de algo bueno cuando la había hecho emitir un sonido así de vergonzoso.
Pa…Para, yo… Yo no… — Y antes de que pudiera dejar de hablar, antes de que pudiera culimar su dialogo, Mari volvió a besar su abdomen, pero esta vez, no fueron sus labios los protagonistas del beso, si no su propia lengua. Situación que obligó a Asuka a cerrar con mayor fuerza los ojos y llevarse ambas manos a la boca, para cubrirla y evitar que más sonidos vergonzosos salieran de sus labios.
Su temperatura parecía aumentar, su cuerpo tiritaba con mayor intensidad, sus mejillas estaban ya casi completamente rojas, sus piernas se sentían débiles, frágiles como si fueran a desplomarse en cualquier momento, no cabía duda de que Asuka era sensible y Mari muy osada.
La castaña continuó depositando suaves caricias labiales encima de la blanquecina piel de Asuka, aun cuando no había más rastro del agua fría. Empezaba a tener una sed, que poco tenía que ver con el agua, si no con la piel de la joven Shikinami. Pero en ese momento…
La puerta del sanitario recibió dos golpecitos y la voz de Kaworu se hizo sonar del otro lado.
¿chicas, están ahí? Estamos por llegar, será mejor que nos preparemos para bajar…
