6 años después
Todo transcurría con normalidad. Los días se iban sucediendo como quien pasa las páginas de un libro, lentos y tranquilos deseando que la historia no llegara a su fin, pero lo cierto era que esa historia no tenía ningún fin, ya no.
Sara se encontraba en casa con su hija Elizabeth intentando convencerla de las ventajas que tenía ir al colegio y claramente le estaba costando. Era difícil decirle a un niño que todos los días se tenía que ir a un lugar con libros y donde no todo era jugar.
Mientras preparaba el desayuno, la niña se encontraba sentada en la mesa con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
"Tienes que ir, cielo."
"Pero yo no quiero ir mami."
"Ya verás que no va a pasar nada, hay muchos niños y harás muchos amigos. Será divertido."
"No, yo me quiero quedar aquí con papá y contigo."
"Pero cariño, yo tengo que ir a trabajar y papa tiene que descansar. Aquí te aburrirías."
"Mami, por fa no quiero ir, además tú hoy no trabajas."
Sara le dio un tazón de leche a la niña y posó en la mesa unas tortitas con caramelo.
"Pero tengo que hacer muchas cosas, cielo. Además, mira, te he hecho tortitas." La chiquilla, con pelo claro y ojos azules, miró el desayuno que su madre le había preparado con deseo y por un momento no se acordó del gran problema que suponía tener que ir al cole. Pero solo por un momento.
"No quiero." Dijo apartando el plato y volviendo a cruzar los brazos.
"¿Cómo que no quieres? Las hice para ti." Sara se agachó al lado de ella mientras intentaba comprender la reacción de la niña.
"Pues no las quiero."
"Verás cuando llegue papa. Se las va a comer todas, ¿eh?" advirtió
"Me da igual." Sara se levantó y cogió el plato de tortitas llevándoselo con ella a la cocina.
"Como quieras." Comenzó a hacer café, la única droga que conseguía mantenerla despierta, bueno, una de ellas. La otra era su marido, quien en ese preciso instante aparecía por la puerta.
Grissom seguía prácticamente igual. En el trabajo todo era como siempre había sido, bueno no todo. Sara ya no trabajaba con él, no podían tener el mismo turno y dejar a Elizabeth todas las noches sola, así que ella decidió cambiarse al turno de mañana, en el que su superior era Catherine. Las dos se habían convertido en buenas amigas, los roces y las discusiones de hacía muchos años habían sido olvidadas. Sara trabajaba hasta las 4 de la tarde y Grissom seguía siendo el supervisor del turno de noche, aunque tampoco le quedaba mucho para jubilarse.
Había sido difícil cuidar de una niña, sobretodo con el trabajo que tenían, pero lo habían hecho bien.
Grissom posó su abrigo y se dirigió a la cocina donde se encontraban las dos personas que más quería.
"Hola renacuaja." Dijo refiriéndose a la niña y acercándose a la mesa. La niña simplemente no respondió. "¿Qué pasa?"
"No quiere ir al cole." La mirada de Grissom siguió el camino que conducía a esos ojos que, aún después de tantos años, seguían derritiendo cada pensamiento. Sonrió y de nuevo miró a la niña.
"Pero, ¿como que no quiere ir al cole? Si es muy divertido."
"No lo es."
"Si nunca has ido, no puedes saber si es divertido o no."
"Mamá no quiere que me quede contigo en casa. ¿Me puedo quedar?" ¡Qué inconfundible esa escena! Siempre que Sara no la dejaba hacer algo, recurría a su padre, quien a veces por simple compasión cedía, por supuesto asumiendo la discusión que vendría después con su esposa.
"Eli…" Grissom dijo advirtiendo a la niña de que eso no iba a ser posible. "Sabes que no te puedes quedar."
"Bien." De nuevo cruzó los brazos.
"Vamos a hacer una cosa. Nos comemos entre los dos las tortitas que preparó tu madre y luego te llevo a clase. ¿Qué te parece?"
La niña miró a su padre y luego al plato de tortitas que había sobre la encimera de la cocina. Realmente quería esas tortitas.
"Vale, pero con una condición."
"Dime peque."
"El sábado acamparemos en el jardín." Grissom se sentó en la mesa y Sara trajo las tortitas. La palabra acampar no sonaba demasiado bien, sobretodo para su espalda, pero bueno, al menos había conseguido que estuviera contenta.
"Trato hecho. Y ahora rápido que si no llegaremos tarde."
-o-
Media hora después Gil Grissom volvía a su casa donde le esperaba ella. Se dirigió a su dormitorio pensando que estaría allí y acertó. Haciendo la cama, Sara Sidle sintió como unos brazos rodeaban su cintura y unos labios comenzaban a viajar por su cuello. Ese dulce sabor del que nunca en la vida se cansaría era algo con lo que no podría ser capaz de continuar. Suave y tierno, un susurro anhelante se escabulló por sus oídos expresando palabras ya dichas y por supuesto sentidas. Te quiero
Pronto Sara abandonó lo que estaba haciendo y se giró lentamente para encontrarse con esos ojos azules que no perdían su brillo con el paso de los años. Daba igual lo que ocurriera o lo mal que pudieran ir las cosas, siempre que derretía sus ojos en ese mar azul, los problemas parecían ser una simple nimicia que no conseguía atravesar su pequeña burbuja. Cuando miraba a su hija podía verle reflejado en su mirada, profunda e inspiradora.
"El primer día de cole… No ha sido tan difícil convencerla." Grissom dijo fundiendo la claridad de su mirada con la oscuridad de la de ella.
"No para su padre al que tanto adora." Con tono burlón expresó esa frase y dejando a entender que era él quien lo había conseguido.
"Si, pero he ganado con ello un dolor de espalda para el sábado." Sara sonrió.
"Es lo que tiene hacer chantaje, puedes salir perdiendo."
No hubo más palabras que decir, solo el silencio y el conversar de sus miradas inundaba la habitación. Mientras Grissom rodeaba a Sara con sus brazos ella acariciaba su rostro, suave y sin rastro de barba, exactamente como le gustaba.
Y ocurrió, como tantas otras veces… Un beso más, como el primero, demostraba que realmente hay cosas que sí son eternas.
THE END
