Capítulo 1: El final del letargo

Abre los ojos, Link, despierta...

¡…!

Sintió como si le jalaran hacia atrás, como si estuviese cayendo al vació. Toda la oscuridad se convirtió en una serie de imágenes donde se veía así mismo en distintas formas, tamaños, personalidades. Desde un pequeño bebé, hasta su edad más reciente.

– ¡Zelda! – Gritó entre todo aquello que lo rodeaba.

Todo estaba claro en su mente. De un de repente, sintió como volvió el aliento y se levantó conmocionado. Como si hubiera estado soñando un largo tiempo. Se sentía entumecido, frio, y débil.

– ¡…! – El joven tocó su pecho asustado. Miro alrededor sin saber bien que pensar de todo lo que había visto. Recordaba como si fuese ayer todo lo que había sucedido ese maldito día. La princesa llorando, los campeones encerrados en las bestias divinas, el castillo explotando en oscuridad roja y negra. Todo… ¡todo!

Trato de levantarse, pero se sentía sumamente débil. Aquellos recuerdos habían impactado al muchacho. Volvió a recostarse impaciente. Sabía quién era él, sabía que había pasado… pero no sabía dónde estaba ni que tenía que hacer ahora.

De repente, sintió que donde estaba tenía un líquido extraño, y por si fuera poco, aquel líquido estaba drenándose, pero en su cuerpo. Comenzó a tener fuerza nuevamente después de eso. Abruptamente se levantó y examinó la sala.

No fue hasta que viró cierto artefacto que la sangre le quedó helada.

– ¡N-no puede ser…! – Se acercó vertiginosamente hasta el pedestal que sostenía ese artefacto que había visto muchas veces en manos de cierta persona.

El pedestal extendió aquella tableta de piedra, que la persona con quien pasaba la mayor parte de su tiempo, tenía siempre en su poder. Sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo. Cuando tomó la tableta, una puerta se abrió y dejó paso a otra sala. Encontró un cofre de donde saco un pantalón, un par de botas y una camisa, todo tan viejo y pequeño que apenas le quedaba. Pero mejor eso a estar desnudo.

¿Dónde deje mi túnica…? – Se cuestionó así mismo, pensando también en porqué estaba casi desnudo.

Se acercó hasta otro pedestal, cerca de otra puerta. No dudo ni dos segundos en posar esa tableta de piedra, que brillaba con tonos azules y naranjas, hasta ese pedestal. Se ajustó a este y luego el joven volvió a poseerla.

En cuanto la tomó entre sus manos, la puerta frente a él comenzó a abrirse, y a mostrar unos cuantos rayos de sol que le cegaban por permanecer tanto tiempo ante tan poca luz.

Se llevó un brazo cerca del rostro para evitar que la luz solar le dejara desorientado. Y luego comenzó a moverse hacia la salida. Se percató de que los escalones faltaban en ese sitio, por ello trepó hasta subir y continuar.

Sintió el aire circular por sus mejillas. Era un aire fresco a comparar con el rancio aroma de la cámara donde estaba. Su corazón latió impaciente y entonces no pudo más, saliendo desesperado del lugar.


El aire pegaba en sus mejillas, en su rostro y en sus pulmones al respirarlo. Todo estaba bien… parecía bien… aunque…

– ¿Qué… es todo esto? – Cuestionó al verse rodeado de árboles y virar allá, donde conocía, que estaba demasiado quieto y vacío. Ni siquiera era capaz de ver si había edificios. ¿Dónde estaban las aldeas cercanas al castillo? Era lo único que se apreciaba con claridad. Se dio la vuelta y supo inmediatamente donde se encontraba – ¿La meseta de los albores? ¿Por qué estoy aquí? – esta vez su pregunta fue mental.

Entonces se dio cuenta de otra cosa. El corazón se le paró unos momentos. ¿Desde cuándo había tanta vegetación ahí? ¿Desde cuándo el camino esta tan derruido? Ahora que lo veía bien, se encontraba en el santuario de la vida, que muchas veces había sido mencionado por una Sheikah con la que se llevaba relativamente bien. La doctora Prunia era una erudita en el ámbito te tecnología ancestral y su funcionamiento. Es lo que recordaba de ella, al menos.

No se detuvo ni por un instante y se dirigió al único lugar al que recordaba bien. Quizá ahí podría rezarle a la diosa y encontrar una respuesta… aunque sabía perfectamente que rezarle a la diosa podría no servir de nada. Ella siempre lo hacía y nunca obtenía respuesta.

Sin embargo, antes de proseguir, observó a alguien en una fogata, sentado. Tenía ropas que simulaban a las de un enterrador. Tanto por el aspecto viejo, como por quien las tenía.

Se acercó con cuidado. Aquel hombre no le parecía peligroso. Por ello simplemente se acercó relajado. Un olor dulce y sabroso invadió su nariz. El estómago le rugió – ¿Desde hace cuánto no pruebo bocado? ¡Por el amor a Hylia!, tengo la sensación de no haber comido en semanas – Se dijo así mismo, tratando de mantenerse calmado ante la situación. Se avergonzó de aquello que su estómago había provocado.

– Tómala, joven, pareces hambriento – Dijo el hombre. En efecto, era un hombre muy viejo. Señalaba tranquilamente a una manzana asada que estaba cerca de la fogata. También le invitó a sentarse, y eso hizo él muchacho.

– Disculpe, no era mi intención pero… ¿de verdad puedo tomarla? – Su rostro estaba bañado en rojo ante sus palabras. Y un poco de saliva salía de su boca, cual perro callejero. Todo esto le traía bochorno.

– Como dije antes, pareces hambriento. Así que no sucede nada – Contestó el viejo con una voz más jovial.

– Muchísimas gracias, señor – el joven no se contuvo y se sambutió la manzana de un solo bocado.

– Es increíble que, aún caliente, te hayas atrevido a comértela tan rápido. Mastica, si no la comida no te caerá bien – Dijo el hombre después de echar carcajadas.

El joven sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo. Estaba seguro de conocer esa voz. Pero no sería posible. La persona a la que le pertenecía nunca vestiría tales ropas, ni se vería tan decadente. No… ese hombre con el cual tuvo la osadía de compararle en voz, era alguien firme y lleno de orgullo. Si supiese que ese plebeyo, un simple caballero, le había comparado con un viejo "sucio"… estaría en graves problemas, y sólo por compararle así.

– Dime, joven. No se ven caras como la tuya por aquí. ¿Se te ha perdido algo en ese viejo lugar? – Cuestionó el hombre sentado junto a la hoguera.

Por un momento, dudo si contarle que pasaba. Era un hombre viejo, y si sabía que estaba ocurriendo, quizá se asustaría, o quizá ya lo sabía. Sólo que había algo extraño. En primera instancia, todo estaba demasiado poblado de árboles en la meseta de los albores. No había guardias, ni había gente atareada, y encima, ese viejo hombre estaba totalmente calmado. El paisaje se veía tranquilo también. Comenzaba a temer haber sido un estorbo. ¿A caso se perdió de todo? ¿A caso habían ganado sobre Ganon? Si el castillo estaba tranquilo, seguramente era porque los campeones habían salvado el día. Seguramente la princesa, después de demostrarle su poder, había ayudado a los campeones a recuperarse, y se habían librado de Ganon.

Suspiró inseguro. Se levantó del suelo, donde el viejo le había ofrecido reposar, y luego aclaró la garganta.

–Dudo mucho que yo pueda responder esa pregunta, pues no tengo conocimiento alguno de ello, no creo que lo entienda… aun así, antes de marcharme debo agradecerle por la manzana, señor. Pero debo encaminarme hacia el Castillo de Hyrule – Dijo el joven con una sonrisa – Ha sido un placer.

– ¡Espera! – Gritó el viejo con pesadez – Muchacho… ¿Estas demente? – Aquello no tenía sentido para el rubio. No había podido avanzar casi nada por las palabras del hombre.

– No señor, no esperaba que supiera quien soy, pero dadas las circunstancias habré de decirle. Mi nombre es Link, y soy el "Campeón Hyliano" – el muchacho ya espera ver al anciano sorprendido. Sí, su cuerpo se tambaleó un poco al escucharle – La princesa Zelda seguramente este esperando a que regrese, aunque no hay nadie que me haya dado instrucciones. Pero si está en algún lugar, seguramente es en el castillo, de no ser así, es posible que se encuentre con Impa, la embajadora del pueblo Sheikah. Bueno, al parecer no esperaba que fuese así, no le culpo, con esta ropa no parezco más que un pordiosero. –Sonrió unos momentos con diversión, aunque el hombre estaba entumecido – Señor, tengo que marcharme ahora mismo, de verdad, gracias por la manzana… – Dio media vuelta y emprendió el camino.

El hombre se sorprendió de sobre manera, pero trató de calmarse. Una vez suspiró con profundidad le llamó con más firmeza.

– No des ni un paso más, Campeón Hyliano – Exigió como si de una autoridad se tratara. Y entonces Link sintió aquel escalofrió una vez más; Link frunció el ceño en cuento escuchó las palabras del viejo, sin dar vuelta, preguntándose al mismo tiempo si se trataba de un enemigo – No sabía si recordarías aquello con claridad, pero ahora que lo sé, debo decirte algo importante… aunque aquí no es seguro. Ve a donde las plegarias de la diosa son escuchadas, ahí revelaré algo que necesitas saber con urgencia.

Link se giró ante quien le imponía ese temor. No era un temor de terror, era un temor de preocupación. Aquel hombre con esa forma propia de hablar, la firmeza, el tono, la voz… sólo le pertenecía a una persona. Cuando se dio cuenta, el hombre había desaparecido. El misterio inundó al joven hyliano.


El rubio no dudo en correr hasta el Templo del Tiempo, lugar al que había ido innumerables veces con su padre, su madre, y en su adultez con la princesa Zelda… Zelda. Sintió las mejillas arder por la última persona. Ahí… ella y él… – ¿A caso quieres morir, Link? Deja de recordar ese grandísimo "error" que cometiste – se pegó dos bofetadas en el rostro y movió la cabeza con brusquedad, no era precisamente un error, era algo que ella también había correspondido, pero sus votos habían sido violados, el joven hizo un juramento que rompió en ese lugar sagrado… Siempre había sido así de contradictorio. Si aquello era sabido por cierta persona, entonces quizá hasta perdería la cabeza. Había hecho algo sin pensar, como muchas veces, era un constante arrepentimiento, y a la vez, un deseo del que no se arrepentía.

Sintió un pequeño pinchazo, no era el momento para eso. Aún estaba presente el momento en que ella había desatado el poder sagrado y él había caído en batalla. Quizá, la princesa estaría decepcionado de él. Además cuando despertó en ese lugar, había escuchado su voz, o tenido la noción de haberla escuchado.

– Lo que tenga que decirme el viejo, seguramente no es nada que vaya en broma. Es mejor que le siga – Recorrió un pequeño camino hasta el templo. Cerca se encontró con estanque que recordaba bien. Había pescado ahí con su madre, en la infancia, de las últimas veces en verle… suspiró con una sonrisa melancólica pero volvió a enfocarse en lo importante.

Nuevamente, sintió como si algo en su estómago se contrajera. En la puerta del templo, había un montón de guardianes, mas estos estaban todos apagados y como chatarra vieja. Otra cosa preocupante había sido el estado deplorable en el que ahora veía al templo, pero había algo todavía peor, un bokoblin se alzaba airoso en ese sitio sagrado. Una rabia le invadió de lleno, por lo que se acercó hasta el monstruo… sin embargo cayó en cuenta de otra cosa. Intento sacar una espada que no tenía – ¿Dónde está la espada que doblega a la oscuridad? – se cuestionó con paranoia. Si Zelda supiese que la había perdido… bueno, estaría muy enojada con él, y todos sus conocidos, sobre todo, el imponente soberano de Hyrule, muy decepcionados del supuesto gran caballero.

Antes de darse cuenta, el monstruo se percató de su presencia, y le persiguió hasta el estanque. Se tiró hacía la roca del medio, y miro al monstruo arrojándole piedras. Una logró darle en el hombro, que le dolió intensamente, reviviendo con ligereza su último recuerdo. Para evitar más golpes, Link subió a la cima de la piedra, encontrándose con una interesante pero derruida espada.

No dudo ni dos segundos en sacarla del viejo pedestal improvisado donde estaba, y lanzarse de nuevo hacia el monstro. Sabía que no se atrevían a nadar. Estaba casi seguro de que eran tan estúpidos que meterse al agua sería un suicido. A la vez, sabían sus límites. Esos monstros sólo tenían maña.

Link se posiciono en batalla. El bokoblin era estúpido. Se lanzó así como si nada contra él. Con un esquive magistral, le dio un solo golpe que lo arrojó sin piedad a donde el estanque era más profundo. Tal como imaginaba, el idiota comenzó a ahogarse. Cuando cayó derrotado, desapareció de forma tan… abrupta. El joven supo que algo extraño pasaba. No solían desaparecer así nada más, se quedaban sus cuerpos tirados por ahí, pero este se había vuelto rojo y luego negro, y después había estallado en polvo oscuro. Aunque había dejado algunas partes del cuerpo, como dientes y un cuerno.

Link siguió el camino, quería respuestas y si el viejo podía dárselas, mejor así.

El templo estaba tal y como nunca hubiese imaginado. Destruido de algunas ventanas, del suelo. Los grandes vitrales habían sido quebrados y el camino al templo, deshecho casi con totalidad, ambos casos con tal alevosía que daba escalofríos.

Se acercó rápidamente hasta la efigie de la diosa, sin importarle por un segundo donde estaría el viejo – Diosa… diosa Hylia, escucha mis plegarias… por favor. – Balbuceó unos segundos, y cuando menos lo esperó, escuchó una respuesta.

Fue tan repentino que cayó de trasero al suelo.

– D-Diosa… ¿Acaso me ha respondido? – inquirió el joven ante la efigie que se alzaba imponente en medio de todo el templo.

Así es joven… veo que has despertado de ese letargo. No soy yo quien debe responder a tus dudas. Te ayudaré a proseguir cuando no tengas claro que hacer, pero por ahora sube hasta el campanario y escucha las palabras de un rostro conocido – La luz que había rodeado por instantes la efigie y al joven, se desvaneció, y este sin saber cómo actuar tan sólo siguió la orden de sus superiores, esta vez, de la diosa.

Así como los viejos días en que iba con su padre, subió por unas escalerillas hasta el campanario. El viejo hombre estaba de espaldas, admirando hacia el norte, donde estaba el castillo de Hyrule. Sostenía un bastón con una lámpara.

Link se acercó hasta el hombre, con ansiedad en la mente. No sabía que estaba por saber. Quizá algo terrible… quizá buenas noticias, quien sabe.

– No esperaba menos de ti, joven campeón – Dijo el hombre con aire mucho más serio y adulto.

– No le comprendo… – Antes de decir algo más, se dio cuenta que el hombre flotaba. Poco a poco se alejó, pero el hombre le detuvo.

– No te asustes… es normal para un ánima el ser capaz de flotar. Aunque en un principio no lo pareciera – Explicaba con toda la seriedad del mundo. Luego continuó – Sé quién eres, joven Link, el espadachín más hábil que fue capaz de detener un rayo de un guardián sólo con la tapa de una cacerola, y no sólo eso, si no que utilizaste ese desvió hacia el ojo del guardián. Por eso, no esperaba menos del escolta de mi hija.

– ¡¿S-su… hija?! – Ahora sí no sabía que decir al respecto. Se cayó de rodillas sobre el suelo, y se apoyó con sus manos para evitar un paro cardiaco.

El hombre cambió a unas vestiduras mucho más pulcras, una túnica real, con un cinturón que tenía cierto emblema. Sobre su cabeza tenía una coronilla… símbolo de la familia real.

– Hace tiempo me conocías como Roham Bosphoramus Hyrule, el último monarca de este reino – Link sabía perfectamente quien era ese hombre. Sí, ese hombre imponente era el padre de Zelda – Levántate del suelo, caballero de la leyenda. No es el momento ni el lugar para perder el juicio. Siempre pensé que eras demasiado joven, pero me demostraste lo contrario cuando fuiste capaz de blandir la Espada que Doblega a la Oscuridad. Fuiste un joven serio y lleno de pasión por el arte de la esgrima, tan puro que fuiste capaz de sacar aquella espada de su pedestal. Aun cuando al final, el poder abrumador de la bestia de las tinieblas, Ganon, nos sobrepasó a todos.

Link se levantó del suelo con toda la calma posible, pero su rostro notaba recelo. Las palabras del quien ahora sabía era Su Alteza, el Rey Roham Bosphoramus Hyrule, comenzaban a alterarle con inmensidad.

–Hace mucho tiempo, para ser más claros… – Aclaro la garganta, sabiendo que lo siguiente a decir impactaría con vehemencia al muchacho – hace cien años, el reino de Hyrule cayó bajo la represalia y maldad de Ganon, "El Cataclismo"

Mentira… – Pensó el joven negándose a creer aquel golpe tan infamé. La realidad… la maldita y despiadada realidad, acerca de lo que hablaba su rey – ¡Es una mentira! – Gimoteó cual niño después de ser engañado por sus padres – ¡Es una gran mentira! ¡Los campeones…! ¡Ellos! ¡Los campeones derrotaron a Ganon, con ayuda de Zelda! – dijo seguro de sus palabras, pero el rey bajó la mirada, dándole a entender que lo que había dicho era nada más que la verdad.

– Lo siento… –Dijo con un tono de arrepentimiento – Lo siento mucho, hijo…

– No… No puede ser verdad… mis amigos, mi padre… los inocentes… – Volvió a caer de rodillas al suelo, esta vez acompañado de un llanto inmenso, desbordando lágrimas sin detenerse – Zelda… ella… ¿acaso ella murió? – Aquello había salido tan de repente que el rey sintió algo de curiosidad por la pregunta. Sabía perfectamente los rumores sobre la relación de su hija con Link, pero se negaba a creerlo ya que parecían ser simple princesa y escolta.

Link temía del silencio del rey. Había preguntado algo que realmente no deseaba saber, pero necesitaba saberlo… al menos tenía esperanzas de escuchar que estaba viva y sana, tal vez con la apariencia de una vieja, pero en un lugar al que la oscuridad no había llegado. Tan sólo quería saber que estaba bien.

– Por favor, dígame que ella… aún vive –Imploró el joven, acercándose hasta los pies del rey, que flotaban en el aire. –Por favor… dígame que sigue viva.

– ¿Por qué tanto interés en saberlo, muchacho? – Interrogó Roham al hyliano destrozado.

– Usted sabe perfectamente, ¿no es así? – Replicó Link con la mirada entristecida – Sabe perfectamente que es lo que yo sentía… no, lo que siento por su hija. Usted siempre tuvo conocimiento de los rumores pero…

– Es verdad, sé que te enamoraste de mi hija. Al principio no lo creía, pero ahora tengo la seguridad de que así es – Se bajó a su altura y le tomó un hombro – Sé la incertidumbre que tienes, muchacho, pero debo decirte que yo tampoco sé, por eso siento empatía. No puedo responder a tu duda, sé que ella fue a encerrar sola al cataclismo una vez hizo ciertos preparativos, pero… no sé más. Yo también desearía saber que ha pasado con mi amada hija.

– ¿Amada? – El rey sabía que aquello iba a desatar un infierno. La tristeza siempre era la ceguera del rencor. Link era más consiente de todo lo que su pequeña niña había pasado. Tres años, nada más y nada menos que eso, Link había conocido mejor a su hija en tres largos años, que él en diecisiete. – Usted provocó toda esa inseguridad en ella. La angustia y la tristeza sólo fueron producto de su poca fe y de todas sus absurdas exigencias. No tiene ni idea de cuánto tiempo pasó llorando por sus reprimendas, más incluso que la muerte de su madre, de cuantas veces se enfermó de meditar en vano en esas fuentes, de cuantas veces intento hacer lo impensable, como huir. Muchas veces peligrando al acechó del Clan Yiga. Si alguien es culpable del cataclismo y de la incapacidad de Zelda, ¡es usted! ¡Le juro por mi vida… que si algo le ha pasado nunca, jamás se lo perdonaré!

Golpeó el suelo con fuerza, resonando en todo el lugar, e incluso, haciendo alejar a las avecillas que estaban cerca. Respiró una vez más, tratando de calmarse. Entonces se dio cuenta de las barbaridades que había dicho, pero no había vuelta atrás. Pensaba en disculparse, pero el rey tomó la palabra.

– No te culpo, hijo. Estoy seguro de que mi amada Elisa jamás me perdonará todo el sufrimiento que le hice pasar a nuestra preciada hija. Las señales se hacían cada vez más intensas, Ganon retornaría en cualquier momento… y por eso… exigía de más. Cuando me arrepentí fue demasiado tarde, tal como pensaba en ese entonces, el poder podía desatarse de otra forma – El rey miro a Link con una expresión abnegada, parecía realmente arrepentido – Elisa era mi mundo, y cuando falleció, todo se derrumbó en mi corazón. Y fui débil e insensato. Estoy tan arrepentido… mi hija, mi Zelda. Aún sigue luchando en el Castillo de Hyrule, sin embargo no sé con seguridad si ella sigue en pie, o ha caído con la ira de Ganon.

El joven expandió sus ojos. "Aún sigue luchando en el Castillo de Hyrule…" las lágrimas que corrieron de sus mejillas después de escuchar aquello, fueron de esperanza. Limpió con frenesí su rostro, y luego miró al castillo.

– Ella… aún vive –Tocó su pecho, intentando sentirla como en ese entonces hacía. Así se daba cuenta cuando escapaba del castillo. Una pequeña luz iluminó el pecho del joven que tenía los ojos cerrados, y el rey se sorprendió. Cuando este los abrió, esa luz desapareció – Algo dentro de mí me dice que aún está viva. Rey Roham… yo…

– Tranquilo, hijo. La incertidumbre y tus quejas, siempre las esperé, pero nunca llegaron. Eras demasiado tranquilo en ese entonces, pero ahora veo que tu fuerza sigue siendo la misma, e incluso más. Pero ir al castillo en estas condiciones, serían una temeridad – Aclaró el rey ante el muchacho – No creo que yendo al castillo como "un pordiosero" vaya a agradar a mi hija – Sonrió el ex soberano de Hyrule. Link ya se había tranquilizado y le siguió el pequeño juego.

– Es verdad, pero me temó que no sé dónde ha quedado la túnica que se me confirió el día de la Ceremonia de Embestidura – Rebatió con vergüenza – Y por si fuera poco, la espada que doblega a la oscuridad no estaba conmigo al despertar. Temó que algo le haya pasado.

Roham estaba estupefacto. Aquel día en que el cataclismo se desató de sorpresa, Zelda no estaba, ni Link, ni los campeones. Habían ido directamente al monte Lanayru para encontrarse con su hija, y su escolta, que habían decidido ir a rezar a la fuente de la sabiduría, a la que podía llegar al haber cumplido diecisiete. Ahora que caía en cuenta, la ira de Ganon se había desatado en el cumpleaños de su hija… aquello había sido el peor de los obsequios que el destino tenía para ella.

Pensando nuevamente, dejando de lado aquellos arrepentimientos que no les traerían más que rencor a la bestia, el rey tuvo una idea brillante – ¿Y si vas a ver a Impa? No es casualidad que Impa haya sido la maestra de Zelda, respecto a la meditación. Esa mujer tenía habilidades increíbles que sólo los sheikah más experimentados posen. Seguramente se encontró con Zelda cuando caíste en la batalla. Además de poder, tenía sabiduría. Es posible que ella sepa que ha pasado con tu prenda y la espada.

– Tiene razón, Su Alteza – Respondió el hyliano – Si alguien sabe algo, debe ser Lady Impa. Entonces… – Link bajó la mirada – Siento haber desatado el coraje contra usted, es sólo que…

– Te lo repito de nueva cuenta, hijo. Tenías razón en todo lo que dijiste. Actué como un egoísta y un pelmazo, a veces yo mismo me doy cuenta de que no hay derecho para autoproclamarme como un padre. Le hice daño a mi hija… mi rayo de luz – Estas últimas palabras, las dijo con opresión en el pecho, y continuó – Quiero que por favor salves este reino, y junto a mi hija, lo devuelvan su antigua gloria. Te doy mi bendición, Link – Estas palabras impactaron al muchacho, también le provocaron un fuerte sonrojo – Link, campeón de Hyrule y caballero de la leyenda… por favor, salva a mi gente y a mi hija.

Poco a poco, la imagen fantasmal del rey desaparecía en pequeños brillos.

"Dile… que le imploró me perdone por todo lo el sufrimiento que le causé…"

Su voz desapareció en el aire, así como su figura. Link no sabía que pensar de todo lo ocurrido. Tras la desaparición del viejo monarca, cayó un artefacto sobre el suelo. Sin nada que perder, el joven lo levantó y sacudió el polvo que tenía, dándose cuenta de que se trataba de un tipo de planeador con el emblema de los Orni. Recordaba haber intentado hacer uno cuando era niño. Siempre fue fanático de los Orni, ya que eran libres sobre el viento. Intento volar pero constantemente terminaba lastimándose.

– Supongo que de algo habrá de servir este planeador – Se dijo así mismo en voz alta. Postró sus ojos en los picos gemelos, los cuales era capaz de mirar desde el campanario con mucha claridad.


Luego, paso a mirar al castillo de Hyrule, donde observó una bella luz estremecerse. Esa luz… ¿era Zelda?

Como si desde hace mucho tiempo entendiera como usar aquel artilugio, se lanzó cerca de los límites en dirección al castillo. Sintió un pequeño temblor retumbar la tierra, y luego un aura de maldad rodeo al castillo, aunque la luz brillo con mucha intensidad también.

"– Link… Link…"

Aquella voz fue fácilmente identificada por Link. El joven suspiró con alivio, pero a la vez con algo de temor por lo que veía.

– Zelda… – Susurró el muchacho impacientemente.

"– Sé y estoy consciente de que aún recuerdas… me alegro…"

– Lo hago, ¡te recuerdo! – Gritó esperando una después, pero la voz de Zelda parecía hablar como si sólo estuviera dándole un mensaje.

"– Has esta durmiente durante los últimos cien años"

Sus miedos se confirmaban. Abandonó a Zelda cuando más le necesitaba. La dejó a su suerte cuando cayó sobre el suelo con su último aliento.

– Lo lamento – Susurró por la bajo con sumo pésame. No podía hacer nada, por ello se limitó a escucharla.

"–La bestia… Cuando la bestia recupere su verdadero poder, el mundo llegará a su fin"

Mientras ella hablaba, la maldad se arremolinaba sobre el castillo a su antojo. Gemía con tanta fuerza que todo el mundo se retumbaba. Link palideció por aquello, pero la luz se intensificó apaciguando a Ganon.

"–Link… Debes darte prisa. Aún hay esperanza…"

Su corazón latió a una velocidad inverosímil. Zelda… ella siempre causaba ese deje de emoción y esa gran esperanza sobre su espíritu. Cayó una vez en batalla, sólo por el afán de salvarle la vida, pero no pasaría de nuevo.

– Te prometo que… – Apretó puños y dientes con tal fuerza que casi sentía que se le rompían – iré por ti y te salvaré de la maldad que nos separó. Enmendaré mi falla, aunque sea cien años tarde. Espérame un poco más, Zelda.

Sin pensarlo demasiado, comenzó a prepararse para el viaje. La meseta de los albores había sido alguna vez un sintió de importancia política para Hyrule, por esa razón tenía algunas armas, trajes y provisiones que el muchacho no se limitaría a dejar. Las iba a necesitar y el las llevaría aunque tomarlas fuese un acto lícito, pero ¿qué más daba? Había roto votos de capeón, abandonó a la princesa en tiempos de necesidad y le había gritado al Rey de Hyrule. Ninguna de sus acciones, desdese momento en adelante, podían llegar a ser peores.

¿Qué tal? Me tomé la libertad de subir el capítulo junto al prólogo para que no fuera sólo una pequeña probada. Espero que les haga agradado la idea, yo estoy algo inspirada por esto, en fin. Hasta el siguiente capítulo.

Nota: Es posible que este fic lo actualice cada dos o tres semanas. En el peor de los casos sería mensual, espero comprendan. Gracias.

–Hino Shirayuki