Capítulo 5: El ojo del cataclismo.
Cuando el joven bajó le dio un aire de nostalgia a la vieja Impa, a pesar de ese corte de pelo, la mujer quedo atónita. Las palabras no le salían de la boca. Era como si algo dentro de ella se hubiera abrumado. Sonrió con fuerza, las esperanzas estaban ahí, en ese joven hyliano.
– Supongo que aún tengo el toque para lucir esta prenda – dijo el joven haciendo reír a la vieja Impa. Apaya, por su parte, no tenía palabras. Verlo era mejor que escuchar relatos de la boca de su abuela.
– Finalmente has recuperado los ropajes que te pertenecen. Joven… ¿qué planeas hacer? – Cuestionó Impa, esperando una respuesta.
– Por eso es que vine aquí, precisamente. ¿Qué debo hacer ahora? Tengo entendido que la Espada que Doblega a la Oscuridad no estaba conmigo cuando desperté ¿Qué le ha sucedido? –Su rostro estaba consternado. No recordaba la última vez que se había separado de ella.
– La espada yace a la espera de que su amo la reclame… – Impa no podía revelarle el camino así como así. Link la había sacado cuando el sendero hacia la espada no estaba lleno de engaños, pero ahora, cualquiera podía tener el deseo de sacarla, aunque aquello era en vano si el que lo hiciera no tuviese la suficiente fuerza y pureza – Las pistas para hallarla se encuentran en tu túnica, Link. Zelda las zurció sabiendo que sólo tú podrías hallarle el sentido. Ha dicho que es una prueba de la diosa. Habrás de pasar por algunos desafíos antes.
Link frunció el ceño. Entendía la razón. Zelda ya había previsto la perdida de la fuerza y la habilidad de su parte. Siempre estaba un paso delante de ella, pero ahora los papeles se habían invertido. De cierta forma eso le daba mucho gusto.
– La princesa también te dejó un mensaje… "Libera a las cuatro bestias divinas, y sólo así podrás enfrentarte al temible Cataclismo, Ganon"
– ¿Necesitar a las bestias? Pero el plan había fallado… ¿Qué tanto podrían hacer…? – Antes de seguir cuestionándose mentalmente recordó que ahí estaban sus amigos, si es que no habían escapado. ¿Era que sus almas seguían presas ahí? No era hora de dudar. Iba a hacer lo que Zelda tuviese en mente, confiaba en ella con plenitud – Entiendo perfectamente. ¿Podría quedarme un poco antes de partir? Hay cosas que necesito hacer antes de enfrentarme a lo que la diosa y Zelda me han encomendado – Preguntó el joven con algo de timidez.
Impa asintió sin decir una palabra, pero su rostro dejaba ver un gesto afable. Sin embargo, antes de que continuara le llamó.
– También deberías echarle visita a Prunia, actualmente está en una aldea, no muy lejos de aquí. Tal vez la recuerdes un poco, solías vivir ahí – Link asintió con un gesto agradable. Eso mismo haría una vez estuviese preparado.
Link subió de nueva cuenta a las habitaciones, pero esta vez quedándose en la habitación contigua a la de Apaya. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta, pues esta quedo de par en par. Se retiró la túnica de campeón. No se había dado cuenta de que la joven sheikah le estaba observando. Estaba ahí mirando las heridas de Link con algo de temor.
– "Las heridas del cataclismo habrían sido tanto físicas como emocionales, mi querida nieta." – Pensó en Impa recitándole uno de los relatos sobre el campeón.
El joven parecía tan inmerso en la túnica que no prestó atención a la sheikah – Link es muy valiente, tal como dijo la abuela. Si yo hubiera sido él, quizá me habría puesto a llorar nada más – Pensó Apaya mirando a Link desde la puerta, con una expresión de tristeza por el destino del muchacho.
A pesar de la tristeza de la joven, Link no parecía igual de dudoso que cuando llegó. Se veía decidido y con más que una simple aspiración a reparar las cosas. Se veía… como una llama ardiente en puro y sencillo valor.
– Link… confiamos en ti – Susurró la joven captando la atención de Link. Pero para cuando este volteó, ella ya se había marchado.
–Gracias, Apaya… – susurró también el joven. Por alguna razón sentía que ella le recordaba a Mipha. La última vez que compartió momento con ella se había comportado así.
Después de quitarse la túnica, la doblo y comenzó a olerla. Estaba ese aroma. Ese perfume que Zelda solía usar. Era tan deleitante que le provocaban ganas de ella, de besarle. De verdad sentía como si todo hubiera sido ayer. Pero de eso nada. Sintió una gran cólera, pero el aroma de la túnica lo calmó.
– Siempre pensé que tú y esa flor eran iguales – Se abrazó a la túnica y luego la acercó aún más a su rostro – Todo el tiempo arrullando mi enfado. Aún recuerdo cuando fuimos a Gerudo… cuando dijiste que esperara, que no fuera tras esos idiotas del Clan Yiga. Creo que fue la primera vez que sentí que en verdad me gustabas. Tu rostro necesitado me encendió ese día.
Respiró con profundidad, tratando de inhalar la mayor cantidad de ese aroma. Su memoria iba a reproducir un encuentro entre ambos, cuando aún era primario su amor, pero se dio cuenta de algo.
La túnica parecía tener un bordado diferente. Tal como dijo Impa. En la parte inferior trasera, sentía un relieve, mínimo, pero lo sentía. Era como unas líneas, pero le parecían extrañamente familiar. Las miró más de cerca… ¿acaso era…? ¡Su princesa era increíble! Había bordado el mapa del Gran Bosque de Hyrule. Aun le parecía asombroso que le hubiera elegido a él. Un inútil que sólo sabía cocinar, comer y pelear. Y que encima ni siquiera pertenecía a la nobleza. Ser un campeón lo obligaba a identificarse como un caballero, más por ninguna circunstancia llegaba a más, o a ser merecedor de una princesa. Aunque Roham le diera su permiso… ¿cómo lo verían la matriarca Gerudo, el rey de los Zora, el líder goron y el patriarca Orni?
Sentía que no habría problema con Urbosa, ya que parecía entenderlo todo. Lo único que le asustaba era la forma en la que a veces Urbosa le amenazaba para no cometer un estúpido error. Y Daruk, bueno, era su amigo, aunque ahora quien sabe quién estaría al mando de esas tribus.
Por otra parte, si había suerte, era posible que Dorphan siguiera con vida. Siempre lo habían considerado como familia en la región de los Zora. Y el líder Orni era un joven llamado Tito, aunque no había conversado más que un par de veces con él. Tal vez ya era muy viejo, o quizá ya estaría descansando para ese entonces. No sabía, y quería descubrirlo cuanto antes.
Zelda dijo que le encomendaría tareas. ¿Qué clase de tareas? El día del cataclismo se dio cuenta de que la maldad de Ganon se había apoderado de las bestias. ¿Y si dentro de ellas había una parte de Ganon controlándolas? Es lo que le había dicho mientras partían hacia Kakariko.
Después de haber llorado en los brazos de Link se percató que nunca antes había llorado como en ese instante. Se le habían salido las lágrimas de la frustración, pero nunca de la tristeza y la ira. A pesar de las exigencias de su padre, a pesar de la muerte de su madre. Hoy había perdido todo. Sólo le quedaba su amado.
Pero no era el momento. Link le había animado con palabras. Después de un momento de abrazos y unos cuantos besos, su voluntad se había repuesto por completo. Siempre le brindaba esa fuerza de su ser
Comenzó a realizar algunas teorías sobre el mal funcionamiento de las bestias. Cada que observaban a los guardianes se percataban de que su sistema aparecía en rojo. ¿Dónde había quedado el brillo naranja?
Zelda era tan intuitiva que se dio cuenta que, tras aquel brillo rojo, había una presencia diferente. Ganon…
– Estoy segura de que Ganon ha hecho todo esto… es como si una parte de él yaciera en los guardianes. ¿Será que habrá el mismo caso en las bestias? – Le dijo a Link mientras se escondían entre unos arbustos. Ella estaba observando con recelo a los guardianes.
– No lo sé, sabes que soy algo torpe para eso. Pero ten por seguro que haré todo lo posible para que tengas tiempo de investigar más esta catástrofe ¿De acuerdo…? Corre en cuanto te diga que lo hagas – Zelda frunció el ceño. Sabía a qué se refería así qué le tomó una mano, pero Link se la arrebató de inmediato – Pasé lo que pasé, no mires atrás… – Fue la última vez que él sonrió para ella.
La diferencia en esa sonrisa, y las demás que tanto amaba de él, es que esta admitía una derrota y era sumamente amarga. Como si aceptará no volver a verla nunca más…
En su mente se arrepentía de no haber intentado vivir por ella. Siempre aceptó que un caballero moriría por una causa, pero sus ojos suplicaban que viviera por ella. Su egoísmo había provocado su derrota. Cuando se enfrentó a esos guardianes, recibiendo un golpe mortal que resistió, Zelda decidió dar su vida por él. Y menos mal que la diosa decidió encomendarle su fuerza, aunque fuera tarde. Pero la dejó sola. Como si ese destino fuese obligatorio.
– No… se supone que yo debo estar contigo, como dicen las leyendas. ¿Por qué esta vez la diosa ha decidido lo contrario? – Se preguntó a sí mismo en voz baja. No lo podía aceptar, era frustrante, un castigo.
Así era, esa fue la decisión del destino que las diosas tenían preparado para ambos. Link no se hostigó más con sus pensamientos e intento renovarse con meditar, como hacía hace mucho tiempo.
Salió con únicamente unos pantalones y una de las espadas que había encontrado, dejando a Apaya sin habla. Esta había vuelto al lado de Impa a limpiar frente a la reliquia.
Al abrir la puerta se llevó la sorpresa de que estaba lloviznando. Nada le gustaba más que sentir la húmeda brisa, y las incesantes gotas de agua cayendo sobre su rostro y su cuerpo, además de intentar romper por la mitad con su acero las gotas de lluvia, sin dejar que se esparcieran bruscamente. Era una suerte que en Kakariko lloviese tanto en esa época del año, a pesar de que el otoño empezara a entrar.
Muchas miradas se postraron ante él, el joven misterioso. Un hyliano que había apenas llegado. Algunas mujeres le miraban con más lujuria que misterio, pues su torso desnudo desborda tanto fortaleza como resistencia, dos de las cualidades más apreciadas entre las mujeres de la raza sheikah. Y además de aquello, hoy en día, un porte como aquel era mera leyenda. Rostro fino, nariz respingada y afilada, un cuello amplio, pómulos bien definidos. Reparaban además en sus brazos, las marcas que tenía sobre el cuerpo. Era un hombre bien hecho, pensaban algunas que lo veían caminar.
El joven iba directo a un estanque. Una vez estuvo ahí con Zelda, que estaba investigando en los alrededores la fauna y flora silvestre. Intentado encontrar una razón de la variedad de peces en ese pequeño estanque, sobre las faldas de la meseta de Pierre, y cerca de la famosísima "Fuente la Gran Hada Seddha" aunque también investigaba sobre una plataforma extraña de, al parecer, procedencia ancestral. Había muchas así en diferentes lugares. En Hebra, ahí en Kakariko, y hasta en la región zora y Gerudo. Algunas hasta pegadas en las paredes. Misterios que nunca pudo resolver.
Camino a paso lento, no quería que la verticidad arruinara su pequeño paseo. Entrenaría en esa plataforma ancestral.
Una vez llegó a su destino se descalzó la botas. Sintió el césped entre sus dedos, no había sensación más placentera que aquella. Quizá, para algunos sonase grotesca, pero para él que había vivido así por algún tiempo, no se quejaba y lo disfrutaba más que otras cosas.
Estiró su cuerpo, sintiéndose liberado de su estrés inconmensurable. Cerró los ojos, se sentó sobre el suelo y aclaró sus pensamientos: rescate, nueva vida, Zelda…
Lo ultimó volvió a perturbarle… fue cuando tuvo una única decisión. Si quería hacer las cosas bien, no podía volver a encontrarse en una situación como hacia cien años. Todo lo que rondaba en su mente era ella. Por más cruel para su corazón que fuera, era necesario olvidar en combate que Zelda importaba para él. ¿Por qué…? Su padre se lo expresó bien: "Es necesario dejar atrás los sentimientos para encontrar equilibrio en las batallas. Cuando tengas una verdadera contienda lo comprenderás bien…" Lastimosamente no había puesto en práctica esas sabias palabras, y lo peor de todo, en el campo de batalla más importante.
Lo que su padre quería inculcarle en ese instante era una vieja técnica de combate Sheikah. Recordaba a su padre llamar a esa técnica "La Guardia de la Calma" Por más extraña que sonase, pero sobre todo contradictoria, se le consideraba invariable y bastante difícil de dominar, y hasta su experimentado padre era incapaz de mantenerla por mucho tiempo –O siquiera completarla al cien por cien –. No era magia ni usaba dones, era pura y simple concentración, un desfaje del mundo y sentimientos "innecesarios" para el combare. De esta había tres técnicas derivaras. "La guardia perfecta", "Elución precisa" y "Disparo ilusorio" En realidad, estas tres artes venían en una misma "La Guardia de la Calma"
Como antes visto, la guardia perfecta era aquella en donde los intérpretes de esta lograban detener un golpe con su escudo y contra atacar de inmediato. La más fácil de las tres, según la mayoría. El disparo ilusorio era lo que mejor se le daba a Link, aquel que realizó mientras disparaba a los bokoblins en la caballeriza, sólo que desgastaba la mente y el cuerpo. Era un cuento de agilidad, pero sobre todo de precisión. La última si quiera la intentaba. La elución precisa era tan difícil que no conocía a nadie que pudiese dominarla por completo. Era como detener el tiempo y golpear tras esquivar un único ataque. Y lo más increíble de todo, era como el disparo ilusorio, pero aún más monstruosa, pues los golpes eran tan rápidos que quien la usase tenía que tener una gran habilidad y rapidez.
Después de dejar la mente en blanco, robóticamente calentó las extremidades. Cuando sentía calor recorrer su cuerpo, entonces y sólo entonces comenzó a dar vueltas a toda la aldea. Unas diez veces.
La gente le miraba con extrañeza y bastante curiosidad, ¿quién era ese joven hyliano que se atrevía a mojarse sin vergüenza ante la lluvia? Con esa ropa, podría acabar resfriado, y con esos vientos, su cuerpo seguramente no tenía más que la piel helada. Sin contar que no tenía camisa. Pero lo que más llamaba la atención era el artefacto ceñido a su cadera y la hospitalidad con la que Impa le había tratado.
Y no era porque su sabia matriarca fuera descortés con quien la visitaban, pero nadie antes de Link –Que no fuese un emisario de alguna región importante– se había quedado en casa de la vieja señora de los Sheikah en tanto tiempo, mucho menos alguien perteneciente a la raza hyliana.
Link seguía paseándose a sus anchas por la aldea, mostrándose con una expresión indescifrable, y más aún, que generaba un escalofrió terrible por lo vació y fría que lucía.
No le prestaba atención a absolutamente nada, salvo a sus propios pasos y con quien llegase a toparse por error. Ni siquiera admiraba la belleza de los huertos de calabazas robustas, o de las zanahorias raudas. No prestaba atención a las viejecillas que, lo admiraban correr como un loco, sentadas desde un banquito, uno que corría repetidamente por ahí, ni tampoco a aquellas que estaban con una expresión agria. Una que temía que ese nuevo extraño quisiera entrarse a recoger algún objeto que se le cayese por accidente a su preciado jardín de ciruelos.
Nada le interesaba en ese instante.
Después de que sus músculos tuvieron al fin un poco más de calor volvió a subir hasta la plataforma ancestral. Aún seguía lloviendo, cabe destacar.
Un pequeño viento aligeró aún más la situación. Sus músculos tronaron un poco y comenzó a dar tajos a los alrededores. Uno, dos, tres, horizontal a la derecha, otro a la izquierda y finalmente otra vez derecha. Cuatro, cinco, seis, diagonal derecha, diagonal izquierda, y recto en vertical. Siete, ocho y nueve, estocada, golpe giratorio y un saltó con golpe. Diez, ponerse en posición con la espada al frente y respirar con calma mientras abría lentamente sus ojos. Hacia repeticiones de esos mismos golpes, eran básicos.
Ahí estuvo toda la tarde restante, y una parte de la noche, hasta que Apaya llegó con un tanto de vergüenza y nervios. Aclaró su voz ligeramente y Link desentendió su entrenamiento para fijarse en la sheikah.
– D-Disculpé que interrumpa su arduo entrenamiento – Hizo una pequeña reverencia con las mejillas coloradas, las luciérnagas cercanas lograban que la joven se viese un poco – Campeón, pero la abuela ¡ah…! – Tapó su boca con vergüenza y se apresuró a retractarse – E-Es decir… la señora Impa me ha pedido ofrecerle reposo y un pequeño banquete, en honor a su regreso – Hizo una reverencia. Sentía nervios porque el semblante del joven era diferente al que había visto antes.
Este había cambiado a algo más seco, más simple y frío. Nada que ver con la simpática sonrisa que mostraba hacía apenas unas horas. Tampoco equivalente a la melancolía y nostalgia de sus ojos al reencontrarse con Impa, y mucho menos la fogosidad y estima de rostro ante su túnica de campeón. Parecía encontrarse con esta de manera tan considerada que Apaya comprendía un poco su aprecio hacia la princesa. Después de todo, Impa ya le había contado que relación tenía el campeón hyliano con Su Alteza, la princesa de Hyrule.
– Bien, estaré encantado. Muchísimas gracias, Apaya, es un gusto que Impa tenga una nieta tan educada como tú – Dijo enfundando su espada.
Se colocó nuevamente sus botas, y luego suspiró hondo. Aquel inspiro de aire le había devuelto sus pensamientos profundos. Incluidas las preocupaciones, aunque esta vez menos chocantes e insufribles.
Reparó en la joven, que no dejaba de mirar hacia él. O eso supuso hasta sentir que alguien se había puesto tras de él. Se abalanzó contra Apaya, cayendo ambos al suelo. Una flecha casi le quita la vida a la jovencita y otra más –De lo que suponía era un arco de doble disparo– iba directo hacia su cabeza, pero había logrado salvarse y salvarle la vida.
– ¡Campeón Hyliano! Pero que grata sorpresa – La voz era siniestra. Provenía de alguien tras de él, con un poco de suerte y la luz de la luna se dio cuenta que era un miembro del Clan Yiga. Era mucho más alto y nada que ver con el escuálido que le plantó cara. No señor, este era un verdadero hombre con un enorme torso y estatura. Su ropa era casi igual al del otro, aunque parecía llevar un tipo de abrigo largo. No tenía nada más un arco o una insignificante rebanadora. Este poseería una enorme espada que también generaba corrientes cortantes de aire.
La jovencita estaba aterrada. Sentía que era cuestión de tiempo para caer bajo las manos del tipo. Pero Link le tomó una mano y la postro tras de él. No la soltaba por nada del mundo, como si le dijera que sólo sobre de él lograrían tocarle un cabello.
Link le aventó una piedra que había recogido del suelo sin que nadie se diese cuenta y luego corrió hacia la salida del pequeño bosque. Hizo que Apaya llegase hasta la casa más cercana. Y por suerte ahí vivía un hombre con sus dos pequeñas, uno de los guardias de la puerta de la gran casona. Cuando la muchachita entró hecha un lio, Dorio le preguntó que sucedía. Esta no dudo en contarle todo. Dorio le sugirió poner en alerta a Wakat, el otro guardia, para que juntara una brigada de Sheikahs para hacerle frente.
Para ese momento, Link seguía entre la espada y la pared con el Yiga. Se veía imponente, infundaba algo de temor. Pero Link renovó su concentración. Volvió a comportarse mecánicamente.
En cuanto el Yiga puso su posición para lanzarle una ráfaga de aire, Link reaccionó y rodó hacia la derecha. Se levantó de improviso y se arrojó contra este. A la vez, el Yiga dio un paso hacia atrás pero ya había sido tarde.
Por el impulso del hyliano a este se le resbaló de las manos su enorme espada del huracán. A golpe limpio comenzaron a rodar por el suelo. El tipo tenía unas fuerzas increíbles y casi le tenía la mañana al campeón, pero este también se le escurría de las manos.
Se golpeaban en la cara, y también en las extremidades. Forcejearon una y otra vez. Cuando menos se lo esperó, el Yiga le dio un tremendo golpe sobre la mejilla. Link no se contuvo más.
Rodaron, quedando Link sobre de este. El joven le dio un puñetazo tan fuerte que le rompió la máscara que tenía, dejándosele ver al Yiga una parte del rostro. Este no parecía demasiado dolido, a pesar de que unas gotas de sangre le recorrieron la sien. Sujetó con fuerza a Link y luego dijo unas palabras que este no llegó a comprender, pues parecían en el lenguaje del pueblo de las sombras. Este recordaba sólo escucharlo de vez en cuando de la boca de Impa y Zelda, para descifrar, al menos, una parte de escritos antiguos sobre santuarios, aunque él no lo aprendió en absoluto.
Después de que este pronunciara aquello, comenzaron a aparecer un montón de Yigas de menor rango a su alrededor, todos juntos intentando arremolinarse contra Link.
– ¡Alto! – Gritó alguien, llamando la atención de todos los presentes – Más les vale dejar en paz a nuestro invitado y a este pueblo… ¡Ahora mismo!
El Yiga comenzó a reírse. Se levantó con Link aún sostenido. Por más que pataleara o que se zarandeara con fuerza, este no le soltaba. Ahí mismo se dio cuenta de una cosa. Lo que estuviera en el interior de ese Yiga, dentro de su alma o lo que fuese, no se trataba de nada humano. Temió lo peor. Aquel gesto, el color extrañamente rojo-purpura con un aura maligna… ¿A caso eso que tenía sobre el iris era señal del control de Ganon? No tenía más teorías. Ese color maligno y esa presión que generaba con sólo verle, no podría tratarse de otra cosa.
El Yiga pateó a Link de improvisto, una y otra vez. Como si fuese un juguete para un perro. Comenzó a reírse alocadamente.
– Pero miren a quien tenemos aquí… hermanos, este que ven ¡no es más que un inmundo traído de nuestro clan! El único en la historia de nuestro preciado círculo que ha logrado irse… ¡Dorio, el temible colmillo de dragón! – Dijo el que sostenía a Link ante los demás Yiga, que comenzaron a reírse como hienas ante la carroña.
– Habrás de saber también que ahora he vuelto a la luz de nuestra señora Hylia… estoy dispuesto a quitarte la vida, Rema. De todos mis ex compañeros, al que más estimaba por la forma de llevar las cosas, era a ti. Pero ahora han caído totalmente a una vida deplorable, de ladrones. ¿Es acaso por eso que te han tenido que manejar a base de la maldad del cataclismo? Tú tanto como yo querías irte de ese inmundo clan, hasta que ella murió, ¿no? – Expresó Dorio, haciendo que a quien le dirigía la palabra inmutara el rostro.
– ¿No fue qué esa Hyliana tonta también cayó bajo las garras de la maldad? Deja de decir estupideces o perderás dos frutos de ese ridículo amor esta misma noche si te interpones entre nosotros – El gesto de Dorio también se alteró ante la amenaza del Yiga poseído por Ganon.
Siempre se decía que la maldad del cataclismo era odio del más puro, y oscuridad de la más temible. Y era verdad, nada de lo que se hablaba como mito, lo era. Las palabras del hijo desviado de Hylia dejaron a Link a expensas.
Mientras estos conversaban y se amenazaban mutuamente, el joven ya tenía su escape. Cuando las palabras ya no fueron suficientes los Yiga de más bajo rango comenzaron por atacar a Dorio, haciendo esfuerzos totalmente inútiles, pues este era sumamente hábil con su espada.
Antes de que pasará nada. Link se lanzó de cabeza a cabeza al líder de esa operación. Esta vez sí dejó más que lastimado al Yiga. Y por una vez en su vida miró con el más puro desprecio a un enemigo, como si le estuviera dictando con la mirada que esa misma noche perdería la vida en sus manos.
Link se zafó del agarre de este, y rodó hasta la espada del huracán –que el sujetaba como mandoble– se puso de cuclillas, e impulsado por un salto le atravesó el estómago sin remordimiento al líder de la redada. Nadie pudo hacer nada.
El hombre se quejó con sumo dolor. Porqué además de un corte limpio sobre la piel –de esos que dejaban salir la sangre como un grifo– también le había girado la espada dentro del abdomen e invocado una ráfaga de aire que casi lo corta en dos pedazos. El campeón hyliano había actuado como jamás antes. Como un salvaje, como un villano. Con rabia y desprecio.
A la llegada de los demás, la sorpresa los dominó. Aquel joven hyliano que parecía indefenso, ahora imponía temor. La sangre de su contrincante se había embarrado sobre su rostro y este no le hacía ni mella. Sólo estaba ahí, sin remordimiento y con el rostro seco.
Para hacer más de lo mismo, le arrebató la espada del cuerpo y dejó que la sangre fluyera por todo el césped. Desde ese día se le conoció popularmente entre los más jóvenes de Kakariko como el Campeón Salvaje.
…
