Atención, capítulo extremadamente violento, leer con precaución.

Cuando absolutamente todo falla, y cuando todos están en tu contra, tu única defensa es el odio. Pero no un odio superficial, sino uno surgido desde lo más profundo del alma. Odio hacia los demás, odio hacia una misma, pero sobre todo un odio infinito y eterno hacia aquél que intenta destruirla una y otra vez.

02 - PROTECCIÓN

Su cara fue violentamente estampada sobre el tronco del árbol, pero ello apenas le importó, pues sabía que el daño físico, por brutal que fuese, era algo que se curaba con el tiempo; sin embargo, lo que más temía y aborrecía a partes iguales era lo que iba a transcurrir a continuación, cuando su escueta cola fue apartada sin miramientos hacia un lado. Y en respuesta a ello tuvo que situar ambos cascos delanteros a ambos lados del árbol, así como separar aún más sus patas traseras.

El empellón salvaje con el que "Él" introdujo su miembro viril en su vulva no fue sino el preludio de un esperpento disonante, en el que los jadeos masculinos contrastaban con el espectral silencio de la contraparte femenina; silencio que era compartido por los animales que poblaban el pequeño bosque situado en un aledaño de un camino secundario.

Debía aguantar los envites de su Maestro sin mostrar un atisbo de placer, y menos aún mostrar molestia o angustia alguna ante el hecho de estar siendo violada. Simplemente estaba acostumbrada a ese perverso acto, y más aún a la represión de exhibir desaprobación, pues ya desde que era una potra "Él" había abusado de su cuerpo como si de un títere se tratase; y desde que su cuerpo había posibilitado la entrada al celo, algo demasiado reciente, esos "encuentros maravillosamente amorosos", como lo llamaba su Maestro, se habían producido de forma más asidua e impetuosa. Sin embargo, el dolor y los llantos de las primeras veces dieron paso al hastío y el odio más insano tanto al acto como a su ejecutor, produciendo en ella un refuerzo en la coraza que su psique había creado para protegerse.

Sin embargo, estaba segura de que ésta vez su Maestro había recurrido a la magia oscura para engrandecer su apestoso y vomitivo miembro, probablemente para hacerle sentir a ella un nuevo tipo de dolor aún más espantoso y acentuado que los que hasta ese momento había conocido con él… ¿O quizás era porque sin ayuda mágica a "Él" ya no se le levantaba?

Por su mente vagaron, mientras intentaba zafarse de la pata que le seguía aplastando la cara contra el tronco, una infinidad de recuerdos a cada cuál mas horrible que el anterior, pero ninguno de ellos tuvo la valentía suficiente para fijarse en primer plano y hacerle olvidar, o al menos sobrellevar, ese horrendo acto al cuál estaba siendo sometida.

Pero lo que sí persistió, e incluso aumentó, fue el inmenso odio que tenía hacia su Maestro, pues lo que estaba ocurriendo no era sino otro argumento de dominación y supremacía; otra acción que había que sumar a la ya innumerable pila de repulsivos momentos que había sufrido, y del que "Él" hacía gala cuantas veces podía, y con la mayor exuberancia posible en cada caso.

Por fortuna, el aumento en la cadencia (y por tanto una horadación más frenética y extrema dentro de su vagina) le indicó que el final del vergonzoso suceso estaba por llegar, aunque eso suponía que, como ya era costumbre, "Él" eyacularía en su interior, lo cuál le asqueaba aún más si cabía.

—Sí… lo necesitaba… —masculló el semental, dando el último impulso, que tuvo como consecuencia la descarga de semen hacia el útero de su pequeña aprendiz—. ¡Joder, vaya si lo necesitaba!

Sin miramiento alguno, procedió a desmontarla, y sacó con rapidez su pene aún palpitante, dando a entender ante una joven unicornio que lo ocurrido se debía más a un acto de pura necesidad, y que ella había sido la elegida ante la falta de un cuerpo femenino más formado y capaz de proporcionarle placer, aún a pesar de la posibilidad de engendrar descendencia, algo que tanto "Él" como ella misma no iban a permitir que ocurriera.

—La próxima vez muévete un poco y sigue el ritmo—declaró de mala manera—. He sentido como si estuviese fornicando con un ser de limo, y me ha costado mucho llegar al éxtasis… Ah, qué ganas tengo de dejar de contenerme para no reventar tu cuerpo menudo, y utilizar en ti unos hechizos sexuales bastante perversos y caóticos... ¡Oh, sí! ¡Entonces podré deleitarme como debe ser!

Mientras ella intentaba recuperar la compostura, alejando su marcada cara del árbol, y volviéndose a poner a cuatro patas, un sonido apenas perceptible captó su atención. Moviendo ligeramente sus orejas, para no advertir del hecho a su Maestro, pudo determinar que el crujir que había oído provenía de detrás de unos matorrales no muy lejos de allí. Cojeando y dolorida en sus partes más pudendas, se giró para dirigirse a escondidas hacia tal lugar.

"Por favor, que solo sea un animal", pensó, "Un animal inocente incapaz de apreciar con detalle lo ocurrido...".

—¿¡A qué esperas para tirar del carromato!? —gritó "Él", señalando el armatoste que estaba situado a escasos metros de ambos—. ¡Tenemos que llegar a algún lugar medianamente civilizado antes de que se haga de noche! Ya sabes que debo descansar antes de continuar con el estudio de los Saberes Arcanos…

"El estudio de los Saberes Arcanos", musitó ella para sus adentros, "O lo que es lo mismo, contratar los servicios de un par de rameras, pedir vino especiado del más caro que haya, y destruir la posada con todos dentro como pago por alojarnos".

Lentamente pero sin pausa se acercó al carro y se ajustó las correas alrededor de su cuerpo, mientras mascullaba un hechizo de esterilidad orientado al contenido aún chorreante de su vagina… No solo quedar embarazada supondría un retroceso demasiado elevado como para prosperar debidamente en el plano de la Magia Oscura, sino que lo último que deseaba era engendrarle descendencia al ser más horrible, perverso y odioso que jamás hubiese pisado Equestria… Antes prefería quedar encinta de cualquier ser de Ultramundo que estaba aprendiendo a invocar.


Mientras llegaban al inicio del siguiente poblado, aún de día, su mente no pudo evitar poner en primer plano aquella primera y única vez en que se resistió por completo a ser penetrada por "Él". El castigo por tal desfachatez supuso un cambio drástico en su proceder ante las siguientes vejaciones, pues éste consistió en encerrarla en un cuarto mágico con dos íncubos, quienes procedieron de inmediato a satisfacer sus más bajos instintos con ella, de manera absolutamente atroz y dolorosa. Nunca supo cuánto tiempo estuvo prisionera, pues al poco tiempo el inmenso dolor sufrido por aquellos seres de enormes penes hizo que su mente se desvaneciera, actuando su cuerpo de forma mecánica. Y tampoco se atrevió a preguntar al verse libre de tal cautiverio.

A raíz de aquello empezó a ver con otros ojos el trato recibido por su Maestro; en parte porque el estado de excitación de éste era mucho más pausado en el tiempo, y por otra parte el tamaño de su miembro viril era, en comparación, minúscula… algo que agradeció tanto su mente como su vagina, ano y boca.

Mientras pasaban por la calle principal, ella agachó la cabeza, de tal forma que el manto que tenía puesta tapaba por completo su aspecto físico; mientras que a su vez le impedía ver lo que transcurría a su alrededor, a pesar de que ya lo sabía de antemano, pues siempre era lo mismo: potrillos jugando felices cuando ellos llegaban por la lejanía, madres que salían de sus casas y les recogían cuando se acercaban, y una caterva de sementales armados mirándoles con todo el odio que un corazón podía generar cuando cruzaban.

Era evidente que la dura vida por la reciente restauración surgida tras el mandato del infame Discord había despertado el instinto más primitivo de todos los que eran puros de corazón, o, al menos, de aquellos los que se preocupaban de sus familias y congéneres. En cambio, y por fortuna, siempre estaban aquellos que no le hacían ascos a los saquitos de dinero, por muy dudosas que fueran las intenciones de sus actuales portadores.

Por suerte para ambos (o al menos para ella), la posada estaba pasando el pueblo, un poco más alejada en el camino. No era una posada alegórica, ni espectacular, sino una simple y mísera copia del resto de posadas existentes, aunque la que se alzaba ante ella no era sino la perpetuación de la desidia, pues aparte de sucia, su mera construcción había sido rematada varias veces, como si los dueños del lugar hubiesen perdido la esperanza al intentar plasmar su idea de negocio; algo que denotaba sobremanera el segundo piso, el cuál sin duda albergaba las habitaciones. Pero en tal lugar ella esperaba descansar mínimamente, así como acicalarse lo suficiente como para eliminar el hedor que sentía tanto dentro como fuera de su cuerpo. Y quizá, con suerte, podría disponer de tiempo suficiente para seguir estudiando, pues había aprendido a obviar los jadeos y gemidos que tanto su Maestro como las rameras que contrataba emitían en la sesión de orgía sexual… y también con los gritos y súplicas de estas últimas, cuando "Él" acababa con sus míseras vidas; algo que hacía tanto por el placer de destrucción, como por obtener excelente materia prima para hechizos y ungüentos exóticos.

Procedió a descorrer las cinchas del carromato en un lateral de la posada, en un apartado cubierto para tal efecto, cuando todo ocurrió con inusitada rapidez…

Su Maestro se vio contra la pared de un golpe venido de la nada, y ella fue apartada por un empujón a todas luces menos dañino, que le hizo pestañear por la sorpresa.

Cuando terminó de volver a abrir los ojos, observó que "Él" estaba sobre dos patas, y con las delanteras sujetaba de manera amanerada lo que parecía ser una extremidad grifo. El resto del cuerpo de esta insólita criatura estaba por detrás del semental, y con su otra pata de águila sujetaba una daga, la cuál amenazaba de manera ignominiosa el cuello de su Maestro. Una simple pero bien manufactura daga.

—Valiente hideputa… —exclamó el ser alado, espetando las palabras a causa de la furia—. He visto lo que has hecho con ella… ¡Y te juro por el Sagrado Ídolo de Boreas que vas a morir por ello…!

No era un inocente animal el que se ocultaba tras el arbusto, desgraciadamente.

Con presteza, pero a la vez suavemente, ella se quitó las cinchas que aún la mantenían atada al carro, y procedió a fijarse mejor en aquél extraño individuo. No parecía ser nada del otro mundo, si de dimensiones o de fortaleza se trataba: era muy delgado, incluso podría definirse como famélico, de pico excesivamente aguileño (más incluso de lo que cabría esperar de un ser de esa raza), con plumaje gris ceniza, y extremidades de color amarillo pálido.

Un asaltante de baja ralea, exhibiendo el que probablemente era su mayor botín.

Ella, con un lento pero decidido movimiento de sus cascos delanteros, se deslizó hacia atrás su negruzca capucha, asomando así al mundo su verdadero aspecto, que consistía en el de una joven y bastante hermosa yegua unicornio, a pesar de su extraña combinación de dos colores, los cuales estaban separados en una perfecta e imaginaria línea vertical que la recorría justo por la mitad de su cuerpo, siendo rosa su lado izquierdo y naranja el derecho.

El grifo, ante tal visión, tragó saliva, y expresó apenas se sobrepuso:

—Mi… Mírate… Si apenas eres una cría… —inclinó su cabeza hacia adelante, mientras mantenía a raya al infame semental con su daga—. ¿Quieres que me encargue de este bellaco como se merece? Te aseguro que conmigo vivirás mejor.

Ella miró al extraño ser, y después a su Maestro.

—No será una vida tan… alterada como la que tienes actualmente —siguió relatando el asaltante, acercando aún más la daga al cuello de "Él", hasta llegar a rozar el pelaje de su rehén—, pero te juro que te trataré como te mereces, y todo será menos… horrendo. ¿Qué me dices?

Ella cerró lentamente los ojos, mientras su cerebro sopesaba las posibilidades de la nueva expectativa que el grifo le ofrecía. Volvió a abrirlos, y observó detenidamente a aquél que un rato antes la había violado por enésima vez.

—Haz lo que debas hacer… —espetó entre susurros éste, devolviendo una mirada fría como el hielo.

Suspiró, pestañeó una vez más y comenzó a alzar de nuevo sus patas delanteras, mientras empezaba a invocar en su interior a las Fuerzas Oscuras.

La daga que portaba el grifo, alertado por el repentino y enorme cambio de tendencia de magia, empezó a fulgurar un brillo azulado, que al momento aumentó de intensidad y cambió a un tono más blanquecino.

La unicornio supo, por su impertérrito gesto, que, desde la posición de su Maestro, éste ignoraba que el arma que amenazaba su vida no era un simple filo metálico, sino un contenedor de una magia luminosa cuyo poder los tres desconocían.

Pero ello no le impidió seguir adelante con la decisión que había tomado: Alzó finalmente sus patas y, estiradas hacia adelante, las juntó. Sus ojos empezaron a exhalar un humor morado de aspecto equivalente al del fuego vivo y, girándose a su Mentor, comenzó a relatar el hechizo mágico que ejecutaría a continuación. Por último, antes de emitir la última palabra del profano cántico, se movió nuevamente, hasta centrarse en el grifo.

Éste, extrañado y asustado de tal actuación, apretó la punta del filo hacia el interior del cuello del bastardo, y comenzó a rajarle el cuello con tanta rapidez como fue capaz.

Pero apenas llegó a recorrer un par de centímetros, cuando soltó el arma entre espasmos de su pata, la cuál giró hasta situarla sobre la sien y apretó en dicho punto, haciendo un movimiento similar con la otra pata, y de esa forma dejando libre al rehén.

—¡Oh, sí! —declaró el Maestro de manera jubilosa, sujetándose el cuello con una de sus patas—. ¡Comienza el espectáculo!

Pero ella, que aún seguía mirando al extraño ser, comenzó lentamente a separar sus cascos con fuerza, como si estuviesen sujetos con una cuerda invisible a punto de romperse.

El grito desesperado del grifo anunció la horrible escena que tuvo lugar a continuación.

Primero fue la piel, luego los músculos, y por último los huesos quienes se cortaron, rasgaron, y fragmentados por ese orden, en una cacofonía de gorgoteos, gritos ahogados y sangre derramada. La alada criatura estaba siendo partida en dos desde arriba hacia abajo, y desde el exterior hasta el interior, siguiendo con increíble exactitud la separación de los cascos de la pequeña hechicera oscura. Entonces el olor de los fluidos corporales, mezclados con la comida a medio tratar que había tanto en el estómago como en el intestino, surgieron al aire, impregnando los alrededores de lo que sin duda se trataba del hedor de la muerte. Para entonces, los cascos de la joven unicornio estaban situados cada uno a un extremo de su cuerpo.

—Sabía que elegirías correctamente —musitó el Maestro a su alumna, mientras con un básico embrujo de magia oscura hacía sanar instantáneamente su herida—. Y me ha resultado hilarante el hechizo que has elegido… Ha sido arrancado siguiendo la misma línea que tú posees en todo tu cuerpo…

—Por… Por Celestia… Lo… Lo ha… matado… —una aterrada voz femenina interrumpió la idílica escena. Ésta pertenecía a una de las trabajadoras (o quizá la dueña) de la posada, quien hasta hacía unos instantes transportaba un cubo vacío, ya que éste se encontraba en el suelo.

Antes de que ninguno de los dos lograse hacer algo, la fémina, una poni de tierra de color parduzco, se giró y, con gran rapidez, entró en el avejado edificio.

—Coge el carro y adelántate —espetó el Maestro—. Yo me ocuparé de este asunto.

Mientras su Maestro se dirigía inexorablemente hacia la entrada a la taberna, ella volvió a colocarse la capucha sobre su cabeza, y comenzó a amarrar las cinchas del carromato alrededor de su cuerpo.

A la vez que comenzó a girar para situarse frente al camino, no pudo evitar observar los restos que otrora fuese un delgado y desgarbado grifo. "Podrá ser de otra raza completamente distinta", pensó, "pero por dentro no somos más que una amalgama de músculos, venas y órganos. Sin duda, a ésto deben referirse esos apestosos optimistas cuando aluden que todos somos iguales en nuestro interior".

A medio camino del volteo paró, pues descubrió en el suelo la daga que había osado herir ligeramente a su Mentor. Haciendo un esfuerzo por todos los arreos que impedían su libre movimiento, asió el pequeño cuchillo con su casco, para guardarlo a continuación en un bolsillo del interior de su manto.

Retomó el camino, dirigiéndose en sentido contrario al del pueblo, pasando así por delante de la posada. No pudo evitar bajar la cabeza en ese momento, en parte avergonzada por su mísera vida, en parte dichosa por no estar en el interior de ese lugar.

Tal y como había aprendido, obvió los gritos y súplicas que salieron de dicha construcción, los cuáles eran opacados por risotadas de júbilo y maldiciones ante los que se atrevían a no morir al primer hechizo. Incluso descubrió en ese momento que podía sobrellevar sin miramientos el pétreo y salado sabor que en su paladar dejaba el uso de la magia oscura más pura y pútrida, pues su cuerpo tenía la apestosa manía de absorber la extrema exposición de dicha hechicería que tenía lugar a pocos metros.

Mientras tiraba lentamente del carromato, intentó imaginar su vida al lado de ese grifo, y de cómo un posible mundo de robos y asaltos era mayormente una existencia más tranquila y llevadera que la que actualmente tenía que sobrellevar. Desgraciadamente, nunca jamás esa opción podría haber tenido lugar, pues estaba segura que incluso la mismísima Muerte no se atrevería jamás a reclamar el alma, o lo que tuviese en su lugar, de su Maestro, de tan poderoso y cruel que era éste.

De todas formas, no necesitaba a un extraño para demostrar que su vida era una amalgama de errores y actos monstruosos. No necesitaba a un imbécil que le señalase la obviedad de su existencia. Ella lo sabía perfectamente.

Pero lo que menos necesitaba era a un protector, a un salvador, a un príncipe azul que le prometiese y jurase repetidamente una vida eterna colmada de riqueza y buenas palabras.

No necesitaba a nadie, pues en todo el universo sólo estaba ella, y hacía tiempo que se había jurado a sí misma que no permitiría a nadie más ejercer algo que sólo ella debía hacer.

No necesitaba protección, pues ella, y sólo ella, se protegería a sí misma. Como venía haciendo desde que recordaba, y como haría día tras día hasta el momento de su muerte, e incluso más allá.

Ella sería, y sólo ella, quien destruiría a su carcelero, a aquél que encarnaba sus pesadillas más horrendas, a su amo.

Ella, Blinding Darkness, destruiría lentamente, y con todo el sufrimiento y dolor posible, a su Maestro Beel-Zebub.

FIN