13 de Enero de 2017, Ohio.
En el mundo, hay muchos tipos de personas.
Están aquellas que son tranquilas y apacibles, que les gustaba quedarse un rato en casa y lo disfrutaban como si se tratase de una cálida noche de verano.
Luego, estaban aquellas que adoraban salir por las noches y perderse en la facilidad que les proporcionaba la oscuridad, con la luz de las farolas y de alguna que otra estrella que se perdía en el firmamento.
Estaban aquellas personas que se quedaban sumergidas en pensamientos profundos, en sueños e ilusiones, para ser después despertadas a una realidad de la que aún no estaban acostumbradas a zafarse. Y se quedaban sonriendo con sensaciones extrañas recorriendo la columna vertebral de cada uno.
Después, se caracterizaban esas personas capaces de escuchar y vivir la realidad en algo que no era su imaginación. Esas que sabían luchar y desenvolverse mucho mejor porque no se quedaban sumergidos en sueños y fantasías casi imposibles de cumplir.
Estaban esas personas que se abrazaban a sí mismas y sollozaban, sumergidas en el dolor de los recuerdos y de antiguas sensaciones que nunca volverían a experimentar, y que tampoco se veían con fuerzas para salir de ese pozo sin fondo.
Otras personas que veías correr por las calles con sonrisas en sus rostros, capaces de olvidar y de luchar por algo mucho mejor que ya lo vivido. Saboreando momentos distintos.
¡Había tanta variedad de personas que era bastante desconcertante! Pero no hay que engañarse, siendo sinceros. No hay que engañarse porque la realidad es que todos alguna vez que otra somos así. A veces nos gusta soñar, y otras vivir. De vez en cuando lloramos, y después sonreímos como si nada hubiese sucedido.
Se podía escuchar el paso acelerado por las calles de la ciudad de Ohio. La gente se giraba confundida, sin saber muy bien qué era lo que estaba sucediendo. Solo alcanzaban a ver a la figura de una chica que parecía evitar chocar con cualquier persona. Sonreía con tal fuerza que cualquiera se sobrecogería ante esa escena.
Su cabello, de tonalidad casi dorada, se removía a la velocidad del viento más la de la carrera que estaba realizando, dejando a muchas personas patidifusas, a otras con gestos desagradables y a otras como si de una corriente nueva de aire fresco se hubiese apoderado de ellos.
Anastasia corría por las calles con felicidad absoluta, cosa que no era de extrañar. Su hermano acababa de comunicarle que iba a tener un hijo, y aunque se llevaba fatal con él, era feliz. No todos los días una se enteraba de que iba a ser tía. ¡Era tan feliz! Le mimaría y le cuidaría con tanto esmero que nadie creería que fuese ella la que lo estuviese haciendo.
Llevaba su mochila colgando de uno de sus hombros y hacía malabarismos para no acabar chocando con nadie. Pero eso no le importaba. Tenía que comunicárselo a la que era su mejor amiga. Tenía que decírselo a Quinn, que después de todo era la que en esos últimos tiempos se estaba comportando genial con ella.
Después de toda su vida, había perdido la esperanza por todo lo que le rodeaba, pero esa mujer había logrado lo que parecía imposible. Y se lo agradecía. Sobre todo porque se había comportado muy bien con ella pese a que desde el principio la castaña se había mostrado como una persona a la que nadie le gustaría tratar. Y sin embargo Quinn si lo hizo. Porque sabía cómo tratar a una persona de esas características.
Llegó hasta el portal de su compañera de trabajo, deteniéndose para recuperar el aire. Sus pupilas castañas se posaron en la tienda de enfrente, de la cual un chico la saludó con una sonrisa en el rostro. Correspondió al gesto, aunque de manera desinteresada. No pretendía que el pobre hombre no se hiciese falsas ilusiones con ella, que era lo que parecía estar sucediendo pese a que ella no quisiese. Rodó los ojos y llamó al timbre, sonriendo extensamente.
Sin embargo, nadie abrió. Frunció el ceño, algo confundida mientras miraba al reloj con cierta necesidad. ¿Dónde estaría? Levantó la mirada con cierto fastidio para llamar entonces a otra casa, donde pidió que la dejasen pasar y, al conocerla, lo hicieron.
Todos los vecinos conocían a Anastasia como la "princesa de hielo" y el nombre le venía que ni pintado. Era una de las muchachas más frías que cualquiera pudiese conocer. Distante y al principio parecía ser frívola, aunque conociéndola se sabía que no era para así, aunque en cierto punto sí superficial. Le gustaba marcar las distancias. Y mucho.
Subió las escaleras andando, aprovechando el camino para coger el correo de su amiga y llevárselo, como era costumbre de las dos. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Quería que ese niño se pareciese a ella, y no a su hermano, Jacob, el que era completamente distinto a Anastasia. Incluso la chica se sorprendía de que se hubiese casado. Sin embargo, eso ya no importaba. No mientras tuviese a su precioso sobrino dentro de poco tiempo y pudiese mimarlo y quererlo con todo su cariño y amor. ¿Los niños proporcionaban tal felicidad? Siempre había escuchado que sí, pero hasta que no lo vivía en su propia carne, no había estado segura de ello.
Golpeó la puerta con su puño, esperando pacientemente en la entrada con cierta necesidad. ¿Cómo iría todo? ¿Estaría bien Quinn? Llevaba días ausente y encima en el trabajo poco coincidían. Le habían asignado el caso de los traficantes esos mientras que la rubia se quedaba sentada en su despacho con los papeles en mano, cosa que debía de resultar la mar de aburrida, y ya no se veían. Solamente en la hora del almuerzo y ni siquiera eso. Y eso frustraba a la castaña. ¡Echaba de menos a su amiga! Dejó escapar un suspiro para apoyarse en la pared a la vez que escuchaba los pasos dirigirse hacia la puerta. Sonrió.
La puerta se abrió de par en par, dejando paso así a la señorita Fabray. La rubia se encontraba solamente cubierta por un albornoz negro, dejando entre ver que se acababa de pegar una ducha. No pudo evitar soltar una carcajada al encontrársela así. Estaba bastante guapa, aunque a decir verdad, Quinn Fabray era de las mujeres más guapas que hubiera conocido en la vida. Sus labios se entornaron en una mueca burlona a la vez que Fabray se cruzaba de brazos para mostrar una posición defensiva bastante llamativa.
―Vaya, vaya, con Fabray…―Dejó escapar Anastasia mientras mostraba en una sonrisa afilada toda la burla que empezaría en tan solo unos segundos.
―Qué sorpresa verte aquí…Si yo ya creía que me habías olvidado.
―Ya sabes bien que no―Respondió la castaña, haciendo a un lado a su amiga para adentrarse en el piso―Encima tengo que pasar yo porque no me invitas a pasar. Muy bonito, ¿eh?
― ¿Para qué invitarte a pasar si ya lo haces por ti misma?
―También es verdad.
Anastasia se quedó en el pasillo, escuchando como el sonido del agua corría por en el baño. Entonces lo comprendió todo, clavando su mirada en el rostro de la rubia, que se mostraba sonrojada. No se esperaba todo aquello, aunque debía haberlo supuesto. Su amiga había tenido se sesión de sexo matutina y debía de estar cansada, aunque no le iba a dar tregua alguna.
― ¿Quieres un café?
―Te he pillado con compañía por lo que veo… ¿Buen encuentro o la tendremos que echar la bronca por dejar insatisfecha a su novia?
― ¡Anastasia!
―Ay, perdona, Quinnie…No me acordaba del mal humor que tenías, rubia.
―No tengo mal humor, pero que vengas aquí a mi casa para decirme estas cosas pues…
―Ahora me vas a venir remilgada cuando te acuestas con esa zorra…
― ¡Anastasia!
― ¡Lo siento, pero me saca de quicio esa mujer! No entiendo que es lo que has visto en ella…
―Ya, ella también me dice que no sabe cómo tengo una amiga como tú.
Anastasia levantó las cejas con cierto gesto tajante mientras se cruzaba de brazos. Su postura dejaba entrever lo preciosa que era y que, en el fondo, era una de las chicas más sinceras que habían estado con Quinn. Sin lugar a dudas. Anastasia era esa mejor amiga que era clara y directa. Le recordaba muchísimo a Santana, de la que hacía mucho tiempo que no sabía nada. ¿Estaría bien ella? ¿Y Brittany? ¿Y Finn? ¿Seguiría con Rachel?
Su mente se detuvo en la pequeña diva, pensando detenidamente como estaría. Sabía que estaba triunfando poco a poco y que iba a lograr su objetivo, no tenía ninguna duda, pero se preguntaba si le iría todo bien, tanto profesionalmente como personalmente. ¿Seguiría siendo feliz con Finn? Por una parte esperaba que sí, porque los dos se lo merecían. Siempre fueron buenas personas con ella y sabía que los dos se lo merecían todo lo que deseasen y mucho más.
―Sin mí, tú no estarías con ella. Maldita sea el día en el que decidí llevarte a ese maldito bar del centro.
―Era el destino, Anastasia. Además, no fuiste tú, sino el tal Stephan ese. ¿Volviste a hablar con él?
― ¡Qué va! Ya sabes que yo soy una mujer libre e independiente. ¿De verdad me ves bajo la mano del hombre? ―Soltó una carcajada sarcástica―Cómo te tiene cogida la otra, ¿eh?
― ¿Hablando de mí, Anastasia?
La aludida levantó la mirada para percatarse de la repentina aparición de la muchacha, que se colocó al lado de Quinn y depositó un beso casto en su mejilla, permaneciendo con ese talante tan altérnelo que provocaba el desagrado de la castaña, que bufó para después mostrar una falsa sonrisa correspondida por la pelirroja, que se colocó mejor el albornoz.
―Hablando de lo estupenda que eres, ¿a que sí? ―Miró especialmente a su amiga, la que sonrió sin poder evitarlo― ¿Ves?
―Siempre me ha sorprendido lo falsa que eres, Anastasia, aunque debo felicitarte, serías muy buena actriz.
―A mí, en cambio, nunca me ha sorprendido lo z…
― ¿Alguna de vosotras quiere un tazón de café bien cargadito? ―Inquirió Quinn interrumpiendo la seria de pullas que se estaban lanzando su novia y su mejor amiga.
Las dos la miraron por un segundo para después volver a fijarse la una en la otra. Su odio se podía percibir a miles de kilómetros de distancia. Anastasia había jurado que si tuviese ocasión y fuese mucho más cabrona de lo que ya lo era, la atropellaría con el coche a ciento veinte por hora en una autopista abandonada para después dejarla abandonada en medio de allí y que se la comiesen los carroñeros. Podía parecer exageración, pero no lo era. Anastasia detestaba a esa mujer con todas sus fuerzas.
¿Celos? No, querido lector. Anastasia albergaba todo sentimiento por Quinn, pero era tal que su relación era de hermanas. De esos hermanos que en el fondo, ninguna de las dos había tenido. Y por esa misma razón, detestaba a esa chica. Minaba algo la moral de Quinn y eso era algo que no le gustaba. Para nada. Por esa misma razón, prefería tenerla a raya.
―Me voy a echar una siesta, cariño―Habló al fin Emma con una sonrisa en su rostro―Pero gracias por la invitación. Anastasia―Dijo seca, asintiendo.
―Bruja…―Susurró por lo bajo mientras la melena rojiza se perdía en la habitación, cerrando así la puerta―En serio, ¿cómo puedes estar con ella? Tan solo verla a una se le baja la alegría y el azúcar en un momento.
― ¿Por qué eres tan desagradable con ella? ―Preguntó Quinn sentándose en el sofá sin poder aguantar las ganas de sonreír―Es encantadora.
―Sí…Más bien es una encantadora de serpientes. No me gusta nada de nada y sabes mis razones para ello. Por cierto… ¿y ese café del que tanto hablabas?
―Sírvete tú misma. Ya sabes dónde está todo.
―Me parece fortísimo que me hagas esto, Quinn… ¡Esa mujer te está influenciando mal!
―Tú tampoco es que seas la mejor influencia del mundo…Incluso Beth lo admite.
―Es una cría.
―Lo es, cierto, pero muy lista. Nos tiene a todos calados.
Quinn soltó una carcajada mientras que su amiga permanecía en el sitio con una sonrisa en el rostro. Le encantaba ver a su amiga sonreír, eso lo tenía claro, y mucho más hacerse la arrogante, aunque eso casi le salía del alma. Se preguntaba cómo había llegado a ese estilo de vida, al igual que le faltaban muchas personas de su alrededor que antes eran cercanas y que ahora, por razones de las que ya no era consciente, no estaban.
Era cierto lo que le decía su madre. A lo largo de la vida, una iba conociendo gente nueva que se adentraba en tu vida mientras que la antigua se marchaba, a veces de manera definitiva y otras no tan definitivamente. Y que el tiempo ponía a cada uno en su lugar, le había escuchado de vez en cuando. ¿Dónde quedaron esos momentos? ¿Dónde quedaron esos instantes en los que era una adolescente acompañada de sus amigas, que también eran animadoras? ¿Dónde quedó ese miedo cuando se quedó embarazada? ¿Dónde se quedaron esos celos hacia Rachel?
Rachel…La odiaba. Pero no ese odio como el que sentía Anastasia hacia Emma. No. Para nada. Era un sentimiento de odio distinto. Uno provocado por un sentimiento más puro y que provocaba más desagrado por parte de la rubia. Sonrió al recordar ese bofetón que le propinó a la chica. Esas votaciones dirigidas para que la morena fuese la ganadora del baile en su último año antes de graduarse. Todo eso.
Quinn Fabray había vivido mucho a lo largo de su vida, y era una cría de veintitrés años. Había sido madre por primera vez y para gracia o desgracia, quería a esa niña con todas las fuerzas de su corazón. Y después de muchas idas y venidas, había descubierto que sus sentimientos hacia Rachel iban más allá de una simple amistad. Pero eso ya no importaba. No porque tenía a Emma a su lado y a su mejor amiga, la que ahora mismo se encontraba tomando una chocolatina de esas bajas en calorías que Quinn no le recomendaba porque no servían de nada.
― ¿Vas a parar quieta con las chocolatinas?
― ¡Qué pesada estás! ¡Déjame con mi chocolatina!
―Anastasia…
―Perdona, pero te recuerdo que aquí la mayor soy yo―Sonrió con cierto aire sarcástico―Por cierto, te he cogido el correo.
― ¿Cuántas veces te he dicho que no me cojas el correo?
―Quinientas veinticinco―Contestó son seriedad, sonsacando un pequeño grito de sorpresa por parte de la rubia.
― ¿De verdad?
―No, pero debe de andar por ahí. En fin, que yo venía a una cosa y nos estamos liando…
―Perdona, pero no nos estamos liando. Yo solo me lío con mi novia.
―Y luego te quejas de mí, pero tú sacando de contexto mis palabras eres insoportable.
―Me encanta serlo contigo, sobre todo―Susurró guiñándole coquetamente―Lástima que seas heterosexual.
―Ya―Susurró seriamente, apartando la mirada―En fin… ¿Sabes que es lo que me ha dicho Jacob?
― ¿Has vuelto a discutir con él?
―No. Créeme, había ganas, pero no. Me ha dado una buena noticia―El silencio se impuso entre las dos, Quinn esperando a que Anastasia hablase y ésta dándole un toque de dramatismo―Voy a ser tía, Quinn.
― ¿Qué? ―Estaba procesando la información. Su mejor amiga… ¿Iba a tener un sobrino?
― ¡Voy a ser tía, Quinn! ¡Voy a tener un precioso sobrino! No sabemos si va a ser niño o niña pero…
― ¡Vas a ser tía! ¡Anastasia! ¡Vas a tener dentro de poco a un niño al que mimar!
― ¡Sí! Te aseguro que nunca había querido tanto a mi hermano como hasta ahora.
Ambas soltaron una carcajada mientras que Quinn abrazaba a su amiga con mucha fuerza. Sabía que para Anastasia era importante tener a un niño en su familia. Lo sabía perfectamente, y por eso se alegraba de que la joven castaña estuviese tan feliz y entusiasta con el niño. Sabía que en su situación, ella también lo estaría.
Se levantó, dispuesta a ir a coger alguna cosa especial para celebrarlo y tras tomar las copas y un vino tinto, se acercó para coger el correo y colocarse al lado de su amiga, la que tomó las copas y la botella para servir tal manjar.
―Vaya…
―Hay una carta de… ¡De Finn!
― ¿Finn? ¿De ese chico del que me hablaste? ―Quinn asintió―Trae, déjame leer.
―No, espera―Pidió, pero ya era tarde, Anastasia ya estaba leyendo la nota.
―Querida Quinn,
"Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ti. ¿Cómo estás? He oído que sigues en Ohio y que todo te está yendo estupendamente genial, y espero que sea así de verdad. Sin embargo, supongo que debes de estar pensando a qué tanto formalismo, y quizás lo mejor es que sea directo y sincero contigo.
He decidido organizar una especie de reencuentro entre personas del Glee club y me encantaría que asistieses a la cena. En realidad es para pasar la semana todos juntos, aunque yo llegaría a mitad por asuntos de trabajo, así que no podré asistir a la cena. Sin embargo, me encantaría que estuvieseis todos. Sería muy bonito volver a veros a todos después de cinco años sin saber nada de nada de vosotros.
Espero que vayas, de verdad. Me encantaría volver a ver esa sonrisa que en su tiempo tanto me gustaba y cautivaba. Al igual que me gustaría recuperar esa amistad que nos unía. Es el lunes, 30 de enero, en Ohio. El punto de encuentro sería a las siete en el instituto, en el aula de música. El encuentro del Glee club. Puedes asistir acompañada, por supuesto.
Un beso.
Finn Hudson.
New York, 11 de Enero de 2017"
Anastasia se quedó en silencio, observando atentamente como Quinn se estremecía en su lugar. Todo le estaba dando vueltas. ¿Sería capaz de volver a reencontrarse con todas esas personas que marcaron su pasado? Y ante todo…
¿Sería capaz de ver a Rachel?
