29 de Enero de 2017

Marta se colocaba la cazadora de cuero negro mientras que Rachel cogía las maletas, dispuesta a salir del piso para emprenderse a la aventura. Volvería a la tierra de sus orígenes y además, podría ver a sus padres y reencontrarse con esas personas que influyeron de alguna manera u otra en su vida. Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensarlo siquiera, fijando sin pretenderlo su pensamiento en Quinn Fabray. ¿Iría ella a la cena? ¿Podría hablar con ella educadamente? Era algo por lo que se moría de curiosidad.

No quería admitirlo, pero si una de las cosas que le hacía feliz era estar con Finn, otra era ver a Quinn y saber que la rubia no había sufrido más de lo que ya lo había hecho. Aún la recordaba cantando con Santana en medio del escenario mientras ella bailaba con Finn, perdiéndose de vez en cuando en esos labios que se entreabrían y en los gestos de fuerza y pureza de la joven muchacha, al igual que sus ojos, de ese verde claro que tanto le gustaba aunque no lo quisiese confesar.

Se quedó quieta en el sitio, mientras que veía como Marta dejaba el móvil sobre la mesita de la entrada. Se preguntaba cómo el tiempo había pasado tan rápido y ahora se encontraba allí. La morena se colocó un gorro de lana morado que le hacía verse encantadora, y Rachel no pudo evitar reír por ello un poco. Le gustaba ver así a la que era su mejor amiga, con esos toques tan tiernos que le hacían pensar las cosas detenidamente. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Ahora iba a reencontrarse con un antiguo amor de su vida y con una mujer que le había hecho la vida imposible. ¿Cómo sobrellevarlo todo?

― ¿Estás bien, Rach? ―Inquirió Marta con precaución, acercándose a su amiga y posando sus manos en sus hombros.

La aludida clavó su mirada en la muchacha de cabello oscuro. Esta sonrió con cierta ternura y con una sonrisa, intentó infundirla ánimos que hacían que la morena asintiese. Había pedido permiso para ausentarse de su trabajo y allí estaba, a punto de enfrentarse a lo que era su pasado. Y aunque por una parte se moría por ello, el miedo atenazaba el corazón de nuestra protagonista, la que se dejó abrazar por un momento por esa joven de cabello oscuro.

―Quiero quedarme con esta imagen―Habló de repente Rachel, mirando el reflejo de las dos en el espejo que se encontraba en frente de ellas―Quiero quedarme con este instante de felicidad.

―Siempre vamos a estar juntas, Rach―Aclaró Marta, apartándose para tomar la cámara de fotos y colocarse de nuevo, enfocando hacia el espejo con ella―Sonríe, y brilla, como siempre―Susurró.

Las dos mostraron una sonrisa extensa mientras sonaba el disparador de la antigua cámara de fotos. La instantánea se tomó con dos muchachas sonriendo ante un destino que parecía que iba a marcarlas de alguna manera u otra. Berry se separó de la muchacha de cabello oscuro mientras giraba al ritmo de la música imaginaria, dirigiéndose a su cuarto para comprobar que había recogido todo lo que se tenía que llevar.

Marta se quedó pensativa, observando a su amiga perderse por el pasillo oscuro. Se preguntaba cómo podía ser tan sumamente perfecta y, a la vez, todo lo contrario. Sus labios se entornaban en una especie de gesto tentativo que podía llegar a causar la locura de cualquier persona, siendo hombre o mujer. Marta lo sabía a la perfección. Al fin y al cabo, al principio se dejó llevar más por los encantos de Rachel que otra cosa, aunque sus sentimientos quedaron marcados como una profunda amistad que sobrepasaba la línea para llegar al sentimiento fraternal. Así se sentía Marta con Rachel. Como con una hermana.

La hermana que nunca llegó a tener. Un suspiro se dejó escapar de sus labios mientras se giraba, dispuesta a dejarse caer en el sofá mientras escuchaba a Rachel hablar a lo lejos.

― ¿Has cogido todo?

―Sí―Levantó un poco la voz para que la otra alcanzase a escucharla―Está todo. También tengo los pasaportes, los billetes y…Creo que no hacía falta nada más, ¿no?

―No. Nos quedábamos en casa de mis padres, que tienen muchas ganas de conocerte.

―Seguro que les has contado cosas de mí que estarán lejos de la realidad.

―Si está fuera de la realidad decir que eres la mejor amiga del mundo, entonces, tienes razón―Soltó mientras se acercaba por detrás, inclinándose y depositando un beso en su mejilla―Además, ¿qué cosa podría decir de mi mejor amiga?

―Que no soy tan perfecta como parezco, Rach. Tiendes mucho a pensar en mí como perfección.

― ¿Es mentira acaso?

― ¡Pues claro! Ya me gustaría a mí ser perfecta…―Dejó escapar en un susurro―Más bien, me gustaría que alguna chica se fijase en mí.

― ¿Tanto te ha afectado lo de Sophie?

―Rach… ¡No he tenido una relación estable en sí! Y me estoy haciendo mayor, vieja, y no voy a encontrar a esa persona que todos dicen que existe… ¿Dónde anda metida?

― ¡Ey! Para el carro, morena… ¿A qué viene todo esto? Esa persona aparecerá cuando tenga que hacerlo. ¿De acuerdo? Así que no te preocupes. Todo saldrá bien―Acarició su hombro con cuidado―Todo saldrá bien…

―No pareces muy convencida de ello…

La voz de Marta se fue apagando poco a poco mientras en su mente se creaba la idea de que no todo iría tan bien como su mejor amiga indicaba. Se estremeció con tan solo pensarlo, torneando sus labios en una especie de sonrisa que indicaba su nerviosismo, aunque intentaba disimularlo con una mueca de desconcierto. Rachel frunció el ceño, aunque prefirió no hacer comentario alguno a lo dicho por su amiga. Ella tampoco es que tuviese una buena sensación de ese viaje, aunque estaba dispuesta a viajar con tal de ver a esas personas que habían conformado parte de su pasado por tanto tiempo.

Una duda se formaba en su interior con tanta insistencia que estaba a punto de volverse loca. ¿Habría pensado en ella Quinn como lo hacía la misma Rachel? ¿Se habría acordado en algún momento de esos momentos de locura que ambas compartieron? Eran tales sus dudas que creía que en cualquier momento alguien la llamaría obsesiva si se enteraba de que no dejaba de pensar en cómo sería volver a ver a la muchacha de cabello rubio y ojos verdes. A esa mujer que de alguna manera u otra había influido en su vida con tal facilidad que incluso le sorprendía.

¿Cómo es que podía cambiar la vida con tales giros y por parte de esas personas que se creen poco importantes, que en verdad no tendrían que influir siquiera? Pero así había sido. Para Rachel Berry, esa muchacha que en su momento fue una de las mujeres más hipócritas y malévolas que nunca hubiese conocido, y sin embargo, le había cambiado muchas veces la vida. Para bien o para mal, así había sido. Igual que, en el fondo, era consciente de que había cambiado la vida de Quinn, y que la chica no se lo echaba en cara, o eso esperaba. En verdad, esperaba poder verla a los ojos y sonreírle, y abrazarla y saber que estaba bien. ¿El porqué de esa necesidad? ¿Por qué necesitaba la muchacha saber que Quinn estaba bien?

―Estoy bien. Y claro que estoy convencida, solo que…No sé cómo haré para enfrentarme a todos ellos y que vean que, en el fondo, no he triunfado.

― ¿Rach? ¡¿Estás tonta?! ¡Claro que has triunfado! Eres una actriz de teatro que va a hacer un casting para ser la protagonista de una obra que puede llevarte a la cima. ¿De verdad te consideras un fracaso?

―No, pero…Creía que estaría en la cima del mundo y la realidad es que estoy aquí, en un pequeño piso en la ciudad de New York…

―Y estás con tu mejor amiga. Y vas a viajar a la ciudad de Ohio, a tus raíces, y todos te van a envidiar.

Marta se levantó del sofá para agacharse y colocarse en frente de la que era su mejor amiga. Su mano se posó en la suave mejilla de la chica, que se sonrojó por esas palabras tan intensas y delicadas.

Esa era la amistad. Apoyar a esa persona que parecía estar a punto de derrumbarse y que, gracias a una palabra reconfortante, no lo hacía. La amistad era sonreír en la felicidad del amigo, quizás intentar comprender, y si no se conseguía, respetar al menos. Eso era la amistad. Y era tan efímera que parecía poder perderse en cualquier instante, pero lo real y verdadero es que las amigas, como podía serlo Marta, eran las que nunca te abandonaban por nada.

De repente, el timbre sonó, sonsacando a ambas amigas de ese momento amistoso. Marta le dirigió una sonrisa agradable a Rachel para levantarse y dirigirse hacia la puerta, abriendo así esta para encontrarse con la sorpresa de que su padre se encontraba al otro lado de la puerta.

― ¡Papá! ¿Qué haces aquí? ―Inquirió la joven mientras que el hombre sonreía, haciéndose a un paso.

Alejandro García era un hombre recto, con su cabello ya algo canoso, al contrario que los padres de Rachel. De carácter severo, siempre mostraba su toque cariñoso con su única hija, Marta, a la que quería mucho debido a que le recordaba en cierto aspecto a la que era su tía. Era delgado, de alta estatura y de piel algo oscura, en contraste de la de su niña, que era blanquecina. Sus ojos eran negros, profundos, intensos. En el fondo, Alejandro era un conquistador, aunque su fidelidad era propia de cualquier hombre felizmente casado con su mujer, aunque con sus más y sus menos, claro.

Marta siempre había adorado a su padre. Al igual que este siempre la había querido por cómo era y por quien era. Nunca la había juzgado, por lo que cuando su hija le confesó su homosexualidad, el hombre solo se vio capaz de abrazarla y decirle que todo estaría bien. Y que no sucedía nada malo. "¿Quién eres? ¿Eres alguien distinto por ser lesbiana? ¿Acaso porque te gusten las mujeres ya no eres mi hija? Aun siendo lesbiana, heterosexual o bisexual, o hasta asexual, seguirías siendo mi hija. Siempre. Siempre serás Marta García."

―Tenía que venir a verte antes de que te marchases… ¿Pensabas irte sin despedirte de mí?

― ¿Y mamá? ¿No ha venido a despedirse de mí?

―Tu madre se ha quedado en casa, que tenemos que preparar algunas cosas…El viaje y eso, además de que tenemos que visitar a la tía.

― ¿A la tía? Me encantaría despedirme de ella… ―Se lamentó entonces la chica con un gesto triste y melancólico.

―Y lo harás. Puedes llamarla cuando quieras… Hola Rachel, no te había visto antes.

La morena asintió, depositando dos sonoros besos en las mejillas del hombre que se encontraba en frente suyo. Una mirada sincera se formó en el rostro de Marta al ver que gente tan importante para ella se comunicaban tan bien.

―No se preocupe, señor. Me alegro de verle, señor García.

―Sabes que me puedes llamar Alejandro. ¡Tutéame, por favor!

―Eso haré, señor…digo, Alejandro. La costumbre―Rio nerviosa Rachel, clavando su mirada en Marta― ¿Y tú madre?

―Le estaba explicando a mi hija que está ocupada, pero os manda un sonoro beso a las dos y que espera que tengáis un buen viaje. ―Marta frunció el ceño.

―Papá… ¿Qué es lo que ocurre? Me parece muy raro que hayas venido sin mamá, y más que estés tan nervioso… ¿Qué te ocurre?

―Yo…Necesitaba hablar contigo antes de que te marchases. No sé cuánto tiempo vas a estar fuera y…Le prometí a tu abuela que lo haría.

― ¿La abuela? ¿Qué tiene que ver en todo esto la abuela? ―El hombre miró a ambas chicas. ― ¿Papá?

―Siéntate, cariño. Tú también, Rachel. Eres como de la familia…Es una historia un poco larga.

Nota de la autora: Lamento mucho que el capítulo sea tan corto, pero ando un poco ocupada y he llegado ahora casi a casa. Mañana voy a dejar la segunda parte de esta historia. Muchas gracias por leer. Besos :) ^^.