― ¿Hemos llegado ya?
La voz de Anastasia se dejaba perder entre las pequeñas calles de la ciudad, siguiendo la figura de Quinn, la que caminaba con cierta velocidad ante el hecho de que llegaba tarde para recoger a Santana en la estación. Se encontraba aturdida pero feliz cuando recibió la llamada de su amiga para pedirle que si podía ir a recogerla a la estación y así tomar un café para poder verse antes de ese grandioso encuentro.
Anastasia bufaba y se quejaba por la velocidad que tomaba su amiga, pero una parte de ella comprendía que la rubia debía tener ganas de ver a esa muchacha que había formado parte de su pasado y que, aun pese a la distancia, seguía siendo una de sus mejores amigas. En cierto modo, estaba nerviosa. Quería causarle una buena impresión solamente para la felicidad de Fabray. Tenía claro que si era como la estúpida de Emma no se cortaría ni un solo segundo en pegarle algún que otro corte. Al fin y al cabo, ella era Anastasia y nadie podría fastidiarle de ninguna manera, y menos a su amiga Quinn.
― ¡Sabes bien que no!―Exclamó entonces la muchacha de ojos verdes con exasperación― Además, ya lo sabes… ¿Por qué narices preguntas? ―Inquirió con curiosidad.
―Para mantener una conversación. Quinnie… Estás muy seria, y eso no se puede consentir…
― ¡Como si a ti te importase!
― ¡Pues claro que me importa! Que sea una idiota no quiere decir que lo sea precisamente contigo.
Quinn prefirió no hacer comentario alguno ante esas palabras mientras entraba por la puerta de la estación acompañada por Anastasia, la que no pudo evitar lanzar una mala mirada ante el silencio impuesto por su mejor amiga. Sin embargo, ese día callaría ante el hecho de que era consciente de que para Quinn ese día era importante. ¡Iba a ver a una de sus mejores amigas después de mucho tiempo! Y eso siempre influía en las personas. Ella era consciente de ese hecho con bastante claridad.
―Debería haber llegado ya…No la veo―Soltó la rubia mirando hacia los lados y a su reloj plateado que llevaba en la muñeca izquierda, mientras que Anastasia también miraba curiosa hacia varios lados― ¿La ves?
―No, no la veo… Quizás se ha retrasado el tren, Q.
―O puede que se haya hartado y se haya ido…Santana es muy así―Aclaró con un tono preocupado―Es como tú, pero tú eres más zorra.
― ¡Oye! Ahora va a resultar que seré la mala de la película y todo…Te recuerdo, preciosa, que la única zorra aquí es tu novia, a la que por cierto, no has invitado a venir.
―Está trabajando.
―Ni siquiera le has dicho que mañana tienes una cena de reencuentro con tus amigos del instituto…
―Está ocupada.
― ¿Y a quién piensas llevar como acompañante? ¿O vas a ir sola? Te recuerdo que va a ir Rachel a esa cena…
― ¡Vaya! Es de la única que parece que sabes el nombre…Creía que te costaba recordar esas cosas―Apuntó con una sonrisa misteriosa mientras ladeaba la cabeza.
―Pero es que Rachel no es una persona cualquiera…
Ante esas palabras, la rubia se estremeció. Anastasia, sin tan siquiera conocerla, había clavado lo que era su concepto de Rachel. La morena no era cualquier persona. Para nada. Era de esas que se te quedaban en el corazón, grabadas a fuego puro, sin poder librarte de su esencia por mucho que insistieses en ello.
Una sonrisa se acomodó en el rostro de Fabray a la vez que la castaña la miraba con una sonrisa disimulada. Que Quinn no lo admitiese no significaba que ella no se percatase de los sentimientos de la muchacha hacia la diva del teatro. Sabía que Quinn no solamente sentía gratitud o indiferencia. Claro que no. Era algo mucho más profundo que le hacía pensar que el amor verdadero quizás existía, aunque fuese de una manera tan extravagante como lo hacía ver su amiga.
―Tienes razón…Rachel no es una persona cualquiera. Ya lo sabrás cuando la conozcas.
― ¿Me la vas a presentar?
―No precisamente.
Anastasia frunció el ceño, sin comprender, hasta que la luz llegó a su mente, negando con la cabeza rotundamente.
― ¡Ni hablar! ¡Te llevas a tu novia! ¡A mí me dejas en paz!
― ¡Solo va a ser un ratillo! Si quieres, en la fiesta de después de la cena, te marchas… ¡Por favor!
― ¡Lleva a Emma!
―Ella está ocupada con el trabajo y no creo que tenga tiempo para mí…Venga, por favor… ¡Hazlo por mí! Haré lo que sea…―Se arrepintió de sus palabras, aunque consiguió que la castaña se dignara a mirarla― ¿Por favor?
―Solo te voy a decir una cosa, Quinn Fabray…Si tanto insistes en que vaya contigo, y no tu adorada novia, es que no debes de quererla tanto como parece ser…
―Anastasia…―Pero no pudo proseguir porque la joven le interrumpió.
―Mira, Quinn, no soy quien para decirte como tienes que hacer o no tu vida. No soy la más indicada porque yo he sido una completa estúpida durante mucho tiempo, pero si pretendes engañar a alguien, que no sea a mí. No sirve de nada. Igual que tampoco servirá que lo intentes contigo misma. Tarde o temprano te darás cuenta tú solita de ese asunto.
―Que tú hayas sido una estúpida que no sepa lo que es querer a alguien no significa que yo sea igual que tú―Soltó mordaz.
Pero al instante se percató de su error. La mirada de Anastasia se nubló en un solo instante, acercándose a su amiga para quedar a muy pocos centímetros de ella. Si hubiese podido, Quinn se hubiese escabullido porque en ese mismo instante, la fiereza del rostro de su amiga era tal que sabía que se había pasado con sus palabras. Y que había sido una inconsciente. Su amiga solamente le estaba diciendo algo que era verdad, y ella, en vez de agradecerle, solamente era capaz de dirigirle palabras desagradables. Se estremeció al pensarlo, apartando la mirada mientras que sentía la respiración pausada de la castaña.
―Justamente porque sé lo que es querer, sé de lo que hablo―Afirmó seria―Tranquila, iré contigo a esa estúpida cena…
Se quedaron ambas en silencio. Quinn se mordió el labio, un poco azorada por la situación. Su amiga, pese a todo, seguía siendo un misterio para ella. Era cierto que era una mujer independiente que salía con muchos hombres para acabar acostándose con ellos y dejarles al día siguiente, echándoles de su cama, medio desnudos, e incluso a veces, en calzoncillos solamente. Pero de su pasado no conocía absolutamente nada, y algo se removió en su interior. No se imaginaba a su amiga enamorada de alguien. En su mente no podía existir tal imagen… ¡Si era como un adonis, pero en género femenino! ¡Como la diosa Afrodita! En la mente de Anastasia, la palabra "estabilidad" no era propia de su vocabulario, y el amor solamente significaba "pasión" para ella. Y sin embargo, allí estaba ella, con su mirada directa que le hacía comprender que, quizás, había estado más equivocada de lo que creía…
―Anastasia…Yo…
―Allí está―Interrumpió con voz seria la aludida―Santana.
Quinn se giró, sonriendo sin poder evitarlo cuando se encontró con la mirada de la que era su mejor amiga, que caminaba por el andén con su maleta de color rojo pasión. Sus pupilas negras brillaban con una especie de fuerza distinta a la que estaba acostumbrada. La mujer llevaba el cabello recogido en una coleta que le quedaba estupendamente bien, como en sus años de juventud. Una sonrisa se asomó en ese rostro que resultaba lejano mientras se dirigía hacia las dos mujeres que la esperaban en medio del andén.
El rostro de Quinn se sobrecogió de felicidad, aunque no se iba a olvidar de pedir perdón a Anastasia por ese ataque que le había hecho sin tan siquiera percatarse de que a la chica le había afectado. Sin embargo, cuando fijó su mirada disimuladamente en la castaña, esta mostraba una calma que no esperaba. Quizás, después de todo, no había sido nada grave. Y no pudo evitarlo. Se lanzó corriendo para acortar las distancias y estrechar entre sus brazos a esa muchacha que fue su compañera en el equipo de animadoras durante mucho tiempo.
― ¡Santana!
― ¡Quinn! ¡Hacía mucho tiempo que no nos veíamos! ―Exclamó con una sonrisa en su rostro mientras se balanceaba en el sitio con el cuerpo de la rubia sobre ella―Echaba de menos el poder meterme contigo―Musitó maliciosa mientras que Quinn le lanzaba una mirada afilada.
― ¿No puedes ni siquiera ser agradable después de estar tanto tiempo sin saber la una de la otra?
―Sabes que si no, no sería yo, Q…
―Bueno, pero me encantaría que no fueses tan mordaz cuando solamente quiero volver a estar con la que era muy buena amiga en mis tiempos―La rodeó con su brazo mientras le hacía caminar hacia Anastasia―Entre tú y Anastasia, no voy a dar abasto…
―Anastasia… ¿Es tu novia? ¡Has salido del armario, Fabray!
― ¡Baja la voz, por favor! Y no, no es mi novia…Pero es una buena amiga a la que tengo mucho aprecio.
Sonrió un poco al decirlo. Apreciaba mucho a Anastasia, por mucho que después acabasen medio peleadas. Era su mejor amiga sin lugar a dudas, y la chica siempre se había portado bastante bien con ella aunque se resistiese a ser encantadora, como en verdad era. O eso suponía si tanto hombre caía entre sus brazos. Una sonrisa se conformó en su rostro al pensarlo mientras se detenía en frente de su amiga, poniéndose después en medio.
―Bueno… Santana, esta es Anastasia, una buena amiga mía de la comisaría―Aclaró Quinn mientras le dirigía una mirada de perdón a la aludida, que parecía no querer hacer comentario alguno―Anastasia, esta es Santana, una antigua amiga mía de la escuela…
―Un placer―Saludó Anastasia, clavando su mirada en la maleta― ¿Quieres que te ayude con la maleta?
―No. Me sé valer por mí misma, gracias―Respondió sarcástica Santana con una sonrisa falsa en su rostro. Dudaba mucho que esa chica pudiese resultarle agradable.
―Me imagino, aunque era por si acaso…Ya sabes, por si te haces daño…Como pareces tan delicada―Contraatacó con una sonrisa extensa en su rostro. La azabache la miró con fuerza.
― ¿Me estás llamando delicada?
― ¡No! ¡¿En serio?! ¿Cuándo te has dado cuenta? ¿Cuándo he dicho lo de delicada? ¿O te ha ayudado tu madre?
― ¿Sabes con quién estás hablando?
―Con una mujer muy desagradable… No hace falta que me lo aclares.
Quinn palideció. Sabía que las dos mujeres, que eran de fuerte carácter las dos, se podían enfrentar, aunque no esperaba que fuese con esa rapidez. Quiso interponerse, pero de repente, sucedió algo que no se esperaba. Santana sonrió después de eso con cierta sinceridad, al igual que Anastasia, para acabar así soltando ambas chicas una sonora carcajada que llamó la atención de todas las personas de la estación, casi sin exagerar.
―Veo que Quinn ha tenido buena compañía y no le ha hecho falta mi compañía.
―Por supuesto que no, ya la he metido yo caña, tranquila―Comentó Anastasia con una risa algo maquiavélica―No te ha echado siquiera de menos…
―Oye, a esos extremos no, bonita, que soy insustituible…
―Eso es lo que tú dices, pero sabemos que conmigo al lado, nadie puede pensar en otra persona.
Quinn las miró como si ellas se hubiesen unido contra ella. Suspiró, algo frustrada, mientras que las otras dos chicas se giraban hacia ella para hacerla así caso. Al menos estaba con las que eran importantes para ella. Solo faltaba Brittany y así estaría al menos bien. La duda de dónde estaría la rubia le hizo pensar y plantearse a Quinn las cosas. La rubia decidió tirar de sus dos amigas para salir del andén así.
― ¿Y Brittany? ¿Dónde está? Creía que venía contigo―El silencio se apoderó de las tres chicas, comprendiendo Anastasia quizás lo que había sucedido mientras que Quinn parecía no percatarse de ese detalle― ¿Santana? ¿San?
―Papá, no entiendo nada de nada―Exclamó Marta mientras que Rachel le servía una taza de café con leche al que era el padre de su amiga. Con tres azucarillos. A ella también le gustaba así, por lo que sonrió para sus adentros,
―Cariño, si me dejas explicarte, lo entenderás todo. Muchas gracias, Rachel. Siempre eres un encanto. No entiendo como una mujer como tú no está casada todavía―Comentó el hombre, colocándose algo mejor las gafas que en ese momento se había puesto.
―Por ahora mi dedicación es solo a la música y al teatro, señor.
―Alejandro, por favor.
―Alejandro…Los hombres por ahora no entran en mis expectativas―Sirvió entonces otro café para su amiga, mirando al reloj para no llegar tarde al aeropuerto―Y no es algo de lo que me preocupe actualmente.
―Marta en cambio no, siempre buscando a una chica a la que después convertir en su novia…Me encantaría que mi hija fuese como tú―Comentó, a sabiendas de que así picaría a su pequeña.
La muchacha, efectivamente, se indignó bajo la risa de Rachel y la sonrisa cariñosa del que era su padre. La verdad es que la morena observaba a esos dos con envidia, extrañando los momentos que vivía con sus padres en la época del colegio. Como le impidieron cometer estupideces, como la de casarse demasiado joven. Ella, aunque en el fondo dijese que no entraban los hombres en sus expectativas, había sido así durante mucho tiempo, incluso a un nivel superior del de Marta.
―Papá… ¿Podrías ir al grano, por favor?
Así era Marta, una chica bastante curiosa. Después de todo, su fascinación por las historias de misterio no era una tontería. Para nada. Le encantaba saber qué era lo que estaba sucediendo, incluso si para ello tenía que convencer a alguien. Y es que, en el fondo, Marta era de esas personas que acababan sabiendo lo que quería. ¿El cómo? Ni ella lo sabía, pero así era. Una sonrisa apareció en el rostro de Alejandro. Conocía a su hija a la perfección. A la pura perfección.
―He venido para entregarte esto.
Entonces, de la bolsa que llevaba encima, que era una especie de bandolera, sacó lo que se veía como una especie de libro, que rápidamente reconoció Marta como una especie de diario. Frunció el ceño, sin saber muy bien qué decir. La verdad es que le había sorprendido y pillado desprevenida. No esperaba para nada que su padre hubiese ido a despedirla como excusa para entregarle un diario.
Rachel se sentó al lado de su amiga. Alejandro se quedó en silencio, observando a las dos mujeres. Sonrió sin poder evitarlo. Le encantaría que su hija formase una pareja con Rachel, aunque era consciente de que la morena le había afirmado miles de veces que entre ella y Berry no existía nada más allá de una amistad completa y fraternal. Aunque en verdad, no perdía la esperanza de que algún día entre ellas surgiese algo. Su hija había sufrido por el amor y era hora de que encontrase a alguien que la respetase y quisiese de verdad.
― ¿Qué es esto? ―Inquirió Marta sin saber bien qué preguntar. Su mente se encontraba confundida.
―Es un diario―Respondió Rachel tomándolo con delicadeza entre sus manos― ¿Puedo?
―Por supuesto―Respondió Alejandro―Adelante. Era de tu abuela. Me dijo que cuando viese que era el momento adecuado, que te lo entregase.
―La abuela y yo nunca estuvimos muy unidas―Carraspeó Marta después de unos breves momentos―No entiendo a qué viene que… ¿Quiera leer un diario?
―Aunque no os llevabais bien, ella te quería mucho. Demasiado, diría yo. Te adoraba desde el primer momento en el que te conoció. Y quería que tuvieses un recuerdo de ella.
― "A veces las palabras no son las más adecuadas para expresarnos. Siempre he tenido muchos conflictos en mi vida. Tanto en lo que fue mi adolescencia, como mi etapa de adulta para acabar mi vejez. No tuve una vida sencilla, ni mucho menos, pero no por ello me dejaba arrastrar por el dolor ni era demasiado pusilánime. Supongo que el amor es lo que nos hace a todos proseguir sin llegar a rendirnos.
Nunca me ha gustado sonar muy arrogante, aunque después las personas me señalasen como la persona más desconcertante e hiriente del mundo. Fría, como una princesa de hielo. Pero no lo era. Creo que mi pecado fue el hecho de amar tanto como podía, con mis recompensas y mis decepciones. Pero todo mereciendo la pena. Te dejo estas partes de mis memorias para que comprendas que, después de todo, nos parecemos más de lo que crees o piensas. Tampoco consideres que va a ser una historia apasionada la mía, ni tampoco misteriosa. Es un algo que creo que te puede ayudar a no cometer los mismos errores o llevarlos de otra manera.
Te quiere, tu abuela, Ana."
¿Tu abuela se llamaba Ana?
―Sí―Respondió por Marta Alejandro―Mi madre se llamaba Ana, como mi mujer, aunque esta es Ana María.
―Tu abuela parece muy profunda, Marta―Señaló con una sonrisa Rachel―Parece interesante lo que está dispuesta a contarte. "Ana Rivas"… Me gusta su apellido. Suena tan…Tan… ¡Potente!
―Mi madre imponía mucho, a decir verdad. Siempre resultó ser una mujer fascinante. Y muy misteriosa, aunque ella no lo admitiese. Seguramente que te podrás imaginar de cómo irían las cosas, pero…Creo que tienes que conocer todos los detalles.
―No entiendo a qué viene todo esto ahora, papá.
―Cuando lo leas, comprenderás mis razones para ello―El hombre sonrió―Solo quiero que me prometas que lo harás. Por favor. A tu abuela le gustaría mucho.
―Si tú lo dices…―Dejó escapar Marta con un suspiro mientras que Rachel sonreía encantada.
―Lo leeremos juntas. Así me aseguraré de que lo leerás y yo, si soy sincera, tengo mucha curiosidad. ¡Tu abuela parece…!
― ¡Ya sé lo que parece, pero no lo era! ¡Era una mujer fría que reaccionó fatal cuando se enteró de que era lesbiana!
―No reaccionó fatal.
―Vale, no me tachó de enferma…―Suspiró, pensativa, sin saber si dar una oportunidad a esa mujer.
