13 de Septiembre de 1950, Madrid, España.
Caminaba con cierta velocidad por las calles de la gran ciudad de Madrid. Su cabello, que era corto, se removía de vez en cuando por el viento. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando pudo ver a lo lejos como la figura de un hombre se adentraba en el gran lugar que parecía cernirse sobre ella. Miró hacia los lados, colocándose mejor el traje que llevaba para ese lugar que era unos almacenes para al final dirigirse hacia allí con ese caminar suyo. Contoneo. Movimiento ligero de piernas, bien torneadas. Una chica guapa que trabaja allí. Esa era ella.
Cerró la puerta tras de sí con cierto esmero mientras que el hombre se giraba con una sonrisa cómplice en el rostro. Su talante era apuesto, como el de cualquier hombre de negocio, aunque en verdad lo que le hacía irresistible era esa sonrisa extensa, de dientes blanquecinos, al igual que lo era la de la chica que se encontraba en frente de él. El hombre al final ladeó la cabeza, llamando al que iba a ser su encargado para su pesar. Ana sonrió un poco sin poder evitarlo. Le gustaba llevarse así de bien con el que era su padre.
Se dirigió corriendo hacia los vestuarios para dejar el abrigo y sus pertenencias en uno de los bancos que se encontraba allí. Levantó su mirada para clavarla en el espejo que se encontraba al lado de la puerta. Su rostro estaba perfilado, con unos labios carnosos y rojizos de manera ligera. Sus pupilas, negras, centelleaban con fuerza mientras que su sonrisa se extendía en una especie de toque que le dejaba verse como una mujer sensual y sincera. Suspiró, un poco cansada, mientras que se removía un poco su cabello, castaño y algo rizado. Se veía muy guapa así, incluso se podía decir que se veía natural. Como era ella. Dejó sus pulseras y anillos aparte y salió de allí con paso lento. Tenía que terminar la organización cuanto antes para que así los almacenes se pudiesen abrir en pocos días. SU padre había confiado en ella para ese cargo, y estaba dispuesta a conseguirlo.
Cogió de la zona cercana un carrito lleno de ropa que tenía que empezar a repartir. Empezó por el segundo piso, que era la zona de la ropa femenina y masculina. Todo le resultaba aburrido, aunque era lo que ella misma había escogido. Quería ganarse todo por sus propios méritos, lo tenía claro, y aunque estuviese formada por parte de una escuela cara de Inglaterra, eso no quería decir que fuese a estar ya en un puesto importante, y no porque su familia no lo quisiese así. Al fin y al cabo, su madre bien decía que no se tenía que acercar a esos "pobres muertos de hambre". Con tan solo pensarlo, se mordió el labio para disimular su desagrado.
¿Qué era el destino? Para Ana Rivas, el destino no era nada más que una especie de juego en el que todo sucedía por alguna razón. ¿Cuál? Ni ella misma llegaba a una conclusión sobre el asunto, pero tenía claro que era la hora de ello. Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensarlo.
Cuando estaba saliendo del ascensor con el carrito e iba a la otra ala de la tienda, algo chocó con ella, provocándole cierta confusión. Miró a través de la ropa, encontrándose de repente con una chica de menor estatura que ella. Parecía bastante molesta y entristecida, sobre todo con ese choque, el que había provocado que se le rompiese la falda.
― ¡Oh Dios mío! ¡Se me ha roto la falda! ¡Como mi madre me vea! ―Y de repente, empezó a sollozar, mirando hacia los lados con cierto nerviosismo―Soy una idiota…Dios…
― ¡Ey! No ha pasado nada―Indicó Ana, arrodillándose para acabar sonriendo un poco―Espera, déjame que te ayude.
Sus labios se entornaron en un gesto coqueto que le hacía verse más sencilla de lo que en verdad era. Se arrodilló para poder tomar entre sus manos la tela de la falda. Era suave, aunque propia de una chica de la clase a la que parecía pertenecer la morena que observaba atenta los movimientos de la castaña, dando punzadas con la aguja. Y la joven no podía evitar mirar de soslayo a la otra con una sonrisa de satisfacción por lograr que su trabajo estuviese quedando tan bien. Otra punzada. El hilo deslizándose por los otros que conformaban la prenda de la chica que parecía calmarse poco a poco. Tragó saliva, un poco conforme mientras se separaba, levantándose para quedar a la altura de la otra.
― ¿Ves? Ya está―Musitó con gesto tierno mientras que la otra miraba hacia abajo, sorprendida y sin saber cómo comportarse.
Y levantó su mirada, entonces, clavando así sus ojos negros en los oscuros de Ana, que era algo más alta que ella y estilizada. La joven parecía analizarla, y si bien era cierto que eso le ponía nerviosa, algo en su interior hizo que ese gesto le agradase por el hecho de que la chica sonreía con cariño honesto. Como si fuese un ángel ella caído del cielo.
―Muchas gracias…―Susurró casi sin voz, tanteando si decir algo más, aunque las palabras no pudieron ser emitidas.
―No pasa nada…Mi nombre es Ana.
Se presentó con una sonrisa para después agacharse para plantarle dos sonoros besos en sus respectivas mejillas. La morena se veía aturdida, aunque eso no evitó que ella misma correspondiese al gesto amistoso que le había presentado la chica de cabello castaño y de sonrisa bastante alegre.
―Encantada…Yo soy Teresa.
Ambas se quedaron en silencio, analizándose lentamente. Teresa sonrió tímidamente mientras que Ana lo hacía de manera más extrovertida. Se quedaron allí, quietas, sin poder evitar dejar de mirarse de ninguna manera u otra. La falda ya estaba arreglada. La tristeza seguía en Teresa, pero eso no hacía que su pensamiento cambiase. Quizás, después de todo, mudarse a la capital no había sido tan malo y quizás, todo podría ir a mejor… ¿No?
30 de enero de 2017, Ohio.
― ¿A qué hora habías quedado con tus amigos del Glee club? ―Quinn giró su rostro ante la pregunta de Anastasia, que se colocaba los pendientes con cuidado y un toque que hizo a la rubia sonreír.
―A las siete. Aún son las seis. Nos queda tiempo―Señaló la rubia mientras se miraba al espejo.
Se había puesto elegante, con su traje azul claro para la ocasión. Se había recogido el cabello, de tonalidad dorada, de manera que se podía ver su blanquecino cuello, fino y delicado como si de un cisne se tratase. Sus labios estaban pintados con un color rosado claro, y sus párpados con un tono verde también algo claro, pues a Quinn no le gustaba destacar mucho. Sonrió un poco, separándose del espejo para mirar a su amiga.
Anastasia llevaba, por el contrario, su cabello recogido en una coleta baja que le daba un toque inocente que nunca se hubiese imaginado. Sus pupilas castañas eran resaltadas por el negro de la raya que se había pintado, y sus labios estaban caracterizados por esa tonalidad rojiza que resaltaba por completo su blanquecina piel y sus numerosas pecas. Ambas sonrieron, satisfechas, girándose la una hacia la otra para acabar soltando ambas una carcajada.
―Me siento muy pero que muy guapa―Comentó entonces Anastasia, ladeando la sonrisa para acabar colocándose al lado de la rubia.
―Más bien sexy, cariño, muy pero que muy sexy―Resaltó mientras la miraba con atención.
―Contrólate, Fabray. Sé que soy tremendamente irresistible, pero…
Se apartó un mechón rebelde con una sonrisa de satisfacción en su rostro, dejando a la aludida con una mirada irónica para acabar de mirarse de nuevo en el espejo. Ambas se veían estupefactas después de todos. Nunca se habían puesto así, o al menos Anastasia, la que no solía preocuparse a la hora de vestirse porque siempre se veía bien con cualquier cosa que llevase. Pero esa noche era especial para su amiga y no quería acabar decepcionándola. Sus labios se tornearon en una sonrisa mientras su mano se apoyaba en el hombro descubierto de Quinn, llamando su atención.
― ¿Vamos? Entre que caminamos y demás, llegaremos justo a tiempo.
―De acuerdo…Y por favor, compórtate. Quiero causar una buena sensación…Además de que tengo ganas de verles.
―Ya me imagino que es así. ¿Cómo no, pudiendo lucir a una mujer como lo soy yo? ―Inquirió con una sonora carcajada, llamando la atención de su mejor amiga.
―Perdona, bonita, pero tampoco es que seas muy…
― Hombre…Ya me imagino que preferirás a las…Morenas―Dejó escapar con tono sugerente―Y no las castañas…―Su voz resultaba realmente sensual.
Se colocó en frente de Quinn, tomando sus hombros mientras que con una de sus manos, acariciaba la piel de la rubia, perfilando con las yemas de sus dedos su barbilla, con una sonrisa que dejaría a cualquiera inerme, sin tan siquiera poder responder. Y Quinn tampoco sería una excepción porque, al fin y al cabo, es una mujer con deseos e impulsos. Tragó saliva, apartando la mirada. Pese a eso, sabía que su amiga quería echarle en cara su deseo por Rachel pese a estar cinco años sin verla, pero… ¿Acaso se podía controlar uno a sí mismo?
― ¿Anastasia?
―Te gustan los ojos oscuros, y no claros…―Su voz iba disminuyendo de volumen, dejando así que las palabras se arrastrasen―Las de piel oscuro, y no las blanquecina…En definitiva, que me va a acabar dando pena Emma.
Y entonces se separó con una sonrisa divertida, ladeando un poco su cuerpo, a la vez que su vestido se movía con lentitud, quedando así con un aspecto encantadoramente apuesto. Así era Anastasia. Siempre lo había sido. Impetuosa, directa, coqueta. No dudaba para nada. No había nadie que la dejase desconcertada, o al menos, eso era lo que afirmaba. Sin embargo, Quinn sí. Y que su amiga le hiciese eso la dejó sin aliento. ¿Tan obvia era en ese aspecto?
―No vuelvas a hacer eso.
― ¿Te he excitado?
― ¿Qué? ¡No! Claro que no…
―Te ha excitado lo que he dicho en referencia a Rachel, ¿no? ―Se dirigió hacia la puerta, tomando entre sus manos el abrigo rojo―Si es que, en el fondo, Fabray, ella te encanta.
―No nos hemos visto en muchos años…
―Créeme, igualmente, al amor no hay rival que se le resista.
― ¿Y quién ha hablado aquí de amor?
―Tú y tus ojos, que cuentan una maravillosa historia―Señaló, abriendo la puerta para salir― ¿Vamos? Eres tú la que quería salir, no yo.
― ¿Qué historia cuentan mis ojos? ―Cuestionó Quinn, tomando su abrigo entre sus brazos para salir, cerrándose la puerta tras de sí.
―Una que poco a poco se irá desarrollando, pero empieza así: "Había una vez una hermosa princesa de ojos verdes y pelo rubio que estaba completamente enamorada de su doncella, de un impresionante cabello oscuro y ojos de la misma tonalidad."
― ¿Y por qué es una damisela? ―Frunció el ceño.
―Si quieres puedes serlo tú. Era para darle más drama a la historia.
― ¿Por qué eres así de…? ¡Urg! ―Exclamó molesta―Me sacas de quicio.
―Mi pequeña enamorada… ¡Pobre Quinnie! Te exasperas porque es la verdad, cariño. No puedes evitar quererla por mucho que te lo propongas. Es un algo que puede contigo. Es un algo que te hace quererla por encima de todo, del tiempo y de vuestras diferencias. Supongo que no decidiste enamorarte de Rachel. Supongo que, lo hiciste en el primer momento en el que la viste. Supongo que, por mucho tiempo que pasase, ella siempre ocuparía un lugar en tu corazón, incluso aunque ella no sienta lo mismo hacia ti.
―Pareces una experta en el tema―Comentó, mordiéndose el labio― ¿Algún día me contarás tu historia?
―No tengo…
―Créeme…Sé reconocer a una persona enamorada en cuanto la veo―Susurró Quinn separándose para seguir caminando―Repito, ¿me lo contarás?
―Cuando esté preparada, lo haré―Aseguró, sonriendo para acabar pasando su brazo por el que le ofrecía su amiga―Lo haré. Tendré que hacerlo después de todo.
―Y cuando estés preparada, yo te ayudaré como pueda, Anastasia.
Marta esperaba en la puerta del lugar mientras que Rachel se movía de un lado a otro, toda nerviosa. Su cabello estaba recogido en un hermoso moño parecido al del penúltimo año en la escuela, donde se recordaba cantando "Jar of hearts" mientras se rompía al ver a Finn bailando con su amada y adorada Quinn. Su vestido, en cambio, era totalmente blanco, lo que resaltaba completamente con su piel oscura. En cambio, Marta llevaba el pelo recogido pero algo aplastado, con los labios pintados de un rojo pasión y un vestido de tonalidad negra, algo que era propio del gusto de la chica. La morena suspiró mientras que veía a la gran diva del mundo del teatro caminar de adelante hacia a detrás para acabar deteniéndose en frente de Marta, a la que cogió de las manos.
―Cálmate, Rach. Todo va a salir genial, ya lo verás. Ahora lo que tienes que hacer es deslumbrar a todos como tú sabes.
―No sé si podré… ¿Y si, en cambio, soy la más fracasada de todos?
―No, porque estás haciendo lo que quieres y eso es lo único que merece la pena. No te confundas Rachel. Un fracasado es aquel que abandona, no el que sigue luchando por su sueño. Tú no eres una fracasada.
En ese mismo instante, un grito hizo que ambas chicas se estremeciesen. Un muchacho de cabello castaño se acercaba a toda velocidad con sus pupilas azules centelleando con fuerza. Rachel salió corriendo, lanzándose hacia los brazos del chico, el que la tomó en volandas, haciéndola girar con mucha gracia y cariño.
― ¡Rach! ―La voz de Kurt retumbó en toda la zona, seguido de un chico rubio y de una pareja de un chico y una chica de rasgos orientales― ¡Cuánto te he echado de menos!
La morena rio entre los brazos del que fue su mejor amigo, siendo bajada por este para mirarse los dos detenidamente por segundos, y finalmente, fundirse en otro abrazo. Sam, que era el muchacho de cabello rubio, sonreía un poco sin quitar la vista de encima de la morena que observaba esa escena casi sin comprender nada de nada, por lo que se acercó a ella seguido de la pareja, que no podían evitar sonreír por la ternura del momento.
―Hola―Saludó el muchacho de labios gruesos, tendiendo la mano a Marta―Mi nombre es Sam, encantado.
―Yo soy Marta, una buena amiga de Rachel.
―Y estos son Tina y Mike―Los dos jóvenes estamparon dos sonoros besos en las mejillas de la chica, que les miraba estupefacta―Somos compañeros de Rachel. Estuvimos durante sus últimos años con ella en el Glee club.
― ¿También cantáis?
―Y muy bien―Interrumpió Rachel, saludando a sus otros compañeros.
Kurt sonrió, colocándose al lado de Marta. La analizó atentamente. Se veía una mujer que parecía condenadamente malévola por sus gestos, además de misteriosa y sensual. Sin embargo, ante la sonrisa que se amoldó en el rostro de la chica, el castaño comprendió que esa chica era una buena compañía para su querida Rachel. Sonrió de lado, tendiéndole la mano de lado, sin apartar la mirada del grupo reunido.
―Mi nombre es Kurt―Señaló el chico― ¿Marta?
―Sí…Y ya sabía quién eras. Rachel habla mucho de ti.
― Cosas malas―Señaló el chico divertido―Todo cierto. Soy su mayor competencia en el mundo de la música.
―Permíteme que lo dude, Kurt. La voz de Rachel es grandiosa. Y muy difícil de superar.
―Tienes razón de que Rach canta muy bien, pero aquí lo hacemos todos. No te creas que en el club, entraba cualquiera. Solamente los que se creía que merecían la pena de alguna manera u otra. ¿Tú cantas, Marta?
―No…No canto―Carraspeó con el rostro sonrojado.
―Sí que canta―Comentó Rachel uniéndose a sus amigos―En la ducha, y bastante bien la verdad.
― ¿Me espías cuando estoy en la ducha? ―Preguntó Marta, sorprendiéndose por ese hecho.
―No, pero se te oye…Y cantas genial. Bueno, no tan bien como Kurt y yo―Sonrieron los tres―Pero no lo haces nada mal.
Marta se sonrojó un poco bajo las risas de Kurt y Rachel, los que no podían evitar compadecerse un poco de la chica. Sin embargo, los dos se quedaron en silencio cuando vieron a dos personas acercarse hacia ellos. Rachel tragó saliva sin poder evitarlo.
¿Cuánto tiempo llevaba esperando al reencuentro? Quizás mucho tiempo, aunque ni ella misma se hubiese percatado de ese hecho. Pero sí que lo hizo cuando llegó a visualizar ese perfecta melena rubia recogida. Y por supuesto, con ese estilo que le caracterizaba a esa chica. Tragó saliva, para quedarse casi sin respiración bajo la mirada de Marta, la que no podía evitar sonreír por una parte.
Quinn, al igual que la morena, se había quedado sin respiración con tan solo reconocer que esa mujer que se encontraba en frente suyo era la misma Rachel Berry. La misma Rachel Berry que la había enamorado. A la que detestaba por hacerle sentir eso. A la que le gustaría poder olvidar por todo eso, y sin embargo, no era capaz de ello. Su rostro no pudo evitar formar una sonrisa en el rostro.
―Chicos…Kurt, te ves genial―Comentó la muchacha, sonriendo encantadoramente―Y tú también, Rachel…―Dejó escapar, carraspeando un poco para disimular que la mujer estaba mucho más que "genial".
―Muchas gracias, Quinn―Respondió Kurt―Tú también te ves genial.
―Sí, estás…Muy guapa, Quinn―Comentó Rachel, sin poder evitar lanzar una mirada de arriba abajo, analizando cada parte del cuerpo de la chica. La verdad es que no podía apartar la mirada de ella.
―Bueno, y esta es mi amiga…
―Anastasia…―Interrumpió entonces Marta, quedándose sin aliento y sin apartar la mirada de la nombrada, que observaba también sin aliento a la morena.
¿Habíamos hablado del destino? De encontrarte con una persona que había influido en tu vida de una manera u otra. Esa persona que podía haberte destruido y a la que, sin saber cómo, seguías queriendo. Ambas mantenían sus miradas unidas, como ese hilo invisible que unía corazones distintos. La confusión reinaba en el ambiente.
―Marta…
