― ¿Estás bien, Anastasia?

La chica levantó el rostro para clavar su mirada en la de la rubia, que se encontraba situada a su lado.

La cena estaba ocurriendo con mucho éxito para gracia de todos los protagonistas de esa historia. Habían asistido la mayoría de los invitados, exceptos los alumnos que llegaron después que los chicos, exceptuando a Marley, la que había decidido a asistir pese a que su tiempo allí era más bien de carácter provisional. Pero no importaba mientras que todos los amigos se encontrasen allí para celebrar el volverse a ver. El único que no había aparecido era Finn, que como había indicado, llegaría a mitad de semana por cuestiones de trabajo.

En un extremo de la mesa, se encontraban Quinn junto con Anastasia y Santana, además de Blaine y Sam, los que intentaban mantener una conversación con ellas para no fijar sus miradas en esas personas a las que tanto querían y que, por razones que no era momento de indicar, no estaban a su lado. Blaine de vez en cuando observaba de reojo como Kurt hablaba animadamente con Rachel, y se preguntaba si en algún momento el castaño volvería a estar a su lado pese a todas las adversidades.

Sam, en cambio, quería evitar mirar a Mercedes porque sabía que sino acabaría desolado y entristecido, queriendo hablar con ella y que la morena se negase a ello. Por esa razón, prefería mantener una conversación con Santana, la que tampoco parecía muy inspirada por el sencillo hecho de que Brittany estaba en la otra punta y no paraba de lanzarle miradas. Miradas que le encantaría corresponder pero que, por orgullo de mujer, no era capaz de ello. Solamente de asentir a las palabras del rubio y sonreír cálidamente de vez en cuando, para mostrarle que, pese a todo, quería mostrarse más cordial de lo que había sido en otros momentos, aunque nunca faltaba algún comentario sarcástico de ella. Si no, no sería Santana.

En medio de la gran mesa, se encontraban Marley, Artie, Mike y Tina en una conversación que intentaba parecer amistosa, y que era animada de vez en cuando por la intromisión de Joe, el que no podía evitar reír de vez en cuando con sus dientes blanquecinos y sus ratas, que tan bien le quedaban. Sugar y Rory de vez en cuando escuchaban la conversación, aunque se mantenían en sus mimos románticos. Estaban a punto de casarse y era normal que quisiesen dedicarse gran parte del tiempo el uno al otro. Y si se hubiesen percatado de los detalles, quizás, ese ambiente tenso se hubiese disipado de alguna manera u otra.

Mike y Artie en general no se habían llevado nada mal durante los últimos años pero, por alguna razón que otra, su relación se había enfriado bastante. Joe, en cambio, tenía una vida que llegaba a considerar plena. Era una especie de actor en un grupo de personas que hacían giras a lo largo del país, pero como si de un circo se tratase en el que actuaban, interpretando e incluso con alguna cosa bastante interesante, y encima, de ambiente de terror. Y contaba cómo se había hecho daño en el pie por culpa de unos compañeros en la misma obra, aunque eso no le impedía seguir trabajando. Marley, en cambio, seguía con audiciones, presentándose para cantante en algún musical, aunque no conseguía el papel. Si Rachel Berry no lo hacía… ¿Cómo lo haría ella?

Y al final, al otro lado de la mesa, se encontraban Rachel con Marta, además de Puck, Mercedes, Kurt y Brittany. Los cinco parecían sumergidos en sus pensamientos, aunque no por eso dejaban de comentar lo mucho que se habían extrañado en todo ese tiempo. Puck se veía algo más maduro, aunque seguía siendo ese chico joven y loco que no había perdido oportunidad alguna de luchar por lo que quería y creía justo. En cambio, Kurt y Brittany se veían exactamente iguales, aunque la rubia decaída porque Santana la ignoraba. Rachel desconocía las causas, pero sabía que la rubia y la morena se habían dado un tiempo en su relación para pensar y que, siendo astuta, se percataba de que las dos se extrañaban por mucho que lo quisiesen negar. Se querían. Pero a veces, en el amor, nadie podía jurar nada.

―Estoy bien…―Respondió al fin la castaña, sonriendo a Quinn―Estaba pensando.

La rubia se quedó observándola atentamente mientras que la castaña se removía incómoda en su sitio. Se preguntaba de que se conocían la chica que acompañaba a Rachel y su amiga, aunque era consciente de que algo había, porque la reacción de Anastasia fue puro nerviosismo y la de la otra muchacha un poco de temor. En su mente se plasmaba la idea de que quizás Marta había sido más importante para Anastasia de lo que esta diría, pero enseguida esa idea se disipaba de su mente. Era imposible. Y era muy consciente de que su mejor amiga no podía estar enamorada de una mujer. De ninguna manera. Era una soberana estupidez. Pero la sombra aparecía de vez en cuando. Sobre todo si sorprendía a su amiga observando de vez en cuando a la otra muchacha, que parecía sobrecogerse cuando sus miradas se encontraban.

¿Acaso el destino parecía un maldito juego? No lo había tenido nada claro hasta ese mismo momento en el que su mirada se encontraba con la de Marta tanto tiempo atrás. Supuestamente, ese iba a ser el reencuentro de Quinn con el amor de su vida, y no el suyo. No volver a encontrarse con esa chica que le había puesto su mundo patas arriba. Con cualquier excusa. Con cualquier encuentro de sus miradas. Suspiró, frustrada.

Rachel, pese a que se preocupaba por su amiga, solamente podía pensar en Quinn. Se veía más hermosa de lo que hubiese pensado y, para su gracia, le estaba llamando la atención más de lo que pensaba. ¿Por qué? Ni ella misma sabía la razón, pero así era. No podía apartar la mirada de su amiga en ningún solo instante. No podía dejar de pensar en esa rubia de ojos verdes, y eso tampoco es que le gustase. No, porque no lo comprendía. Aunque por una parte se alegraba de verla. Quinn sonrió entonces y se levantó, dirigiéndose hacia el otro lado de la mesa. Su corazón se detuvo, para extrañeza de ella, haciendo que sus labios se entreabriesen para coger un poco de aire.

La muchacha se detuvo a su lado, pidiendo con educación a Brittany si le dejaba sentarse, sin dejarla escapar antes para depositarle un beso. En el fondo, sabía que se lo podía haber pedido a la chica, Marta, pero no quería que Anastasia la matase, y en el fondo, creía que su Brittany y Santana hablaban, las dos podrían mantener una conversación civilizada. Y sobre todo, aclarar su relación. Ni ella misma sabía la razón, pero las dos habían decidido tomarse un tiempo, aunque en esa cena quedó claro que la que lo pidió fue Santana, y no por tonterías de que dudase de su amor por Brittany. Había algo más, y ella lo acabaría descubriendo. Sonrió un poco, colocándose al lado de Rachel mientras que Kurt seguía hablando.

¿Sabéis esos momentos en los que todo lo demás parece desaparecer para dejar paso a algo denominado amor? Pues es verdad. No es mentira, ni nada por el estilo. Para ellas, todos los demás dejaron de existir cuando la rubia clavó sus pupilas verdes en las oscuras de la diva. Fabray se decía a sí misma que recordase que tenía a Emma, pero volver a encontrarse con esas pupilas tan oscuras después de tanto tiempo seguía siendo un lujo después de todo. Un deseo que permaneció oculto durante mucho tiempo y que, ahora, al ser consciente de ello, no podía evitar reprimir. Su corazón solo se hinchaba con la presencia de la morena, quien parecía también alegre de verla. Y eso, a Quinn Fabray, le encantaba.

―Hola, Rachel…La verdad es que aún no hemos hablado de nada.

―Sí, ya creía que te habías olvidado de mí―Inquirió ella, algo nerviosa para su desgracia.

―Sabes bien que no, tú siempre eres el centro de atención, ¿recuerdas?

El tono de la muchacha era alegre y cariñoso, cosa que hizo que Rachel sonriese con intensidad. Se inclinó para apresar a la chica entre sus brazos, como si de viejas amigas se tratasen, y quizás, en el fondo, era así. Una sonrisa se dibujó en el rostro de la rubia cuando logró aspirar el aroma de la joven morena, sin poder evitar dejar escapar su aliento, contactando con la piel de Rachel. Las ideas confusas se apoderaban de esta, sin poder evitar que su corazón se acelerase.

― ¿En serio?

―Sí…Tienes un aire distinto. De felicidad pura y dura―Comentó con cierto toque cariñoso la joven. Quinn sonrió un poco ante eso―Me preguntaba cómo te habría ido durante todo este tiempo.

―Bien. No me puedo quejar de nada. Estoy feliz y no me va nada mal la vida.

― ¿Te graduaste en Yale?

―Sí, pero ya sabes que mi padre tiene enchufe, para desgracia mía. Así que no me costó mucho entrar en la academia de policía.

―Espera… ¿Policía? ¿Eres policía? ―Rachel se veía incrédula, sonsacando una sonrisa de la rubia― ¡Pero si no te ves como policía!

―Eso es porque no me has visto con el uniforme. Después de eso, ya todos me ven como policía―Rio, haciendo que Berry también le acompañase en ese gesto―Pero sí, soy policía. Y muy buena. Anastasia también lo es, así que necesitas nuestra ayuda, estamos a tu disposición.

―Espero que nunca tenga esa necesidad―Comentó Rachel con una sonrisa―Aún no me lo creo… ¿Policía?

― ¿Tan raro lo ves?

―Es que… Te veía estudiando para ser directora de películas, no ser una justiciera―Bromeó un poco.

―Te admito que eso era mi objetivo al principio, pero… Hubo una razón que me hizo cambiar de parecer y que, por ese hecho, estoy ahora aquí. Y no me arrepiento para nada. Creo que es lo mejor que he hecho en la vida.

―Me alegro de que te veas así de segura, Quinn. Me alegro de que seas feliz con tu decisión―Y era totalmente sincera en ese aspecto.

― ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Y Finn? Debe ser duro para ti que no esté aquí.

Rachel se quedó descolocada ante esa afirmación. ¿No sabía acaso lo de Finn? Parecía que no. Una sonrisa apareció entonces misteriosa en su rostro. Al menos, ya tenía una excusa para alargar la conversación.

Anastasia seguía sumergida en sus pensamientos, con los recuerdos agolpándose en el pecho de su corazón, al igual que los de Marta, la que tampoco podía dejar de mirar a esa mujer que le había hecho sonreír, morir de amor, llorar y acabar con una autoestima por debajo de lo normal. Cualquiera que supiese lo sucedido, creerían que la morena odiaba a la castaña con todas sus fuerzas, y en el fondo, y quizás, Marta tendría razón para ello. Al igual que la tendría Anastasia. Pero ninguna de las dos podía dejar de mirarse pese a todo. No podían porque los recuerdos seguían allí, y los sentimientos renacían a cada segundo que pasaban en esa sala en compañía de la otra. Si el destino era caprichoso, más era ese. Que dos mujeres, conocidas en España, se encontrasen en la otra punta del mundo. Y es que, en el fondo, cuando Marta quiso darse cuenta, no pudo disimular la sonrisa que se escapó de sus labios. Y Anastasia tampoco pudo evitarlo. No con esos recuerdos en su mente. No con esos recuerdos que le hacían percatarse de que, para su eterna desgracia, donde hubo fuego, cenizas quedan. Las cenizas de un amor.

"― ¡Detente!

Pero no pudo hacerlo. Seguía corriendo por las calles de una pequeña ciudad al norte de España, más en concreto, de oeste de esta. La humedad se cernía sobre las dos jóvenes que se deslizaban con rapidez por las aceras, mojadas por las inminentes lluvias que parecían no abandonar la zona. La risa resonaba por todo el lugar, llamando así la atención de numerosas personas que se giraban, buscando una explicación ante ese escándalo que se estaba formando alrededor de ellos.

El cabello claro de una de ellas se removía en contra del viento, posándose de vez en cuando en la espalda de la chica, que era la que reía nerviosa. Era seguida por su compañera, cuyo cabello, más corto y perfilado apenas se movía ante esa carrera que se demostraba entre las dos. Marta quería detener a Anastasia, pero la chica quería seguir y seguir. Quería volar, olvidar, sentir demasiadas cosas que parecían ser sin sentido alguno.

¿Alguna vez el amor había sido tan egoísta? ¿Alguna vez aquello era denominado amor? Esa tarde habían quedado con otras dos amigas suyas, pero contra todo pronóstico, cuando Anastasia fue a recoger a Marta, salió corriendo en dirección contraria al lugar al que se dirigían, y su amiga no dudó en seguirla tras una breve duda de lo que era correcto y lo que estaba bien.

Anastasia tenía dos cosas claras por aquella época, donde sus catorce años eran algo realmente incontrolables. La primera: Detestaba a sus mejores amigas. La segunda: Quería que Marta las detestase también. Eran ellas dos solamente, y así debía de ser durante mucho tiempo.

Llegaron al acantilado más cercano a sus hogares, e igualmente se encontraban a una gran distancia. Se dejaron caer sobre la yerba, que se encontraba igual de húmeda que el resto de la ciudad. Pero no le importaba. No si así podía relajarse y encontrarse con esos ojos azules claros. Marta se dejó caer también y sonrió.

¿Alguna vez había presenciado una sonrisa tan preciosa como aquella? Por supuesto que no. Eran sus labios torneados ligeramente en una especie de sonrisa, quizás coqueta, quizás sincera. Demasiados adjetivos podía catalogar Anastasia a esa sonrisa que se apoderaba de la joven de cabello ligeramente más oscuro, de mirada más limpia, de piel algo más oscura, aunque no mucho.

Si Anastasia se hubiese girado en ese mismo instante para volver a observar el rostro de su amiga, se hubiese percatado de que ella también la observaba. En silencio, sospesando quizás todas esas sensaciones que se acomodaban en su interior. Le gustaba mirar la nariz repleta de pecas de la castaña, y esos ojos miel que le llegaban a conquistar. No es que la quisiese ni nada por el estilo, o al menos eso consideraba ella en ese instante. Pero le encantaba poder mirarla detenidamente con el mismo interés que la miraba Anastasia.

El amor es demasiado intenso, demasiado desconcertante y un pelín jodido. Eso pensaba la muchacha cuando volvió a clavar su mirada en el firmamento, cubierto de estrellas que brillaban a lo lejos.

-Qué hermoso es el cielo al anochecer-Dejó escapar la castaña, sonsacando una sonrisa de su amiga.

¿Te has parado alguna vez a pensar cuántas estrellas deben de haber?

No, pero tienen que ser muchas…-Se quedó pensativa-¿Sabes? Me encanta poder ver las estrellas contigo. Me relaja.

Una sonrisa se amoldó en Marta, que se sonrojó ligeramente por las palabras de su compañera. Carraspeó un poco, buscando con su mano el poder rozar la de Anastasia con suavidad. Fue ese simple contacto de sus dedos lo que causó un estremecimiento en el cuerpo de la castaña, que decidió apartarse y girar su rostro con el fin de que la otra no se percatase de lo sucedido. Dejó escapar el aire, con su corazón sobrecogido, para al final volver a mirarla.

Sin embargo, cuando lo hizo, el rostro de Marta se veía compungido y, tras unos breves segundos, se levantó de la húmeda yerba, causando una especie de conmoción en su amiga. El silencio reinó entonces entre las dos, que se sumergían en distintos pensamientos. Marta ocultó sus manos en los bolsillos de su comando, a la vez que Anastasia se levantaba.

¿Estás bien?-La morena se sobresaltó, asintiendo.

Solamente tengo frío-Su voz sonó tan distante que causó algo de desconcierto en la otra.

¿Estás segura?

Segura.

Se dirigió por la pequeña colina que se formaba en frente de ellas, intentando evitar acabar llorando. Detestaba sentirse como se sentía. Lo detestaba todo. Odiaba sentir todo aquello que se acumulaba en su interior. Se acomodó mejor la bufanda colocada alrededor de su cuello. Quería que Anastasia no se acercase a ver lo que le sucedía, pero eso era un imposible. Siempre lo hacía. Cuando la veía decaída, allí estaba ella, quizás con un carácter un tanto difícil de tratar, pero con un sentimiento honesto de preocupación.

Me estoy preocupando mucho por ti. Últimamente te noto tan…

Se quedó congelada. ¿Acaso se habría percatado de sus sentimientos? ¿Acaso sería consciente de que se moría por poder tocarla sin el temor de acabar besándola? Tenía que quitarse esa idea de la cabeza.

Estoy bien. Es solamente que tengo algo de frío. ¿Vamos?-Anastasia asintió-As…

Dime, Marta-Susurró cariñosamente, apartando un mechón rebelde de su rostro.

¿Siempre juntas? ¿Pase lo que pase?-Su mirada era tan intensa que se hubiese muerto del placer allí mismo.

Bajo ese día de navidad, en el acantilado de la ciudad, dos jóvenes se observaban con tal intensidad que serían capaces de prender fuego a cualquier cosa, de hacer que la rosa permaneciese bajo la tempestad. Sus alientos intercambiándose. El frío congelándolas. Pero eso no importaba. No importaba mientras solo existiesen ellas dos. Y nadie más.

¿No era eso el amor en navidad? Esas parejas que parecían quererse con locura. Solamente tendrían unos catorce o quince años, pero lo que sentían era amor. Ese que se denomina del bueno. Ese que es verdadero, de personas que se corresponden mutuamente.

Siempre juntas. Te lo prometo.

Y esa noche, sellaron esa promesa con una sonrisa que quería decirlo todo, y a la vez, nada. ¿Quién les diría todo lo que vivirían después? ¿Quién les contaría que ese amor perduraría por mucho tiempo?

Y como sucedió, esa promesa no se llegó a cumplir"

Nota de la autora: ¡Hola! Pues creo que es la primera vez que dejo una nota de autor en esta historia xD En fin, el caso es que es para un pequeño saludo cordial a la gente que lea la historia. Debo admitir que ver que no tiene mucha acogida desanima, pero como me encanta la historia (y tengo una seguidora encantadora) pues aquí ando xD En fin, me pasaba para aclarar que digamos que esta es la parte "light". En el próximo capítulo (que espero poder hacerlo más largo, y que si es así, lo subiría el sábado, y sino, mañana si es como estos) ya llega lo que se dice el comienzo de verdad de la historia. Esto ha sido como una especie de introducción algo lenta para que se conozca la línea de los personajes principales, a saber: Quinn, Rachel, Anastasia y Marta. Además de así dar paso a lo que se dice como misterio... Así que nada. Espero que os entretengáis y que mañana o pasado comience el desafío ;) Un beso y muchas gracias por leer este pequeño apunte ^^