Marta dejó escapar un suspiro, a la vez que podía percibir como una corriente eléctrica se apoderaba de todo su cuerpo. El rubor apareció en sus mejillas, entornando sus labios en una mueca sencilla para intentar desviar sus pensamientos de esos recuerdos que le encendían el corazón. No sabía si se quería dejar escapar en ellos, pero tenía claro que no era el mejor momento en su vida para ello.

Un gesto suave se asomó entonces en su rostro cuando levantó su mirada para encontrarse con la de Anastasia, la que mostraba su gesto esbelto. Nunca había dejado de sentir algo por ella por mucho que el tiempo hubiese pasado entre ellas. Nunca. No pudo siquiera evitar que su corazón se lamentase el día en el que todo se estropeó para lo que pensó que sería un para siempre.

Sin embargo, el tiempo no era eterno. Era algo que había descubierto por parte de su padre, al que quería con todas sus fuerzas. Una sonrisa se dibujó en su rostro con tan solo pensarlo. Se estremeció, con un gesto solemne para desviar su mirada y observar a Kurt, el que no apartaba sus ojos de su figura.

Era cierto que la chica le parecía muy misteriosa, pero verla observando a la castaña solo le hizo sonreír, al igual que observar como su mejor amiga parecía mantener una conversación seria con Quinn Fabray. A veces la vida no daba lugar para las sorpresas. Un pensamiento se cruzó en su mente, y una sonrisa divertida se asomó en su rostro. Se levantó de la silla en la que se encontraba para ponerse al lado de Marta, agachándose, bajo la atenta mirada de Blaine, el que no podía dejar de observar como su ex novio, al que tanto quería, parecía estar bien pese a su desaparición.

― ¿Marta? ―Inquirió sin mucha certeza Kurt, mirándola directamente a las pupilas azules con fuerza y seguridad, causando cierto sonrojo en la muchacha.

―Dime, Kurt. ¿Sucede algo? ―Quiso saber ella, sin poder evitar mirar de soslayo a Anastasia, la que no se cortaba en mirarle detenidamente. A veces la dejaba esa mujer sin palabras.

―Te quería preguntar… ¿Estarías dispuesta a cantar delante de todos nosotros?

Esa pregunta la dejó sin respiración. ¿En serio se lo estaba proponiendo ese muchacho? No podía ser. Era algo que parecía que se le escapaba de las manos. Se sobresaltó, sin saber qué responder. Por una parte no quería, porque la muchacha era de personalidad vergonzosa. Sin embargo, la chica era consciente de que sería el momento de dejarse llevar, y de hacer entender que no todo era como la sociedad lo marcaba. De darle a Anastasia una lección de lo que era el amor. Tragó saliva, sonrojándose un poco para acabar por dejar escapar el aire de sus pulmones, soltándose después de eso el cabello. Este se dejó posar sobre sus hombros, llamando la atención de la castaña, que se sorprendió ante la belleza de la García, que no pudo evitar sonreír con ese toque de juventud y armonía, tranquilidad, que siempre le había caracterizado.

―No sé si canto muy bien, la verdad…

―No sucede nada. Vamos a encender el karaoke y es por romper un poco el hielo―Comentó Kurt―Además de que me gustaría mucho que te estrenases, si no te importa.

―El karaoke… ¿Cómo es?

―Pues en el ordenador. Lo encendemos y lo conectamos a la pantalla, para que los demás vean la letra―Respondió él sin comprender bien las preguntas de la morena.

―Entonces intentaré cantar como mejor sé.

Las palabras se escaparon sin poder evitarlo, aunque tampoco se arrepintió de ello. Sus pupilas centellearon un poco, con una fuerza que hizo que el castaño entreabriese los labios con sorpresa. No obstante, sonrió un poco, colocándose bien y tendiendo su mano a Marta para que fuese con él hacia la pista de baile. Y así fue.

Marta tomó la mano del castaño con fuerza, caminando los dos mientras que todos se giraban para verlos así. Kurt se hizo a un lado, sentándose en una silla que estaba al lado del escenario mientras tomaba un micrófono. Iba a presentar todo aquello por parte de su compañero, Finn, y quería que todo saliese perfecto. Todos los compañeros observaban mientras que Marta susurraba al chico que se encargaba de las canciones la que quería. El hombre la miró extrañado, aunque hizo caso a las palabras de la mujer. Esta sonrió sin poder evitarlo, apartándose el cabello con un gesto que hizo gracia tanto a Quinn como a todos los demás. Rachel no pudo evitar sentirse orgullosa de ser amiga de esa chica que estaba a punto de cautivarles a todos con su voz, que si no estaba bien perfilada, no estaba nada mal.

―Bueno, chicos―Habló Kurt―Esta noche es especial porque nos hemos reunido los amigos de toda la vida. Aquellos que se peleaban y que a veces no se llevaban bien, pero que no quería decir que no nos apoyásemos y nos apreciásemos. Esta noche, quien debería estar presentando esto es Finn, el que se ha molestado en organizar el reencuentro, pero por razones personales, no está. Pero sí que estamos los demás y tenemos que aprovechar de esta noche, de los amigos, y de las buenas voces.

―En el fondo, tiene razón―Comentó Rachel―Y va a ser genial―Susurró para que solo Quinn la llegase a escuchar―Marta no canta nada mal.

― ¿Ah no?

―Y para empezar―Prosiguió Kurt, sin dejar paso a la contestación de Rachel―tenemos aquí a una amiga de nuestra querida Rachel. Su nombre es Marta, y ha venido hasta aquí para cantarnos una canción. Así que, adelante, Marta.

La aludida asintió, acercándose más a la gente que la observaba con el micrófono en la mano. La luz se cernía sobre ella, nublándole parte de la vista, pero con la suficiente visibilidad para poder encontrarse con los claros ojos de Anastasia.

―Esta canción es conocida en mi país, y bastante conocida en otros lugares. Es en español, pero van a poner la letra en inglés, así que os podéis enterar.

Y sin más, la música comenzó a sonar.

― "Nada tienen de especial…

Dos mujeres, que se dan la mano."

La voz de Marta resonó en todo el lugar, haciendo que todos se callasen a escuchar. La suave fuerza con la que Marta entonaba dejaba a los demás en silencio, admirando un poco su voz. No entendían de que iba la letra, aunque detrás de ella aparecía la traducción en inglés, lo que facilitaba la lectura. La única que podía mirarla a los ojos y escuchar a la vez esa canción era Anastasia, la que no se podía creer que hubiese escogido esa canción.

― "El matiz viene después…

Cuando lo hacen por debajo del mantel."

13 de Enero de 1951, Madrid, España.

Llamaron a la puerta con gesto suave, haciendo que en el rostro de la menor de los García se mostrase una sonrisa extensa, con dientes blanquecinos. Esa noche iba a ser especial para Teresa, sobre todo porque era la reconciliación oficial con Ana, con la que había tenido una fuerte pelea. Por dos razones importantes pero que, al ser Ana, pasaban a un plano secundario. No era capaz de vivir sin estar a su lado. Era un algo que había aprendido con el paso del tiempo, y aunque con ayuda de su amigo César, la soledad se le había hecho más amena, extrañaba mucho sus charlas con Ana.

Las causas de su pelea fueron sencillas y dolorosas. La primera era que Ana le había mentido en cuanto a su origen, y la que creía que era una chica de origen humilde al igual que ella, resultó ser la hija del jefe de los almacenes donde trabajaban. Eso fue como si se hubiese burlado de ella, aunque pensando fríamente después en el asunto, comprendió lo que su amiga había intentado explicarle. Que lo había hecho porque quería ser tratada como una más, y no la hija del jefe. Y que cuando su amistad empezó a crecer, ya no podía contarle la verdad. No a sabiendas de que tenía razón. Teresa si hubiese conocido que en realidad la castaña era de la alta sociedad, seguramente que no se hubiese acercado a ella.

Y aunque era cierto que provenían de dos lugares diferentes, las dos eran de mismo pensar, de caracteres que se compenetraban a la perfección para sorpresa de la morena. Era una especie de relación la que existía entre ellas que podría causar una gran envidia para todos los demás.

Se acercó para abrir la puerta, recibiendo con un fuerte abrazo a la que era su mejor amiga. Esta soltó una fuerte carcajada mientras la recibía entre sus brazos, estrechándola con gran fuerza hacia ella. Las noches que se pasó llorando por la ausencia de la sonrisa de la castaña habían merecido la pena. Días grises aunque el sol se cerniese sobre las calles de Madrid. Porque solo era la Ana la mejor amiga que había tenido, y aunque hubiese habido mentiras de por medio, era capaz de perdonarla, como había hecho. Y ahora, eran ellas dos de nuevo. Esas dos amigas que se compenetraban de alguna manera u otra.

¡Teresa! ¡Me estás medio asfixiando―Bromeó la chica, sin poder evitar sonreír.

Eres tú, que eres un poco blanda―Inquirió la morena apartándose para acariciar de paso el rostro de Ana, que no podía dejar de sonreír―Estás un poco pálida.

Las amigas siempre he pensado que son para eso. Para decirte que estás mal con tan solo verte la cara―Se mofó, recibiendo un manotazo cariñoso por parte de su amiga―Es verdad, que conste.

Las dos rieron por ello, tomando Teresa las pertenencias de Ana y colocándolas en la silla que estaba al lado de la entrada. La madre de Teresa, doña Carmen, estaba preparando la cena con cierto entusiasmo acompañada del que era el hermano de Teresa, Alfonso. El muchacho no pudo evitar levantar la mirada para observar a Ana, y una sonrisa tímida se mostró en el rostro del varón de los García. El hombre se levantó, acercándose a las dos chicas.

Era de estatura alta, algo más que la morena. Su cabello era de la misma tonalidad que el de su hermana, y sus ojos también. Sin embargo, su nariz no era tan redondeada, sino más afilada y perfilada, como la que era la de Ana. Era delgado, aunque de constitución fuerte y moldeada ante el boxeo que practicaba. En esos momentos, trabajaba en los almacenes junto a su hermana y, cómo no, se había enamorado completamente de la Rivas, cuya sonrisa causó un aceleramiento del corazón del muchacho. Así era Ana. Una mujer de esas que conseguían que cualquier hombre cayese arrodillado ante sus pies.

Los labios de ella se entornaron coquetos disimuladamente a la vez que él la saludaba como buen chico, haciendo que el entrecejo de su hermana se frunciese, intentando disimular su malestar con pequeñas bromas hacia él, que solo supo lanzarle a la morena miradas que decían mucho, y a la vez, eran silenciosas para otras personas.

¿Te has fijado en cómo te mira mi hermano?

La pregunta se formuló cuando las dos entraron en la habitación de los padres de Teresa. La joven miraba con curiosidad a la castaña, que se giró ante esa pregunta. Habían cenado perfectamente y su madre, con el fin de que las dos recuperasen el tiempo perdido, les dejó su habitación. Ella dormiría en el cuarto de los hermanos, junto a Alfonso, al que no le hacía mucha gracia despedirse de Ana y no poder seguir contemplando la belleza de la chica.

Eres un poco dura con él, Teresa. ―Comentó intentando esquivar esa pregunta sin mucho éxito.

Le hago bromas porque quiero que espabile un poco. Además… Te mira de una manera que…

Es muy tierno―Comentó Ana, acariciándose las manos de forma nerviosa.

¿Te parece apuesto mi hermano?

Me parece muy guapo. Y se le ve muy buen chico―Sonrió de lado, clavando sus ojos negros en los de su amiga―Seguro que tu hermano puede conseguir a la chica que quiera.

La pregunta es… ¿Te podrá conseguir a ti, Ana? ―Las dos se quedaron en silencio―Eres mi mejor amiga, pero no quiero que mi hermano sufra.

Y no va a sufrir, Teresa. Él ya sabía lo que le ofrecía yo cuando…

¿Cuándo?

Cuando quiso estar conmigo. Yo le dejé claro que no estaba buscando nada serio.

¿Y ahora? ¿Te gusta?

Claro que me gusta, Teresa. Y mucho, pero estoy confundida. Es muy buen chico y no quiero hacerle daño.

Pues aclárate. Y le vas a hacer daño igualmente. Está coladito por tus huesos.

¿Tú crees? ―Inquirió nerviosa la castaña, clavando su mirada en su amiga―Sé que no le quero como debería querer una mujer a un hombre, pero… ¡Es que le conozco tan poco! Quizás, si nos viésemos más…―Susurró casi para sí misma, aunque su amiga le hubiese escuchado. ―No lo sé aún, Teresa. Procuraré hacerlo lo mejor que pueda.

Por favor―Pidió ella con una sonrisa para dejarse caer en la cama después de haberse cambiado, al igual que Ana―Ahora lo que tenemos que hacer es descansar.

La castaña asintió con una sonrisa y las dos se arroparon. Pero ninguna era capaz de dormir. No a sabiendas de que volvían a ser las mejores amigas. Esa noche era especial para las dos, sobre todo para Teresa, la que no podía evitar girarse para observar a su amiga con los ojos cerrados. Se veía tan sumamente inducida en el mundo de los sueños que se preguntaba cómo podía haber pasado tanto tiempo sin estar a su lado. ¿Acaso era tan difícil perder a una amistad? Para Teresa García, sí. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se giraba.

Durante esa noche, se desvelaban de vez en cuando, hablando las dos juntas. Unas de la situación en la que se encontraban los padres de la García. Otras, de la triste verdad de Ana, que había descubierto que su madre no era en verdad su madre biológica. Pero al menos sus miradas se encontraban en la oscuridad de la noche. También hablaban de Héctor y de cómo era el chico en la cama. Pero Teresa quería saber por curiosidad. Ya no le llamaba tanto la atención Héctor como ella creía al principio. ¿La razón? Se escapaba a su entender, pero estando la Rivas con ella, el recuerdo de ese chico de cabellos dorados se desvanecía con fuerza.

Hubo un momento en el que las dos se miraron después de hablar. El mentón de Ana estaba un poco por debajo del de ella en altura, pero es que ella nunca había sido muy estilizada. Y menos porque no quería parecer una mujer creída, al relacionar ese gesto con la arrogancia. Tragó saliva, sin poder dejar de mirar a Teresa.

No sabes cuánto te he echado de menos, Teresa…―Dejó escapar con sus pupilas brillando con fuerza.

Y yo a ti―Habló al fin la aludida con una sonrisa triste en el rostro.

Ambas sonrieron cómplices, para acabar Teresa abrazándose a su amiga, apoyando su rostro en su hombro y deslizando una de sus manos por encima del abdomen de su amiga, cubierto por el camisón que le había prestado. Ana la rodeó con sus brazos, mirando al frente y acurrucando su barbilla en el cabello de la morena. Aspiró su aroma con fuerza, saboreando el momento. En la noche, lo único que se podía distinguir era el brillo de la mirada de las dos chicas, y la unión de dos manos debajo de la colcha de la cama. Una unión muy difícil de romper.

― "Una opina que aquello no está bien…

La otra opina que qué se le va a hacer…"

Los labios de Anastasia se entornaron en una mueca desagradable mientras seguía a Marta, quien no parecía querer tener nada que ver. La morena se veía cansada desde hacía días, aunque no quería darle explicación alguna a su amiga, la que quería saber que era lo que estaba ocurriendo. Los demás compañeros ya habían salido de clase, y Anastasia, como siempre, esperó a Marta, que siempre salía más tarde que los demás. Pero su amiga llevaba días un poco misteriosa, y eso hacía que Anastasia estuviese al quite del asunto, aunque tampoco le resultaba muy difícil por el mero hecho de que Marta y ella eran inseparables.

Una sonrisa se amoldó en el rostro de la morena, girándose con tan mala pata que Anastasia no lo vio venir y acabó cayendo al suelo, provocando una sonora carcajada en la morena, que le tendió la mano para ayudarla. Bufó, aunque la aceptó, y tiró de ella, cerniéndose el cuerpo de la chica sobre el suyo. Las dos se miraron y acabaron soltando una carcajada que resonó por todo el pasillo del instituto.

Se quedaron allí, en el suelo, sin poder evitar sonreír la una hacia la otra. Echaban de menos esa infancia cuando tenían once años, donde las dos chicas hacían tonterías que no parecían tener en su momento importancia y que, en esos momentos, echaban tanto en falta. ¿Dónde quedó esa inocencia que se apoderaba de las dos? ¿Dónde quedaron esos instantes en donde las dos no se dejaban llevar por lo que decía la mente?

Y allí estaban, con sentimientos contradictorios y sensaciones increíbles. Pero tan confusas como la vida misma. El temor se apoderaba del cuerpo de Marta, que apartó la mirada para encontrarse con los ojos dorados de un chico que pasaba por allí, el que sonrió coquetamente para acabar saliendo con más velocidad. David no era muy distinto a esos chicos perfectos que salían en las series de televisión de la época. Era el capitán del equipo de balonmano dl instituto. Era alto y fornido, con sonrisa radiante y cabello castaño y en corte a media melena. Sus pupilas doradas centelleaban con fuerza, sobre todo cuando se percataba de la presencia de Marta, la chica más inocente, rara y misteriosa que jamás hubiese conocido. Porque la chica García no era de esas muchachas más encantadoras, y mucho menos social. Más bien todos se preguntaban cómo Anastasia era su amiga, e incluso, lo más misterioso era el cómo había logrado traspasar las barreras que imponía Marta.

Te mira mucho ese chico―Comentó Anastasia, clavando su mirada en David, el que se había detenido a hablar con otro compañero mientras observaba sin cortarse a su amiga.

No me había percatado―Contestó, clavando la mirada en el muchacho, que sonrió descaradamente haciendo que la morena se sonrojase un poco― ¿Sucede algo, As?

No, pero me podrías contar las cosas―Musitó un poco dolida.

Sin embargo, ella misma sabía que no había nada que contar. Sabía que para Marta, ese chico no significaba nada. Pero había algo que se deslizaba hasta su corazón, clavando en él sus afilados dientes. Sí. La serpiente de los celos se apoderaba de ella con tanto ímpetu que no era capaz de evitar sulfurarse al percatarse de que ese chico se fijaba en ella. La muchacha clavó entonces sus ojos azules en los de Anastasia. ¿Qué era todo aquello que fluía entre ellas como si de una poción se tratase? Su alma se incrementaba ante esos enfados de Anastasia para después desilusionarse ante la mirada que la joven le dedicaba a uno de sus compañeros, con el que estaba saliendo de vez en cuando para ir al cine o algo.

¿El qué? Ese chico y yo no somos nada. Ya lo sabes. Igual que sabes que nadie se interesa en mí.

Eso no es verdad. No saben ver lo que tienen delante, eso es todo. Eres la mejor, Marta, y ya verás cómo un día encuentras a un chico que te haga feliz.

¿Y sí no encuentro a un chico, As? ―Inquirió entonces Marta, clavando su iris en el de Anastasia. ― ¿Y si encuentro a…?

¿A? ―Inquirió con tono divertido, sonriendo con ese toque que enloquecía a Marta.

¿Y sí lo que encuentro es a una mujer?

La pregunta quedó en el aire, haciendo que las dos se quedasen en silencio. La castaña negó con la cabeza, riendo con un toque nervioso mientras que su amiga miraba hacia los lados, un poco molesta. La reacción de Anastasia no se hizo esperar.

Lo que dices es una tontería, Marta.

No es ninguna tontería.

A ti no te gustan las mujeres―Susurró con fiereza y en tono bajo, para que nadie las lograse escuchar―A ti no te gusta ninguna mujer, ¿comprendes? Eso es asqueroso y…

¿Te estás escuchando? Te estoy diciendo que posiblemente me gusten las mujeres y… ¿Y tú solamente me dices que eso es asqueroso? ¿De verdad? ―Se apartó de ella, negando con la cabeza―No me lo puedo creer. ¿Estarías dispuesta a llamarme asquerosa si soy lesbiana?

Marta, estás confundida. No eres lesbiana. ¡Te gustó Ángel! ¡Y te gusta David! Y mucho―Esto último lo soltó con tono venenoso, con el ardor de la decepción, con el deseo de que eso no fuese mentira.

Pues parece que te molesta mucho que sea así. Parece que te jode más que me guste David a que me pueda gustar una mujer―Musitó en tono bajo, con rabia, con furia, con la esperanza creciendo en su interior.

Me duele que no confiases en mí para contármelo, eso es todo.

¡Eres tú la que me dice que me gusta! Yo no te he dicho nada de nada. Es más, estaba todos estos días ausente porque te quería dar algo y contarte algo, pero veo que contigo no se puede.

¿Ahora te vas a enfadar tú, Marta? ¿Tú? Eres una cínica. Vas de liberal en la vida, pero en el fondo, si fueses lesbiana, te esconderías dentro de un armario.

Al igual que tú, por lo que veo―Soltó, haciendo que el rostro de Anastasia se descompusiese―Mira, será mejor que me marche, ¿vale? No quiero seguir con esta discusión contigo―Se giró― ¡Ah! Se me olvidaba. Feliz cumpleaños. Te estaba preparando un regalo, pero será mejor que lo cambie. No creo que sea apropiado.

Y caminó con cierta velocidad, metiendo de paso los libros en su mochila y sacando de esta el paquete que tenía dentro de ella. Era algo pequeño, y que, al romper el envoltorio, se pudo ver cómo era una pequeña cadena de plata. Era una especie de luna, que era el astro preferido de su amiga. Detrás llevaba su nombre grabado. Cerró los ojos y lo lanzó en una de las papeleras, mientras que las lágrimas se deslizaban por su rostro. El dolor era sobrecogedor, y su alma disminuía poco a poco, encogiéndose, como lo hacía su corazón.

Anastasia se quedó allí, mirando como la chica se marchaba sin tan siquiera pararse a mirar. Algo en su interior se removió mientras que un chico se acercaba a ella. Este se colocó a su lado, rodeando así su cintura, sobresaltando a la chica.

¿Te he asustado? ―Susurró él con tono suave y dulce, mordiendo el lóbulo de ella con algo de sensualidad.

No…No―Logró a decir mientras seguía con la mirada al frente, perdiendo de vista a la chica que bajaba por las escaleras y escuchando como algo era lanzado. Pero no pudo ir tras ella.

El compañero la hizo girarse, apoderándose de sus labios con pasión y fuerza. La boca de él se entreabría mientras que su lengua buscaba desesperadamente encontrarse con la de ella. La chica se dejó llevar, siendo estrechada hacia el cuerpo de él por sus delgados brazos. Sin embargo, y pese a que la boca de él le resultaba atractiva y delicada, se detuvo a pensar en los ojos de ella. En esa mirada tan penetrante y que le hacía quedarse sin respiración alguna, y recordando lo último dicho por ellas dos: "Vas de liberal en la vida, pero en el fondo, si fueses lesbiana, te esconderías dentro de un armario." "Al igual que tú, por lo que veo." Marta siempre le hacía darse cuenta de las cosas.

― "¿Quién detiene palomas al vuelo, volando al ras del suelo?

Mujer contra mujer."

Quinn tomó la siguiente copa con gesto solemne, sonriendo un poco mientras que Rachel dejaba la suya a un lado. La canción era preciosa, o eso creía Rachel. Era cierto que el toque americano e inglés era mucho mejor, pero también las canciones españolas tenían una fuerza que fascinaba a la morena. Sin lugar a dudas, lo que más le gustaba era esa canción. Era preciosa y tenía un mensaje a favor del amor entre dos mujeres que le gustaba. Y debía admitir que escuchar esa canción en compañía de la rubia era algo que le agradaba mucho.

Sabía que cuando se marcharon, cada una siguiendo su paso, habían quedado como algo parecido a una amistad un poco rara. Entre ellas, más bien, nunca había existido una verdadera relación amistosa, y sin embargo, Rachel había influido mucho en la vida de Fabray, y esta había cambiado la de Berry en muchos sentidos. ¿Cómo podía ser que dos personas tan ajenas hubiesen afectado tanto en la vida de la otra? Era una pregunta que se formaba en la mente de Rachel cuando veía como la sonrisa de Quinn aumentaba al ir escuchando la canción. Y entonces, se percató de la belleza de la rubia cuando se veía feliz. Era tan sumamente delicada que se reprendió al pensar así en ella.

― ¿De qué estábamos hablando?Inquirió Quinn entonces, tomando su copa para sorber un poco del líquido que esta contenía, y que ese gesto le hacía quedar realmente sensual.

―Estábamos hablando de Finn―Comentó Rachel sin poder apartar su mirada de esos carnosos labios de la rubia―Finn y yo rompimos hace unos cuatro años, Quinn.

― ¿Rompisteis? ―Inquirió con tono sorpresivo la chica, haciendo que Rachel riese entre dientes―Pero si erais la pareja más sólida y perfecta.

―No lo éramos, y lo sabes. ¿O no recuerdas que una vez rompimos porque creía estar enamorado de ti de nuevo?

―Finn en esa época era un crío, pero después demostró que te quería. Y es verdad, Rachel. Te quería. Por eso me dejó. ¡Incluso estuvisteis a punto de casaros! Lo extraño es que no haya sido así.

―Las personas cambian, Quinn―Aclaró Rachel, clavando sus ojos negros en la rubia― ¿No te has dado cuenta? Todos lo hemos hecho. He llegado aquí y me he sorprendido con todo lo que he encontrado. Las chicas separadas por razones que a saber cuáles son. Luego pasa lo mismo con Blaine y Kurt. ¿No eran los que parecían perfectos, que nunca se iban a quebrar?

―Sin embargo, ellos se van a recuperar.

― ¿Por qué estás tan segura?

―Porque no son capaces de ser amigos, y eso ya significa algo. Significa que se siguen queriendo pese a todo. Santana sé que quiere a Britt, y sabes también que Kurt quiere al estúpido de Blaine―Comentó con una sonrisa―La pregunta es… ¿Tú sigues queriendo a Finn?

―Le sigo queriendo, Quinn, pero de una manera muy distinta. Como a un amigo, un confidente, un pilar en el que apoyarme si lo necesito. Aunque rompimos y al principio fue muy tenso, después conseguimos ser amigos. De los mejores, diría yo―Soltó con una sonrisa―Finn ha madurado mucho. Y ha cambiado. Ya no es ese chico del que en un momento me enamoré.

― ¿Eso no es malo?

―No. Los dos no estábamos destinados a estar juntos, y que haya mejorado para bien, cambiando, es bueno. Y muy bueno. No es malo cambiar, aunque eso signifique perder para siempre ciertas oportunidades.

―Pues no sé qué decirte. Creo que cambiar, a veces, no es tan bueno como tú dices. A veces se hace a peor.

―Pues no he conocido a nadie así. Y en este lugar, no hay nadie―Comentó con una sonrisa, dejando la copa en la mesa del lugar.

Se quedó pensativa, viendo como Marley se levantaba de allí subiendo al piso de arriba, donde estaba la segunda planta y donde se situaban los baños. Después se levantó Mike, con cierto disimulo. Desvió la mirada, volviendo a fijarla en la de Quinn, la que sonreía con cierta gracia.

―Me alegra saber que no hay nadie. Eso quiere decir que he cambiado para bien―Musitó, bebiendo sin apartar sus pupilas verdes de las de la morena.

―Y hablando de novios… ¿Tú tienes ahora alguno, Quinn? ―La rubia tosió un poco, mirando con cierto pesar a Santana, la que estaba ya escuchando la conversación.

―Quinn nos va a sorprender gratamente, ¿verdad Q? ―Inquirió Santana, colocándose al lado de Rachel―Berry, no veas como nuestra amiga disimulaba.

― ¿Disimulaba? ¿A qué te refieres? ―Preguntó la morena, sin saber qué sucedía.

―Nuestra amiga Fabray tenía más secretos de lo que procuraba mostrar.

Las tres se quedaron en silencio. Rachel se quedó mirándola. La canción ya había terminado, y Anastasia y Marta ya no estaban en sus respectivos sitios. Lo que hubiese dado Quinn por salir de ese compromiso en el que le había puesto sin querer Rachel y que Santana estaba disfrutando en cierta parte. Una carcajada se escapó de la latina mientras que el rostro de Rachel se endurecía. No sabía que era lo que estaba sucediendo, pero el no saberlo le hacía enloquecer. Y más el mero hecho de que su amiga parecía que sí que conocía al amor.

―Lo que ocurres es…―Carraspeó con cierto cuidado―Que estoy saliendo con alguien. Llevamos ya un año y bueno…La verdad es que…

―Me alegro por ti, Quinn. Se nota que así vas a ser feliz. ¿Y cómo se llama el afortunado?

―Rachel…

―Seguro que es muy apuesto y galante.

―Rachel…

―Y que te va a tratar como una reina. O más le vale, porque sino…

―Se llama Emma.

―Me encargaré yo de hacerle la vida imposible y… Espera―A la morena le costó procesar la información que acababa de recibir― ¿Emma? Pero…Si es nombre de mujer―Señaló la chica con gran obviedad.

―Rachel… Emma es nombre de mujer, y es que, es una mujer. Estoy saliendo con una chica.

Marta, después de cantar esa canción que le había hecho recordar todos los momentos vividos con su amiga, salió corriendo del escenario, subiendo al segundo piso para dirigirse al baño. Se encerró allí, posando su frente en la fría puerta. No sabía cómo había vuelto a lo que tanto había detestado de su juventud. La falsedad, la hipocresía, la mentira. Y sobre todo, ese momento en el que tuvo que decidir entre lo que era lo mejor. Si su integridad o el amor de su vida. Y allí estaba, tiempo después y huyendo justamente de eso. Huyendo de nuevo y llorando en un baño, como siempre. Como siempre había hecho.

Se acercó hacia el lavabo, mirándose al espejo. Parecía no quedar nada de esa adolescente asustadiza. Pero sí que quedaba, y mucho. Quedaba esa niña tonta enamorada. ¡Quería tanto alejarse de esa maldita pesadilla! Se lamentaba de haber acompañado a Rachel a esa maldita fiesta. Si hubiese sabido de la presencia de la morena, no estaría en ese lugar.

―Sigues igual que siempre―Sonó una voz a su espalda.

Es en ese momento en el que tu corazón se acelera, que te quedas sin respiración, que crees que todo te va a hacer caer. Pero no pasa nada. No porque se mantiene sujeta al lavabo, pero el saber que estaba a tan pocos metros de ella le reconcomía. Tanto que le hacía temblar. Tanto que ya no sabía cómo disimular. Cómo disimular que pese a esos diez años sin verse, la seguía amando con todas sus fuerzas.

―Tú en cambio estás algo cambiada―Logró articular, levantando su mirada para ver a través del espejo a la figura de la castaña, que se veía hermosa. Terriblemente hermosa.

― ¿Eso es algo bueno? ―Quiso saber la otra, acercándose un poco.

―No lo sé, si te soy sincera. Pero me alegro de verte tan bien―Logró a decir, girándose para enfrentarse a ella―Me alegro de que te vaya todo bien, supongo.

― ¿Supones que me va todo bien, o supones que te alegras de que fuese así? ―La morena no pudo evitar sonreír un poco―Te largaste sin despedirte. Ah, no…Tu nota fue muy…Precisa.

―Era eso lo que querías, ¿no? ―Preguntó Marta con cierta ironía en su voz― ¿Qué tal con Roberto? ¿Os habéis casado?

―Después de lo que sucedió esa noche, no. No pude, Marta.

― ¿Acaso sucedió algo esa noche? ―Cuestionó la otra― ¿Tienes tanta cara de decir eso? ¡No sucedió nada, Anastasia!

―Y luego era yo la cobarde, ¿no?

―No era yo la que se iba a casar con un hombre para ocultar sus sentimientos hacia una mujer.

―Como tú me dijiste, no era a una simple mujer, sino a ti. ¿No lo entendías?

― Lo que está claro era que tú siempre fuiste una egoísta que nunca se paraba a pensar en cómo me sentía yo. Pero creo que mantener esta conversación no tiene sentido. Si me disculpas, me voy a ir con mi amiga, que si me entiende y me comprende. Y que es mucho mejor persona que tú, claro.

Sin embargo, la mano de Anastasia sujetó su brazo, deteniéndola. La morena giró su rostro, encontrándose con el de su compañera a escasos centímetros de distancia. Podía percibir su aliento en su rostro y creía que en cualquier momento se iba a quedar sin respiración. ¿Qué es lo que le había hecho esa mujer para estar en esa situación? ¿Qué maldición había caído en ella? No sabía ni cómo responder, pero allí estaba, con un aceleramiento en el pecho que no podía con ella.

Anastasia seguía mirándola como si de un sueño se tratase. No sabía cómo comportarse después de lo que había sucedido entre las dos, pero comprender que esa muchacha que se marchó haría diez años se encontraba a su lado, mirándola con el mismo deseo que ella sentía. Si en otra ocasión alguien se lo hubiese dicho, no se lo hubiera creído. Y aunque no era el mejor momento, el ser de Anastasia se iluminó. Sabía que nunca podría olvidarse de la morena, y que se juró a sí misma nunca estar con nadie después de lo ocurrido. Y allí estaban las dos, después de tanto tiempo, la una al lado de la otra. Sin dejar de quererse, por mucho que lo fuesen a negar.

Y no pudo evitarlo, se inclinó un poco para acercarse a la morena. Y esta no se separó. No porque no podía. Ni quería. No quería alejarse de esos labios que en su momento, al igual que en ese instante, levantaron pasiones en ella. Un fuego que le hizo arder en el mismo infierno.

¿Qué es el amor entre mujeres? Era ese amor que perduraba muchísimo tiempo, como el de Anastasia y Marta. Era la delicadeza y sutileza, como el de Ana y Teresa. Era el comienzo y la atracción, como el de Quinn y Rachel. Un amor de mujeres que tenía cada uno un comienzo, y por supuesto un final.

Y de repente, un grito se escuchó. Las dos miraron hacia la puerta, quedándose con el corazón en vilo.

Rachel, Quinn y todos los demás que estaban sentados en la mesa se levantaron. Faltaban algunas personas, que salían también de cualquier zona del segundo piso, se quedaron conmocionados.

Marley se sujetaba a las paredes de las escaleras como podía, avanzando mientras dejaba a su paso un hilo de sangre. Todos chillaron, y cuando se acercaron algunos para intentar ayudarla, la muchacha se desplomó al suelo, quedándose bocabajo. Quinn les apartó a todos, inclinándose ella para poder tomar el pulso de la morena. Su rostro empalideció, girando el cuerpo con toda la fuerza que pudo.

Anastasia y Marta salieron del baño para mirar por las escaleras junto a otros compañeros que estaban allí del Glee club. Todos observaban como el cuerpo de Marley se encontraba ensangrentado por una herida de bala. El silencio, entonces, se apoderó de todos ellos. Y a Quinn no le hizo falta tomarle el pulso a la chica. Ella estaba muerta.

Nota de la autora: ¡Ya hemos llegado al comienzo de todo esto! Me ha costado escribir este capítulo. Era algo más largo, y con mucho detalle sobre distintas relaciones. Nuestras chicas comienzan poco a poco, pero ahí están las dos después de todo. Después, pues por lo que parece, la relación de Anastasia y Marta tiene mucho hilo, pero ya veréis...Es un poco larga xD Igual que las de las otras dos. En fin, vamos a ver como llevo esto porque hay muchos hilos abiertos. Espero poder llegar a llevarlo bien y demás. Un beso. A ver si esto poco a poco llega a gustar ;).

Respuesta a los comentarios de las personas que no tienen cuenta:

Guest 1: Gracias por el comentario. Una se desanima pero la historia sigue. Eso lo tengo claro ^^ Muchas gracias por el aliento.

Guest 2: Tienes razón. Sin embargo, yo lo he hecho por la trama. En este caso, Emma va a causar revuelo y siendo Quinn policía pues...Aun así, creo que se hace porque es lo más lógico dentro de lo que cabe y seamos sincera, es lo que más drama puede causar xD.

lucyFaberry: Me alegro de que te guste la historia de las segundas chicas y que quieras conocerlas. Espero poder dar loa talla y sorprenderos de alguna manera u otra. ^^ Aquí sigo, que pese a todo, pues una sigue y sigue escribiendo :) Muchas gracias por comentar :) Un beso y saludos por allá.

stuki: Gracias. La verdad es que llevo algunos capítulos y bueno, parece que la historia no llama mucho la atención, pero sigo escribiendo porque hay gente que si lo lee y bueno, pues porque en el fondo esta historia me encanta. Me ha sorprendido de que haya alguien que conociese a Ana y Teresa. Creo que son personajes que pueden contar mucho. Muchas gracias por comentar ;).