Se abrazaba a sí misma, llorando con muchísimo dolor. A veces, se levantaba de la cama para dejar caerse de nuevo, sujetando con fuerza el cojín del sofá para morderlo, darle puñetazos, desahogarse de ese dolor que esa familia le había causado. Ahora, todo parecía tener sentido para la mujer, que no era capaz de dejar de sollozar, abrazando con fuerza al cojín, sumergiéndose en un pozo que parecía no tener fondo.
Toda su vida era una mentira, un engaño, y repleta de dolor. Su madre, la que creía que era su madre, no lo era, y casi había resultado muerta de un accidente en casa. Su padre, el que después de todo eso pensaba que no lo era, resultaba que era su familia biológica. Que era su progenitor. Y la mayor mentira se cernía sobre ella, haciendo que su cuerpo temblase por esa razón solamente.
El timbre llamó su atención, levantando el mentón con cierta rapidez y alerta, asustada de que fuese una de esas personas que tanto dolor le estaba causando. Pero, sin embargo, esa voz dulce y tranquilizadora hizo que cerrase los ojos un momento. Dejó con brusquedad a un lado el cojín y se levantó, limpiándose las lágrimas de los ojos, aunque no podía disimular el rímel corrido por las lágrimas que mancillaron su rostro.
Abrió la puerta, encontrándose con esas dos personas muy importantes en su vida, a su manera. Estaba un muchacho de cabello oscuro, de rostro impasible pero preocupado, y ante todo, consternado de verla llorar. El chico no se lo podía creer. Ana estaba llorando. Por algo que le había hecho daño. Y por esa razón, la furia nació en él, aunque intentaba disimularlo de alguna manera u otra. En cambio, Teresa se quedó allí, con la boca entre abierta mientras que su amiga se quedaba hundida en un dolor mucho más intenso de lo que los dos se hubiesen llegado a imaginar.
― ¿Ana? ―Inquirió Teresa, preocupada por la que era su mejor amiga― ¿Qué ha pasado?
―Yo…―No pudo decir nada. Se quedó en silencio mirando a los dos hermanos―Debo de estar horrible.
―Tú estarías preciosa de cualquier forma―Respondió Alfonso, llamando la atención de la morena, que no pudo evitar mirarle mal ante esas palabras, un poco molesta de no haber dicho algo parecido justo a tiempo― ¿Quién te ha hecho eso, Ana? Te juro que como pille al culpable…
―No harás nada, Alfonso. ¿No entiendes que eso solo hace que ella esté más nerviosa? ―Y Teresa, como siempre, tenía razón. Que Alfonso, encima, estuviese presente en la debilidad de la castaña solo incrementaba el dolor de esta―Ana…
Y se miraron, como siempre. Su comunicación ni siquiera era verbal, pero las dos sabían lo que necesitaba la otra. Y la morena comprendió que su amiga necesitaba apoyo, pero prefería estar solamente con ella, y no con el que era su hermano. Por mucho que él fuese casi el novio formal de su amiga, ella seguía siendo más importante para Ana. Lo sabía, y eso, en buena parte, la relajaba. Y mucho. Hasta tal extremo que le hizo incluso sonreír, mirando entonces a Alfonso, el que parecía aún consternado por el comportamiento de su novia y de su hermana.
―Ana…―Musitó el muchacho, intentando acariciar la mejilla de ella pero sin éxito alguno―Lo siento…
―Vete, Alfonso. Ahora necesita hablar con una amiga, y no que la atosiguen.
― ¡yo también sé hablar y escuchar! No eres la única que entiende de eso, hermanita.
―Eres un idiota, Alfonso. Anda, vete. Luego la verás, ¿de acuerdo? Vamos a hablar de cosas de mujeres―El aludido bufó.
―Sabes que me tienes, Ana, ¿verdad? ―Preguntó entonces el muchacho con una sonrisa tierna. Ella le correspondió con cierta ternura también, asintiendo―Me marcho. Luego vengo a recogerte, Teresa.
―No hace falta―Musitó ella mientras que su hermano se perdía por las escaleras.
Cuando se giró, se encontró con que Ana se había adentrado a la habitación. Pasó, cerrando la puerta tras de sí y lanzando su bolso negro encima del sofá mientras se acercaba a su amiga, la que estaba rota de dolor. Acarició sus hombros con cuidado, besando de vez en cuando alguno de este para que se calmase. Le gustaba poder sentirla así de cerca y que se apoyase en ella cuando lo necesitase. Una sonrisa diminuta amanecía en sus comisuras con tan solo pensar que su amiga prefería estar con ella que con Alfonso, pero no se detuvo más a pensar en ese detalle. La muchacha parecía dolida y lo único que tenía que hacer era consolarla y animarla, hacerla entender que todo estaría bien por mucho que no lo pareciese.
―Tranquilízate, Ana. Sea lo que sea que haya pasado, se va a solucionar. Pero no te preocupes―Susurró―Todo va a estar bien. Te lo prometo―Aseguró la menor de los García con cuidado, sin dejar de acariciar los hombros de su amiga con especial cariño, sintiendo una corriente eléctrica en su interior cuando lo hacía.
―No puedo evitarlo, Teresa, no puedo… He descubierto algo que…Héctor me lo ha traído en una carpeta que está allí―Pero la morena no se movió de su lado, acompañándola en cuerpo y alma. Casi parecían una por tal complicidad que existía entre las dos.
―Ana…
―Teresa…He descubierto quien es mi madre―Logró decir, lamiéndose los labios por ello.
― ¿La conoces? ―Ana asintió―No sé si debo preguntarte o…
―Teresa―Logró a escuchar en un susurro proveniente de su amiga, que se giró para encararla―Mi madre es Encarna―Teresa abrió los ojos con sorpresa―Mi abuela… ¡En realidad es mi madre!
Y entonces se abrazó al cuerpo de su amiga, volviendo a llorar desconsolada, arropada por la calidez de sus brazos. La morena la abrazó al principio con cierto titubeo, el que pasó a ser menos relevante cuando aspiró de nuevo el aroma de su amiga, haciendo que cerrase los ojos con fuerza y disfrutase de ese abrazo. El ardor de su corazón era acallado con su mente, que no quería creer lo que ya estaba marcado por el destino. Estaba enamorada de Ana.
―No me lo puedo creer.
Quinn se levantó de la silla sin poder dejar de sonreír un poco por el mero hecho de ver a su hermana pequeña en frente de ella. Los ojos azules de Frannie se posaron sobre los verdes de la mayor, que no pudo evitar acercarse a la chica de diecinueve años que se encontraba en frente de ella.
Era casi una réplica de Quinn, pero en cierto modo distinta. Su cabello rubio se veía adornado con algunas mechas castañas, y sus labios eran finos y delicados, pintados con un tono suavizado que le daba un toque cariñoso y dulce, además de recatado. Era una muchacha muy moderna, aunque para sorpresa de la rubia, su hermana pequeña llevaba unas prendas que la tapaban por completo. ¿Habría cambiado de estilo de vestir? No lo sabía, pero tampoco se lo preguntó mucho. Se abalanzó sobre ella, reteniéndola entre sus brazos con una felicidad que no podía permanecer por mucho tiempo en su interior. Su hermana estaba allí, con ella, aunque fuese de ese modo imprevisto, y eso le bastaba y le sobraba.
La muchacha sonrió, apartándose, acariciando los hombros de una joven que se veía mareada y atosigada por las muestras de cariño por parte de la mayor, que no se podía creer todavía el tener a su hermana a su lado. Pero Frannie correspondió al gesto de su hermana con una sonrisa tranquila y afable, apartándose un poco para mirar a Anastasia, que la observaba un poco confundida. Ni siquiera sabía que su amiga tenía una hermana más pequeña que ella.
―Pues puedes hacerlo, Quinnie. Aquí estoy―Señaló la muchacha con un gesto propio de la familia, para acabar mirando a la otra chica, tendiéndole la mano―Mi nombre es Frannie. Bueno, no, pero me gusta que me llamen así.
―Yo soy Anastasia, una amiga de…Tu hermana, ¿no?
―Sí, mi hermana. Mucho gusto en conocerte―Entonces, la joven se percató de que esta aún parecía estar procesando la información de que ella estuviese allí, tan cerca de ella y a la vez tan lejos― ¡Estoy aquí, Quinn! Sé que te cuesta mucho creerlo, pero es verdad.
―Lo que aún no me creo. ¿Hacía cuánto que no nos veíamos?
―Exactamente dos años. Desde que mamá se enteró de que te gustaban las mujeres.
―Sí, algo era ello…Lo que me sorprende es que estés aquí, cuando os habíais marchado lejos. A mamá siempre le gustaba tener todo bajo control, por mucho que dijese que no se parecía a papá.
―Supongo…
― ¿Y cómo es que has vuelto?
―Me apetecía venir a ver a mi hermana. ¿No puedo? He pedido alojamiento en un hostal de por aquí cerca de mientras y…
―Pues espera, mujer, espera. Vente conmigo. Estamos mi novia y yo viviendo juntas, pero seguro que no le importará.
―No quiero molestarte, y menos con una visita sorpresa. Como mínimo, te tenía que haber avisado antes de venir…
―No, no tienes por qué. Eres mi hermana. Voy a buscar las cosas y nos vamos, ¿de acuerdo?
Pero antes de que pudiese hacer nada, alguien llamó a la puerta. Las dos inspectoras de policía se miraron de nuevo, como si las visitas no fuesen ya bastante llamativas como para que encima llamase alguien a la puerta. Sin embargo, su sorpresa fue incrementada ante la aparición de Rachel y Marta, acompañadas de un joven de sonrisa extensa. Eso sí que era una sorpresa.
Finn Hudson esperaba junto con sus compañeras en la entrada con un gesto agradable, aunque el pesar de que muriese una compañera se veía que había hecho mella en él. Su cabello seguía con el mismo peinado, y no había cambiado nada de nada. Seguía siendo ese chico que un día pudo causar, en cierta medida, sentimientos especiales en Quinn. Pero había algo que le hacía parecer distinto. Puede que fuese el gesto de su rostro, o su forma de comportarse, pero ya no le veía como ese estúpido chico que no merecía a Rachel. Ahora se preguntaba si en realidad no era así y si se la merecería. Quizás, luchando un poco por ella, lo lograría. Se separó del marco de la puerta, acercándose a la rubia con paso solemne, quedando un poco por encima de ella debido a su altura.
Y se envolvieron en un abrazo de nostalgia. De momentos vividos. De un amor pasado que no fue válido y no fue capaz de sobrevivir. Un amor que no se olvidaría, y menos por la bondad del muchacho. Este se apartó un poco sin poder dejar de sonreír. Sus ojos negros brillaban con cierta fuerza, y su gesto permanecía serio. Sí, sin lugar a dudas Finn había cambiado. No estaba segura de sí para mejor, pero lo había hecho.
― ¿Qué haces aquí? Creía que no aparecerías hasta dentro de unos días.
―Rachel me avisó por una llamada y he venido lo más deprisa que he podido para acá. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es que Marley está muerta? ¿Qué…?
―Tranquilo, Finn. Iba a avisarte yo pero he estado algo agitada, al igual que mi compañera, Anastasia.
―Pero como comprenderás, no me ha hecho gracia enterarme tan tarde. ¿Cómo sucedió? ¿Y quién?
―Eso es lo que estamos intentando averiguar. El quien. Solo te pido algo de paciencia, por favor―Pidió la rubia con cuidado, sonriéndole cálidamente―Sabes que esto es algo difícil, y más con tantas personas bajo el punto de mira.
―Lo sé, lo sé, y lo siento. No quería agobiarte―Confesó el moreno, calmándose―Pero es que encontrarse uno con algo así es… No sé, no esperaba que nada malo sucediese. Como mucho, alguna discusión…Pero no una que acabase así―Añadió con tono monótono.
Frannie se había quedado a un lado, observando detenidamente a ese chico alto. El muchacho se percató de la presencia de ella y le sonrió cálidamente, por lo que la chica se sobresaltó y se acercó más a Anastasia, temblando ligeramente. La castaña se quedó desconcertada ante la reacción de la joven, pero prefirió callar, y más por el gesto del muchacho, que también se vio conmocionado por la reacción de la otra.
Rachel, en cambio, no podía apartar la mirada de la rubia. Esta parecía cansada, y se lamentaba que estuviese en un estado tan lamentable. Sabía que conseguiría resolver ese caso, pero era mucho más complicado con gente a la que se conocía. Una no podía dejar de andar con pies de plomo. Una parte interior de ella le decía que tendría que hablar con ella y ofrecerle su mayor apoyo, aunque fuese para que supiese que estaba a su lado en esos momentos, como una buena amiga; como siempre lo había hecho.
No dejaría de ser una costumbre para Rachel el preocuparse de Quinn. Por una extraña razón lo hacía, y no podía evitar sonreír al pensar en ello detenidamente. No podía evitar sentirse bien ante el hecho de que no podía dejar de lado a Quinn por mucho que se lo propusiese. Le gustaba estar pendiente de ella, cuidarla y hacer que todo estuviese mejor en cierto sentido, aunque eso conllevase a una pelea entre las dos, por la terquedad de ambas.
―Yo me tengo que ir―Dijo Quinn tras un breve silencio―Debo dejar a mi hermana en casa y ayudarla a instalarse…
―Quinn―Intervino Rachel―Necesitaba hablar contigo…No es nada importante, pero…
―Pues que se venga con nosotras―Inquirió Frannie―Por mí no pasa nada. Además, será agradable, así mientras tú conduces ella me cuenta eso del asesinato.
Y con toda naturalidad, cogió del brazo de Rachel, tirando de la mujer mientras se apartaba de Finn, al que observaba con cierto temor. Quinn dejó escapar un suspiro, mirando a Anastasia, la que negó con la cabeza. Finn se quedó desconcertado, saliendo también de allí, dejando entonces a las otras dos muchachas solas.
Marta se encontraba algo incómoda, siendo abandonada por su menor amiga en esa habitación donde el pasado parecía convertirse en presente. ¿Qué había hecho ella para merecerse todo eso? No había sido tan mala persona. Sus pupilas, azules, se encontraron con las de Anastasia, haciendo que su corazón diese un vuelco que no era capaz de controlar por mucho que lo intentase. ¿Qué tenía esa mujer que le hacía quedarse sin palabras?
― ¿Cómo es que habíais venido?
―A lo de la interrogación, pero como Rachel se ha ido y Quinn también…Pediré un taxi.
― ¿Un taxi? ―Preguntó Anastasia, algo alterada―No pienso dejar que te marches en un taxi.
―No conozco la zona. No aún.
―Puedo llevarte yo, si quieres.
―No sabes dónde está el hotel.
―Pero sí que conozco la zona, y con decirme la dirección basta. El único problema es que no tengo el coche aquí―Señaló con una sonrisa―Así que sería ir andando.
Marta se quedó en silencio, observando a esa mujer con cuidado. Sabía perfectamente que sí que tenía el coche. Aunque ella no fuese policía, era detallista, y se había percatado de las llaves colgadas del cinturón de policía, que debían de ser del coche patrulla. Sin embargo, no pudo evitar sentirse satisfecha en cierta manera, por lo que miró hacia los lados, como si se lo estuviese pensando, aunque tenía más que claro que se iba a marchar con ella, de cualquiera manera u otra.
― ¿Y está muy lejos?
―No lo sé…Depende de a dónde te quieras dirigir.
La morena sonrió misteriosamente, girándose mientras le invitaba con el gesto de su rostro a que la siguiese. La castaña cogió su abrigo y salió del despacho, alcanzando a su antigua amiga, que caminaba con cierta rapidez por las calles, donde el frío se apoderaba de alguna manera u otra de ellas.
― ¿Tienes frío? ― Quiso saber entonces la morena, observando como la inspectora se estremecía.
―Un poco, pero estoy acostumbrada―Añadió con tono severo Anastasia, no pudiendo evitar mirar de reojo a la que era el amor de su vida.
―Ten―Se quitó el abrigo, dejando a la otra sorprendida negando fervientemente con la cabeza―No tengo frío. Toma―Se lo volvió a ofrecer.
Seguían caminando, sin casi saber a dónde iban. La sonrisa de Marta hizo que Anastasia también lo hiciese, correspondiendo al gesto de la chica y tomando el abrigo entre sus manos, rodeándose con él. Marta la miraba con esmero y pensando que no podía ser. ¿Quién se pensaba que era ella para hacer que su vida se volviese patas arriba? ¿Quién pensaba que era para volver y apoderarse de su corazón? ¿Quién se creía que era para volver al sitio que nunca abandonó? Esas preguntas eran formuladas en la mente de la García, que no podía evitar estremecerse de vez en cuando ante la mirada de la otra, que no paraba de observarla con pésimo disimulo.
―No tenías por qué dejarme el abrigo.
―No me molesta―Comentó Marta, encogiéndose de hombros―E incluso creo que lo vas a dar mejor uso tú que yo.
―Siempre tan amable con la gente―La morena sonrió.
― ¿Qué tal va el caso? ¿Algo nuevo?
―No puedo hablar mucho de ello, la verdad, aunque no tenemos mucho de qué tirar…
― ¿No? ¿Y eso?
―Supuestamente ella era amante de alguien, pero…No sabemos de quien.
―Y ese alguien…
―Tenía pareja. O tiene. No sé. Ni siquiera sabemos si eso es verdad. Aunque si así fuese, tenemos claro que tiene que ver algo con el Glee.
―Tal vez es una pareja de las de allí.
―Ya, pero la mayoría se han separado por causas de estudios y…
De repente, la castaña se detuvo en seco, pensando detenidamente a toda velocidad. No podía ser, pero… ¿Y sí…? Cogió el móvil bajo la atenta mirada de Marta, la que no sabía quén pensar, algo confundida. Anastasia esperó un poco, hasta que Quinn cogió el móvil, dirigiéndose a casa con el coche.
― ¿Qué es lo que ocurre?
―Creo que ya sé con quién pudo tener problemas Marley, y tirar de ese hilo.
― ¿De verdad?
―Quinn… ¿Qué persona se ha separado de su pareja en el Glee que no ha sido por causas laborales? ―Silencio― ¿Quinn?
―Santana.
Nota de la autora: No, no os penséis nada raro xD Pero ahora iremos viendo en que tiene que ver Santana en todo esto. Vemos que Ana y Teresa son muy buenas amigas, aunque el sentimiento es algo mucho más puro e intenso que eso. Luego, Frannie ha venido y parece tener miedo a Finn. No os penséis que le tiene miedo de porque es él. Sino miedo a lo que representa ;) Y luego, Marta y Anastasia que parece que, después de todo, no pueden evitar ser como son entre ellas pese al tiempo que ha pasado. Interesante, ¿no?
Respuesta a gente que no tiene cuenta:
Monica13: Me alegro de que te gustase el capítulo y te fascine. Aquí dejo ya el siguiente. Un beso ;)
