― ¿Entonces te vas a ir? ―Inquirió con intención de saber Rachel, mientras que su amiga hacía una pequeña maleta mientras no podía dejar de sonreír. Le hacía gracia que la morena se preocupase tanto por ella― ¿No puedes esperar al próximo fin de semana? Iba a ir esta tarde con Tina de compras, y quería presentaros de manera adecuada.
―Mi padre me ha llamado, Rach, y necesita que esté presente. Mi abuela Teresa se encuentra muy mal, y…Necesitan que este fin de semana esté al lado de ellos. Pero el lunes estaré de vuelta. Lo sabes.
Rachel sonrió un poco, acercándose para abrazar con fuerza a Marta, la que se dejó arropar por los brazos de la que era su mejor amiga. Se estremeció al percatarse de que estará dos días sin saber nada de su amiga, y mucho menos, de Anastasia. Sin embargo, le había pedido a la morena que le enviase algún mensaje por si necesitaba algo, y por supuesto, si le sucedía algo a la castaña. No quería que nada malo les sucediese, y alejarse tanto de la diva en esos momentos tan difíciles no era plato de buen gusto, pero tenía que hacerlo.
Su relación con su abuela Teresa era totalmente contraria que con su abuela Ana. Teresa era una mujer de carácter, pero con ella la suavidad era de manera natural. Era una especie de cariño que le proporcionaba la mujer lo que hizo que el carácter de Marta fuese así de suave, así de abierto, así de luchador. La fuerza venía por parte de la familia de su abuelo paterno, y por tanto, de la línea de aquella mujer que siempre le había apoyado en todas sus decisiones, incluso cuando salió del armario delante de la familia. Fue la primera que le dio su apoyo, y aunque ahora comprendía la razón, eso no quitaba el hecho de que ella estuvo allí, explicándole esos detalles de los que estaban encargados sus padres pero que, por razones claras, no eran capaces de comentar con ella. Quizás por falta de inexperiencia. Puede que porque en el mundo actual no se estaba preparado para tratar bien ciertos temas con hijos homosexuales. Y no por culpa de ellos, sino de la sociedad. Pero su abuela Teresa la entendió a la perfección.
Cuando la familia comprendió lo que le sucedía a su abuela, todos se volcaron en ella. Esos periodos olvidadizos, donde la memoria parecía ir perdiéndose poco a poco, incrementaban en frecuencia e intensidad, dejando a todos desconcertados y ante todo, asustados. Olvidaba las recetas de sus maravillosos postres caseros. A veces no reconocía a las personas que estaban a su alrededor. Aún recordaba cómo le sentó a su abuela Ana el hecho de que Teresa no la reconociese un día. Aún rememoraba como se encerró en su despacho, desolada, herida, quizás más de lo que ella en su momento captó, y que ni siquiera fue capaz de comprender. También escuchó como la morena se adentró un rato después, cuando la otra se lo permitió. Se preguntaba que habría sucedido en esa habitación. Ahora, al saber un poco de qué iba el asunto, podía imaginarse como la otra la abrazaba, o la besaba, y la pedía perdón.
Todo se había perdido, comprendió Marta cuando era joven, y aunque ya no era una adolescente, y menos una cría, comprendió que seguía siendo igual de ingenua. Pero fue esa noche. Esa noche que se apoderaba de sus pensamientos cuando dormía lo que hizo que ella cambiase. Aún rememoraba las caricias por todo su cuerpo. La piel deslizándose bajo las yemas de sus dedos. Dejó escapar un suspiro bajo la atenta mirada de Rachel, que sonrió un poco.
―La vas a echar de menos, ¿no?
―Puede…En fin, será mejor que me marche. El lunes estaré aquí de nuevo. Llámame si necesitas algo.
―Espero que lo de tu abuela sea solo un susto―Aseguró Rachel con certeza.
Había conocido una vez a Teresa. Un día que Marta necesitaba cuidar de la mujer, que fue un poco antes de ingresarla en la clínica. La mujer era simpática. La recordaba con una personalidad alegre, aunque se notaba que era algo forzado por la inminente falta de su cuñada. Incluso, observando atentamente, uno se podía percatar que el brillo de los ojos de la mujer parecía haberse apagado, como ese fuego que se apagaba ante la tempestad. Aunque no pudo evitar sonreír al recordar cómo había pensado que ella era la novia de su nieta. Y también de cómo Marta se sonrojaba ante las cosas que decía la anciana, que sonreía extensamente. Decía que le recordaba a su hermano, Alfonso, porque también se picaba enseguida con esas cosas. Y la morena bufaba, con un gesto parecido al de la mujer que estaba sentada al lado de ella.
―Yo también lo espero, Rach. Yo también lo espero―Dejó escapar con gesto solemne mientras que salía del piso con una pequeña maleta.
Llevaba un gorro de lana colocado sobre su espeso cabello, moreno, aunque con los rayos de ese día soleado, parecía que el color se aclaraba algo. Se encaminó por la calle, pensando en cómo sería ver a su padre, o a su madre. ¡O incluso a su hermana menor! Una sonrisa se dibujó en su rostro, haciendo que todo lo demás dejase de resultarle un poco molesto. Podría ver a su familia, y olvidarse por un momento de esa castaña que había vuelto su vida paras arriba. Sí. Era la hora de olvidarse un poco de todo. De ser, simplemente, ella.
Frannie de dejó caer en el sofá mientras que la puerta del piso se abría de par en par. Una Emma llegaba del trabajo algo cansada, y se veía que tenía que haber tenido un mal días. La menor de las Fabray se quedó mirándola preocupada, toqueteándose de mientras los dedos por la mera situación que estaba pasando. Una sonrisa se dibujó en el rostro de la pelirroja, intentando que la rubia no se preocupase. Si había algo que Frannie hubiese heredado del carácter de su hermana era el hecho de dar importancia a todo. Incluso a una tontería como la de ella. Una sonrisa se conformó en el rostro de la menor, que se hizo a un lado, invitando a su cuñada a que se sentase a su lado. Esta sonrió, dejándose caer a su lado.
― ¿Estás bien? ―Inquirió curiosa Frannie, sin poder evitar titubear. Era cierto que era la pareja de su hermana, pero aún le seguía intimidando el fuerte carácter que parecía poseer la chica, que suspiró un poco.
―Ha sido un duro día de trabajo. El caso que estaba llevando se ha complicado más de lo que esperaba―Dejó escapar un suspiro de frustración― ¿Y tu hermana?
―Debe de estar en la comisaría, supongo―Se encogió de hombros―Enseguida volverá.
La pelirroja asintió, levantándose y mirando de reojo a su compañera del silencio. ¿Debería preguntarle cómo estaba? Tenía que sacar a la luz una conversación, pero no quería importunar a la chica, que al fin y al cabo, no tenía por qué estar hablando con ella. Se debatió por unos instantes lo que tenía que hacer para, al final, decidirse por intentar abordar a la chica y preguntarle un poco. Al fin y al cabo, era la hermana de su novia. Era algo normal que se interesase por ella, ¿no?
― ¿Y tú como estás, Frannie? ―La muchacha le dedicó una sonrisa agradable.
―Bien…Bueno, no me puedo quejar. Todo esto es nuevo para mí, pero…Me gusta. Encima mi hermana y tú os estáis comportando de maravilla conmigo. Hubiese entendido que no hubieses querido que me hospedase con vosotras.
―Mujer, es normal, ¿no? Somos cuñadas, además de que toda persona que sea importante para Quinn será bien recibida en esta casa.
―Sí, ya me ha dicho mi hermana que no te llevas nada bien con su amiga, Anastasia―No pudo evitar reír ante el gesto de la otra―A mí me cae bien.
―Créeme, es que no la conoces a fondo…Pero aunque me caiga mal, es amiga de tu hermana, así que yo lo respeto y procuro no estar presente delante de ella. Eso es todo―Señaló con una sonrisa radiante, lo que hizo que la otra se estremeciese, un poco azorada―Igualmente, eso no sucede contigo, muchacha. Me caes bien.
―Y tú a mí. De verdad―Emma comprendió que las palabras de esa chica eran sinceras, cosa que le alivió. No quería tenerla en su contra, y menos con la aparición de la morena―Y te conozco de poco, pero sé que algo te preocupa. Algo mucho más que un caso del bufete en el que trabajas.
―Vaya…Pareces más avispada de lo que creía―Señaló con una sonrisa agradable, aunque ligeramente incómoda―Es solamente el caso.
―Puedes contar con una mano amiga si lo necesitas―Se señaló a sí misma―Rachel me cae bien, ¿sabes? Pero sé que quieres a mi hermana de alguna manera, y no eres una mala persona.
Emma apartó la mirada, con el corazón por dentro a punto de estallarle. ¿De verdad que no era una mala persona? Cerró los párpados, con los recuerdos agolpándose en su interior. Las palabras de su padre, diciéndole que era una inútil, que era una estúpida. Se estremeció al pensarlo, tragando saliva y sonriendo, haciendo que la sonrisa se contagiase en el rostro de Frannie.
―Me lo voy a tomar como un cumplido eso―Señaló al fin con gesto afable, haciendo que la otra soltase una sonora carcajada.
―Deberías tomártelo como un piropo. No me malinterpretes, pero creo que hay alguna persona que otra que no piensa eso.
― ¿De verdad? Bueno―Se encogió de hombros―supongo que no todos pueden pensar lo mismo de una persona, ¿no crees? Unos pensarán que soy la mujer más horrible que han conocido y otros que soy un encanto. Hay de todo en esta vida.
―Pareces tenerlo claro.
―Las personas somos así de simples, pequeña―Musitó con una sonrisa cómplice, mientras que la otra soltaba una pequeña risa. Hacía tiempo que nadie la denominaba así, no al menos con cariño y ternura―Estaba pensando que podríamos salir a pasear. Necesitas retomar el contacto con tu antigua ciudad, y yo tomar un poco el aire.
― ¿Estarías dispuesta a salir conmigo fuera? ¿De verdad?
―Ni que fueses alguien a quien odio con toda mi alma―Musitó con tono de broma―Ve a buscar tus cosas, que te espero aquí.
Frannie se levantó con rapidez, pero con un gesto, se le descubrió la camiseta. Emma se quedó sorprendida ante lo que había visto, aunque rápidamente apartó la mirada, esperando que la rubia no se hubiese percatado de ese detalle. La menor se dirigió hacia su cuarto con cierta rapidez mientras que la otra se quedó a un lado, cuyo rostro se había descompuesto. ¿De verdad le tenía que pasar todo eso a ella? De nuevo, los gritos se apoderaron de su mente con fuerza. Los recuerdos de nuevo parecían que iban a poder con toda su alma, y las ganas de perderse en otro mundo aumentaban cada vez más. No se percató de la presencia de la menor, que apareció con una sonrisa en el rostro.
― ¿Vamos? ―Emma sonrió, algo forzada, levantándose.
―Abrígate, por favor.
―No soy una niña―Musitó furibunda, cogiendo su comando con sutileza mientras avería la puerta.
Emma suspiró, un poco agotada, mirando a su alrededor. Tendría que hablar más tarde con Quinn y contarle lo que acababa de ver. Pero ahora solo debía calmarse y mantener una conversación con ella. Tenía que contarle sus conclusiones, aunque las voces de su mente y los recuerdos del pasado le hacían pensar que todo se solucionaría poco a poco. Ella lo sabía. Pero algo en su interior le hacía pensar que si dejaba que eso pasase, no se lo perdonaría. No porque no le importaba si tenía que ver con ella misma, pero no si era algo relacionado con Quinn. Suspiró, cerrando la puerta con llave. ¿Cómo le diría a su novia que su hermana tenía un moratón que parecía de gran tamaño? No lo sabía.
Rachel tiró de Tina con fuerza mientras que las dos se movían en la gran tienda, que tenía numerosas salas, una de las cuales se encontraba vacía. Aprovecharon para adentrarse en ella y poder coger las ropas que se encontraban allí, observando atentamente cada prenda. Rachel cogió una fina camisa de tonalidad amarilla, propia casi de ella. Pese a los años, no había dejado de llevar ropas parecidas a esas. Era para así recordar lo mucho que le gustaba ser así de sencilla, sin importarle las posibles críticas de los demás. Era fiel a sí misma, y no tenía por qué dudarlo.
― ¿Cómo crees que me queda? ―Inquirió Tina son una sonrisa extensa en el rostro. Una sonrisa se acomodó en el rostro de la morena.
―Creo que te queda genial.
Era un vestido de color rojo pasión, que dejaba la espalda descubierta. Sus piernas con ese vestido sería resaltadas, que estaban igual de torneadas que las de la diva, aunque las de Rachel eran mucho más maravillosas, por decirlo de alguna manera. La mujer sonrió un poco sin poder evitarlo, estremeciéndose ante la situación. Se extrañaba mucho de que estuviesen allí, en silencio, sin que nadie se atreviese a pasar a la sala. Tragó saliva, un poco sorprendida por ese hecho, para escuchar así un ruido que hizo que su corazón se detuviese.
Se giró, retrocediendo y así acercándose poco a poco a Tina, a la que cogió del brazo para que se acomodase a su lado. La oriental en un principio se iba a quejar, pero decidió callar cuando se percató de la presencia de una figura desconocida. Era de estatura similar a ellas, y su rostro se veía cubierto por un gorro que estaba agujereado lo suficiente como para que pudiese ver a través y respirase. Se quedaron ellas congeladas, retrocediendo las dos juntas, aunque al chocar con algo, se distanciaron.
Una distancia que salvó a Rachel para siempre de una muerte. La figura levantó la pistola, sin tiempo a nada más. Apretó el gatillo con seguridad. Después, fue un segundo de silencio, hasta que resonó el cuerpo inerte de Tina cayendo al suelo, golpeándose con este de tal manera que si, hubiese sobrevivido, aquello acababa de rematarla. Pero no estaba viva. No podía estarlo. No después de aquel disparo que le atravesaba la frente, y que hacía que la sangre se derramase por todo el suelo, como si de un río se tratase. Rachel gimió, asustada. El dolor era algo amargo que se hacía paso, pero los instintos podían antes con ella. Tragó saliva, y cuando volvió a clavar su mirada en el rostro de la persona que se ocultaba bajo una máscara, algo hizo que su corazón se sobresaltase.
La figura mantenía la mirada fija en ella. La severidad y la pasividad que parecía demostrar hacía que ella se asustase todavía más. Esperaba odio. Esperaba asco. Esperaba repugnancia. Pero nunca pasividad o incomodidad. Levantó la pistola, aunque no parecía decidirse si dispararla o no.
Rachel volvió a caminar hacia atrás, llegando a una parte del lugar en la cual el cuerpo de Tina desaparecía de su vista, calmándola de alguna manera u otra. Se estrelló contra una de las estanterías de la ropa, lo que hizo que se tambalease, cayendo al suelo. Se estremeció, acorralándose a sí misma bajo la atenta mirada del individuo, que parecía sospesar si matarla o no. Debía admitir que no estaba dentro de sus planes encargarse de ella, pero tampoco esperaba que la otra chica estuviese a su lado.
Había hecho todo lo posible para lograr que la gente se marchase de allí. Con sutileza. Con amabilidad. Fingiendo que era una parte del personal y que, por ciertas razones, esa tienda se iba a cerrar. Y allí estaba, en la soledad de la tienda, en la que casi nadie entraba ya, y con una sonrisa de oreja a oreja en su interior. Ya podía tachar a una víctima más de la lista. A todas esas personas que se habían ocupado de fastidiar la vida de las personas inocentes. No pudo evitar relajarse ante ese hecho. Levantó el arma, apuntando a la cabeza de Rachel.
―Lo siento…―Susurró. La voz era suave y aterciopelada, pero en un grado que se le hacía irreconocible. No estaba segura de sí era alguien a quien ella conociese. El aliento se escapaba de sus labios.
Cerró los ojos, esperando una reacción a algo. Pero no sucedió nada. Nada de nada. Todo se quedó en silencio. ¿Estaría muerta? ¿le habría llamado Dios? ¿Ya había llegado su hora? Su corazón aún latía bajo su pecho, y aunque la sangre fluía a una velocidad más rápida, se veía que estaba bien. Que todo estaba absolutamente bien. Abrió los párpados, y se acurrucó un poco más de manera inconsciente. Pero abrió los labios cuando se percató de que la pistola ya no le estaba apuntando a ella. Sino a otro lado.
Y giró su rostro, quedándose conmocionada. Quinn se encontraba al otro lado, con otra arma en la mano, manteniendo una lucha visual con el agresor. Parecía que el tiempo se había detenido. Todo ya no parecía correr a contrarreloj, aunque así fuese. ¿Qué sucedería? ¿El agresor la dispararía? ¿Se intentaría marchar? ¿Y Quinn? ¿Qué pasaría con ella? Le preocupaba acabar muerta, pero cuando en su mente se barajó la posibilidad de que disparasen a la rubia, la angustia se acomodó en su interior. Se moriría si le pasaba algo a ella. Solamente a ella. A su dulce Quinn.
Poco le importaba que no fuese el momento adecuado de pensar en esas tonterías. Eran sus tonterías, y quería a esa condenada rubia que, incluso en ese momento, se veía la mujer más hermosa del mundo. Y hermosa no era la palabra siquiera. Era mucho más que eso. Tragó saliva, con el corazón en un puño. ¿Y si se atreviese a lanzarse contra la figura? ¿Y si conseguía evitar que le hiciesen daño a la inspectora mientras que ella era herida? Prefería eso que verlo en Quinn. Lo tenía decidido. Si hacía falta, se lanzaría en su ayuda.
Pero no hizo falta nada de eso. Con un movimiento ágil, golpeó a Quinn, haciendo que se tambalease pero sin llegar a caerse, huyendo de la zona del lugar del crimen con rapidez. No se molestó siquiera en seguirlo, ni en llamar a Anastasia. No le daría tiempo a pillar a esa persona. Suspiró, cogiendo su arma del suelo mientras que se la guardaba, tensa, girándose asustada para acercarse a todo correr a donde Rachel, arrodillándose a su lado mientras que sus manos, sin oposición por la voluntad de la morena, se deslizaban por sus mejillas, como tanteando que todo estaba bien.
― ¿Rachel? ¡Oh Dios mío! ―Se lamentó Quinn con pesar. Rachel solo pensaba que tenía que decirle lo de Tina, pero las palabras no eran capaces de escaparse de sus labios― ¿Estás bien? Dime por favor que estás bien.
―Estoy…Bien―Logró articular sin muchas fuerzas, fijando sus pupilas en las verdes de Fabray, que la miraba con preocupación y cariño. Más bien, se podía decir que era amor.
―Creía que te habría sucedido algo…Me estaba volviendo loca―Confesó, arrepintiéndose después de las palabras. Pero era verdad. Si le llegaba a suceder algo a la morena, sabía que no sobreviviría ella a nada.
―No me ha pasado nada, Quinn.
Pero eso no importó. La rubia la estrechó con fuerza entre sus brazos, sin dejarla siquiera respirar. Pero eso no le preocupaba a Rachel. No si tenía el cuerpo de la rubia tan cerca del suyo. La devolvió el gesto, deslizando sus manos por su espalda, sujetándose a las prendas de ella con fuerza, cerrando son necesidad los párpados, y, por qué no, disfrutando del aroma que desprendía la rubia. Esta se separó, mirándola con severidad.
―Deberías ir al médico. Voy a ir a avisar a alguien―Pero cuando se quiso levantar, la mano de Rachel la retenía.
―No, por favor―Ya no existía el cadáver de Tina. Ya no existía una persona enmascarada que había estado a punto de matarla. Solo estaban ellas dos. Rachel y Quinn. Quinn y Rachel―No me dejes sola…Por favor―Suplicó.
―Nadie te va a hacer daño, Rachel. Te lo prometo―Aseguró la muchacha con firmeza.
―Gracias…―Susurró la morena.
Y el sonrojo se apoderó de la rubia, pero ninguna de las dos eran capaces de separarse. Se encontraban más cerca de lo normal, y Quinn quería salir corriendo de allí. Sabía que si seguían en esa situación, acabaría cediendo a algo que no se podía permitir. Tenía que pensar en Emma. La que la quería. Pero con Rachel tan cerca, todo parecía imposible. Podía percibir como el cuerpo de ella se movía, pausado por su respiración. El rostro de la morena, que parecía acercarse poco a poco al de ella. Podía ser solo un roce y…
―Quinn…―Dejó escapar suavemente Rachel.
Y en ese preciso instante en el que dos mujeres parecían haber conectado sus almas en sí, Anastasia hizo acto de presencia.
Nota de la autora: Os doy permiso para matarme. Pero esta vez, no ha sido excusa de tiempo, sino de enfoque. Quería que este capítulo marcase un antes y un después. En dos sentidos. En el primero, para que se vea que mi historia va a tratar muchos puntos, demasiados. Me gusta abrir muchos hilos en las historias, para que sean tratados. Y debo admitir que mi fascinación por los hechos macabros es algo raro, pero me gusta tratar estos temas porque, al fin y al cabo, la actualidad en ellos existe. Y si lo habéis leído, os podéis imaginar que es por casi toda la parte de la historia. En el segundo sentido es que, a partir de ahora, la tensión sexual no va a ser solamente entre Marta y Anastasia ;) Yo lo dejo caer, pero aunque en este capítulo ha sido muy sutil, diré claramente que el amor Faberry empieza ya de por sí ;) Por eso he tardado. Quería darle un buen enfoque. Algo que me dijese "sí, ahí está el principio de algo que puede ser maravilloso". Y encima, os he metido otro asesinato. ¿No soy genial? (No hagáis caso, pero me motivo en las notas de autora xDDD) En fin, un beso y gracias por haber leído hasta aquí con interés.
Comentarios para las personas que no tienen cuenta:
Monica13: Me alegra de que te gusten Ana y Teresa ;) ¡Oh! Emma...Es que Emma creo que va a levantar sentimientos muy pasionales xDDD Aparte de eso, pues...Yo soy lenta a la hora de plantear relaciones como Faberry. Ya veis, no se cuantos capítulos para un abrazo, un rubor, y un estremecimiento de corazones. Pero me gusta el amor lento. Soy rara. Pero bueno, por ahora, algo he dejado aquí. Un beso y gracias por comentar ;)
lucyfaberry: Jajaja me alegra de que no la odies. Emma es un personaje gris que, aunque más adelante la vais a querer matar, todo tiene una explicación. Una explicación que empieza con este capítulo, y va a necesitar mucha ayuda. Mucha. Así que, no la odies, porque...No voy a contar, pero no es mala ;) Pues...Creo que lo único grave que hizo fue estar por medio. Nada más. El diario no, más bien para situar a Rachel y a Marta en el camino adecuado. Me alegro de que te gusten Marta y Ana, aunque debo confesar que yo prefiero a Teresa (Marta es mía ya, Anastasia no es del todo de mi agrado xD) Joe...Pues... Lo irás descubriendo. Solo te puedo decir que van a volver a aparecer todos, porque van a tener algo de importancia en cada capítulo, al igual que otros tantos. Un beso y gracias por comentar :)
