―Me alegro de que hayas vuelto.

Ana María abrazó a Marta con fuerza, haciendo que la morena se estremeciese entre los brazos de su madre. La mujer, de cabello igual de oscuro que su hija, se veía extremadamente cansada, o más bien, agotada.

Estaban todos reunidos en el hospital más cercano que había encontrado. Su hermana menor, Leticia, se levantó de un salto y se acercó a su hermana mayor, rodeándola con sus brazos después de su madre. Era de la misma edad que Rachel, y estaba terminando la carrera de medicina, o al menos, le quedaban menos años para ello. Se había trasladado desde España para poder ver a su abuela, y a veces se sentía Marta un poco culpable. Ella no hacía el mismo esfuerzo que su hermana, aunque era cierto que Leticia era más familiar que ella.

―Creía que no ibas a llegar―Musitó Leticia, separándose con una suave sonrisa en su rostro.

La menor de las García era menos guapa que Marta. Su rostro no estaba tan bien perfilado, sus ojos castaños eran sencillos y sus labios eran algo gruesos. Su piel, al contrario que la de Marta, era mucho más oscura. Su constitución era algo más fuerte, y de estatura más alta, por lo que cuando la morena abrazaba a la castaña, su rostro chocaba contra el hombro de la menor. Casi parecía que Leticia era la mayor de las hermanas, cuando era lo contrario.

―He tardado un poco. El autobús se retrasó más de la cuenta―Dijo Marta, acariciando como pudo la mejilla de su hermana pequeña―Has crecido. Y mucho.

―Y tú sigues igual de enana que siempre―Saltó Leticia, permitiéndose un poco de humor en esos momentos tan duros de la familia.

―Sigo siendo una enana pero…―Iba a replicar Marta, pero fue interrumpida por su madre, que con un gesto, le indicó que entrase en la sala.

Tragó saliva, quedándose casi sin aliento. Volvería a ver a su abuela, pero no de la forma que ella estaba acostumbrada. Siempre había visto a su abuela Teresa con una fortaleza admirable, pero en ese día, lo que vería era a una mujer que luchaba por la vida o la muerte. Por seguir en ese mundo sin su amada Ana. Y algo en su interior le hacía pensar que, seguramente, Teresa estaría mejor allá donde estuviese su amada. Así sería feliz. Tragó saliva. No quería conocer lo que era perder a alguien al que amaba. "Ya lo conoces" se repitió a sí misma, pasando a la sala, en la que el silencio reinaba pacíficamente.

Se quedó sin respiración. La mujer se encontraba conectada a una máquina, la que llevaba su pulso. La que constataba que estaba viva. Pero su corazón se rompió cuando comprendió que Teresa se murió el mismo día que lo hizo su abuela Ana. Tragó saliva, con dificultad, sonriendo, intentando salir de esa amargura que parecía presentarse en su interior. Quería a esa mujer. Tanto que no quería saber cómo sería la vida sin ella. Sin sus sabios consejos. Sin sus palabras de aliento. Sin sus sonrisas extensas.

Pero lo peor fue el hecho de que estaba despierta. De que estaba a un solo paso de ella y no era capaz de moverse. No bajo los ojos negros de Teresa, que la miraban fijamente, con fuerza, con un brillo extraño que no le gustaba nada. ¿Sabría quién era? ¿Chillaría al no reconocerla? ¿Tendría miedo de ella? ¿O puede que supiese que era Marta, su nieta? ¿La nieta del gran amor de su vida? Porque lo tenía claro, para Teresa, Ana era el amor de su vida.

― ¿Ana? ―Se sobresaltó, encogiéndose un poco. Le había confundido con Ana. Con Ana― ¿Ana?

―Teresa…―Carraspeó, aclarando así su voz―No soy…

―Ana, ¿qué hago aquí? ―Marta se quedó en silencio, sospesando lo que hacer― ¿Ana? ¿Por qué estoy cubierta de cables?

―Te ha ocurrido un accidente―Musitó entonces, sentándose a su lado y cogiéndola de la mano―Pero ya ha pasado todo.

― ¿Un accidente? ―Parecía un poco perdida, confundida más bien― ¿Y mi niño? ¿Dónde está mi niño?

Marta se quedó congelada. ¿Su hijo? ¿Cómo que su hijo? Parpadeó varias veces hasta que pudo mantener su mirada fija en los ojos de Teresa, que parecía preocupada y, a la vez, ilusionada. Lo peor de todo es que no parecía haber sido un sueño. Ni un delirio en sí de su abuela. Teresa había estado embarazada. Iba a tener un hijo. ¿Qué ocurrió con él? Tembló, pensativa, mordiéndose el labio.

―El niño…No lo sé aún, Teresa. No sé qué ha ocurrido―Llegó a decir con un gesto serio, pero sin perder la ternura que parecía calmar a la anciana. ¿Cuántos años tendría en ese suceso?

― ¿Y Héctor? ¿Dónde está Héctor? ¿Y Alfonso? ―La ansiedad parecía apoderarse de ella.

―Todo está bien, a…Teresa―Rectificó a tiempo, permitiéndose acariciar su mejilla―Están…Creo que en la otra habitación―La muchacha miraba a su alrededor, muy confundida.

―Qué casa de reposo más rara.

―Es de las más modernas…Ya sabes que siempre me he preocupado por ti―Y esta vez era verdad. No solo por parte de ella, sino de Ana. Ana siempre se había preocupado por la morena, y esa no sería una excepción. Siempre quiso a Teresa. Siempre.

―Gracias, Ana…―Rompió a llorar, haciendo que Marta se sobresaltase. Eso se estaba escapando de sus manos―Lamento tanto todo lo que ocurrió…Debía haberte apoyado a ti. No tuvo justificación lo que hizo mi hermano, y sin embargo…Pese a que yo te di de lado…Estás aquí, conmigo, como siempre―Tosió, y Marta no pudo evitar estremecerse.

Ese amor era mucho más de lo que ella pensaba. Era un amor de los de verdad. De esos que hacían que Teresa pensase en Ana antes que en cualquier otra persona. Le gustaría vivir ese amor, como el de sus abuelas, aunque se estremeció al pensar que algo similar pudiese ocurrirle con Anastasia. Al pensar en ella, cerró los ojos, acariciando a la vez la mano de su abuela. Una sensación agradable recorrió su cuerpo al pensar en la castaña. Y en su rostro. Maravilloso rostro de facciones pequeñas y bien formadas.

De repente, el móvil empezó a vibrar en el pantalón de la morena, que bajó la mirada mientras que Teresa permanecía callada, como esperando que contestase a lo que le decía. Si fuese Ana, seguramente le hubiese dicho cualquier cosa. Pero ella no podía. Al menos había descubierto algo más por parte de su abuela. Y una de ellas era que Ana siempre estaba a su lado pese a todo.

―Será mejor que salga y te deje descansar―Susurró, mirando como el nombre de Anastasia aparecía en la pantalla del artefacto―Además de que yo también necesito tomar el aire.

Se inclinó con precaución. No quería que hubiese malentendido alguno, por lo que lo hizo de forma que sus labios se posasen sobre la frente de la mujer con ternura. Se apartó, con una sonrisa forzada, alejándose lo suficiente como para que no sucediese nada extraño. No sabía siquiera como era la relación de Ana y Teresa en esos momentos, y quizás, si hubiese sido la misma Ana, entre ellas dos hubiese surgido algo mucho más especial e íntimo. Algo que ella, por supuesto, no podía hacer. Se sintió un poco mal al percatarse de que había engañado a su abuela, pero le había dado quizás un momento que atesoraría la anciana hasta el día de su muerte. Que no estuviese allí esa persona que tanto había influido en la vida de esa mujer podía ser devastador. Lo sabía. Demasiado bien.

Pudo descubrir en los ojos de Teresa algo de dolor ante su indiferencia, pero era lo mejor. Se preguntaba si en ese momento, si hubiese sucedido algo parecido, Ana se hubiese comportado diferente. Pensaba que no, porque siempre había sido fría y distante, severa. Era igual que Anastasia en sus puntos. Incluso le hacía gracia el hecho de que se pareciesen hasta en el nombre. Debía ser así.

―Gracias, Ana―Musitó con la voz apagada la mujer―Te quiero…―Susurró muy para sus adentros, pero Marta fue capaz de escucharlo.

Sonrió, asintiendo, y saliendo de la habitación. Dejó escapar un suspiro entrecortado, acompañado de un último vistazo a la habitación. Leticia la observaba sentada, frunciendo el ceño, sin comprender nada, aunque supuso que no era nada fácil ver a alguien así. Pero Leticia no era tan sensible en esos asuntos como lo era Marta, y no se tomaba tan apecho la situación, por mucho que se preocupase por su abuela.

― ¿Anastasia? Estoy en el hospital―Soltó molesta, y sobre todo porque la chica la molestaba en esos momentos.

― ¿Te ha ocurrido algo? ―Quiso saber ella, y eso hizo que Marta sonriese, aunque rápidamente la borró al recordar todo lo que había sucedido entre ellas dos.

―Es por mi abuela, Teresa―Anastasia se quedó en silencio. Recordaba a esa mujer. La conoció el día en el que Marta se marchó con ella a la ciudad de Madrid, a seguir con sus estudios―No se encuentra muy bien.

―No lo sabía―Logró articular, tragando saliva.

― ¿Cómo ibas a saberlo, si hemos estado diez años sin saber la una de la otra?

―No porque yo quisiese―Replicó con fuerza Anastasia, haciendo que la morena se quedase en silencio.

¿Seguirían los reproches entre ellas? ¿Estarían así toda la vida? Sabía que no, y que tarde o temprano acabaría cayendo en los brazos de esa mujer. No sabía si acabaría herida, pero era consciente de que no podía seguir siendo indiferente ante sus muestras de preocupación. Mucho menos si la llamaba y lo primero era dejar todo de lado con tal de saber si a ella le había ocurrido algo. ¡Maldita Anastasia!

― ¿Por qué tienes que ser tan estúpidamente encantadora? ―Replicó entre dientes, haciendo que la otra se quedase callada. ¿Qué acababa de decir? ― ¿Me vas a contar lo que ha sucedido o lo tengo que adivinar con la bola mágica? ―Anastasia rio― ¿Por qué te ríes?

― ¿Te acuerdas de cuando éramos pequeñas? Yo me disfrazaba de la bruja negra y tú de la blanca, siempre con una bola de cristal en la mano―Marta no pudo evitar esbozar una sonrisa ante ese hecho, rememorando la infancia con esa muchacha―Eras encantadora, todo el rato con ella. Y diciendo que el futuro mío iba a ser muy bueno.

―Me acuerdo. Era una cría con muchas ilusiones. Muy ingenua, vamos―Señaló con una sonrisa―Me gustaba creer que podía saber el futuro, cuando eso no lo podía saber nadie.

―Decías que siempre íbamos a estar juntas. Siempre―Su voz se apagó en esa última palabra. Marta se tensó, carraspeando.

―Supongo que no acerté nunca―Susurró, con cierta pesadez.

―En el fondo, sí que acertaste de alguna manera u otra, ¿no? ―Dejó escapar la castaña―Ahora, incluso odiándome, estamos juntas―Rio con amargura.

―Yo no te odio. Nunca te he odiado―Señaló la morena con seriedad, a la vez que la mirada de Leticia se clavaba en ella― ¿Podrías decirme el porqué de la llamada? Leticia se está impacientando―Puso la mano sobre el móvil y miró hacia su hermana―Es Anastasia.

No hizo falta decir nada más. Leticia entre abrió los labios, algo sorprendida. No se esperaba esa afirmación por parte de su hermana. Sabía lo mucho que había sufrido por esa estúpida mujer. ¡Incluso se cambió de país! Pudo ver como el rostro de Marta intentaba hacerla desistir de su idea de preguntar, pero lo haría cuando esa llamada finalizase. Tenía mucho que saber, y tenía claro que si hacía falta irse con ella para que esa mujer no volviese a tocar ningún pelo de su hermana, lo haría.

―He llamado para comunicarte que…Rachel ha sido atacada.

― ¡¿Qué?! ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?

―Un hombre entró en la tienda donde estaba con una amiga suya. Mató a esta, pero Quinn llegó a tiempo para evitar que Rachel sufriese algún daño.

― ¿Rach está bien? ¿Y Quinn? ¿Y tú? ¿Estáis bien, verdad? Dime que sí, por favor.

―Rachel está un poco alterada, y está con Quinn tomando un café para calmarse. Yo estoy bien. Llegué algo más tarde. Creo que…Interrumpí un momento―Confesó, haciendo que Marta sonriese―Seguro que ahora estás sonriendo.

―Siempre has sido así de oportuna. A veces me pregunto si me interrumpías con Sandra adrede o no.

―No voy a decir nada al respecto―Musitó Anastasia, algo seria ante la mención de esa chica―Te tengo que dejar. Gracias por no odiarme―Bromeó, colgando.

―Imposible odiarte…Sobre todo, con lo mucho que te quiero―Susurró Marta, apagando el móvil― Leticia, me voy. Tengo que volver a la ciudad.

― ¡No puedes irte!

―A mi amiga casi la matan―Respondió.

―Entonces, me voy contigo―Marta pestañeó, perpleja, sin poder creerse lo que escuchaba―No pienso dejar que esa zorra te haga daño.

Quinn dejó la taza de café a un lado, mirando como Rachel sorbía la suya, temblando todavía. Aún recordaba cómo había sido sentirla tan cerca de ella. La cercanía de sus cuerpos. El delirio de que algo surgiese en su interior, haciendo que se quedase en silencio cuando, de repente, fueron interrumpidas por su amiga. Y recordaba cómo tuvo que fingir que estaba viendo cómo se encontraba la morena, para así evitarse comentarios de su amiga, aunque sabía que al llegar a casa, la llamaría o algo y le pediría explicaciones.

Pensó un momento en Emma, y como debía de estar de preocupada. Miró el móvil, pero seguía sin recibir llamada alguna de la pelirroja. Y eso le asustaba. Y mucho. No creía que supiese nada, pero la incertidumbre le podía. ¿Y si Emma, simplemente, sospechaba algo y ya no quería saber nada de ella? ¿Y si había hecho caso a sus consejos y no se preocupaba? Prefería recibir un mensaje de ella, alarmada, que no saber nada de la chica. ¿Habría ocurrido algo?

― ¿No ha llamado? ―Quiso saber Rachel, preocupada por el gesto de la rubia.

Sin embargo, después de esa especie de momento que había surgido entre las dos, esperaba un poco más de complicidad, o de algo. No sabía de qué, pero de algo. Y sin embargo, se veía preocupada por su novia. Era lo normal, pero eso le dolía. Y más después de lo que había estado a punto de suceder. Porque sí, había estado a punto de besar a Quinn Fabray y esta no se había apartado. Y ella lo había deseado. ¡Lo había deseado! Aún no podía apagar ese sofoco que llevaba su cuerpo.

―No. Debe de estar con mi hermana o algo. O puede que un caso del bufete. Es abogada―Señaló Fabray.

―Dos amantes de la justicia―Señaló Rachel, sonriendo incómoda.

―Bueno, en verdad, Emma no es muy amante de eso. Pero se le da bien. Y hay una razón de porque es abogada, aunque nunca me la ha contado.

― ¿Y qué quiere ser?

―Le gustan las flores. Le gustaría, más bien, trabajar en una floristería―Rio un poco al decirlo―Emma es muy peculiar en sus puntos.

Rachel asintió. La risa de Quinn la relajaba, y mucho. Le hacía pensar que todo tenía solución, y que nada malo sucedería mientras ella estuviese a su lado. Es más, recordaba que se lo había prometido. Que nadie ni nada le haría daño. ¿Pero y si Quinn no podía prometerle eso? ¿Y sí era Fabray la que le hacía daño? Se estremeció con pensarlo. Quinn no le haría daño, no al menos adrede. Era ella la que estaba empezando a sentir algo por la rubia, no esta. Sin embargo, la esperanza crecía en su interior, alimentándose al percatarse de que pudo haber rozado esos labios y que no se hubiese apartado.

―Me imagino―Logró decir al fin, volviendo a tomar un poco el café.

― ¿Cómo te encuentras? Debiste de llevarte un buen susto.

―No es grato que te apunten con una pistola en la cabeza.

―Era más bien un revólver porque…―Se calló ante la mirada furibunda de la morena―Perdona. No quería aburrirte.

―No es que me aburras…Es que no me gusta que me hablen de armas, y menos cuando he tenido una casi en la frente―Señaló, aunque no pudo evitar pensar que se había olvidado de ella cuando la rubia se encontró tan cerca de ella―Dios…No sé cómo hemos llegado a este punto.

―Sabes que dentro de un rato te vamos a interrogar, ¿verdad? Que te vamos a hacer preguntas de todo.

―No ha sido más de lo que te he dicho.

―Ahora estás nerviosa. Quizás dentro de un rato estés más calmada y lo recuerdes todo mejor. Me voy a ir a hablar con Anastasia.

― ¿Serás tú quien me interrogue?

―Las dos. Así Anastasia puede saber mejor todo. Lamento que tuvieses que vivir esa experiencia―Tendió su mano, para que así la morena se la tomase―De verdad, Rachel.

―Gracias, Quinn…Gracias por tomarte tantas molestias conmigo.

Acarició la mano de la rubia con cuidado, sin apartar su mirada de la de Fabray. La rubia se quedó en silencio, disfrutando de los dedos de Rachel, que acariciaban el dorso de su mano con cuidado, con tranquilidad. Una sensación agradable se apoderó de ella. Creía que su corazón iba a arder en ese mismo momento. Y cuando sus labios se entre abrieron sin poder evitarlo, la morena esbozó una sonrisa que hizo que su ritmo cardíaco aumentase. ¡Qué sonrisa! De acuerdo, estaba cayendo en el amor con esa mujer sin poder evitarlo, teniendo novia, y con dos muertes de por medio. Eso sí que era un misterio, y lo demás son tonterías.

―No son molestias, Rachel.

―Aún ronda una pregunta en mi mente…

Pero cuando la iba a realizar, Anastasia hizo acto de presencia, un poco entristecida. Se detuvo, percatándose de como Quinn apartaba la mano unida a Rachel. Frunció los labios, mirando a su mejor amiga, que se levantaba para sonreírle. ¿Siempre interrumpía esos momentos o qué? Si con Marta lo hacía adrede, con Quinn no era el propósito. Y menos con su amorcito.

― Me voy con Anastasia para hablar. ¿Qué pregunta era la que te rondaba? ― "¿Por qué eres tan sumamente encantadora y me has enamorado tanto?

―Nada…Tonterías. No te preocupes, Quinn―Sonrió―Os espero, chicas.

Nota de la autora: Capítulo más lento. ¿Qué será lo que ha pasado en la vida de Teresa y de Ana? Y bueno, la relación de las chicas evoluciona poco a poco :3

Monica13: Me alegro de llevar la historia bien. Poco a poco, por lo que procuro que todo vaya a ritmo aunque sea. Intentaré que la espera de Faberry merezca la pena, de verdad :3 Un beso y muchas gracias, como siempre, de comentar ^^