― ¿Estás bien?
Marta se quedó en silencio ante esa pregunta, sin desviar la mirada de la pared de color amarillo. La gente caminaba por el pasillo del instituto sin rumbo fijo, o casi perdiéndose entre el murmullo de las personas. La morena se estremeció, apartando la mirada para acabar clavándola en David, que la miraba con atención.
Desde el día del baile, su relación con el muchacho creció de manera que ninguno de los dos pudo evitarlo, aunque ella le dejó claramente que lo de ellos era una simple amistad, y aunque el chico parecía sentir algo por ella, no pasaba a más por su respeto y amistad. Y era algo que necesitaba por encima de todo. Sobre todo cuando su amistad con Anastasia se había enfriado tanto.
La castaña ya no pasaba casi nada de tiempo con ella, e incluso llegaba a evitarla, y sus manipulaciones eran hasta tal punto que incluso Marta, la inocente de Marta, se percataba de las tretas que organizaba su amiga con el fin de poder evitarla y dejarla de lado. Y justamente eso era lo que más le ponía sobre aviso. Encima, para colmo, Sandra aprovechaba para indicarle que lo mejor era echar a Anastasia del grupo, porque les estaba haciendo daño a todas. Y Alicia, callaba, aunque estaba de parte de Sandra de alguna manera u otra.
Y eso hacía que el estado de ánimo de Marta desmejorase mucho. Y eso al muchacho le preocupaba. Era consciente de la realidad de la chica, y aunque al principio le costaba asimilarlo, finalmente había entendido que esa era la razón por la que la chica permanecía en silencio, sin asimilar su propia realidad. Porque no debía ser fácil.
―Estaba pensando―musitó con fuerza la muchacha, carraspeando para sonreír al final―. Perdona, David―pronunció ella con un intento de tono inglés, haciendo que él se riese entre dientes.
―Estoy preocupado por ti―susurró él, apoyándose en la pared junto a ella―. No quiero que estés tan desanimada. En verdad, no me gusta verte así. Me da sensación de que va mal algo y…
―Quizás lo va y es eso lo que a la gente no le gusta ver―señaló Marta con un suspiro de por medio―, aunque no lo sé, David. No tengo fuerzas de pararme a pensar en nada.
El muchacho la observó con cierta pena, sin poder evitar posar su mano en el hombro de la chica. Marta giró un poco su cabeza, pero sin llegar a levantar su mentón, observando el gesto del muchacho, el que le daba todo su apoyo pasara lo que pasase. No fue capaz de evitar esbozar una sonrisa, acompañada de un suave beso que él depositó en su frente, acariciando con su nariz su espeso cabello oscuro. Cerró los párpados por un momento, respirando con tranquilidad ante ese gesto que ese muchacho le había dedicado. A veces, se preguntaba por qué no le podía querer a él. Porque no a él, y si a ella. Dejó escapar un suspiro, que hizo que el chico se estremeciese al sentirlo. No se separaba de su lado.
Marta se separó de su lado, dejando caer su cabeza sobre el hombro de él. Anastasia se encontraba hablando con Laura, una compañera suya de clase, que era perfecta. Incluso esa palabra sabía a poco refiriéndose a esa chica. Y era guapa. Muy guapa. El dolor y los celos podían con ella, que se agarraba más a David para poder controlar la rabia que sentía, como si de un clavo ardiendo se tratase. David tampoco pudo evitar mirar como las dos chicas hablaban, maldiciendo en parte a la castaña. ¿Por qué ella era la afortunada de tener el amor de la morena? ¿Por qué no él, que la quería con todas sus fuerzas?
La morena suspiró entonces, cansada, y ante todo, dolida. Se apartó del chico con una sonrisa y clavó sus pupilas azules en las del chico, que sonrió de manera ladeada. Era sensual de por sí, y por primera vez, Marta lo vio así. David podía ser sensual si se lo proponía, y aunque el chico no le atraía, en ese instante parecía ser todo lo contrario.
― ¿Estás bien, Marta? ―Quiso saber él, frunciendo el ceño, preocupado.
Anastasia se giró entonces, mirando detenidamente la escena. La morena permanecía estática, observándole atentamente para, al final, ponerse de puntillas y besarle en los labios ligeramente. El cuerpo de David se tensó. No se esperaba esa reacción para nada. Y Anastasia tampoco se lo esperaba. Marta siempre le había jurado y perjurado que no sentía nada por ese chico. ¿Entonces? ¿Por qué narices le estaba besando en los labios con tanta suavidad, como si de una princesa besase a su príncipe? Lo peor no era eso, sino que algo se removió en su interior. Un dolor que le hacía morderse los labios mientras que Laura ni siquiera prestaba atención al asunto, aunque se percataba de que su compañera si lo hacía.
El roce era escueto, sencillo, sin mucho detalle que añadir. Era una especie de encuentro que el chico llevaba deseando desde hacía tiempo, que se le antojaba encantador. Algo que hacía que se derritiese en la boca de Marta, la que había cerrado los ojos para saborear ese encuentro de labios. Era muy diferente de lo que sintió con su amiga. Más bien, no sentía nada parecido a lo que llegó a sentir con ella. Pero David sabía dejarse llevar e ir a su ritmo, y eso hacía que el beso le agradase más de la cuenta. ¿Quizás era cierto y estaba confundida? ¿Y si era solo un lío de una adolescente de quince años?
Se separó de él un poco, dedicándole una sonrisa corta para acabar despidiéndose con su susurrante "gracias", y salió de allí con paso rápido, perdiéndose entre los alumnos, aunque con cierta rapidez se vio su cambio de ánimo, volviendo a la tristeza y la soledad. El moreno levantó la mirada, encontrándose con la dura mirada de Anastasia. Esta permanecía inmóvil, escuchando las palabras de la otra chica, aunque no la prestaba atención. Solamente podía mirar al chico que le había robado ese momento único con su mejor amiga. Quería ir a donde él y decirle que la dejase en paz. Que ella no quería. Pero mentiría si lo hiciese. Porque ella misma vio como el chico se dejaba besar por ella. Que el beso lo empezó ella. Marta. Su Marta. La que le aseguró que no le gustaba ese chico. Con la que compartió el beso más bonito que nunca se hubiese dado con nadie más que con ella. ¡Con Marta!
David carraspeó, recibiendo las palmaditas de su mejor amigo en el hombro, que sonreía un poco divertido y pícaro al ver ese beso que había compartido el moreno con la joven en el pasillo. Pero David no se sentía bien. Había recibido el mejor beso que nunca antes había sentido. Y encima con la chica que le enloquecía desde hacía mucho tiempo. Pero era consciente de que había actuado mal. Que la estaba sumergiendo en un pozo de dolor del que ella no sería capaz de escabullirse por sí sola. Que estaba haciendo que sufriese. Que sufriese por su propio egoísmo.
Se apartó de su amigo y se acercó a Sandra, la que reía con Alicia, que parecía bastante feliz de haber visto que al fin Marta se lanzaba a por David. El muchacho tomó por el hombro a la chica y tiró de ella para hablar en un lugar más apartado, seguidos los dos por Alicia, que parecía contrariada y preocupada. David parecía molesto. Y eso no era nada bueno, porque al fin y al cabo, era el aliado más importante para que Marta y Anastasia se separasen al fin.
―Dejadlo ya―soltó el chico con fuerza y severidad―. No tiene gracia.
― ¿De qué narices hablas? ―Inquirió con fuerza Sandra, soltándose bruscamente del agarre del chico― ¿Eres estúpido o qué?
―Creía que esto serviría para que Marta estuviese bien… ¡Y es al contrario! ¡Está sufriendo!
―Oh…Venga ya… ¿Ahora te preocupas por ella? ¿Tú? ¡Has conseguido lo que querías! La tienes en el bote. Ella está coladita por ti. Se enloquecería por tus huesos. No que quejes. Sin nosotras, ella ahora mismo pasaría de ti.
― ¿Y a qué precio? ¿Os habéis fijado de cómo está? ¡Parece que está muerta! ¡No tiene ánimos para nada! Dejadla en paz. No os lo volveré a repetir. No quiero que discuta con Anastasia.
― ¿Te estás dando cuenta de que, sino, ella volvería con la otra y tú no serías nada importante para ella? Además, ha abierto los ojos. Y queremos librar a nuestra amiga de ese martirio que es soportar a esa idiota.
―Se lo voy a contar―soltó entonces el chico, que quedó retenido por la mano de ella.
― ¿Qué les vas a decir? ¿Qué tú también estabas metido en el asunto? No tienes escapatoria, David.
―Sí que la tengo.
Y David se alejó de esas chicas, con la certeza de que no tenía que callar. Se lo contaría todo a su amiga. Todo. Aunque eso supusiese perderla para siempre. Y él creía que sería así. Y como siempre, David se equivocó.
Rachel murmuró para sus adentros, maldiciéndose por la situación en la que se encontraba. Tenía que haber dicho que no, pero como siempre, la ternura y sonrisa de Quinn hicieron mella en ella, lo que ocasionó que la rubia le acompañase a casa y se quedase allí para cuidar de ella. Para procurar que nada malo le sucediese. Y eso era lo que más le gustaba a la morena. Que la chica se preocupase por ella hasta tal punto que ni ella misma lo entendía.
Una sonrisa se dibujó en su rostro por un instante, rememorando como fue la llegada al hotel, donde una "caballerosa" Quinn Fabray le abría la puerta para dejarla pasar, con un toque magistral de inocencia que hizo que Rachel Berry riese un poco entre dientes. En los labios de la rubia amaneció una preciosa sonrisa acompañada de un caminar ligero, lo que hizo que la morena se sintiese más a gusto. Con Fabray tan cerca de ella, no había de qué preocuparse. Lo sabía desde el primer momento en el que la conoció.
Y sin embargo, era ahora cuando podía confiar en ella. Pero de verdad. Sin temer a que le lanzase un batido en toda la cara, o un granizado, lo que era peor. Quinn había cambiado. Lo supo en el primer momento en el que la muchacha dejó sus cosas y preparó una cena para las dos. Y la conversación que vino después fue de risas, recuerdos, donde Rachel le reprendía amistosamente lo arpía que era, y donde Quinn le echaba en cara lo creída que era la morena.
Y eso era algo que les gustó de ellas dos. Que pudiesen mirarse y sonreír. La sonrisa abierta de Rachel y la ladeada de Quinn. Una conexión que parecía establecerse entre las dos. Un algo que hizo que se quedasen en silencio por un solo momento. Pero casi prefería ese silencio que se produjo entre ellas a lo que estaba viviendo actualmente. Bueno…Dependía de muchos factores. Había una parte de su cuerpo que le decía que no pasaba nada, y que encima, lo disfrutaría. Y otra, en cambio, no lo creía así.
― ¡Rachel! ―Escuchó la morena de nuevo, soltando un suspiro que se pudo escuchar casi desde la otra punta de Ohio― ¿Me puedes pasar una toalla o algo?
Sí. Quinn Fabray se estaba duchando en la habitación del hotel. Y sí. No tenía una toalla a mano para cubrir su cuerpo. Y sí, de nuevo. Era Rachel la que se lo tenía que llevar. Ahora se entendía todo, ¿no? La diva maldecía por dentro, pensando detenidamente que podía hacer. Finalmente, se decantó por dejar la toalla dentro rápidamente y salir sin ver nada, tapándose. Era lo mejor sin lugar a dudas, o eso creía la muchacha, que tomó la toalla blanca, respirando pausadamente.
― ¡Ahora voy! ―Exclamó a todo pulmón.
Cerró los párpados, respiró de nuevo un instante, y después, giró el manillar. Y fue en ese preciso momento en el que se quedó estática en su sitio, aturdida, sin poder apartar su mirada de aquella imagen que despertaba sensaciones en ella muy íntimas.
Quinn se encontraba metida dentro de la ducha, dándole la espalda a la morena. El calor del agua, al evaporarse, empañó los cristales de la mampara, pero dejando pequeñas huellas que dejaban entrever el perfecto cuerpo de Quinn en ciertas partes.
Se podía contemplar sus piernas, bien torneadas, seguramente de todos sus años de animadora. Rachel entre abrió los labios, quedándose casi sin aliento ante esa visión que le mostraba su mente, quizás jugando con ella para tentarla. Fue levantando sus ojos, recorriendo poco a poco, de arriba abajo, el cuerpo de la rubia. Por suerte, no se podía ver lo que era el trasero de la joven, pero sí que había un halo en el que se podía distinguir la línea de la espalda, marcada perfectamente. La piel de la chica se veía perfectamente, y eso lo único que consiguió es que Rachel se excitase todavía más, percibiendo un extraño cosquilleo en la zona inferior al estómago.
Ahogó un gemido en su boca, cerrándola estrepitosamente, dejando a un lado la toalla y saliendo rápidamente de ese cuarto en el que la tentación parecía querer jugar un poco con ella. ¿Cómo podía haber pensado que saldría de allí inmune? Y solo con pensar que podía haber llegado a ver sus pechos y la desnudez al completo de la inspectora hizo que su cuerpo reaccionase malamente, y sobre todo, sus propios senos. ¡Madre del amor hermoso! Si los hombres lo tenían complicado cuando querían disimular, para ella era incómodo fingir que no había pasado nada, cuando no había sido así.
Aún podía percibir el calor del baño que, sumado con el ardor que ella sentía en su interior, hacía que se quedase en silencio, intentando librarse de esas sensaciones que la hacían enloquecer de puro deseo. Se estaba conteniendo para no ir allí y lanzarse a los brazos de la rubia. Dejó escapar un poco de aliento, pensando que así, quizás, podía calmar un poco los sentimientos que estaba sintiendo a flor de piel. Pero había algo que le conmocionaba ante todo… ¡Era una mujer! ¡Se había excitado con una mujer!
Se dejó caer en el sofá, mientras que escuchaba como la puerta se abría. La rubia se veía cubierta con una toalla, que hacía que su cuerpo se resaltase un poco. Su cabello se encontraba completamente mojado, lo que le daba un toque más salvaje y natural. Rachel intentó por todos los medios esquivar esa tentación, pero no pudo. Miró a la muchacha, que parecía estar buscando algo. Sonrió un poco, disfrutando de nuevo un poco de esa visión tan gratificante que era ver a Quinn Fabray desnuda, cubierta por una toalla, tan cerca de ella.
― ¿Has visto mi móvil, Rachel? Creía haberlo dejado por aquí…
―Ni idea. No lo he visto―dijo Rachel con tono monocorde, o intentándolo. Sin embargo, Quinn se percató de que algo le sucedía a la morena―, quizás esté en mi cuarto, donde está el bolso.
―Puede ser… Oye, ¿estás bien? Es que pareces…
―Es que tengo calor―argumentó la chica con una sonrisa tranquilizadora―.
― ¿En serio? ¡Pues yo estoy helada! ―exclamó Quinn, haciendo que la otra soltase una carcajada―, ¿segura de que no es otra cosa?
― ¿Cómo qué?
―Como lo de esta tarde, por ejemplo―Rachel se quedó congelada. ¿De verdad quería hablar de eso? ¿Del casi beso? ―. No es fácil ver como matan a tu amiga delante de todos los demás. ¿Quieres hablar de ello?
―La verdad es que no―contestó son seriedad la aludida―, no me apetece. Gracias por ser tan buena conmigo, Quinn. No sé ni cómo accediste a quedarte conmigo.
―No es molestia, Rachel. Además, es normal que necesites una mano amiga, y Marta no está contigo.
― ¿Lo sabe? ―Preguntó Rachel con cierta duda―. ¿Sabe lo del asesinato? No me he acordado en llamarla―comentó la chica, un poco arrepentida de no haberse acordado de su amiga.
―Creo que la ha llamado Anastasia. Más bien, fue ella la que me comentó que lo haría. Supongo que así aprovechará y escuchará la dulce voz de su amada.
―Creo que van a acabar juntas―susurró Rachel, a la vez que observaba como Quinn se atusaba el cabello enredado con una toalla más pequeña, secándolo un poco―, más que nada porque están predestinadas.
― ¿Sabes qué? Que yo también lo creo. Y que asistiremos a su maravillosa boda. Iré de morado.
―Las damas de honor tenemos que ir todas del mismo color.
― ¿Y quién te dice que vas a ser dama de honor?
― ¿Encima lo preguntas? Por si no te enteras, soy la mejor amiga de una de las novias. ¡Claro que voy a ser yo la dama de honor!
― ¡Qué tonta eres! ―Exclamó Quinn, soltando una carcajada―. Voy al baño de nuevo para terminar de secarme el pelo. Si de casualidad suena el móvil, cógelo.
Rachel asintió mientras que la rubia se introducía de nuevo en el cuarto de baño. Con un ligero movimiento de la toalla, esta cayó al suelo, pero no le dio tiempo a Rachel mirar porque Quinn entrecerró la puerta, y a tientas, cogió la toalla de nuevo. La diva no pudo evitar soltar una carcajada, escuchando de repente el tono de llamada de un móvil. Sería el de la rubia. Quizás era un asunto de trabajo o algo. Sonrió un poco, rebuscando para acabar encontrándolo en el fondo del sofá de la habitación, entre los cojines. ¿Cómo había llegado allí? Ni idea. Pero lo cogió entre sus manos y rápidamente contestó.
― ¿Diga? ―Al otro lado de la línea solo reinaba el silencio―. ¿Diga?
― ¿Quinn? ―Rachel se quedó en silencio― ¿Eres Rachel?
―Sí, soy yo…Hola, Emma…
― ¿Qué haces tú con su móvil?
Nota de la autora: ¡Hola! Puff... ¿Seré sincera? No me ha gustado como me ha quedado una parte del capítulo. Bueno, en general, este capítulo lo noto diferente a lo que he escrito antes y con sensación de que...No sé, es lo que me imagino, pero... ¿Será que soy yo? No sé, llevo días rara y quizás eso influya. En fin. Sigo y sigo, y un poco más de Faberry para la colección xD
Contestaciones:
Monica13: Me alegro de que te fascinen las chicas antiguas xDDD Y Anastasia...No sé, es doña oportunidad. Pero esta vez no interrumpe nada de nada. Jajaja Quizás Rachel lo hubiese preferido así :P En fin, nuevo capítulo. Gracias por comentar. Un beso :3
lucyfaberry: Jajaja Anastasia creo que va a recibir muchas miradas en plan mal... ¡Interrumpe momentos Faberry! Marta no desaparece, por si acaso lo aclaro. Queda mucho de ella :3. Pues...Algo va de eso. De que se hizo la vida "imposible" a alguien, y que quería vengarse y hacer sufrir. Rachel no entra en la línea, así que, aparte de eso...Además de que Fabray siempre llega a tiempo. Me extraña que nadie se pregunte el cómo es que estaba ella en el momento adecuado... :P A Frannie siempre he visto que se la pone de mala, y quería cambiar ese enfoque y tratar en ella y en Emma otro tema más interesante ;) No tardaré un mes, pero si que voy a tardar algo porque tengo que llevar otra historia para un reto (quién me mandará a mí), aunque es más por los exámenes. T.T En fin, muchas gracias, como siempre, por comentar. Un beso :3
