―Quizás lo mejor sea que me vaya…
David apartó la mirada, acariciando todavía con sus dedos la palma de su mano. Marta le miró con cierta vergüenza, rodeando los dedos de David con los suyos, pidiéndole con suavidad que no se marchase. No así. No provocándole ese dolor que pudo deslumbrar en su mirada. Se mordió el labio con suavidad, deslizando las yemas de sus dedos por su piel, quedándose casi sin aliento cuando él levantó su mirada `para clavarla en la suya. Era ese apoyo lo que le daba fuerzas para continuar.
Había pasado ya desde su gran pelea con Anastasia, rompiéndose así una gran amistad que llevaba años perdurando de todas las sombras que se asomaban por el camino. Un vínculo que se rompió con el egoísmo de una y el orgullo de la otra. Palabras que se repetían en sus respectivas mentes como puñales sobre sus corazones. "Me has decepcionado". "No eres la amiga que creía que eras". "Me mentiste". Más palabras que hicieron que Marta se marchase con las lágrimas empañando su rostro y el gesto severo y roto de la castaña. Algo que hizo que se hiriesen entre ellas, haciendo que esa cuerda que unía sus almas se rompiese en miles de pedazos, sin saber ellas que el vínculo se había restablecido al mismo segundo, pero siendo tan cabezotas que ninguna de las dos había decidido dar su brazo a torcer.
Sin embargo, pese a descubrir que David estaba detrás de esa treta que había preparado Sandra, la relación entre los dos se fortaleció hasta tal punto que su relación pasó a ser de noviazgo, llegando a una situación de comprensión, promesas cumplidas y un sentimiento sólido que hacía que siguiesen los dos juntos. Un amor profundo y arrebatador por parte de él y una confianza impropia por parte de ella. Ante todos los demás, la relación parecía sumamente perfecta.
¿Habíais oído hablar del príncipe azul con su princesa? Pues esa era la relación entre David y Marta. Una perfección que era envidiada y criticada por todos sus compañeros, excepto por sus amistades más cercanas, que mostraban aprecio y apoyo por la pareja. Incluso la hermana menor de Marta, Leticia, estaba encantada con su "cuñado". Era un chico encantador que, pese a no ser demasiado inteligente, hacía que su hermana sonriese, y eso era más de lo que nadie había logrado en mucho tiempo. Algo que hacía que la menor de las García se abalanzase sobre él para depositarle un beso sonoro en la mejilla.
Pero había algo que hacía que Marta no sonriese cuando su hermana bromeaba a la hora de casarse. No se imaginaba un futuro en ese estilo con él, aunque sí que le divisaba como alguien importante que conformase parte de su vida. De su confusa vida. Y había algo que le decía que David lo sabía. Sabía sus sentimientos.
Y por esa razón, cuando la besó con deseo deslizando sus manos por los hombros desnudos de ella, tirando del tirante del sujetador, no hizo falta que la morena replicase. Él se detuvo, apartándose, pero no lo suficiente como para poder rozar su nariz con la de ella, mirarla a los ojos y sonreír tristemente. Con un dolor que llegó al corazón de la chica. Le había mentido. Había fingido que llegaría a quererle, cuando él ya lo hacía desde el principio.
―No te vayas, por favor―pidió con fuerza la muchacha, haciendo que él ladease la cabeza―. Te juro que…
― ¿Qué me vas a jurar, Marta? ―Inquirió él con una suavidad poco propia de él. Sus labios se entornaron en una sonrisa, dejando a la chica pasmada―. Me encantaría que me dijeses que eso que juras es que me quieres. Y quizás tengas razón, y me quieras, pero no de esa manera que tanto me gustaría a mí.
―Yo…
―Perdóname―soltó de repente él, haciendo que ella se quedase en silencio con el corazón congelado por completo―. Perdóname por haber llegado hasta este extremo. Hace un año te prometí que te enamorarías de mí. Y que serías feliz. Siento no haber podido cumplir mi promesa.
―He sido feliz. Eso sí que es verdad. Sin ti estaría pérdida, David. Y te quiero mucho. Muchísimo…
―Es mejor que me aleje un poco―pero antes de que se pudiese marchar, Marta se abalanzó sobre él.
―No te vas a marchar. No. Por favor. Eres lo único que tengo, y sé que es egoísta pero…Pero no puedo vivir sin ti a mi lado. Eres mi mejor amigo. Somos perfectos el uno con el otro. Y quizás con el tiempo…
―Al principio creía que querías engañarme a mí, pero ahora comprendo que solo te quieres engañar a ti misma. Convencerte de que no la quieres pese a todo este tiempo que ha pasado. Me duele admitirlo, pero Anastasia ha conseguido algo que yo nunca voy a conseguir. Tu amor. El más preciado secreto al que nunca voy a llegar contigo. Al amor… No se equivocada nada el refrán: "Dios le da pan al que no tiene dientes".
El chico sonrió un poco, tendiéndose sobre ella para acabar depositando un suave beso en los labios de la muchacha. Marta sonrió a duras penas, sintiendo la fragancia del muchacho alrededor de su cuerpo. Se iba a ir. Se iba a alejar de su lado, y algo le dijo que, en el fondo, era lo mejor.
―Siempre te voy a querer, Marta García…―susurró el moreno con una sonrisa en su rostro, separándose y marchándose del cuarto de la que ahora era su ex novia.
La morena se quedó en su sitio, con la parte superior al descubierto, dejando ver así su perfilado cuerpo. Sus pechos bien tersos cubiertos por un sujetador negro, casi a punto desabrochar. Tragó saliva, colocándoselo un poco mejor para volver a mirarse en el espejo. Se veía guapa, con las mejillas sonrojadas y con aspecto desolado. Se podía pensar que era frágil. Y con esa fragilidad, era hermosa.
Se levantó de la silla con paso rápido, colocándose la camisa blanca mientras que escuchaba como los pasos aumentaban su ritmo. La puerta de su cuarto se abrió, dejando paso a una Leticia que miraba a su hermana con el ceño fruncido, haciendo que Marta se desconcertase por completo. Muchas veces no entendía a su hermana, con ese toque y esa característica suya de saber todo lo que sucedía a su alrededor.
― ¿Qué ha pasado? ―Y como se imaginó, ya sabía lo que había ocurrido entre ella y David―. El chico ha salido corriendo de la casa. Parecía un poco…Dolido…
―Hemos roto―señaló con pesar Marta, apartando su mirada de la de su hermana, que parecía totalmente conmocionada―. No sé qué es lo que ha sucedido, pero de repente, todo se ha roto.
Se dirigió hacia el salón, sentándose sobre el sofá, seguida por una Leticia que no parecía comprender lo que había pasado para llegar a tal extremo. ¡Si eran la pareja perfecta! La morena se quedó en silencio, tomando una foto entre sus manos. En ella, aparecían cuatro chicas. Cuatro con distintas poses.
La muchacha de pose sensual era Sandra, que dejaba caer su cabello como una cascada por su espalda. Era la más guapa de las cuatro, y la más deseada sin lugar a dudas, aunque su fama aumentaba el deseo de los chicos a quedar con ella. La más dulce y angelical era Alicia, con un gesto suave y calmado, dejando claro que su neutralidad era clara. Lo demostró cuando se puso del lado de Marta cuando Sandra la dejó claro que quien mandaba era ella. Alicia era leal, y por lo tanto, siempre se mostraba a favor de Marta. Luego estaba la postura más sencilla, sin tan siquiera sonreír. La representación de la seriedad pero que, por cualquier razón, aparentaba la pura sinceridad de ese grupo. Y esa era la morena, que permanecía en el lugar que tenía que estar. Y por último, la más loca, con una carcajada asomándose de sus labios. Anastasia.
Marta no pudo evitar deslizar sus dedos por el rostro de la chica, quedándose sin aliento. Su verdad empezaba a asfixiarla. Un secreto a voces que empezaba a ahogarla y dejarla sin escapatoria. ¿Podría seguir fingiendo? ¿Podría aparentar lo que era una farsa? Se removió nerviosa bajo la atenta mirada de su hermana, sin llegar a escuchar todas las palabras que esta parecía dedicarla. Y finalmente, se dejó arrastrar al suelo, cayendo con las lágrimas desbordándola.
― ¡Marta! ―Exclamó Leticia asustada. Tenía trece años mientras que Marta en esa época tenía los dieciséis, y por primera vez, vio a su hermana mayor caer agotada por el dolor―. ¿Estás bien? ¡Marta!
―Leti…―susurró la chica, con dolor―L…
― ¿Marta?
―Creo que me gustan las chicas―soltó ella a bocajarro, rompiendo a llorar estrepitosamente.
Y cuando esperaba que su hermana se alejase de ella asustada, percibió los brazos de la chica rodearla. Y esa tarde, Marta asumió su verdad mientras que Leticia comprendía que al fin le tocaba ser ya, en parte, una adulta.
Ana se quedó en silencio, levantando su mirada mientras que sentía la mano de su prometido rodeando la suya. Ese lugar solamente conseguía que se sobresaltase, pensando que quizás podía salir de allí. Nadie la echaría en falta. Pero su futuro marido, Alfonso, la retenía con una fuerza que ni ella había podido creer que el chico tuviese. Sus ojos negros se posaron en los de la castaña, sonriendo para depositar un beso en su mejilla. Parecía entusiasmado con lo que se estaba celebrando. Con algo que estaba matando a Ana por dentro, por mucho que la chica lo quisiese negar.
Respiró profundamente, apartando su mirada del centro, tanteando con sus dedos la piel de su novio. Sus labios se fruncieron en una mueca serie, y la mujer no pudo evitar sonreír un poco cuando escuchaba como su prometido intentaba animarla con el hecho de que solo quedaba dos semanas para que fuesen ellos los que se encontrasen en esa situación. Algo que no entusiasmaba a la castaña en absoluto, pero era lo único que podía aceptar.
―Estás muy callada mi amor―susurró el muchacho con un tono de molestia―. Parece que estoy hablando solo.
―Te estoy escuchando―replicó Ana con severidad, y a la vez, ternura, haciendo que Alfonso sonriese embobado por lo hermosa que era la mujer―, pero estamos en la boda de tu hermana. Y en una Iglesia es de mala educación hablar.
―Tengo ganas de largarme de aquí. Es un muermo.
Ana se quedó en silencio, aunque para su sorpresa, coincidía con la opinión del moreno, que se recostó un poco sobre el banco, colocándose mejor después de recibir un codazo por parte de Carmen, la madre de Alfonso y Teresa. Sonrió un poco ante esa escena. Quería mucho a su novio, y aunque le consideraba un poco bruto, le animaba que fuese tan considerado con ella. Aunque también era cierto que todos los hombres lo eran en esas épocas. Esos galantes que conquistaban a una mujer y luego mostraban su peor cara. Suspiró, cansada. Deseaba que algún día llegase ese momento en el que la mujer fuese libre, independiente. Ella lo era. Deseaba serlo.
―Ana… ¿Crees que Teresa estará nerviosa?
Miró a su prometido con cuidado, sospesando la respuesta. ¿Estaría ella nerviosa? Al fin y al cabo, se iba a casar con el hombre de su vida. Ana sonrió algo apenada, aunque lo disimuló cuando apretó la mano del hombre con el fin de darle una respuesta. Una que podía ser interpretada como quisiese. Estaría nerviosa. Conocía a Teresa y su indecisión. Creía que se iba a quedar sin aire si solamente pensaba que esa mujer se iba a casar con el que era su mejor amigo, pero el aire llegaba a sus pulmones, y la decisión de afrontar ese dolor era algo que podía con ella.
―Se va a casar con el hombre de su vida―habló al fin por lo bajo―. Claro que estará nerviosa.
― ¿Tú lo estarás el día de nuestra boda? ―Ana sonrió un poco ante eso― ¿Por qué te ríes?
―Sé que no voy a estar nerviosa. Lo sé porque nunca he tenido inseguridad de algo que me guste tanto…―Susurró con ese encanto suyo, acercándose tentativamente a su novio―. Además…Me encantas…―Y robó de esos labios un suave beso que hizo que Alfonso sonriese, divertido.
― ¿No eras tú la que decía que había que tener cuidado?
―Pero contigo, quiero lanzarme a la aventura.
Sonrió coqueta, dejando a su prometido con la boca abierta y con un fuerte deseo apoderándose de él. Maldecía encontrarse en esa Iglesia, obligado a permanecer allí hasta que su hermana saliese con su marido de la mano. Soltó un bufido de represión, haciendo que la mujer sonriese con cierto encanto, maravillada de dejar así a Alfonso. Le besó en la mejilla, sonsacando una sonrisa en el chico. Lo que menos quería era tenerlo enfurruñado. Alfonso era un egoísta inmaduro que no era capaz de darse cuenta de los demás, y menos de sus sentimientos. Pero estaba acostumbrada a ese hecho. Demasiado acostumbrada.
Y de repente, las puertas se abrieron, congelando a la mujer en su sitio. Se quedó sin aliento, y con la mano libre, la apretó contra su vestido, clavando sus uñas en la carne a través de la seda de la ropa. Se mordió los labios ante el doble dolor que estaba sintiendo. Pero era lo mejor. Era lo que ella quería. Era algo que necesitaba por todos los medios. Necesitaba escapar del dolor de la verdad, y ella no estaba dispuesta a ser quien se entrometiese en el camino de la morena. Era ella la que había elegido que lo de ellas era una amistad que se había confundido con otra cosa. Y Ana no dijo nada, más que asentir y alejarse de Teresa en ese instante. Pero siempre a su lado. Cerró los párpados, tragando saliva.
Todos se levantaron, al igual que ella, pero tardó un poco más de la cuenta. Se colocó a la altura de su novio, y los recuerdos se apoderaron de ella con una fuerza insalvable.
El cómo había conocido a Teresa y se habían hecho amigas. Las mejores. Las disputas de sus padres y la ternura y comprensión de su abuela, Encarnación. El como había sido descubierta por el inspector de policía y su padre, en un débil intento de protegerla. El intento de Teresa en perdonarla, cayendo en desgracia cuando descubrió que ella y Héctor mantenían una relación sexual, que acabó en una gran amistad en intento de descubrir su verdad.
El intento de asesinato del comisario Salmerón hacia la morena, y la protección de Héctor. El como ella y Teresa volvieron a ser amigas. Como con Alfonso la relación se convirtió poco a poco en sentimientos. El accidente de su madre, dejándola en silla de ruedas. La muerte de su verdadera madre, Encarna, la que fue amante de su padre, don Ramón, que era hijastro de la mujer. Un culebrón que asustaba a Ana y que parecía haber sido sacado de una novela.
El viaje de sus padres a Venecia, de donde todavía no habían vuelto. El beso con su mejor amiga. El descubrimiento de que sus dos grandes amores eran ella y él. Teresa y Alfonso. Los hermanos García. Dejó escapar un suspiro, sintiendo como Alfonso la observaba preocupado. Y solamente era uno el que le pertenecía. Solamente uno. Uno de dos. Quería romperse. Le importaba mucho más Teresa, y era consciente de ello. Esperaba que su amor por Alfonso sirviese en ese matrimonio.
Y en ese instante, pudo llegar a ver como Teresa se detenía al lado de Héctor, el que sonreía un poco. El vestido no era muy bonito debido a que era de la época de Carmen, la madre de la chica. Pero Teresa estaba igual de bella. Al menos lo estaba para Ana, la que no podía dejar de sonreír como una estúpida. Quería a esa mujer con todas sus fuerzas. Y eso era el amor. Ver a la persona que querías como si se tratase de un ángel celestial.
La ceremonia fue lenta, y no solamente para ella. Alfonso a veces se quedaba traspuesto, y entre ella y su madre le tenían que despertar. El corazón de Ana se sobrecogió cuando la última frase tuvo lugar, para dar paso a las siguientes palabras que cambiarían la vida de esas dos mujeres.
―Señora García… ¿Quiere aceptar a este hombre como esposo? ¿Y amarlo, respetarlo, todos los días de su vida, hasta que la muerte os separe?
Y el silencio inundó la habitación. Una mano se posó sobre el hombro de la castaña, llamándole la atención, desviando su mirada hacia el hombre. Este señaló al fondo de la fila, encontrándose con Dionisio, el que era su mayordomo. Tragó saliva, confundida, para levantarse torpemente y procurando no hacer ruido alguno. Pero Teresa la estaba viendo, algo dolida y preocupada. Estaba tan preocupada que por un momento se había olvidado que estaba en el altar con "el hombre de su vida".
― ¿Qué sucede Dionisio?
―Han llamado desde la comisaría de policía a casa, señora―señaló el hombre recto, con gesto preocupado―. Era sobre sus padres.
― ¿Mis padres? ―Parpadeó, algo confundida― ¿Qué ha sucedido con mis padres?
―Estaban navegando parece ser y…Han encontrado la barca volcada. Están investigando, pero…Pero creen que les ha sucedido algo, señora.
Ana se quedó en su sitio, apoyándose un poco en la columna, escondiendo su rostro entre sus manos, llorando al fin. Llorando por sus padres y por Teresa. Llorando por todo lo que estaba perdiendo en un solo segundo. Alfonso llegó a su lado rápidamente, acogiendo a su mujer entre sus brazos. Algunas personas murmuraban, pero eso no le importaba.
―Vayamos a la comisaría, Dionisio―habló al fin la mujer―. Te necesito, Alfonso.
El chico asintió, sin comprender muy bien lo que estaba sucediendo, pero no dudó en acompañar a su futura mujer. Algo había sucedido. Teresa miraba impotente la escena, dándose cuenta de que ella no estaba siempre al lado de Ana.
―Acepto―y el corazón de Ana, al lograr escuchar eso, se rompió en miles de pedazos.
―Siento lo de mi hermana―susurró Marta mientras que Leticia cogía sus cosas junto con Brody, encaminándose hacia el piso―, pero ya la conoces.
Anastasia asintió, algo conforme, aunque no quería la disculpa de Marta, sino de Leticia. Sin embargo, era consciente de que la chica nunca se lo pediría por todo lo que había sucedido entre ella y Marta, y por tanto, no merecía la pena tener en cuenta el viaje en coche, donde todas las puyas cayeron en ella bajo la mirada de súplica por parte de la morena y el enfado del chico, que se removía molesto, viendo como su novia se comportaba como una completa estúpida.
― No te preocupes. Era lo menos que esperaba por su parte―señaló con gracia Anastasia, sonsacando una sonrisa por parte de Marta―. No sabía que iba a venir aquí.
―Sí. Mi hermana siempre se apunta a un bombardeo si puede. Y más si eso tiene que ver contigo y su odio hacia ti―bromeó, aunque el rostro de la otra se enderezó, sonsacando una sonora carcajada por parte de Marta―. ¿Tanto te asusta mi hermana?
―Pues claro―afirmó con una sonrisa la castaña, haciendo que el corazón de Marta se detuviese―. Tu hermana es mujer de armas tomar. Siempre lo ha sido así contigo. A veces me gustaría que Jacob fuese así.
―Jacob es un encanto de hermano.
―Ya sé que te llevas bien con él.
―Me pregunto cómo es que, pese a ser tan diferentes, sois iguales en algunas cuestiones―señaló Marta con una sonrisa―. Se nota que sois hermanos.
―Me ofende que me compares con él.
Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos con firmeza. Habían extrañado poder hablar así las dos. Con calma. Con amabilidad. Con esa confianza mutua que existía entre las dos. Anastasia no pudo evitar sonreír un poco, pero de forma que hizo que el corazón de la morena se enterneciese. Anastasia había esperado que la chica no le dirigiese la palabra en ningún momento, pero con lo único que se llegaba a encontrar era con la dulzura de la chica. Y es que, después de todo, la mujer García no era capaz de evitar ser así. De querer a Anastasia con todo su corazón. Una carcajada se asomó sin pretenderlo, haciendo que la castaña le acompañase sin entender.
― ¿De qué nos estamos riendo?
―Me hace gracia ver que has cambiado poco―señaló la morena con un brillo especial en sus ojos―, y lo que has cambiado ha sido para bien.
― ¿Gracias? ―Inquirió divertida la castaña bajo la sonrisa de la otra―. Me alegra saber que podemos hablar tranquilamente sin lanzarnos al cuello de la una o de la otra.
―Perdona, pero la única que muerde aquí eres tú. A mí me dejas aparte.
―Cuando estás enfadada, sí que muerdes. Creo que eres hasta más peligrosa que yo, porque tu carácter fuerte se muestra tan poco que pilla desprevenido a cualquiera.
Marta se quedó en silencio ante las palabras de la otra, que solamente se vio capaz de sonreír, instándole a la morena a que hiciese lo mismo. Y finalmente, lo hizo. A veces era fácil mostrar un gesto recíproco cuando esa persona te ayudaba a mostrarlo. Te hacía confiar en ella y hacer que ese gesto no quedase ridículo. O al menos eso le parecía a Marta, la que no pudo evitar mostrar un gesto afable ante las palabras de la otra chica. No se consideraba de esa manera, pero ver su punto de vista le hacía comprender que no todo era lo que parecía a simple vista.
―Pues no tienes de qué temer. No estoy enfadada.
Esas palabras dejaron a la castaña sin palabras. ¿De verdad que no estaba molesta? ¿Ni enfadada? Le gustaba pensar que al fin y al cabo, le había perdonado todo lo que sucedió entre ellas, igual que también ella le perdonó algunos puntos en los que Marta también había fallado, peor oír de sus labios el hecho de que no la tenía en el punto de mira hacía que la castaña se sintiese aliviada y feliz a la vez. Quizás, en el fondo, no estaba todo perdido. Los labios de la morena se entornaron en una mueca divertida, además de misteriosa. Así era la morena. Tan misteriosa que podía dejar a cualquiera con una sensación de falta de información, o de curiosidad. Al menos, eso le sucedía a la otra.
― ¿En serio?
―Nunca he sido rencorosa, aunque no olvido. Olvidar nunca.
― ¿Y eso no es ser rencoroso?
―Creo que no es malo acordarse de lo que ha vivido uno en la vida. Eso te enseña de tus errores―apartó la mirada con un gesto suavizado, y un suspiro se escapó de la castaña―, y te hace detenerte a pensar en qué tienes que hacer para no volver a cometerlos.
― ¿Y ya sabes qué error no tienes que cometer? ―Inquirió con curiosidad y necesidad de saber la castaña.
―Lo sé…Solamente necesito tener voluntad y paciencia para hacerlo. Mucha paciencia―rio para sí misma bajo la atenta mirada de su acompañante―, pero lo conseguiré.
― ¿De verdad lo crees?
―Sí, lo creo―afirmó con una fuerza que provocó que la otra entreabriese sus labios―. Será mejor que me vaya ya. Leticia debe de estar muy molesta, y más sabiendo que aún sigo aquí abajo contigo.
―No le caigo muy bien.
―Fue por lo que pasó. Ella siempre te ha adorado. Dale un poco de tiempo.
― ¿Me interesa? ―Preguntó ante las palabras de Marta. ¿Acaso tendría oportunidad de intentar caerle bien a la otra?
―No lo sé…Eso deberás escogerlo tú―soltó con ese toque de misterio que sabía que pertenecía a la morena―. Me marcho ya. Gracias por haber venido a buscarnos.
―Me sorprendió que me llamases, la verdad…
―Quizás te sorprenda con otras cosas.
Se acercó en dos zancadas hacia ella y se puso de puntillas, dejando así un suave beso en la mejilla de la chica. Una sonrisa se apoderó de Anastasia ante ese gesto de Marta, y esta se giró, adentrándose en el portal del hotel. Una sonrisa risueña se apoderó de la castaña, girándose mientras que su coleta ondeaba al suave viento de la noche. Quizás, después de todo, sí que merecía la pena caerle bien a Leticia.
Emma permaneció tumbada en la cama cuando escuchó la puerta de la habitación abrirse. Esperaba que fuese Frannie indicándole que estaba listo el desayuno. Era una chica encantadora, no hacía falta ser muy lista para percatarse de ese asunto, pero, pese a que esperaba que fuese ella, no escuchó nada por parte de la muchacha. Y lo supo. Comprendió quien era la persona que se había detenido a unos pasos de su cuerpo, y casi podía percibir su aliento en su espalda.
Permaneció inmune en su sitio. Sabía que si se giraba y se encontraba con esos ojos verdes, no sería capaz de decirle todo lo que estaba a punto de decirle. Era su debilidad. Era su deseo más puro. Era la encarnación de su vulnerabilidad. Porque podía ser considerada y llamada de muchas cosas, pero era una buena persona. Era una mujer capaz de todo. Era alguien que quería comprender y no dejarse llevar por la rabia. Quería ser ella. Quería ser Emma, la Emma de verdad. Esa chica que de joven sonreía todos los días, que dejaba besos en la mejilla de su madre y salía a la calle con sus amigos. Quería volver a ser esa chica. Aunque tampoco quería volver a rememorar el sabor de la sangre. La sensación de terror inundándole todo el cuerpo. Cerró los párpados, aspirando el aire de la habitación.
Unas manos rodearon su cuerpo, acomodándose a su lado. Podía percibir la esencia de Quinn a su lado besándole el cabello rojizo. Esperaba no tener que girarse. Y no lo hizo. Permaneció así, sin tan siquiera atreverse a hacer nada aparte de respirar. No quería saber nada de nada. No quería vivir la realidad del dolor. Un dolor que parecía querer apoderarse de ella. Una sensación de amargura que parecía poder con ella. Una verdad que parecía querer luchar por salir a flote. Un temor atroz a quedarse sola. Porque Emma era más humana que cualquier otra persona. Retuvo el aliento cuando los labios de su novia se posaron en su oreja. Quería soltar un gemido, girarse y besarla, pero no era lo correcto. No lo era en ese preciso instante.
― Lo siento…―Susurró con calma la rubia, deslizando su dedo índice por el sedoso cabello de la chica―. Te tenía que haber avisado con antelación pero ni siquiera me acordé y…
Emma se apartó de su lado ante esas palabras. Esa era la confirmación que necesitaba. Sabía que era hora de afrontarse a todo aquello que temía. ¿Y si no era capaz de sobrellevarlo bien? Podía escuchar los gritos de su madre en su mente. Los golpes secos. Las cosas cayendo al suelo. Se estremeció con tan solo pensarlo, abrazándose a sí misma. Se acunaba con necesidad.
― ¿Emma? ―Inquirió Quinn sorprendida ante el comportamiento de su novia.
Pero no recibió respuesta alguna. La muchacha clavó sus ojos en la calle, perdiéndose en el sol radiante que iluminaba el lugar. Podía ver a un chico caminando con un perro por delante. Sonreía, feliz. Su mascota le hacía feliz. Sonrió un poco ante ese pensamiento. Quizás todo no estaba perdido. Ese era el pensamiento de su madre siempre, al final de toda desgracia que pudiese vivir. Siempre decía lo mismo. Siempre decía que todo podía llegar a cambiar.
La recordaba intacta. La recordaba con una sonrisa en su rostro peinando su cabello sedoso. Tenía diez años por aquel entonces, y la ingenuidad era el arma más afilada que toda niña podía tener. Y su madre siempre estaba ahí, por las noches, peinando su sedoso cabello. Y sus ojos verdes se encontraban con los grises apagados de ella. Pero la mujer sonreía por su hija. Todo por ella. Porque Emma lo merecía. Esos recuerdos hacían que la pelirroja tuviese pesadillas por las noches. Y que hacían que algo no funcionase bien dentro de ella. Pero no era tonta. No señor. Sabía que su novia no la quería. Lo supo desde el primer momento en el que esa Rachel Berry apareció en escena. Esa mujer le había robado a su novia, o quizás, en cierta manera, se la prestó la morena a la pelirroja. Quizás había vuelto a por lo que era suyo. El corazón de esa formidable mujer pertenecía a Rachel, y no a ella. Y puede que fuese eso lo que afectaba tanto a la otra. Lo que le hacía pensar a Emma que todo perdía sentido en la vida.
― ¿Ems?
― Quinn… Da igual.
―No quiero que estés molesta, cariño. Me preocupas mucho y…
―Tenemos que hablar―tres palabras que podían significar muchas cosas, y casi todas de manera negativa―. Tenemos que hablar―repitió automáticamente.
― ¿Me vas a dejar?
―No, Quinn. Yo no tengo tantas agallas… ¿Tienes algo que contarme?
La rubia se quedó en silencio, sorprendida por las palabras de su novia. ¿Acaso se imaginaba algo? ¿Acaso podía imaginar lo que estaba sucediendo? Permaneció sin decir ninguna palabra, clavando sus ojos verdes en los de su novia, la que se cruzó de brazos mientras que ella permanecía así, sin saber muy bien lo qué decir.
― ¿Cómo que si tengo algo que contarte?
―Aunque no te lo creas, te conozco. Sé que hay algo que no me quieres decir. Sé que es algo que ha ocurrido recientemente, aunque quizás era algo que venía de antes. Pero necesito que seas sincera conmigo ahora, porque, o hablas ahora, o callas para siempre.
Quinn se quedó desconcertada e inerme ante las palabras de la pelirroja. Emma acababa de abrir la puerta. O lo terminaba todo ahora, o el dolor sería aún mayor. La fuerza que recibía de la mirada de la otra solo le hizo comprender que todo, de repente, había dado un giro inesperado.
― ¿Y bien, Quinn?
―Estoy enamorada de Rachel.
Dejó la copa sobre la mesita de noche, levantando la vista para clavar su mirada en las fotos que se encontraban repartidas por la pared de su habitación. El rostro de Quinn Fabray relucía con una sonrisa afable. Se detuvo en frente de ella, mordiéndose el labio.
El rostro de Tina y el de Mike se encontraba tachado por un rotulador negro. No pudo evitar soltar una carcajada que sonaba por todo el piso. Su rostro se ensanchó ante la sonrisa sádica que se asomaba de sus labios. Todo estaba preparado para seguir con su cometido. Cogió un dardo y miró de nuevo hacia las fotos.
―Así que quieres jugar duro, Fabray…Venciste esa batalla, pero no has vencido la guerra―soltó con brusquedad, apuntando y lanzando un dardo a la imagen de la rubia, acertando en el cabello de ella―. Hasta parece que en las fotografías sales sana y salva de mí―musitó con una pequeña risa apoderándose de su cuerpo―.Y el siguiente…Serás tú―y el último dardo lo lanzo a la foto de uno de los chicos, dando de lleno en la frente de Mike.
Nota de la autora: Me encantaría contestar a lucyfaberry el comentario, pero ando con prisa. Solo decir que este capítulo me parece una bomba de relojería, más por el hecho de que hay dos temas muy importantes. Uno es que el asesino sigue vivo (no me olvido del misterio) y que Quinn ha dicho que quiere a Rachel… ¡Pero a Emma! ¿Qué sucederá ahora?
