―Dios mío… ¿La besaste?

Marta se giró incrédula ante la mirada de su hermana. Acababa de entrar por la puerta de casa y ya tenía el gesto de Leticia fruncido y con los brazos en jarras, observándola atentamente. El gesto serio de la chica solo hacía que la mayor de las García se estremeciese, ruborizada a más no poder. Y eso fue toda confirmación que necesitaba la otra, que emitió un gruñido fuerte que hizo que Brody girase los ojos, cansado. Marta se preguntaba como hacía ese chico para soportar a su hermana en tales momentos.

―No…No la he besado…No en los labios, al menos―sonrió un poco al pensar eso, haciendo que el castaño sonriese junto a ella, entregándole un vaso de zumo de naranja―. Gracias, cuñado.

― ¿Tan fácil vas a volver con ella? ―Brody y Marta se miraron, confundidos.

―Espera, cariño―habló el chico al fin―. ¿Qué es lo que quieres decir? ¿No te importa que volviese con Anastasia?

―No. Claro que no. Si creo que hacen una pareja perfecta―señaló con una sonrisa suave en su rostro―. En verdad, creo que las dos acabarán casándose en el altar…

― ¿Entonces? ―Quiso saber Marta, tomando un poco de la bebida que le entregó el muchacho― ¿Qué es lo que te sucede?

―Pues que quiero que sufra… ¡Que luche ella por ti, joder! No tiene que salir como ella quiera. Así que no sé por ti, pero por mi parte, yo hasta que no la vea luchar de verdad por ti no me voy a poner de su lado―Brody y Marta la miraba con sorpresa en sus rostros―. ¿Qué os sucede? Mirad, yo lo que no quiero es volver a ver como mi hermana vuelve a estar llorando por esa estúpida. Has derramado muchas lágrimas por ella. ¿No crees que ya sea suficiente?

La aludida se giró, clavando sus pupilas en el espejo que tenían al lado. Sus ojos azules se encontraron con los de la otra dimensión, con los que provenían de su reflejo. Esos que derramaron lágrimas en noches donde la frustración se apoderaba de ella, donde la esperanza desaparecía de nuevo. Igual que las discusiones con ella, acabando girándose para llorar escondida en el baño del instituto. Dios, era como si fuese en ese instante cuando lo estuviese sufriendo. Era como si volviese a ser esa chica de dieciséis años, la que se encontró con ese dolor de nuevo. La que experimentaba para acabar ahogando un sollozo en la almohada de la cama.

¿Qué era todo aquello que vivió? Ser lesbiana no era fácil en la vida, pero mucho menos en esos años, cuando aún seguía siendo asqueroso en España por mucho que la ley no les castigase. Ya no era una facilidad con eso, como para que encima la chica que te gustaba también lo fuese y no lo admitiese, echándote de su lado. Negó con la cabeza, tragando saliva. Sin embargo, cuando levantó de nuevo la vista hacia su rostro, se encontró con la fuerza, la fiereza, la esperanza.

―No, no lo creo. Porque a veces hay que sufrir por la persona que quieres. No sé qué es lo que va a suceder, Leticia. Quizás todo acabe de nuevo mal, o puede que no―se encogió de hombros con una suave sonrisa que hizo que el novio de su hermana sonriese―. No lo sé. Lo único que tengo claro es que si no lo intento, no llegaré a saberlo nunca, ¿entiendes?

―Lo has intentado muchas veces, ese es el problema, Marta. Siempre has sido tú la que ha luchado por esa relación. ¿No va ya siendo hora de que eso cambie? ¿De que no duela tanto querer a alguien? ¿No te gustaría vivir un amor sencillo, como el de Brody y el mío?

― ¡Ey! ―Bramó el chico con gesto molesto―. Que nuestro amor no es nada sencillo, cariño. No sé cómo consigo aguantarte tanto.

― ¿Quieres hoy dormir en el sofá solo? ―Inquirió ella con tono divertido, sintiendo como su novio se sentaba a su lado y la rodeaba con sus brazos―. Para, Brody…

―De eso nada, que me tientas diciendo esas cosas…―Susurró mientras besaba el cuello de ella―. Eres una idiota.

―Esto…Tortolitos―saludó Marta con gesto exagerado, provocando la risa de su cuñado―. Que sigo delante vuestro. No quiero que tengáis un orgasmo conjunto conmigo presente.

― ¡Marta! ―Exclamó la menor sonrojada.

― ¡Ah! ¡O sea, que tú puedes hablar de mi vida amorosa y yo no puedo de tu vida sexual! Vamos muy mal, Leti, que te conste…Y no, la verdad es que te voy a decir algo que creo profundamente…

― ¿El qué?

―El amor es amor cuando duele.

Marta se giró, posando sus dedos en el cristal de la ventana. Su corazón latía con fuerza ante esa afirmación. Algo le susurraba que era así. Que no estaba equivocada. Que era verdad. Que el amor era amor cuando dolía. Cuando te dejaba sin respiración. Cuando te sentías en la desesperación ante su ausencia. Donde el pasado volvía a ti. Donde aprendías a querer lo que no veías. Aprendías a amar los errores. Aprendías a descubrir un nuevo mundo con esa persona. Un algo que le hacía entender que no era nada malo amar a alguien. El amor era todo. Todo. No solamente el momento de felicidad. No merecía la pena solamente por eso. Cuando dicen eso de que los hombres no merecen las lágrimas, se equivocaban. Eran lo único por lo que una mujer debía llorar. Porque era lo único que no tenía solución fija. Una sonrisa se apoderó de ella al pensarlo, pensando un momento en todo. En todo. En lo que el amor había jugado en contra suyo, y a la vez, a su favor. Un suspiro se amoldó en su pecho, y el susurro de su hermana llegó a sus oídos como si de una ráfaga de viento se tratase.

―Me has sonado a la abuela Ana…

Y con esa afirmación, la mayor de los García supo que no estaba equivocada.

Rachel cerró los ojos tumbada en la cama, esperando que todo se amoldase poco a poco a lo que se presentaba como su nueva vida. Tenía ganas de que desapareciese ese temor de ese día pasado, con el cuerpo inerte de su amiga presente en su mente. La respiración agitada se apoderaba de ella, acurrucándose a la almohada y ocultando su rostro en ésta. Quería perderse en cualquier sensación ajena a ese dolor que sentía. Pero no solamente por la pérdida de su amiga, sino por la ausencia de la rubia.

La chica se había tenido que marchar para ver a su novia, y al le decía que estaba a punto de suceder algo malo. Estaba preocupada, y en cierto modo, dolida. Dolida por todos esos celos que le invadían al pensar que seguramente esa mujer estaría besando los labios de su rubia. Cuando pensó eso, se detuvo para asegurarse de sus pensamientos. ¿Su rubia? ¿Cómo que su rubia? Se quedó en silencio, tragando saliva mientras giraba sus ojos para clavarlos en el halo de luz que se asomaba por la ventana, incidiendo sobre su cama. Podía percibir el calor que esto le transmitía, eso, y por supuesto, el pensar en el cuerpo de la inspectora. Se ruborizó un poco, mordiéndose el labio. Una sensación conocida se apoderó de su cuerpo, y rápidamente, se levantó para coger la botella de agua fría que había comprado para refrescarse.

Pero eso no le ayudaba en nada. Rachel aún seguía pensando en cómo sería sumergirse en el aroma de esa mujer. El calor la inundaba por momentos, sofocándolo con una risa nerviosa. Se cuestionaba a sí misma que era lo que le estaba sucediendo, pero lo único que conseguía era pensar que todo venía por lo que hizo la noche anterior. Se reprendía a sí misma por ello, pero estaba claro que no pudo evitarlo.

"Rachel podía sentir la suave respiración de Quinn. Inspirar. Expirar. Poco a poco. Un movimiento suave y delicado que hacía que la joven morena se estremeciese. Casi podía sentir la respiración suave de la mujer, que no parecía percatarse de que la chica estuviese despierta. Si así hubiera sucedido, lo hubiese achacado al miedo irracional que le entraba por lo ocurrido con el asesino de Tina. Y sin embargo, no era capaz de conciliar el sueño por el sencillo hecho de que la rubia se encontraba a tan solo unos centímetros de ella. Casi podía percibir su piel sobre la suya. Una sonrisa se asomó en su rostro ante ese pensamiento, dejando escapar un suspiro.

Finalmente, se decidió a colocarse de lado. Quinn parecía no percatarse nada, y eso, en el fondo, la tranquilizaba. Podía percibir el ligero movimiento del pecho de la muchacha. Arriba, y abajo. Suavemente. Sin prisas. Una respiración calmada y un gesto suavizado, posiblemente porque estaba teniendo un bonito sueño. Un sueño que le hacía incluso sonreír de vez en cuando. Y en ese instante, Berry se percató de la extrema belleza de la rubia. Era capaz incluso de jurar que era la mujer más hermosa que jamás hubiese conocido.

Deslizó sus dedos, sin tan siquiera poder impedirlo, sobre sus brazos. Un ligero movimiento que podía pasar desapercibido para cualquiera. Las yemas de sus dedos correteando por la piel blanquecina de la rubia, quien parecía ajena a todo eso. A los sentimientos que existían en el corazón de la morena. Algo le decía que eso estaba mal. Algo le indicaba que no podía enamorarse de Quinn después de todo lo que había sucedido, pero su corazón no quería escuchar a lo que su razón siempre le señalaba. No es que fuese malo querer a una chica. Lo malo era que esa chica le había hecho la vida imposible, había tenido una hija y ahora estaba con otra persona. Con una pelirroja condenadamente sexy y…

Se maldijo por dentro cuando pensó en eso. ¿Por qué siempre se tenía que fijar en esa persona que cualquiera catalogaría como prohibida? Eso estaba mal. Eso era un error. Pero le gustaba. Le gustaba sentirse así de bien. Le gustaba poder deslizar sus dedos por ese brazo y que nada malo sucediese. Le gustaba poder disfrutar de ese momento en el que era ella. De verdad. Sin mentiras. Sin vacilaciones. Solamente ella. Sonrió un poco al percatarse de lo fácil que era acariciarla así. Era tan fácil acariciarla que… Ladeó la cabeza, intentando quitarse ese pensamiento de la cabeza, pero no era capaz. No si ella estaba tan cerca. No si Fabray la tentaba de esa manera.

Suspiró, girándose, para meterse bajo la colcha de la cama. Cerró los párpados con fuerza, pidiendo a Morfeo que se compadeciese de ella igual que lo había hecho con su amiga. Pero el deseo, la locura, su corazón, no le dejaban. No si podía volver a girarse y contemplar la belleza de esa mujer. Sintió un suave movimiento de la chica, pero tan rápido que eso sucedió, todo volvió a la normalidad. Una sonrisa se asomó en su rostro, girándose y destapándose un poco para poder ver como la muchacha seguía durmiendo. Sonrió de lado, sonrojada, y colocándose mejor para acercarse a ella.

No pudo evitarlo. Deslizó sus dedos por los labios de la chica, que permanecían unidos. Tragó saliva, quedándose quieta por completo para acabar agachándose y posar sus labios sobre los otros. Un beso sin más. Un beso con sentimientos a flor de piel. Un beso inerte ante la falta de colaboración por parte de la otra muchacha. Un beso que quería sellar una verdad nueva para Rachel. Un beso que demostraba la tentación, el sentimiento, la emoción de un nuevo amor. La morena se separó entonces con una sonrisa en su rostro, clavando sus ojos negros sobre las pupilas cerradas de la inspectora.

Dios mío…―Susurró con una sonrisa la chica, acariciando el rostro que había tomado entre sus manos para poder volver a besarla suavemente. Agradecía a Yahvé que Quinn no se despertase―. Te quiero, Lucy Quinn Fabray…Te quiero."

Emma se quedó mirando a la que era su novia a los ojos. ¿Acababa de escuchar lo que no quería haber oído en su vida? Podía haber soportado que se marchase con cualquiera, o que amase a otra persona, pero no justamente a ella. No a Rachel Berry. No a esa diva que había llegado y que en tan poco tiempo había convertido su vida en un infierno. No por esa mujer a la que odiaba con todas sus fuerzas.

Quinn se estremeció, echándose hacia atrás. La mirada de Emma irradiaba odio, puro odio. La pelirroja se quedó en su sitio igualmente, aunque al final dio un paso hacia adelante con gesto amenazador. En cualquier momento sabía que la chica hablaría y sabía que no acabaría en nada bueno. ¿Cómo se le ocurría soltarle eso? Al menos podía haber sido más delicada. Pero era demasiado tarde. La pelirroja la miraba como si no se terminase de creer lo que estaba sucediendo.

― ¿Qué es lo que has dicho, Quinn?

Su voz era fuerte, distante, fría, pero con una fiereza que solo causó el miedo en la rubia, la que no supo qué decir. ¿Cómo sobrellevar un momento como aquel? Esa persona que estaba en frente suyo parecía querer matarla en tan solo segundos, y no solo era eso, sino el hecho de que había metido a Rachel de por medio. Tragó saliva, con temor, chocando contra la puerta de la habitación. Toda la situación había cambiado en segundos. Ya no quedaba esa escena en la que ella rodeaba el cuerpo de la chica. Solamente quedaba una mirada. Una mirada que parecía querer decirlo todo y a la vez, nada.

―Que estoy enamorada de Rachel―volvió a decir con suavidad. La otra se quedó mirándola de nuevo como si aquellas palabras no hubiesen sido pronunciadas.

― ¿Y eso en que nos deja? Mejor dicho… ¿Eso en que situación me deja a mí? ¿A tu novia? ―Remarcó las últimas palabras con rabia. Quinn se estremeció―. ¡Contéstame de una maldita vez, Quinn!

―Yo…Lo siento, de verdad. Yo no quería que sucediese todo esto.

―La has amado desde siempre, ¿verdad?

―Emma…

―Sé valiente. Atrévete a ser sincera de una maldita vez―escupió con severidad, señalándole con el dedo. La otra asintió―. ¿Y por qué has salido conmigo? ¿Por qué me has mentido? ¡¿Por qué?!

―Creía que te quería, y te quiero. No de la manera que tú quisieras pero…

― ¡¿Me estás jodiendo, Quinn?! ¡No me vengas con eso de que me quieres, porque no es verdad! ¿Tanto me querías cuando me decías que me amabas? ¿De verdad? ―Su tono era sarcástico y por primera vez, las palabras de Anastasia se arremolinaban en su mente. Tenía que haber tenido cuidado con ella.

―Lo siento, de verdad. Pero no tengo la culpa de estar enamorada de otra persona. No te he engañado ni nada…

― ¡Me has engañado! ¡Me has mentido! ¡Me has hecho creer que me querías! ¡Y no era así!

Y sucedió. El llanto se apoderó de la chica, girándose y tirando las cosas de alrededor, rompiéndolas. La rubia se quedó al fondo, tragando saliva, y ante todo, asustada. Nunca había visto perder el control así a Emma. En realidad, nunca la había visto tan dolida. Tan destrozada. Y todo por su culpa. La pelirroja se giró, quedándose en frente de la otra.

―Apártate―musitó suavemente, pero con fuerza. Su rostro se ensombreció al mirar a la chica―. Apártate.

―Solucionemos esto como personas civilizadas―pidió Quinn con necesidad. Quería a esa mujer. No podía dejar que su relación se rompiese de esa manera.

―Te lo pido, Quinn. Por favor―había algo en el tono de la chica que le invitaba a hacerla caso, pero no podía moverse―. Hazlo antes de que no sea consciente de mis acciones…Hazlo antes de que…

Se quedó en silencio, apoyándose un momento sobre la pared. Colocó su mano sobre la frente, esperando a que el dolor se le pasase. Pero este se intensificaba por momentos, y algo le indicaba que tenía que parar. Que tenía que irse de allí. Pero no pudo ser.

Quinn se quedó esperando, encontrándose con los ojos de la chica. Se habían oscurecido, y el rostro de lamento de la mujer dejó paso a un gesto serio y macabro que a la rubia le asustó.

― ¿Emma?

La pelirroja se acercó a ella con paso lento, sin tan siquiera apartar su mirada de la de la rubia. Parecía ausente a sus palabras. A sus sollozos. A su lamento. Algo estaba mal. Sabía que a su novia últimamente le habían dado jaquecas y que, incluso, no se acordaba de muchas cosas a lo largo del día. Pero nunca había visto eso. Nunca había presenciado la fiereza de la chica. Nunca. Tragó saliva, con la extraña sensación de que nada iba a ir bien. Nada.

La muchacha se acercó todavía más, quedando a un palmo de la rubia. Sonrió encantadoramente, haciendo que Quinn sonriese algo relajada. Ladeó la cabeza, mirándola un poco de costado.

―Emma…Me estás…Me estás asustando―tartamudeó Quinn. La muchacha permanecía inmune ante sus palabras―. Emma…Lo siento, de verdad. Sabes que te quiero más que a nada y que me importas mucho. Por favor…Perdóname…―Pero no recibió respuesta de la mujer―. ¿Emma? ¿Estás ahí?

Y de repente, y sin previo aviso, las manos de la chica rodearon el cuello de Quinn. Apretó al principio con suavidad, y después, con algo más de fuerza, provocando un suave gemido de la rubia, la que colocó sus manos sobre las de la otra para liberarse, pero no era capaz.

―Emma…Me estás haciendo daño―susurró, pero la otra no le hacía caso― ¿Emma? ¡Emma!

―Me pega que…No―Bramó la aludida, sonriendo para acabar apretando con más fuerza―. Me pega que yo no soy Emma.

Y la fiereza que utilizó fue tal que Quinn empezó a toser, intentando liberarse del agarre de la otra mujer. Y por primera vez, la miró a los ojos. Y lo supo. Y lo comprendió todo. Esa de ahí no era Emma. No era ella.

Nota de la autora: ¿Queréis matar a Emma? Pues no lo hagáis, porque ella no tiene la culpa. Ya os he dicho que yo meto de todo en mis historias. Así que aquí está el problema psicológico. En el próximo capítulo lo aclararé mejor, pero Emma lo que padece es un problema disociativo de la personalidad. O lo que es más conocido como doble personalidad. Hay dos personas en su mente. La que conocemos es a Emma, y la otra es… ¿Quién será? Lamento tardar tanto, pero ando con exámenes y hasta el jueves voy a estar ocupada. Pido paciencia, por favor (A) pero intento siempre meteros algo de salsa en el asunto xD. Un beso y gracias por ser pacientes ^^

Monica13: Me alegro de que te gusten las chicas juntas. Espero que pronto estén juntas…Y bueno, ya puedes ver que la conversación de Quinn tuvo un…Un gran descubrimiento para todas. ;) Un beso y muchas gracias por ser paciente. En serio. Es algo que se agradece :)