¿Estás bien, Ana?

La dulce voz de la mujer se apoderó de todos los sentidos de la castaña, que levantó la mirada del suelo. Alfonso se encontraba a su lado, clavando sus ojos negros sobre los de su hermana. Hubo un momento de silencio, donde ambos parecían hablar. A veces, Teresa tenía la sensación de que su hermano la temía. Como si llegase a sentir algo de desprecio hacia ella para, al final, apartar su mirada y clavarla sobre su mujer. Algo que parecía estar rompiéndole. Una verdad que tal vez no sabía, pero que despertaba todas las alarmas de la morena.

Teresa…―susurró la chica, levantándose para abrazarse al cuerpo de su mejor amiga.

La aludida llevaba el vestido de su boda y su marido esperaba a su lado. Sus ojos azules centelleaban un poco ante lo que estaba sucediendo. Sabía que Anda debía de estar sufriendo mucho la pérdida de su familia, y más de esa manera tan terrible. Pero todo iría a mejor. Había algo en su interior que le hacía pensar que esa mujer acabaría siendo feliz. Junto a su esposo. Junto a la que era su familia. Y sin embargo, no pudo evitar sobrecogerse cuando las lágrimas se apoderaron de la mujer, aunque lo que más le asustó fue el profundo sollozo que apareció en tan pocos segundos. Y Teresa no pudo evitar estrecharla entre sus brazos.

Todo está bien, Ana…Todo va a estar bien―musitó ella sin poder evitar acariciar el cabello de su amiga con cuidado.

¿Te estás escuchando, Teresa? ―La voz del moreno interrumpió esa escena emotiva entre las dos mujeres.

Cuando la aludida se separó, se encontró con los endurecidos rasgos de Alfonso, el que observaba la escena con algo de molesta. Se acercó, atrayendo a Ana a su lado para abrazarla con poca suavidad. El corazón de Teresa dio un vuelco ante ese gesto por parte del moreno, que se ablandó cuando sintió las lágrimas de su prometida manchando su precioso traje. Besó su cabello con cuidado, aspirando fuertemente y estrechándola con más fuerza para evitar que se marchase de su lado.

Héctor se acercó. Sus ojos azules brillaban con interés, posando su mano en el hombro de la que ya era su esposa. La mujer se giró, encontrándose con el gesto afable del hombre, que no dudó en colocarse mejor su cabello despeinado. Sin lugar a dudas, Héctor no era el más guapo de todos los chicos, pero era encantador, y eso, le hacía guapo y atractivo para todas las mujeres. Incluso se lo pareció a Ana. Con tan solo pensarlo, se estremeció. Sobre todo al pensar que ellos habían llegado a una intimidad que le sobrecogía. Y más si pensaba como debía de ser Ana en la cama. Ladeó la cabeza, molesta consigo misma por pensar esas cosas tan fuera de lugar, y encima, que eran pecados. Aunque nunca podía quitarse de la cabeza lo que debía de ser acariciar la fina piel de sus piernas.

No sé a qué viene eso, Alfonso―contestó en su lugar Perea, tomando la mano de su esposa, entrelazando sus dedos―. Todo va a mejorar.

No puedes decir eso cuando los padres de Ana han muerto―bramó él con rabia, haciendo que la aludida se estremeciese. Teresa no pudo evitar lamentarse por ella―. ¿Qué va a mejorar? Encima, por lo que parece, ha sido un suicidio.

Teresa abrió la boca, perpleja. Un suicidio. No había sido un accidente como ella esperaba. Todo había sido fruto de una decisión que ellos tomaron. Y el dolor parecía que volvía a aparecer en el rostro de la Rivas, que sumergió su rostro en el cuello del moreno. No quería pensar. No quería sentir. Solamente necesitaba que Alfonso le apoyase en esos momentos. Que la besase. Que la hiciese el amor hasta altas horas de la madrugada. Necesitaba eso para olvidar por un momento la muerte de sus padres, la boda de Teresa. La pérdida de Teresa. La rabia inundó así todo el cuerpo.

Llévame a casa, Alfonso―exigió con tono autoritario, separándose y tomando sus pertenencias.

¿Cómo que a casa? ―Interrumpió Teresa, algo incrédula por el comportamiento de su amiga―. Ana, ¡nos necesitas! ¡A mi hermano, a Héctor y a mí! Somos tu familia, Ana, y…

Lo que ahora necesito es que mi futuro marido me lleve a casa y me cuide en la tranquilidad de mi hogar. Eso es lo que necesito, Teresa, y no estar en medio de la comisaría dando un espectáculo―contestó con firmeza.

La morena se estremeció, consternada por las duras palabras que Ana le había dedicado. Nunca le había tratado así. Nunca. Aunque también era cierto que la mujer estaba muy nerviosa, y lo que necesitaba era reponer fuerzas. Descansar. Y estar con el que era su novio, por mucho que a ella le doliese.

Lo siento, Teresa―se disculpó la Rivas al instante, percatándose de su error―. No quería hablarte así. Es que estoy cansada, dolida…Y necesito estar un poco más calmada para hablar―susurró, tomando la mano de la que sería su cuñada―. Y no quiero que eches al garete tu luna de miel por mí, ¿vale? Alfonso cuidará de mí perfectamente.

Pues claro―interrumpió él, besando la mejilla de su novia―. Cuidaré bien de ella, Teresa. Ahora ve con Héctor. Todos deben estar preocupados. Tu boda no puede cancelarse. Disfrutad. De todo.

Héctor sonrió un poco, aunque le salió más una mueca que un gesto sincero. Agradecía el detalle de la pareja, pero él sabía perfectamente que Teresa no querría estar disfrutando de su boda si sabía que su mejor amiga se encontraba en ese estado. Y tampoco él lo estaría.

Creo que iremos a avisar de que queda suspendido todo. La boda en sí ya se ha celebrado, chicos…Y yo tengo muy claro que no vamos a dejaros solos en un momento como este. Y creo que mi perfecta esposa está de acuerdo conmigo en ese aspecto―dijo el rubio con una sonrisa―. Somos una familia, y la familia, debe de estar unida.


La sonrisa que se dibujaba en el rostro de Anastasia era tan extensa que Quinn no podía evitar sonreír un poco. Nunca había visto a su amiga en un estado tan… ¿Cómo expresarlo? Parecía estar volando en una nube. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que había pasado media hora desde que la rubia quería hablar con ella. Y no fue hasta que tocó una foto que tenía en el despacho de cuando era pequeña, cuando la otra reaccionó, deteniéndola con la mano, haciendo que Quinn botase y se echase hacia atrás del puro susto.

― ¡Joder! ¡Anastasia!

―Ni se te ocurra, Fabray―murmuró ella con la mirada fija entonces en ella―. Como toques esa foto, no respondo de mis…

Pero antes de que pudiese proseguir, la rubia cogió el marco con felicidad mientras que se levantaba, seguida de una Anastasia sorprendida al ver que su amenaza no había servido de nada. Y lo que intentó hacer solo consiguió que la rubia corriese por toda la sala con el marco entre las manos, soltando una tremenda carcajada al ver quienes aparecían en ella.

― ¡Qué bonito! ―Exclamó mientras le era arrebatada de las manos la fotografía de una Anastasia y una Marta de diez años con trajes de brujas―. Supongo que la que va de negro eres tú.

―Eres una estúpida―bufó con malestar, sentándose de nuevo con la imagen en sus manos, sonriendo bobamente al pensar en Marta y en su maldita sonrisa.

"Sentía su lengua deslizarse lentamente dentro de su boca. Era algo que le resultaba demasiado familiar, pero eso no hacía que le gustase menos. Había añorado cada tramo de esa piel que creía que se iba a morir de puro placer. Las yemas de los dedos jugueteaban con su piel, dejando escapar un gemido de sus labios cuando sintió como las manos se deslizaban poco a poco por su rostro.

No pudo evitarlo. Posó sus manos en las caderas de la chica, sintiendo como, en un ligero movimiento, sus caderas se encontraban a la perfección, encajando como lo hicieron en su momento. Un suspiro se abandonó del cuerpo de la morena, y cuando quiso darse cuenta, los labios de la muchacha no seguían sobre los suyos. La observaba con un deseo que era capaz de reconocer a simple vista.

Lo siento…―y antes de que se pudiese escapar, Anastasia se apoderó de nuevo de sus labios, haciendo que Marta se sujetase bien a sus brazos―. ¿Qué dirías si te digo que me están temblando las piernas?

Me sentiría genial, más que nada porque me sentiría comprendida… ¿Sabes qué es tener entre mis brazos al amor de mi vida? Si no me he desmayado es porque no puedo dejarte caer.

Eres una tonta―bramó con suavidad, riendo―. Que sepas que, pese a esto, tienes que ganarte mi amor.

¡Ah! ¿No me quieres?

Claro, pero eso no quiere decir nada.

Quiere decir mucho. Significa que si esta noche te pido una cita, quizás me digas que sí…

Una… ¿Cita? ¿En público? ―Anastasia carraspeó.

Si quieres…Prefería ir…Ya sabes, poco a poco.

Marta la miró con cierta comprensión, aunque el dolor de los recuerdos se volvió a apoderar de ella. Se apartó con suavidad, apartando su mirada al percatarse de que la había besado en medio de la calle. Sabía el miedo terrible de la muchacha a que la gente lo supiese, y aunque podía llegar a comprenderlo, eso no hacía que le doliese menos pensar que la mujer, pese a todo el tiempo, necesitaba comprenderlo todavía. Aunque lo haría. Poco a poco. Pero así sería. Sonrió un poco, atrayendo su mano hacia su pecho.

Si tú es lo que necesitas, a mí no me importa―besó su mano con suavidad, haciendo que la castaña se estremeciese―. Me voy ya. Te estoy entreteniendo.

Marta…

Dime.

Si quieres…Puedo llevarte a un restaurante que conozco. Es muy íntimo, y quizás no es un sitio muy público pero…Se come allí bien y…

Me parece bien. Entonces me voy. ¿A las ocho pasas a recogerme?

Por supuesto, bella damisela…Por cierto…

¿Qué? ―Exigió ella, divertida.

¿Te he dicho hoy que te quiero, ojos de cielo?

Marta sonrió un poco, volviendo a besar sus labios castamente para acabar alejándose, sin poder ocultar una enorme sonrisa en su rostro. Tiró del brazo de su hermana, la que se despidió de un saludo con la mano y una extensa sonrisa a Anastasia, la que no pudo evitar soltar una tremenda carcajada en medio de la calle. Y pese a que había gente que murmuraba y pasaba a su lado, por una vez en su vida, no le importó".

― ¿Qué ha sucedido? Voy a acabar enterándome, así que…

―Hoy nos hemos besado Marta y yo. Ha sido todo muy especial y…Esta noche tengo una cita con ella.

―Esta noche tenemos que ir a la casa de Mike para interrogarlo. Es en el único momento en el que tenemos tiempo.

― ¿No puedes ir tú sola? ¡No me jodas, Quinn! ¿Sabes cuantas oportunidades debo de tener para haber conseguido al final esa cita? Creo que ha sido todo de pura suerte.

― ¿A qué hora es la cita?

―A las ocho…

―Pues vamos antes, y ya. Además, así aprovecho y quedo con Rachel. Quería ir a las ferias.

― ¿A las ferias? Buen sitio para llevar a una chica―musitó con una sonrisa pícara, haciendo que la aludida soltase una carcajada.

―Y ahora me vas a contar… ¿Cómo conociste a Marta?

―Creo que te va a hacer gracia…Nos conocemos desde que tenemos tres años.

― ¿Tres años?

―Un día, mi madre me llevó al parque. Te admito que en esa época era la típica niña que lanzaba cosas a los niños y tiraba del pelo a las niñas.

― ¿Eras una matona? ―Inquirió sorprendida. Ella lo fue también, pero no se imaginaba a Anastasia de ese modo ni de pequeña.

―Sí…Ya sabes. Era pequeña. Acababa de nacer mi hermano. Estaba celosa. Y mi madre me decía que pegaba patadas así, tal cual―Quinn soltó una carcajada―, y un día, me encontré con una niña sentada en el parque. No recuerdo mucho de esos años, pero ese instante sí. Puedo recordar sus ojos azules clavándose sobre los míos―aclaró con una sonrisa, correspondiendo al gesto de su mejor amiga―. Y por una extraña razón, comprendí que no le pegaría nunca. No cuando sus ojos azules se clavaron en los míos.

Quinn sonrió ante las palabras de su amiga. Sabía que el amor era caprichoso. Y por primera vez, comprendió que las dos se parecían. Demasiado.

―Y sin querer―llegó a escuchar decir―, le acabé haciendo mucho daño…

― ¿Se puede? ―Una suave voz interrumpió la conversación.

Ambas se sorprendieron al encontrarse con la tímida mirada de Emma, la que se dejó ver mucho mejor. Parecía encontrarse en un estado de humor mejor que el de los días anteriores. Se veía, en cierto aspecto, incluso contenta. Pero Quinn no se esperaba que la chica fuese a aparecer por allí. Llevaba unas cosas que le hizo darse cuenta a la rubia que las había olvidado en casa. Sonrió un poco, levantándose para encontrarse cara a cara con la pelirroja.

―Claro que se puede. Veo que me has traído unas cosas…Muchas gracias―susurró, tirando de ella para salir del despacho y hablar tranquilamente, sin que Anastasia se metiese en la conversación―. Me ha sorprendido.

―Frannie se encontraba mal, así que decidí venir yo. Eso es todo―argumentó la pelirroja con una sonrisa forzada.

― ¿Hasta cuándo vamos a estar en esta situación?

―Hasta que vea que no soy peligrosa para ti. No puedo arriesgarme a que la próxima vez, te mate de verdad. En ese caso, me moriría, Quinn.

―No fue tan grave…

―Por favor, si te tienes que ocultar el cuello con una bufanda… ¿Crees que eso es normal? Eres policía, y deberías comprender que eso está mal.

―Y también entiendo que tú no eres peligrosa. Tú, Emma, nunca me harías daño. No podrías. Te conozco―aseguró con una suave sonrisa.

―Lo único que sé es que es lo mejor. Necesito superar esto. Necesito entender lo que me está sucediendo. Quiero encontrar una solución. Y para eso, necesito mi espacio.

― ¿Y Frannie?

―A Daniela le cae bien por lo que me ha contado Frannie. No corre peligro. No creo que lo vuelva a correr nunca.

― ¿A qué te refieres? ―Emma abrió los labios, percatándose de repente de que la rubia no sabía nada de nada.

―No…A nada. Solamente que conmigo no le va a suceder nada. Es como mi hermana pequeña―aseguró la chica con una suave sonrisa en su rostro―. Es hora de que me marche.

― ¿Volveremos a estar juntas en las cosas buenas y en las malas?

―Quinn…

―Quiero que seamos amigas, Ems. Que nos apoyemos mutuamente, que…

―Quinn, yo te quiero. ¿Lo entiendes? Estaré mal. No sé qué es lo que me pasa, pero te quiero. Y eso es lo único que tengo seguro en mi vida, ¿lo comprendes? No es una mentira. No es un engaño. Ahora mismo es lo único que sé de mí misma. Te quiero. Te quiero siendo Emma, y creo que a Daniela eso le pesa. Le pesa porque supe sobreponerme. Porque te quiero tanto que me moriría si a ti te pasa alguien. Y estos días, he estado pensando. No puedo ser tu amiga.

―Emma…―susurró Quinn con los ojos acuosos.

―Me voy a ir. He buscado un apartamento. Frannie me está ayudando con las maletas. Es hora de irse, de recuperarme. De luchar por ser quien debo ser. Es lo que necesito. Y no puedo ser tu amiga―afirmó con tristeza―. No ahora. Necesito mi tiempo para pensar.

―Yo…

―Ey―susurró Emma, tomando entre sus manos el rostro de la rubia―. Lo siento. Siento como reaccioné. Siento haberte chillado todas aquellas palabras que el odio hacían que dijese. Lamento mucho el daño que te he causado.

―Soy yo la que te tendría que pedir perdón.

― ¿Tú? ―Inquirió ella con una suave carcajada―. No. Eres perfecta, Fabray. Tan perfecta que en ese momento te dije todo eso porque, pese a lo que ha pasado, te quería todavía más. Incluso si me rompías el corazón en mil pedazos.

― ¿Y esto que significa? ¿No nos volveremos a ver? ¿No volveré a saber de ti? ¿Qué?

―Esto no es un para siempre, Quinn. No lo va a ser. Quiero formar parte de tu vida, aunque sea como amiga; pero necesito tiempo―la rubia asintió―. No lo olvides…Te amo.

Quinn se sorprendió ante esas palabras. Nunca se las había escuchado pronunciar. Ni siquiera haciendo el amor. Para Emma, decirlas era algo muy importante, y que sucediese en ese momento solo significaba que era verdad. Que Emma volvería. Que estaría con ella. Con el paso del tiempo. Y se abrazaron, soltando Fabray un gemido de dolor, ocultando su rostro en el rostro de la pelirroja. Ésta cerró los párpados, aspirando por última vez el aroma de la que era el amor de su vida. Era la hora de marcharse. Era la hora de dejar vivir a Quinn. Era la hora, simplemente, de apartarse para que ella fuese feliz. Para que lo fuesen las dos.

―Y no olvides esto tampoco…―susurró Emma en el oído de Fabray―. No es un "adiós", sino un
"hasta pronto".

Rachel sonrió un poco mientras que los labios de Jesse se torneaban en una sonrisa. Se encontraban en una cafetería de la zona, tomando un café y charlando un poco sobre sus vidas. Jesse había viajado mucho, conociendo algo de mundo. La gira le iba bien, y creía que dentro de poco sacaría un disco. Sabía que él acabaría consiguiendo todo lo que se propusiese. No había encontrado a la mujer de su vida, pero eso no quitaba el hecho de que él era feliz. Y no se arrepentía de nada.

La morena le contó sobre sus sentimientos hacia la rubia, sorprendiendo a su ex novio, que se quedó sin palabras. No se esperaba que la morena estuviese en ese momento enamorada de una mujer, y menos de la que le hizo tanto daño en el instituto. Era muy guapa, debía admitirlo, pero eso no quería decir nada. Y sin embargo, una sonrisa se conformó en su rostro cuando comprendió que debía de estar costándole mucho a Rachel confesarle todos sus sentimientos. Se sintió afortunado en cierta manera, acariciando la mano de la muchacha con suavidad. Quería que fuese feliz. Era su mejor amiga, y eso quería decir mucho para alguien como Jesse.

Ambos salieron de la cafetería con paso firme. Se detuvo en un puesto de flores, comprando una flor que le entregó a la morena. Rachel le miró sin entender, aunque el joven le propuso que se la podría entregar a Quinn. Al fin y al cabo, ante las situaciones que la mujer le describía, estaba más que claro que entre ambas existía algo más que una simple y sencilla amistad que se conservaba con el paso de los años. Y esa afirmación solo aumentaba la seguridad de la morena.

Una sonrisa se apoderó de ella, deteniéndose en frente de la puerta mientras que Jesse se detenía en la esquina, apoyando su espalda mientras sacaba un cigarrillo de una cajetilla de tabaco. Rachel frunció el ceño, haciendo que el chico se encogiese de hombros.

― ¿Qué?

―Sabes que no me gusta que fumes―musitó ella con seriedad, causando una sonrisa divertida en el chico, que dejó escapar un suave humo de sus labios.

―Por eso estoy fumando ahora. Anda, ahora ve a conquistar a tu chica. Recuerda, Berry. Ella es tu objetivo. Demuestra que eres una estrella.

La aludida asintió enérgicamente, sintiendo como la adrenalina de apoderaba de ella. Iba a pedirle a Quinn que si podían quedar por la noche. Y así podría disfrutar de su compañía. Y quizás, si se atrevía, le robaría un beso para dejar clara la situación entre ellas. Sí. Eso es lo que haría. Lo haría porque la rubia se lo merecía.

A la gente le gusta malinterpretar las situaciones. Lo primero que piensan es, justamente, lo que no está sucediendo en ese mismo momento. Y fue exactamente lo que le sucedió a Rachel Berry. Se detuvo en seco cuando, al abrir la puerta, se encontró con una imagen que no esperaba para nada. Quinn Fabray estaba abrazada a Emma. La abrazaba con fuerza, hundiendo su rostro en el cuello de la mujer. Ésta correspondía a la muestra de afecto, dejando escapar un suspiro mientras acariciaba el cabello de la rubia. Ninguna se había percatado de la presencia de Rachel. El gesto podía ser inofensivo, e incluso amistoso, pero lo único que sentía Rachel era un dolor que no llegaba a catalogar exactamente. Podía sentir como algo se rompía dentro de ella. ¿Quizás su corazón?

No lo sabía, pero cuando quiso, ya se escapaba de allí. Si hubiese esperado más, quizás hubiese sido testigo de la despedida, del sacrificio, del amor de Emma. Y por supuesto, del dolor de Quinn por hacerle daño a una mujer como aquella. Pero ya no quedaba nada. Nada de nada. Solamente una morena que era perseguida por las calles con un Jesse pisándole los talones preocupado. Pero no pasaba nada. Salvo una pequeña lágrimas deslizándose por el rostro de ella. Una lágrima de ojos de cielo.

Nota de la autora: ¿Qué les ha parecido? Creo que hace falta un poco de drama, que me estoy viendo una sosa sin movidas Faberry xDDDD Así que aquí tenéis. En el siguiente capítulos vais a tener una sorpresa, creo xD No sé, o al menos, espero sorprender con eso. Y sino, al menos, tendrán una escena que espero que les guste :P Ahora voy a seguir estudiando T.T Puff. Agradezco mucho la paciencia, de verdad.

Monica13: Puff...Pues voy a ir empezando con Faberry, para que ya no se me quejen xD Sigo y sigo, y Anastasia y Marta también van a tener sus escenas. Espero poder llegar a escribir lo que queréis. E intentaré actualizar pronto ^^ Un beso.