Marta miró hacia los lados. Habían pasado quince minutos desde que se había marchado el chico y Anastasia aún no había salido de debajo de la mesa. ¿La razón? El muchacho permanecía por la zona charlando con unos compañeros suyos. Suspiró, sin saber muy bien cómo tomarse ese comportamiento de la muchacha. Se relajó, acomodándose mientras sentía como una de las manos de la castaña jugueteaba con su parte de piel de su pie. Si al principio le estaba poniendo muy nerviosa, la inocencia había conseguido que se calmase y le permitiese todo eso a la castaña, aunque tenía ganas de poder disfrutar de una verdadera cena.
Y en el fondo, para ella, el amor a veces consistía en eso. En demostrar un poco de paciencia, saber esperar, y poner a veces límites. La morena tenía una idea del amor más racional de lo normal, y es que, para ella, así tenía que ser el amor. Y no solo un cuento de hadas con el príncipe encantado y la princesa secuestrada. Era más que esa tontería. Y si en su adolescencia creía que el amor era lo más bonito del mundo, los años le habían hecho percatarse de lo contrario.
Para Marta, el amor era un sencillo triángulo. Era un amor con sentimientos, con compromiso y con atracción. Esa era la definición del amor perfecto, adecuado, y ella compartía esa idea. ¿Qué era el amor sin algo de deseo? ¿Y sin un compromiso que te aseguraba una estabilidad que buscabas en ese sentimiento? Porque a ella le gustaba pensar que, si se querían, no había porque tener duda alguna de lo que sucedería después. Ni tan siquiera detenerse una a pensarlo. Simplemente vivirlo. Saborearlo. Era algo que le hacía permanecer bien consigo misma, incluso. El amor, además, no era todo bonito y hermoso. Ni en esos momentos donde eres correspondido. Era una época de sensibilidad, de delicadeza, en la que cualquier cosa salida de tono podía tener un final desgarrador.
Para Marta, el amor siempre había sido dolor. Y quizás era cierto que no era así, pero era lo que había aprendido a lo largo de la experiencia. Y pese a ello, quería luchar por esa felicidad que tanto parecía existir. Quería perderse en el calor de la castaña. Quería volver a llorar por las noches, como lo haría cuando tenía diecisiete años. Quería volver a llorar por algo, y no por su ausencia. Quería sentir el dolor del amor. Quería para comprender que seguía viva en ese cuerpo que parecía inerte. Quería ser una humana. Porque Anastasia fue el símbolo de un amor imposible, de un amor doloroso…Y Marta creía que lo más humano era luchar por lo que se creía imposible.
― ¿Piensas salir ya de debajo de la mesa?
La castaña levantó la vista. La otra echó la silla para atrás, arrodillándose al suelo. Debajo de la mesa, Anastasia se encontró con sus ojos azules. Con una paz que no esperaba encontrar en el rostro de la muchacha. Esperaba un cierto enfado, y si lo estaba, no lo aparentaba. Se sentó, haciendo que Anastasia carraspease.
―Sabes que deben de estar mirando para acá, ¿no?
―Me importa bien poco―bramó entonces con frialdad, provocando un escalofrío por todo su cuerpo―. ¿Piensas salir?
―Me da vergüenza…
―Han pasado diez años.
―Marta… Que no fue que le dejé en la intimidad… ¡Que le dejé en medio de la Iglesia gritando que estaba enamorada de una mujer! Como comprenderás, me muero si me ve. Dios…Ya bastante tuve con mis padres por aquel entonces.
―No se lo tomaron bien, supongo…
―No me hablan, Marta―la muchacha la miró, sin entender―. Mis padres ya sabían desde hacía mucho tiempo que algo me pasaba contigo. Y justamente por esa razón, ellos eran los más interesados en que me casase―suspiró un poco, mirando hacia los lados―. Cuando salí corriendo, no tardaron en encontrarme. Y fueron claros. O me casaba y decía que todo había sido una broma para darle más emoción al asunto, o que me olvidase de ellos…
― ¿Sabes que lo que te pidieron tus padres fue absurdo?
―Lo sé. No entiendo como preferían mi felicidad a…
―Me refería a lo de la broma. No tiene ni pies ni cabeza―Anastasia la miró con una sonrisa, correspondiendo así al gesto de la morena.
―También…Creo que nadie sería tan estúpido para tragarse eso.
―Y… ¿No te casaste?
―Ya te dije que no. ¿Cómo me iba a casar?
―No sé…Estabas tan convencida.
―Cuando te fuiste, y yo estaba allí, ni siquiera estaba escuchando al cura. Estaba pensando en mi futuro, ¿sabes? Y por mucho que lo intentase, no me imaginaba teniendo hijos con Roberto. No me imaginaba esa vida que me aseguraba mi madre que tendría. No me imaginaba siendo la esposa perfecta, cuidando de los pequeños, sin trabajar, en una casa grande, ni nada por el estilo.
― ¿Qué te imaginabas? ―Quiso saber, sonriendo un poco ante la sinceridad de la otra.
―Me imaginaba viviendo en un pequeño apartamento. La escena era muy sencilla y…―se sonrojó.
― ¿Qué?
―Me da un poco de…
―Habla, por favor―pidió con tranquilidad.
―Estaba pintando en una de las habitaciones. Todo estaba revuelto. Muy revuelto. Te aseguro que no era la imagen de la perfección, pero sonreía como una tonta―Marta rio ante esa comparación―. Me imaginaba que la puerta se abría, y que aparecías tú con una pequeña niña entre los brazos, exactamente igual a ti. Y me besabas. Y yo era feliz. Y tú me mirabas con tus ojos de cielo, y sonreía más porque había encontrado mi cielo. Y estaba en él.
― ¿De verdad? ―La morena se quedó sorprendida, sintiendo como su corazón se aceleraba con fuerza.
―De verdad. Y entonces, lo hice―se encogió de hombros―. Salí corriendo de allí como el alma que lleva al diablo. Y me sentía bien. Muy bien. Maravillosamente bien.
― ¿Y eres tú la que tenías miedo a salir del armario? ―La aludida se sonrojó un poco, carraspeando―. Jacob no me lo contó, aunque no se lo pregunté.
―Pese a que nos detestamos, él no me echó de su lado. Dice que, por mucho que le pese, seguimos siendo familia. Y la familia está para apoyarse.
―Sabes que te quiere, y que tú a él, ¿no? Porque eso no lo hace la familia. Tus padres no lo hacen. Y son tu familia.
―Creo que la verdadera razón es que te adora. Y que le pareces perfecta.
―Al menos tengo el apoyo de alguien de la familia.
― ¿Lo necesitas?
―No, pero así tengo la certeza de que no vas a salir corriendo―se acercó un poco, clavando sus pupilas con tanta fuerza sobre las de Anastasia que la muchacha estaba a punto de quedarse sin respiración―. ¿O sí?
―Nunca saldría corriendo―aseguró. Si alguien le hubiese comentado que estaría en frente de la morena, le hubiese matado por intentar darle esperanzas. Pero allí estaba. A tan solo un paso. A un suspiro de ella.
―Jacob nunca me comentó nada…Aunque le pedí que nunca hablásemos de ese tema, así que…
― ¿Cómo es que te llevabas con mi hermano?
―Siempre nos hemos llevado muy bien.
―Lo sé, pero…―dejó escapar un suspiro―. ¿Cómo yo no lo supe?
―Se lo pedí.
― ¿Por qué?
―Porque no quería volver a sufrir. Tomé mi decisión. La que creía más acertada. Lo hice por mí.
Anastasia se quedó en silencio. Y lo comprendió. Estaba tan enamorada de ella que sería capaz de entregar todo su mundo por ella. Una sonrisa se dibujó en su rostro, acercándose lentamente, poco a poco, hacia la muchacha. Quería besarla. Quería sentirla. Quería un todo que le podía llegar a desconcertarla.
Para Anastasia, el amor era la pureza. El amor podía ser un sencillo juego. Un juego con dos reglas. Una que era amar, amar y ser amado. Y la otra era herir. Destruir. Romper y ser roto en mil pedazos. El amor podía ser palabras plasmadas en papel. Podía ser todo. Absolutamente todo. Podían ser palabras que volaban al ras del suelo.
El amor podía ser la pasión, el ardor. El deseo de un todo y de un nada. Y podía ser una tarde tranquila bajo el atardecer de verano, pasear bajo las hojas marrones del otoño, correr por la nieve que caía en navidad y robar una flor del campo en plena primavera. Eso era el amor. El amor significaba tantas cosas que podían dejarle sin palabras.
―Fui una estúpida―logró decir, sonsacando una sonrisa burlona en Marta.
―Eres mi estúpida favorita. ¿Podemos salir de debajo de la mesa? En la oscuridad no puedo ver el brillo de tus ojos. No puedo―le sacó la lengua.
Fue a salir de allí, pero Anastasia la atrajo para depositar un suave beso en sus labios. Marta esbozó una sonrisa mientras se separaban ligeramente la una de la otra.
―Es curioso, ¿no? ―Anastasia la miró sin entender―. Es la primera vez que me besan debajo de una mesa de un restaurante.
Y la volvió a besar. Maldita García. Irresistible.
Quinn se colocó el cabello, mirándose detenidamente al espejo. Quería pensar que estaba guapa, pero se veía desastrosa. Sus ojos verdes se posaron en los del reflejo del espejo. Colocó su melena, que estaba recogida en un ligero moño, aunque un trozo de melena rebelde se resbalaba por su frente, quedando natural y guapa. Realmente guapa.
Había decidido entrar en el baño para colocarse el pijama y dejar un poco de tranquilidad a Rachel para que se vistiese. Además, así pensaba detenidamente en todo lo que había acontecido. Cuando llegó al piso con Rachel, se encontró con que Emma y Frannie se encontraban en ambos extremos del sofá, leyendo tranquilamente. Sin embargo, se percató del nerviosismo de las dos y de cómo evitaban sus respectivas miradas. Sabía que algo le ocultaban, y que seguramente tenía que ver con lo que le ocultaba su hermana pequeña. Sin embargo, ya tendría tiempo para interrogarla mañana. Ahora quería disfrutar de la morena. Solamente de ella.
Cuando salió del baño, se encontró con una Rachel que había decidido ponerse uno de sus camisones, mientras que la rubia había optado por una camisa corta y unos pantalones largos. No quería llevarlos cortos. No quería que la morena pensase que pretendía provocarla, por mucho que así lo desease. Sin embargo, Berry se quedó sin respiración al encontrarse con el rostro de la rubia, perfectamente descubierto. Y volvió a quedarse sin saber qué decir. ¡Estaba tan preciosa! Creía que todo eso era un sencillo sueño.
―Estás…Muy guapa―soltó sin poder evitarlo, sonsacando una suave sonrisa en la rubia.
―Gracias. Me alegra de que me piropees todo el rato―señaló, tumbándose en la cama mientras echaba hacia atrás el colchón.
La morena siguió sus pasos, metiéndose entre las sábanas mientras que Quinn se quedaba tumbada, con una extensa sonrisa sobre su rostro. No podía creerlo. Rachel Berry estaba a tan solo unos centímetros de ella, en su cama, solamente para ella. Era como un regalo caído del cielo.
―Es que sé cómo encandilar a una mujer.
― ¿Ah sí? ―Decidió coquetearle, colocándose de lado y quedando en una postura que a Berry se le asimiló muy sensual―. Ahora resulta que eres una conquistadora de mujeres…
―Te he conquistado a ti, ¿no?
―No tientes, Berry―amenazó, lanzándose sobre ella para abrazarse a su cuerpo.
Rachel se tensó, relajándose segundos después al sentir como la melena de Quinn rozaba su hombro. Se había imaginado estar así con la rubia, pero no terminaba de creerse que estuviese allí, con ella, disfrutando de esos momentos tan íntimos.
―Eres tan dulce…―escapó de los labios de la rubia con suma delicadeza―. Me resultas igual de reconfortante que una almohada.
― ¿Una almohada?
―Pues claro. Son blandas y son suaves. Casi te prefiero a ti que a ella.
―Así que me quieres por mi cuerpo…
―Claro. ¿Por qué sino? ―se burló ella, sonsacando una pequeña risa de Berry.
―Me gusta estar así contigo. No sabía que eras tan dulce.
― ¿Y qué pensabas que era sino?
―Una gata muy arisca―Quinn sonrió.
―Puedo ser una gran gata si lo prefieres…Soy un tanto felina.
El tono que utilizó fue tan suave que ni siquiera Rachel fue capaz de evitar un gemido suave, aterciopelado, proveniente de su garganta. Las insinuaciones de Fabray le resultaban tentadoras, y más si sus manos se encontraban sobre su cintura, atrayéndola ligeramente hacia sí. Sin lugar a dudas, Quinn era una de las mujeres más sensuales que jamás hubiese llegado a conocer.
―Ya…Ya lo veo―dejó escapar, sonriendo tontamente para depositar un suave beso en su cabello, aspirando de mientras su aroma. Le gustaba tanto que creía que se quedaría en cualquier momento sin respiración.
―Gracias por entender que por ahora prefiera que esto quede entre nosotras…Lo de Emma está muy reciente, y no quiero hacerle más daño del que le hice en su momento.
―Lo comprendo―respondió Rachel―. Yo también necesito organizarme un poco. Estoy empezando a tener una carrera importante y…Necesito pensar con claridad todo.
― ¿Dudas de esto? ―Quiso saber Quinn sin atreverse a mirar a la morena, aún con su rostro apoyando en su cuerpo, disfrutando de la calidez que el cuerpo de la chica le transmitía―. ¿Crees que te estás precipitando con esto, Rach?
―No, Quinn. Por supuesto que no―aseguró con calma, sonriendo un poco pese a que tendría que sentirse un poco molesta por las dudas de la rubia con respecto a ella―, pero necesito tiempo. No es fácil asumir que te gusta la mujer más guapa del mundo y que esta te corresponde.
―No es tan difícil si se es la mujer más guapa del universo, y no del mundo―replicó con ganas―. No sé cómo se lo tomará Emms…No quiero que lo pase mal. Aún pienso como lo dejamos y…
― ¿Qué sucedió? ¿Cómo es que decidiste dejarla? Me parece extraño, estabais tan bien juntas…
―Rachel, viéndonos ahora mismo, está claro porque lo dejé con ella―aclaró con cierta burla―, aunque ella influyó. Si no me hubiese encarado, quizás…―suspiró, mirando hacia otro lado―seguiría con ella.
― ¿Por qué?
―Porque no me vería con fuerzas de saber que tú no me corresponderías.
―Aunque hubiese seguido con ella, creo que mis sentimientos ya eran más obvios de lo que se esperaba.
―Quizás―se encogió de hombros―. Es una gran posibilidad. ¿Sabes qué?
― ¿Qué?
―Me siento sumamente bien…Bastante bien…
―Yo más bien pienso que estás muy bien―soltó con un tono poco inocente, sonsacando una sonora carcajada por parte de Fabray.
―Sé que soy sensual, atractiva, encantadora, pero…
Y no pudo proseguir. Sintió como Rachel besaba sus labios con una necesidad imperiosa. Creía que se iba a quedar sin respiración cuando la otra le avasallaba sus labios, y cuando percibió un pequeño mordisco en su labio superior, se estremeció. Y creía que se iba a quedar en ese momento paralizada, sin poder corresponder a esa suave caricia que la morena le proporcionaba. Pero no sucedía nada. En ese momento, lo único que le importaba era sentir esa fragancia alrededor suyo. Y cerró los párpados. Solamente disfrutó.
Frannie terminó de recoger los platos mientras observaba de soslayo a su compañera. Emma parecía ausente, quizás algo destrozada al ser consciente de que Quinn estaría con Rachel en su habitación. Sin embargo, ambas chicas eran conscientes de que la rubia tenía suficiente consideración como para no acostarse con Rachel en la misma casa en la que estuviese su ex novia. La menor de las Fabray se mordió el labio, terminando de secar el último plato a la vez que la pelirroja se deslizaba hacia el sofá.
No le apetecía acercarse por el pasillo y percatarse de las risas de Rachel y Quinn. Sabía que no lo soportaría. Que nunca lo soportaría.
El silencio las inundó por completo. Frannie decidió acercarse, titubeante y un poco nerviosa. Sabía que Emma llevaba toda la noche evitando su mirada en la cena, y que su hermana se había percatado de ese detalle, aunque ella lo achacaba todo a otro asunto, no al mero apuro que habían pasado ambas chicas antes de que ellas llegasen. Se sentó en frente suyo, pensando en cómo hablar con ella.
―No te molestes―se sorprendió, aunque rápidamente comprendió la relación a ese comentario directo y sin tapujos―. Habla con ella mañana si quieres.
Daniela sacó una cajetilla de cigarrillos escondida debajo de uno de los cojines del sillón bajo la atenta mirada de la menor, que no pudo evitar fruncir el ceño, provocando así una sonora carcajada por parte de la pelirroja.
―No sé qué te hace tanta gracia.
―Se ha quedado aturdida. Eso es todo…No deberías darle tanta importancia a algo que no lo tiene, Frannie―señaló ella, cruzándose de piernas. La rubia no pudo evitar seguir el ligero movimiento de esas torneadas piernas que la mujer poseía, sonsacando una sonrisa de satisfacción―. O quizás sí que tiene importancia…
―No sé qué ha pasado, la verdad. Estábamos tan normales cuando…
―Ya. Que la escena se volvió más sensual de lo habitual. Ya me sé ese repertorio demasiado bien…No te comas el coco. No eres lesbiana si eso es lo que te preguntas. Simplemente, te has excitado con una amiga.
―Lo dices como si fuese lo más normal…
―Somos guapas. No es tan raro que te pudiese atraer Emma―rio entre dientes, dejando entrever parte de su encanto―. Y aunque yo soy genial, no es de extrañar que te guste Emma. Es esa chica solitaria, misteriosa que enloquece a cualquiera. Tío y tía.
―Y a mí me gustan los chicos…
―Mira, enana, no voy a discutir contigo. También a Emma le gustan las mujeres y algún chico ha caído…Yo confieso que si no hay atracción, no me interesa, pero oye… Quien sabe…
―No sé―se mordió el labio―. Le tengo mucho aprecio.
―Y… ¿No será que te estás empezando a enamorar?
― ¿Qué? ―Inquirió Frannie, negando con la cabeza―. Claro que no. No es algo tan simple…
― ¿Y quién dijo que el amor no fuese simple? ―Inquirió Daniela, levantándose―. Créeme…Sé de lo que te hablo.
― ¿Y piensas seguir detrás de Marta siendo consciente de eso?
―Para algunos las cosas del amor son muy simples…Para mí, la simpleza es la certeza del amor.
― ¿A qué viene eso?
―No sé―se encogió de hombros―. ¿No se suelen decir cosas de esas en momentos importantes? Es por dar un toque más dramático.
Nota de la autora: No sé, últimamente estoy tardando menos en actualizar. Creo que es porque aprovecho el momento de ahora, que el futuro pinta negro...Broma xD Es que no ando muy apurada. Me quedan tres exámenes y creo que no lo llevo mal, así que me permito tranquilidad y daros Faberry. Espero que no esté siendo muy cursi. Creo que no, pero los que mandáis sois vosotros (yo admito que me está encantando escribir esas escenas Faberry...Seré yo, pero con lo romántica que soy, en muchos fics me quedo con ganas de estas escenas xD)
Monica13: ¡Hola! ¿Pasará algo entre Emma y Frannie? Buena pregunta. Creo que sí, aunque... ¿Será algo fijo? No lo sé :P Un beso y gracias ^^.
