― ¿Puedes parar, por favor?
David frunció el ceño, dejando a un lado la pequeña caja de bombones que había traído. Marta suspiró un poco, intentando colocarse en la cama. Sin embargo, fue David el que la ayudó a acomodar mejor la almohada. Ella se lo agradeció con la mirada, sonsacando una sonrisa burlona en el rostro del moreno.
Y allí estaban los dos. Y el muchacho se sentía el chico más feliz del mundo. Ella estaba viva. Estaba en frente de él, mirándole con esos ojos azules que tanto le fascinaban. Sonreía pese a la situación en la que se encontraba. Se veía radiante, completamente estable. Creía que se iba a morir cuando la vio tendida en medio de la carretera. Pero allí estaba. Con una sonrisa dibujada en su rostro.
Se había roto tres costillas, tenía la pierna escayolada y unos pequeños rasguños alrededor de su rostro. Uno encantador concretamente en el puente de la nariz, lo que le hacía más bonita de lo que para él ya era. Le gustaba tanto su sonrisa en ese mismo instante que daría todo el oro del universo con tal de que permaneciese intacta.
―Aún no me puedo creer que estés bien―susurró el chico, sentándose a la orilla de la cama―. Tu hermana comenta que parece que nunca has sido atropellada y…Sin embargo…―ella se encogió de hombros.
―Estoy bien―se maldijo para sus adentros cuando realizó un ligero movimiento, provocando un intenso dolor por la zona del abdomen―…Bueno…Dentro de lo que cabe―bromeó sin mucha gracia.
―No deberías bromear con esas cosas… ¡Casi te matan!
―Tú lo acabas de decir… "Casi". Estoy sana y salva. Bueno…Lo de sana no, pero tú ya me entiendes―David no pudo evitar reír al comprobar que Marta seguía siendo la misma optimista de siempre―. Así que no entiendo porque todos estáis tan…
― ¿Preocupados? Creo que es lo normal―apartó un mechón rebelde del rostro de la muchacha―. Sigues igual de preciosa que otros días.
―Gracias, caballero―rio un poco, sumergiéndose después en sus pensamientos―. ¿Ha venido?
David se quedó callado, negando con la cabeza y apartando la mirada, un poco dolido.
Anastasia había ido a visitarla todos los días en los que había permanecido dormida, y sin embargo, esos tres últimos, desde que había vuelto a abrir los ojos, la castaña no había aparecido por allí para verla. Y sin embargo, la morena no perdía la esperanza de que la chica volviese junto a ella en algún momento. Pero las horas pasaban, y en cada momento, creía que todo había sido una ilusión. Y procuraba hablar sobre ese asunto con David, el que no parecía muy dispuesto a que la castaña se presentase por allí.
Marta sabía perfectamente que David opinaba que la culpa de que ella estuviese allí era de Anastasia. Le contó la discusión, que se besaron, y el muchacho solamente se quedó con que la otra le había hecho daño en su corazón. ¡Ni siquiera se detuvo a pensar en que las dos se besaron por deseo de ambas! Y aunque Marta lo diese una gran importancia, el moreno solamente era capaz de pensar en cómo matar a la otra.
―Mejor que no venga. No quiero tener que echarla ni nada por el estilo.
―No la echarías―musitó con la mirada fija en él―. Yo no te lo permitiría.
―Estás así por su culpa.
― ¿Fue ella la que mandó ese coche? No. No tuvo la culpa de nada.
―Si no hubieseis discutido…
―Si no hubiésemos discutido, hubiese sucedido lo mismo. Fue una casualidad. Nada más―soltó con tono contundente―. Y es cierto que estoy enfadada con ella, pero no fue culpa suya. Lo sabes. Lo sé. Y ella también lo sabe.
―Espero que ella esté pensando lo mismo que yo y que no se atreve a aparecer por vergüenza.
Marta soltó un suspiro de pura frustración. Admiraba a David y le apreciaba mucho, pero a veces le sacaba de quicio. La puerta se abrió, interrumpiendo sus pensamientos acerca del chico, quedándose los dos sorprendidos al encontrarse con los ojos negros de Anastasia.
La muchacha se quedó en la entrada de la habitación, intercalando su mirada entre las dos figuras. Finalmente, clavó sus pupilas en la mano de David, que se encontraba sobre la de la morena. Sintió una especie de ardor desagradable en su corazón, conteniendo las ganas de apartarlo de la muchacha. Se contuvo. Lo hizo por ella, que le dedicó una suave sonrisa. Una sonrisa que no se esperaba recibir.
―Quizás será mejor que me marche―habló el chico tras el breve silencio que se formó en el ambiente―. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.
Besó la mejilla de su amiga con cariño, separándose con una sonrisa en su rostro. Marta no pudo evitar corresponderle al gesto. El moreno se giró, encontrándose con las pupilas de la otra. Fue un breve momento. Un instante de sentimientos de ira, celos…Incluso odio. Ambos se odiaban. Ambos sabían que querían a la misma persona, y pese a ello, solo uno de los dos había conseguido el corazón de esa chica que se encontraba en la cama del hospital. Y solamente uno de ellos era capaz de luchar por ella. Quizás con más facilidad, pero con sentimientos tan puros y honestos que te olvidabas de todo lo demás.
La puerta se cerró tras la fina figura de la castaña, que no pudo evitar removerse nerviosa en frente de… ¿Su amiga? Se preguntaba a sí misma si había sido una buena idea venir, pero encontrarse con los ojos de cielo de Marta supuso una gran felicidad que necesitaba sentir. Aunque solo fuese internamente.
―Puedes sentarte…No muerdo―dijo con tono relajado. Anastasia asintió, sentándose a la orilla de la cama, y lo más lejos posible de ella―. Repito: No muerdo.
―Veo que te encuentras mejor…Nos diste un buen susto a todos.
―No podía estar bien después de ser atropellada―sonrió ante esas palabras, provocando la incomodidad de Anastasia―, pero no ha sido nada grave. En menos de un mes volveré a clase.
―Lo siento…
― ¿Por qué? ―Inquirió Marta, con cierta sorpresa en su tono de voz.
―Si no…
―Eso sí que no―bramó con cierta paciencia―. Me niego a que me digas lo mismo que el grandullón que acaba de salir por la puerta.
― ¿Qué?
―Él también cree que ha sido culpa tuya… ¡Qué desfachatez!
―Por primera vez, estoy de acuerdo con el idiota de David. Si no te hubiese dicho todas esas estupideces, no hubiese salido del instituto. Lo sabes. Lo sabemos.
La morena apartó la vista, dolida. No le apetecía recordar todas esas duras palabras. No le apetecía rememorar las lágrimas que se deslizaron por su rostro cuando salió de ese maldito baño. No le apetecía comprender que todo aquello había causado algo que el mismo accidente no había logrado: Que su corazón se resquebrajase en miles de pedazos, tan finos y delicados, que se podían volver a romper en otros más pequeños.
―Ha sido un accidente…Y si has venido aquí por sentimiento de culpa, creo que deberías marcharte.
― ¿Qué? ―Su rostro se descompuso, esperando a que Marta volviese a hablar.
―No quiero que estés aquí por pena o porque, al pensar como David, te reconcoma la conciencia. Para eso, prefiero que te marches. Puedo dar pena, pero tengo mi orgullo.
― ¿De verdad piensas que estoy aquí por pena?
― ¿Por qué sino?
Se quedó en silencio, sin saber muy bien cómo actuar. Se acercó ligeramente, tanteando con su mirada si podría acercarse más todavía a la figura de ella. Y al presenciar cómo se removía, un tanto nerviosa por esa calidez que ella también estaba sintiendo, decidió posar su mano sobre el dorso de la de ella. Se estremeció. Era… ¿La quinta vez que rozaba su piel con la suya? Sí. Seguramente. Un exquisito placer del que pocas veces había tenido oportunidad de sentir.
―Porque…Bueno…―se sonrojó ligeramente―Me importas. Y mucho.
―Gracias…Supongo…
Se quedaron ambas en silencio, manteniéndose las miradas la una a la otra. En otro momento, le orgullo hubiese podido con ambas, pero la suave sonrisa paralizaba en todo momento a la castaña, la que no pudo evitar deslizar su mano hacia la mejilla de su amiga. La quería tanto que no se podía imaginar un amor como ese. Un amor tan íntimo y especial a esa edad. Pero existía. Lo estaba viviendo. Con tanta fuerza que ni ella podía llegar a creérselo.
―Y te quiero―se escapó de sus labios, quedándose sin aliento tras pronunciarlo. Marta abrió la boca dispuesta a contestarle algo, pero prefirió mantenerse en silencio, esperando que la otra hablase. Que se decidiese de una maldita vez―. ¿Puedo…Darte un beso?
―Creo que no hace falta que me lo pidas.
Tiró de la camisa de la chica, acercándola para poder besar su boca sin contemplaciones. La castaña respondió a ese gesto con gusto, disfrutando de nuevo de sus besos.
Leticia cerró la puerta despacio, encontrándose con la fría mirada de David. Ambos lo sabían. Y sin embargo, ninguno de ellos se imaginaba que eso fuese a suceder.
Emma se colocó el traje para salir a trabajar, encontrándose con su mirada en frente del espejo. Nunca se había visto tan seria como en aquel momento, aunque debía admitir que se encontraba guapa consigo misma. Ese día tenía una reunión muy importante y quería verse segura, algo difícil teniendo en cuenta la situación que en esos momentos estaba viviendo.
La puerta de la habitación se abrió, dejando así entrever a una tímida Frannie que no sabía si asomarse por completo. La pelirroja la vio a través del reflejo del espejo, y la menor de las Fabray decidió al final adentrarse en el lugar, carraspeando ligeramente para llamar la atención de su amiga.
― ¿Tienes mucha prisa?
―Tengo la reunión dentro de media hora. Aún me quedan unos…Veinte minutos―calculó mentalmente, sonriendo ligeramente―. No quiero llegar tarde. Es importante.
―Podemos hablar en otro momento…
― ¿Es algo muy importante?
―Quería hablar de lo del otro día. Eso es todo…
Emma sonrió con ternura, acercándose a su amiga. La rubia se estremeció, sintiendo como el nerviosismo se apoderaba de ella. Su amiga posó sus manos sobre sus hombros, mirándola fijamente a los ojos. No pudo evitar ruborizarse al sentir tan cerca a la pelirroja, la que no podía evitar mostrar una sonrisa extensa en su rostro.
―Perdóname, Frannie. Estaba un poco ida y me olvidé por completo que a ti no te gustan las chicas―señaló, dejando a la aludida un poco desorientada―. Estaba muy dolida al…Al comprender que para tu hermana nunca había significado nada como sí lo ha sido ella para mí y me olvidé por un momento en que eras casi como mi hermana. Supongo que no pude evitar mirarte en ese instante como a una mujer.
―Soy una mujer.
―Ya sabes a lo que me refiero. Eres la hermana del amor de mi vida. Supongo que no he podido evitar relacionarte en ese preciso momento. E hice que todo se convirtiese en una situación comprometedora cuando no tenía por qué serlo. Las amigas hacen eso. Disfrutar. Perdóname…Seguro que pensaste que era una estúpida.
―Por supuesto que no―reaccionó al instante, causando el alivio en su compañera.
―Pensé que estarías enfadada conmigo…Si hubiese sido por un segundo más, creo que nos hubiésemos besado…Y me lamentaría mucho.
Fabray se quedó en silencio, sintiendo algo en su interior. Un poco de nerviosismo, algo de dolor y una pizca de desesperanza. Nunca le había molestado que Emma la considerase como a su hermana pequeña, pero algo en su interior se removió cuando escuchó como su amiga parecía arrepentirse de lo que hubiese podido llegar a suceder entre ellas.
― ¿Tan mal crees que beso? ―Intentó bromear, sonsacando una carcajada por parte de la pelirroja.
―No lo creo, señorita. Seguro que usted besa muy bien―comentó coqueta, dejando de sonreír por un momento para hablar al fin en serio―, pero no podría permitirme el hacerte daño con cosas como estas. Has sufrido mucho, Frannie. Y no pienso dejar que nadie juegue contigo.
―Gracias…―respondió con suavidad.
Emma la rodeó con sus brazos, besando su cabello con cuidado, aspirando de paso el aroma de su amiga. Se alegraba de que todo se hubiese aclarado, y aún se preguntaba de dónde había sacado las fuerzas para decirle todo eso. Sabía que era lo mejor para las dos. Ella no se encontraba en una buena posición, seguía queriendo a Quinn y pese a que le atraía Frannie, sabía que a su amiga nunca le gustaría alguien como ella, y menos siendo una mujer, y no un hombre. Quiso pensar en que todo se solucionaría, pero al sentirla tan cerca, solo comprendió que tenía que salir de esa casa en cuanto pudiese.
No sabía el cómo, pero había algo…Algo que solamente la familia Fabray poseía. Y era tal que le conquistaba. Por completo. Y tenía que alejarse de ese algo si no quería volver a acabar con el corazón todavía más destrozado.
Anastasia caminaba por el pasillo seguida de la figura de Quinn, la que observaba ambos lados de las paredes con cierta curiosidad. Habían pedido a Mike que si podían mirar las cosas de Tina, y pese a que llevaban horas buscando, no encontraban nada.
Decidieron introducirse de nuevo en la habitación de la mujer, percatándose de la perfecta armonía que mostraba el cuarto. Parecía estar sumergido en una especie de paz y sosiego que ayudaban a la rubia a concentrarse. Las paredes estaban pintadas con un color blanco, lo que demostraba la pureza del lugar. Estaban decoradas además con rosas pequeñas en la parte inferior. La cama se hallaba en el centro, y unas pequeñas mesitas a ambos lados. La cómoda se encontraba en frente y a su lado un tocador.
Quinn se sentó en frente de éste, y Anastasia deslizó su mano por el fino colchón, de tonalidad azul clara, casi como el cielo. Sin lugar a dudas, todo aquello transmitía una tranquilidad que acomodaban a las dos inspectoras a acomodarse más en ese lugar, dándose cuenta de que tendrían que marcharse en cuestión de unos breves minutos.
―Parecía feliz―señaló Quinn cuando se fijó en la foto que se encontraba en el espejo. Eran Tina y Mike, sonrientes, felices―. Parecían quererse.
―Las apariencias engañan…O quizás en esos momentos estaban bien. Felices. El amor es así de imprevisible.
― Aún no me lo creo…Quiero decir…Tina quería mucho a su marido. Mucho. Siempre lo había querido. Aún recuerdo como era estar con ellos en el instituto. Daban envidia. Formaban la pareja perfecta, y aunque sé que vivieron ciertos altibajos, al final estuvieron juntos.
―El destino es así, Quinn…
― ¿Cómo te fue con Marta? Supongo que bien, porque estás más optimista de lo normal…
―Fuimos a cenar y la dejé en casa.
―No esperaba menos de ti―se burló la rubia con cierta sorna―. Sabía que con ella no serías esa loca ninfómana obsesionada con el sexo.
―No hace falta que lo aclares. La palabra ninfómana lleva esa connotación―soltó, sonsacando una carcajada en Fabray―. Y no lo soy. Soy alguien que disfruta del sexo, nada más.
―Sí, sí… ¿No es un poco cínico ser tan liberada en el sexo y no en la sexualidad? Se entera Marta y creo que se cae redonda.
―Ella también habrá tenido sus relaciones…
―Por lo que tengo entendido de Rachel, sí, pero relaciones de meses, y que no finalizaban por ella precisamente…Las tuyas son de noches―se burló con cierta gracia―. Aclaración…De una noche cada uno.
―Eres una idiota―se quedó en silencio―, aunque…Quizás… ¡Oh Dios, Quinn! ¿Y si no quiere volver a estar conmigo porque he sido una máquina del sexo?
―Menos lobos, caperucita―contestó con una sonrisa en el rostro―. Te ibas a casar con otro y después de todo eso, y de más que seguro que no me sé, ha tenido una cita contigo…Puedes aprovechar y ser sincera con ella. Y ella contigo. Os tendréis que poner al día.
―Tal vez piensa que soy un zorrón.
Quinn ladeó la cabeza, pensando firmemente que sí, que Anastasia Gálvez era un auténtico zorrón. Prefirió callarse, tanteando por entretenimiento la zona inferior de la mesa, percatándose de repente de una zona levantada. Frunció el ceño y se agachó, llamando la atención de su amiga, la que detuvo sus cavilaciones para centrarse en lo que estaba sucediendo.
La rubia tanteó con cuidado el papel levantado, tirando un poco. Introdujo sus uñas por el leve espacio que existía y, con sumo cuidado, consiguió poder levantar la tapa, cayendo ésta al suelo mientras se agachaba, encontrándose con la mirada un escondrijo secreto. Unos sobres se asomaban por uno de los costados.
― ¿Has encontrado algo? ―Preguntó Anastasia con suma curiosidad. Quinn le tendió uno de los sobres―. ¿Y esto?
―No lo sé. Hay un pequeño compartimento oculto, y ahí estaban las cartas o sobres. No sé lo que será.
―No lleva remitente, ni tiene sello ni nada. La letra es pulcra.
―Ábrelo―le ordenó la rubia. La castaña asintió, siguiendo las órdenes de su amiga―. ¿Qué pone?
― "Me quieres. Tanto como yo a ti. Me duele que me ignores tanto. O le cuentas a tu marido lo nuestro, o acabaré con ambos". ¿Una amenaza?
― "Si no dejas a tu marido, os mataré a los dos". "No quiero que estés con él si no es conmigo. Si no le abandonas, te mataré. O mía, o de ningún otro".
Ambas se quedaron en silencio, intercalando una mirada entre ambas. No esperaban encontrarse con algo así para nada. Ni siquiera suponían que la relación entre el amante y la chica hubiese acabado de una manera pésima. ¿Sería caso el amante de ella el asesino? Un escalofrío recorrió el cuerpo de Quinn, la que no pudo evitar volver a mirar la foto de la oriental. Sonreía, feliz. Se preguntó a sí misma si alguna vez, en esos tiempos, Tina se imaginaría que acabaría muriendo a manos de un amante con el que engañaba a Mike. Supuso que no. La vida a veces daba demasiadas vueltas.
Marta dejó la taza de café sobre la mesa mientras que Rachel y Leticia bebían de la suya el café que la mayor de las hermanas había preparado. Las tres chicas habían decidido relajarse juntas, y la hermana de Marta tenía ganas de conocer todos los detalles de la cita de Marta y la ausencia de Rachel en toda la noche. Sin embargo, para sorpresa de ella, no hizo falta comenzar ninguna clase de interrogatorio. La morena fue la primera en confesar.
― ¿Entonces habéis vuelto? ―Inquirió Rachel con cierta curiosidad, relamiéndose los labios con cierto encanto que provocó las risas de sus amigas―. ¡No os riais!
―Es que te ves encantadora―musitó Marta con una extensa sonrisa en su rostro.
―Tengo que preguntarlo…Ahora que estamos en confianza… ¿Alguna vez, entre vosotras…?―las señaló a ambas con una sonrisa pícara en su rostro. Las otras dos soltaron una carcajada.
― ¿No se lo contaste?
― ¿Cómo se lo iba a contar? Por favor, si creo que parecía patética―contestó con tono divertido Marta bajo la clara sorpresa patente en el rostro de su hermana―. Rachel y yo nos conocimos en un bar de la zona. Y yo intenté ligar con ella.
― ¡Nunca me lo contaste! ―Le reprendió Leticia, sonsacando una suave sonrisa en la diva―. Sabía que entre vosotras algo pasaba.
―Lo máximo que pasó fue un beso. Nada más. Rachel no quiso volver a repetir. Creo que no le gustó el beso―bromeó, picando un poco a su mejor amiga.
― ¡Es que me metiste la lengua hasta la campanilla! Eso sí, tiene un arte con la lengua que…Ahora entiendo porque tiene tan loca a la amiga de Quinn.
―Si las hubieras visto de adolescentes…Joder, creo que a veces me marchaba de casa de los gemidos que escuchaba…―se burló la otra, disfrutando del gesto que se formaba en el rostro de la mayor.
― ¡Leticia! ¡Eso no es verdad!
― ¡Uy! ¡Claro que lo era! ¡Si yo tuve hasta pesadillas! A veces le decía a mamá que sería que estabas enferma o algo…Aunque a veces era difícil si Anastasia estaba contigo…
―Eres una pervertida―bramó, cruzándose de brazos―. Eso no sucedía. Ya bastante cuidado tuve yo de que no sucediesen esas situaciones con vosotras en casa―dejó escapar, arrepintiéndose un momento después. Las cejas de su hermana se levantaron en un claro gesto de pura diversión―. Mierda―se maldijo a sí misma. Para la próxima vez, se mantendría con la boca cerrada.
―Así que la traías a escondidas a casa…Ahora comprendo esa necesidad imperiosa. Te da sexo del bueno.
― ¡No digas eso! ―Se quejó, totalmente ruborizada.
― ¿Es buena en la cama? ―Preguntó Rachel, consiguiendo una mirada furibunda de su compañera y otra de pura confusión por parte de Leticia― ¿Qué? No he preguntado nada fuera de lo común…Las amigas se preguntan eso.
―Hermanita, ten cuidado, que ésta ahora te quita a la novia…Oye… ¿No sería que era lesbiana y que la única manera que encontró para rechazarte era diciéndote que era heterosexual?
―Entonces me hubiese mentido a mí y al novio, que parecía encantado con su pequeña diva del teatro―comentó pensativa, suspirando―. ¿Y Quinn? Debe de serlo porque…Para no aparecer ni siquiera por casa…
―No sucedió nada, chicas. Solamente dormimos juntas…
―Ya…―susurró con una sonrisa traviesa Marta.
―Juntas…―finalizó Leticia con una voz sensual―. Yo lo que me estoy viendo venir es que ni siquiera conseguirían dormir…Demasiada tentación al lado de la otra.
―Que tú seas una pervertida no quiere decir que las demás lo seamos…
―No soy una pervertida. ¿Sabéis lo que no os han enseñado la vida? Que hacer el amor con alguien a quien quieres es igual que una caricia, que un beso tierno. Es una clara muestra de amor.
Nota de la autora: ¡Al fin he terminado con los exámenes finales! Dios. Me siento liberada ^^ Iba a subir ayer por la noche, pero como ya supondréis la mayoría, me gusta contestar a la gente cuando subo los capítulos, y como no estaba muy despierta y estaba agotadísima, preferí dejarlo para hoy y poder contestar tranquilamente. Pensaréis... ¡Maldita! ¡Haber subido!...Lo siento, pero soy así y es lo que hay xD. Este capítulo es muy... ¿Tranquilo? No sé. Un poco de todo. :P
Monica13: Quinn es adorable :3 es nuestra chica :3 Y Rachel también lo es, y está locamente enamorada de nuestra Fabray favorita ^^ Muchas gracias. Y me alegra que te guste cuando sale faberry :P Es lo que la servidora pretende ^^ Un besazo ^^
