Advertencia: Contenido "M". La tercera parte recomiendo no...Leerla si se es un poco...Sensible en algunos aspectos. No tiene mucho contenido específico, pero deja claro lo que sucede. Al final del capítulo, dejaré una nota aclaratoria.
Pueden estar a tiempo de no leerlo. Y advierto que dudo mucho que vaya a gustar.
―Siempre me ha gustado Audrey… ¡Es tan guapa!
Anastasia rodó los ojos, soltando después una suave carcajada. Marta se recostó mejor en el sofá, posando sus pies sobre los muslos de la chica. La castaña no pudo evitar esbozar una sonrisa. Pero prefirió no mirarla a los ojos. Sabía que si lo haría así, acabaría cediendo y besando esos malditos labios que tanto la enloquecían. Y Marta tampoco parecía tener ganas de apartarse de su lado.
Sin embargo, las dos parecían enfrascadas en los movimientos de Sabrina, que se ocultaba en las ramas del árbol para poder observar así a un perfecto David, que coqueteaba con toda chica que se le pusiese delante. Era la película favorita de la morena, "Sabrina", y le encantaba la interpretación de Audrey, aunque la castaña tenía que admitir que lo que más le gustaba de ver una película con Marta era poder observarla en silencio, sin que ella se percatase de ello.
Para la chica, ella era fascinante. Sobre todo si se concentraba en algo que le gustaba. Entonces, para ella, su belleza se incrementaba bastante. Aunque siempre le había parecido su amiga muy guapa. Y su sonrisa. Sabía perfectamente que lo primero que le enamoró de ella fue su sonrisa. Su tímida sonrisa. Esa timidez suya, la que sobrepasaba el límite de lo normal y corriente. Y pese a ello, se le hacía algo encantador. Estaba enamorada de ella por mucho que lo quisiese negar. Y aunque no era capaz de admitirlo en viva voz, ya no se apartaba a escondidas si Marta se acercaba para besarla.
Delante de sus compañeros mantenían una relación amistosa. La morena se marchaba con sus tres amigas por su lado y ella se iba con su gran grupo. Ese que estaba conformado por los populares del instituto. Pero le gustaba mirar a lo lejos como la otra se reía con algo que le comentase Alicia, o más bien por sacar de quicio a la rubia, la que no podía evitar refunfuñar. Conocía sus gestos los suficientemente bien como para comprender que esa era la razón. Echaba de menos esa cotidianidad y esa veracidad que esas tres chicas demostraban juntas.
― ¿As? ―Abrió los ojos estrepitosamente, percatándose que se había quedado sumergida en sus pensamientos. La otra la observaba preocupada― ¿Estás bien? Te había quedado por un momento…Como…No sé…
―Estaba pensando, nada más―logró responder tras unos breves segundos, echándose sobre Marta y acomodándose entre sus brazos.
― ¡Esto es nuevo! ―Exclamó divertida, estrechándola con fuerza hacia su cuerpo―. ¿Te has caído enamorada de la zalamería de David?
― ¿Por qué se tiene que llamar David? ¿No había un nombre más precioso? Cualquiera que no sea David.
La morena rio entre dientes, depositando un beso en la frente de la muchacha. Le encantaba que se mostrase celosa respecto a su amigo. Era algo que le confirmaba que no estaba soñando. Que aquello que había vivido no era un producto de su imaginación. Que Anastasia estaba a su lado. De una manera distinta a la que ella desearía, pero también de un modo que nunca se hubiese imaginado llegar a vivir. Sabía perfectamente cuales eran los miedos de la castaña, y los compartía. A la perfección. Los compartía de tal modo que no estaba dispuesta a echarle en cara nada. Y de ayudarle en ese aspecto. Superarlo las dos. Juntas. Como siempre.
―Pues a mí me gusta David―se burló, llamando la atención de Anastasia, la que frunció el ceño por un momento―. Es un nombre muy bonito, y no me lo puedes negar.
―Los hay más bonitos…Daniel, por ejemplo.
―David le queda mejor…Es el nombre perfecto para él…
―Lo que tú digas―contestó molesta, intentando apartarse, aunque su propósito resultó en vano por dos razones. La primera era por Marta, y la segunda, por ella misma.
―No sé por qué te molestas…Solo te estoy diciendo que me gusta ese nombre, nada más.
―Te recuerdo que tu ex novio se llama David…
―Yo creía que hablábamos del chico de la película, no de mi David―replicó burlona, abrazándola con más fuerza―. Creo que no tienes razones para ponerte así.
― ¿Ah no?
―Pues no. Somos amigas.
―Amigas que se besan―musitó con fiereza, levantando su mentón para clavar su mirada en la de la morena. Sus ojos azules le maravillaban.
―Ya, pero no somos nada más. Solamente eso, amigas.
― ¿Y te piensas volver a besar con él o algo?
―No tengo pareja ni nada por el estilo…―Hizo una pausa, quedándose en silencio para parecer más interesante― Así que sí, puede que me bese de nuevo con él. Al menos que…
― ¿Qué?
―Que tuviese una pareja o algo―dejó caer con una sonrisa coqueta.
―Entonces eres mi novia. No hay más que hablar.
― ¡Qué bonito! Jamás hubiese soñado con una petición tan hermosa como la tuya―exclamó con sorna, acabando con una sonrisa en su rostro― ¿Lo dices de verdad? ¿O es solamente el fruto de la frustración?
―Creo que…Me gustaría que fueses de verdad mi novia. No sé. Al menos saber que él no te podrá besar, ni podría cogerte de la mano.
― ¿Solamente quieres que esté a tu lado por eso? ―Inquirió, haciendo que su cuerpo se estremeciese por completo.
― ¿Cómo consigues esto? ―Marta la miró sin entender― El dejarme sin respiración. No solo quiero que estemos juntas por eso…Aunque no tienes opción. Ya eres mi novia.
―Entonces, deberías besarme…Digo…Para dejarlo claro.
Anastasia sonrió, acercando su rostro y posando sus labios sobre los de la morena. Pudo sentir como el cuerpo de la chica temblaba bajo el suyo. Ella también tembló. Creía que acabaría cayéndose al suelo de la pura excitación que sentía cuando los brazos de la que era oficialmente su novia, entre ellas dos, por supuesto, le rodeaba su cintura. Si alguna vez se había imaginado lo que era la felicidad, no era ni una aceptable comparación de lo que era besar sus labios. Sentirla tan cerca que podría derretirse.
Nunca lo dudó. Quería a Marta. Y mucho.
Quinn dejó caer su mirada sobre la de su hermana, que permanecía leyendo, absorta en las palabras de la novela. Jane Austen era esa escritora que convertía una historia de amor que, a primera vista, imposible, se convirtiese en una historia sencilla, dispuesta a triunfar pese a todas las adversidades que se presentasen. Se sentó a su lado, analizando cada tramo de su rostro. Eran iguales. Las dos. Podía decirse que eran casi idénticas.
Frannie, pese a su juventud, no aparentaba ser menor que Quinn, ni mucho menos. Era una muchacha que, quizás por experiencias de la vida, había llegado hasta el extremo de experimentar un dolor del que muchas personas no hubiesen logrado escapar. Y la mayor de las Fabray era consciente de ese hecho. Conocía a su hermana. Mucho. Tanto que se preguntaba si ya era hora de hablar. De empezar a aclarar la situación en la que la chica debía encontrarse.
― ¿Estás bien, Quinnie? ―La aludida asintió, colocando su mano sobre el hombro de su hermana, provocándole un sobresalto y una especie de escalofrío recorriéndole todo el cuerpo― ¿Quinn?
―Perdona. No quería asustarte. ¿Estás bien?
―Sí…Bueno, estaba leyendo un poco―le enseñó el libro de "Emma" con una suave sonrisa en su rostro―. Siempre me ha fascinado la destreza de Austen para plasmar el amor en unas sencillas palabras. Más bien, creo que envidio esas historias de amor con final feliz.
―He llamado a tu casa. Me ha contestado un chico bastante grosero―Frannie palideció―. Más bien, me ha catalogado de todo menos de bonita, y pensaba que eras tú… Sabía que sucedía algo, pero eso me lo ha confirmado. ¿Qué es lo que sucede, Frannie? ¿Has discutido con alguien?
―No es de tu incumbencia―declaró ella.
Intentó levantarse, pero la mano de su hermana le agarró por el brazo, obligándole a sentarse. Sabía que no quería mantener esa conversación con ella, pero cuando se encontró con las pupilas verdes de la rubia, comprendió que tenía que ser sincera con ella de una vez. No podía seguir con mentiras o engaños. Y ella no se lo merecía. No se lo merecía la mejor hermana del mundo. Pero tampoco se merecía saber que ella era una cobarde. Alguien que no supo cómo enfrentarse a lo que había sucedido. Alguien que no supo sobrellevar lo ocurrido.
―Lo es desde el primer momento en el que corres cierto peligro. Eres mi hermana pequeña, y no pienso consentir que nada ni nadie te haga daño. ¿Qué ha ocurrido, Frannie?
― ¿Qué quieres que te diga?
Se levantó del sofá, caminando de un lado a otro. Quería marcharse. Alejarse. Huir de las preguntas de su hermana. Y sin embargo, no fue capaz de desplazarse más allá de unos sencillos pasos. Quería estar segura, tranquila, y olvidar un poco el pasado. Pero no era capaz. No lo era. Aunque echaba de menos poder ser sincera con su hermana mayor. Añoraba esos momentos de la infancia en los que ambas hablaban sin temores. En los que parecían las dos sinceras. Pero ya no quedaba nada de eso.
Lo comprendió en el momento en el que vio cómo su padre lanzaba la maleta de su hermana por la puerta, echándola de casa al descubrir que se había quedado embarazada. Y ella no lo sabía. Nunca llegó a comprender como nunca se lo comentó. ¿No confiaba en ella? Con el tiempo, fue capaz de entender las razones por las cuales Quinn decidió callar y no hablar. Las mismas que ella estaba tomando en ese mismo instante. Permanecer en silencio. No hablar. Y sin embargo, también comprendía el dolor y la incertidumbre que estaba viviendo la rubia.
Ella la sintió cuando, al volver a la normalidad, empezó a notar un comportamiento extraño en ella. Ese comportamiento que se presentó con una chica cogida de la mano. De nuevo, gritos, dolor, incertidumbre de lo que pasaría. Y no quería eso. Sabía que no llegaría hasta ese extremo, pero no era capaz de recibir una reprimenda. Podía rememorar como las manos de él se deslizaban a veces con fuerza por su cuerpo. Podía recordar perfectamente su mano cruzándole la cara. Por supuesto que lo recordaba. Tanto, que podía llegar a sentir el dolor del golpe…Esa sensación que consiguió destruirla poco a poco.
―Quiero que hablemos. Necesito que lo hagas, Frannie. No me gusta saber que has estado mal. Que huyes de algo…Déjame ayudarte. Soy tu hermana.
La aludida clavó sus ojos verdes sobre los de la otra. ¿Le podría ayudar de verdad? ¿Podría conseguir que todo aquello dejase de dolerle? Lo dudaba. Pero la firmeza con la que hablaba le sorprendía. ¿Lo sabría? ¿Sería consciente de que no podría hacer nada? Legalmente, sí, pero no emocionalmente. Nada le devolvería todo lo que perdió por culpa de él. Porque no solamente perdió un derecho legal. Le arrebató algo que le pertenecía. Su confianza.
―Ha pasado ya tiempo, Quinn…No quiero volver a recordarlo.
―No ha pasado tanto tiempo como pretendes hacerme creer…Si de verdad hubiese pasado tiempo, podrías contármelo. Ambas sabemos que no es verdad. Sé sincera conmigo, por favor. Nadie te va hacer daño. Frannie…
―Me pegaba, ¿vale? ―Inquirió molesta, dándole la espalda―. Me pegaba.
― ¿Quién te pegaba? ―Preguntó, sintiendo como su sangre hervía de la ira que en esos momentos sentía. ¿Quién se había atrevido a levantarle la mano a su hermana=
―Él.
― ¿Quién es él? ―La pausa, el silencio, el miedo, se interpuso― ¿Frannie?
―Thomas…Mi ex novio―dejó escapar―. Mi marido.
― ¿Qué dices de tu marido? ―rio Quinn se poder creérselo― ¿De qué hablas?
―Hui con él. Mamá me avisó que no sería lo correcto. Nos casamos y…
―Espera… ¿Me estás contando que te casaste?
―Así es―afirmó, intentando contener el sollozo―. Creía que todo estaba bien, ¿sabes? La primera vez que me pegó, estaba borracho. Me pidió perdón. Y…Me aseguró que nunca más me lo volvería a hacer. Y le creí. Nunca se había comportado así. Y me quería. Pude verlo en sus ojos. Y yo le quería…
― ¿Y por eso te dejabas maltratar por ese gilipollas?
― ¡No le dejé! Las primeras veces fueron porque estaba muy nervioso. Demasiado. Y…No sé, después…Tuve mucho miedo.
Quinn se levantó, acercándose a su hermana. Frannie no pudo reaccionar a tiempo. Se vio envuelta entre los brazos finos de la rubia, quien besó su cabello con cariño. Con ese toque maternal que tanto le caracterizaba a ella, por mucho que no lo soliese demostrar.
― ¿Quién lo sabe? Esto―señaló con voz suave.
―Emma y Rachel―dejó escapar.
Quinn se quedó callada, y en el reflejo del espejo, se pudo observar como su rostro se ensombrecía. Rachel lo sabía… ¿Por qué ella sí y ella, que era su hermana, no? Y la pregunta más importante era… ¿Por qué Rachel no se lo había contado?
Marta frunció el ceño, acelerando el paso y abrazándose a sí misma. Podía percibir el caminar acelerado de alguien detrás de ella. El miedo se apoderó de todo su cuerpo, presintiendo que algo iba mal. La zona se oscurecía todavía más, y esa figura misteriosa parecía dejarla sin escapatoria. Su respiración se aceleró. ¿Sería el asesino de Glee Club? Esperaba que no lo fuese, y menos que le persiguiese a ella. ¿Quizás era porque Anastasia estaba investigando el caso?
Tragó saliva, girando en una esquina para encontrarse con un callejón sin salida. Su respiración se hizo más espesa de lo normal. Se giró, encontrándose con la figura de un hombre. Dejó escapar el aire, aunque rápidamente se sobrecogió. Era un desconocido, sin lugar a dudas. No era nadie del Glee Club.
El hombre sonrió, coqueto, acercándose hacia ella. Era guapo. Sus ojos marrones perfilada perfectamente su rostro, esbozando ese tipo de sonrisas que dejarían a cualquier mujer cautivada. Excepto a ella. Su rostro era suave, al igual que sus facciones, al contrario que las de la morena. Su cabello castaño apenas se distinguía en la oscuridad de la noche, y menos de ese callejón.
― ¿Te has perdido? ―Sonó tan sumamente angelical que logró relajarse un poco. Todo le estaba pareciendo confuso―. Pareces nueva. ¿Necesitas ayuda?
―No…Gracias…Solamente tengo que volver a la carretera principal.
Se acercó a él, procurando no rozarle cuando pasase a su lado. Sin embargo, la mano de él la detuvo, aferrándose con fuerza a su brazo. Cuando quiso darse cuenta, él la estampó con fuerza hacia la pared.
Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero él la calló con su mano, apretándole con fuerza los muslos. Golpeaba con ímpetu su espalda, pero la rigidez del muchacho le impedía soltarse. Y todo aquello le estaba superando. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué la estaba tomando con esa brusquedad? ¿Qué era lo que quería de ella?
―Eres bastante bonita…―dejó escapar en un sonido ronco.
Marta intentó de nuevo zafarse del chico, pero la volvió a coger de los brazos, deslizando su muslo entre la entrepierna de ella. Una sonrisa satisfactoria y malévola se formó en su rostro, y enseguida comprendió sus intenciones. Para nada buenas.
― ¿No te gusta, princesita? ―soltó socarrón, restregándose. Lo único que sintió Marta fueron nauseas.
Podía sentir su brusquedad. Y el cómo tiraba de su camisa. Tirando de ella. Rompiéndola. Cayendo los botones. Al suelo.
Sentía su respiración sobre su cuerpo. Espesa. Distinta a lo que estaba acostumbrada. No se esperaba que eso le estuviese a punto de suceder a ella. Podría seguir luchando, pero las fuerzas no le llegaban. Solo se veía capaz de respirar, de intentar impedir que las lágrimas se deslizasen por su rostro. Pero lo hacían. Lo hacían con una firmeza que ni siquiera se vio con ganas de detenerse. Podría hacerle lo que quisiera, pero ella podía elegir. Podía expresarse como le diese la gana. Pero lo único que sentía era que ese hijo de puta pagaría por lo que le estaba haciendo.
Que ella nunca olvidaría el sentir sus labios por el nacimiento de su cuello. Ni siquiera como le pedía que se detuviese. En lamentos. En sollozos. En una necesidad imperiosa de que todo aquello fuese una terrible pesadilla. ¿Cómo había llegado hasta ese extremo? Podía sentir aún la mirada de ella sobre la suya. Podía percibir sus ojos, fuertes, impacientes, sobre los suyos. Podía distinguir la necesidad de él de tomarla entre sus brazos. "Maldito cabrón", era eso lo que pensaba.
Que él era un hijo de puta. Que todo aquello no podía ser concebido en su mente. Pero era verdad. Podía sentir su sudor. Sus gemidos. Y eso le asqueaba. Y mucho. Porque le odiaba. Demasiado. Le estaba odiando. Y no lo conocía. Ni siquiera parecía que pudiese reconocerlo.
Y menos si sus labios buscaban los suyos. Y evitaba encontrarse con su mirada. No podría aguantarlo. Sabía que eso llegaría a más, pero para ella un beso era una muestra de amor. La única muestra que solo le pertenecía a ella. ¿Quién se creía que era él? ¿Quién se consideraba para arrebatarle lo único que le quedaba de ella? Ese sabor. Esa fuerza que le proporcionaba con tan solo su aliento rodeándole el rostro.
Su cuerpo se quedó allí, abandonado. Podía encontrarse con su mirada. Una llena de satisfacción. Otra con cariño. Otra con indiferencia. La otra con arrepentimiento por el estado en el que ella se encontraba.
Y sin embargo, poco le importaba. Sentía su ropa desgarrada. Su cuerpo mancillado. La sangre deslizándose por todo su cuerpo. La ira apoderándose de ella.
Cómo él se apartaba. Como se marchaba de allí, tirando un billete al suelo. Como se quedaba observándola sentado en el sofá. Y la decisión de que no podría seguir con aquello. Porque sentía que estaba a punto de morir. Porque acababa de romperse el único sentimiento que quedaba en su interior hacia él.
Marta García se quedó en silencio, sintiendo el frío de la calle por todo su cuerpo, y el dolor de haber sido utilizada de esa manera.
Ana Rivas se quedó mirándole con rabia a su marido. Con el orgullo herido. Con rabia en su interior.
Dos mujeres. Un mismo destino.
Nota de la autora:
Y...
¡Fin!...
...
..
.
No es verdad. La historia sigue. Iré directa al asunto ;)
Tengo que admitir que este capítulo es el que más me ha costado escribir en mi vida. Y sí, es por este final.
Sé que es un riesgo grande porque...A mucha gente no les gusta este tipo de cosas. Sin embargo, es algo fundamental para la trama. Y porque es la verdad. Es algo que sucede y, como he explicado, me centro en este tipo de temas, en intentar pensar como se debe sentir una persona en este tipo de situaciones. Busco la empatía, y la verdad es que es para plantear conflictos morales.
El capítulo, al final, se ve una parte que es como mezclada. Pasado (cursiva) y presente. Y como se ve al final que el pasado es de Ana y el presente de Marta. Sí. En la serie de donde sale el personaje de Ana, Teresa, y demás, es violada por su marido. Eso no me lo invento yo xD. No pretendo molestar a nadie con este capítulo ni nada por el estilo, pero, como he dicho, considero que es algo fundamental para mi historia.
Pueden matarme. Si alguien tiene curiosidad, no, no va a haber ninguna escena como ésta. Y me refiero en el sentido de que nadie va a volver a pasar por esto. Es algo puntual. En todos los sentidos xD. En fin.
Monica13: Puff...Mátame, si quieres. Lo va a hacer mucha gente xD Aquí chulería es en plan "que se lo cree mucho" o algo así :P Ya he terminado. Estoy impaciente para ver como me ha ido el asunto. Espero que bien xD Un beso y gracias por haber leído hasta ahora.
lucyfaberry: Lo siento, pero es algo que tiene que suceder...No ha muerto, al menos, eso es un alivio. Soy una bruja, lo sé, espero que se me pueda perdonar esta infamia xD ¡Hola! Se echaba de menos tu presencia xD Jajaja las Faberry...No van a tener muchos problemas, aunque parezca que sí. ¡Oh! Ya. No son pareja fija fija esas dos...Depende de cómo me de :P Jajajaja Daniela...No sé. Es que quiero que sea mala, pero siempre me salen encantadores. Anastasia tendría que ser la que peor cae y creo, creo, que ha conquistado xDDD Jajaja yo pienso en... Anastasia, la peli :P Es que me encanta, la verdad :3 La verdad es que sí. As necesita salir ya del armario, pero también es cierto que ha vivido rodeada de orgullo, de apariencias, y eso no se cambia de la noche a la mañana. Jajajaja no no, no liemos más a Marta y Rachel. La experiencia del beso y ya xDDD Es que soy una persona que como junte a dos, para separarlas luego...Malo xD Y creo que no os conviene a las faberry eso :P Y bueno...Por ahora, contentate con meterte con el tío este que ha aparecido de la nada y con Thomas. Un beso y no te disculpes, mujer. ^^
