Marta sonrió un poco nerviosa, apartándose el cabello con un suave movimiento de su mano. Sabía que estaba a punto de vivir uno de los momentos más emocionantes de su vida, pero eso no quitaba para que la chica se sintiese frágil. Ese mismo día, Anastasia llegaría y esperaba poder deslumbrarla con su puro romanticismo.
Esa era la vida de una adolescente de unos dieciséis años. Ser una chica que luchaba de manera irracional por el amor de su vida. Sonrió un poco cuando, al abrir la puerta, se encontró con la mirada de su novia. Parecía un poco cansada, y ante todo, enfadada. Marta se puso en estado de alerta, haciéndose a un lado para dejar paso a la muchacha, que se adentró en el piso de su novia con una mirada furibunda.
―Hola, cariño…A mí también me alegra mucho verte―musitó con ironía y una sonrisa en su rostro, sonsacando una sonrisa en la castaña, que dejó sus pertenencias al lado de la entrada del baño―. ¿Estás bien?
―Hola―saludó, acercándose para dejar un suave beso en sus labios. Marta creía que se iba a derretir―. Echaba de menos poder besarte…
―Solo han pasado unas horas―señaló la morena con jovialidad, deslizando sus brazos por el cuello de su chica―, aunque yo también te he echado mucho de menos.
Anastasia dejó escapar un ronroneo, aspirando el aroma de la otra con sumo cuidado. Había sido un día difícil. Había tenido que esquivar la insistencia de Stephan de volver juntos, las tonterías que le había echado en cara David, asegurando que ella estaba jugando con Marta; y por último, los reproches de su hermano ante su madre, indicándola que podría ayudarle un poco en la situación que el chico estaba viviendo. Pero quiso olvidarse de ello, aspirando el aroma de la morena, la que no pudo evitar soltar una risa nerviosa cuando posó sus labios en la línea de su barbilla, depositando otros tantos por cada tramo de su piel.
― ¿Están tus padres en casa? ―Susurró en la zona del lóbulo de la pequeña, mordiéndola con sensualidad en cada lugar, sonsacando así un suave gemido que le turbó por completo― ¿Uhm? ―Insistió de nuevo, queriendo escuchar la negativa de la muchacha para poder actuar a su antojo.
―No…―dejó escapar la morena, ahogando un nuevo gemido que pretendía escaparse de sus labios.
Cuando sintió como los brazos de la otra la apresaban, estampando su cuerpo contra el suyo, creía que estaba a punto de arder el puro placer. Había preparado una cena fabulosa con mucho esfuerzo. Marta no había cocinado en su vida. Solamente una vez para el cumpleaños de su hermana, Leticia, y su madre y su abuela se lo habían dicho…Tenía un don para la cocina. Seguramente heredado de su tía abuela, Teresa, y su bisabuela, doña Carmen. Ambas eran majestuosas a la hora de preparar postres, y Marta había heredado ese toque de ambas. Ana pudo confirmarlo en su momento con mucho gusto.
Sin embargo, para su sorpresa, ninguna de las dos pensó en esa comida que era para celebrar sus cinco meses juntas, a escondidas, pero juntas. Y cuando la castaña insistió en que se sentasen en el sofá, la morena no opuso resistencia. Se separaron con una sonrisa en su rostro, y Marta se dejó abrazar por Anastasia, que rodeó su espalda con una sonrisa en su rostro, caminando sin separarse hacia el salón.
―Eres una estúpida―soltó Marta con una sonrisa en su rostro, dejando embobada a la otra―. Quiero que me sueltes, que nos vamos a caer…
―Bueno, pues no caemos…
―Claro…Como que seré yo la que impida que te duela el golpe―musitó divertida, girando su rostro y mirándola de reojo―. Suéltame, anda…
―Um…A mí me apetece caerme…Más si así puedo sentirte de nuevo a mi lado―soltó con gracia, apresando los labios de la otra en un arrebatado beso que necesitaba.
Marta dejó escapar un suspiro en la boca de la otra, sintiendo como las lenguas se juntaban como otras veces. Comparaba los besos de David con los de su novia, y tenía que admitir que David manejaba mejor el beso, pero le gustaban mucho más los de su novia. Se le antojaban casi perfectos, embriagándola por completo su aroma, su sabor…Todo.
Marta se dejaba enloquecer por el amor que Anastasia le proporcionaba. Estaba completamente enamorada de esa muchacha que le había hecho de todo en esa vida, e incluso hacerle entender que era el amor. ¿Qué sentir hacia esa persona que te había enseñado lo que era querer a alguien? Los ojos castaños se posaron en los suyos azules, haciéndola entender que todo aquello que sentía no era nada exclusivo, que ella también lo sentía. Y la morena no pudo evitar girarse, abrazándose al cuerpo de la castaña, que rio por lo bajo, apartándose para poder besar esos labios de nuevo. La quería tanto…
Apenas entendía nada de lo que estaba viviendo, pero encontrarse con la mirada feliz de ella era lo que más le satisfacía. No comprendía como podía estar enamorada de la morena, pero era verdad. Y eso le hacía sentirse la chica más afortunada, y más sabiendo que ella le correspondía. Estaba mal, pero eso casi prefería irse un poco al infierno con tal de poder estar un poco con ella. Hacerla sentir especial era lo fundamental para ella.
Sus labios se seguían explorando, reconociendo cada tramo de su piel. Ambas se conocían cada tramo de ellas que casi podían hacerlo sin mirar a ningún lado, con los ojos cerrados. Era algo que incrementaba el deseo en la García, que buscaba un poco más de ese calor que la otra le proporcionaba. Cuando quiso darse cuenta, y al abrir los ojos, se encontró con la mirada sorpresiva de su abuela, Ana, junto a Teresa.
Las dos ancianas mujeres intercambiaron una mirada de sorpresa y confusión, aunque la García no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, al contrario de lo que hizo su cuñada. Marta se separó de Anastasia, que se giró para encararse a la mirada de la abuela de su novia.
― ¿Qué está pasando aquí? ―Algo en el tono de voz de Ana le hizo darse cuenta a Marta que no todo podía salir bien.
Marta abrió los ojos con cierta rapidez, sintiendo aún la mirada de su abuela sobre su cuerpo. Sin embargo, todo había sido un sueño. O una pesadilla. No lo sabía. De lo único que era consciente era que era un recuerdo. Un sabroso recuerdo que le hacía sentirse un poco mejor.
Sin embargo, las realidades se apoderaban de nosotros en solo segundos, en milésimas de segundos. Los recuerdos pueden siempre con nuestra mente, con nuestro corazón, y la morena se dejó caer sobre la cama del hospital. Consternada, miró a su alrededor, buscando un poco de familiaridad. Quería encontrarse con los ojos negros de Ana, que en ese mismo instante la observaron con algo de decepción, con algo de incredulidad, con cierto temor. Aún no comprendí la razón de ello, pero era verdad. Si hubiese estado presente en toda la situación de su nieta, seguramente que la Rivas se hubiese sentido mínimamente decepcionada con respecto a ella.
Se estremeció por completo, y poco a poco, fue centrando la mente en todo aquello de su alrededor. Sí. Estaba en un hospital. Imágenes dispersas se apoderaron de su mente con una facilidad que ni ella misma comprendía. Aún percibía la risotada de una voz varonil. El miedo se apoderó de todo su cuerpo, temblando mientras ladeaba el rostro, intentando desviar esos pensamientos de su mente. Los ojos azules del hombre, que la seguían consumiendo por completo. Ahogó un gemido de dolor, buscando con desesperación la calidez de su abuela; pero ella no estaba allí. Ya no estaba junto a ella, y sentir como todo aquello se destrozaba en simples segundos la desbastaba. Todo se desmoronaba. Todo.
Se detuvo, viendo la figura de Ana en frente de ella. No era su abuela en sí, pero la reconoció. Era la juventud de su abuela la que se apareció en frente de ella, que se acomodaba mejor con una suave sonrisa perfilando su rostro. Cuando Teresa le enseñó una foto de ellas cuando eran jóvenes, no pudo evitar, con trece años, soltar una carcajada. Teresa fue una chica atractiva, aunque más lo era Ana. La sensualidad corría por sus venas, y la ternura era patente en el rostro de la García.
¿Dónde quedarían todos aquellos recuerdos? Esas sensaciones que te recordaban como, en cierto modo, el pasado era mejor. Podía aún escuchar la suave risa de la Rivas cuando Teresa bromeó sobre lo guapas que fueron, y que hubiesen ganado el premio de los de ahora, esos que entregaban a modelos. Y Marta, pese a las diferencias que demostraba con su abuela, se enamoró de su risa. De esa manera de reírse; y se encontró con la intensa mirada de la García, que no podía evitar mirar embelesada a su acompañante. En esos momentos, no fue capaz de comprender esa complicidad que ambas demostraban; ahora, sin embargo, era perfectamente entendible para el punto de vista suyo. Casi podía volver a verlo en ese momento.
También cómo fue su primera vez con una persona, aunque no con una persona cualquiera…Sino con ella. Con su Anastasia. Sonrió por un instante cuando la otra la estrechó hacia su cuerpo, susurrándole que era su vida. ¿Lo fue? Algo le hacía pensar que sí. También como las dos eran inexpertas, inocentes, delicadas, adolescentes que creían en ese amor incondicional, puro, casto, efímero. ¿Dónde quedó toda esa felicidad que le embargó cuando la mirada de la castaña se cruzó con la suya? ¿Dónde quedaron todas esas sensaciones?
También ese instante cuando conoció a Rachel. Ese beso que compartió con ella, y que, pese a ello, solo era capaz de pensar en Anastasia. Solamente en ella. Y como esa atracción que sintió por la pequeña diva se fue transformando en una profunda amistad, cargada de sueños e ilusiones, de sinceridad y confianza, de miedos y temores, de recuerdos y un presente que ambas trabajaban en cada momento, de oportunidades y fracasos. Y ante todo, de un solo sentimiento…Que nunca se rendirían ante nada, y menos, nadie.
También recordó, como si todas las imágenes pasasen en frente de ella, el dolor de su abuela cuando comprendió que todo había acabado. Ana había muerto. Para siempre. También se recordaba a ella misma en frente de la tumba, dejando allí un tulipán. Los favoritos de Ana Rivas. Y como le pidió perdón, y a la vez, le preguntó por qué se tomó así su relación con Anastasia. Porque no le gustó descubrir que su nieta amaba a una mujer, o cómo podían gustarle las mujeres; y ahora, al descubrir que estaba enamorada de su cuñada, había algo en su interior que le indicaba la respuesta, y su mente la descartaba. Pero era algo tan sentimental, tan arraigado al hombre, que sabía, en el fondo, el todo. El por qué era así su abuela.
Se estremeció por completo cuando la puerta se abrió, encontrándose con la mirada de su hermana pequeña, la que entreabrió la boca con las lágrimas deslizándose por su rostro.
― ¡Marta! ―Exclamó la muchacha, abalanzándose sobre el cuerpo de su hermana, que se quejó un poco, sintiendo una incomodidad por todo su cuerpo.
Cuando comprendió la razón del dolor de todo su cuerpo, no fue capaz de reaccionar. ¿Por qué? ¿Acaso le había hecho daño a alguien en la otra vida? ¿Fue una mala persona? ¿Sería algo en contra de la libertad? No lo sabía, pero le parecía todo muy cruel. Sobre todo sentir como su hermana estaba casi rota por ella. Y era ella misma la que sentía rota por dentro. Como si de una muñeca rota se tratase, una sin cuerda. Todo acababa de destrozarse por completo. Lo que no sabía era donde estaría Anastasia, aunque no tardó en descubrirlo.
La castaña se adentró después que Leticia, quedándose a un lado mientras observaba la escena con una sonrisa en su rostro. La aludida no fue capaz de avergonzarse por encontrarse en ese estado tan lamentable, aunque la mirada de la chica le proporcionaba el aliento suficiente como para seguir luchando, e intentar calmarse un poco, aunque no se viese capaz de ello. Anastasia le hacía darse cuenta que todo merecía la pena por ella, y que si tenía que demostrar una actitud despreocupada, lo haría. Solamente por no ver a su hermana destrozada. Bastantes disgustos tenían ya.
―Leti…Me estás ahogando―se quejó la morena, sintiendo como su hermana la abrazaba con más fuerza todavía. Temblaba, y sintió algo de vértigo por esa cercanía. Pensó en un momento en los fuertes brazos de ese hombre y no pudo evitar quejarse del dolor.
―Estás bien…―susurró, más calmada―Ese hijo de puta tendrá su merecido. Te lo prometo.
―Ahora solo quiero descansar un poco―lanzó una mirada de soslayo a la castaña, que se irguió un poco, estirando su espalda sobre la pared.
―Os dejaré a solas…―musitó, percatándose de lo que quería en realidad su hermana―. ¿Estás bien?
No supo qué contestar. Si contestaba con que estaba bien, todo el mundo sabría que mentiría, pero no quería que se preocupasen por ella más de lo adecuado, aunque era completamente consciente que la ocasión lo requería. Ella no era así. No le gustaba llamar la atención de los demás, más que nada porque le agobiaba, y que todo el mundo estuviese pendiente de ella solo dificultaba la situación.
Leticia salió de la habitación con paso rápido, dejando sumergidas en el silencio a las dos chicas. Anastasia no supo ni qué decir, ni qué expresar sobre ese momento que ambas estaban viviendo. Recordaba ese día en el que le fue a visitar, aunque había una ligera diferencia. Era la segunda persona que había visto Marta después de despertarse. La anterior, fue quizás la número veinte. Y algo se removió en el interior de la morena al percatarse de que ella estaba allí, a su lado. Que no estaba sola. Que no le había dejado en ningún solo momento.
Anastasia no se pudo contener. Se acercó con lentitud, sentándose a la orilla de la cama. Dudó de si acercar su mano, y cuando lo hizo, la otra se sobrecogió. No lo comprendía, pero el miedo se apoderaba de ella por completo. El contacto de la calidez de alguien ajeno a ella misma. Su cuerpo se estremeció por completo, y más al encontrarse con la mirada dolida de la otra. No sabía si era por sentir el rechazo o por verla en ese estado. Tampoco quiso arriesgarse. Tomó su mano con desesperación, tirando de la figura un poco para que se colocase a su lado.
―Estás aquí…―Dejó escapar con una suave sonrisa, dejando así trastocada a la otra. No se esperaba que lo que más le importase fuese que ella estuviese allí.
―Siempre―solamente se vio capaz de contestar eso, sonriendo ligeramente―. ¿Estás bien? Estás temblando.
―Tengo miedo―confesó, sincera, clavando sus ojos azules sobre los castaños de la otra, que sonrió apenada.
―Todo irá a mejor…Te lo prometo.
―Mi abuela no hubiese reaccionado así…
― ¿Cómo lo sabes? ―La otra se encogió.
―Lo sé…Lo sé. Ella era fuerte…No era como yo. Nunca lo fue.
Ana ocultó todo su cuerpo con la bata azul de seda que en su momento él le regaló por su aniversario. Pensó por un momento en lo que había sido toda su vida.
Rememoraba la gracia de su padre cuando era una niña pequeña. Recordaba bien lo que le dolió despedirse de ellos cuando la mandaron a una escuela para señoritas en Estados Unidos. También recordaba por completo como fue volver y empezar a trabajar como una persona más. Y como conoció a Teresa…Quizás, si eso no hubiese sucedido, no se encontraría en esa situación, aunque tampoco se lamentaba. Teresa era lo mejor que le había sucedido, pero…Alfonso…
―Ana…Lo siento…―susurró él, apareciendo por las espaldas de ella. La mujer se giró, aunque no mostraba miedo. La entereza que mostraba era digna de admiración.
―Vete, Alfonso, por favor―mantuvo la calma.
―Ana…Si lo hablásemos…Eres mi mujer, y podemos ser felices juntos…
― ¿De verdad piensas que podríamos ser felices juntos, Alfonso? ¿De verdad? ¿Tú sabes lo que me has hecho? ¡Nadie se merece lo que tú me acabas de hacer, Alfonso! ¡Tengo mi dignidad, y me merezco un respeto que tú no me has guardado!
―Yo…Yo no quería…
― ¿YY por qué lo has hecho? ―El silencio se instauró entre ambos― ¿Por qué, Alfonso? ¿No te atreves a contestarme?
―Si tú no hubieses pedido la nulidad de nuestro matrimonio…Si hubiese venido conmigo desde el principio a ese viaje a Cuba, tú…Yo…Yo no hubiese recurrido a la fuerza por algo que me pertenece como marido tuyo que soy.
― ¿Te estás escuchando? ¡Márchate! ¡Largo! ¡Vete, Alfonso!
―Ana…Yo te quiero…―Se intentó acercar a ella, pero la mujer se apartó con brusquedad.
― ¿Sabes lo que has hecho? ¡Me has roto! ¡Me has debilitado como mujer! ¡Mírame! ―El hombre se negó― ¡Mira lo que has hecho, Alfonso!
―Ana…―Intentó de nuevo tocarla, pero ella no se dejó.
― ¡No me toques! ¡Me das asco! ¿Lo entiendes? ¡Asco! No quiero volver a verte, Alfonso…Nuestro matrimonio está acabado. La nulidad se va a llevar a cabo, y créeme si te digo que la voy a conseguir. Soy capaz, y lo sabes.
―Ana…
―Ahora, márchate―el hombre se negó, acercándose de nuevo. Sin embargo, esta vez, ella le tomó de la camisa con fuerza desmesurada, dejándole confundido― ¡Que te marches, Alfonso! ―dejó escapar un suspiro de frustración―. Si pudiese…Si pudiese, sería yo misma la que te matase con mis propias manos… ¡Te odio, Alfonso García! Márchate. Hazlo por lo único que nos queda…Si de verdad me quieres tanto como tú dices―sonrió con cinismo al decirlo―, te vas a ir y no vas a volver…Porque me das asco.
El hombre se tambaleó cuando ella lo empujó. Estaba destrozada, y aunque no estaba de acuerdo, decidió que era lo mejor. El hombre se sujetó a la puerta, controlando su mente. Acababa de violar a su mujer, y su interior se retorcía por la culpabilidad y el dolor. Miró al frente, encontrándose con su propio yo en frente de la imagen. No pudo evitar moverse sin detenerse a pensar en algo en concreto…Y la pregunta era en qué diantres se había convertido.
Quinn tiró del brazo de Rachel, adentrándose las dos en una habitación vacía del hospital. Rachel miró hacia los lados, sorprendida, mientras que Quinn Fabray cerraba la puerta, asegurándose de que nadie podría llegar a interrumpirlas. Sonrió coqueta, dejando entrever a una consternada diva del teatro que no la iba a dejar escapar con suma facilidad. Y en el fondo, Berry agradecía que la rubia le permitiese escapar de esa dura realidad.
― ¿Estás bien? ―Inquirió con suavidad, rodeando las caderas de la morena con sus brazos.
No fue capaz de responder, aunque fue por el mero hecho de que la chica había atrapado sus labios en un arrebatado beso que la dejó sin respiración. Se tambalearon unidas en un extraño beso, dejándose llevar por un momento por la lujuria y el deseo. Sintió como la adrenalina se apoderaba de su cuerpo, acariciando la espalda de la rubia por encima de la fina tela de su camisa. La aludida gruñó, volviendo a ocuparse de esos labios que la enloquecían.
Le encantaba poder sentir a Rachel de esa manera, y más, acariciar su espalda, su piel, por debajo de esa fina prenda que la muchacha llevaba en esos momentos. La morena pensó por un momento en su mejor amiga, aunque no podía evitar gemir ante esos besos suaves que la otra depositaba por barbilla, haciéndola enloquecer del puro placer que era sentir los labios de Quinn por su piel. Sabía que no era el lugar idóneo, pero necesitaba esa cercanía que la rubia le proporcionaba con su cariño. Un poco de claridad entre tanta oscuridad.
―Quinn…―susurró, dejando escapar un profundo suspiro que fue acallado por un intenso beso de la otra. Rachel rodeó el cuello de su compañera con sus brazos, sintiendo como la calidez de su centro se incrementaba con cada caricia que la rubia le regalaba―. Para, por favor…
― ¿De verdad quieres que pare? ―Inquirió divertida la chica, apoyando a Rachel sobre la pared, obligándola a abrir sus piernas y colocando la suya en medio, sonsacando otro suspiro de la morena―. ¿De verdad quieres que me detenga?
―No…―respondió sin pensar, aunque era cierto. No quería que Quinn se detuviese por ninguna razón del mundo.
La rubia sonrió satisfecha, moviendo ligeramente su pierna, rozando así con la entrepierna de la morena, que emitió un gemido del puro placer que la muchacha le estaba proporcionando. No fue capaz de pensar, solo de sentir como Quinn se inclinaba para poder besar con dedicación su cuello, levantando una profunda pasión en Berry, que obligó a que la rubia levantase su rostro para unirse en un beso que iba más allá de la lujuria y el frenesí.
Necesitaba sentirla de una manera más íntima, pera era consciente de que no era un buen momento, y que además, no sabía qué hacer siquiera. Quinn sabría perfectamente sobre las artes amatorias en la cama con respecto a una mujer, pero ella, en sí, no sabía nada de nada.
Lo que no se imaginaba era que, con rapidez, Quinn introduciría por debajo de la prenda sus frías manos, sonsacando otro gruñido que le sonaba a Fabray como música celestial en sus oídos. Cuando dejó escapar un suspiro de nuevo, se atrevió a acariciar sus pechos cubiertos por…
―No llevo sujetador―afirmó la morena, con las palabras entrecortadas del delirio que la otra le estaba provocando―, salí con tanta prisa que…―emitió otro gemido, sonsacando una sonrisa divertida en la rubia.
―Ya lo veo…Ya…―susurró, aprovechando para poder morder con cierto toque pícaro los labios de la chica― Me encantas…
Rachel asintió embobada, sintiendo aún el contacto de la pierna de la rubia entre sus piernas. Esta vez, decidió que ella también podía colaborar. Una de sus manos se deslizó hacia abajo, acariciando el trasero de la inspectora con suma sensualidad, sonriendo como ella sabía. Quinn se quedó consternada y sorprendida, sin esperarse que Rachel fuese a hacer tal movimiento. Pero eso era lo que le gustaba de Berry. Que era, en ciertos puntos, impredecible.
La morena deslizó su lengua entonces por el nacimiento de su cuello, buscando una manera de ocasionar en el cuerpo de la rubia lo mismo que ella había sentido. Y sentirla temblando entre sus brazos fue algo que le excitó por completo, sintiéndose un poco más mojada de lo normal.
La razón, sin embargo, se impuso en ella. Tenían que detenerse. No podían proseguir con todo aquello. Le encantaba sentir así a Quinn, pero quería que su primera vez fuese de manera especial…Bueno, mejor dicho, de una manera bonita. No es el hospital donde estaba ingresada su mejor amiga.
Quinn sonrió un poco, relajando sus movimientos mientras depositaba un profundo beso que despertó todos los sentimientos de la diva, que se dejó abrazar por el cuerpo de la rubia. El abrazo se convirtió en su ancla de salvación, un cometido que la rubia pretendía interpretar. Sería el ángel de Rachel. Sería la que le ayudaría con todo aquel dolor. Al día siguiente tendrían lo de la obra de Artie, y aunque se moría por estar con la morena, necesitaban tiempo, asimilar su relación y, ante todo, no presionarla.
―Te quiero…―susurró Fabray con una sonrisa, besando la frente de la pequeña con sumo cuidado―. Te quiero―repitió, sonsacando un gesto encantador de la morena, que se sonrojó―; y mucho.
―Gracias por estar aquí, Quinn…Aunque casi me haces que me dé un infarto―bromeó un poco, besando los labios de la chica.
―No sabía que tenía tal efecto en usted, Berry―musitó con picardía, sacando sus manos de debajo de la tela de la camisa.
―Por supuesto, señorita Fabray…―hizo una pausa, besando castamente los labios de la mujer―Yo también te quiero.
Nota de la autora: Bueno, bueno...Al fin...Puff...Capítulo en el que me he permitido dejarles algo de Faberry (¿Algo? Creo que no las he liado en medio por respeto a Marta xD) En fin, el misterio seguirá en el próximo capítulo...Muahahaha :P
