Ana cerró los párpados, intentando calmarse por completo. Los ojos negros de Teresa se posaban sobre su cuerpo, invitándole a que intentase arreglar los asuntos pendientes con el que todavía era su marido, y encima, era el hermano de la morena. El hombre caminaba de un lado al otro de la estancia mientras que ella apartaba la vista, no queriendo fijarse mucho en el moreno. Pese a todo lo que estaba sucediendo, no era capaz de echarle de casa porque estaba en frente su cuñada, y estar enamorada de ella no era algo positivo. Y menos si la mujer preparaba encerronas como esta.

Bueno…Estamos aquí los tres para intentar mediar un poco entre ambas posturas…Para que habléis―finalizó Teresa, intentando conseguir que la pareja hablase.

Todo había sucedido muy rápido. Al día siguiente, la Rivas intentó ir a trabajar para intentar evitar pensar en el dolor que le había impuesto el hombre al tratarla de esa manera, y cuando una de las dependientas intentó llevarla a casa, se encontró en la plaza con su cuñada y su marido, que se encargaron de acogerla un poco. Y después de obligarla e insistirla a que hablase, la castaña confesó la violación de su marido hacia su persona, y por supuesto, que no se sentía con fuerzas para luchar por un matrimonio que venía haciendo aguas desde hacía mucho tiempo. Tenía claro que le llegó a querer, pero ni siquiera el amor puro podía con algo tan profundo y doloroso como lo era vivir con un marido drogadicto que te había llegado a maltratar, y que encima, la ley estaba de su parte.

Eso era lo que odiaba Ana de la España en la que vivía. ¿Dónde quedó la segunda República? ¿Dónde quedó el breve periodo de libertad donde la mujer podía luchar por sus derechos? ¿Dónde? Vivía en un país sumergido en el pasado, con costumbres antiguas que, supuestamente, eran las encomendadas por Dios; sin embargo, ella no se imaginaba que aquella figura tan divina permitiese de verdad que ella, como tantas otras mujeres, quedase desamparada. Ana Rivas confiaba en la igualdad del hombre con la mujer, e incluso pensaba que muchas mujeres eran más talentosas en muchos sentidos que aquellos que se consideraban a la imagen y semejanza de Dios. Aquellos que solo cometían atrocidades. Aquellos que utilizaban la guerra como arma de defensa. Sin lugar a dudas, no creía que aquel ser misericordioso impusiese tanto dolor.

Igual que le importaba bien poco lo que opinasen los demás ante su amor por Teresa. Ya sabía lo que era la mentira, como para no ser consciente que la gente murmuraba y criticaba sin tener prueba alguna. Ella quería a su amiga… ¿Y qué? ¿Qué era eso de malo? ¿Acaso no era peor lo que le había causado el moreno? Pero eso no se castigaba, y las personas como ella se tenían que ocultar en maridos modelo que se encargaban de despejar las posibles dudas que la sociedad tuviese sobre una mujer soltera, al igual que llegaba a ocurrir con hombres.

Sí.

Ana Rivas confiaba en la libertad. Confiaba en el amor libre, grandioso, delicioso. Y confiaba en que, en un futuro, nadie como ella o como Teresa tuviesen que huir para amar a alguien. Dando igual el color, el sexo, la raza, las creencias religiosas…Todo. Ana apartó la vista, dejando escapar un halo de humo bajo la atenta mirada de su esposo, el que no soportaba la impasividad de su mujer, la que aparentaba no conocerle siquiera.

Yo no tengo nada que hablar con él―respondió al final la castaña, dejando ver que no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer en nada de ese asunto. Ella no quería saber nada de él.

No sé qué hago aquí, si está visto que no quiere hablar―señaló Alfonso, molesto, mirando a su hermana como si estuviese loca.

No pienso hablar con un animal. Eso es todo.

¿Un animal? ―Inquirió el aludido, clavando sus ojos negros en los de la castaña.

Eso he dicho; un animal.

El hombre se mordió el labio, conteniendo una secuencia de insultos que hubiese empeorado la situación. La morena intercaló su mirada entre ambas figuras, angustiada.

Cuando comprendió lo que su hermano estaba haciendo, decidió dejar a un lado el odio irracional hacia Ana y volver a ser su amiga de verdad. Volver a estar a su lado en el momento en el que su mejor amiga la necesitaba como nunca. Volver a ser Ana y Teresa. Volver a ser las cuñadas. Volver a estar a su lado y permitirse quererla, aunque ni siquiera la castaña fuese consciente de ese hecho. La apoyaba, y entendía; pero su lado irracional actuaba de nuevo, y no quería perder a su hermano. Era Alfonso. Su pequeño Alfonso. El hermano que le apoyó al saber que estaba embarazada. El hermano que le ayudó a estar con Héctor. Y algo en su interior le indicaba que su hermano estaba vivo; el Alfonso que ella conocía estaba en algún lugar, escondido entre las tinieblas del dolor y del miedo.

Es imposible hablar con ella, Teresa―exclamó él, furibundo, mirando con atención los gestos de su todavía esposa.

Y contigo más, cariño―musitó ella con desgana―. Estás perdiendo el tiempo, Teresa. Este energúmeno no sabe lo que es mantener una conversación civilizada.

¡¿Energúmeno?! ¡¿Y tú qué?! ¡No dejas de llamarme animal ni nada! ¡Ya te he pedido perdón por lo que hice!

¿Crees que un simple perdón basta?

Alfonso negó con la cabeza, enfadado, recogiendo sus cosas. Teresa lanzó una mirada de reprobación a su amiga, pidiéndole además que esperase, a lo que Ana apartó la vista con molestia. No quería que nadie se metiese en su vida, y menos Teresa. La mujer salió corriendo detrás de su hermano.

Y así, es como la fatalidad volvió a atacar a la familia, tropezando la mujer por las escaleras y cayendo, siendo ayudada por unos vecinos y por Ana, mientras que Alfonso, sin percatarse de nada, salía del edificio dejando a su mujer desconsolada y a su hermana al borde de la muerte.

Marta entrecerró los ojos, sintiendo como Anastasia acariciaba con suma delicadeza su rostro. La castaña no quería apresurarse ni pretendía dejar a la morena exhausta; comprendía perfectamente que la muchacha necesitaba tranquilizarse por completo, volver a tomar la confianza con la gente a la que quería y apreciaba. Sus ojos castaños se posaron sobre los azules, sonriendo un poco cuando Marta hizo lo mismo, tomando su mano para besarla suavemente, presionando sus labios sobre la palma, aspirando el aroma embriagador de la chica.

Esta no pudo evitar soltar un suave gemido, estremeciéndose al contacto que le proporcionaba la morena. Se preguntaba si ella también deseaba sentirla de una manera más íntima y especial, como ella misma deseaba. Sonrió al pensarlo, aunque rápidamente desvió sus pensamientos de aquel tema para centrarlos en el cuidado de la mujer, que parecía sumergida en los recuerdos. Se quedó ensimismada, observándola. Le encantaba encontrarse con ese gesto risueño de la muchacha, sumergida quizás en sensaciones que le encantaría saber, reconocer como suyos. Se acercó un poco más, colocando con cuidado el cabello rebelde. La aludida se estremeció, temblando su labio inferior como muestra de temor.

―Sabes que no te voy a hacer nada―logró pronunciar la castaña, dedicándole una sonrisa tranquilizadora.

Claro que lo sabía. Marta era consciente de la dulzura de la castaña y su cariño. Ese cariño que le profesaba a ella, y aunque lo que pretendía era volver a estar a su lado, tenía un miedo irracional a que la tocasen en general. Se permitía soportar aquellos gestos tan cotidianos y sencillos, aunque se seguía asustando con los gestos impetuosos de su hermana cada vez que la veía. Leticia era demasiado intensa para su pesar, aunque le agradaba comprobar que su hermana seguía siendo la misma loca de siempre, escuchando por supuesto como Brody le indicaba que era una pesada.

―Lo sé; es solo que no puedo evitarlo―se justificó la muchacha, sonriendo con una suavidad que era propia de ella. Anastasia parecía tranquila por ello. No le gustaba ver a su chica así―. ¿Estás bien? Sé que no te gusta esta situación, pero…

―Claro que no me gusta, Marta. Por supuesto que no―afirmó con seriedad, dejando patente su enojo. Era algo que no le perdonaría a ese hombre―, pero no te voy a echar la culpa a ti de algo que no la tienes…

―Si…Si no hubiese sido tan orgullosa―la otra ladeó la cabeza.

―Si yo hubiese sido un poco más humilde…―replicó con gracia, dejando escapar un suspiro de frustración― Pero ya no queda lugar para lamentaciones.

―Me alegra saber que lo ves así―susurró, tranquila, cerrando de nuevo los párpados.

―Me voy y así descansas tranquila.

―No―dijo con firmeza, volviendo a abrir los párpados―. No te vayas; quédate aquí, conmigo.

― ¿Estás segura?

La aludida asintió, tendiéndole la mano para que se tumbase junto a ella, haciéndole un hueco en la cama. Anastasia rio entre dientes, colocándose a su lado, pero sin llegar a rozar su cuerpo. No quería causarle daño alguno a la morena. Era lo que más quería en este mundo, y pensar que en cualquier momento acabaría sufriendo no era algo que le agradase. Se preguntaba qué era lo que sucedería más adelante. Quedaba un asesinato que le dejaba desconcertada; y para colmo, también se cuestionaba sobre que le habría pasado a Emma. Es cierto que no se llevaba bien con la pelirroja, pero que se marchase así, de repente…Pues a ella tampoco le terminó de agradar ese hecho.

― ¿Te acuerdas de cuando veíamos la televisión en el sofá de la sala en mi casa? ―Inquirió Marta, clavando sus pupilas sobre las de la otra― Me encantaba cuando posabas tus piernas sobre mi regazo y te tumbabas por completo. Estabas tan mona…

―Claro que lo recuerdo. Era mi parte favorita del día. Incluso acabé teniendo envidia de tu gato, que siempre pretendía apoderarse de mi lugar…Maldito animal.

― ¡Oye! Guantes era un encanto―defendió con una pequeña risa, permitiéndose deslizar su dedo índice por la nariz de la castaña―, como tú, claro.

―Siempre tan aduladora…

―Teniéndote a ti, es difícil no decirte algún piropo que otro―bromeó, dedicándole una sonrisa. Una de esas sonrisas que tanto enamoraba a la chica.

―Te quiero.

Eran esos momentos los que conseguían que Marta se quedase con el corazón en vilo. Siempre había sentido fascinación por esos ojos castaños. Esos ojos que le enamoraban por completo. Se acercó un centímetro, quedando a pocos de la otra. Le gustaría mostrarse natural delante de ella. Ser la chica que le había conquistado, que había hecho que Anastasia quisiese a una mujer. Sonrió un poco, dejando escapar un suspiro de entre sus labios, chocando su aliento con el rostro de la castaña, que no pudo ocultar su absoluta satisfacción mientras que la otra le rodeaba con sus brazos poco a poco, atrayéndola con suavidad hacia su cuerpo.

La morena se estremeció por completo, sintiendo la ansiedad apoderarse de ella. Y si bien comenzó a llorar, se abalanzó con brusquedad sobre el cuerpo de la castaña, que la envolvió con sus brazos en un abrazo reconfortante. No le gustaba nada que ella llorase, pero si así se desahogaba, sería su paño de lágrimas. Le encantaba sentir el aroma de su piel, y la suavidad de esta, por lo que no pudo evitarlo y la rodeó con más fuerza, invitándola a que refugiase su rostro en su cuello.

La morena no se hizo esperar, posando sus labios suavemente sobre este. La otra se estremeció por completo, sin esperarse ese gesto. Marta cerró los párpados, aspirando su fragancia y dejándose envolver por la sensación de que todo estaría bien. Solo quería sentir que nada malo le llegaría a suceder. Cuando quiso darse cuenta, se alejó y se apoderó de sus labios, dejando a la castaña sin palabras.

―Yo también te quiero―respondió sobre los labios de ella, dejando escapar una suave sonrisa que, sin evitarlo, enloqueció a Anastasia.

― ¿Estás segura de que podemos ayudarte?

Quinn Fabray dejó escapar un suspiro de frustración, observando a su cosa rara y a su hermana mirándola con gran interés. Había decidido llevar a la menor de las Fabray para asegurarse de que nada malo sucedería, pero la menor no estaba por la labor debido al disgusto de que Emma se hubiese marchado despidiéndose de ella con una nota. Y si bien Rachel le había indicado que al menos se había acordado de ella, Frannie no parecía muy contenta.

La rubia había comprendido perfectamente que todo había sido una sensación suya; o al menos, eso intentaba creer ella, rememorando de vez en cuando lo que fue sentir el cuerpo de la pelirroja bajo el suyo. Dejó escapar un suspiro de frustración, rodando los ojos con tan solo volver a rememorarlo, quedándose en silencio mientras escuchaba como Rachel le preguntaba a Quinn si era adecuado que le echasen una mano con respecto al caso. Y comprendía perfectamente que su hermana recurriese un poco a ellas. AL fin y al cabo, Anastasia se había pedido unos días para poder cuidar mejor de lo que fuese.

Porque algo tenía claro Frannie. Anastasia y Quinn eran estúpidas. Con todas las letras. En vez de lanzarse a por sus chicas, una se hacía la interesante y la otra no se atrevía por el "por si acaso". Y si antes admiraba por completo a la rubia, ahora creía que no era más que otra estúpida que no se atrevía a dar un paso importante. ¿Por qué tenía que pedírselo Berry? ¡Que lo hiciese ella! Además, era una Fabray, y los Fabray no se hacían esperar. Eran los que mandaban, y como decía esa canción de la que una vez le habló Marta: "Y lo que opinen los demás está de más".

―Claro que estoy segura―replicó la rubia, dejándose caer sobre la butaca―. Esto está un poco vacío, ¿no? ―De repente, se volvió a levantar―voy a hablar con Artie. Ahora vengo.

―Que empiece el espectáculo…―replicó con sorna la otra Fabray, dejando escapar un suspiro. Se encontraba un poco dolida.

― ¿Estás bien? ―Se interesó la morena, clavando sus ojos negros sobre el rostro perfilado de la hermana de su casi novia. La aludida sonrió apenas, acariciando la mano de la chica con suma delicadeza.

―Estoy bien, cuñada―bromeó, sonsacando una suave risa en la diva―. Podría estar peor…

―No solamente me refiero a lo de Emma…A todo en sí.

―Sí. Hablé con Quinn sobre ello… ¿No te ha dicho nada?

―No… ¿Debería?

―Se enfadó un poco cuando descubrió que tú sabías…En fin…Eso―señaló con suma vergüenza, apartando la vista de la otra, que se quedó estática en su sitio.

―No…No me ha dicho nada―tembló, nerviosa, buscando por todos los lados a Quinn.

―Seguramente que no te ha dicho nada porque, recapacitaría y…Se daría cuenta de lo estúpido que sería montarte un espectáculo sobre el asunto.

―Bueno, pero podría habérmelo comentado…En plan confianza.

―Dios…Por primera vez, he encontrado a una mujer tonta que no es rubia―soltó con una carcajada de por medio―…Rach, procura evitarte marrones con mi hermana. Ya la conoces en plan mal… Aún te falta saborearla en plan bien.

Le guiñó el ojo, sonsacando una profunda carcajada por parte de ella.

Quinn se coló en el camerino del castaño, que parecía estar retocándose un poco el maquillaje. Los ojos marrones de Artie se encontraron con los verdes de la rubia a través del reflejo del espejo, dejando escapar una sonora carcajada cuando pareció percatarse de la postura de la inspectora, dejando entre ver que le iba a interrogar.

―Inspectora Fabray…Qué gusto verla por aquí―señaló con gracia―. Qué raro verte siendo inspectora de policía.

― ¿Tanto te sorprende?

― ¿Quieres que sea sincero? Sí―no esperó la respuesta de la otra para contestar―. Nunca te imaginé alguien que hiciese cumplir la ley.

Ella levantó las cejas, sorprendida ante la franqueza del castaño, aunque al final se acercó a él, dejándole encima de la mesa del tocador una de las cartas de Tina. La sonrisa del chico se desdibujó de su rostro, dejando escapar un suspiro de pura frustración. Sus ojos se posaron en el papel de la carta, volviendo a recordar el dolor que le supuso volver a ser abandonado por la oriental. Sabía que ella y él pasaron por una gran dificultad y que, por situaciones de la vida, volvieron a estar juntos. Y sin embargo, todo volvió a acabar como al principio. Con un final no tan feliz.

― ¿Me lo vas a explicar?

―No creo que haga falta mucha explicación al respecto. Éramos amantes… ¿Y?

―Creía que entre vosotros ya no…

―El sentimiento volvió a surgir. Ella estaba sola, yo también me sentía solo y…Surgió.

― ¿Y qué ha pasado con Mike? ¿Él lo sabe?

―Dudo que lo sepa―giró uno de sus anillos con cuidado. Quinn no pudo evitar sonreír un poco ante ese gesto de puro nerviosismo por parte de él. Sus ojos centellearon.

― ¿Y lar cartas? Habla, Artie, por favor.

―Decidí mandárselas para asustarla, ¿vale? No tuve intención de nada más…Me dolió que me volviese a dejar por él. Siempre Mike. Pese a todo, nunca había dejado de quererle. Me hizo daño que me utilizase como un trapo cuando se sintiese sola.

― ¿No hablaste con ella?

― ¿Crees que no lo hice? Claro que sí―aseguró, acomodándose mejor en la silla de ruedas―, pero ella solo decía que había cometido una estupidez. Que lo nuestro era un error. Y por eso le envié esas cartas. No quería hacerle daño en sí, pero sí asustarla. Al menos, que comprendiese que nuestra aventura tenía consecuencias.

― ¿De verdad que la querías? ―Inquirió la rubia con incredulidad, sin reconocer a su compañero― No sabía que fueses así, Artie.

―No es cuestión de ser o no ser, Quinn. Es una guerra. Donde en el amor todo vale…Y qué quieres que te diga, no sé cómo reaccionarías tú si te sucediese eso. Todos sabemos que no eres la más indicada para decir nada de nadie.


Nota de la autora: ¡Hola hola, caracola! En fin...Cof cof. Al fin dejo capítulo...Ummm...El siguiente vuelve con el misterio en sí, y este es como un aviso muahahahaha. En fin... Dejaré claro que queda poco para más escenas faberrys (pillinas, que sé que es eso lo que queréis xD) Nada. Aquí os dejo...

Monica13: ¡Oh yeah! ¡Faberry! Tengo mis momentos de buena persona, qué decir xDDDD Un besazo y gracias por comentar ^^