―Me gusta estar así.

Marta sonrió un poco, sintiendo como Anastasia la rodeaba con cuidado el cuerpo, atrayéndola suavemente hacia el suyo. La morena sonrió, colocando sus manos sobre los brazos de la chica, cerrando los párpados por un segundo. Le encantaba sentir a Anastasia a su lado; el poder aspirar su aroma y saber que estaba a su lado. Que no le abandonaría en ningún momento.

Muchas veces, cuando era pequeña, se preguntaba que cómo sabría lo que era el amor. A veces, en su mente se imaginaba lo que sería estar con esa persona que te quería; y aunque lo había experimentado varias veces, nada era igual que con ella. ¿Por qué tuvo esa mujer que robarle el corazón con una sonrisa?

―Deberías tumbarte en la cama―susurró Anastasia en su oído, dejando que sus palabras se deslizasen cerca de la morena―. Necesitas descansar.

Marta tembló por completo, cerrando con fuerza los ojos para no volver a esa realidad que tanto estaba detestando en esos momentos. Se sentía culpable por sentir todo aquello cuando la chica no tenía culpa de nada; pero no podía evitarlo. Le dolía, pero no podía evitar temblar del puro pánico cuando alguien se le acercaba. Daba igual quien fuese. Pero no iba a permitir que su miedo le alejase de ella. No dejaría que Anastasia se volviese a marchar de nuevo. Nunca. Una palabra tan firme como peligrosa.

―Un rato más, por favor―pidió, girando su rostro para clavar sus ojos azules en los de la castaña―. Hoy hace un buen día, y no me apetece estar todo el rato aburrida.

―Pero puedo leerte algo―señaló la otra, frunciendo su ceño mientras que Marta reía un poco por lo bajo―. ¿De qué te ríes?

―Eres muy graciosa cuando te pones cabezota―bromeó, percibiendo como la otra pretendía provocarle un ataque de risa ante las inminentes cosquillas―. ¡Para, para!

Anastasia dejó escapar una sonora carcajada, separándose para poder hacerla rabiar con gesto infantil. Pero la otra fue más rápida, abrazándose a ella antes de que se pudiese marchar. Quería tenerla para ella sola, aspirando su aroma con suma facilidad. ¿Había sentido alguna vez algo como aquello? Claro que sí, pero volver a sentirla a ella a su lado era como un puro manjar del que no terminaba de cansarse.

―Veo que te vas a pasar el día abrazándome―musitó con burla la joven inspectora, acariciando con cuidado la espalda cubierta por el traje del hospital.

― ¿Te estás quejando acaso? ―Reclamó.

―Nunca.

―Ya decía yo…

Se apartó lo suficiente como para poder besar los labios de su compañera. Anastasia tragó saliva, dejándose llevar por aquellas sensaciones que le invadían por completo. Rompió el contacto con calma, apartando el cabello de la joven con ternura, sonsacando una hermosa sonrisa en el rostro del que había sido el amor de su vida por mucho tiempo. Dio un paso hacia atrás sin borrarse el mismo gesto en ella.

Se giró, cogiendo algo del bolsillo de su chaqueta. Marta la miró sin entender mientras que la joven volvía a situarse a su lado, tendiéndole un objeto. Un objeto que Marta tardó en reconocer. Pero lo hizo. Y su corazón se detuvo a mil por hora. ¿Cómo…?

―Lo encontré―sonrió misteriosamente―. En verdad, lo hizo Stephan, y no me costó nada saber de quién era ni para quien―replicó.

― ¿Por qué no me lo dijiste antes?

―Porque quería conservarlo para mí; además de que no estaba preparada para mantener una conversación de tal calibre contigo.

La morena sonrió, jugueteando con aquella cadena que tiró a la basura cuando era una cría de catorce años. Qué raro era volver a encontrarse con esa ala de ángel. Aquella que compró para ella por su cumpleaños. Aquella que tiró tras esa discusión que mantuvo con la castaña. Tantos años después y…Allí estaba.

Un suspiro se apoderó de ella, clavando sus ojos azules en los oscuros de la castaña. Tantos años atrás, y allí estaban las dos. Sin poder evitar sonreír ambas respectivamente por todos aquellos sentimientos que se profesaban la una a la otra. Bajó la vista, ruborizada, pensando qué debía decir.

―No sé qué…

―Te quiero―pronunció Anastasia, dando un paso para quedar a centímetros de ella―. Y era la hora de que te lo devolviese.

―Pero…Iba a ser tuyo―aclaró, confundida.

―Este―señaló―es el mío. Y este―sacó otro―, es el tuyo.

Se lo tendió con cuidado, colocándolo sobre su palma al ver que la morena no reaccionaba, encerrándolo cuando le obligó a formar un puño cerrado. La García tragó saliva, levantando la vista para fijarla en el rostro de su chica. ¿Cuántas veces se había sentido así? ¿Cuántas? Creía que se iba a quedar sin respiración cuando volvió a sentir como la boca de la castaña se volvía a compenetrar a la perfección con la suya.

―Siempre serás mi ángel…

―Y tú la luz que me guía―susurró Anastasia sobre sus labios, sonriendo encantadoramente―. ¿Quieres estar conmigo? Es que me suena muy mal pedirte que seas mi novia.

― ¿Por qué?

―Suena tan…Adolescente―rio entre dientes, sonsacando una risa ahogada en la de menor estatura.

―Pues a mí me gustaría, la verdad―musitó, sonsacando una sonrisa en el rostro de la mayor.

― ¿Quieres ser mi novia?

― ¿Sin escondernos?

―Sin escondernos.

― ¿Ni siquiera debajo de una mesa?

―Depende…Si así puedo tocar tus perfectas piernas, me meteré debajo de todas las mesas que pueda.

― ¡Anastasia!

―Vale…Como me quitas la diversión―se burló, socarrona.

― ¿Sin vergüenza?

―Con orgullo.

― Te quiero.

― ¿Eso es un sí?

―Por supuesto…

Anastasia asintió, abriendo la `puerta y llamando con un gesto a la enfermera. Marta frunció el ceño sin entender nada, esperando a ver qué era lo que se proponía su, ahora, novia.

―Señorita…―dijo con calma la castaña―. ¿Ve a esta chica de aquí? ―La joven asintió― Pues ahora es mi novia… ¡Mía!

La enfermera salió corriendo de allí, mirando con desconcierto y temor ante las risas de Marta, que se colgó del cuello de la castaña. Esta tornó su rostro con una sonrisa radiante, sintiendo como los labios de la García se colisionaban.

―Estás loca…

―Por ti, siempre.


Héctor caminaba de un lado a otro, sintiendo como su corazón se aceleraba con tan solo un movimiento de la puerta, dándole una falsa esperanza. Cuando quiso darse cuenta, los ojos negros de Ana se detuvieron en él, preocupada. El rubio se paró, dedicándole una sonrisa de aliento para que no se fijase en él. No quería que ella estuviese mal por él y por su mujer. Se preguntaba el cómo dejó que Teresa les apartase tanto de ella a ambos, incluso a sí misma. Incluso se cuestionó cómo podía estar Ana allí, al lado de los dos cuando ella estuvo tanto tiempo sola.

Dejó escapar una lágrima, girándose para no mirar como la Rivas parecía corresponder a su desesperación. ¿Qué era lo que había sucedido? No lo tenía claro, pero solo sabía por parte de Ana que había resbalado por las escaleras de su portal tras ir en búsqueda de su hermano. Y el hombre solamente pensaba que si a su mujer o a su hijo le sucedía algo, él se encargaría de matar a su cuñado. Por su mujer. Por su hijo. Por su mejor amiga. Por todas aquellas personas que de verdad le importaban.

No era el hombre más adecuado. Sus arranques violentos a veces lograban asustar a cualquiera; pero ese detalle poco importaba en verdad. Lo único relevante es que conseguía mantener a su mujer bien, estar a su lado e intentar saber apoyarla. Aunque no se imaginaba que viviría todo eso. Cuando se enteró de que ella estaba embarazada, creía que se moriría del puro placer. Y para él, Teresa se hacía más guapa con cada mes de gestación, aunque no pudiese comentar lo mismo sobre el humor. Ni sobre sus decisiones con respecto a los demás.

Y si bien esperaba que las dos se reconciliasen, no quería que la razón fuese por el dolor; el dolor de una ante la pérdida de su marido y el darse cuenta de su mayor error, y el dolor de su esposa ante esa situación que estaría viviendo en esos momentos. Cuando murió el padre de Teresa, pudo comprobar como las dos se abrazaron pese a no dirigirse la palabra. Y esa unión le hizo estremecerse por completo. Nunca había sido consciente de la gran amistad que les unía a las dos, que pese al enfado, conseguía que las dos estuviesen juntas.

Ana se sumergía en sus pensamientos, con la sensación de que nada podría ir peor en su vida. A las personas que amaba les sucedía siempre algo. Creía que las desgracias eran aquellas ajenas a la vida de muchas personas, pero para ella no lo serán nunca. Siempre había admirado todo en su vida, pero cuando llegó a Madrid, todo cambió. Todo. Su familia dejó de ser tan perfecta como ella creía, se casó con un hombre y se enamoró de una mujer. Y ahora, ella, estaba a punto de perder lo más valioso de su vida. Porque conocía a la García como para ser consciente de que ella amaría por encima de todo lo demás a su hijo. Su precioso y maravilloso hijo. Se lo imaginaba como ella y casi le hacía gracia.

Recordó cuando estaban un día en casa de la castaña. Teresa le preguntó que qué prefería, si un niño o una niña. Ana nunca se había planteado esa clase de cosas. Era demasiado joven como para eso. Pero cuando los ojos negros de su cuñada se posaron sobre los suyos, algo en su interior nació. Y no le gustó tanto como en otras ocasiones. ¿Era raro y absurdo pensar que sería capaz de todo por ella? Que querría pasar una vida a su lado, formar una familia…Deseos que no podía cumplir con ella de ninguna manera. Pero le contestó. No le importaba mujer o varón.

Le preguntó en ambos casos. Para el niño, David, y para la niña, Marta. David para el mejor amigo que tuvo en su infancia, y Marta por su madre, por Marta; por ella. Y fue el momento en el que llegó aquello en el que ella debía formular su pregunta, dejando a Teresa con una sonrisa en su rostro. Y ella le contestó que lo llamaría Alejandro si era chico, y Carmen si era chica. Ana sonrió, y pensó que si ella fuese Héctor, cedería a las pretensiones y deseos de la joven García. Solamente por ella.

La puerta se abrió, dejando paso al médico. Era un buen amigo del barrio, y los dos habían salido con él y con la que fue su novia varias veces, cuando el cuarteto de la familia García y la familia Perea se encontraba estable. Mauricio carraspeó, acompañado de la nueva enfermera. Héctor se levantó de la silla en la que se había sentado, acercándose con rapidez hacia ambas figuras. Ana también se puso de pie, dejando que el aliento se escapase de ella.

― ¿Está bien? ―Preguntó con ansiedad el hombre, colocando su cabello con una de sus manos.

―Teresa se va a recuperar, Héctor―habló el hombre de cabello negro, clavando su mirada en el rostro del marido―. Solo necesita reposar un poco.

―Menos mal―respondió él, sonriendo a Ana. Pero ella no lo hacía. No podía hacerlo cuando sabía que algo no estaba bien. Cuando vislumbró el gesto serio del doctor―. ¿Ana?

― ¿Mauricio? ―Replicó ella, enfrentando al doctor, que solo se fue capaz de asentir.

―Héctor…Teresa ha perdido mucha sangre y…Bueno. Tuvimos que sacar al niño.

―Bueno… ¿Y? ―Quiso saber él, intentando entender qué le sucedía.

―Tuvimos que comprobar si…Bueno. Su actividad funcional―apartó la vista, intentando encontrar las palabras―. Lo siento, Héctor. El niño no respiraba y hemos intentado hacerle reaccionar pero…No hemos obtenido respuesta alguna.

El hombre se quedó callado, sin comprender bien nada de nada. Y fue cuando se apartó, dejando escapar un suspiro de frustración para, al final, sentarse y evitar la mirada de los demás. Ana se colocó a su lado, inclinándose y tomando su mano para besarla.


Dejó que la brisa acariciase su rostro. Trasladarse hasta la playa había sido una buena idea. Tumbarse sobre la arena era uno de esos lujos que pocas personas se podían permitir, y ella lo hacía. Y sentir como la figura de él se situaba a su lado conseguía que se sintiese bien. Demasiado bien. Nunca se habría imaginado el estar así con ese chico, aunque era cierto que era una especie de amigo. Y los dos sabían lo que sentían. Claro que lo sabían. Era difícil no hacerlo cuando la experiencia era la misma, el sentimiento era exacto y el dolor otro tanto.

―Creo que hemos hecho bien en venir aquí.

Ella sonrió, tornando su rostro para encontrarse con los ojos azules de él. Podía seguir escuchando el sonido de las olas, el canto de las gaviotas. Siempre había amado el mar. De pequeña iba allí y se tiraba horas, metida en ese grandioso océano, disfrutando cada momento con sus padres. ¿Había algo más feliz acaso? No estaba segura si era así, pero cuando sus labios se entornaban en una sonrisa de pura alegría, creía que sería así.

Los ojos de Kurt brillaron con ese toque, dejando escapar el joven un suspiro de sus labios. Hacía días que no sabía nada de Blaine, y no porque el chico no hubiese intentando comunicarse con él. Dejó escapar un suspiro de frustración, abrazándose a sí mismo un poco. Quería a Blaine. Claro que lo quería. ¿Cómo no hacerlo?

Su relación se había basado en la historia que todo chico desearía. Dos buenos amigos que acaban teniendo una relación amorosa, que se amaban y se apoyaban en todo momento. Esa relación y unión especial que se destruyó con suma facilidad. Con un poco de distancia. Dejó escapar un gemido al recordarlo, volviendo a fijar su vista en su compañera.

Él había decidido dar por finalizada esa relación, y ya no quería volver a saber nada. Necesitaba olvidarlo, y por esa razón, estaba tumbado en la playa junto con su amiga. Podía recordar el dolor que sintió cuando Blaine se sinceró con él, pidiéndole perdón y una nueva oportunidad cuando le confesó que le había engañado con otro. Esa sensación de amargura al pensar que te podías sentir mal por atraerte otra persona, y descubrir que tu pareja ni siquiera te había respetado. Ni siquiera eso.

Santana no quería saber nada ya de esos asuntos. No había roto con Brittany, pero tenía que tomar una decisión. Tampoco era justo que la rubia esperase a que ella decidiese si lo adecuado era proseguir o no. Podía comprenderla. Siempre la comprendería. Y siempre sería su amiga. Al contrario que Kurt, ella sería capaz de finalizar su relación de manera amistosa. Quería demasiado a Brittany, y aunque necesitaría su tiempo, estaba dispuesta a estar allí cuando ella lo necesitase. ¿No era eso lo mejor? Pero también sabía que eso era jugar con ella misma. Y estaba confundida.

Podría intentar perdonarla y estar a su lado, pero ya no había confianza. No de ese tipo. La duda del "¿Y sí…?" le aterraba por completo. ¿Y sí Brittany le volvía a engañar por una discusión? Con tan solo pensarlo, se ahogaba por completo. Y lo detestaba. Nunca se había sentido así de agobiada. Nunca. Tampoco había sentido esa ansiedad en ningún momento de su vida. No con tal intensidad, claro. Porque nunca descubrió en sí lo que era tener que decidir si dejar escapar a la que creía el amor de su vida o mantenerla a su lado.

Sus labios se fruncieron, y Kurt rio un poco ante esa imagen. Estaba muy guapa. Extremadamente guapa. Dejó escapar un suspiro, intentando acomodarse mejor. Era una buena amiga pese a todo. Pese a su carácter, pese a sus palabras hirientes, pese a…Todo. Quizás porque sabía estar en el momento adecuado ahí, apoyándole. Intentó mantenerse tranquilo, mirando al cielo despejado. Cómo le gustaba disfrutar del momento.

― ¿Estás bien, Kurt?

―No lo sé―confesó él, dejando que el sollozo se apoderase de él un poco―. Es muy duro―aclaró.

―Lo sé―coincidió ella, mostrando su lado suave y delicado. Necesitaba hacerlo por una vez.

― ¿Por qué tenemos tan mala suerte, Santana? ―La aludida se encogió de hombros.

―Y la zorra de Rachel…Increíble.

― ¿Qué pasa con Rachel?

―Ella estará con la rubia, y nosotros aquí… ¿No te parece un poco irónico? Porcelana sin novio y yo sin chica… ¿No es el mundo al revés?

―Creo que, en otra vida, no hemos sido buenos gays―bromeó el castaño, riendo entre dientes. Santana correspondió al gesto, levantándose―. ¿A dónde vas?

―Vamos a pasear por la orilla…Y así puedo meter los pies en el agua.

― ¿No te vas a congelar?

―No me importa. Soy Santana López.

Él ladeó la cabeza, cansado, pero se colocó al lado de la morena. Esta tiró de su mano, cogiéndola y empezando a caminar. Sin lugar a dudas, eso era algo que le relajaba por completo. No pudo evitar esbozar una sonrisa al sentir de nuevo el viento sobre su rostro, su melena moviéndose al ritmo de este y el poder sentir la mano de Kurt aferrándose en la suya. Le encantaba poder tener a un amigo tan importante como lo era él.

―Creo que haríamos buena pareja si fuésemos heterosexuales.

―No lo creo, porcelana…Soy demasiada mujer para ti―él rio entre dientes de nuevo―. Además…A mí me gustan demasiado las chicas y a ti los chicos. En un sin sentido.

―Hace un buen día…

―Habrá una bonita puesta de sol.

― ¿Vamos a verla?

―Quién me diría que vería una puesta de sol con Kurt Hummel―bramó con una sonrisa, sonsacando un gesto de conformidad y cariño por parte del aludido.

― Quién me diría que la zorra de Santana López es simpática y agradable―respondió él.

Ambos sonrieron. Ambos dejaron escapar un suspiro. Sus sonrisas fueron acompañadas por, una vez, un sentimiento de compañerismo. Quizás, después de todo, no volverían a estar solos.


Quinn se adentró por el pasillo de la entrada, analizando el lugar con un gesto de nerviosismo patente en su rostro. Era la parte que menos le terminaba de gustar de su trabajo, y más si era de algo que tenía que ver con la gente a la que una vez apreció. Rachel estaba esperando con Finn en el coche mientras que Frannie había decidido volver a casa paseando. Pudo ver el rostro mancillado de su hermana por las lágrimas, pero prefirió no atosigarla con esos temas. Sabía que tenía que haber estado hablando con Emma, pero eso era algo que solo les concernía a ellas dos.

Sabía que algo sucedía entre su hermana y su ex novia, aunque no estaba segura de qué exactamente. Muchas veces se había puesto a pensar sobre cómo sería que su hermana saliese con su amiga. Sería todo muy cómico, y más que las dos sintiesen cosas por mujeres respectivamente, aunque había leído un estudio en el que la posibilidad de que dos hermanos fuesen homosexuales era, en cierta medida, posible y no extravagante. Pero no podía evitar reírse con ese pensamiento.

También se detenía a pensar que sería lo que habría hecho Artie para acabar así. Solo tenía algo claro…Todos estaban muertos por una razón considerable. No era un asesino a sangre fría. Tenía motivos, y en general, parecían ser pasionales, pero no terminaba de ver una relación clara.

Marley se había entrometido en la relación de Tina y Mike, y para colmo, se había quedado embarazada. Luego la oriental, que parecía haber sido castigada por su relación adúltera con Artie. Y, finalmente, el que parecía haber sido castigado por la misma razón que Tina. ¿Qué podía pensar? Todo apuntaba a Mike, y algo le indicaba que no había sido él el que había hecho todo el daño causado. ¿Cómo? Era una sensación que le invadía.

Se imaginaba incluso que, ahora, entrando en el apartamento de Artie, encontraría unas pruebas o algo que le indicasen casi que había sido Mike el responsable de todo eso. Y quizás, en el fondo, su instinto no acertaría esta vez. Dejó escapar un suspiro, recorriendo cada lado de la casa con su mirada. Sus ojos verdes centellearon al pensar que el castaño había estado tanto tiempo solo. Podía haberla llamado para charlar un día si lo necesitaba.

Era consciente de su escasa relación, pero eso no quitaba para que ella no se pudiese preocupar por él. Habían sido unos buenos amigos en el instituto, y ella ya dejó claro que estaba para todos ellos. Para cada uno de ellos.

Había sido una estúpida en aquellos años del instituto, pero las personas tenían la oportunidad de cambiar. Podía asegurarlo. Todos cambiaban. Ella también lo hizo en su momento, dejando atrás a esa niña ingenua e incrédula. Dejando a un lado el dolor que sintió cuando, tan solo siendo una cría, la trataban como ella después lo haría con los demás. La ironía de la vida parecía querer apoderarse de su vida en todo momento; y si lo había hecho, ya se había dado cuenta de su error.

Se detuvo en frente del despacho del chico. Las estanterías llenas de libros. Una pequeña lámpara situada sobre la mesa. Una especie de carpeta verde situada al lado de esta, pareciendo así una sincronización de colocación perfecta. Al lado un pequeño portátil de tonalidad negra, además de un tintero y una pluma situada justo a su lado. Una sonrisa se conformó en su rostro, acercándose con lentos pasos hacia la mesa.

¿Qué sucedería después de la muerte? Los cristianos, como ella, creían en el cielo después de la muerte; y en el infierno. ¿Qué era el infierno? ¿Y el cielo? ¿De verdad existían, o eran imaginaciones suyas? Ella admitía que la religión no había actuado correctamente a lo largo del tiempo, pero tenían sus cosas buenas. Como hacer creer a la gente, tener esperanza, intentar alimentar las virtudes positivas…Muy en el fondo, al igual que todo, su religión le daba una sensación de bienestar que le gustaba; y detestaba a esa gente que se metían con ella por creer en algo como aquello.

¿Existiría la reencarnación, como indicaban los budistas? A ella le gustaba pensar por una parte que sí, y pensar que en otra vida, fue mucho mejor persona que en esa. Quizás sí que había tenido razones para comportarse como lo había hecho, pero eso no la justificaba del todo. Quizás así se podía entender su posición, pero nada más. Nadie se merecía lo que ella les hizo a cada uno de esos chicos que cambiaron su vida por completo.

No pudo evitar recordar la despedida. La despedida con aquellas personas que le habían hecho darse cuenta de que podía ser una mejor persona. De sus mejores amigas, las que le acompañaron en sus errores. Las que intentaron tenderle una mano como muestra de apoyo. Una risa ligera se apoderó de ella, analizando cada hoja que estaba suelta sobre la madera de roble. Una carta con palabras y amenazas. Una letra firme y segura. Y un nuevo misterio que adivinar. ¿Cómo iba a descubrir quién era el asesino? ¿Volvería a cometer un asesinato? Se quedó congelada cuando descubrió una nota debajo de la carta. Una nota que no se esperaba para nada.

La tomó entre sus manos, acariciando el tacto. Ladeó la cabeza, perdida, y sentándose de nuevo en la silla. No entendía nada de nada. ¿Cómo sabía él o ella que estaría allí? Dejó escapar un gemido, mirando a su alrededor. Pero en lo único que podía pensar era en las palabras plasmadas en ese trozo de hoja rota de cualquier cuaderno que poseyera Artie. Su corazón latió con fuerza. El nerviosismo le podía, aunque en parte, no sabía si aliviarse o no calmarse en parte.

Se levantó, dispuesta a marcharse. Tomó sus pertenencias y guardó la nota en una bolsa de plástico. Las palabras aún permanecían en su mente:

"Mi trabajo aquí ya ha terminado, señorita Fabray.

―Anónimo".


Nota de la autora: ¡Hola holita a todos! Pues bueno, venía aquí para comunicaros que...Os quería proponer algo. Yo prefiero lo primero, pero depende de ustedes por si quieren o no...Estaba pensando en ir haciendo los capítulos más largos y así pues terminar esta parte antes (la primera muahahaha) o hacerlos como hasta ahora( de 3000 palabras) y que sean más...Yo creo que van a preferir lo primero, pero os dejo elegir ;) Por cierto...Creo que capítulo interesante, ¿no? Dentro de poco sabremos quién será el asesino...Pero antes, tendremos nuestro faberry en muchos sentidos ;P

Monica13: Me alegro que te gustase la conversación entre Marta y sy abuela, aunque, ciertamente, creo que ha sido más intensa la de Emma con Frannie. Un besuco y muchas gracias por comentar :3