Marta gruñó, girándose en la cama mientras se ocultaba con la colcha de esta. Anastasia rio entre dientes, golpeando a la chica para que se girase y la mirase a los ojos. Ni siquiera sabía cómo había sucedido, pero allí estaban tumbadas las dos. Y había sido la mejor noche de su vida. Si algo había de precioso era poder dormir con los ojos azules de ella sobre los suyos. Y ahora se sentía entristecida porque la otra no se dignaba a girarse y mirarla de frente. Y sin embargo, aún podía escuchar los gemidos deslizándose por su oído, provocando un puro estremecimiento por todo su cuerpo.

― ¿Por qué no me quieres mirar? ―Quiso saber, depositando un suave beso en su nuca, causando que la otra temblase cuando la rodeó con sus brazos―. Déjame ver tu bonita sonrisa―insistió, haciendo que la otra suspirase.

―Me da vergüenza.

Habían llegado muy animadas de una fiesta a la que habían asistido como amigas, claro. Allí coincidió también que estaba allí David, por lo que no fue difícil aparentar que estaba con él en esa fiesta, y con los rumores de que quizás volverían a ser pareja. Pero igual que conseguían hacer que todas las chicas odiasen a la pareja por verse tan perfecta, otros comentaban que nunca volverían a estar juntos. Lo mencionaban sin percatarse de que esas palabras eran totalmente veraces.

La morena bebió más de la cuenta, achispándose lo suficiente como para animarse a salir a bailar tirando de su mejor amigo con fuerza. El chico no fue capaz de resistirse, fascinado por la osadía de la adolescente a salir a la pista, teniendo encima en cuenta lo difícil que era para ella ese tipo de situaciones. Aunque se notaba que el alcohol se le había subido a la cabeza por lo poco que estaba acostumbrada a él.

Los labios de ella se entornaron en una sonrisa cuando, con la poca conciencia que le quedaba, se percató de la mirada furibunda que lanzaba su novia hacia la figura del chico. Y sin poder resistirse, se acercó hacia la barra para sentarse a su lado, soltando una sonora carcajada que sacó de quicio a la castaña.

Y tan rápido como eso, las dos acabaron recorriendo las calles entre besos y besos, dejando escapar sonoros gemidos que interrumpían el silencio de la noche. Suerte que los padres de Anastasia no estaban en casa y su hermano estaba con un amigo suyo, porque no hubiese podido aguantar el no recorrer todo el cuerpo de su novia con dulces besos acompasados con el ritmo acelerado del corazón de la García.

Le pareció una muñeca de porcelana, frágil y etérea. Incluso creyó que se acabaría rompiendo entre sus brazos, aunque lo único que percibía era su aliento chocando cada pocos segundos sobre su rostro. Otras veces, en cambio, lo sentía contra su pecho desnudo cuando era ella la que se atrevía a recorrer todo su cuerpo desnudo, acariciando cada zona con suma delicadeza.

Había escuchado una conversación de mayores en las que sus amigas le indicaban que perder la virginidad era un momento doloroso y vergonzoso por partes iguales; y aunque en cierta manera comprendía la razón por el hecho de que ambas eran inexpertas y primerizas, Marta parecía saber cuidarla, saber hacerla sentir bien. Hacerla sentir un placer que nunca había saboreado. Algo que quería a su lado para siempre, por mucho que se perdiese pensando en qué hacer respecto a todo lo que sentía por ella. ¿De verdad estaba bien todo aquello?

―No tiene por qué darte vergüenza…

―Pues sí que me da―replicó ella, dejando escapar un suspiro mientras giraba un poco su rostro, indecisa.

― ¿Por qué?

Sabía que estar desnudas en la cama no era un buen indicio, y quizás peor si la otra no se acordaba de nada. Pero quería asegurarse de que si lo hacía, y que había sido tan especial para ella como para sí misma. Necesitaba sentir que ella le correspondía. De la misma manera. Que no era la única que había sentido todas esas mariposas revoloteando en su estómago cada vez que ella le rozaba con sus dedos. Esbozó una sonrisa al ver como su novia se descubría el rostro que se había tapado con la colcha. Una risa amaneció en ella, nerviosas, dejando a la castaña con una sensación agradable creciendo en su pecho.

―Porque…Estamos desnudas. Y ayer estaba muy achispada y…―no se atrevió a mirarla―Hubiese preferido que fuese algo especial y distinto.

Su voz se perdió en los labios de la otra, que no desaprovechó la ocasión para besar a la más baja con suavidad. Marta correspondió al beso con las mismas ganas, dejando escapar un gemido que rompió todos los esquemas de Anastasia. ¿Acaso no era tentativo el poseer a su novia de nuevo después de provocarla de esa manera? Lo tenía claro. No se le iba a escapar.

―Ha sido especial de igual manera―declaró, clavando sus ojos sobre los de la otra, que asintió ruborizada ante el hecho de haber exclamado tan alto y fuerte―, y no te tienes que avergonzar…Me encanta saber que te produzco tal excitación―soltó con una sonrisa pícara, riendo ante el gesto de molestia en el rostro de su chica―. ¡Venga! Además…Tienen razón.

― ¿Quiénes?

―Los chicos. Siempre decían que las que son más recatadas son unas leonas en la cama…Lo tengo comprobado―Marta se puso toda colorada, provocando que la risa de la otra aumentase―. Me encanta sonsacarte un sonrojo.

―Un día seré yo la que haga lo contrario y no te entrará tanta risa.

―Esperaré con ganas a que llegue ese día―susurró.

Pero ese susurro se transformó en un beso en el lóbulo de la joven, deslizando además su mano por la cara interior de uno de los muslos. Sintió como ella se estremecía pegada a su cuerpo, y el roce de este contra el suyo consiguió que su excitación aumentase por completo. Percibir la piel desnuda de Marta al lado de la suya era una de esas provocaciones que lograban que su corazón se acelerase a mil por hora si era posible.

― ¿Anastasia? ―Preguntó, perdida en esas caricias, no pudiendo evitar soltar un gemido que hizo que la sonrisa de la aludida se ensanchase, prosiguiendo con lo que estaba haciendo hasta ahora―. No sé si deberíamos…

― ¿Sabes que es lo que me apetece hacer ahora?

― ¿Besarme? ―Sintió como los labios de la joven se apoderaban por unos segundos de los suyos.

― ¿Y ahora?

―No sé―dejó escapar, perdiendo su mirada en los labios coquetos de la otra.

―Quiero hacerte el amor…―susurró.

Y no le dio tiempo a más. Antes de que se diese cuenta, Marta se lanzó sobre ella, dejando ver su cuerpo desnudo. Se sentó a ahorcajadas de ella, rodeando su cuello con sus brazos, inclinándose lo justo como para poder rozar sus labios seductoramente sobre los de la castaña.

Sin lugar a dudas, Marta era una caja de sorpresas. En todos los sentidos. Nadie podría imaginarse que la joven era más pasional de lo que aparentaba, y estaba segura de que nadie le creería que había rozado el cielo con ella. Y quizás, era cierto. Era difícil creerlo, al menos que los demás supiesen que ella era la luz. La luz que le hacía seguir el camino que le hacía ser feliz.

Lástima que a veces lo correcto no era lo bueno siempre…


Rachel se colocó su cabello en una coleta, caminando de mientras por la calle. Había pasado una semana desde el asesinato, y el miedo recorría todo su cuerpo. Dejó escapar un suspiro, deteniéndose en una tienda de la zona, posando sus ojos negros sobre un pañuelo de color azul celeste. Sonrió un poco, pensando que quizás podrían hacer juego con los ojos de Quinn. Miró hacia los lados, asegurándose de que podría entrar y comprar la prenda sin ser descubierta.

Se estremeció cuando sintió una mano sobre su hombro. Su gesto se relajó al percatarse de la mirada divertida de su casi cuñada. Frannie esbozó una sonrisa de puro disfrute ante el hecho de haber asustado a la morena, aunque prefirió no burlarse mucho de ella. Sabía que había pasado una época muy mala con eso de la muerte de su amigo; y aunque al principio no le había parecido que estaba muy afectada, descubrió que era al contrario. Pero Rachel era una mujer fuerte, o eso había descubierto ella de repente.

― ¿Qué haces aquí? ―Inquirió la diva, sonsacando una mueca de desagrado por parte de la rubia.

―Un "hola, ¿qué tal estás?" no estaría nada mal, la verdad―contestó con sorna Frannie, ladeando la cabeza.

―Hola, ¿qué tal estás? ¿Qué haces aquí? ―Volvió a la carga, sonsacando una pequeña risa en la joven, que suspiró, dándose por vencida.

―Eres un encanto, Rachel Berry. Ya entiendo porque mi hermana te adora tanto―musitó entre tienes, provocando que la otra riese un poco ante el comentario―. Estaba paseando y cómo te vi a lo lejos, decidí saludarte…Parece que es un pecado saludar a la cuñada.

―Sabemos que mientes fatal, rubia.

―Mira quién fue a hablar―replicó la otra, levantando las manos en gestos de inocencia―. Es verdad. Te he visto a lo lejos.

― ¿Ha sido Quinn la que te ha mandado seguirme?

―Mi hermana no es ninguna psicópata ni nada por el estilo, Berry.

―Pero tú sí, ¿no?

―Solo estaba preocupada por ti…

― ¡Lo sabía!

Frannie refunfuñó. Finalmente, tiró del brazo de su amiga obligándola a que la siguiese bajo quejas y balbuceos sobre algo que quería comprar, aunque ni siquiera la prestó atención. Se encaminó hacia una pequeña tienda de antigüedades, deteniéndose en frente del escaparate y dejando a una Rachel Berry aturdida. Sin embargo, la morena se quedó sin palabras al ver un pequeño colgante. Parecía más bisutería que otra cosa, pero era una preciosidad de colgante. Lanzó una mirada de confusión a la menor de las Fabray, que parecía ensimismada en ese objeto. Finalmente, clavó sus ojos verdes sobre los de la otra, dejándola casi en silencio. Eran iguales a los de Quinn. Clavados.

― ¿Qué te parece?

―Es muy bonito―confesó, carraspeando―. ¿Te lo quieres comprar?

―Yo no―dejó caer, guiñándole coquetamente, consiguiendo que la otra se perdiese más en la conversación―. Me desesperas, Berry.

― ¿Desde cuándo soy Berry?

―Desde que no te enteras de nada―contestó, negando con la cabeza―. Dios mío…Ese colgante lo quiere Quinn. Se lo iba a comprar como capricho desde hacía tiempo, pero con el trabajo que tiene sale muy poco de compras.

― ¿Y cómo sabes que lo quiere?

―Porque me lo ha dicho ella misma. El otro día pasamos por esta zona y me lo señaló entusiasmada. Para tu suerte, no llevaba dinero encima.

― ¿Para mi suerte?

―Pues claro―comentó como si fuese lo más obvio del mundo―. ¿Le pensabas regalar un pañuelo? Cutre, pero que muy cutre.

―Y eso del collar es muy poco original, querida.

―Es una ninfa, Rachel… ¡Una ninfa! ¡Qué original ni que leches! Además, a Quinn le encanta esas cosas de las hadas…Desde pequeña. Era muy pesada con ese tema.

― ¿Y crees que le gustaría?

―Eres la que tiene que pedirle que sea tu novia, ¿no? ―Se encogió ante la mirada inquisitiva de la otra―. Lo siento, pero me cuenta todo. Para algo soy su hermana, ¿no?

―Yo te vendería o te regalaría―se burló un poco, sonriendo extensamente mientras la besaba en la mejilla―. Gracias, Frannie. Incluso tengo una idea rondando en mi mente―declaró la morena―, y todo gracias a ti.

―Soy maravillosa―contestó la rubia, sonriendo extensamente―. ¿Y de qué va? ¿Qué le vas a preparar a mi hermana?

La aludida se encogió de hombros, haciéndose la desentendida. Se encaminó hacia el interior de la tienda bajo la mirada de la menor, que parecía querer saber algo más del tema. Sin embargo, no consiguió que Rachel soltase nada de prenda en toda la tarde. Y tenía que admitir que se estaba muriendo de la curiosidad. ¿Qué sería eso que había preparado la chica?


El silencio reinaba en la fría habitación.

Ana Rivas se encontraba sentada en el escritorio, escribiendo una nota. Héctor caminaba de un lado a otro, dejando escapar un suspiro de pura frustración, intentando sosegar su corazón herido. Acababa de perder a su hijo. A su precioso retoño. ¿Qué hubiese sido? ¿Chico o chica? Él estaba seguro de que sería un varón, pero ya no estaba seguro de eso. Acababa de perder a esa pequeña vida que se estaba formando en el vientre de su mujer, y lo que parecía una pesadilla era su pura realidad.

Toda su vida había cambiado; y no solamente la de él. Podía observar el rostro de su amiga y comprender lo cansada que estaba. Le había insistido un millón de veces que se marchase a casa a reposar, pero la castaña no había cedido en ninguna de estas. Era consciente de que la mujer no se quería marchar por no dejar a Teresa, y ante todo, para no tener que encontrarse con el que era su marido. A aquel que se había atrevido a pegar después de lo que le había hecho a ella. Al que había echado en cara que su mujer había perdido a su hijo por su culpa.

Lo último que supo de él fue que cogió su motocicleta y se marchó de allí, gritando y destrozado, asegurando que se había convertido en un monstruo; y Héctor estaba completamente de acuerdo con él. Había destrozado todo lo que supuestamente quería. Había hecho que su esposa abortase y que su cuñada estuviese sumergida en un estado de pánico que no le gustaba nada. No le agradaba ver a una Ana Rivas desolada por el temor y el miedo. No era fácil de comprender como había sucedido todo aquello.

Hacía unos meses, eran los cuatro las dos parejas perfectas. Alfonso y Ana representaban al matrimonio intenso y fogoso, aquel que estaba conformado por una mujer culta y un hombre deportista. Esa pareja que aparentaba cierta perfección y conexión. Una pareja que se destruyó por las inseguridades de uno, y por qué no decirlo, por el poco amor que Ana sentía hacia el hombre. No era un secreto que la joven se casó con él porque le atraía físicamente; pero el rubio siempre pensó que la Rivas nunca había llegado a amar al moreno. Nunca, aunque le doliese pensarlo solo por el mero hecho de que Teresa demostrase una fe ciega sobre la relación que se había formado entre su hermano y su mejor amiga.

Y ya no quedaba nada de eso. Solo un hombre destrozado, una mujer insultada, otra postrada en la cama del hospital y un insensato perdido por cualquier lugar desconocido. Todo hubiese sido mejor si Alfonso no se hubiese casado con Ana; si la mujer no se hubiese fijado en él. Estaba claro que el chico no podía soportar la presión de sentirse por debajo de alguien tan independiente como lo era la castaña.

Teresa abrió sus párpados con cierto dolor recorriendo su cuerpo. Su mirada se encontraba perdida, intentando reconocer el lugar en el que se encontraba. Cuando giró su rostro se encontró con la figura de su cuñada, dándole la espalda mientras proseguía escribiendo la carta que le iba a enviar a doña Carmen, su suegra. La morena no pudo evitar sonreír, sintiendo su boca totalmente seca. ¿Dónde estaba? ¿Había sido todo un sueño?

―Agua…―musitó, sorprendiendo a su marido y a la mujer, que se levantó con rapidez y tomó el pequeño vaso de cristal, vertiendo en él la bebida que su amiga le exigía.

Se dirigió hacia ella, sentándose a su lado y haciéndola beber con cuidado. La menor podía percibir la mirada preocupada de la Rivas, que profesaba con cada gesto la angustia que sentía, y a su vez, felicidad. Felicidad de poder encontrarse con esos ojos negros y poder ver en ellos la llama de la vida. Ella estaba viva, y por ahora, era eso lo que más le importaba. Todo lo demás podía esperar.

Héctor se sentó a su lado, colocando mejor la manta sobre la cama, mordiéndose el labio mientras observaba de soslayo a la castaña, que permanecía con gesto serio. Se preguntaba de dónde había sacado un carácter tan fuerte como aquel. Un carácter que aguantaba todo lo que se le echase encima.

― ¿Dónde está mi hijo? ―Preguntó de repente la García, intercalando su mirada entre las dos personas que más quería. La sonrisa que se formó en su rostro fue devastadora para el rubio―. ¿Héctor? Quiero ver a mi niño.

―Joder, Teresa…―exclamó él, sin atreverse a levantar la mirada.

Era incapaz de mirar a los ojos de su esposa, ladeando la cabeza y mirando a Ana con cierto dolor. Un dolor que provocó que, al fin, la castaña apartase su mirada, desolada por completo. Ella tampoco estaba preparada para todo aquello. ¿Cómo nacer preparada para esos momentos en los que tenía que ver como el amor de su vida se derrumbaría por completo? No. Eso era algo que nadie podía ejecutar con frialdad o con cierta preparación.

― ¿Ana? ―Pidió entonces, clavando sus ojos negros sobre los de la otra.

Creía que le iba a dar algo cuando los ojos de Teresa se fijaron en los suyos. Hubiese jurado que le iba a dejar sin respiración; y cuando la otra sonrió, esperando una respuesta afirmativa, no fue capaz de seguir mirándola. Bajó también la vista, suspirando. Pero ella lo haría. Porque la quería, y no podía mentirle sobre algo tan importante. Decidió hacerse frente al destino. Ella era una Rivas, y los Rivas no podían esconderse ante nada.

Aún recordaba a su madre, quien había sido durante toda su vida su abuela. Esa madre que le enseñó a afrontar la vida como venía. A no dejarse vencer por nadie. Ella era Ana Rivas Llanos, aunque en los papeles pusiese Ortiz, y los Llanos eran fuertes. Encarna se lo dejó claro, y pensó por una vez en ella, en su lado bueno. En esa mujer que le infundió confianza y cariño.

―Lo siento, Teresa―susurró, tomando la mano de la mujer entre las suyas.

La aludida negó con la cabeza, alerta. Acababa de comprender todo, pero no podía ser verdad. ¿Cómo iba a serlo? Ella iba a tener a su hijo. A su pequeño Alejandro entre sus brazos. Volvió a mirar a Héctor, el que asintió con sus ojos empañados en lágrimas. El corazón de la morena dio un vuelco, negando con la cabeza.

―Eso no puede ser…―musitó, sintiendo como su corazón se aceleraba por momentos―. Eso no puede ser, Héctor―replicó ella, dejando escapar un gemido lastimero―. Quiero ver a mi hijo.

―Teresa…

― ¡Quiero ver a mi hijo! ―Exclamó ella, perdiendo los estribos, removiéndose en la cama e intentando soltarse del agarre de Héctor.

Este la soltó al instante, abriendo la puerta y llamando al doctor. Teresa prosiguió chillando, dejando escapar un llanto aterrador que provocó el sollozo instantáneo en la Rivas. Le mataba ver así a su cuñada. Le mataba saber que Teresa había perdido a lo que más quería en su vida. A su hijo. A su pequeño hijo.

Mauricio apareció junto con la enfermera, decididos a intentar calmar a la mujer. Estaba no se dejaba hacer, gritando desesperada que le entregasen a su hijo. Que estaba vivo. Que no podía estar muerto.

Ana se levantó de la silla, abrazándose al rubio mientras que este la rodeaba con sus brazos, llorando desconsolado. Toda su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no había nada que pidiese conseguir que él se sintiese bien. Ni siquiera a gusto en esa maldita habitación. Odió a Alfonso con todas sus fuerzas. Le odió como nunca había odiado a nadie.

Porque él les había destrozado la vida a los tres.

Porque acababa de marcar sus destinos sin tan siquiera él saberlo.


― ¿Entonces está mejor?

Alejandro sonrió al otro lado del teléfono, esbozando una sonrisa. Siempre le había hecho gracia que su hija fuese tan atenta en esos asuntos, y que diese más importancia a los sucesos de los demás que a los suyos propios. Era consciente de que ella necesitaba poder mantenerse alejada de todos aquellos recuerdos, pero inmiscuirse de lleno en el estado de su tía abuela no era lo más recomendado.

Siempre había fascinado el amor y cariño que Marta le profesaba a Teresa, y en el fondo, lo comprendía. Él también adoraba a la que era su única tía. Adoraba cada rasgo de ella, y más sabiendo que se asemejaba a ella en su interés de aprender sobre cultura. Recordaba como de pequeño era ella la que le había enseñado a leer y escribir con todo el esfuerzo del mundo; y a él le resultaba más fácil porque con su propia madre era más difícil. Ana siempre había sido demasiado recta.

―Al menos se encuentra estable―respondió el hombre, escuchando como su hija suspiraba al otro lado de la línea―. No tendrías que preocuparte tanto, cariño.

―Papá, no estamos hablando de cualquier persona―replicó ella, sintiendo como Anastasia le lanzaba una mirada de reproche―, aunque no eres el único que piensa lo mismo.

―Saluda a tu novia de mi parte―replicó divertido, recibiendo una mirada desairada de su esposa―. Creo que tu madre y ella se van a llevar muy bien. Son tal para cual.

―A mí no me hace gracia, Alejandro―replicó Ana María, golpeando el hombro de su marido con molestia, aunque no podía evitar sonreír. El moreno siempre conseguía que ella sonriese.

Marta suspiró de nuevo, sintiendo como Anastasia se encogía de hombros. Desde que empezó su relación con Anastasia siendo una adolescente, Ana María no había sido capaz de aceptar mucho a la castaña. Eran las dos tan parecidas que acababan siempre discutiendo, y no se soportaban. Es más, su madre nunca había terminado de asimilar sus gustos por las mujeres, pero lo había acabado respetando. Y se lo agradecía, porque comprendía que le costaba, y que solo lo hacía por ella; solo por eso adoraba a su madre con locura.

Y lo más gracioso es que hubo una de sus parejas a la que aceptó como casi a una hija. Pero a Anastasia nunca, igual que tampoco lo hizo su abuela Ana. La morena supuso que, después de todo, las dos tuvieron razones para acabar detestándola, aunque todo había cambiado para siempre.

―Dile a mamá que un día va a tener que ver a mi novia y no lanzarse sobre ella.

―No pienso decirle eso, que le quito la ilusión de su vida―bromeó el hombre―. ¿Está tu hermana por ahí?

―No. Creo que estaba paseando con su novio por la ciudad―replicó, encogiéndose de hombros, estremeciéndose después de unos instantes―. Bueno, papá…Te dejo, que tengo que echarme un rato.

―Te llamaré cuando tenga novedades sobre tu abuela―Marta esbozó una sonrisa.

―Papá… ¿Sabías que la abuela Ana quería a la abuela Teresa? ―El hombre se quedó en silencio, sospesando si responder o no.

―Algo sabía―contestó al fin―. Descansa, pequeña.

La morena colgó, clavando su mirada en la de la castaña, que se acercó a ella para rodearla con sus brazos. El beso fue escueto, pero sirvió para que volviese a tomar el humor de antes de la llamada. Un humor de fuerza de voluntad.

―He llamado al psicólogo que nos ha recomendado el doctor. Me ha comentado que tiene que hablar contigo primero, pero que, en principio, no tiene problema con atenderte.

―Estoy un poco nerviosa…

―No es nada raro, cariño―replicó Anastasia, acariciándola.

Quinn llamó a la puerta, asomándose con una sonrisa ligera ante la mirada de la pareja, que la recibieron con sonrisas en sus rostros.

―Pensaba que estabas trabajando―señaló la castaña, analizando el gesto de la rubia.

―Han encontrado unos guantes llenos de pólvora. Son los de la escena del crimen. Los han encontrado en una papelera de uno de los camerinos.

― ¿Camerinos? Espera… ¿De quién? ―Marta las observaba sin comprender nada, por lo que supuso que Anastasia no le había contado nada de la investigación.

―Del de Mike.


Nota de la autora: Pufff...Bueno, pues como el tiempo creo que bien, voy a subir capítulos de unas 4000 palabras o 5000 dependiendo de como vaya de tiempo xD (Antes eran de 3000...Voy subiendo poco a poco xD) El caso es que...Aquí dejo un poquito más :P Para que disfruten... ¿Qué será eso de que han encontrado los guantes de la escena del crimen en la papelera de Mike? ;) E iré haciendo lo primero (jajaja no sé ni porque lo pregunté, la verdad xDDD) Y en el próximo capítulo, momento Faberry ;P

Monica13: Jajaja Espero poder hacer los capítulos así en el mismo tiempo que los otros y...Bueno :P Vamos a ver lo que sucede ahora, ¿no? Muchas gracias por comentar :3