―No entiendo que es lo que estamos haciendo. Debería estar con mi hermana, y no contigo en medio de un bosque o lo que sea esto.
Rachel clavó sus ojos oscuros sobre el rostro de Leticia, la que observaba a su alrededor con una mueca de desagrado. No parecía muy convencida de lo que estaban haciendo, y menos cuando Frannie casi se cayó de escalera que habían traído. La diva soltó un bufido, cruzándose de brazos y lanzando una mirada en desacuerdo con la hermana de su mejor amiga. A veces se olvidaba del carácter de la García, que parecía sumergida en sus pensamientos.
―Te he pedido ayuda. Si no quieres, te marchas, pero a mí me dejas de dar la tabarra―afirmó Rachel con cansancio, dejándose caer sobre la verde yerba.
Frannie la miró con curiosidad, sonriendo finalmente para bajar de las escaleras, dirigiéndose hacia la figura de la chica y sentándose a su lado, rodeándola con sus brazos. La morena parecía angustiada. Nunca había hecho nada como eso, además de añadir todos los sucesos que le había estado ocurriendo en tan poco tiempo. Sus labios se entornaron hacia arriba, dedicándole un gesto de consuelo que Rachel supo interpretar. Se acomodó mejor, recibiendo también una mirada de Leticia, que suspiró y se dejó caer también al lado de la otra.
―Lo siento―susurró―, pero el campo me pone de los nervios. ¿De verdad que crees que esto le gustará a Quinn? ―La morena se encogió de hombros.
―Espero que sí. Al menos lo he intentado, ¿no? ―se encogió, recibiendo un golpe amistoso de la rubia―. Mientras ella sigue con lo del caso, yo le preparo esto.
―Al final se lo contaste a su hermana.
―Sí, pero le hice chantaje―bromeó, riendo entre dientes. Frannie también rio, levantándose del suelo con suma facilidad―. ¿A ti también se te da bien lo de la gimnasia, como a tu hermana?
―No fui capitana de las animadoras ni nada por el estilo, aunque sí que hice baile desde pequeña―señaló con una sonrisa arrogante. Rachel suspiró. Conocía perfectamente ese gesto. Se preguntaba si de verdad Frannie y Quinn no eran mellizas debido a ese parecido tan formidable que existía entre ellas―. Siempre hemos sido muy deportistas en mi familia. Mi madre también fue a clases de baile de pequeña.
―Parece imposible―señaló Leticia, ladeando la cabeza―. ¿Estará bien Marta?
―Es más fuerte de lo que parece, Leti―musitó Rachel negando con la cabeza. A veces le sorprendía que la chica mostrase ese lado tan cariñoso por su hermana.
―Es que la he dejado sola, y bueno…Es fuerte, pero necesita también apoyo de la gente que la quiere, ¿no?
Berry asintió, pensativa. La menor de las García negó con la cabeza, colocando mejor la tela y tendiéndosela a la rubia; esta lo tomó entre sus manos, tirándolo por encima de las ramas de los árboles. Hizo lo justo para mantenerse en equilibrio, sujetándose mientras que una risa suave se escapaba de la más alta de las tres, que se situó debajo para poder sujetar a Frannie en caso de que se cayese.
Las relaciones entre esas tres mujeres era bastante amistosa, aunque Leticia y Frannie apenas se conocían como para poder asegurarse de que serían unas buenas amigas; pero tampoco era muy difícil llevarse bien en una situación tan peliaguda como aquella, donde los labios de Leticia se entornaban en una sonrisa perfecta. Sumamente perfecta.
―Ya está todo listo―declaró Fabray, bajándose con cuidado y sintiendo las manos de Leticia en su cintura, sujetándola―. ¿Y ahora?
―Las luces―susurró Berry, situándose debajo de la tela, que cubría el cuerpo de las tres mujeres.
Se le había ocurrido la idea en un momento de pura inspiración, llamando a Frannie para que le ayudase. Y como necesitaban más manos para poder realizar todo aquello para esa misma noche, decidió llamar a Leticia, la que al final dio su brazo a torcer tras la insistencia de su hermana mayor en que ayudase a su mejor amiga. La castaña tenía que confesar que su hermana, en ese tipo de estados, conseguía hacer con ella lo que quisiera. En verdad, siempre había cedido ante las pretensiones de Marta, que siempre conseguía lo que deseaba con tan solo una mirada tierna; lo que sucedía es que pocas veces pedía algo, por lo que pasaba más desapercibido ese poder que tenía sobre su hermana menor.
―Si muero―comenzó Fabray sin apartar la vista de las ramas de los árboles―, decidle a mi sobrina que la quiero. Y le recordáis a mi hermana que es la mejor del mundo―musitó―. Ah, y que odio a Rachel.
― ¡Oye! Que aquí no va a morir nadie―las otras dos la observaron con cierto recelo―. Lo que digáis, locas.
―No estamos locas. Solamente somos conscientes de la realidad del asunto―declaró con gracia la castaña, riendo entre dientes ante la mirada de Berry―. Venga, hagámoslo…Yo también quiero que se sepa que quiero a mi novio y a mi hermana. Y que si muero, y mi hermana tiene una hija, por favor, que no la llame Ana.
― ¿Por qué?
― ¿En serio preguntas, Rachel? Mi madre, mi abuela, y me estoy planteando que mi bisabuela tuviese de segundo nombre Ana―bromeó, ladeando la cabeza―. Parece el nombre de la familia. Quita, quita.
―Venga, espabilemos el ritmo, chicas―declaró Frannie, empujándolas para empezar a colocar los pequeños farolillos debajo de la tela que habían colocado―. ¿Esto merecerá la pena?
La morena asintió con una sonrisa tímida, colaborando con sus dos compañeras. Se sentía sumamente feliz al poder contar con el apoyo de ellas para poder dejar claro a su futura chica que estaba dispuesta a muchas cosas por ella. Una sonrisa más extensa se acomodó en ella.
La tarde se pasó entre risas cómplices, entre bromas de adolescentes, como si no tuviesen ya cierta edad, y con ligeros empujones de caderas que causaban la risa entre ellas. A Rachel siempre le había gustado ese tipo de ambientes entre las mujeres, y más entre compañeras como lo eran ellas. Y estaba segura de que todo aquello serviría para dejar a la rubia sin respiración. Demostraría que ella también sabía ser una romántica empedernida. Una de esas chicas que sabían dejar a su pareja con la palabra en la boca.
―Esto no va a salir bien―confirmó Leticia al percatarse del gesto que se había formado en el rostro de la diva―, entre que tú eres una orgullosa y que Quinn parece otro tanto de lo mismo…
―Va a ser divertido verlas juntas como pareja―corroboró Frannie con una sonrisa maliciosa, susurrando con voz baja―. Las veo discutiendo por quien domina en la cama. Si Quinnie o Rach.
Y como si se lo hubiese visto venir, se agachó, recibiendo Leticia la chaqueta que la morena había lanzado, estampándose en su cara. Frannie soltó una sonora carcajada, escapando de las garras de la pequeña, que musitaba que ellas no iban a tener ese tipo de disputas. En cambio, la castaña se quedó sin saber muy bien qué decir, dejando tirada la prenda y sentándose en la yerba. Podía ver al fondo el sol, que se ocultaba poco a poco en el horizonte. Y también presenciaba como las otras dos corrían, una detrás de la otra. Podía escuchar las risas del fondo. Y ella tampoco pudo evitar reír.
A veces, recordaba las palabras que le decía su hermana de pequeña, cuando ella la llamaba loca cuando aparecía cantando por los pasillos. Y esa risa que se apoderaba de la morena antes de contestarle.
―Estaré loca, pero que me quiten lo bailado―soltó Marta, saltando de un lado al otro del pasillo, abrazándose del cuello de su hermana mientras que esta intentaba escapar de su agarre― ¡Leticia!
―Es que eres una pesada, Marta―exclamó ella, no pudiendo evitar reír ante el gesto que mostraba el rostro de su hermana mayor.
Siempre le hacía gracia que le recordasen que la morena era mucho más baja que ella y que aparentaba ser de menor edad, cuando en realidad era la mayor de las dos. Y no solamente en físico, sino también en personalidad. Pese a que Marta era mucho más madura, a simple vista, su jovialidad era más intensa que la de Leticia, que solamente mostraba su lado jovial cuando se desarrollaban las conversaciones, dejando entrever su carácter.
Con tan solo trece años, fue la primera que escuchó a su hermana; la que la apoyó por ser homosexual. Y no fue algo fácil para la pequeña de los García. Al principio, le resultaba extraño. Incluso se llegó a plantear la idea esa de que se contagiaba o algo ese tipo de gustos, pero se tranquilizó cuando le empezó a gustar uno de los chicos de su clase, mientras que la morena seguía sintiendo algo por la que fue su mejor amiga, y también fijándose físicamente en otras chicas. Le costó asimilarlo; y aunque fue así, nunca se lo dejó claro a su hermana.
Pese a sus ideas, sabía que la morena no lo estaba pasando bien; y ella, ante todo, quería que su hermana fuese feliz. Le daba igual el cómo, solamente le importaba que, cada mañana, Marta saltase por los pasillos con una sonrisa radiante en su rostro. Esa era la faceta que más le gustaba de ella. Quizás porque mostraba su lado más cariñoso. Puede que, en el fondo, fuese porque irradiaba una felicidad que le apetecía experimentar ella también.
Cuando, sin embargo, se enteró de que su hermana estaba saliendo con Anastasia, se alegró mucho; aunque fuese la relación secreta, se sentía bien al comprender que su hermana también lo era. Solamente le llegaba a importar eso; lo demás, para su juicio, podía esperar. Más que nada porque había aprendido después de mucho tiempo, y solamente había una idea en su mente en esos momentos: su hermana era su hermana. Seguía siendo ella aunque le gustase un chico, una chica, o las dos cosas. Seguiría siendo Marta García. Su hermana mayor.
Esa hermana que, cuando eran pequeñas, le ayudaba a construir castillos de arena aunque a la chica le gustase más bañarse en el mar. Su hermana mayor, la que la defendía de los demás si estos intentaban meterse con ella. Su hermana, la que le contaba historias de miedo para intentar asustarla, y después, darle un beso de buenas noches.
Seguía siendo ella. Daba igual todo lo demás.
―Algún día echarás de menos esto, y entonces, será demasiado tarde―se burló, plantando un sonoro beso en la mejilla de la menor.
―Eso ha sonado más a algo romántico. Eso díselo a tu chica.
―Espero no tener que hacerlo nunca―declaró la morena, sonriendo y sentándose junto a su hermana en la mesa.
Esa mañana sus padres se habían marchado temprano a Bilbao para comprar algunas cosas, por lo que ellas se habían quedado. Las dos por razones similares. Leticia porque había quedado con su grupo de amigas y Marta porque había quedado con Anastasia para ver una película en su casa. Y Leticia siempre pensaba "y después, lo que surja", pero se guardaba el comentario y no delataba a su hermana, la que parecía entusiasmada. Pero Leticia ya no lo estaba tanto.
Se alegraba de la felicidad de su hermana, pero la situación no le gustaba. Sabía que su hermana sería capaz de todo por Anastasia, pero no estaba segura de poder decir lo mismo de la castaña. Sabía que pese a que la morena lo respetase, quería ser ella misma de una vez. Salir del armario oficialmente. Y la otra no parecía estar por la labor. Y ella, como hermana, aunque fuese la menor, no estaba dispuesta a consentir eso. Quería a Anastasia como casi a una hermana, pero tenía sus límites, como todo el mundo.
―Marta… ¿Habéis hablado Anastasia y tú sobre el futuro? ―La aludida levantó las cejas, sin entender bien a qué venía esa pregunta― Me refiero…Sobre el tema de contar a los demás que estáis juntas.
La morena se quedó en silencio, bajando la vista. Leticia comprendió todo al instante. Sabía que su hermana, como mecanismo de defensa, procuraba evitar pensar acerca de aquello que le desagradaba por completo. Evitaba esos temas y se centraba en cualquier otra cuestión que le hiciese sentir mejor. Huía. Escapaba de ese dolor que se apoderaba de ella. Porque no le gustaba sentirse vulnerable. Ni tampoco le agradaba darse cuenta que su situación no era tan perfecta como a ella le gustaría. Nunca lo sería.
―No―habló al fin―. No hemos comentado nada sobre el tema…No estamos preparadas para salir del armario.
―Di mejor que ella no está lista para salir del armario. Tú lo has estado siempre.
―Tengo miedo―declaró sin mucho convencimiento. Claro que tenía miedo, pero no preocupación.
―Toda la familia lo sabe, y los peores que se lo tomaron fueron la abuela Ana y mamá. Y ambas te respetan y no te han rechazado ni nada por el estilo. Es más, la abuela es porque no le cae bien Anastasia, y creo que a mamá le sucede parecido. David lo sabe y te sigue queriendo. Se lo has contado a Alicia y ella te ha respetado. La que se puso de los nervios fue tu otra amiga, a la que no te costó nada mandar a la mierda porque antes estabas tú.
―Lo dices como si fuese una valiente o algo―susurró, avergonzándose por completo.
―Para mí eres la persona más valiente del mundo. ¿Sabes cuántas personas no son capaces de lo que has hecho tú? Muchas. Por eso te admiro tanto, hermanita. Porque siempre he sabido que eras especial, y me lo has confirmado.
La aludida cabeceó, sintiendo como la otra se levantaba y se inclinaba sobre ella, rodeándole con sus brazos. Correspondió al abrazo en tan solo unos segundos, ocultando su rostro para acabar desahogándose un poco. Le costaba mostrar sus sentimientos, y desde hacía semanas llevaba con la angustia en su interior. Quería salir del armario y expresar sus sentimientos, Dejar claro que entre David y ella no podría volver a surgir nada porque ella estaba completamente enamorada de Anastasia. Quería ser un poco libre. Quería ser ella misma.
― ¿A qué tienes miedo? ―Susurró Leticia en el oído de su hermana.
―A que ella no quiera―declaró―. A que no se atreva. A que no le merezca la pena por mí.
― ¿Te quiere? ―Quiso saber, acariciando la espalda de su hermana.
―Ella dice que sí. Que me quiere. Que siempre me va a querer. Siempre.
―Si te quiere, lo hará. Porque siempre le merecerás la pena.
Marta asintió conforme a las palabras de su hermana. Sin embargo, esta era consciente de la incredulidad que la mayor sentía. Y eso le destrozaba por completo. Verla en esa situación era algo que le hacía sentirse terriblemente mal. Ahora comprendía las palabras de su abuela Ana. Esas que tanto dolieron a Marta en su momento, pero que ahora Leticia podía sentir como suyas. Marta era tan sensible que no podría sobrevivir a una relación como la que vivía con la castaña. Una relación en la que la morena necesitaba un compromiso. Un compromiso que la otra no parecía estar dispuesta a vivir.
―Déjalo, Leticia. En el fondo las dos sabemos que ella no lo va a hacer.
―Entonces deberías replantearte que ella te quiera tanto como dice―reclamó la menor de las García, acariciando la mejilla de la otra con cuidado. Siempre lo hacía así. La pequeña lograba ser delicada con su hermana en esos momentos en los que tenía que serlo―, y ahora vamos a salir fuera, daremos una vuelta, y por la tarde hablarás con Anastasia sobre todo el asunto.
―No sé si estoy preparada para hablar de eso, Leti. ¿Y sí…?
―No empecemos con eso, por favor. Piensa en ti por una vez en tu vida―exclamó un poco ofuscada. La morena le sacaba de quicio ante ese comportamiento―. Vamos a salir… ¿Vamos a la playa?
― ¿A cuál de ellas?
― ¿Al Sardinero? No sé, algún lugar de estos, ¿no?
La morena se encogió, levantándose después de tomar de un trago el vaso de leche que le había servido la menor. Salieron rápidamente por la puerta. Leticia parecía feliz de lo que iba a suceder por la tarde, pues se iba a ir a surfear con sus amigos. Estaba empezando a tener una buena moda ese deporte en las playas de la ciudad; en cambio, Marta parecía más bien sumergida en la preocupación de si hablar al fin con Anastasia sobre mostrarse ante los demás o permanecer en silencio, calladas. Por primera vez, decidió pensar un poco en sí misma.
Anastasia se quedó pensativa, removiendo la cuchara en el café. Siempre le había parecido que esa bebida tenía un sabor horrible, pero le traía buenos recuerdos; mañanas con Marta, riendo y recibiendo sus besos con sabor a café. Porque a Marta siempre le había gustado el café con leche recién sacado del microondas. Una sonrisa apareció en su rostro al pensarlo, encontrándose con los ojos verdes de Quinn, quien entraba en el despacho con paso firme y decidido, dejándose caer sobre la silla de enfrente.
Habían detenido a Mike, y pese a que él aseguraba que no había sido el asesino, pasó esa noche en una celda. A la rubia no le pareció del todo justo, al igual que indicaba que quizás esas pruebas las habían puesto para incriminarlo; sin embargo, el hecho de que estos tuviesen las huellas dactilares del chico, y solamente esas, no ayudaban para poder liberarlo. Para colmo, en apariencia tenía los móviles para cometer los asesinatos. La primera por esperar un bebé no deseado, la segunda por haberle engañado y el tercero por ser el amante de su esposa.
Sin embargo, a la rubia le parecía todo demasiado obvio. Sabía que en algunos casos, eso era lo más acertado, pero eso no significaba nada de nada. Estaba segura de que no había sido el oriental el que había matado a esas personas. A los que eran sus amigos. A los que habían formado una parte importante en su vida.
Anastasia sonrió de lado, acercando su mano hacia la de la chica y tomándola entre la suya, deslizando sus dedos por la piel blanquecina de la joven. Siempre le había hecho gracia que ambas tuviesen la piel tan parecida en tonalidad, aunque en esa ocasión, mostraban un contraste que no sabía cómo analizar. Los ojos verdes de Fabray se centraron en los castaños de su compañera, quien sonrió con suma calma mientras le dedicaba un apretón. Una especie de forma de apoyarse las dos mutuamente.
La rubia era consciente de que, pese a que no sonase muy moral decirlo, la castaña no estaba preocupada en el caso. No sabiendo que su novia estaba aún hospitalizada por el maltrato de alguien que aún seguía suelto. Podía sonar algo egoísta, pero así se debía sentir la castaña en esos momentos, cuando lo que en verdad debía querer era estar con la morena. Suspiró, acomodándose mejor en el asiento mientras cruzaba sus piernas.
― ¿Cómo está Marta?
―Bien. Dentro de dos días le dan el alta. Enseguida iré para pasar la noche con ella―susurró, dejando escapar un suspiro.
―Me alegro de que os hayáis vuelto a dar una oportunidad―la aludida sonrió tímidamente―. Siempre estando con tíos… Cómo no me daría cuenta de que eras una lesbiana reprimida.
―No soy lesbiana. Soy heterosexual―bufó―, pero estoy completamente enamorada de una mujer―Quinn frunció el ceño.
― ¿A Marta no le molesta que afirmes que eres hetero cuando está claro que no?
―Marta lo respeta―declaró, cruzándose de brazos―. Ella tampoco se lo cree, pero dice que si lo digo, ella lo respeta. Mientras eso no impida que nuestra relación se lleve a cabo con normalidad, como si soy transexual o algo―bromeó un poco, sonsacando una risa en la rubia―. Yo la quiero, y creo que eso es lo que importa; no la condición sexual.
Fabray asintió, sorprendida por la franqueza que mostraba su amiga. Los ojos oscuros de la castaña se clavaron en los suyos, instándole a que hablase de lo que quería hablar de verdad. Sobre el asesinato. Ella también creía que había algo raro en medio, pero eso no le hacía echarse para atrás. Cuando quiso darse cuenta, Quinn se había levantado de la silla, caminando de un lado al otro de la habitación.
―No ha sido Mike. Estoy segura.
―Han encontrado los guantes con huellas suyas. Tiene todos los móviles posibles. Encima, para colmo, mira.
Sacó de la carpeta varios posters de distintas obras en las que había participado Mike. Obras dirigidas por Artie. Obras en las que todos los papeles que representaba eran secundarios y, en general, interpretando a pintores. Incluso en una de ellas hizo el papel de Picasso. Quinn dejó escapar un suspiro de frustración. En esa obra habían participado los dos. Pero había algo que no cuadraba. ¿Por qué inculparlo con un personaje de una obra? ¿No hubiese sido más directo y sencillo llamarlo por su nombre? No tenía sentido alguno.
―Esto no tiene sentido, Anastasia, y lo sabes.
―Claro que no tiene sentido, pero es lo único que hay. Y no hay de dónde tirar. Tenemos que confesar que en este caso nos hemos encontrado muy perdidas. Han muerto tres personas inocentes.
―Y puede que llevemos a una inocente a la cárcel―musitó con fiereza ella―. ¿No se ha parado nadie a pensar en eso?
―No, porque solo se han parado a pensar en las pruebas. Son las que hablan, no la intuición. Y aunque también pienso que hay algo raro, solo sabemos que él tenía las razones, estaba en el lugar del crimen las dos veces de tres y es muy posible que fuese él el misterioso enmascarado.
―No, estoy segura de que no―afirmó Quinn, pensativa―. ¿Se ha cerrado el caso ya?
―El jefe quiere cerrarlo cuanto antes. Los de arriba están pidiendo su cabeza por nuestra incompetencia.
Fabray se quedó en silencio, ladeando la cabeza. Se levantó, saliendo del despacho de su amiga sin volver a pronunciar palabra alguna. Se encaminó por los pasillos, dirigiéndose hacia el suyo y tomando sus pertenencias, dispuesta a salir de allí. Estaba segura de que no había sido él. Estaba al cien por cien segura de que había algo que se les escapaba. Algo que no tenía que ver con pruebas, sino con afirmaciones.
Salió de la comisaría con la chaqueta en su hombro y con su bolso pequeño. Se detuvo cuando se encontró con una Rachel Berry apoyada en el capó de un coche rojo. Parecía de estos típicos antiguos de las películas de los años noventa. Rio ante esa comparación, sonsacando una suave sonrisa por parte de la diva, que se hizo a un lado y abrió la puerta, clavando de nuevo sus pupilas sobre las suyas, instándola a entrar.
―Buenas noches, señorita Fabray―señaló, riendo entre dientes ante el gesto que mostraba lo encantada que estaba Quinn con verla―. Me han mandado para convertir esta noche en una de las mejores de su vida.
―Oh…Qué segura parece usted, señorita Berry―replicó, acercándose para besar las mejillas de la morena con cuidado, aspirando de paso su aroma―. ¿Y a dónde vamos?
―Es una sorpresa―respondió―. ¿Me permite?
Tomó su mano, ayudándola a montarse en el autocar. Se dirigió a la zona del copiloto, sentándose y riendo ante la mirada de Quinn, quien la observaba embelesada por completo. Le encantaba encontrarse con una Rachel Berry encantadora, intentando mejorar su día, si es que este podía mejorar. Quiso evitar ese tipo de pensamientos.
Se estremeció cuando Rachel se inclinó, besando sus labios con calma para apartarse en tan solo unos segundos, esbozando una sonrisa en su rostro. Amaba cada rasgo de la rubia, pero lo que más adoraba eran esos besos con sabor a fresa. ¿Por qué? No lo sabía, pero se le hacía cada instante de esos tan perfecto que era su parte favorita en esos momentos de su vida; y esperaba que fuese así para toda la vida.
― ¿Lista?
― ¿Para qué?
―Para pasar una noche con Rachel Berry…En el sentido inocente, claro.
―Siempre…En ambos sentidos...Tanto el inocente como el no tan inocente―replicó con una sonrisa pícara.
Rachel rio, plena. Estaba segura que esa noche sería un desastre, porque nada podía ser tan perfecto; aunque, con solamente estar al lado de Quinn, todo era, sumamente, perfecto.
Nota de la autora: Bueno, bueno, bueno...Vamos preparando para la noche especial Faberry... :3 Juas, no sé si al final va a enamorar más Quinn o Rachel. Vamos a pensar que, en el fondo, Rachel va a tener su encanto :P Jajaja hasta entonces, por ahora, espero que vaya esto bien ^^
Monica13: Rachel y Frannie siempre se van a llevar bien, aquí ya las vemos de nuevo juntas preparando cosas. Me alegro de que te guste la parejita de Marta y Anastasia. A mí también me gustan, aunque más Marta que Anastasia, ¿eh? :P Pues...Ya lo veremos, porque tiene muchas cosas Rachel preparadas ;P Un besuco y muchas gracias :3
