Advertencia: No creo que haga falta, pero por si acaso, aviso que quizás esto pudiese ser de contenido "M"


Había cuatro cosas que le gustaban a Quinn Fabray.

Cuatro cosas que la enloquecían por completo, y que conseguían que se muriese de placer.

La primera de todas era la noche. De pequeña, al contrario que muchos otros niños, amaba cada ápice que le proporcionaba la oscuridad; sobre todo, esa seguridad que le ayudaba a enfrentarse a sus mayores temores. Esa noche que conseguía que se acomodase mejor en la cama para dormir; aquella que, con la luna, conseguía que la pequeña Fabray durmiese con tranquilidad, sin interrupciones. Siempre le sorprendió escuchar a los demás compañeros afirmando que odiaban a la oscuridad. Supuso que era por esa costumbre de las personas de que la noche no era segura, y que la luz del día siempre proporcionaba una seguridad que, en el fondo, ella enseguida comprendió que no existía en ningún solo instante.

La segunda era el campo. Cuando era una niña, recordaba que su madre las llevaba a ella y a Frannie los domingos a casa de sus abuelos, y al lado había un pequeño lago donde las hermanas iban a jugar. En la época del frío invierno, la rubia se acomodaba entre la yerba y se entretenía de cualquier manera. Fue como una especie de proceso de maduración:

Cuando tenía siete años, su pasión era jugar con las muñecas; y de paso, hacer burlas a la pequeña rubia, que casi no se enteraba de nada a sus cinco años. Era algo que le hacía gracia a Quinn. Con doce años, le gustaba ponerse a dibujar el paisaje, y procurar no llamar la atención de nadie. Ni siquiera de la gente que sabía que nunca le haría daño, como era su propia familia. Porque pese a que Russel no era uno de los padres más cariñosos y adecuados para su hija, bien era cierto que procuraba su estabilidad, y estaba dispuesto a todo con tal de conseguir que su pequeña estuviese bien.

Con catorce años, se recordaba corriendo, haciendo abdominales y aprendiendo a hacer la voltereta, la rueda, el pino, y todo lo que fuese capaz. Estaba dispuesta a conseguir adelgazar. Se recordaba también saliendo allí por primera vez con su cabello dorado, como cuando era bien pequeña. Nunca le había gustado que su melena se escureciese, y al final consiguió convencer a su madre para volver a tenerlo en ese color que era antas suyo natural. Judy tuvo que admitir que fue un acierto hacer caso a las palabras de su hija.

Con quince años ya se encontraba en plena forma, siendo la capitana de las animadoras y con una personalidad distinta ante los demás. Se recordaba sacando fotos a su alrededor, dibujando, sin entender por qué, a Rachel Berry, y procurando llamar a su novio, que por aquel entonces era Finn, para cerciorarse de que todo estaba bien. Que nada había cambiado con su ausencia. Y también se recordaba con diecisiete años llevada allí por su madre para que tomase el aire. El médico se lo aconsejó después del accidente automovilístico.

Por último, también recordaba como con diecinueve años su padre, en medio de ese lago, le echaba en cara que nunca había sido una buena hija. Recordaba a su hermana, a un lado, bajando la vista sin mucho convencimiento y con un gesto doloroso. Rememoraba la mueca que se formó en el rostro de su madre cuando su padre le impuso una especie de ultimátum. También la incredulidad en Russel cuando Quinn decidió marcharse allí, volviendo a recordar toda su vida en solo unos segundos.

La tercera cosa que más le gustaba a Quinn eran las luciérnagas. Cuando era pequeña, una noche, se quedó en el lago con su hermana. Y vieron luciérnagas. Ninguna de las dos sabían lo que era, pero a la mayor de las hermanas le gustaba hacerse la interesante, y siempre le contaba a la pequeña Frannie, para asustarla, que eran pequeños monstruos que brillaban para atraer a sus víctimas y conseguís así atraparla. La otra, ingenua, salía corriendo seguida de una Quinn que reía divertida.

Cuando crecieron, a Frannie le gustaba quedarse con Lucy, porque en esa época la solían llamar Lucy, para verlas. Y si al principio le molestaba recordar que su hermana mayor le hacía rabiar con ellas, con el paso de los años fue una especie de ritual. Las noches que pasaban allí, en días donde el tiempo se ponía a favor de ambas, se tumbaban sobre el prado y clavaban su mirada en el cielo, viendo como estas iluminaban sus respectivas vistas. Y se contaban confidencias. Quinn le confesaba que no estaba del todo enamorada de Finn, y Frannie admitía que siempre preferiría a un chico fan del anime que a uno que fuese un deportista. Dos hermanas que se asimilaban demasiado. Una que quería dejar a la menor el legado de las animadoras. Una que apoyó a su hermana cuando esta lo necesitó.

Tiempos donde se unían esos recuerdos donde todo parecía ser más sencillo. Donde Quinn no tenía que preocuparse de su extraña obsesión por Berry, ni donde Frannie evitaba pensar en ese chico encantador que no le llamaba del todo. En ese mundo que era único para ellas. Ese mundo donde las luciérnagas les iluminaban sus caminos. Los caminos de dos hermanas. Esos caminos que, a veces, parecían ser solo uno.

Pero había una cosa que le encantaba a Quinn por encima de todas las demás. Algo que siempre había soñado. Algo que conseguía que por las noches no pudiese dormir, ni siquiera cuando sentía que Morfeo la abrazaba entre sus brazos. Cuando se percataba de que Frannie entraba en su cuarto y se abrazaba al cuerpo de su hermana mayor.

Algo que la sacaba de quicio, y que prefería ocultarlo entre los brazos de su novio, el que a veces parecía completamente confuso. El miedo cuando se dio cuenta que no podía dejar de pensar sobre ello ni sintiendo las caricias de Puck sobre su abdomen. Y cuando lo besó, no eran sus brazos, fornidos, los que la rodeaban por completo, consiguiendo que soltase un jadeo por pura satisfacción. No era él el que subió su corta falda del uniforme de las animadoras. Esa que dejaba poco lugar para la imaginación y que dejaba entre ver lo torneadas que estaban sus piernas.

Algo que tenía un nombre.

Algo que quería haber odiado con todas sus fuerzas.

Alguien que despertaba en ella sentimientos indescifrables.

¿Su nombre?

Sencillo.

Rachel Barbra Berry.

Dejó escapar un gemido, sintiendo como las manos de la chica se deslizaban por su espalda, moviendo sus piernas sobre su cuerpo, provocando una especie de electricidad que la recorrió por la espalda, en concreto, la espina dorsal.

Tomó el oxígeno suficiente para sumergirse en un apasionado beso en el que se sus lenguas luchaban por conseguir el poder en una batalla que ninguna de las dos podría ganar. Cuando quiso darse cuenta, las manos de Quinn se introdujeron por debajo de su camisa, llamando la atención de la morena por completo. Sus caderas reaccionaron, sintiendo el roce del muslo de la rubia, que seguía de arriba abajo, consiguiendo que todo el cuerpo de la diva se estremeciese por completo.

No era virgen. Claro que no lo era; igual que tampoco lo era su acompañante. Pero era cierto que estaba completamente nerviosa, y no era para menos. Ella, para gracia, era la primera vez que estaba en esos sentidos con una mujer; su compañera, en cambio, había mantenido una relación con una chica, y por supuesto, había consumado relaciones con ella. Y aunque no se consideraba una mala amante, ni siquiera sabía qué tenía que hacer en concreto. Se lo podía imaginar, pero la inexperiencia y la vergüenza le podían un poco.

Había sido una noche bastante especial. Inolvidable, sin duda alguna.

Había ido a recoger a Quinn a la comisaría, y después de eso, se pasaron media hora en el coche escuchando canciones de Barbra Streisand mientras que la rubia reía por las emociones que mostraba la morena solamente al escuchar esa maravillosa voz que era una de sus inspiraciones. La rubia recordaba perfectamente el brillo de los ojos negros de la chica cuando le pidió que acompañase a la cantante con su voz. Y no se arrepintió. Escuchar a Rachel era especial. Igual que para esta lo era el hecho de sentir como Quinn le acompañaba en la canción, dándole ese toque familiar que fascinaba a la cantante por completo.

― ¿Sabes que siempre me ha gustado como cantas? ―Le llegó a preguntar de manera retórica Rachel, mirando de vez en cuando a la rubia.

Pero la melodía más perfecta era la de su pequeña risa. En uno de los semáforos, pillándola desprevenida, Fabray la besó en la mejilla con suma delicadeza, sonriendo de lado y girando su rostro para poder ver el paisaje. Se percató de que salieron de la ciudad, pero prefirió hacer caso omiso.

Las manos de la rubia se deslizaron con necesidad por su cuerpo, volviendo a tirar de la camisa con la firme intención de librarse de la prenda. Rachel gimió, siendo callada por la boca de Quinn, que impulsaba su lengua para romper la barrera de sus labios, saboreando cada lugar recóndito de la morena, que tembló entre los brazos de la otra. La sonrisa ladeada y fina de esos labios la enloqueció, y más cuando los sintió depositando ligeros besos a lo largo de su mandíbula, sonsacando pequeños gemidos a la vez que sentía como su entrepierna se calentaba ligeramente, apoderándose de ella una sensación que conseguía que su respiración se acelerase lo suficiente.

―No te preocupes, preciosa…―susurró Fabray, leyendo los pensamientos de su acompañante―. Solamente, déjate llevar…

Su voz sonó ronca, firma, ligera, sensual. Rachel se detuvo a pensar. ¿Existía acaso alguien que fuese capaz de causar esa sensación de delirio con tan solo tres palabras? Creía que iba a perder la cabeza al percibir que las yemas de sus dedos correteaban por sus brazos, para al final, volver a dirigirse a su parte delantera.

La camisa cayó al prado, provocando una pequeña sonrisa en la diva. Su corazón volvió a acelerarse, y más al ver como los dientes blanquecinos de Quinn brillaban en la noche de aquel maravilloso lugar. Nunca había visto nada parecido, y tenía que admitir que no quería ver nada distinto a aquello. Y menos cuando la chica tomó sus manos para colocarlas en su cintura, invitándole a que tomase la iniciativa.

Al principio se quedó sin respiración, experimentando lo que era que Fabray le mordiese el labio coquetamente, provocándola. ¿Podía existir acaso algo más provocativo? Quinn Fabray era la mujer más sensual que jamás hubiese conocido, y si se le añadía el hecho de que sabía cómo conseguir que su cuerpo se encendiese por completo, era, simplemente, perfecta.

La rubia se quedó en silencio, quedándose estática mientras observaba el cuerpo de la morena. Su abdomen, que si no estaba tan trabajado como el suyo, conseguía despertar una intensa curiosidad. Se quedó sentada a ahorcajadas de la morena, posando sus manos sobre su piel. Pudo comprobar el sonrojo en las mejillas de la muchacha, pero hizo caso omiso; aunque tenía que admitir que eso le gustaba más, si eso podía ser, claro. Sus uñas recorrieron es aligera línea marcada en ese cuerpo que se le hacía perfecto, fascinada por ella. Fascinada por toda esa pasión que Rachel conseguía despertar en ella. Una sonrisa se amoldó en su rostro, lamiéndose los labios inconscientemente. La otra se estremeció ante esa muestra de la ex animadora, que se inclinó de nuevo para dejar suaves besos en el nacimiento del cuello, sonsacando débiles suspiros que la estaban volviendo todavía más loca.

Había mantenido relaciones, pero nunca como en aquel momento. Ni siquiera con Emma, con la que había rozado la delicadeza absoluta, y con sus tórridos momentos en baños públicos. Eso la hizo sonreír. Solamente con pensar que ella se propondría hacer lo mismo con la morena…Ya su cuerpo se electrizaba del todo.

Rachel le había llevado a su sitio especial. A su lago. Al lago al que iba de pequeña con Frannie, por lo que supuso que había sido idea de su hermana. Y cuando estuvieron allí, se sorprendió al encontrarse que habían colocado una especie de varias mantas sobre las ramas del árbol grande situado al lado del lago, consiguiendo que quedase como una gran tienda de campaña en las que ambas podían meterse sin tener que agacharse ni nada.

Al principio, tenía que confesar que le había parecido un poco cutre, aunque no lo dijo porque veía el entusiasmo en la morena. Cuando se acercaron, descubrió que las ramas de los árboles estaban cubiertas de luces, decoradas con distintas flores. Algunas eran absolutamente preciosas, y el resto era de una sola flor. La que era su favorita. Tuvo que admitir que Rachel acababa de lograr que su corazón diese un vuelco de trescientos sesenta grados.

―Sé que no ha quedado muy bien―señaló Rachel―, pero tu hermana me contó que siempre te había gustado este sitio; y quería que esta noche fuese especial en todos los sentidos, Quinn.

Había estado a punto de abalanzarse sobre Rachel, pero prefirió reservarse para cuando entrase más la noche. Ya le agradecería todas las molestias que se había tomado por ella. Porque aunque no era la perfección, todo aquello que tuviese que ver con la chica era sumamente perfecto. Sublime. A veces se cuestionaba si Rachel no escribía, porque su originalidad era algo que le fascinaba por completo.

La morena ladeó la cabeza, perdida en esos ojos verdes que la conseguían dejar sin saber siquiera cómo reaccionar. Quinn la abrazó, aprovechando el momento para deshacerse del broche del sujetador. La otra se quedó sin saber qué decir, sintiendo como las manos de la rubia tiraban de los tirantes para dejar la parte superior de su cuerpo completamente desnuda. Fabray tuvo que contener sus ganas de hacerla suya cuando comprobó que sus pechos eran pequeños, pero perfectos para ella.

Con suma delicadeza, los acarició en simples roces de sus dedos contra su piel, procurando primero excitar más a su compañera. Sonrió satisfecha al sentir como el cuerpo de la morena temblaba bajo el suyo, y como los ligeros círculos sobre sus senos hacían que gimiese por lo bajo, mordiéndose el labio para contener un sonoro gemido. Rio entre dientes, acelerando los roces y moviendo su cadera al mismo tiempo, rozándose sus respectivas pelvis en un contacto que sonsacó un gemido intenso.

―Quinn…―dejó escapar como pudo la morena, atrayéndola hacia ella― ¿Cómo se hace esto? ―Preguntó, totalmente avergonzada. Quinn sonrió, un poco enternecida.

―Te voy a enseñar―afirmó, inclinándose y colocando los brazos de Rachel alrededor de su cadera, posando sus manos en sus propios glúteos―. Acaríciame…

La otra hizo lo que la rubia le exigió. Al principio lo hizo con inseguridad, pero al comprobar que la rubia la tomaba del rostro para besarla y así ahogar sus gemidos, prosiguió. Sus manos se dejaron llevar, tocando las nalgas de Quinn ya sin ningún tipo de pudor. No sabía si era demasiado pronto como para sentirla tan cerca, pero estaba disfrutando de lo que era estar así con ella. Era una nueva experiencia. Una de esas que era, sin lugar a dudas, inolvidable.

― ¿Y ahora? ―Quiso saber, un poco cohibida. Quinn rio entre dientes, besando los labios de la joven con entusiasmo―. Es que no sé cómo hacerlo, Quinn. Es la primera vez que estoy con…

―Déjame entonces a mí, cariño―susurró tentadoramente, empujándola ligeramente lara que se tumbase―. ¿Confías en mí?

Asintió, azorada y sonrojada. La sonrisa satisfactoria apareció en el rostro de la animadora, inclinándose de nuevo para besarla, volviendo a dejar escapar un gemido sonoro al percibir como Rachel se removía en su sitio, completamente nerviosa. Sus manos consiguieron desatar el botón del pantalón, despertando sensaciones en la diva, que la contempló con absoluta fascinación.

Quinn se deslizó, lentamente, por su cuerpo. Primero empezó besando sus hombros desnudos, consiguiendo que la morena arquease su espalda, sentándose de nuevo ante esa sensación. Pero el cuerpo de la otra se lo impidió, besando su cuello, centrando su atención en él. Había deseado tanto estar en esa posición con ella que no la iba a dejar escapar con tanta facilidad.

Rachel, en medio de la cena, se levantó y se situó a su lado, colocando ambas manos sobre sus hombros para dedicarle una sonrisa encantadora. Fabray creyó que se iba a quedar sin respiración, sintiendo como la morena le apartaba el cabello con cuidado y colocaba un colgante en su cuello. Cuando descubrió una pequeña ninfa en este, parpadeó varias veces, incrédula. Era el collar que quería haberse comprado desde hacía tiempo; y descubrir que lo había hecho Rachel por ella era algo que acababa de conseguir que se quedase sin palabras. ¿Qué le iba a decir? No podía reaccionar, y menos cuando la otra le besó la mejilla, juntándola después con la suya para sonsacar una sonrisa tierna en su rostro.

― ¿Quieres ser mi novia, Quinn Fabray?

Cuando escuchó esas palabras salir de los labios de la cantante, no supo si quiera cómo reaccionar. ¿De verdad que Rachel Berry le estaba pidiendo que fuese su novia? ¿De verdad? Bajo las luces que, con la oscuridad, parecían luciérnagas. Bajo la noche, que las envolvía en un cálido abrazo. Bajo la naturaleza, que le hacía recordar esos momentos de niñez que tanto le gustaban. Sin lugar a dudas, ese era el momento ideal y especial. Porque estaba viviendo un momento que guardaría en su corazón para toda su vida. Clavó sus ojos verdes sobre los de la morena, que parecía impaciente por saber la respuesta de la ex animadora. De la muchacha que intentó hacerle la vida imposible. De la joven que le había robado el corazón con una de sus sonrisas.

― ¿Quinn? ―Volvió a intentar, poniéndose nerviosa.

― ¿De verdad, Rachel? ―Preguntó, incrédula. No podía creérselo. No todavía.

―De verdad, Quinn. Te quiero―afirmó la chica, acariciando sus mejillas, poniéndose de rodillas para enfrentarse cara a cara―. Y me gustaría que me dijeses que sí, porque sería la mujer más feliz del mundo.

―No soy alguien fácil de contentar―aclaró, ladeando la cabeza con una sonrisa risueña en su rostro dibujada. Rachel correspondió al gesto.

―Ya tenemos otra en común. Tengo un carácter bastante insoportable.

La rubia le tomó de las manos, volviendo a fijar su mirada en su rostro. Se inclinó, depositando un casto beso en la boca de la otra, consiguiendo que la sonrisa aumentase de tamaño, logrando que el propio corazón de la ex animadora se acelerase un poco más. Ese era el efecto que tenía Rachel Berry en ella.

―Tendremos tiempo para averiguar quién de las dos es más insoportable―bromeó. Las pupilas de la diva brillaron.

― ¿Eso es un sí?

―Eso es "no puedo resistirme a sus encantos, señorita Berry".

Y así habían acabado, una encima de la otra, dejándola completamente desnuda en medio del lago de la casa de los abuelos de Quinn. Y es que, la rubia no pudo contenerse por mucho tiempo, tirando de la que ya era su novia para hacerle el amor y que rozase así las estrellas. Porque Quinn Fabray podía presumir de ser una muy buena amante. O al menos, eso le había afirmado Puck, Santana, y Emma.

Rio entre dientes cuando, al fin, Rachel sacó la valentía suficiente como para reclamar que ella permanecía con la ropa todavía puesta; incluso fue la misma la que se permitió arrebatarle de su camiseta, dejándola en sujetador. Pero Quinn tenía otras cosas en mente, por lo que no tardó en volver a su cometido anterior, deslizando su lengua por los pechos de su novia con cuidado, realizando la presión exacta para que se removiese sumergida en numerosas sensaciones de placer.

― ¿Dónde has aprendido esto? ―Susurró.

―Es un secreto―replicó la otra, volviendo a lamer uno de los pezones con suma facilidad y entrega. Rachel volvió a temblar al sentir esas caricias tan íntimas por parte de la rubia.

― ¿Me enseñarás?

―Solamente si lo haces solo para mí―declaró juguetona, empezando ya a un nivel superior.

Si eso era lo que le provocaba con tan solo acariciar su vientre, sus pechos y besar sus hombros y cuello, no sabía que sucedería cuando su mano se adentrase por dentro del pantalón. No tardó en descubrirlo.

Las manos de la rubia tiraron de la prenda, rozando aún sus piernas cubiertas por su propia prenda con ya los muslos desnudos de la morena. Rachel centró su mirada en el rostro de la rubia, que besaba sus muslos mientras terminaba de dejar casi desnuda a la chica. Percibir su aliento, su respiración acelerada, era una bendición que despertaba sensaciones completamente extrañas en Berry, que dejó escapar un suspiro de nuevo. Estaba enloqueciendo con las caricias de Fabray, que ya terminó con su cometido.

Pero no se colocó a la altura de la morena, que esperaba impaciente por volver a sentir los labios de su chica sobre los suyos. Bajó la mirada, encontrándose con que se iba deslizando hacia arriba, deteniéndose en su ombligo y lamiéndolo con su lengua. Estaba completamente perdida. ¿Y ahora? ¿Ahora qué diantres le iba a hacer?

―Pídemelo―murmuró con una voz ronca.

Rachel al principio no entendía de lo que hablaba, aunque enseguida lo comprendió al encontrarse con la mirada de lujuria por parte de la joven, que al final llegó a su altura mientras la besaba calmadamente. Una de sus manos se situó sobre su centro, acariciando la zona del clítoris con ella, tanteando el terreno, que comprobó que estaba totalmente húmedo, cosa que provocó el sonrojo en la diva,

―Rachel Berry sonrojada y completamente mojada…―musitó con gracia Fabray, inquiriendo un tono completamente sensual―. Pídemelo―exigió de nuevo, mordiendo ligeramente los labios carnosos de la aludida, que parecía estar controlando su excitación. Estaba segura que estaba a punto de correrse, y tenía ganas de que Quinn le hiciese el amor miles de veces. Solamente quería sentirla dentro de ella. Que la tocase como parecía saber. Que no la dejase como estaba en ese momento: frustrada.

―Quinn…―susurró, controlando los espasmos que le provocaba su propio cuerpo.

Temblaba de pies a cabeza, y sentir como esa mano aún la torturaba lograba que perdiese el control, tomando el rostro de Fabray entre sus manos y besándola apasionadamente, adentrando su lengua con ferocidad por su boca y sonsacando ella misma un gemido de su boca. Le encantaba escuchar los jadeos de la rubia. Le escuchaba sentir su corazón, cabalgando al mismo ritmo que el suyo. Simplemente, amaba a Quinn.

―Pídemelo, por favor…―suspiró sobre sus labios, clavando sus ojos verdes sobre los suyos.

―Por favor…Cariño…―inquirió con la voz entrecortada. Sus dedos aún no se decidían a entrar, aunque seguían acariciando el clítoris por encima. Quizás para torturarla. O quizás para prepararla.

― ¿Por favor qué, Berry?

―Bésame―exigió con timidez.

― ¿Dónde quieres que te bese? ―Inquirió con una sonrisa.

―En la boca―respondió―. Hazme el amor.

― ¿Quieres que te haga el amor? ―Inquirió, levantando las cejas. Rachel gimió.

―Oh, Dios… Quinn… ¡Quinn! ―Exclamó, frustrada.

Esta rio, finalmente cumpliendo la petición de la morena. Introdujo primero un dedo, provocando un primer temblor que ni ella misma fue capaz de controlar. La rubia la besó de nuevo, callando los gemidos. Después adentró el segundo, realizando movimientos que conseguían que Rachel se estremeciese todavía más. Apretó sus muslos, impidiendo que la otra pudiese salir. Al principio le hizo daño, pero sabía que le faltaba muy poco para llegar al orgasmo.

―Dime que me quieres…―pidió, jadeando.

―Te quiero…

―Voy a llegar, Quinn―replicó.

―Lo sé―aseguró ella, sintiendo de repente el líquido del interior de la morena en su mano.

Ya lo había conseguido. Había llegado a un momento tan intenso que no pudo controlarse, relajándose un poco. Quinn sacó sus dedos, llevándoselos a la boca para saborear a la morena. Esta se quedó observándola detenidamente, volviendo a sentir que su centro palpitaba con ferocidad, completamente extasiada.

―Sabes tan bien…―murmuró Fabray, besando a su novia para que esta lo pudiese comprobar.

―La verdad es que bastante bien―confesó sin mucha modestia, sonsacando una intensa sonrisa en su acompañante.

―Yo también te quiero…

―Y yo a ti…―se fundieron en un beso más calmado, aunque rápidamente la morena se apartó, dejando a Quinn confundida―Me pregunto…

― ¿Qué?

―Cómo sabrá mi querida novia…―dejó escapar, empujándola y quedándose esta vez encima de ella, volviendo a la carga.

―Vamos a dormir muy bien esta noche―declaró con una ligera risa la rubia. La diva alzó las cejas, analizando cada rasgo de su novia. Dios, la deseaba tanto…

― ¿Y quién ha dicho nada de dormir?

Sí.

A Quinn le quedó claro.

Esa noche, sería, sencillamente, inolvidable.


Nota de la autora: ¡Wow! Creo que es la primera vez que he escrito una escena de estas tan detalladamente, por lo que no sean duras conmigo, por favor xD La inocencia puede conmigo, y escribir esto sin añadir cursilerías al estilo "Y se unieron en uno" o algo así es algo que...Uff... xDDDDD Espero que este capítulo os haya gustado, porque es el que más me ha costado (y en parte, gustado xD) Escribir xDDDD En fin, también pues si me indicasen algún detalle para mejorar este tipo de escenas, mejor, porque la inexperiencia creo que se nota mucho xDDD

Aparte de eso, ya habrán notado que en este capítulo el punto de vista de pasado ha sido como recuerdo, igual que la escena de la sorpresa, aunque la que tiene más fundamento y peso es la escena Faberry :P Aparte de eso, pues es especial porque solo se centra en nuestras chicas xD. Un besuco y muchas gracias por leer ^^

monica13: Hay sorpresa, sorpresa...Fue muy sencilla, pero Quinn no se puede resistir a los encantos de la morena ;) Ahora ya no va a sufrir, y no le va a hacer falta a Anastasia porque su familia en la actualidad ya lo sabe, igual que ya no se habla con ellos xD Pero en esos tiempos, ya se ve que...Uy uy uy xD Un besuco y muchas gracias por comentar ^^

lucyfaberry: Jajaja resucitaste veo :P Emma volverá, pero tenemos que tener paciencia. Y cuando vuelva, nos va a dar una sorpresa...No sé si grata, pero sorpresa al fin y al cabo :P Jajaja ¿qué te ha parecido esa noche especial? Creo que esto nadie se lo esperaba xDDDDD Marta ha tenido, tiene y va a tener una vida dura en muchos sentidos xD Y sí, veo que nadie cree que sea Mike. Sería demasiado obvio, ¿no? :P No te preocupes. Lo que me importa es que la leas. El comentar ya es cuando puedas ;) Y sí, hay segunda parte de esta historia (voy a agobiar mucho, muahahaha) Un besuco y muchas gracias, como siempre ^^