Quinn se removió en el sitio, sintiendo una especie de manta alrededor de su cuerpo. Cuando quiso abrir los ojos, se encontró con una Rachel observándola atentamente. Llevaba encima, cubriéndola, la camisa que se había quitado Quinn, además de esas finas braguitas que le había quitado por la noche. Y se veía hermosa, bajo esas hadas que adornaban las lámparas que la diva había colocado. Nunca se había imaginado cómo sería ver un hada en persona, pero ahora que tenía a Rachel en frente suyo, comprendió que tenía que ser parecido. Al fin y al cabo, la morena parecía una hada. Su hada. Su ninfa del bosque. Sus distintas formas de llamar a la misma cosa.
―Buenos días…―susurró, sintiendo como Rachel se tumbaba de nuevo en frente de ella, fijando sus ojos oscuros en los suyos, sonriendo de lado, quizás con cierta satisfacción. Casi podía percatarse del ruido de los pájaros, y también del viento; pero toda su atención se centraba en la suave respiración de Berry, que permanecía en absoluto silencio.
―Buenos días, princesa…
Quinn rio un poco ante eso. Siempre le había gustado la película de "La vida es bella", y estaba segura que si un día alguien le decía esa frase, seguramente que sería el amor de su vida en cuestión de segundos. Y no hizo falta, porque Rachel ya lo era desde hacía mucho tiempo atrás. La sonrisa que se dibujó en su rostro permaneció intacta, percatándose de como la mano de la joven acariciaba su brazo desnudo, sumergiéndola en una extraña sensación de desfachatez y de amor. Amaba esa delicadeza que estaba mostrando la morena en esos mismos instantes.
Podía sentir sus dedos toqueteando su piel blanquecina. Las yemas de sus dedos parecían deslizarse con suma facilidad, como si fuese así de sencillo acariciar a alguien; pero todo con ella era sencillo. Todo. Por eso no pudo evitar levantarse lo justo como para inclinarse y besar su frente, aspirando el aroma de su cabello con rapidez. Adoraba cada momento con ella, y ese era uno de los mejores. Se imaginaba como tenía que ser cada mañana al despertarse con ella a su lado, y Quinn no tardó en llegar a la conclusión que eso era lo que más deseaba en el mundo. Y que si pudiese, lo conseguiría. Merecía la pena. Por supuesto que merecía la pena.
― ¿Cómo has dormido? ―Susurró con calma, clavando sus ojos verdes sobre los suyos.
―No he podido dormir―confesó, riendo nerviosa. La rubia la observó sorprendida, acariciando de mientras el cuerpo de su novia con delicadeza. Enseguida se percató de que ella estaba todavía desnuda, pero no le importaba.
― ¿Ha sido culpa mía?
―Sí―contestó, riendo―; es que tenerte a mi lado, me quita el sueño.
― ¿Me lo tomo mal?
―No…Yo creo que eso es un bonito halago―replicó, haciendo un mohín con sus labios. Quinn rio, dándose un poco la vuelta para fijar su mirada hacia el fondo.
El cielo estaba completamente despejado, y se podía ver como el paisaje relucía con los rayos del sol incidiendo sobre cada figura. Cada árbol con sus hojas, un poco mojadas, cayendo gotas de esta. Quinn frunció el ceño. ¿Había llovido? Podía ser, porque ni siquiera estuvo centrada. Solamente podía pensar en cómo era sentir a la morena acariciando cada parte de su cuerpo. Y por supuesto, hacer el amor con ella hasta que las dos se sumergieron entre los brazos de Morfeo. Bueno, ella, porque parecía que Rachel ni siquiera había dormido.
― ¿Y qué es lo que has hecho mientras estaba dormida? ―Quiso saber, clavando sus ojos verdes en el rostro de la diva. Esta se encogió.
―Observarte. Al principio me costó, porque estaba demasiado emocionada como para poder soportar el tenerte a mi lado completamente desnuda, y sin embargo, no poder hacer nada de nada.
―Lo siento, cariño; debió de ser un martirio para ti―bromeó Fabray, sintiendo como la otra le golpeaba con su mano―. Mira que me gustan que me den, ¿eh?
―Pervertida.
Las dos estallaron en carcajadas, rodeando así después la morena con sus brazos las caderas de su novia, abrazándose tranquilamente. Sus piernas se entrelazaron, y cuando Fabray quiso darse cuenta, parte de la manta descubría su torso desnudo, consiguiendo que Rachel se estremeciese al sentir así a la ex animadora. Pese a todo lo que habían vivido por la noche, aún le costaba asimilar que la chica estaba allí, a su lado. Le costaba comprender que alguien como Fabray pudiese fijarse en una mujer como ella, pero tampoco iba a ponerse a discutir con ella sobre eso. Solamente quería disfrutar de lo bien que se sentía al percibir la respiración calmada de la rubia.
―Rachel…―susurró ella en su oído, consiguiendo que el cuerpo de esta reaccionase por completo―. No es justo que tú permanezcas totalmente vestida y yo esté desnuda―dejó caer, consiguiendo que la sonrisa de la diva se ensanchase por completo.
― ¿Qué es lo que propones? ―Quiso saber, dejando escapar un suspiro en su oído.
Cuando quiso darse cuenta, la joven la había empujado para sentarse a ahorcajadas suyo, siendo así la única vista de Rachel el cuerpo escultura de la rubia. Y era escultura. No dudaba para nada de que no lo fuese.
―Ahora mismo te voy a desnudar y vas a rozar el cielo―rio entre dientes, satisfecha de dejar claro quien mandaba en esa relación.
Berry sonrió de lado. Pese a que nunca le gustaba que nadie le mandase, no le importaba si todas las órdenes venían de la rubia. Sintió como esta apresaba sus labios contra los suyos, y como le posaba las manos sobre su trasero, invitándole a que siguiese mientras ella proseguía con sus propios objetivos. Rachel dejó escapar un gemido fuerte, indicando lo placentero que era sentir como Quinn tiraba de la camisa para volver a desnudarla.
―Estás muy segura de que voy a rozar el cielo, ¿no?
―En verdad creo que vas a rozar las estrellas, pero no quiero sonar muy arrogante―susurró.
Rachel sabía que sí; que rozaría las estrellas.
Dejó escapar un suspiro, sintiendo como sus brazos se aferraban con fuerza a su propio cuerpo. Cuando sintió sus labios sobre los suyos, no pudo comprender como no había experimentado un delirio como aquel antes.
Había sentido las manos del que fue su marido recorriendo cada tramo de su cuerpo, cada lugar recóndito de este. Y si bien era cierto que en su momento creyó que eso fue lo mejor que le había pasado en su vida, podía confirmar con tan solo esos roces que estar en esa situación era mucho mejor de lo que jamás había vivido. Aún recordaba cómo fue la primera vez que él le hizo el amor. Y ahora, sintiendo sus brazos alrededor de ella, se sentía a salvo.
Su mano se deslizaba por su abdomen desnudo. Primero acariciando el nacimiento de su cuello, realizando el recorrido de su cuello; poco a poco, lentamente. Sus labios hicieron lo mismo, posándose de vez en cuando en cada lugar recóndito de su figura. Cuando quiso darse cuenta, se escapó un gemido de sus labios, siendo callada por su boca, que introdujo su lengua con delicadeza, intentando sonsacar de nuevo otro gemido en ese contacto.
En un principio, se sentía sumamente extraña. Sus manos se aferraron a su fina espalda, que estaba completamente desnuda. ¿Desde cuándo estaba desnuda? No podía asegurarlo del todo, pero no dudó en acariciar la línea de su espalda con calma, sonsacando ligeros suspiros de sus labios. Había saboreado numerosas veces lo que era tener a alguien de esa manera, pero no era ni comparado con lo que ya había vivido.
Procuraba mostrar una delicadeza extrema, introduciendo su mano por debajo de la colcha, acariciando sus muslos desnudos. Siempre había querido ponerse a hacer ejercicio después de dejar el instituto, como lo hizo en su momento su hermana mayor. Pero no lo había hecho, y ahora no era tan delgada como ella; ni tenía el cuerpo tan torneado ni trabajado. Y sin embargo, no parecía importarle en ese preciso momento. No le molestaba porque podía presenciar la lujuria en sus pupilas, que brillaban con fuerza y deseo. Dejó escapar un suspiro en su oído, notando como el cuerpo temblaba entre sus brazos.
Se relamió los labios, dejando escapar un suntuoso jadeo que consiguió que esas manos que acariciaban con lentitud sus muslos acelerasen sus movimientos, perfilando cada lado con tanta devoción que creía que se iba a morir por sentir sus dedos veloces sobre su piel blanquecina. La joven escondió su rostro en su cuello, mordiéndolo con ligereza, procurando no hacerle mucho daño. Consiguió que sus caderas chocasen, provocando que todo se volviese más intenso y perturbador a la vez.
Se preguntaba si podría resistirse ante ese momento, donde la otra parecía estar dispuesta a llegar hasta el final. Besó su boca con desesperación, rodeando con una de sus manos la nuca, impidiéndola alejarse. Se iba a quedar sin oxígeno, pero no le importaba. No le importaba mientras eso significase que podría sentirla dentro de ella. Sintió como sonreía en ese beso, y eso aceleraba el corazón de la rubia, que se dejaba arrastrar por esa pasión y lujuria.
Frannie Fabray nunca había experimentado nada similar a eso, y menos como alguien pudiera desearla con tanto entusiasmo. Por eso, la timidez que se apoderaba de ella en un principio desapareció por completo, llamando la atención por supuesto a la otra, que se inclinó, deslizando su lengua por su oreja, acariciando con esta el lóbulo. Frannie se estremeció, clavando sus uñas sobre su espalda. Podría dejarse llevar por esa maravillosa sensación, pero también era consciente que tenía que aguantar. Que tenía que llegar junto a ella.
Por eso, no dudó en tirar hacia abajo la prenda que quedaba, dejando entrever por completo su maravillosa desnudez. No sabía si era lo más hermoso que existía en el planeta, pero sí lo que más le gustaba a ella. De nuevo, sus caderas volvieron a rozarse. Y volvió a soltar un gemido, sonsacando una risa nerviosa en la otra, que clavó sus ojos en los suyos, sin saber muy bien si proseguir o no.
― ¿Estás segura de esto? ―Inquirió con tono sugestivo, rozando de repente con sus dedos su centro, pero de manera superficial, logrando que sus pechos se pusiesen duros, rozándose con los de ella en un encuentro delirante, donde sus pelvis chocaban de vez en cuando ante los movimientos insistentes de la que se encontraba encima.
―Yo…―no fue capaz de proseguir, dejando escapar de nuevo otro gemido, acompasado por los débiles suspiros que se escapaban de la boca de la otra―No te detengas, por favor.
Emma sonrió de lado, seductora, mordiendo después el labio de la menor hasta conseguir que sangrase, succionando después el líquido rojizo con ansiedad, pareciendo casi una especie de vampiro o algo. Pero esa imagen excitaba todavía más a la rubia, que dejó escapar otro gemido, presa de un delirio que ni siquiera recordaba cómo había empezado.
― ¿Quieres más? ―Interrogó, centrando sus movimientos entre las piernas de la rubia, que asintió, azorada―. No te oigo, Fabray―declaró, riendo ante el color rojo que se apoderaba del rostro de la aludida.
―Dime que no eres Daniela, por favor―pidió. La pelirroja rio entre dientes de nuevo, acercándose peligrosamente. Frannie creyó que la otra le haría el amor ya, pero la otra parecía no terminar de decidirse después de todo.
― ¿Qué pasaría si fuese ella? ―Susurró sensualmente.
No pasaría mucho, la verdad, porque Frannie estaba ya totalmente mojada. Pero habría una diferencia muy sutil. Pese a que las dos viviesen en ese mismo cuerpo, hablando pronto y mal, para Frannie, Daniela sería solamente sexual, sexo casual como mucho. Pero Emma sería mucho más. Algo que la asustó por completo…
Abrió los párpados de repente, sentándose en la cama con la respiración totalmente acelerada. Miró a su alrededor, encontrándose con la oscuridad de la habitación solitaria. Todo permanecía en silencio. Solamente se lograba escuchar el sonido del reloj, marcando así que eran las nueve de la mañana. Todo lo demás permanecía sumergido en la más absoluta tranquilidad.
Se dejó caer de nuevo sobre la almohada, percatándose de que su móvil acababa de vibrar. Frunció el ceño, pero hizo caso omiso al aparato. Se giró, abrazándose a sí misma por completo. Quería pensar que todo había sido real, pero sabía que no era así. Que todo había sido producto de su fantasía.
Temblaba.
Sudaba.
Creía que estaba a punto de darle un paro cardíaco.
Dejó escapar un gemido, ahogándose después. ¿Por qué le sucedía algo como eso a ella? Cuando quiso darse cuenta, se dio cuenta de que estaba completamente mojada. Suspiró.
Frannie se levantó de la cama, tirando de la colcha para percatarse de que todo estaba manchado. Se quedó paralizada, maldiciendo a Emma, su lejanía y a todo Dios que pasase por su mente. También maldijo a su hermana, que no había llegado a casa, y eso significaba solo una cosa. Y maldijo a todos los enamorados que estuviesen manteniendo relaciones sexuales con sus parejas. Los odió. Sobre todo porque ella estaba frustrada en todos los sentidos.
Y tampoco tardó mucho en meterse al bañó. No tardó nada de nada.
"Le bastaba cerrar los ojos para verlo, lo oía respirar en el mar, la despertaba a medianoche el fogaje de su cuerpo en la cama. A fines de semana, sin haber conseguido un minuto de sosiego, le escribió la primera carta."*
Se detuvo, leyendo de nuevo esas líneas. Siempre le había fascinado el amor en todos los sentidos. Es más, siempre había leído historias de amor. Y pese a que esa no lo era, le gustaba esa parte en la que parecía que el amor, pese al paso de los años, parecía permanecer de vez en cuando. Se relamió los labios, sosteniendo el libro entre sus manos para proseguir con la lectura.
Nunca se había decidido a leerlo por el simple hecho que supondría una especie de reto; había escuchado tantas veces que ese libro era puro aburrimiento, que no había querido leerlo. Pero allí, en esa ciudad, descubrió que todo era distinto.
Esa noche se presentaba fría y ligeramente distinta. Sus ojos se clavaron en la figura del espejo. Ahogó un gemido de dolor en su garganta, cerrando el libro y levantándose. Se preguntaba como debió sentirse Ángela Vicario ante la falta de su esposo cuando este la dejó. Y como se debió sentir al enviarle durante diecisiete años cartas que nunca fueron respondidas. Contuvo el aliento, abrazándose a sí misma por un segundo.
Gabriel García Márquez era uno de los escritores más conocidos de la literatura de América del Sur, y comprendía en parte porque. El libro no había resultado tan pesado como esperaba, ni mucho menos. Era cierto que la novela, o cuento, se centraba en lo mismo desde distintos puntos de vista. Pero eso no importaba. Incluso le daba un toque más amplio para conocer la perspectiva.
¿Fue Santiago Nasar el que causó la vergüenza en la familia Vicario? ¿Los hermanos Vicario estaban tan ajenos a la sensibilidad y remordimiento como pretendían aparentar? Siempre había sentido fascinación por historias complejas, y una de ellas era la que estaba leyendo. Aquella que ya presentaba desde la primera línea el hecho: que Santiago Nasar iba a morir asesinado en manos de los hermanos Vicario.
Dejó escapar un suspiro, centrando su mirada en el reflejo del espejo. Una sensación se apoderó de su cuerpo, quedándose estática en el mismo lugar. Podía escuchar los gritos en su cabeza. Lloró. Lloró porque no era lo único que se presentaba en su cabeza. Era el desaliento, el temor, la duda. Esa duda que presentaron todas las personas que parecían en el relato de Gabriel García Márquez. Casi, por lo que estaba sintiendo, se podía considerar como una más en esa historia.
Rememoraba los gritos. Rememoraba las sensaciones de dolor. Y de ira. Sobre todo de ira. Su corazón se congeló por completo. Se congeló totalmente cuando las imágenes volvieron a pasar por su cabeza con gran velocidad. Contuvo un llanto. Contuvo esas lágrimas que amenazaban por salir de sus ojos, y deslizarse sin ningún tipo de pudor por sus mejillas.
Quiso pensar en ella. Porque eso le iba a calmar, y lo que necesitaba era tranquilizarse. Pero cuando volvió a levantar la vista, solo era capaz de ver a esa adolescente asustada. La que salió corriendo de aquel salón. La que escapaba con las manos manchadas de sangre, escondiéndose de nuevo en el armario de su cuarto. Balanceándose. Acariciándose a ella misma. Y volviendo a sentir de nuevo la fragilidad en todo su cuerpo, como si se tratase de una muñeca de porcelana. Cuando quiso darse cuenta, se levantó, dejando el libro sobre el sofá y tomando el auricular del teléfono entre sus manos.
Dudó.
Era la primera vez que se daba cuenta de que algo había sucedido. Que había cambiado. Ya no se sentía acompañada ni nada por el estilo. Recordaba todo. Cada ápice. Cada lugar oculto. Cada sombra que aparecía en su mente cada vez que intentaba rememorar algo. Se quedó sin aliento, derrumbándose en medio del salón. Esperaba que eso tardase en suceder.
Pero ya lo entendía todo. Todo.
Dejó escapar un suspiro, decidiéndose a llamar al final. Y aunque sonaron los tonos, nadie contestó. Tampoco le extrañó, porque eran las ocho de la mañana, pero eso no quitaba para que se pusiese todavía más nerviosa. Y cuando volvió a fijar su mirada en el espejo, en vez de ver todo, solo la vio a ella. A esa sonrisa débil y apagada. A la sonrisa de su madre.
En ese mismo instante, comprendió un poco más a Santiago Nasar.
Que pareció entender que nunca había muerto.
Y ella por primera vez, no entendió nada de lo que estaba sucediendo. Ni siquiera que, después de todo, acababa de encontrar el final. El final de una vida extraña y desconcertante. Y era ella.
Al fin, después de tanto tiempo, era ella…
―Buenos días―saludó, dejando un suave beso en los labios de la chica.
Marta se hizo a un lado después de recibir ese beso por parte de la castaña, pero no hizo comentario alguno. Ni siquiera le saludó, cosa que llamó la atención de Anastasia, aunque permaneció en silencio, esperando algún tipo de reacción por parte de su chica. Pero la morena permaneció en silencio, sospesando si decir o comenzar la conversación calmadamente o ir directamente a lo que quería hablar. Sus ojos finalmente se centraron en los de la castaña, que permaneció en frente de ella con la curiosidad patente en su rostro.
―Tenemos que hablar―confirmó la morena, cruzándose de brazos mientras se apoyaba sobre la pared.
―Quieres dejarlo, ¿verdad? ―Marta la miró sin entender, obligando a Anastasia a que hablase más claro―. Te quiero, y…
―No quiero dejarte, Anastasia. ¿De dónde te sacas esa idea? ―Musitó con fuerza, consiguiendo que la otra se quedase callada.
Y ante todo, desorientada. Era la primera vez que veía a Marta en ese tipo de situación y comportamiento. Muy pocas veces la había visto en una actitud dura y fría, o más bien, seria. Sabía que la morena tenía ese lado, pero nunca lo había experimentado muy a fondo; quizás porque ella misma conseguía dejar a la chica sin respiración con tan solo una sonrisa encantadora. Pero era consciente de que en ese día, no lo conseguiría.
― ¿Qué es lo que pasa?
― ¿Hacia dónde va esta relación? Y no, no me digas eso de que nuestra relación es especial y más cosas porque no. Esta vez no pienso conformarme con una sencilla contestación para acabar metiéndonos en la cama.
La castaña frunció su ceño, aunque prefirió permanecer de nuevo en silencio. No sabía qué contestarle ante lo que le estaba preguntando. ¿A dónde iba a parar esa relación? También era cierto que eran unas crías, pero sabía a lo que se refería su novia. A eso precisamente. A si iba a seguir siendo su novia en secreto, o proseguiría hacia una relación abierta en la que ambas mostrasen su orgullo por ser lo que eran. Por amarse. Por quererse de verdad.
―No entiendo a qué viene esto, Marta. Creía que estábamos bien. Que nos queremos y eso es lo que cuenta.
―Claro que cuenta. Eres lo que quiero, Anastasia. Lo que sucede es que me gustaría poder mostrarlo, y no ver como sigues coqueteando con chicos para asegurar tu condición de mujer que le gusta los hombres y que está soltera porque no encuentra a su chico perfecto; cuando la verdad es que estás conmigo. Que estamos juntas…Joder, Anastasia, es algo que necesitamos las dos en el fondo.
―Yo…Mira, te quiero, Marta, pero…Me pides mucho.
― ¿Te pido mucho? Sé que es difícil salir del armario, pero…
―No tengo que salir del armario, Marta. Yo no soy lesbiana ni nada por el estilo.
― ¿Y yo entonces que soy? ―Cuestionó, completamente molesta.
―Me gustas. Eso no quiere decir que me gusten más tías. No hay ninguna así que me haga sentir lo que siento contigo.
―Estaría halagada si no fuese porque no sé cómo interpretar esto―dejó claro la chica, incrédula ante las palabras que estaba escuchando de la que creía que era su novia―. ¿Qué soy? ¿El experimento? ¿O qué narices? Es que aunque no fueses lesbiana, estás saliendo conmigo. ¿Y te cuento algo? ¡Ah, sí, que soy una mujer! ―Aclaró con sorna, totalmente desesperada.
Pero al fin se sentía bien. Al fin podía expresar sus sentimientos sin que nadie le replicase nada o le impidiese ser quien era. Pudo comprobar que la castaña negase con la cabeza, girándose por completo.
―Estamos nerviosas. Es normal que discutamos por esto, pero…
― ¿No quieres cogerme de la mano? ¿Ni dejar claro que estamos juntas? Porque a mí me encantaría poder decir que eres mi novia.
―Se meterían con nosotras.
―Y a mí no me importaría. ¿Crees que tengo mucho que perder? Si esa gente no nos acepta por quienes somos, es que no merecen tanto la pena como creíamos.
―No estoy preparada para esto, Marta.
― ¿Tú me quieres?
―Por supuesto que sí. Te quiero, pero eso no quiere decir que esto esté bien, Marta.
La castaña se quedó estática ante lo que acababa de decir. Marta también se quedó en silencio, procesando las palabras que la otra acababa de pronunciar. Su corazón se aceleró, asustada. Sabía perfectamente que acababa de meter la pata. Y esperaba cualquier tipo de réplica, de muestra de su dolor.
Lo que no se esperaba era eso. Su mutismo. Su frialdad. Ese gesto sombrío que había aparecido en su rostro ante esas palabras. Cuando quiso darse cuenta, la joven había abierto la puerta de la entrada, sin decir nada.
―Marta…Lo siento. Yo…
―Vete―pronunció con firmeza.
La sangre se congeló. Todo parecía haberse paralizado. Marta estaba allí, sin tan siquiera mirarla. Y cuando pudo ver sus ojos azules, no encontró nada que le diese pie a confirmar que la muchacha sabía que había dicho lo último sin pensar. Nada. Sus ojos azules no estaban tan claros como otros días, sino con una tonalidad oscura. Una tonalidad que asustaría a cualquier persona.
Transmitían una sensación que consiguió que la castaña temblase por completo; dejó escapar un suspiro de frustración, sin atreverse a salir de allí. No quería hacerlo a sabiendas de que Marta estaba enfadada. Y dolida. Y de todo. Menos feliz. Y eso le hacía daño sin saber muy bien el por qué.
―Marta…―volvió a repetir con tono suplicante, clavando sus ojos castaños en los de la chica. Se sentía angustiada. Muy angustiada.
―Márchate―le ordenó la chica de nuevo.
Anastasia salió por la puerta, girándose para hablar le de nuevo. Pero antes de que pudiese hacer nada, la chica le había dado con la puerta en las narices, dejándola en la entrada con su rostro completamente desencajado. ¿Qué era lo que acababa de suceder? Se quedó congelada, sin saber muy bien qué hacer. ¿Por qué Marta tenía que ser tan sumamente complicada?
*Fragmento sacado de la novela corta "Crónica de una muerte anunciada" de Gabriel García Márquez.
Nota de la autora: ¡Buenas buenas! En fin, aquí os dejo capítulo, que va dedicado a todas las fans Fremma, porque como aún no os puedo dar un encuentro real, pues os doy un sueño de la rubia jajajaja Es que soy mala, chicas ;P Es lo que hay. Queda poco para el final de esta parte, porque va a tener continuación :P Así que ya lo saben. La historia no se llamará como esta, claro, pero será continuación. ¡Ah! Y también que cuando suceda eso, pues avisaré por aquí para que se sepa, aunque será colgada casi al mismo tiempo que el último capítulo. Por ahora, pues disfruten de lo que va quedando :P
lucyfaberry: Jajajaja es verdad, que soy muy inocente :3 Ya lo sé, Yo lloré con Kitty mucho :( (es que es mi rubia favorita aparte de Quinn xDDD) y lo pasé mal, y estoy deseando ver el capi de mañana xDDDD Jajajajaja soy mala, lo sé, pero sé que en el fondo os encanta que lo sea, que así os sigo entreteniendo :P Bueno...Depende xDDDD Un besuco y muchas gracias :D
