Ana dejó caer sus brazos después de que saliese Abel de la sala. Siempre había sentido fascinación por ese hombre, y también afecto por saber llevar con cuidado el caso que se trataba; habían esperado tres meses para leer el testamento, y sabía perfectamente que lo había hecho por la morena, que no era capaz de tratar ningún tema que se tratase de la muerte de su hijo, y mucho menos, de la muerte de su hermano.
Alfonso García falleció un día después que su sobrino en un accidente de moto, aunque muy en el fondo la castaña sospechaba que se había suicidado ante la culpa que estaba sintiendo por saber que Teresa había perdido a su hijo tras caerse por las escaleras cuando él se marchó; y que Héctor le echase la culpa, a sabiendas del estado emocional del moreno, no logró que este recapacitase. Y aunque la castaña llegó a detestar a ese hombre, no pudo evitar compadecerse un poco. Al fin y al cabo, ella lo consideraba todo algo del destino, y no la culpa de ese muchacho que había perdido toda esperanza de vida. Y no le parecía justo que se fuese a donde quiera que se fuese con ese pensamiento de que era su culpa algo que, claramente, no lo era.
― ¿Estás bien?
La aludida levantó la vista, encontrándose con la vista la de la Rivas. Esta esbozó una ligera sonrisa, tendiéndole la mano para que se levantase. Así lo hizo, intentando mantenerse serena ante la mirada de su cuñada, que parecía estar intentando transmitirle una especie de sensación agradable. Así era Ana siempre. Intentando lograr que ella se sintiese algo mejor. Sonrió un poco de lado, conforme al descubrir que la Rivas se estaba colocando mejor el pendiente de perla que llevaba, haciéndoselo girar.
Ana Rivas era una de las mujeres más coqueta, y a la vez, sensual que ella pudiese haber conocido; además, se podía destacar su estilo de ropa, igual que la tendencia de llevar siempre joyas, dejando clara su posición social. Pero eso no impedía que Ana Rivas mostrase ese lado tan amable y desinteresado que mostraba siempre, por mucho que Teresa no lo reconociese en sus momentos. La castaña siempre se había preocupado por ella, al igual que lo hizo ella, muy para sus adentros, cuando se enteró de que Ana se había marchado a Italia para investigar la muerte de sus padres.
―Lo estoy―logró contestar, un tanto sumergida en sus pensamientos, esbozando una sonrisa cuando una la otra ladeó sus labios en una especie de sonrisa que conseguía que su corazón se acelerase durante unos segundos―. Al menos, intento estar bien.
―Intenté retrasarlo, pero…
―Mejor así. Era hora de olvidarnos ya de esto.
―Lo sé, Teresa, pero también soy consciente que anímicamente no estabas bien para esto―logró decir, clavando sus ojos en los de la mujer para acabar soltando un suspiro. Lo siento mucho, de verdad.
La aludida asintió, no muy convencida mientras intentaba contener las lágrimas. Acabó abrazándose al cuerpo de su cuñada, sintiendo una especie de sensación invadirle. Los brazos de Ana siempre habían logrado que, cuando la estrechaban hacia su cuerpo, se calmase por completo. Era algo extraño, pero ni siquiera con Héctor había logrado encontrarse de esa manera con él; sabía que tenía que compartir su dolor con él, pero con su mejor amiga era todo distinto. Era como si su dolor fuese el de ella, como si le entendiera, como si no le supusiese eso un esfuerzo. No era como con su marido, el que no mostraba ni siquiera dolor por la pérdida de Alfonso. Pero Ana, quizás por comprensión, mostraba respeto hacia él. Ni siquiera hacía mención del dolor que le supuso todo lo que sucedió alrededor de aquel mes fatídico. Era como si eso ya no existiese, y en el fondo, se lo agradecía. Incluso le agradecía el que estuviese dispuesta a darle sus pertenencias para que las conservase, cosa que no fue capaz de aceptar.
―Sabes que si lo necesitas…
―No quiero que me entregues las cosas de tu marido, Ana―susurró, alejándose un poco mientras analizaba el rostro de su amiga.
Era hermosa. Siempre le había resultado hermosa. Con esa sonrisa que se apoderaba de su rostro, con esos labios carnosos que podían conseguir que se estremeciese por completo. Y que desease besarla. Oh, sí. Eso ante todo. Querer besarla como si la vida le fuese en ello. Tragó saliva, controlando sus emociones mientras que la otra se giraba, sonriendo un poco de lado, aunque ya no de esa manera que recordaba de hacía años, cuando se conocieron.
―No me supondría problema alguno; ya lo sabes―no quiso comentar nada más, tendiéndole después un vaso de agua―. Te sentará bien―argumentó, esbozando una sonrisa para convencerle de que todo estaba bien. Necesitas relajarte un poco.
Rio entre dientes sin poder evitarlo, tomando el recipiente, rozando sus dedos con los suyos. La miró de soslayo, encontrándose con el gesto calmado de la mujer, que también cogió otro vaso para poder verter en él un poco del coñac que tenía reservado para ocasiones especiales. Teresa se imaginó por un segundo el cabello suelto de la mujer sobre sus hombros, estremeciéndose. Se echó la culpa por pensar aquello, pero le resultaba difícil teniendo en cuenta que la Rivas siempre había sido sensual incluso en los peores momentos de su vida.
―Siempre consigues que me encuentre más calmada―susurró, clavando sus ojos negros en el líquido que se removía con lentitud debido al suave movimiento de su mano, balanceándose casi de un lado a otro―. Siempre consigues que esté mejor.
―Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites―musitó la mujer, girándose para apoyarse en el escritorio, cruzándose de brazos―. ¿Qué piensas hacer con el dinero?
― ¿Qué voy a hacer, Ana? Ese dinero era para mi hijo…Para mi hijo, que está muerto.
―No digas esas cosas, por favor―pidió la castaña, frustrada―. Puedes tener otro hijo, Teresa.
―Hace tres meses que no hago nada con Héctor; ni quiero…No estoy preparada para tener otro hijo, Ana. Ni siquiera sé si seré capaz de…
―Teresa, nadie te está pidiendo que lo tengas ahora, ¿de acuerdo? Solamente te decimos que eres joven, y el tiempo cura todo. Dentro de un tiempo, conseguirás poder tener al hijo que quieres.
―No sé…
― ¿Confías en mí?
Se quedó en silencio, no pudiendo evitar sonreír un poco ante esa pregunta. ¿De verdad se la hacía? Pues claro que confiaba en ella. ¿Cómo no hacerlo, si era la que estaba a su lado sucediera lo que sucediese?
―Claro.
―Pues escúchame…Te prometo que vas a tener un hijo. Y se llamará Alejandro…Siempre te ha gustado ese nombre―susurró, animándola con cierta gracia.
―Gracias, Ana…
La castaña sonrió, abrazándola de nuevo con fuerza, intentando calmarla. Pero el corazón de la morena solamente se aceleró, logrando que su cuerpo se estremeciese. Se maldijo por dentro ante esa obviedad, pero por primera vez en su vida, no se sintió mal porque su corazón latiese con cierta vida al estar al lado de la Rivas; incluso lo agradeció. Agradeció que Ana estuviese a su lado en todo momento, como lo era aquel. Agradeció que fuese ella. Agradeció que ella estuviese a su lado. No lamentó quererla como la quería.
Había pasado una semana desde ese día, y Quinn y Rachel mostraban una felicidad que era envidiable ante los ojos de los que sí eran capaces de observar ese amor que las dos se profesaban mutuamente.
Pero había un pequeño detalle que merecía la pena ser mencionado. Su relación era más bien secreta, a escondidas. Rachel necesitaba primero ordenar todo lo que sucedía en su vida antes de dar el paso y mostrar lo tanto que estaba enamorada de la rubia; y esta, pese a que no era una idea que le terminase de agradar, estaba dispuesta a ceder por la morena de ojos negros.
Esbozó una sonrisa, dejando escapar un suspiro mientras que la morena acariciaba su espalda desnuda.
También otro detalle a mencionar es que, durante toda esa semana, llevaban durmiendo juntas. En un principio, marcaron ir poco a poco. Sin prisas, aunque tampoco con mucha pausa. Y aunque se aseguraron la una a la otra que irían lentas, esa palabra quedó en el olvido mientras Fabray se deslizaba sobre el cuerpo de Berry. Y aunque esta susurró que debían ir lento, tampoco se escuchó aquella petición cuando acariciaba la espalda de la rubia por debajo de la camisa, deslizando las yemas de sus dedos por la línea marcada, dejando escapar un suspiro mientras sus labios se encontraban. Y mientras se decían de nuevo lento, Quinn introducía sus dedos en la morena lentamente.
Al menos, algo sí que cumplían de esa petición; o al menos, eso consideraban las dos mujeres, que aprovechaba cualquier momento de soledad para besarse, susurrarse promesas que esperaban que no se quedasen en el olvido, y momentos tórridos que quedaban aplazados a la noche, donde sucumbían en un halo de deseo que se imponía entre las dos cada vez que se encontraban a solas.
Una de las teorías de Berry era que no podía resistirse a los movimientos de la rubia, y menos aquellos de caderas, que lograba que perdiese el control en cualquier momento. La otra teoría, de la mano de Fabray, era que la diva le provocaba en cada ocasión que se le presentaba, no pudiendo resistirse y cayendo en esa tentación; y como siempre recordaba esa frase muy sabia de Oscar Wilde, "la única manera de evitar caer en la tentación era cayendo en ella", y bien podía asegurar que esas palabras eran ciertas.
―No me voy a cansar de esto…―susurró Rachel, llamando la atención de Quinn, que estaba tumbada a su lado, sumergida en sus pensamientos.
―Pareces muy segura―declaró, colocándose de lado para sonreír de lado; de esa manera que enloquecía a la pequeña por completo, correspondiendo al gesto de la misma manera―. Tenía ganas de esto, la verdad…
―Te ves preciosa―piropeó Rachel, riendo entre dientes para acabar recibiendo una especie de manotazo por parte de su novia―. ¡No me des!
―No puede dolerte…Con esas pedazos de piernas que tienes―soltó Quinn con picardía, logrando que la morena sonriese extensamente.
― ¿Qué tipo de piernas dices?
La rubia levantó las cejas, inclinándose sobre ella para morderle el labio juguetonamente, deslizando su mano por debajo de la colcha, acariciando su muslo con suavidad; Berry esbozó una sonrisa sobre sus labios, enlazando sus brazos sobre su cuello, atrayéndola hacia su cuerpo con ansiedad.
Quinn se levantó, dejando que su desnudez se viese perfectamente, colocándose a ahorcajadas de la diva, toqueteando su piel con sus dedos, riendo entre dientes al sentir como era estar sobre Rachel y poder tenerla para ella sola. La pequeña futura actriz la atrajo con más fuerza, besando su mandíbula, lamiendo la piel clara de la rubia, que dejó escapar un gemido, cerrando los párpados con cierta calma.
―Dios…―dejó escapar, abrazándose más a ella―Dios, Rachel…
La aludida hizo hincapié de sus movimientos, entreteniéndose en la línea de la espalda de Fabray, que se encontraba arqueada, pidiéndole con sus gemidos que prosiguiese con esas caricias que empezaban a despertar todos sus sentimientos. Quinn se apartó un poco, tomando el rostro de su novia entre sus manos, entregándose a un apasionado beso que las dejó sin respiración a las dos, logrando que ambas temblasen en ese encuentro de lenguas, en una especie de batalla por lograr demostrar quien de las dos sería la futura vencedora.
―Te quiero…―dejó escapar Berry en un susurro, tomando entre sus brazos el cuerpo de la otra e instándola a que se tumbase, colocándose ella encima suyo―. Te necesito, Quinn.
La rubia asintió, completamente perdida en ese encuentro mientras dejaba escapar un gemido, apoderándose de sus labios con suma fuerza, mordiéndole estos con ferocidad, logrando que esta sangrase ligeramente. Bebió un poco de ese líquido, lamiéndose después con suma sensualidad, logrando que su acompañante entreabriese la boca, completamente incrédula de lo que acababa de presenciar; y si bien era cierto que a cualquiera eso le hubiese asustado, a ella no le sucedió nada por el estilo. Su centro ardió ante esa escena que acababa de presenciar, instándola a que prosiguiese, succionando por tanto la ex animadora el labio inferior, produciendo de nuevo ligeras mordidas que excitaban todavía más a la morena.
―Rachel…―Esta emitió un gruñido, indicando que la estaba escuchando―Quiero hacerte el amor de nuevo―acertó a decir, clavando sus ojos verdes con cierta intensidad, esbozando una sonrisa al contemplar que su novia se perdía con esa mirada que le lanzaba―. ¿Quieres que te haga el amor?
―Oh, Dios…―soltó totalmente ida la aludida, besándola arrebatadamente como respuesta.
Quinn rio entre dientes, haciendo que su cuerpo se volviese a girar para acariciar el centro de su chica con lentitud, consiguiendo que temblase entre sus brazos; La morena enloquecía bajo su cuerpo, introduciendo su lengua en su boca para conseguir que toda su atención se centrase en ese beso. Quinn así lo hizo, logrando que la morena se contentase, desesperada por sentir a la ex animadora dentro de ella.
―Hazme el amor―pidió con voz ronca, instándole a que lo hiciese.
Pero la aludida se limitó a deslizar sus dedos por la zona superficial del clítoris, sonriendo socarronamente mientras sus ojos verdes se centraban en esos pechos desnudos, a su entera disposición. Aunque casi le parecía mucho mejor encontrarse con la mirada desesperada de su novia, que pedía casi a gritos que se adentrase en ella.
―Es tentador…Pero necesito besarte primero―pidió con tono juguetón, haciéndose la desentendida―. Pero qué patética pareces, Berry…
―Cállate, Fabray―exigió la morena, atrayéndola para besarla de nuevo con fuerza, logrando que Quinn emitiese un gemido de puro placer.
―Cómo me pone cuando te pones así de mandona…―le dejó claro, ahogando su jadeo con la boca de su chica, introduciendo casi su lengua a la garganta―. Ne encantas, Berry.
Esta se rio, cogiendo la otra mano de la rubia para que acariciase uno de sus senos. La rubia así lo hizo, inclinándose lo justo como para poder lamerlo y succionarlo, causando que el cuerpo de la morena temblase por completo ante los movimientos de la lengua de la inspectora, que reía entre dientes ante las reacciones que estaba provocando sobre su novia.
―Entra en mí de una maldita vez, Fabray―ordenó con voz grave, logrando que ella riese de nuevo, perdiendo su mirada en los ojos negros de Rachel.
―Será un placer, señorita Berry…
Marta deslizó su mirada hacia Anastasia, la que no paraba de observarla al otro lado de la clase. La morena esquivó su vista, suspirando mientras se encontraba con que Alicia estaba apuntando lo que la profesora estaba dictando. La chica pareció percatarse del estado de ánimo de su amiga, procurando no meterse en sus asuntos sin éxito alguno. Sin embargo, procuró no molestarla mucho, aunque era consciente de que tendría que hablar con ella para calmarla un poco. La joven cogió un papel, preguntándole qué le sucedía en este.
―Estoy bien―se limitó a responder la joven sin aparta la mirada de la figura del maestro, que seguía con la clase sin percatarse de que las dos chicas habían comenzado a hablar.
―No lo parece―susurró con obviedad la otra, procurando llamar la atención de su amiga―. Marta…Si necesitas hablar o algo…
― ¿De qué quieres que hable?
― ¿Has peleado con Anastasia? ¿Es eso? Ya te dije que era mejor mantenerse ajena a ella…Es una bipolar.
―Coincido contigo―se limitó a contestar de nuevo, sorprendiendo a la otra.
― ¿Qué es lo que ha pasado? No me digas que habéis discutido…
―No, qué va―soltó con ironía, levantando las cejas para después susurrar más bajo―. No ha pasado nada.
―Claro…Y yo soy tonta―la morena la miró, sospesando la respuesta―. Haz lo que quieras, pero sé que has discutido con ella.
― ¿Para qué me preguntas entonces?
―Porque no quiero que estés con la cabeza en otro sitio…Ni que nadie te haga daño, tonta. Y no deberías tomarte a pecho lo que hace ella…Ya la conoces―se encogió de hombros―; además, no para de lanzarte miradas que me empiezan a incomodar…Parece que nos mirar atentamente.
La morena frunció el ceño, girando su rostro para encontrarse con que, ciertamente, Anastasia las miraba sin disimular ni nada. Le sonrió débilmente, recibiendo por parte de la García un gesto serio, volteando su cabeza para no encontrarse de nuevo con esos ojos que la enloquecían por completo.
―Me da lo mismo. Espero que se canse pronto―respondió, enfurruñada y creando una especie de garabato en el cuaderno―. Mierda…
― ¿Qué?
―Esta tarde había quedado con ella para estudiar lo del examen del lunes…Lleva fatal lo de química.
― ¿No vas a ir o qué?
―No quiero ir―susurró, mordiéndose el labio―, pero lo necesita… ¿Qué hago? ―Inquirió, totalmente angustiada.
―No sé, Marta. Te comes la cabeza por nada.
Un compañero la llamó golpeándole el hombro y entregándole una nota. La García la tomó entre sus manos, esbozando una suave sonrisa cuando reconoció la letra de la joven, aunque enseguida se disipó al recordar el por qué estaba tan enfadada con ella. Suspiró, frustrada, sin saber muy bien qué hacer. Finalmente, abrió la nota para leer lo que ponía esta. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba escribiendo la respuesta a la pregunta. Le entregó de nuevo al chico la hoja, recibiéndola después la otra, que la abrió.
"¿Vas a venir por la tarde a casa? Necesito hablar contigo. ¿Sí, o no?"
"Sí"
Se encontró con su mirada, sonriendo de nuevo extensamente. Pero Marta no le devolvió el gesto, girándose de nuevo para prestar atención a las clases. No la vio en el recreo, como esperaba tras recibir la respuesta afirmativa. Y cuando le envió un mensaje, diciéndole que necesitaba hablar con ella porque se sentía fatal por lo del otro día, la otra se limitó a contestarle con un "nos veremos para estudiar química. Nada más"
Y cuando creyó que eso era una especie de broma, pudo confirmar que, para su gracia, no lo era. Marta, al fin y al cabo, siempre prometía lo que decía.
Nota de la autora: ¡Buenas noches! Lo sé, creo que me merezco morir o algo por tanta demora, lo sé, pero no he estado bien de salud estos días y no estaba para escribir nada. Y sé que el capítulo es cortuco, lo sé, y que tengo que contestar reviews, lo sé, eso lo sé, lo sé todo xDDDDDD Pero, si no les importa, les contestaré mañana por la mañana, cuando esté un poco más despejada, porque tengo que contestar a unas cuantas personas...Aunque a los reviews cortos enseguida lo haré (los largos me costará más, aunque se disfrutan, que conste xDDDD) En fin, espero que el próximo ya sea más largo...En serio.
